Amar, comer y resistir

Un nuevo restorán, quebrado por su antiguo dueño, está a punto de ser recuperado y puesto a funcionar por sus trabajadores. Se inspiraron en Alé Alé y otras experiencias gastronómicas cooperativas.

Al 355 de la calle Montevideo, en pleno centro porteño, un hombre y una mujer se paran delante de la puerta del restorán Lalo de Buenos Aires, leen los carteles blancos pegados en la fachada, y se miran entre extrañados y alarmados: se están enterando que el dueño decidió vaciar el comercio. “¿Y los trabajadores?”, le pregunta la mujer al señor, con los ojos abiertos y preocupados, pidiendo explicaciones.

Los trabajadores están a pocos metros de la pareja, adentro del local y en asamblea permanente. Están a la espera, pero nada quietos.

Alquiler y denuncia

Hernán Bianchi, abogado de los trabajadores recita alto y de corrido la situación legal: “El lunes tuvimos una audiencia en el juzgado civil 63, con el juez Pablo Torterolo, dos diputados que nos acompañaron (Juan Cabandié y José Cruz Campagnoli) y los 4 propietarios del restaurante”. El lunes que viene tienen que volver al juzgado para comprobar si aceptaron su propuesta, que consiste en pagarles seis meses por adelantado para quedarse en el lugar. “Se ratificó en el juzgado penal de instrucción número 9 a cargo del Doctor Rappa la denuncia por defraudación contra Juan Eduardo Costa González (“Lalo”), la sociedad, su contador y demás integrantes de este delito orquestado. Hemos presentado las pruebas y ahora está en manos de la fiscal Graciela Gils Carbó”, sigue el abogado, y sin tomar aliento cuenta que el viernes pasado fueron a una tercera audiencia en el Ministerio de Trabajo por el juicio laboral contra el ex dueño Lalo: “No se presentó nadie de la firma, ni Costa González, por lo que le pedimos al Ministerio que lo haga comparecer mediante la fuerza pública, o sea que, la próxima, la policía lo vaya a buscar a la casa”.

Juan Eduardo Costa González envió al Ministerio por escrito las causas de sus faltazos: “(…)por razones de evitar posibles agresiones verbales y físicas de quienes me despojaron de la posesión y bienes de mi propiedad, no he de concurrir a la audiencia(…) sorprende y causa estupor, la conducta de los trabajadores en cuestión, cuando la firma que represento, se encontraba en avanzadas conversaciones con los mismos a los fines de asegurarles la continuidad laboral en otro establecimiento gastronómico de la ciudad, posibilidad que los mismos frustraron, con la adopción de la medida de fuerza ilegal(…)”. Los trabajadores se tomaron la molestia de explicar que eso no sucedió de ninguna manera así, y que la “continuidad laboral” consistía en no respetarles los sueldos atrasados, no aceptarles la antigüedad, pagarles la mitad en negro y afectarles la jubilación, todo eso en un lindo restorán en San Telmo.

Mientras que Lalo, el dueño de la firma, no se presenta a las audiencias y que los dueños del local donde se aloja el restaurante decidan si aceptan la propuesta, los trabajadores no pueden empezar a trabajar. Por el juicio por usurpación que les inició Eduardo Costa tienen custodia policial las 24 horas de día, lo que les impide bajo cualquier punto de vista activar la cocina. Para que levanten esa orden policial “dependemos de la buena voluntad del fiscal de la Ciudad de Buenos Aires en el juicio por usurpación. Pero, aparentemente, está de vacaciones”, señala el abogado. Finalmente hace una pausa y, mientras se despide de los trabajadores de Lalo, asegura: “Estamos bien, estamos bien”._MG_7239

Trabajar sin patrón

Otro doctor, éste de la salud, aparece en escena. “Viene el médico en solidaridad porque es una situación difícil para nosotros, nos toma la presión, la glucosa”, explica Miguel Soriano, mozo y futuro tesorero de la Cooperativa de Trabajadores de Lalo de Buenos Aires que está en formación. “La cooperativa hay que firmarla nomás, ya casi está. Si levantan la custodia policial ya podemos trabajar. Estamos esperando para empezar a hacer un poco de plata porque ni para el colectivo tenemos”, profundiza. Luego de ofrecer agua y café, con la vocación de servicio a flor de piel, Miguel explica que él es un mozo de profesión, que no necesita papel ni lápiz para recordar el pedido y que tiene 34 años en gastronomía: “La mayoría de las veces que nosotros trabajamos para el patrón él estaría durmiendo y nosotros manejábamos el negocio”.

