La fiesta de las palabras rompemuros

Salió el nuevo número de ELBA (En los Bordes Andando), revista – fruto del trabajo del taller de expresión que se realiza en la Unidad 26 de la cárcel de hombres de Marcos Paz y la Unidad 31 de la cárcel de mujeres de Ezeiza. El lanzamiento de la edición dedicada al tango y el lenguaje fue motivo de fiesta. Esos mismos bordes por los que andamos fueron escenario para explorar juntos los límites del adentro y del afuera .

Nuevo número de Elba

Lo de afuera es real. Lo de adentro también. Lo único irreal, quizás, sea la reja. Si adentro existen barras de hierro es porque afuera existieron y existen rejas de razones. Y, entonces, la prisión se transforma en ese único lugar en el que el poder puede manifestarse desnudo, en sus formas más pornográficas,  y al mismo tiempo justificarse como poder moral.

La mezcla entre algún Foucault, algún Paco Urondo y algún anónimo disertante puede sonar a chamuyo. Pero algo, sólo un poco, de todo lo que se junta en el vago concepto  de una cárcel, de un encierro, se hizo materia un día de lluvias y relámpagos gracias a un taller de culturas.

El taller literario “En Los Bordes Andando” es mucho más que eso. Entre otras cosas, también, es ELBA. La revista anual que se edita con las creaciones de quienes pasan por el taller, piensan, aprenden, leen, se expresan, critican y escriben. Ellos son los chicos y muchachos de la Unidad 26 del Complejo Federal de Jóvenes Adultos de Marcos Paz  y las chicas y señoras de la Unidad 31 del Centro Federal de Detención de Mujeres de Ezeiza.  Su 5to número, dedicado al tango y su lenguaje, se celebró en el salón de educación física del penal de Ezeiza. A la hora de dar las primeras pisadas, el lugar nos hizo levantar las miradas con sus techos altos, pero de límites bien presentes; donde suele haber un arco se montó el sonido para una tarde de fiesta. Una sola mesa, de las que se sostienen con taburetes, atravesaba el espacio de pared a pared. En una de las puntas nos esperaban los y las protagonistas: los cuerpos, los rostros, las mentes, las miradas y los espíritus de quienes hacen ELBA. Ellos eran el centro de la jornada de lectura, festejo y estrenos. Por algún motivo, corrían el foco e insistían en agradecernos a nosotros por estar ahí.

En los bordes caminan varios y diversos. Hay que aclararlo de entrada. No sólo los negros villeros y de mierda.  Se encuentra, también, una señora elegantemente vestida, de esas que por Palermo son una pieza más del fino decorado. Entonces, ojito, a no generalizar: no todos encajan en el basureado estereotipo de pibes y pibas chorros y chorras. De repente, como si un martillazo golpease el tablero haciendo volar miles de fichas de distintos colores y formas, se encuentran mujeres de Europa Oriental: Polonia, República Checa y Hungría. También de Asia: Filipinas y Tailandia. Y no se descuentan las mulatas ni las trenzas de Centro América: Puerto Rico, Honduras y República Dominicana. Es que la Unidad 31 de Ezeiza es para mujeres de buena conducta, madres y extranjeras. Es allí donde nos reunimos en torno a la necesidad de expresarse desde los márgenes, y pronto nos admiramos de la capacidad de tender puentes entre mundos distantes en situaciones extremas.

Los autores y autoras de la revista esperaron a todos desde el principio del día. Estaban sentados a la guarda de que lleguen los invitados de la fiesta. Los  anfitriones del propio encierro recibieron a invitados varios: artistas, intelectuales, alumnos y alumnas de la UBA, periodistas, músicos y tangueros. Saludaron a todos uno por uno. Se presentaron. “Nosotros escribimos en ELBA.”

Al principio, en el ambiente reinó cierta tristeza y bronca: diez de los chicos de Marcos Paz no habían sido habilitados y autorizados para la salida transitoria. Luego de todo un año de trabajo no pudieron presentar el estreno de la revista junto a sus amigos. “Pero si es casi un traslado, tampoco es que queríamos ir a un parque de diversiones”, se quejó uno de los compañeros. “De todas maneras, vamos a leer sus textos, para que estén acá de alguna manera.” La tarde tuvo que seguir con esa pena.

