“¿Qué es eso que llamamos vida?”

María Sonia Cristoff nos invita a adentrarnos en su mundo creativo: “una misma materia hecha de lectura y escritura”. Desde los márgenes de los géneros, sospecha de la velocidad y celebra la ambigüedad: “en el sentido de salir de las clasificaciones, que son otro modo de manipular los cuerpos y las vidas”.

“Callar puede ser una forma de hacer hablar al otro”.

Inclúyanme afuera

Oxímoron. Ret. Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador.

– Me parece una de las figuras que más atenta contra lo diáfano. Me interesa la posibilidad de generar cierta perplejidad. Creo que es fundamental la mirada extraña ante lo cotidiano. La otra cosa que genera es detenerse, y yo detesto la velocidad. También genera sospecha, te hace volver la mirada sobre el lenguaje. Me interesa ese trabajo. No volverlo más preciosista o desgarrado, sino volverlo muy consciente. Y me interesa el humor, el oxímoron te abre a un humor sutil. También la ambigüedad que implica, porque me parece otro de los modos de la libertad. Modos abiertos de pensar la vida, de estar en el mundo. Ambigüedad en el sentido de salir de las clasificaciones, que son otro modo de manipular los cuerpos y las vidas.

María Sonia Cristoff es una escritora trelewense – “me fascinan los gentilicios patagónicos” –, radicada en San Telmo y autora de Falsa Calma (2005), Desubicados (2006), Bajo Influencia (2010) e Inclúyanme afuera (2014). También compiló Idea crónica, literatura de no ficción iberoamericana (2006) y Pasaje a Oriente, crónicas de viaje de escritores argentinos (2009). Alguna tarde de un verano que se aferra con las uñas al calendario, Cristoff llega a un bar tradicional por Parque Lezama y pide un agua y un café. Está algo cubierta de más para la temperatura. “Estuve trabajando y no salí en todo el día. Los primeros momentos son difíciles, como volver de un adormecimiento”. El abrigo hace las veces de escudo frente a esta ciudad que siempre te choca de trompa. Y también frente a las cámaras: “Tengo fobia a las fotos, así que espero que sea rápido”. Y así, mientras se reconcilia con la cotidianeidad urbana, levanta la bandera: “Vos verás…”.

Maria Sonia Cristoff.
Maria Sonia Cristoff.

 

– ¿Qué te atrae del encierro?

– Como modo de trabajar me parece inevitable. Cada uno encuentra su escena favorita a pesar suyo. Me encantaría ser como Aira que trabaja en los bares, porque me encantan los bares de Buenos Aires. Pero no, necesito encerrarme hasta dentro de mi propia casa. Solamente puede entrar mi gran asistente, que es mi perro. Hasta cierro los postigos, prefiero que haya baja luz, no ver demasiadas cosas por la ventana. Esa cosa romántica de escribir mirando un lago, no me va. Yo si miro nada, mejor. Igual me armo lugares en dos minutos. Viajar a otros lugares para encerrarme es una de las cosas que más me gusta. Y después en mi escritura, es cierto que es tema de todos mis libros. Podríamos decir el “aislamiento” como tema, que por ahí suena menos neurótico. En general, los trabajos de un escritor son como variaciones sobre ciertos temas, ¿no? Ese sin duda es uno.

– En tus novelas también hay una especie de traslado para luego aislarse…

– Es cierto, en Desubicados, al zoológico, en Bajo influencia, están las caminatas y en Inclúyanme afuera, es más claro, hay toda una mudanza. Creo que es porque me interesa mucho la escenografía de lo narrado, no por una pretensión descriptiva, sino porque me tomo el lugar donde las cosas ocurren casi como una presencia más, te diría un personaje más. No pongo mucho énfasis en la descripción de personajes, o en lo que se llama “creación de personajes”, me parece que los personajes suceden, son más bien como fuerzas. Entonces ahí sí el lugar para mí es un personaje crucial.

– ¿Cuándo empieza una novela?

– Empieza una novela para mí, no sé, te diría, día por medio. ¡El tema es cuántas de esas sigo! Tengo muchos cuadernos de ideas, ojalá fuera tan prolífica escribiendo como tomando nota. Tomar nota es una de mis fascinaciones. Generalmente tengo un millón de ideas, supongo que le debe pasar a todo el mundo. La verdad es que ninguno de los libros que terminé empezó igual. Falsa Calma, por ejemplo, es el primer libro que yo saqué a la luz, pero para nada el primero que escribí, porque ahí encontré una clave. Con lo que escribía antes me pasaba que me sentía asfixiada por tener que contar una historia. Siempre contar una historia para mí es como una especie de pesadilla, pero no porque me cueste, sino porque en un momento me empieza a resultar tan poco interesante. Sin embargo, creo que es algo que ocurre, que cuando uno se pone a escribir, siente el peso de narrar una historia. En un momento eso estalló. Creo que lo único que tengo de borgiano es el hartazgo de narrar historias, y de Aira. Los dos son grandes en ese sentido, en varios otros también, pero tienen esa pesadez de contar una buena historia de modo decimonónico, aunque es algo del siglo XX también. Esa narrativa me empezó a agobiar. Y en esa época yo estaba leyendo muchos relatos de viajeros y empecé a  dejar entrar otros materiales. Ahí estuvo la clave por la que siguió Falsa Calma.

– ¿Cuál es el lugar que le das a esas escrituras paralelas cuando escribís?

– Crucial. Un poquitito demasiado. ¿Viste que hay ciertos escritores que cuando se ponen a escribir se resisten a leer a contemporáneos u otras cosas sobre el tema? Una línea de escritura que tuviera como temor al contagio. Para mí es al revés, ¡contágienme! Pero básicamente porque creo que en esa especie de mezcla y torbellino que se arma cuando uno lee es donde hay más potencial creativo. En cuanto a la experiencia de escribir en sí, me parece que las lecturas son fundamentales, y en ese sentido soy alguien que si tuviera que votar, voto por los lectores. Tengo una relación con la lectura muy adictiva, desde chica. Soy también muy abierta, todas las cosas que por ahí no puedo ser en la vida cotidiana, lo soy como lectora. A mí me gusta muchísimo la preparación de la novela, no porque tenga un fervor investigativo, sino porque entro en ese mundo. Me gusta mucho entrar en un mundo. Lo que más me gusta de escribir es eso. El otro día leí una definición de Mariana Enríquez, que me pareció extraordinaria, decía: “Para mí la escritura es un lugar a donde ir”. En paralelo, doy clases, corrijo textos que no me interesan en lo más mínimo, o sea, hago todo el berenjenal de cosas que hace un escritor argentino para sobrevivir. Pero una de las cosas que no puedo hacer cuando escribo es eso de “escribo 45 minutitos, 1 hora y sigo con otra cosa”, no. Yo entro, ¿entendés? Tiene algo como de droga, de entrada en un estado, una experiencia extrasensorial. Son como rituales, es una misma materia hecha de lectura y escritura. Lo que me gusta es tener un mínimo de tres horas y en esas horas por ahí solamente leo o tomo notas. La cosa es que se me va armando alrededor de ese tema una biblioteca personal del libro.