Qué hacer: “El mecanismo lo sabemos, a lo mejor ellos daban la directiva pero la tarea la hacíamos nosotros. Tenemos que aprender mucho, porque sabemos la parte operativa y no la administrativa, esa parte hay que ir aprendiéndola”, describe Luciano García, quien sería el presidente de la Cooperativa, y agrega que los trabajadores de Alé Alé les están enseñando a interiorizarse sobre esos temas.

“Seguro que el servicio va a mejorar, la calidad de las comidas. Por ejemplo, hasta ahora estábamos vendiendo pastas compradas, ahora las vamos a hacer acá, entonces por ese lado ya sabemos que va a ser otra cosa”, sigue Luciano sobre los cambios que se vienen y, mientras señala las estanterías de vino vacías, cuenta que el último tiempo no tenían platos para ofrecerles a los clientes: “No se podía trabajar, yo sufrí un ACV porque tenía muchos nervios. Venía a mi turno y había 5 bifes de lomo, 2 tiras de asado y vos decías ´a las 12 voy a tener mínimo 100 personas, ¿cómo hago?’ Trabajar en esas condiciones es muy difícil. Ahora aprendimos de esos errores y sabemos qué hacer”.

Este cachetazo, lejos de entristecerlo, a Miguel le enciende los ojos: “Nos hace ilusión porque sabemos que somos todos dueños”.

Los trabajadores de Lalo de Buenos Aires están esperanzados con que los dueños del local les den el alquiler por los próximos seis meses y en que pronto la custodia policial se levante para empezar a trabajar. El resto no les preocupa demasiado: ya saben, mejor que nadie, cómo es el trabajo. Miguel ejemplifica esa situación: cuenta que hay empleados que conocen cómo manejarse con los proveedores. Pero se frena en seco: “Empleados no, compañeros”.

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Yo todavía busco a Luciano

Vanesa Orieta no le escapa a la historia. Lo cuenta en primera persona. Sigue buscando a su hermano. Denuncia los abusos dentro de las comisarías. Le da terror subirse a un patrullero. Asegura que el caso de Arruga trascendió porque lograron instalar el discurso de que era tan sólo un chico de 16 años al que golpearon, pero, a la vez, avisa: “¿Y si no trabajaba? ¿Y si era chorro? ¿Igual la sociedad soporta estas torturas?”

Me invitaron a robar con protección, laburando para un policía del destacamento. Me daban hasta el arma. No quise. Me llevaron a la comisaría el 22 de septiembre de 2008. Decían que había robado un mp3 y un celular y ya les bastaba para tener derecho a golpearme en la cocina del destacamento policial. Pero llegó mi hermana y le empecé a gritar: “Vane, sácame de acá”. Nunca le mostraron el celular que supuestamente robé. Yo digo. ¿Cambia algo si robé o no robé? ¿Valía la tortura?

Me siguieron persiguiendo. Ya no podía ni parar en la esquina con mis amigos. Cuando lo hacía, lo hacía con miedo. Todo por ese destacamento que inventaron después del pedido de seguridad. ¿Seguridad para quién?

Mi hermana lo cuenta mejor, parece que no podía haber detenidos ahí, tenían que ser ingresados en el libro y derivados a la comisaría 8va de la bonaerense. Las pelotas. Yo estuve ahí y más de una vez. Hay testigos, aunque les hayan implantado miedo, aunque cuando hablen no los escuchen. Después de ese día, yo mismo reconocí a los que me cagaron a palos. Ellos con su uniforme, su bastón, su pistola por si las dudas, yo con mis dieciséis años.
Mi familia después me llevó al hospital, lo que es una prueba hoy en la causa por torturas. La justicia recién apresó a un cana, Julio Diego Torales, por “severidades y vejaciones a presos”. Y a mí me torturaron en la dictadura, como me decían que pasaba en los 70 cuando iba a la escuela. Como pasa ahora en las cárceles, en las comisarías…

Por eso yo le quería regalar el título secundario a mi hermana. Se lo dije a la kioskera antes de comprar un cigarrillo con los 25 centavos que me pudo dar mi vieja la última vez que me vio. Porque salí a jugar a la pelota y a visitarla a Vane y ahí nomás me pararon, me palparon. De vuelta había testigos. Me siguieron persiguiendo, me metieron en el patrullero y me fueron a cagar a palos al destacamento.

Los dejo con Vanesa Orieta que cuenta todo mejor que yo.

