“Si no hay justicia, hay escrache”

Julieta Colomer es una fotógrafa argentina que militaba en H.I.J.O.S y era parte activa de la Mesa de Escraches Popular. Por las imágenes de este mecanismo de pedir justicia, expuso en el Museo Reina Sofía, de Madrid, y participó de charlas sobre la resignificación del espacio público. A su vuelta, invita a la reflexión sobre nuestra historia reciente y la compara con la realidad española.

Para la mayoría de los turistas que llegan a Madrid, el Museo Reina Sofía es lo segundo que se ve de la ciudad. A no ser que te subas a un taxi o a un auto particular para ir hasta donde te alojes en la capital de España, lo más probable es que – hayas viajado en avión o en tren o en colectivo – termines en la estación de trenes de Atocha, en pleno centro madrileño. Enfrente de Atocha está el Reina Sofía, uno de los museos más famosos y modernos de Europa. Allí duerme el Guernica de Picasso –la obra en la que el pintor español ilustra la salvajada de los bombardeos a esa ciudad durante la Guerra Civil – y varias otras joyas de Salvador Dalí y Joan Miró, entre otros. Mientras se recorre el primero de los cuatro pisos del Museo a las apuradas, porque la cita con la piel de gallina para ver el Guernica no se puede posponer demasiado, se pueden encontrar montones de obras seductoras que demoran el encuentro con Pablo Picasso. Exposiciones inesperadas. Por ejemplo: fotografías de los escraches que inventó H.I.J.O.S –Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio- en la década del 90’ para generar condena social en los vecinos de los represores, que sacaban a pasear su impunidad por los barrios mientras los amparaban los indultos, la leyes de Obediencia Debida y el Punto Final y, también, su apariencia de ancianos vecinos. “Si no hay Justicia, hay escrache”, era la consigna.

Negativos positivos.
Negativos positivos.

Las fotos son de Julieta Colomer, una fotógrafa argentina que militaba en H.I.J.O.S y era parte activa de la Mesa de Escraches Popular. “Es groso tener las fotos ahí. Son fotos que han estado en la calle, en centros sociales comunitarios, en predios que tomaron las asambleas post 2001. Han estado en La ideal en Villa Urquiza, en la casa de Cucha Cucha, que fue la casa que tomó la asamblea de La Paternal, en la olla de Callao y Corrientes. Post 2001, en la etapa de los cacerolazos, se había armado una especie de colectivo grande que unió a fotógrafos y documentalistas que se llamaba Argentina Arde. Y ahí hicimos muestras de fotos en la calle”, cuenta Julieta, a su regreso de Madrid, luego de pagarse el pasaje para ver sus fotos colgadas en las paredes del Reina Sofía y participar de distintas charlas. Las fotos estaban ahí porque formaban parte de una de la exposición que armó Marcelo Expósito, un español artista y activista social. A la muestra se la llamó Playgrounds,  porque trataba la resiginficación del espacio público, y se exhibió hasta finales de septiembre pasado. “Las fotografías de Julieta muestran la experiencia de los escraches desde dentro, a diferencia de otras visiones de tipo más periodístico o reportajista, constituyen documentos excepcionales de esa experiencia histórica vista desde su interior”, explica Expósito desde Barcelona.

-¿Cómo eran esos escraches de H.I.J.O.S?

-Los escraches apuntaban a la condena social. Fueron en su mayoría entre el 98’ y el 2006. Se laburaba dos meses en el barrio para construir ese consenso y esa condena social en los vecinos. Tenía diferentes partes. Primero una situación más cerrada, en la que H.I.J.O.S investigaba los legajos que conocía de militares y ahí empezaba la averiguación de si la dirección que figuraba en los legajos era actual. Después de ahí –cuenta Julieta Colomer- se trataba de pensar cómo sacarle la foto, porque lo interesante era hablar con el vecino pero también mostrarle que el tipo al que escrachábamos ya no era un joven, sino que la mayoría de los genocidas ya eran personas mayores, que pasaban como vecinos de tercera edad, y en muchos casos ya no se reconocían porque los legajos de la CONADEP son de hace mucho tiempo. Y al final, una vez que ya estaba el operativo hecho, se invitaba a la gente al domicilio para hacer el escrache al represor.

Los escraches de H.I.J.O.S fueron el instrumento para combatir la impunidad que encontró esta agrupación formada en 1995 por hijos e hijas de las víctimas del Terrorismo de Estado de la última dictadura militar argentina. En la Mesa de Escrache, además de militantes de H.I.J.O.S, había gente que se acercaba por las suyas: grupos de arte callejeros, alumnos de centros de estudiantes de los secundarios, gente del Sindicato de Motoqueros, o asambleístas de los barrios que estaba por pasar o por los que ya había pasado el escrache post 2001. Todo el laburo que le ponían a marcar la casa donde vivía un genocida con su familia, ante la indiferencia y el desconocimiento de la gran mayoría de los vecinos previo a que el escrache pasara por allí, tenía su fruto una vez que dejaban la zona. “Nos enteramos de varias situaciones en las que se tuvieron que mudar después de que pasamos, porque la familia no soportaba la presión de ser marcados. Sobre todo las esposas de los represores. Nos enteramos de algunos que se suicidaron. También hubo algunas reacciones de vecinos que acompañaban. Me acuerdo que en Villa Urquiza hicimos un escrache a un médico y laburamos con un jardín maternal. Al otro día del escrache, desde el jardín fueron y le tiraron pañales todos cagados. Nos encontrábamos ese tipo de reacciones”, cuenta Julieta, comunicadora social y fotógrafa de la Cooperativa La Vaca, para la que también realizó junto con Graciela Daleo, sobreviviente de la ESMA, un noticiero radial quincenal sobre los juicios de lesa humanidad que se están desarrollando en los tribunales federales de todo el país.