En esa foto ficticia donde los unos podían ser los otros y donde todos parecían sentados a una misma mesa en cualquier lugar del mundo se dieron a conocer las palabras que evidenciaron lo múltiple y lo complejo. “Hola, soy señora de las cuatro décadas y estoy de vacaciones en el penal”, “I´m from Filipinas and i´m here for droug traffic”, “Yo ser de Polonio y vengo aquí por drogas”, “Hola, cómo va, para mí no importa por qué estás acá, gracias por haber venido a compartir esta tarde con nosotros”, “Buenas tardes, ustedes vieron cómo es, a veces si cometés un error lo pagás y, a veces, si no lo cometés, también”, “Hola a todos, me alegra que hayan venido a conocernos para que puedan entender que estar preso no es simplemente patear rejas”. Los colores de las voces desbordaban cualquier paleta. No solo por los idiomas varios, ni por sus distintas edades, ni por sus ropas diversas, ni por sus lenguajes siempre complejos, sino porque el cuadro de la vista se veía desbordado ante la intención de hacerse conocer, de querer mostrarse y relacionarse con quien quiera comprender que estar preso no es lo mismo que ser preso y que lo múltiple nunca debe reducirse a lo único.

Como para que quede más claro:

María Rowena Villaruz, una mujer filipina y muy joven, después de haber intentado un aparatoso castellano pidió hablar en inglés, aunque nadie la entienda, “solo para sentir que se expresa sin barreras”.

María Ferreyra de Caseros, una madre de cinco hijos que recuperó su libertad luego de tres años por haber sido declarada inocente del motivo de su encierro. Leyó un poema en público dedicado a su nieta fallecida. Se quebró. Todas sus ex compañeras del penal se levantaron y la abrazaron. Nos diría también que ahora, desde afuera, lee lo que escribió mientras estuvo presa y le asombra la oscuridad, la angustia y la bronca que destilaban sus letras.

Carlitos de Soldati se paseó por el penal de mujeres con su camiseta de San Lorenzo. Recordó cuando volvió a la cancha después de 3 años y medio de cárcel sin salidas transitorias y se emocionó. “El futbolero lo entiende”, dijo. Luego, recitó su poema en voz alta para su querido Ciclón: “Te conozco desde el nacimiento del sol y de las lluvias”.

Leíto Jara es de su “hermoso Lugano”. Un galán verdadero. Tiene todos los accesorios: remera al cuerpo, aritos, reloj grandote, jean piola y zapatillitas de futbolista. Las chicas lo relojearon sin pausa. Las más osadas le suspiraron. Pero, él le se limitó a leer un poema a su hija Keyla y hacer llorar hasta a los más peludos y grandotes.

María Hidas es húngara. No habla casi español. Sólo húngaro. Leyó su poema en frente de todos en su propio idioma. Nadie entendió absolutamente nada. Pero todos pensaron y lo sintieron lo mismo: qué lejos queda Hungría de Ezeiza.

Veronika Horackova nació en República Checa y vivió en Ámsterdam. Ahora está presa en Ezeiza. Es la única checa detenida en el país. Es hermosa. Decidió leer su poema en tres idiomas: castellano torpe, inglés perfecto y checo inentendible.

La tarde transcurrió entre sonrisas y mates. El adentro y afuera se puso difuso. Sin los barrotes del prejuicio todo era ambiguo. Estaban los que interactuaban, los que se fundían y los que se cerraban ante todo. Los polos, alguna parte de ellos, resistían, pero sin signos ni esposas.

Desde un costado, detrás de un vidrio, miraban los vigilantes. Los uniformes oficiaban de un gran Gran Hermano detrás de un vidrio algo espejado. Una clase de tango dejó algunas parejas que se sonrieron y se miraron a los ojos por más tiempo del pensado alguna vez. El afuera y el adentro era solo una indicación para los pasos de baile: para poder hacer una “C”, un ocho adelante o un ocho hacia atrás. Hubo abrazos toscos, apretados, amistosos, calientes, aparatosos, distantes y fraternales; entre risas nerviosas y miradas profundas, nos encontramos y nos fundimos en una ronda que siempre volvía sobre sí misma reafirmando el sentido de comunidad que empezaba a emerger.

En esos instantes de tanto tango llegaron desde las celdas algunas madres con sus bebés y otras tantas embarazadas. Ezeiza es el penal donde hay un jardín maternal, donde muchos pibes y pibas nacen y se crían junto a sus madres y sus compañeras de pabellón. Se cuidan las criaturas entre unas y otras y se cuidan también entre ellas. Entre llanto y llanto se animaron a tirar algún pasito de 2X4. Quienes no se lanzaron al abrazo, permanecieron alrededor de la ronda y se encargaron de circular lo que habían cocinado para la merienda.

