¿Por qué no te callas, España?

Cuando Pedro Carmona levantó el teléfono y escuchó la voz que lo saludaba desde el otro lado del tubo, esbozó una sonrisa triunfal. No lo sabía en ese momento pero la mueca de felicidad se le borraría apenas dos días después. José María Aznar, presidente de España, lo llamaba desde Madrid para darle el reconocimiento como nuevo mandatario de la República Bolivariana de Venezuela. Ya lo había hecho un rato antes George Bush, el otro gran aliado de la oligarquía venezolana en la geopolítica mundial para dar el golpe de Estado del 11 de abril de 2002 contra el gobierno legítimo, constitucional y democrático de Hugo Chávez. Carmona, titular de Fedecámaras, la principal organización del gran empresariado nacional de Venezuela, esperaba seguir recibiendo llamados desde todas partes del mundo para terminar de acomodar el culo en el sillón presidencial, que ocupaba ilegítimamente tras “sacar” a Chávez. Pero no. El Imperio mostró fisuras, el pueblo respaldó al líder que eligió en las urnas y al usurpador no le quedó más remedio que escapar del Palacio de Miraflores, sede del Gobierno de Venezuela.

No se lo perdonaron. Ni Aznar ni Bush ni Juan Luis Cebrián (presidente ejecutivo del grupo PRISA, dueño del diario El País, diario -de periodismo general- de habla hispana con más ventas en el mundo) ni ninguno de todos los exponentes de la derecha internacional soportaron la autonomía de un proyecto político que llevaba apenas algo más de tres años al mando del país y juraron venganza. De ahí en más, los intentos –más o menos salvajes, siempre imperialistas- se repitieron una y otra vez.

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Ahora la embestida desestabilizadora adquirió otro tono y, bajo el manto protector de Barack Obama, y en la antesala de una nueva edición de la Cumbre de las Américas -cumbre de los gobiernos de América-, el gobierno español y sus socios mediáticos se pusieron a jugar en el centro de la cancha. Mientras el 32,6 por ciento de los niños en España viven en riesgo de pobreza y/o de exclusión social (así lo asegura la ONG Save the Children), Mariano Rajoy, máxima autoridad del país y símbolo del Partido Popular (PP), se tomó el tiempo de recibir en Madrid a Mitzy Capriles, la esposa de Antonio Ledezma, el alcalde de Caracas detenido por golpista. Pero no solamente el líder del Partido Popular lo hizo: Pedro Sánchez, referente del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), también eligió juntarse con Capriles en vez de denunciar que el 8,3 por ciento de los menores de su tierra viven bajo privación material severa. Como si fuera poco, Felipe González, miembro histórico del socialismo español y presidente del país entre 1982 y 1996, asumió, en Venezuela, la defensa judicial de Ledezma y de Leopoldo López, también detenido por golpista luego de las protestas de febrero de 2014 en Caracas.

Felipe González, amigo personal de Carlos Andrés Péres, expresidente de Venezuela, separado del cargo de presidente tras ser acusado por la Corte Suprema de Justicia de su país por “malversación de fondos públicos y fraude a la nación”, dio una entrevista al diario El País, el 14 de marzo, en la que, explicando su postura sobre España, dejó en claro cuál era su base ideológica: “Yo defiendo la economía de mercado, eficiente y competitiva como el único instrumento para hacer de verdad más iguales las oportunidades de la gente”. Desde ese lugar piensa, desde ese lugar decidió defender a los acusados Ledezma y López, desde ese lugar considera al chavismo un gobierno “no democrático” -más allá de haber ganado 18 de 19 elecciones-.

Maduro, tras ver las acciones y las declaraciones de Felipe González, declaró: “González se ha incorporado abiertamente a coordinar el lobby golpista frente a mí”. Además, se ocupó de recalcar que el expresidente español, en 2005, tuvo una dura discusión con Chávez, luego de que el exmandatario venezolano rechazara vender una empresa telefónica estatal a una empresa dirigida por el mismo González.

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La intervención de la derecha española en la escena de Venezuela no termina ahí. Ni mucho menos. Luis de Grandes Pascual, miembro del Partido Popular e integrante del Partido Popular Europeo, no solamente operó para que el Parlamento Europeo condenara a Nicolás Maduro sino que se encargó de poner de manifiesto, sin ningún tipo de tapujo, representante de quién es en este mundo: el capital financiero. “Hay que explorar y adoptar las medidas necesarias para salvaguardar los intereses europeos y el principio de seguridad jurídica para las empresas europeas en Venezuela”, argumentó sin hacer alusión a los 41.000 millones de euros que se utilizaron en España para salvar a la banca de la crisis. Por supuesto, de Grandes Pascual tampoco se preocupó por aclarar por qué es más importante proteger la ganancia de los explotadores que generar trabajo en una sociedad que tiene sin empleo al 23,4 por ciento de su población económicamente activa (según señala la Oficina Europea de Estadística).