– Y en Inclúyanme afuera a todo eso lo dejaste entrar, con el “Cuaderno de notas” que se entreteje a la novela.

– Sí, se me cruzó y me pareció una linda idea. Obviamente que después tuve que trabajar la estructura de las notas, no es que las copié de mis cuadernos realmente, la trabajé para hacerla entrar en la novela  e hice un trabajo de collage, que es otra cosa que me gusta mucho, al revés del continuismo, de la novela clásica. Entonces las coloqué en lugares donde me parecía que podía abrir más sentidos de lo que se estaba leyendo. Me encantó escribir esas notas. De hecho ahora voy a empezar una serie que se llama “La serie de las novelas anotadas”, porque me encantó eso. Aunque ahora me doy cuenta que ya en Bajo Influencia  hay bastante de novela anotada, parece que la serie ya había empezado antes y era yo la que no me había dado cuenta. Me siento muy identificada con la definición del bricoleur, del recolector. Es un método de composición que me interesa.

“Magnetic Shoes es el resultado de una serie de caminatas que Francis Alÿs hizo utilizando unos zapatos especialmente diseñados: les incorporó imanes para que, durante los trayectos, se les quedaran adheridos los objetos metálicos que hubiera tirados en la calle. Los objetos como portavoces de la ida urbana: de sus prácticas, sus fragmentos, sus desvelos, sus despojos. La elocuencia de los restos”

Bajo influencia.

– ¿En qué sentido te distanciás de la figura del “escritor profesional”?

– No pasa tanto por la frecuencia de publicación: Aira escribió una novela por año, pero me parece que eso es parte de una estética y merece todo el respeto. Por ahí más que a la frecuencia, me refiero justamente a todo lo que Inclúyanme afuera se opone. La vida como un sistema de producción. Me parece que hacer algo ligado al arte tiene que ver con tener espacios de libertad, si tu propio modo de hacer implica una superproducción, maravilloso. Qué se yo, Woody Allen también hace una película por año y no por eso me deja de parecer un gran cineasta, por más que ahora me tenga re podrida. El tema es cuál es el vínculo de cada uno con lo que hace. Esta novela, tiene una pregunta acerca de ¿qué es eso que llamamos vida? No es casual que los embalsamados o los taxidermizados tengan un lugar tan central. Me pareció que eran modos de entrar a cuestionar eso. Qué es lo que llamamos vida y cómo está coercionada por sistemas varios. Por eso el personaje siempre está reaccionando contra eso y haciendo sabotajes.

Imágenes: NosDigital.
Imágenes: NosDigital.

– ¿Siempre hay una pregunta central en las novelas?

– Bueno, en Bajo influencia la pregunta era: ¿cuál es el lugar del artista hoy? Sobre la espectacularización de la cotidianeidad, los sistemas de producción, la marcha del mundo que coloca a los artistas en otro lugar. En general, los protagonistas de mis novelas están en franca discordia con la institución. El museo, las galerías, el zoológico.

– Y aparecen también las “micro-revoluciones”.

– Creo que son como pequeñas líneas de fuga, que para mí solo pueden ser individuales. Sería interesante que uno mirara para el costado y se encontrara con muchos cómplices haciendo lo mismo. Y tal vez los hay. Esto también está relacionado con qué hace que una novela tenga un carácter político. A mí me parece que ya es suficiente con que se plantee indagar en un problema. En contraposición a contar una historia. En Inclúyanme afuera todavía es más fuerte. Mara, la protagonista, hace dos sabotajes contra las manipulaciones discursivas y un segundo sabotaje sobre las manipulaciones sobre los cuerpos. Advertir esos niveles de manipulación me parece lo suficientemente interesante y político. Ella también tiene una forma de hacer las cosas como kamikaze, porque en cada uno de estos momentos hay algo de hartazgo frente a las formas institucionalizadas de la política. En algún punto también hay – es un poco peligroso porque las lecturas coyunturales son horrendas – una vinculación con el pequeño instante de esperanza que tuve con el 2001, uno siempre espera que se arme alguna forma que sea otra. Y quizás en la novela hay una nostalgia de un orden distinto que no se armó.

“Estoy hablando de la libertad de la que dispone un escritor a la hora de definir – o tal vez la palabra sea transitar – su propia poética, una libertad que se parece más bien a un campo minado, a un terreno siempre en tensión, en pugna, una trampa tendida por la cualidad indómita del lenguaje”.

Falsa Calma

– A nivel lengua trato de trabajar la distancia, en un tono al que llamo “coloquialismo austero”. La “lengua diáfana”, dicen muchos cuando leen mis novelas… No estoy de acuerdo. Pero hay veces que los trabajos sutiles con el lenguaje no se notan. Me interesa la austeridad, no demasiado evidente. El escribir también es ese arte entre estar totalmente imbuido y a la vez distante. El modo de escribir quizás sea más inconsciente, mientras que la corrección es consciente, son mecanismos que ya puedo controlar más. Me gusta la materialidad del texto, me interesa mucho ver si esa coma justo ahí suena o no suena, no me siento agobiada. Me gusta experimentar esa distancia.

“Callar es también una disciplina del cuerpo”.

Inclúyanme afuera

“Cuando escribís, dejás de hablarte”

Luis Sagasti es un escritor sobresaliente de la narrativa contemporánea argentina, un obsesivo de las palabras y un artista del lenguaje. Su obra, su experiencia docente y un viaje a las estrellas a través de su pluma son unos de los tantos perfiles que se graban en el cuerpo después de una charla y un encuentro con él.

Luis cuenta que, a sus quince años, besó a una chica cuyo nombre no recuerda. Lo que sí quedó grabado en su mente es que en el momento en que sus labios se separaron de los de ella, le dijo que la amaba. Un “te amo” irrefrenable y seco. Ella se rió y él sintió cosquillas en las plantas de los pies.

