Son Hermanos de la Verdad y la Justicia

Después del terrorismo de Estado en los setentas, miles de familias perdieron hijos y nietos, pero también perdieron hermanos. La reflexión y la acción llegaron después del desahogo. El lazo de hermandad es el más igualador y contemporáneo entre dos historias, es complicidad y contención: es tácito. Por eso, también es una despedida muy difícil de digerir. En la voz de Beatriz Luque vamos a escuchar cómo comenzó la historia de una organización que surgió última de todas, que se tomó su tiempo, pero que ya llevan diez años de lucha activa, repleta de compromiso en la búsqueda de la verdad y justicia para sus hermanos desaparecidos.

Es una de esas caras difíciles de olvidar, si se vio aunque sea una vez. Como esa energía que no se puede explicar, solo se percibe. Beatriz Luque nos espera en un café paquete en Avenida de Mayo y Perú, el lugar es elegido por casualidad, no por gusto. Son las siete de la tarde y está sentada al lado de una ventana, está contigua al desorden del Centro, pero se la ve tranquila, leyendo. Está repasando hojas, documentos de estos diez años como integrante de la organización Herman@s de desaparecidos por la Verdad y la Justicia. Sin dudas, el compromiso que a cada uno de ellos les significa pertenecer a un colectivo convierte en una responsabilidad muy grande ser el vocero de esta historia. De esta construcción, la más joven en cuanto a las demás conformadas por familiares.

Desde su experiencia, pero también desde su dolor convertido en lucha, se toma un café con nosotros para compartirnos un poco de qué se trata este espacio de hermandad y reencuentro que ya lleva diez años, o más bien, treinta y siete años.

“Quiero sacar el pin de mi hermano, es lo que más me interesa si hay fotos”. Beatriz recuerda con mucha emoción a Marcos: “Era un muchacho muy creativo, totalmente rebelde. Provocó en la familia todos los cambios posibles. Desde nenito se hacía sus propios juguetes con botones y plastilina, hacía batallas inmensas y después rompía todo. Era totalmente alegre, muy libre, irradiaba energía. Jugaba al rugby y amaba a los Beatles, tenía pelo largo. Fuimos hasta el Machu Pichu en auto, recién ahora estoy pudiendo ver fotos de aquellas épocas.” Las palabras sobre su hermano se intercalan todo el tiempo, interrumpen sus relatos. Está con ella, lo mantiene vivo.

 

– ¿Cómo surge la organización Herman@s por la Verdad y la Justicia?

-En el año 2002 apareció en Madres una periodista que trabajaba en derechos humanos para el gobierno de la Ciudad, estaba haciendo una investigación y pidió testimonios de hermanos de víctimas. Recibí un llamado de Tati Almeyda, me comentó de la reunión y fui. Estaban Ana Sabino, Margarita Maroni y yo. Ana falleció. Todavía retengo la imagen plástica de ese lugar de Madres línea fundadora, un lugar muy amado, íbamos mucho ahí, acompañábamos. Atardecía, y la pared tenía carteles de HIJOS y de Abuelas. La periodista puso el grabador en el medio y empezamos a hablar. El recuerdo más profundo que tengo es que nos olvidamos del tiempo. Hablamos de nosotras, de nuestras historias, nos abrazamos, lloramos. Ahí surgió ese sentimiento: ‘¿por qué no nos reunimos más?’. Empezamos a convocar a otros hermanos, muchos de ellos militaban con sus hermanos desaparecidos y otros también eran hijos de Madres de Plaza de Mayo, pero no estábamos juntos. Entonces, elegimos un lugar, lo sugerí yo porque tenía a mi papá muy enfermo y necesitaba que quedara cerca de donde estaba él, fue la confitería Tuñín en Castros Barros y Rivadavia, empezamos a hablar, pero había mucho ruido y poca intimidad, entonces nos cruzamos a las Violetas, a una mesa redonda. Fue la primera reunión, a raíz de ella tuvimos la noción de que necesitábamos algo distinto para nosotros.