“Parece que el ‘socialismo del siglo XXI’ bolivariano se articula peligrosamente sobre las ansias cleptómanas de sus ideólogos”, sostuvo el diario El Mundo, para que los dispositivos mediáticos se pusieran a tono con el ataque sistemático a Venezuela, en su editorial del 16 de marzo. Mientras tanto, miles de personas de todas partes de España marchaban a Madrid para reclamar “Pan, trabajo y techo”.

“Gracias al aparente exceso de Obama, a la desesperación cubana por atraer inversiones, turistas y comercio, y frente al descalabro económico venezolano, producto de la incompetencia y de la caída del precio del petróleo, el tiempo de la indiferencia se agotó”, escribió el mexicano Jorge Castañeda, representante académico de la derecha internacional, en una columna de opinión publicada en el diario El País el 23 de marzo. Mientras tanto, los manifestantes denunciaban en la Plaza Colón de la capital española las políticas de ajuste del gobierno conservador de Rajoy.

Jorge Martínez Reverte, escritor e historiador, dijo lo suyo, siempre en una sintonía derechista, en un artículo publicado -también- en El País el 20 de marzo: “Maduro se parece cada vez más a un dictador brutal que al liberador que algunos nos quieren colar. Ya están superados, por desgracia, los tiempos en que Venezuela podía presumir de haber disminuido la desigualdad social”. Y, también mientras tanto, una de las centenares de miles de víctimas de la crisis explicaba en plena protesta: “Vivimos un estado de emergencia social en el que estamos pagando con nuestras vidas los desmanes de los bancos”.

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Uno de los principales organismos desde donde opera España en Latinoamérica es la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), que tiene como titular al expresidente Aznar -también encargado de dar el sí para que España se sumara a Estados Unidos en la invasión a Irak, que comenzó en 2003-. Este líder del PP, al abandonar el cargo de máximo mandatario de su país, se dedicó a difundir las ideas neoliberales de FAES y a manejar el lobby internacional de News Corporation -una empresa de propiedad de Ruper Murdoch, investigado y procesado por escuchar ilegales-.

Aznar trabaja, a través de FAES, con Mauricio Macri, uno de sus delfines políticos en el continente. En 2009, en Buenos Aires, organizaron una charla que tuvo como orador principal a Sebastián Piñera, expresidente de Chile, por el partido derechista Renovación Nacional. Allí, expresó: “En la región existen dos modelos. Uno es el bolivariano. El otro es el de la libertad”. Tan sólo un año después, hubo otra reunión, organizada por la Fundación Pensar -liderada por Macri, en Argentina- de la que participaron Aznar, Macri y -sin ninguna casualidad- Antonio Ledezma Díaz -alcalde de Caracas detenido- donde argumentaron que la crisis económica mundial implicaría ganadores y perdedores y era hora de que sus países se sumaran a los ganadores.

En este escenario en el que la Cumbre de las Américas aparece como cita decisiva para lo que será la política de Estados Unidos sobre los países latinoamericanos –con Venezuela como epicentro-, España hizo, según dio a conocer el periodista canadiense Jean-Guy Allard, una última contribución de peso al deseo imperial de someter a la región: albergó a Ramón Guillermo Aveledo, secretario de relaciones internacionales de la venezolana Mesa de la Unidad Democrática (MUD) -opositora al gobierno de Maduro-, para que se reuniera en Madrid con los más mediatizados cabecillas que tiene hoy el gobierno de Obama a la hora de agredir a Cuba. Todos ellos tramaron cuáles serán los pasos a seguir en el cónclave que tendrá lugar el 10 y el 11 de abril.
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Desde aquella vez que Carmona descolgó el teléfono y charló amablemente con Aznar acerca del efímero triunfo que creían eterno, el conjunto de la derecha española no ha parado de aportar discursos y recursos y políticas para golpear a este continente. Ni siquiera el desastre económico y social en el que está sumergido el país desde 2008 calmó las ansias de venganza de los que siempre tiran paredes con los intereses de Estados Unidos. Venezuela resiste como lo viene haciendo Cuba desde hace más de medio siglo. Y, al menos por ahora, aunque se muera de ganas, Rajoy no tiene a quién llamar para echarle una felicitación.

House of Cards va por Venezuela

El Premio Nobel de la Paz, Barack Obama, volvió a considerar que Estados Unidos tiene superpoderes sobre el mundo, argumentó que su país tenía razones para considerarse en peligro y definió una agresión militar contra Venezuela. Días antes, la policía de su país mató a un joven negro. Días después, 70 mil personas marcharon recordando a Luther King. ¿Quién es la guerra?