Imagen: NosDigital

Mi hermano, Luciano Arruga, vivía en el barrio 12 de octubre. Es un terreno fiscal donde la gente desde hace 30 años se fue instalando. La tierra es o de quien la trabaja o de quien la necesita. En ese momento fue de quien la necesitaba, de hecho son todos pobres. El barrio se fue constituyendo de a poco: casas residenciales alrededor, clase media-media también.

Algún sector de Lomas del Mirador se sintió identificado con el discurso de la inseguridad de Vecinos en Alerta (Valomi), y empezó un reclamo por más seguridad. Estaban influenciados por la forma de vender la noticia en los medios de comunicación. Cuando algún sector de la sociedad se siente inseguro recurre a criminalizar a los sectores más pobres porque creen que por tener menos educación, toman tierras, no trabajan. Todo ese mito es aprovechado para formar estos discursos discriminadores.

El caso de Luciano no pegó porque tendría que haber pegado en el momento en que él desapareció, cuando la familia estaba desesperadamente tratando de mostrar la foto de Luciano en algún medio. En 2009 no pegó el caso. No se hablaba de Luciano. Se empezó a hablar de la gran fuerza de los familiares y los que acompañaron. Si se ha logrado instalar fue porque se dieron un montón de factores. En lo esencial fue que nosotros logramos sostenernos a pesar de las amenazas. No es joda. Hay que resistir las amenazas de la cana cuando vos estás denunciando justamente a la cana. También el cansancio después de que se te cierren tantas puertas a nivel político, a nivel judicial, que te humillen tanto, que te falten el respeto tantas veces. Pasás todas esas barreras y llega la de que la figura de Luciano entre desde el lado del pibe de 16 años, no del pibe chorro. Fue torturado por ocho canas. Tenía 16 años. Un familiar tiene que ponerse en ese momento a decir “Mi hermano era un buen pibe, trabajaba…” ¿Y si no trabajaba? ¿Si era chorro? ¿Igual la sociedad soporta esas torturas? Quizás otra hubiera sido la historia si la sociedad marcaba su repudio, la fuerza política presionaba a las policiales para que encontraran a Luciano. Nosotros creemos que la condena es social, no creemos en la justicia ni en los sectores políticos. Necesitamos más gente en la calle como en otros casos en los que la sociedad se conmueve mucho.

Si hubiéramos encontrado el cuerpo, ya habríamos podido cerrar una etapa. No se puede mantener la figura de una persona como desaparecida. Yo no lo tolero. ¿Durante cuántos años me voy a preguntar dónde está Luciano? Necesito que los funcionarios desde los lugares que ocupan empiecen a mover el culo, a ensuciarse sus piecitos porque muchos son militantes de la nueva ola pero no saben lo que es un barrio, lo que es el barro, el techo de chapa, el no tener para morfar. Tienen que meterse un poco más con la realidad del pueblo.

Rastrillajes hubo a los muchos meses de la desaparición, con perros, y todavía dio resultados positivos. Los únicos datos de la causa apuntan a que fue la policía. El rastrillaje en el patrullero también dio positivo. En el monte, también. Es una prueba con un 70 por ciento de efectividad. Las declaraciones de dos detenidos en el destacamento reconocen a Luciano en fotos y lo recuerdan torturado esa madrugada. Hay dos causas abiertas en paralelo: en una de ellas hay dos policías procesados por encubrimiento. Hay mucho material y podría haber más si hubiera un acompañamiento político y judicial, pero uno estaría tocando intereses que son estructuras que están muy enquistadas y que nos va a llevar un tiempo hacer tambalear.

Y en ese discurso discriminador, los medios de comunicación son importantísimos. Cuando fui a TN les dije: “Nosotros también hacemos responsables a los medios de comunicación porque son los que discriminan en primer lugar a los jóvenes más pobres y los que los criminalizan. Cuando denunciamos la desaparición de Luciano, algunos periodistas decían que podría estar vinculada a un asunto de drogas. Lo que se plantea la sociedad es que ese pibe bien desaparecido está. Los medios de comunicación tienen que ser responsables de lo que comunican”. El primer diario que tomó la historia de Luciano fue Crítica. Clarín se enojó en ese momento, en especial la periodista Virginia Messi porque nos dijo a los familiares que era una primicia en otro diario, por lo tanto ellos no iban a tomar la nota. Mi mamá siempre dice: “En la televisión ponen bloopers y no cuentan la historia de Luciano Nahuel Arruga”