 

– De alguna manera encontraron un clima de hermandad entre los compañeros…

-Sí, porque los hermanos somos los contemporáneos, somos los que escuchamos sus voces, sus llantos, discutimos, compartimos militancia y confidencias. Somos los pares. Y esta sensación muy fuerte explica por qué surgimos. Tuvimos que seguir la pérdida del par, de algún modo también tuvimos que cuidar a nuestros padres, a los hijos, acompañar a los amigos de nuestros hermanos. Fue largo, un exilio interior enorme. Al encontrarnos empezamos a reproducir esta relación fraternal. En muchos casos no había otra, yo no tengo otros hermanos, perdí a Marcos y no tengo dónde encontrar de nuevo esa relación incondicional y absoluta, de peleas, alegrías, juegos y complicidad. Pero algo de eso encontré en este grupo, con todo el costo que implica. Es volver a encontrar ese lugar fecundo para cambiar, entre todos, fortalecernos. Es darle cuerpo a nuestros hermanos que se fueron tan jóvenes, poder abrazar a un hermano maduro que es como él o como ella nos permite instalarnos en un espacio real encarnado en el reencuentro.

Beatriz era dos años más grande que Marcos, mantenían una relación muy íntima. Compartían espacios de estudio, mientras ella repasaba Historia del Arte, él le leía sus textos de Arquitectura. No sólo el arte los unía, también sus ideas: “En nuestra casa la política se vivía con mucho debate. La decisión de Marcos por integrarse al PRT y a la clandestinidad surgió a raíz de La Noche de los Bastones Largos. Ese día estuvo presente, vio esa violencia inexplicable contra los docentes y se llenó de indignación. Su entrega fue total, fue su vida. Tomó con conciencia y lucidez que la historia había que cambiarla, que los jóvenes tenían que pensar en otro mundo. Me hablaba de todo eso, compartíamos la vida política, discutí mucho con él, dolorosamente, porque sentía que era un riesgo muy alto. Pero finalmente terminaba respaldándolo, siempre. El día antes de irse le pidió a papá que lo bendijera, teníamos una relación familiar muy fuerte, pero eso también hizo que viviera sus experiencias con total libertad. Desde la clandestinidad seguía trabajando. Mi papá se enfermó de la cadera y lo tenían que operar, Marcos vino a casa a verlo. Ese día lo secuestraron. El momento fue terrible porque yo abrí la puerta, mi hermano vino y les dijo: ‘No le peguen más: soy yo’. Nunca me voy a olvidar, se acomodó el reloj y no lo pude ver más”. Esa voz es la que lleva con ella, la que hace que tenga fe para seguir: “No tengo su cuerpo, no tengo sus huesos, pero tengo su voz”.

 

Imagen: NosDigital

-En todos los testimonios, los integrantes de Herman@s confiesan que se crearon una especie de pared alrededor para poder contener a sus padres en ese momento, que no les ganara el dolor. ¿Cómo se transita ese cambio para fortalecerse y luchar?

-Es una pared que nos pusimos todos. Reunirnos fue empezar a abrir ventanas en esa oscuridad. Creo que la muralla como tal, ya no estaba, pero aún no habíamos podido atravesar ese portal de ingresar a la generación que nos acompañaba en ese momento. Generamos una red colectiva que trajo crecimientos individuales y colectivos muy fuertes. Las primeras reuniones después de ese primer encuentro fueron en casas. Eran multitudinarias, el eje pasaba por saber quiénes éramos. Decidimos ser Herman@s de desaparecidos, pero con la aclaración Porla Verdadyla Justicia, porque fueron ellos quienes la buscaron. Nosotros ahora también lo buscamos. Logramos transformar el castigo en un mensaje de vida, que no niega la cruel realidad, pero que tenazmente deja en claro que el terrorismo de Estado no se presentará nunca más.