Pasa siempre que, cuando el maquillaje se va, queda la piel reseca mostrando quién o quiénes se esconden detrás del polvito mágico. No importa si el polvito es negro, es indio o es obrero. Da igual. El polvito es el polvito y sirve solamente para disimular sensaciones y palabras. Para nada más. En algún momento, cuando las contradicciones presionan fuerte, el huracán hace mover al viento y la pintura se corre de la cara, el peinado se desacomoda y el saco se arruga. Entonces, ahí, en ese instante cruel, se advierte que ningún carnaval carioca es eterno y que la verdad es siempre la verdad. Ni apuestas por una salud menos exclusiva ni amagues de normalización de las relaciones. El Bloqueo sigue en el lugar en el que se encuentra desde hace décadas y el Imperio no se corre ni un pelito de su línea. Y no es que no quiera. En tal caso, no importa si quiere o no porque lo que importa es que no puede hacerlo. Si no, no sería el Imperio.

El último 7 de marzo se cumplieron 50 años del Domingo Sangriento, como se conoció a la masacre ocurrida en 1965 en Alabama en el marco de la pelea contra la discriminación racial en Estados Unidos. Según las fuentes periodísticas, cerca de 70 mil personas marcharon para no olvidar y para denunciar que el sueño de Martin Luther King sigue sin cumplirse. Está claro: el reciente asesinato del joven negro Anthony  Robinson a manos de la policía de Madison, Wisconsin, demuestra que en el territorio del Imperio la Justicia y los Derechos Humanos no funcionan por fuera de la pertenencia de clase y del color de piel. Mientras tanto, Barack Obama enjuagó la hipocresía oficial visitando la ciudad de Selma, en el centro del estado de Alabama. El maquillaje le resolvió esa puesta en escena, pero lo abandonó en la siguiente presentación: una salvaje declaración contra la soberanía de Venezuela –y de toda América Latina- que incluyó la sanción por parte de Washington de siete funcionarios del gobierno bolivariano por presuntos abusos contra manifestantes.

Por la osadía de no obedecer y por el petróleo, por las transformaciones geopolíticas y por las ideologías que no desaparecen, Estados Unidos tiene en la mira a Venezuela como tiene en la mira cualquier manifestación de autonomía que cuestione el orden imperial. Eso está en juego: la autonomía, la potestad de elegir sin rendirle cuentas a nadie, la autodeterminación de los pueblos. La muerte de Hugo Chávez -líder político y simbólico- y los legítimos vaivenes de una economía en desarrollo reimpulsaron la avanzada criminal desde hace ya algún tiempo. Como los intentos por tumbar un proyecto político con fuerte apoyo popular a través de la vía electoral fracasaron desde 1998 -Chávez ganó 14 elecciones en 15 años; y Nicolás Maduro se impuso una vez más, en 2013, con el 79,69 por ciento de la población votando-, las operaciones por fuera de la ley aumentaron en cantidad y en calidad hasta alcanzar un nivel que, al menos públicamente, permanecía oculto detrás del polvito mágico: la agresión militar. La indefendible y no argumentada justificación, difundida por la oficina de prensa de la Casa Blanca, afirmó que Venezuela “constituye una infrecuente y extraordinaria amenaza a la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos”.

Cuba es Cuba por múltiples razones pero, en especial, por su batalla frente al atropello que el Imperio ejecuta a diario contra los pueblos de los cinco continentes. Es una voz mucho más grande que el tamaño de la isla. “Nadie tiene derecho a intervenir en los asuntos internos de un Estado soberano ni a declararlo, sin fundamento alguno, como amenaza a su seguridad nacional”, expresó el gobierno de Raúl Castro en un comunicado. “Te felicito por tu brillante y valiente discurso frente a los brutales planes del Gobierno de Estados Unidos”, escribió, sin retraso alguno, Fidel Castro. Nicolás Maduro hizo lo suyo y le dijo a Obama, entre otras cosas evidentes, una verdad evidente: “Usted ha decidido el camino de hundirse en el foso de la historia”.

Después de que el carnaval carioca terminó, después de que los invitados se fueron, después de que el último flash se apagó, la novia advierte que se le vino encima la hora de toparse con la cruda realidad: desayunar con su novio sin el acompañamiento de los tantos cosméticos que se usan en las citas de gala. Algo así sucedió –una vez más- con el Imperio: el maquillaje que se había puesto en Selma se le fue a la mierda y el rostro cretino volvió a aparecer en la primera plana de los diarios. 

Con maquillaje, es Barack Obama, premio Nobel de la Paz. 

Sin maquillaje, es el responsable político de más de 500.000 asesinatos, responsable político-militar de 40000 niños mutilados y gerente de una política con 9000 presos políticos.