– Yo creo que capaz sí la amaba… Lo que estaba experimentando era que el encuentro sobrepasaba mis expectativas y, por ende, el lenguaje. Pero me salió decirle eso y a ella no le gustó. Tengo una gran nostalgia por la amalgama que tenía con las cosas cuando era chico. De grande, ya tomás distancia, te ponés cínico, manejás más las palabras: te alejaste de la infancia, se fue todo al carajo. La literatura es una forma de volver a eso, de recuperar esas experiencias de comunión que uno tiene con las cosas o con las personas, que repelen el lenguaje. Cuando lográs un estado de completud con algo, las palabras quedan afuera. Viste que el escultor para llegar a la obra tiene que sacar lo que sobra y a veces para decir algo hay que pronunciar las palabras que estorban, como matarlas, y te queda ese vacío que es lo que querés comunicar.

Luis Sagasti es escritor, crítico de arte y profesor en un colegio secundario de Bahía Blanca. Lo primero que escribió en su vida fue una enciclopedia, a los cinco años. La primera entrada fue sobre Arabia y la segunda sobre los goles de Pelé en la final de México. Tres años después, siguió con las historietas que, una vez escritas, guardaba en una caja de metal y las enterraba en el patio. De esta forma, cada vez que alguien quería conocer su “tesoro”, era como una aventura. Más tarde, los roles se invirtieron y dejó de escribir para dar sus primeros pasos como lector. Cuando terminó el secundario, siguió la carrera de Historia y empezó un programa humorístico en una FM, junto al también escritor Mario Ortiz y el locutor Miguel Martos. No fue sino hasta 1990 cuando llegó la idea para su primera novela, El canon de Leipzig: Y despacito la fui escribiendo. Le tenía mucha fe al libro. Se lo di a (Alberto) Laiseca que iba mucho a Bahía, hizo una lectura muy profunda, aconsejó agregar dos capítulos antes del final, y la novela salió en el 99’. Tuvo buenas críticas. Era algo que a mí me habría gustado leer. Creo que escribo eso, lo que a mí me gustaría leer. Aunque por ahí me gustaría escribir mejor”.

A esa primera obra, le siguió la novela Los mares de la luna (2006), el ensayo sobre historia argentina Perdidos en el espacio (2011) y el inclasificable e inagotable Bellas Artes (2011). Con ellos vino el reconocimiento de su obra, como de lo más saliente de la narrativa argentina contemporánea, y de su pluma, como de lectura inquietante y obligada. Detrás, debajo o en los márgenes de esos títulos, está un tipo que te puede hablar con una intensidad poética atrapante y al momento siguiente hacerte un chiste que te descoloque hasta la carcajada. Parece no tomarse muy en serio, pero en su escritura se entrega con compromiso y trabajo metódico: “Soy obsesivo. No hay una sola palabra que no esté pensada. Puede estar mal pensada, ojo. Acá nunca hablamos de calidad, sino de procedimiento. En el buscador me fijo cuántas veces se repite tal palabra, busco en qué páginas, las cambio, las espacio. Trato de meditar la mayoría de las palabras y escribo en absoluto silencio. Cuando ya veo que el libro cierra, empiezo a trabajarlo globalmente, como obra. Empieza un laburo de montaje. Si me pongo así nomás escribo boludeces… Salvo los mails, yo soy bueno escribiendo mails, de corrido me salen muy bien. El chat también me sale bien”.

 

En sus periódicos viajes a la Capital Federal, se lo puede encontrar en el bar-librería-editorial Eterna Cadencia, casi su hogar lejos del hogar. Allí puede perderse entre las mesas y las estanterías llenas de libros y comprarse unos cuantos que no llegan a Bahía. Una vez de regreso, abre el bolso con las nuevas adquisiciones y tira todos los libros sobre la cama, como en un juego de niños. Confiesa que ahora mismo tiene miles apilados en su mesita de luz. Hay algunos siempre en la punta de los dedos, como los Diarios  de Tolstoi. En los últimos tiempos, lo tiene atrapado María Negroni, a la que describe como una “genia”. Y en esto, también hay una constante. Sagasti habla de sus contemporáneos con una humildad y generosidad difíciles de encontrar. Se entusiasma de la misma forma mientras habla de hallazgos recientes como cuando habla de sus amistades más añejas: “Mario Ortiz es un genio absoluto, si ves los manuscritos y ves lo editado, es como Mozart, corrige muy poco. Entra en una frecuencia… Mario vive un estado poético. Tiene una mirada muy prístina, intensa, con mucho espesor sobre las cosas”. El agosto pasado, fue invitado a presentar la novela “Una muchacha muy bella”, de Julián López, a la que se refirió como “un libro para jurar sobre él”.

 

– Te ponés a escribir y no sé si uno se conecta con algo, pero dejás de hablarte, dejás de escuchar a ese personaje que tenemos todos adentro y ahí fluyen las cosas. A mí me ocurre eso cuando escribo o cuando doy clases… logro ciertos estados de fluidez, lo cual no significa que el resultado sea óptimo. Porque podés estar surfeando y te agarra un tsunami y te fuiste a la concha de la lora. Pero sí, cuando no me escucho, la paso mejor.

– ¿Cuál creés que es ese factor común entre la docencia y la escritura?

– Está la idea de contar algo, yo doy clases de Historia del Arte, la materia sobre la que me explayo tiene cierta plasticidad y permite modelar figuras que no están preestablecidas. Y en la literatura hay un poco de eso, cuando vos escribís, sos como Dios. Escribo lo que quiero, pero así como Dios tiene sus reglas – no puede crear dioses, porque son increados – en la literatura lo mismo… los criterios de verosimilitud son una regla que si la franqueas, tenés que ser bastante capo. Creo que en las dos se ejerce cierto tipo de libertad. Yo, por lo menos, la ejerzo. Ese ejercicio de la libertad a mí me permite ir por afuera o correr fronteras. Logro eso cuando el entusiasmo se empieza a tejer con lo que estoy diciendo. Pongo como parámetro los músicos cuando improvisan, salen cosas geniales y otras fallidas, pero el músico no puede volver a tocar lo que ha improvisado. Bueno, a mí me pasa un poco eso. De hecho yo comparo mucho la literatura o las clases con la música, y tomo como modelo músicos. Yo no sé qué voy a escribir o qué voy a decir, sé de qué tengo que hablar, pero no cómo. Eso me da mucha vitalidad, mucha energía, ímpetu, brío. Más allá del resultado. Como cuando jugaba al básquet, tenía un estado físico tremendo, corría y saltaba mucho… era horrible. Y acá es  lo mismo, podés hablar bárbaro y decir pavadas.

 

– ¿Y la musicalidad de las palabras?

– Por ahí encontrás un tono o una melodía y el problema es repetirla, capaz sin darte cuenta, pero se puede volver insoportable. Para mí el lenguaje es música, pero no tiene que ser necesariamente fácil de tararear, que tenga musicalidad, pero que no se note que es música, si no suena muy afectado… Tengo una natural inclinación por la música, tengo oído, toco jazz en piano para mí, entonces lo que escribo me sale musicalmente, tengo que romper con eso, para que no suene a receta y se noten las costuras. Está bueno escribir y no tener ninguna voz, que lo pueda haber escrito cualquiera, ser absolutamente anónimo. Pero no puedo, no me sale.