 

El recuerdo de la cara de Beatriz se hace visible tras una anécdota. La conocemos desde un acto en el Colegio Nacional Buenos Aires, en la colocación de las baldosas conmemorativas que se encuentran ahora en la vereda de este secundario. Fue vocera aquel día, se la veía muy emocionada, pero con un discurso claro, sentido, cargado de orgullo hacia la docencia: “El día del discurso en la puerta del Nacional fue un antes y un después. Nunca había hablado en público de Marcos, nunca puedo contar su historia sin quebrarme. En esos últimos días antes de su secuestro él estaba en la clandestinidad, pero vino a casa  y le trajo a mi papá los dibujos de sus alumnos. Todo el tiempo contaba sobre los chicos, que lo querían muchísimo. Llamaban a casa, ‘¿dónde está el profesor?, ¿por qué no viene?’, lo extrañaban. Una de las últimas veces que lo ví fue en el Colegio. Entraba con tanto amor a ese lugar, compartir con los alumnos actuales y con sus compañeros de aquel momento una colocación de baldosas con su nombre fue muy fuerte”.

 

-Una de tus preocupaciones, por el 2002, era que la juventud de hoy no fuera una víctima del trabajo de la dictadura, de desconcientizar. ¿Cómo encontrás hoy en día a los jóvenes?

-El trabajo en la juventud ha sido permanente, desde el primer momento las Madres hicieron un agujerito en el muro. Se visibilizaron en el peor momento de la dictadura en la Plaza de Mayo, demostraron mucho coraje, contagioso. Veo un movimiento y una conciencia por parte de los jóvenes muy emocionante y valioso. Soy docente de alma, me jubilé hace dos años, si no hubiera sido por mis alumnos, nunca hubiera llegado con tanta fuerza. Porque en todos los momentos en los que fui profesora mis alumnos me enseñaban a mí, porque yo no tenía esperanzas en la vida, yo trataba de disimular eso. Reconozco compañeros en los gestos de los chicos, es una alegría. La generación del setenta es gloriosa, luchó de una manera determinada y sigue creando de una manera determinada. Pero la nueva generación reivindica eso, lo investiga y cuestiona, lo enriquece.

La búsqueda creativa de la propia identidad

Se realizó en Buenos Aires una nueva edición del Festival Internacional de Cine de Derechos Humanos, con la “identidad” como eje central. En esta propuesta, el arte como el modo más íntimo de expresión y como una herramienta para la representación propia y del otro, tiene mucho que decir. NosDigital se acercó a la actividad “Arte por la Identidad” para situarte en el centro del debate.

Fotos: NosDigital

El centro de noche no parece ser el centro, quizás los ejes se mueven junto a las agujas del reloj. Puede ser también, que el centro de noche sea el centro, sin los autos, desprovisto de bocinas y ruidos, vacío de los tacos que corretean para llegar al bondi, de murmullos apurados. Esta noche, confieso, el centro me parece más centro que nunca cuando salgo del subte hacia el medio del debate.

En la calle Piedras al 700, el teatro La Máscara nos espera con la sala del primer piso lista. Inserto en el 14° Festival de Cine de Derechos Humanos, nos acomodamos para ver la proyección del corto “La Mirada Perdida” de Damián Dionisio que nos invita a reflexionar sobre la articulación de dos conceptos que hoy se nos vuelven inseparables: arte e identidad.

Una familia viviendo en la clandestinidad. Una nena que pinta con su mamá. Los nervios en el aire latentes. Un auto del que baja un grupo de tareas. Camperas de cuero. Falcón. Lentes negros. Armas. Impunidad. Ropa desesperada dentro de una valija. Tiros.  Muerte. Secuestro  Y en medio de todo ese dolor que nos eriza la piel, una imagen maravillosamente lograda. Una madre que le pinta con paisajes de colores los anteojos a su hija para que solo vea cosas lindas.

Once minutos de proyección y todo un pasado se instala entre las butacas. El concepto se refuerza con una representación en formato semimontado de la obra “Los tres patitos” de Beatriz Pustilnik, que plantea un lugar de posibles encuentros con las cosas que cada uno lleva encima, aquellas que no se pueden dejar de lado y viven con nosotros de por vida. Mientras se sostienen los aplausos, las actrices Sandra Posadino y Lucia Snieg se suman al público que espera que se arme la mesa de debate.