De ahí en más buscan las características de este sujeto pobre porque el pobre no tiene dónde hacer públicas sus denuncias, no tiene cómo defenderse, está siempre manipulado por algún sector político, de las fuerzas de seguridad o judicial. Mantener a los pobres sin ningún tipo de derecho para de esta manera manejar su forma de pensar, sus decisiones. Desde el sector judicial, a los pobres se los utiliza por ejemplo armándoles causas, siendo conscientes de que no tienen ningún tipo de defensa, de que el sistema carcelario solo encierra pobres, entonces todo sigue así. No tienen contención ni canal donde hacer efectivas las denuncias. Desde la policía, el caso de Luciano es el mejor ejemplo: abusar de la pobreza de un pibe que es falto de todos sus derechos para utilizarlo en el robo porque el pibe, por miedo, no lo va a denunciar, porque además es común que se utilice la violencia, porque no se va a poner a pensar que alguien se puede poner a protestar por él. El pibe pobre o es depositado en un barrio pobre, en un penal, en un instituto de menores o en un manicomio.

La policía tiene una relación de control sobre los pibes debían justamente controlar estos barrios, y también de manipulación porque muchos jóvenes terminaban siendo rehenes de las propuestas de estos policías de robar para ellos. La impresión que Luciano tenía de la policía era la que vivía en su barrio. Estaba acostumbrado a que la policía los parara a él y a sus amigos, se lo llevaran detenidos, los tuvieran varias horas, los golpearan en la comisaría. Lo tenía naturalizado. Si se preguntaba algo era por qué lo molestaban. Se daba con él como con sus amigos y con cualquier otra persona en la misma situación.

Mientras tanto empiezan a aparecer personas que no te amenazan directamente pero plantean que te están viendo, entran a tu vida y te dan información falsa para que corras detrás de algo que no es la verdad, te cruzan por delante un auto, se ocultan detrás de un vidrio pero te dicen algo concreto como “¿Está bien tu mamá?”. Te puede parar la policía para pedirte los documentos sin motivos para provocarte y que respondas. Nosotros ahora tenemos terror de subirnos a un patrullero, y más si no hay ninguna justificación. Hay gente de Familiares y Amigos que lamentablemente fueron detenidos y sufrieron maltratos, aun sabiendo la policía que son miembros de la agrupación. Hay gente que no es miembro pero que vuelve con el mensaje “si te metés, te puede pasar lo mismo que a Luciano”. Hay que empezar a pensar que los pobres tenemos los mismos derechos que otras personas que están en otra condición social. Los pobres podemos pensar, pero no podemos luchar por nuestros derechos porque no tenemos las herramientas. Se nos cierran todos los lugares de expresión.

Desde la justicia, hasta hace poco, mantenían a los pobres en esa situación de nada misma, de nada absoluta, con la carátula de “Averiguación de paradero”. Luciano estuvo perdido para la justicia durante casi cuatro años a pesar de que hay serias sospechas -porque le tenemos que decir sospechas- de que los partícipes de la desaparición fueron miembros de la policía. Solo tras cuatro años de lucha conseguimos que lo reconocieran como una desaparición forzada y que un solo policía esté preso por “vejaciones a presos”, que en realidad son torturas.

Nosotros siempre pedimos que cerraran el destacamento. Era una mera base de operaciones de una comisaría, la 8va, que fue un centro de detención clandestino en la última dictadura militar. Se abrió en el año 2007. En 2008 ya tenía varias irregularidades. En 2009, a solo dos años de su inauguración, ya tenían un pibe desaparecido. Ese es un dato que la sociedad debería tener en cuenta, pero carga con cierta discriminación sobre los pobres de la que no se desprendió. No termina de sensibilizarse con un pibe asesinado por gatillo fácil como lo hace con el asesinato de un pibe de clase media. Queremos que siga un correlato: nosotros decimos que la memoria debe ser dinámica, no estática. Si tomamos esta política de derechos humanos, debemos continuar con esa memoria en el presente porque lamentablemente se siguen violando los Derechos Humanos. Por eso queremos que sea un lugar señalizado, que tenga una lógica similar a la del resto de los centros clandestinos recuperados para recordar y respetar la memoria de tantos pibes asesinados, un espacio de integración, una biblioteca de derechos humanos. Que no sea solo un centro cultural: fue una comisaría que se logró cerrar en democracia. No hay que pasar por alto ese dato. Hoy son más de 3000 casos de gatillo fácil solamente de pibes pobres. Si seguimos dando tanto lugar a estos crímenes, mañana van a ser pibes de clase media. No debemos esperar que las fuerzas represivas avancen en su lógica que es la misma que utilizaron en la última dictadura. Debemos sensibilizarnos por un pibe asesinado o desaparecido.