– ¿Cómo es lo de “dejar de escucharse”?

– Como cuando sos chico, que hablás mucho, pero no te hablás. A mí me encanta cuando no me hablo. Hay dos o tres días en la semana que doy muchas clases y es como que no pasa el tiempo, me encanta. Creo que escribir es una lucha contra el tiempo. También se trata de contar cosas, a mí me gusta contar historias, aunque no es fácil encontrarlas. Dar con una buena historia me llena de alegría.

Sagasti se encuentra trabajando en su próximo libro. Una tarde de enero fue invitado a leer un adelanto en la terraza de Eterna Cadencia, junto a Hernán Ronzino y Ariana Harwicz. Allí, alrededor de las siete de la tarde, micrófono en mano y con los ojos más azules que nunca, lo escuchamos:

 

– Ubicar gente en el cielo.

Hay algo así como una tendencia natural a hacerlo.

Nuestros muertos titilan y nos resguardan de la noche.

Me acuerdo de que entre las corrientes de consuelo que recibía cuando mi hermano mayor falleció había una que se repetía con insistencia de candor invencible. Me pedían que eligiera una estrella donde colocar a mi hermano o el recuerdo de mi hermano, que ya eran una y la misma cosa. Dos de las personas que me lo sugirieron, una tía muy querida y una amiga de esas que solo ves en vacaciones, eran muy católicas. Y como la magia es sosiego para quienes la religión hace más ruido que música busqué y ubiqué una estrella no muy grande y medio oculta para que fuera para mí solo; después se me ocurrió pensar que mi otro hermano haría lo mismo y acaso también mis padres y mis primos. De continuar con tal faena bastaría mirar hacia arriba como un ciprés para ir al cementerio.

¿De dónde vendrá esa creencia, ese desahogo astronómico, que dura hasta donde se aquieta el quebranto?

Una noche en la playa de Monte Hermoso, cuando ya apenas encontraba la estrella que era mi hermano porque había miles en el cielo, se me ocurrió pensar que todo el planeta era el mar y nosotros los peces.

Y la luz de las estrellas algo así como la tanza de un pescador.

 

La luz descansa sobre la superficie hasta que pica algún vientre hinchado. Cuando nacemos la estrella siente un tirón en su haz y viene por nosotros. Demora lo que tarda en llegar su lumbre. Una situada a veintiún años luz vino por mi hermano y una a setenta y seis por mi abuelo. Acaso las estrellas más lejanas, a más de cien años, pesquen en otros océanos.

Una de todas las estrellas que vemos en el cielo ya ha partido en nuestra busca.

¿Deberíamos temer a la noche, entonces?

Hay cuatro tipos de seres humanos leo en un cuento del escritor rumano Mircea Cartarescu: “los que no han nacido, los que viven, los que han muerto, los que no han nacido, ni viven ni han muerto. Estos son las estrellas.”.

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La batalla del periodista contra el escritor

Cuando a Sergio Olguín le preguntan de qué trabaja, pone que es periodista. Ya tiene cuatro novelas y muchos adictos, pero no termina de alejarse de las redacciones. Su último y su próximo trabajo hablan de la vida del hombre dedicado a la prensa. ¿Se puede ser las dos cosas? “Si a mí me dicen que mi escritura literaria es periodística lo veo como un halago”, analiza.

Yo soy muy vago, se define Sergio Olguín, sentado en una mesa de un café de Balvanera. Parece un adjetivo injusto para un hombre que a los 46 años editó cuatro libros de cuentos, publicó tres narraciones juveniles –El equipo de los sueños, Springfield y Cómo cocinar un plato volador-, cuatro novelas –Filo, Lanús, Oscura monótona sangre y La fragilidad de los cuerpos- y que acaba de ponerle el punto final a lo que será su quinta novela, una continuación de la última, otra vez con Verónica Rozenthal, una periodista treintañera, como protagonista. “Me divertí muchísimo haciendo que Verónica se pareciera a mí en cuanto a su concepción del periodismo. Me pareció –explica Olguín, mientras disfruta del último cortado porteño antes de viajar a Frankfurt, Alemania, para participar de la Feria del Libro- que estaba bueno que cargara en ella muchas cosas de las que yo pienso de cómo ejercer el oficio. Eso fue configurando la personalidad de ella en cuanto a lo profesional. Y con su editora, Patricia Beltrán, me identifico más, porque es una periodista de mi edad, cansada del trabajo, descreída de lo que es el periodismo”.

– ¿Y quedan Verónicas en el periodismo?

Fotos: NosDigital.
Fotos: NosDigital.

-Cuando uno entra en el periodismo lo hace pensando que no es un simple oficio. Sino que tenés la posibilidad de decir cosas: qué está mal, remarcar lo que está bien. Hay una cuestión bastante romántica cuando uno empieza a trabajar o a estudiar para ser periodista. Después te das cuenta de que no es tan así, que no siempre podés decir lo que querés. Incluso en los medios más libres, tenés algún tipo de limitación. Y eso también hace al trabajo de periodista. Que no es como el de un oficinista, pero sí tiene mucho de rutinario. No está en el origen cuando uno se plantea hacer periodismo, pero ocurre. Sí hay muchas Verónicas en el comienzo del trabajo, cuando uno empieza a ser periodista cree en esos valores de investigar, encontrar la verdad, la justicia. Con los años se vuelve más cínico y mira todo con más desconfianza.

“Una buena razón para dedicarse al periodismo gráfico es que no hay que madrugar”, escribe Olguín en la primera línea de La fragilidad de los cuerpos. Después de casi treinta años de ejercer el violento oficio de escribir, se animó a hacer girar su novela alrededor de ese oficio que ahora pretende abandonar para dedicarse con exclusividad a la ficción. Aunque le cueste: “Pero es el día de hoy que cuando tengo que llenar una ficha con mi profesión, pongo periodista. Me parece más comprobable. Periodista es alguien que hace periodismo. Si ponés escritor, tenés que poner bueno o malo, algún detalle más. Aunque también hay periodistas malos”. A Olguín, de todos modos, lo que parece haberlo aburrido del periodismo es la rutina. No la realidad, que tiene lugar en cada una de sus novelas (http://www.nosdigital.com.ar/2011/09/prefiero-escribir-sobre-los-problemas-del-gran-buenos-aires-que-sobre-suiza/). “A veces es más fácil tomar una historia de la realidad y a partir de ahí inventar un montón de consecuencias que inventarse toda una historia directamente. Ya que la realidad –define- tiene como una de sus pocas virtudes regalarme historias todo el tiempo prefiero recurrir a esas historias para inventar el resto. Es algo que me funciona, lo que no significa que dependa de la realidad para escribir mis ficciones. Mis ficciones dependen de un universo encerrado en sí mismo que es el texto”. Esa novela que acaba de terminar, que será publicada el año que viene como la continuación de La fragilidad de los cuerpos, también se enmarca en esa misma realidad. “Es Verónica de nuevo, pero no tiene que ver con los trenes. Hay muchos personajes que se repiten, pero ella está de vacaciones en Tucumán. Es una investigación periodística sobre un caso parecido al de las turistas francesas asesinadas en Salta”, adelanta.