Taty Almeida, referente de Madres de Plaza de Mayo línea fundadora, rompió el hielo alentando a los presentes a seguir recordando y remarcó el gran momento que vive el arte en la actualidad, desde todas sus ramificaciones, como sujeto generador de memoria, una de las principales lucha de Madres junto a verdad y justicia.

El micrófono está ahora en manos de Claudia Quiroga, actriz de Teatro por la Identidad y de Mujeres de Arte Tomar, quien resaltó la importancia de seguir realizando actividades artísticas que sumen a la búsqueda de la verdad: “El hecho artístico como granito de arena para poder pensarnos y sobre todo visibilizarnos”.

Para cerrar el panel, Luis Guillermo Garay, director ejecutivo del Instituto de la Memoria de Santiago del Estero, nos brindó su testimonio. Reivindicando los nuevos espacios generados a partir de la lucha por la búsqueda de memoria concluye: “El arte tienen una participación activa como instrumento para colaborar en la construcción no solo de esa memoria histórica que nos negaron, sino también de las identidades que a partir de esa memoria se van construyendo”

Para sostener la articulación planteada de arte-identidad, rompemos con el arte como mercancía, lo sacamos a la calle, lo hacemos investigar, mostrar, descubrir. Lo comprometemos con una realidad pasada redefinida y con un presente de continua lucha en la que se entiende que falta caminar mucho, pero que se avanza.

Salimos a la calle y recordamos la imagen de la nena con los lentes pintados. ¿Cuánto tiempo viendo paisajes y no realidad? ¿Cuánto falta todavía por descubrir? ¿Cuánto ya logramos mostrar? Apuro el pucho contra el tiempo y espero que el humo desate el nudo de la garganta.

Los 35 años son de las Madres

Pasaron 35 años de la primera ronda de las Madres de la Plaza. Cada jueves, religiosamente, se acercan a la pirámide de Mayo para mantener encendida esa lucha que encarnan detrás y en nombre de sus hijos. Hoy festejan con actos públicos esta fecha tan significativa con los logros que se reflejan en los juicios a los asesinos.

La transformación de los pañuelos ¿Se transformaron?.

¿O crecieron? ¿O volaron?

Porque cada una de nosotras hemos pedido que cuando estemos muertas nos pongan el pañuelo.

Es muy lindo apretarse el pañuelo en la cabeza, yo digo que cuando me aprieto el pañuelo siento como que me abrazan mis hijos,

por eso me lo aprieto fuerte, muy fuerte.

Hebe de Bonafini.

Fotos: Nos Digital.

El pañuelo blanco para muchas es la expresión de una transformación. De su transformación, esa que las vio convertirse de madres a Madres de Plaza de Mayo. Ese pasaje de mujer a militante, esa militancia en la vida y en la política. Esa necesidad de hacer suyos los sueños que sus hijos dejaron en el camino. Esa entrega, de “luchar como si fuera lo más normal del mundo”.

Primero fueron reclamos a las iglesias, sin respuestas, y luego la decisión puntual de escribirle una carta a Videla. Catorce mujeres, con Azucena Villaflor a la cabeza, muchas de ellas amas de casa o simples trabajadoras alejadas del mundo de la política,  se acercaron a la Plaza de Mayo y se sentaron en los bancos de madera, pero la policía las echó porque tenían que transitar, por el estado de sitio que regía en el país. No lo dudaron: aquel 30 de abril de 1977 comenzaron a caminar. Espontáneas, así empezaron las famosas rondas todos los jueves, sin excepción. Lo del pañuelo blanco empezó en Luján, como muchas madres no se conocían entre ellas, se colocaron en sus cabezas un pañal de gasa de sus hijos, que aún guardaban, y de esa forma se pudieron encontrar durante una larga caminata que emprendieron hacia la Basílica, también en 1977.

A lo largo de los días se fueron sumando cada vez más mujeres con el mismo reclamo. Exigían la aparición de sus hijos, se acercaban naturalmente, protagonizaban una lucha abierta, directa y sincera, pero sobretodo,  dolorosa. El compañerismo se sintetizaba en una frase que las más experimentadas le trasmitían a las recién llegadas: “Aquí no se viene a llorar, sino a luchar. Así que secate los ojos y vení”. Este espíritu consciente es uno de los ejes que las llevó a conformar una verdadera organización de resistencia.