Imagen: NosDigital
Imagen: NosDigital

Además de testimoniar con su cámara el momento en que el escrache se hacía carne, o sea cuando se realizaba la movilización de vecinos a la puerta del escrachado, Julieta junto a otros compañeros de la Mesa de Escraches se encargaba de la inteligencia previa para generar ambiente y conciencia en el barrio. Así lo cuenta: “El operativo de sacarle la foto al represor era bastante complicado porque no podía abrirse demasiado. La mesa de escrache era un espacio heterogéneo y esa información la manejaba solamente H.I.J.O.S. Era un momento tenso el de la foto. Hubo uno que nos paranoiqueó mal. Habíamos ido con cinco compañeros en una especie de operativo clandestino que armábamos y ya de por sí era todo muy raro. Vivía en un pasaje muy chiquitito, tuvimos que pasar varias veces para ver cuál era la casa, eso ya nos botoneó un poco. Pero hicimos toda la movida para lograr que el tipo asomara la cabeza a la calle, porque necesitábamos sacarle la foto. Por lo general lo que hacíamos era llevarle una carta disfrazados, la idea era que saliera él, no su mujer ni un hijo ni ningún otro. Y no era fácil. Logramos que este tipo saliera y cuando le estoy por disparar la foto desde adentro de un auto, veo que me sacan una foto a mí desde la casa, de un piso de arriba. Entonces ahí fue como no entender nada. Fue decir dos palabras y subirnos todos al auto y nos fuimos. Mucha paranoia porque no sabíamos cómo se había filtrado. Nos dio miedo. Nunca nos había pasado”. La anécdota sirve para entender el laburo previo que había detrás de esos escraches y para comprobar que eran necesarios no sólo para construir condena social por la memoria de lo que esos genocidas habían hecho 30 años atrás con sus padres, sino porque muchos de los escrachados seguían en actividad. Y con poder. “El escrache ese se hizo dos años después. Fue muy raro porque era a un tipo que seguía en actividad, fue médico, obstetra de la brigada de San Justo, entregó bebes. El tipo nos jodió durante varios meses todo el laburo. Apenas llegábamos al barrio, la Mesa de Esraches hacía un mapa y durante los dos meses previos al escrache organizaba cine debate, charlas, volanteaba las plazas, todo para informar. También escribíamos una carta que la repartíamos por debajo de la puerta a los vecinos, para explicar por qué el escrache, quién era el escrachado en cuestión que vivía en ese barrio. A las pocas semanas el tipo escribió su propia carta, hablando bien de él a sus vecinos y diciendo que nosotros éramos violentos, vengativos. Hicimos pintadas y las encontramos al otro día todas tachadas. Eso fue una pelea en el propio territorio. Y una muestra de que el tipo seguía activo, operando. Hasta el momento uno no se imaginaba eso: que todavía mueve groso, que no es ningún boludo, que tiene su aparato. Para nosotros eran todos viejos que estaban retirados”.

El último escrache de H.I.J.O.S fue hace ocho años, en 2006. “Fue el más difícil que nos tocó hacer: a un comisario que estaba en actividad”, recuerda Julieta. Pero el final no tuvo que ver con eso, sino con el momento histórico que se vivía en la Argentina. En 2003, al asumir Néstor Kirchner, lo primero que hizo fue anular las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. “Fue un paso necesario e importante. La primera vez que un gobierno constitucional daba respuesta al reclamo histórico de los organismos de derechos humanos. Por ese entonces en la Mesa de Escrache se agudizó una discusión que había surgido años antes y que nos interpelaba a pensar qué entendíamos por Justicia. Existía una diferencia muy sutil pero tajante entre la idea de concebir el escrache como herramienta capaz de presionar para lograr el juicio y castigo y había otra idea que lo entendía como una construcción desde abajo y entre los vecinos: la construcción de condena social. A mi modo de ver ambas propuestas podían convivir pero no fue posible llegar a un acuerdo y la discusión terminó con la salida de H.I.J.O.S de la Mesa de Escrache. Esta situación complicó los mecanismos para seguir investigando a los genocidas. Por eso, ya a fines de 2006, se hizo cada vez más difícil la construcción de los escraches”, explica Julieta, de 40 años. Fue ahí cuando los inventores del escrache dejaron de hacer escraches. Una modalidad que replicó rápido en varios puntos de Sudamérica. Y que el año pasado migró a España. Acaso por eso también estuvieron esas fotos colgadas en las paredes del Reina Sofía. “Los escraches han migrado a España en los últimos años, no como una reivindicación de la memoria, sino como una herramienta de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), con un apoyo social amplísimo. De hecho, los escraches practicados a los políticos responsables de la violencia sobre la población resultante del estallido de la burbuja inmobiliaria y la emergencia habitacional, han contribuido a señalizar con nombres y apellidos a los políticos cómplices del genocidio financiero, provocando con ello su fuerte deslegitimación”, cuenta Marcelo Expósito, el artista que armó la muestra en el Reina Sofía, quien divide su tiempo entre Barcelona y Buenos Aires.