-Tus libros casi siempre tienen una impronta policial. ¿Te camina distinto la cabeza cuando te sentás a escribir una nota periodística que una novela?

-Son dos cosas distintas, con fuerte influencia. Cuando escribís periodismo, usas tus estrategias literarias. Y al revés, también. Yo trabajo, por ejemplo, con un mundo imaginario de entregas. Todos los días me impongo entregar determinada cantidad de caracteres a mí mismo. Trato de cumplir con una cuota diaria, cuento los caracteres. Eso es de periodista. Después si a mí me dicen que mi escritura literaria es periodística lo veo como un halago, no como una crítica. Aunque me lo digan como una crítica. Me parece que el periodismo tiene elementos que en una narrativa pueden estar buenos: cierta claridad expositiva en las ideas, contar una historia de la manera más compacta y clara. Eso que enseña el periodismo con los años trato de meterlo en mis novelas.

Por ejemplo, en esta última novela que sucede en una redacción, un lugar que conocés bien, ¿los personajes son gente que conociste a lo largo de tu oficio y los llevaste a la ficción?

– Hay algo que la gente no tiene por qué saber que es que, cuando la novela ya estaba terminada, le agregué el primer capítulo. Y el prólogo. En el primero, está más metido el oficio. Ese sí está pensando desde la redacción de El Guardián, la revista donde yo trabajaba. Las reuniones de sumario son como las describo ahí: esa cosa aburrida donde a nadie le interesa nada y todos hacemos que parece interesante lo que decimos, pero después se decide entre el director y el editor qué es lo que va y que no va. Obviamente que voy sacando un poco de cada persona que conocí en este oficio. Hay un Rodolfo Corso que es una mezcla de muchos periodistas y en los nombres una mezcla de dos periodistas amigos que son Rodolfo Palacios y Pablo Corzo.

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-¿No creés que el periodismo, más que nada el Policial, cada vez se vuelve más parecido a la ficción?

-Lo que ocurre con el periodismo policial muchas veces es que prefieren trabajar a partir de una sospecha más que de una certeza. Entones, alimentan una sospecha de un comentario menor de un vecino. Lo agrandan, lo afirman, en vez de agarrar eso como una punta para una investigación. Hay como una intencionalidad de mantener vivo el cuento, la historia, la ficción alrededor de eso. Después se desmiente y no molesta tanto que pase eso. Sobre todo en el periodismo televisivo. Para no ir a la saga, suelen inventar historias.

“Mi escuela siempre ha sido leer”, responde cuando se le pregunta por su formación, ya sea como escritor o como periodista. Olguín, desde su época de estudiante de Letras, cuando fundó la revista V de Vian, es crítico de la visión elitista de la academia. “No escribo para un sector iluminado de la Facultad de Filosofía y Letras –explica el escritor que llena de guiños sexuales, futboleros y barriales sus páginas- que cree que cuanto más oscuro la literatura gana en profundidad. A mí me parece que la literatura gana en profundidad a partir del lenguaje, los personajes, el argumento, la trama”. Por eso se revela como un vago: porque no se ocupa de crear un universo ficcional nuevo en sus textos sino que escribe sobre su propia naturaleza. “Una ficción lo que tiene ser es verosímil, como lo decía hace ya mucho tiempo Aristóteles. Entonces yo trabajo con esos elementos que me da la realidad porque es lo que mejor conozco. Uno cuando escribe ficción tiene que saber traicionar su historia. Esos datos autobiográficos están si me dan una sensación de ficción, sino no tiene sentido. Me es más fácil inventar una infancia en la Lanús de los 70 en la que crecí que una en Mendoza en los años 40. Por ahí en otro momento lo haga”, dice y anuncia que algún día escribirá sobre la Edad Media, en la que se suele meter a través del Age of Empire. “Soy un jugador que no aprende nunca. Ese universo también me copa, tiene un componente novelístico muy grande. Son cosas que influyen a la hora de escribir. Hablamos de la realidad pero también influyen los videos juegos, la música, los libros que lees”, agrega. Por ahora, al menos, se enmarca en lo cotidiano, como puede ser cualquiera de las charlas futboleras que se dan en este bar un día después del River-Boca. “Lo vi por tele, en casa, solo”, cuenta Olguín, fanático de Boca, tal cual se transparenta a través de algunas señas en sus libros.

En 2010, Olguín publicó Oscura monótona sangre, una novela en la que un empresario se obsesiona con Daiana, una prostituta de 15 años que ofrece sus servicios alrededor de la Villa 21 y se mete en una confusión que termina con algunos asesinatos a los que los medios de comunicación nunca hubieran etiquetado como casos de inseguridad. Al año, en la prensa se podía leer sobre el Caso Candela, el asesinato de una nena de 11 años vinculado con una red de prostitución y narcotráfico. En 2012, publicó La fragilidad de los cuerpos, una historia que tiene como protagonista al Ferrocarril Sarmiento, con un juego macabro que enloquece a maquinistas y provoca muertes y suicidios. Ese año fue la Tragedia de Once. Y al año siguiente, el choque de trenes en Castelar. ¿Casualidad o presentimiento? “El caso Candela es bastante distinto al de Daiana en Oscura. El caso Candela tenía vinculaciones con el narcotráfico, mejicaneadas y Daiana es mayor que Candela. Sí lo del Sarmiento. Yo terminé la novela antes que pasaran los dos accidentes. De hecho la novela está basada en un cuento, que ya aparecía el juego de los chicos, y eso fue mucho más anterior aun. Son fruto de la casualidad. Lo que pasa es que yo trabajo mucho con la realidad como punto de referencia, sin atarme, sino que tomo lo que me sirve para la ficción. Pero no me ato porque sino sería una crónica. No es disonante lo que yo escribo con lo que ocurre posteriormente. Más que elegir un tema vas eligiendo otras cosas. Yo parto de una escena. Por ejemplo, en Oscura, tenía la escena del protagonista escapándose de un lugar porque lo perseguían por algo que había hecho. No sabía que iba a ser en una villa, ni que después del encuentro con una prostituta. Después, a partir de un artículo que leí sobre una nota que denunciaba que había prostitución adolescente en la Villa 21, enganché por ahí la novela. Pero no lo tengo tan claro, en general”.