Fue la celebración de las Madres. Lejos, muy lejos, estamos de querer frenarnos a discutir sobre las diferencias ideológicas que separan a la Asociación Madres de Plaza de Mayo de las de Línea Fundadora. Para todos son y serán siempre las Madres, nuestras Madres de la Plaza. Las tuyas, las mías, las de todos nosotros. Esas que a través de su ejemplo nos demuestran que existe una lucha que se puede dar en el terreno de lo cotidiano, con una entrega incondicional y bien firme.  Esas mismas que nos enseñaron que a pesar de los años y del dolor, el único castigo posible es la justicia y no la venganza.

Este 30 de abril se cumplieron 35 años de aquella primera ronda en la Plaza de Mayo, y fue en esa misma Plaza donde Hebe de Bonafini y Tati Almeyda, representantes más mediáticas de cada sector, montaron sus actos para celebrar. Hablamos de celebración porque así mismo lo expresaron ellas, en ambos discursos sobresalieron paralelismos, se habló de los logros que trajo, y aún trae, esa lucha resistente de tantas décadas. La figura del ex presidente Néstor Kirchner brota en las palabras de estas mujeres. Sus decisiones en torno a los derechos humanos trazaron un lazo inquebrantable que se conformó como política de Estado desde el 2003, y en cada acto se expresan como retribución, agradecimientos sentidos que ayudan a entender el apego con el gobierno nacional. Más allá de esto, hay que decirlo, “el logro es de las Madres”, así como lo dijo Hebe en su discurso, sin vueltas,  y explicó entonces el por qué del tinte festivo: “Es un festejo porque después de 35 años conseguimos que los asesinos estén en prisión”.

A puro folklore y rock nacional, con muchos pibes presentes, se leyeron diferentes poesías y comunicados de adhesiones que llegaban de todo el país y del exterior. Se hizo mucho hincapié en la relevancia que tenemos los jóvenes en este momento de la historia, en lo importante que es entender que somos parte de algo que está en movimiento , que la historia siempre se mueve con nosotros como sociedad, como testigos de lo que formamos parte y sobre lo que debemos actuar. “Con nuestros pañuelos blancos anudamos un destino”, dijeron las Madres,  es nuestro desafío entender que podemos hacernos con ese destino.

Sentir justicia

Fuimos a la presentación del libro “Acá se juzgan genocidas. Dibujos, crónicas y fotos”, síntesis del trabajo militante, artístico y académico. Con la idea de hacer públicos los juicios que, ninguneados por los medios, suelen quedar dentro de las paredes de Tribunales, esta obra recorre experiencias disímiles y subjetivas e invita a participar y hacerse presente en este momento histórico que nos pertenece a todos y todas.

“Esta manera de mostrar los juicios tiene que ver con exponer a los acusados ante la sociedad, la historia y el mundo, como lo que son: violadores, torturadores, apropiadores de niños. Y además, ponerles ese peso encima, con una cara reconocible, porque son los mismos que hoy tienen toda la verdad, para que las Madres como Taty sepan qué pasó con sus hijos, nosotros recuperemos a nuestros hermanos, y que este pueblo pueda, por fin, saber qué pasó con cada uno de los desaparecidos. Es una verdad necesaria para el colectivo, no es algo de cada madre o de cada hijo, sino que es algo que nos constituye como sociedad”. Contundente, Giselle de H.I.J.O.S. cierra su espacio de micrófono en la presentación del libro “Acá se juzgan genocidas. Dibujos, crónicas y fotos”. Este “manifiesto colectivo” es un testimonio  de la permanente, inagotable y creativa búsqueda de la verdad, la persecución de la justicia y la construcción de la memoria colectiva.