La PAH es un movimiento social surgido en 2009, en Barcelona, que agrupa personas con dificultades para pagar la hipoteca o que se encuentran en situación de ejecución hipotecaria. En España, la subida del precio de la vivienda acompañada de un buen pasar económico, en lo que se conoció como burbuja inmobiliaria, provocó que sacar una hipoteca para vivienda fuera casi tan sencillo como ir al quiosco. Pero la burbuja un día explotó: desde la crisis económica que se desató en 2008, con el aumento del desempleo a más del 25%, se ha vuelto imposible para más de 350 mil familias pagar las hipotecas. Son los desahuciados, como se los llama en España, donde a los desalojos se los conoce como desahucios. Son los que se quedan sin la vivienda pero continúan con la deuda con el banco a cuestas aunque no disfruten del calor del hogar por el que deben pagar. “Los escraches efectuados por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca están estrechamente vinculados a los escraches argentinos, aun con las diferencias sustanciales en sus objetivos. También en el Estado español –cuenta Marcelo- se apela a la sociedad civil, se le reclama a la gente tomar posición. Son una apelación a la justicia desde abajo, sin ejercicio de violencia ni venganza, pero contundente en su condena social de los cómplices de violencia contra la sociedad civil”.

Durante su estadía en Madrid, Julieta Colomer dio una charla en el Patio Maravillas, un colegio que llevaba siete años cerrados hasta que se lo ocupó para transformarlo en el centro comunitario más grande de la capital española, junto con miembros de la PAH. “Ellos tuvieron la experiencia del 15M que fue similar al 19 y 20 de acá. El escrache que replicó allá, o que ellos tomaron, no es de víctimas de del franquismo sino que tiene que ver con un motivo económico. Tiene esas diferencias. Para algunos de allá, para otros no, pero sobre todo para las víctimas del franquismo que siempre remarcan que en España no se mira nunca al pasado, que no se ha hecho nada por esas víctimas, son importantes esas diferencias”, cuenta.  Marcelo Expósito retoma esos contrastes: “Aun así, desde hace quince años se desarrolla en todo el Estado español un potente movimiento por la recuperación de la memoria histórica, que si bien no ha hecho uso de la herramienta de los escraches, sí lo ha hecho de acciones contundentes con la continuada localización y exhumación de tumbas NN donde se encuentran todavía los más de cien mil desaparecidos fruto del crimen de Estado en los primeros años del franquismo. La influencia que el movimiento histórico por los derechos humanos argentino ha ejercido sobre este movimiento por la recuperación de la memoria histórica en el Estado español, ha sido enorme”.

El escrache español tiene el mismo fin que el que inventó H.I.J.O.S pero una impronta bien distinta. “Tiene que ver con la época también. Es una situación un poco más virtual. Hay mucho tuiteo, redes sociales. Pero ellos han logrado con los escraches frenar algunos desalojos. Y el tema de los desalojos es bestial: hay gente que se quedó sin la casa pero además tiene la deuda por 20 años. Es tremendo –cuenta Julieta- eso generó mucha rabia y canalizó en el escrache. Allá se señala a los diputados que frenaron la ley que ampara los desalojos. Lo que pasa es que la sociedad española no logró calar el escrache porque no les gustó eso de señalar con el dedo, de buscar condena social. No está bien visto a nivel social. Por supuesto que sí en los jóvenes. Y hay algunas excepciones: cerrajeros  que les tocaba ir a desalojar y se negaron”.

Este asesino vive en nuestro barrio. Julieta Colomer.
Este asesino vive en nuestro barrio. Julieta Colomer.
Frente a la casa del torturador. Julieta Colomer.
Frente a la casa del torturador. Julieta Colomer.
En el barrio. Julieta Colomer.
En el barrio. Julieta Colomer.
Conozca a su vecino. Julieta Colomer.
Conozca a su vecino. Julieta Colomer.
Condena social. Julieta Colomer
Condena social. Julieta Colomer
Juicio y castigo. Julieta Colomer.
Juicio y castigo. Julieta Colomer.
Redoblante. Julieta Colomer.
Redoblante. Julieta Colomer.
Stencil en la calle. Julieta Colomer.
Stencil en la calle. Julieta Colomer.
Torturador suelto. Julieta Colomer.
Torturador suelto. Julieta Colomer.
Verdad justicia memoria. Julieta Colomer
Verdad justicia memoria. Julieta Colomer
Volante. Julieta Colomer.
Volante. Julieta Colomer.