– Antes decías que no escribís para un sector iluminado de la Facultad de Filosofía y Letras. Y cuándo escribís, ¿pensás para quién escribís?

-A mí me gusta pensar que tengo un lector. Si pienso que no lo va leer nadie, no escribiría. A medida que avanzo con la escritura, esos lectores se van concretando. Tengo gente amiga a quien consulto y pienso en un lector ideal que va a leer eso y lo va a disfrutar. Escribo para ese lector. Es raro. A mi lo que me pasa desde mi primera novela es saber que lo que escribo, se publica. Hasta ahora, toco madera, me ha ocurrido eso. Y eso es una ventaja, al menos para la gente como yo, que piensa que eso que uno escribe no tiene que quedar encerrado en la computadora. Sino que cierra el círculo cuando entra en contacto con el lector.

-¿Y cómo imaginás ese lector ideal?

-Es muy difícil definir. Creo que tiene un gusto parecido al que tengo yo por la literatura. En ese sentido, el lector ideal se parece a uno mismo. Uno escribe pensando en gente con la que tiene muchos puntos en común.

-Con el Twitter, ahora, estás en contacto con tus lectores. ¿Cómo es eso?

-Facilita muchísimo el contacto directo con los lectores. Esto está buenísimo. Después te inhibe un poquito porque te dicen que buena novela, que bueno que hable de los trenes. Y vos pensás, la pucha, la que viene no tiene trenes, ¿qué hago? Le pongo un tren en el medio, para que se ponga contento ese lector. Me gusta estar en contacto con los lectores y estar atados a ellos. Me parece que el escritor tiene que desafiarse. Eso de que el escritor tiene que trabajar libre de cualquier tipo de limitación no tiene por qué ser así. Hay obras maestras que se han escrito bajo presión de un emperador, como la Eneída. Creo que las presiones de todo tipo sirven para generar una novela. Ahora tuiteo menos porque desde junio empecé con la novela en serio. Ayer mandé tres tuits, pero por el Boca-River. Aprendí a no tomarte todo en serio. Antes pensaba que todo era verdad y me peleaba mucho. Es la única red social de la que participo.

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“Escribir es un acto erótico”

Tununa Mercado no niega los recuerdos de Córdoba en los 50, del exilio a Francia con Onganía, del Mayo del 68, del regreso a Argentina, del segundo exilio a México en el 76 y del regreso definitivo a Buenos Aires. Trabajó en La Opinión, se casó con Noé Jitrik y recibió el Premio Boris Vian. Con más de 70 años, abre las puertas del libro de su vida.

En la calle Viamonte, a la altura de Callao, se esconde un paréntesis de la ciudad. Pocos han subido, pero dicen que en lo alto de un edificio, testigo diario del vaivén sincronizado de la rutina céntrica, hay una mujer. No es sencillo llegar. Tras cruzar algunas puertas y avanzar por un pasillo solemne, se toma un ascensor de hierro, que parece no caber en el hueco por el cual debe ascender. Pero antes de llegar, el recorrido se detiene. Los escalones anuncian que ese último trayecto deberá hacerse a pie. Del otro lado de la puerta que ya logramos vislumbrar, se adivina ella, sentada al piano, improvisando alguna melodía sobre una partitura de Bach.

No nos espera, pero tampoco se sorprende al vernos.

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Nos invita a pasar y al cruzar el marco de la puerta, la percepción del tiempo y el espacio se trastoca. Lleva los labios rojos, el pelo de un negro imposible y la vivacidad en cada destello de luz que refracta en sus ojos. La casa rebosa expresiones de vida: paredes-bibliotecas cubiertas de libros que parecen a punto de caerse a cada paso; cuadros, adornos, muebles con anécdotas escondidas en cada pliegue; objetos que acusan más recuerdos de los que el cuerpo puede llevar sobre sí; en la cama, algo de ropa desordenada que espera por ser guardada; dos patios de plantas frondosas que hacen confundir Buenos Aires con… ¿quién sabe dónde?; una gata gorda que se presta al mimo. Pero sobre todo esta mujer. Que en sus setentas, no acusa noticias de cansancio ni aburrimiento alguno.

Vinimos a hacerle una nota. Antes de empezar, se calza unos zapatos acordonados y se sienta al sillón. Pero la primera pregunta la hace ella: ¿Cómo se les ocurrió entrevistarme?

Tununa Mercado nació en la ciudad de Córdoba en 1939, el año en que se desató la Segunda Guerra Mundial. Como tantos otros, dirá ella. Pero ella no será como tantos otros: cuenta que sus padres estaban en Buenos Aires ese septiembre y su madre quedó muy perturbada por la noticia de la guerra. “No sé si me quiso decir que yo nací perturbada”, reflexiona, seria. No cabe duda que la calma no predominó aquellos años. De padre abogado y político de las filas del Partido Demócrata – “que poco se parece al reaccionario de estos días, por aquel entonces era progresista, liberal en el buen sentido” – y madre escribana, la política fue algo presente desde muy temprana edad. Una presencia que atravesaría su vida: los recuerdos del peronismo y las convulsiones de Córdoba en la década del 50’, el primer exilio a Francia con el Golpe de Onganía, el seguimiento de los acontecimientos de Mayo del 68, el regreso a Argentina y la lucha por los derechos humanos, la solidaridad con Chile en el derrocamiento de Salvador Allende, el segundo exilio a México con el 76, y el regreso definitivo a Buenos Aires en el ocaso de los 80’. Y siguen… No más está decir que cuando terminara la práctica de piano que interrumpimos, Tununa planeaba ir a Tribunales, a defender la Ley de Medios. Aclara: “La posición es siempre estar alerta, en esa línea de denuncia, en verse implicado en lo que sucede en el país”.

El vínculo con las letras también se gestó desde chica. Recuerda la biblioteca de la casa familiar, la máquina de escribir de la madre, y también la “mini pinacoteca” que sus padres armaron con la obra de artistas cordobeses del momento. Una vida intensa, dice. Tras terminar el magisterio en la escuela donde cursó desde la primaria, se inscribió en la Universidad de Córdoba – donde conocería a su futuro y actual esposo, Noé Jitrik – para la carrera de Letras. “Una niña que quiere estudiar Letras… digamos que era una carrera para elegir, estaba en el horizonte de posibilidad”.