Estamos en el aula 108 dela Facultadde Filosofía y Letras, y desde una de las paredes nos miran los alumnos, docentes y no-docentes de esta facultad, desaparecidos por la dictadura. A la hora de hacer uso de la palabra, los disertantes se cuidan de usar palabras como “alegría” o “felicidad”, difícilmente compatibles con la temática que nos convoca; en cambio, prefieren hablar de “satisfacción” para referirse a los frutos de la persistente batalla, que no cesará hasta que el último genocida, el último cómplice, esté condenado. El libro que hoy se presenta es una nueva ofensiva en esta batalla, y es obra de un año de trabajo colectivo entre H.I.J.OS., las Facultades de Filosofía y Letras y Ciencias Sociales (UBA), el IUNA (Instituto Universitario Nacional de Arte), Cátedra Libre de Derechos Humanos (UBA), Cátedra de Fundamentos de Diseño Gráfico para Editores (UBA), Pasajeros de Edición, y Cátedra de Diseño Gráfico I, II y III (UBA).

En el marco de un proyecto de H.I.J.O.S. para incitar a la gente a acercarse a los juicios, y ante la imposibilidad de filmar o sacar fotos en la mayoría de los juzgados, surgió la convocatoria a estudiantes de distintas facultades para retratar las audiencias con dibujos, crónicas y ensayos. Es lo que hace a este libro tan particular; más teñido de sentimientos, gestos, actitudes y emociones que de análisis y voces expertas. Este esfuerzo de valernos de nuestra (otras) armas no es del todo frecuente en las mencionadas unidades académicas, de puertas pesadas y ventanas cerradas, por lo que es un evento digno de celebrar. “Todos, hasta el más sencillo, el más humilde, el más pacífico, poseemos armas – afirma Julio Flores, decano de Artes Visuales IUNA – Un arma es el dibujo. Recordaba la historia de las artes visuales en la lucha por los derechos humanos. La primera tarea fue ver cuánto espacio ocupan 30.000 desaparecidos. Si se los pone pie con cabeza acostados en calle Rivadavia y se empieza en Plaza de Mayo, llegamos General Rodríguez. El siguiente paso fue verles las caras, y decir ‘no son todos iguales, no es una masa’; son cada uno, con su historia. Lo tercero fue preguntarnos por los culpables. Ese es el orden en el que está armado el libro. Lo cuarto, alcanzar una justicia cierta. Y yo agregaría que lo quinto es que quede grabado en la memoria para siempre.”

El micrófono gira y le llega el turno a Taty Almeida, referente de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora e invitada de honor en esta presentación. El espíritu de “Acá se juzgan genocidas” se vuelve tangible en Taty, mucho más viva, fresca, fuerte y compleja que cualquier conceptualización ensayística. Y así lo demuestra su sonrisa, que esta noche no escatima en dientes para hablar de los 35 años de las Madres, para agradecerle a los H.I.J.O.S. y para hablar de este libro que “parece chiquito, pero es tan importante”. A sus palabras, breves pero llenas de energía, respondemos con un extendido aplauso, de esos que involucran todo el cuerpo y calientan las manos.

Otra reflexión es la de Matías Cordo, subsecretario de publicaciones de FYLO: “Es una obra de una riqueza excepcional, que está dada justamente por su carácter de mosaico auténticamente colectivo de miradas, expresiones, trazos y textos, que incluyen no sólo el contenido sino cada aspecto del libro: desde el diseño hasta la selección de cada elemento de las cubiertas y del interior que lo conforman. Es también la experiencia de chicos que nacieron después del 83 y que van a ver los juicios, escuchan las declaraciones de los testigos, están presentes, ven las reacciones de las personas, tanto por la parte defensora como por la parte acusadora, lo cual también es bastante impresionante y, en ese sentido, el libro cumple el objetivo de tratar de romper con esa idea de la indiferencia, de eso que pasa que no nos involucra como sociedad, que es un discurso sostenido por algunos sectores y, la verdad, no resiste el mínimo análisis. Cualquier persona expuesta al relato de lo que pasó no puede permanecer indiferente”.

 

Bajo la consigna de que “los juzga un Tribunal, pero los condenamos todos”, la convocatoria a participar de los juicios históricos a los responsables de los crímenes de lesa humanidad sigue abierta. Para hacerlo, solo basta que te presentes con tu DNI. Podés seguir el calendario en www.hijos-capital.org.ar