Luego, llegó la música y algún bandoneón resultó un poco ajeno para algunas miradas. Se sumó una flauta piccolo y otros tangos más. Aplaudían al unísono y los que sabían los temas se animaban a cantar desde los bancos. Después llegaron las guitarras y la cosa se puso más movida. Canción va, tango viene, dos chicas se pararon y se animaron a practicar unas piruetas que habían aprendido recién. De a poco se fueron acercando al cantante.  De lejos lo miraban y él se sonrojaba. Mucho chiflido y grito bien agudo como para hacer sonrojar a los muchachos. Una de las chicas se fue a su banco. Quedó bailando Moira solita, alias “Shakira”. Remera flúo amarilla, shortcito de jean, medias de red y zapatillas plateadas. Una reina. Se acercó meneando mientras las guitarras marcaban el compás final de algún candombe. Sin preguntar ni tropezar se sentó a upa de quien cantaba y lo abrazó con ambas manos por sobre su cuello. El tipo quedó rojo como un tomate. Ella le pidió respetuosamente el micrófono y lo apuró: “Ahora, la pregunta es: ¿vos qué tocas?”. La sala estalló de risa. “Las cuerdas vocales”, contestó él con algo de rapidez. “Ahhh, entonces puedo ser tu instrumento…” La sala rompió en un único rugir de ovación: “¡Shakiiiiiira! ¡Shakiiiiiira! ¡Shakiiiiiira! ¡Shakiiiiiira!”.

En el descontrol de las bandas llegó más gente y más gente. Desde la puerta que dividía las cárceles del cuarto intermedio de igualdad salieron tres chicas agarradas del brazo. Dos de ellas de Tailandia, la otra de Puerto Rico. Hablaban en inglés, claro. Se sentaron detrás de unos estudiantes de la UBA que presenciaban la actividad. Ellos tomaban mate y no tuvieron mejor idea que ofrecer.

-¿Quieren un mate, chicas?- dijo uno

Las dos tailandesas miraron a la traductora puertorriqueña y le dijeron: “What´s that?”.

-¿Qué es eso?- preguntó la morena de trenzas

Los chicos alcanzaron a responder: “Mate”.

Entre idas y vueltas las terminaron convenciendo. Una de las chicas de Tailandia agarró el mate y no supo que hacer. Sacó la bombilla y todos le gritaron “¡Nooooooo!”. Ella se asustó y dejó el matienzo. La volvieron a convencer. Con mímicas muy claras, juntando los labios y frunciéndolos, le indicaron que debía chupar, sin más, de la bombilla. Lo hizo. Su cara medió entre ser educada y evidenciar que le había parecido un asco. Se rieron todos. Luego pasaron por el ritual las otras dos muchachas. También tuvieron una eterna duda e indecisión con la bombilla. Tampoco les gustó.

Los músicos habían terminado. Las chicas cantaban: “Una más, si no, no se van” ¿Será que en la cárcel no se jode? Antes de enfundar sus guitarras, agradecieron y dijeron que nunca habían tenido un público tan entusiasta.

Cuando la comida ya escaseaba y todo tomaba un matiz final la cumbia se hizo escuchar. Desde algunos parlantes empezaron a sonar esos ritmos que hacen mover las carnes. Todas bailaban, eh. Las de Europa Oriental, las de Lugano, las de la 31, las de Filipinas, Tailandia, las de UBA. Y los pibes también, claro. Aprovecharon y se metieron en el baile. Entre meneo y meneo, cuerpo a cuerpo, se divertían y la pasaban bien. Sí, aunque resulte difícil entenderlo y creerlo: la estaban pasando bien. También volaron algunos besos y abrazos. La cosa se puso, hay que decirlo, algo cachonda. Y con un golpe de cadera, alguno se habrá puesto a pensar si en este encuentro no estaremos liberando nuestros cuerpos, moviendo un poco el culo alrededor de tanto barrote (las de la cárcel y las que aprisionan desde adentro). Entre las danzas, sentimos que algunas posiciones de dominación se inviertían, que desafiábamos las lógicas del encierro y realmente experimentamos en la propia carne la fiesta de expresarnos desde nuestra libertad más honda. Entre tanto cachengue la música cesó. Se escucharon algunos insultos. Pero, no había más remedio que irse ¿A dónde? Depende. Y sí; la realidad suena a reja que cae con un golpe seco.

Algunos se despidieron con mayor efusividad. Otros dejaron números de teléfono de algún pabellón o de alguna casa. Se volvieron a saludar y se fueron. Las puertas eran iguales, pero no: no eran las mismas. Una dejaba a esos seres mirando hacia los bordes a través de las rejas de siempre. La otra indicaba el camino hacia la cárcel.