IMG_8035-2Desde ese entonces, ha trabajado en redacciones periodísticas en Argentina y en México, con amplio desarrollo en el periodismo cultural, la crítica de arte y las reseñas bibliográficas, y ha publicado siete libros que le valieron el reconocimiento de ser considerada una de las escritoras argentinas más destacadas de las letras contemporáneas. Ante todo, Tununa es una narradora que pareciera hincar la pluma en la experiencia propia, en lo vivencial, pero con una hondura poética que desborda cualquier noción mundana de “lo real”; quizás justamente sacude porque parece nombrar las cosas en su realidad más íntima, más real que lo real. Con un trabajo constante sobre la memoria, entendida como ese libro abierto, factible de ser rescrito y reactualizado a partir de cada perspectiva. Desde una sensorialidad abierta y suspicaz; desde su posición suelta, holgada; desde la risa franca, de las que no pueden posarse para la cámara; pero sobre todo desde el placer que atraviesa cada aventura en la que se embarca, Tununa se entusiasma en su imaginario reflexivo y comparte, nos regala palabras.

– Siempre hubo una inclinación a escribir, pero no era consciente de que podía ser escritora. Incluso, era una facilidad que yo no advertía, no me daba cuenta. Ya cursando en la Universidad, tenía raptos de escritura, de un carácter más literario. En los 60’ empecé a pensar y a escribir algunos cuentos. No como un designo claro de un oficio, mi relación con la literatura es una, que es haber estudiado, trabajado sobre libros, eso sería lo literario. Lo otro es una dimensión diferente, la de la escritura, que si lo hago, si escribo, no es en relación con la literatura como para sellar una carrera, es una facilidad como cualquier otra. Es una distinción reciente, la de literatura y escritura, porque me doy cuenta que no tengo lo que todo escritor tiene que es estar al día de lo que se publica, estar en el negocio de la literatura, no peyorativamente, sino estar en esa administración de un mundo, que es la carrera de un escritor. Yo no, no tengo esa inscripción… Lo he descubierto hace poco, yo creo que hace dos o tres días. Tengo faltas muy grandes, carencias, escritores importantes a los que no los he leído, no ha sido un mandato. Diría que soy una lectora ociosa, o si se quiere no estoy apremiada. Más bien leo en una marcha mía personal, y la literatura ha venido a partir de intereses de índole filosófica, política, a veces literaria. Suelo decir que estoy fuera del círculo, por eso me sorprende cuando soy incluida. Hasta con mi propia obra… No estoy en un canon literario específico, y sin embargo sé que mis libros despiertan interés en determinados lectores.

Una alteración sutil, pero persistente, se adivina en su mirada cuando empieza a contar sus recientes “descubrimientos” literarios, con ese fervor difícil de transmitir que surge a partir del contacto con las hojas de un libro que nos atrapó. “Ahora estoy verdaderamente encantada con unas poetas. Son libros pequeños… Uno de Mónica Sifrim, otro de Alejandra Correa, otro de María Malusardi. El último que leí es el primer libro de una escritora que se llama Flavia Soldano, es brevísimo, a veces es una sola línea en una página, pero es de un corte, de una profundidad, toca zonas muy fuertes, muy comprometidas con el ser, la persona, el cuerpo.” También se muestra apasionada cuando habla de sus lecturas sobre la historia de la Revolución Rusa y la Unión Soviética, al punto de que es un mundo que ya se le ha vuelto familiar, del cual reconoce los personajes, los lugares, los acontecimientos como si se tratara de recuerdos propios. “No soy trotskista, pero tengo una gran admiración por todo ese período, y la figura que rescato es la de León Trotsky, porque fue víctima del estalinismo. En México, íbamos mucho a su casa. Ahora se cumplió otro aniversario de su muerte y parece que hubo un homenaje. Todos los años se produce una evocación en torno a su figura. Además fue un escritor extraordinario, su autobiografía ‘Mi vida’ es también uno de los libros que he leído recientemente”.

Ese goce que destila su expresión cuando habla de los mundos que abren las letras es una constante en el modo de estar y de ser de Tununa. Y sobre todo en el modo de escribir. Uno de sus libros que ha provocado mayor eco, por el cual recibió el Premio Boris Vian, es “Canon de Alcoba”, publicado por Ada Korn Editora y reeditado por Seix Barral y Planeta. La obra parece erigir un templo de lo sensorial, a partir de la cotidiana relación sensual con las cosas.  “Ya a esta altura creo que se ha ido decantando que yo considero que escribir es un acto erótico, porque es un compromiso total, la palabra no es algo ajeno al cuerpo, a las emociones, a la vida en su totalidad. En ese sentido, pienso que el acto de la escritura es un acto de eros. También es cierto que hay textos con una temática más vinculada a la cuestión erótica, pero también a las relaciones humanas vinculadas al encuentro amoroso. En ese sentido, algunos de mis textos podríamos llamarlos eróticos… En tanto producen una excitación en el otro, una perturbación amorosa, de los sentidos”.

IMG_7996-2En el compromiso de “puro placer” que mantiene con su escritura, Tununa se ha movido sin distinción entre lo periodístico y lo narrativo. “Me considero periodista, ahí me formé. Fue mi ganapan durante muchísimo tiempo”. En la Argentina, antes del exilio, trabajó en La Opinión de Timerman, y una vez en México, colaboró con distintos medios. Entre ellos, un semanario de actualidad política mexicana, fundado por Martín Luis Guzmán, en el cual Tununa se ocupaba de la sección de política internacional. Otra de las experiencias fundamentales de esos años fue su participación en Fem, la primera revista feminista en México, integrada por referentes como Alaíde Foppa, Elena Urrutia, Marta Lamas y Elena Poniatowska, entre otras. “Era una dirección colectiva, un trabajo muy interesante, significó entrar en México de una manera más viva, más real, con la problemática del feminismo mexicano. Participábamos mujeres de distintos campos y tenía un carácter monográfico. Al comprometerme con ese grupo, a pesar de ser extranjera, me sentía parte de un proyecto que tenía una serie de líneas, la despenalización del aborto fundamentalmente, y acompañar las luchas políticas del país de aquel momento. Una experiencia interesante, para mí fue un aprendizaje”. Su compromiso con la liberación de las mujeres se escurre de sus renglones y desborda los márgenes. Ha dicho, alguna vez, que la literatura es el camino de la verdadera libertad. También ha sido invitada a reflexionar en distintas ocasiones sobre la situación de las escritoras y, una vez más, analiza: “Hay como una especie de agremiación de las escritoras en la medida en que no siempre fueron bien tratadas por la crítica. No quiere decir que no se las considera, pero pienso que se les exige ser lo máximo para darles un lugar, y no es fácil terminar con esa discriminación. Hace 30 años era más radical, ahora siento que cada cual hace lo que puede, mi tendencia es a estar muy presente en la literatura de mis amigas y de las mujeres en las que creo”.

Por la comisura derecha de nuestros ojos, se cuela una vez más el piano, súbitamente silenciado con nuestra inesperada aparición. Tununa empezó a tomar clases hace poco, aunque está vinculada al fenómeno de la música desde el regreso a la Argentina, cuando la oferta de conciertos abundaba. Hace un tiempo, se tomó con sorna la propuesta de un músico conocido de tomar clases con él. “Por qué no venís a verme” / “Pero yo ya no puedo ponerme a estudiar música”. Pero fue. Y fue bárbaro, dice. “Es una experiencia que no creo que muchos la hagan, porque todo lo que se emprende es con un rédito, uno estudia-para… y ahora no se trata de eso, a los 73 años no se puede sentarse al piano por primera vez, es como una audacia. Pero empecé a tener una experiencia personal, con el sonido, con las notas, no es un método, es más espontáneo. Trabajamos con tres partituras, a partir de las cuales aprendo a colocar los dedos, independizar las manos. Ya en esa exploración yo puedo improvisar, hice un pequeño fragmento, que el maestro le puso ‘Invenciones 1’, y ahora esto haciendo ‘Invenciones 2’. Hay como una coherencia en lo que yo invento”.

Antes de finalizar el encuentro ya nos preguntamos si salir no será aún más difícil de lo que fue entrar. O más bien, si es que no nos queremos quedar. Mientras nos levantamos y nos sacudimos algún escalofrío perezoso del cuerpo, Tununa nos mira curiosa:

–  ¿Qué vas a hacer con todo esto?

“Cada novela encierra un sistema de pensamiento”

El escritor Guillermo Martínez parece tener la fórmula para una buena novela: originalidad, resolución técnica y calidad de la prosa. En esta entrevista también habla sobre el rol de los concursos, la lógica de las librerías-vidriera, su relación con la matemática y el género policial.

La lluvia se adivina en el olor del aire. Un segundo piso, un cielo apenas gris que se cuela por la ventana, un hombre sentado a la orilla de una taza de té vacía. Guillermo Martínez mira hacia afuera y me espera. Doy los últimos pasos que me separan de un saludo casi tímido, que se desdibuja en la humedad de esta tarde de martes. Durante el rato que sigue, acompañados por el repiquetear insistente de las gotas contra el vidrio, recorreremos su devenir por el mundo de las letras, su mirada del panorama literario actual y sus búsquedas como escritor.

El escritor surgió a partir de la lectura. “Creo que casi todos los escritores tienen una relación inicial muy fuerte con la lectura. En mi casa, en particular, mi papá era un escritor amateur (en el sentido que nunca se preocupó por publicar en su vida) pero a la vez, era muy consecuente, muy dedicado, entonces lo veíamos escribir prácticamente a diario y era sobre todo un gran lector”. El recuerdo de su padre irá filtrándose por los intersticios de nuestra charla, reapareciendo de a ratos, como una presencia que subyace. Tras su muerte, él y sus hermanos eligieron algunos de sus cuentos que creyeron más logrados y una novela breve, y los publicaron bajo el título Un mito familiar. Guillermo lo recuerda yendo y viniendo de la Biblioteca Rivadavia, en Bahía Blanca, ciudad en la que nació, trayendo a la casa libros diversos. Lo evoca los domingos por la mañana, leyéndoles un cuento a los cuatro hermanos, invitándolos luego a escribir en un certamen literario de entrecasa. “Ése fue el ambiente en el que me crié: un ambiente de lectura, de intercambio de libros, de juntar libros, de películas”.

Guillermo mira por la ventana y habla rápido, su boca se abre apenas mientras las historias ya contadas corren entre sus labios. Cada tanto, se detiene. Dibuja una pausa hasta encontrar la palabra justa, abre un silencio que lo espera sin prisas, hasta que da con la expresión que buscaba y que le permite continuar. Ahora hunde las manos en la memoria de aquellos primeros años, y entre los resquicios de sus palabras van entramándose las novelas policiales, la colección Iridium, Ray Bradbury, los libros de aventura, Agatha Christie, Borges, Julio Verne, la colección Robin Hood, algo de literatura política, Bioy Casares, Dickens, la colección Capítulo de la Literatura Argentina, la literatura fantástica. “Yo leía en un estado como de absoluta inconsciencia en cuanto a autores, escuelas, tendencias. En mi casa había una forma muy ecléctica de leer”. Y en ese contexto, entre las paredes de una casa que inevitablemente imagino impregnada del olor profundo que respiran los libros viejos, Guillermo empezó a escribir. “En esa época escribí unos primeros cuentos más ambiciosos en cuanto a extensión, temática, etcétera, que fueron germen de lo que luego sería un libro de cuentos que escribí entre los 14 y los 19 años, que se llamó ‘La Jungla sin bestias’, con el que gane un premio de cuentos, el premio Roberto Arlt”.

Su recuerdo nos invita a pensar el rol de los concursos en el ingreso de los autores nóveles al mundo de la literatura. “Los concursos literarios tienen ese costado interesante, como una especie de señal del mundo de que uno va por buen camino, qué se yo, de que hay una posibilidad allí y adelante”. Guillermo retrocede hasta el año 84, cuando vino a vivir a Buenos Aires, y evoca un panorama complejo para quienes comenzaban a escribir. “Imaginate que habría tres editoriales grandes en ese momento. Estaba Sudamericana, Emecé y no sé si había otra más grande. Había unas pocas editoriales, y todas con un catálogo ya constituido y con muy poco ánimo de apostar a autores desconocidos, jóvenes, etcétera”. La situación distaba mucho de la actual, observa, en la que las pequeñas editoriales proliferan, multiplicándose así las chances de publicar un primer libro, aunque sea de un modo más o menos artesanal. “En aquella época si vos no publicabas en Planeta, Sudamericana o Emecé, no había modo de que te reseñaran”. Y los que publicaban en las grandes editoriales, explica, eran aquellos que tenían contactos editoriales, amistades en los medios, o algún nombre en el periodismo cultural. “En ese sentido, los premios literarios para mí fueron providenciales, me dieron la oportunidad de comunicar al margen de todo esto, que yo no conocía”.

Hoy, en los concursos, le toca estar del otro lado. Pregunto cuál es su visión respecto a la producción contemporánea. “Bueno, depende, no muy alentador en cuanto al promedio diría yo, pero siempre hay alguna excepción. La literatura es una excepción en general, ¿no?”. El promedio de novelas que están bien, dice, es de dos o tres en cien. “Y a veces lo que es peor es que la que está bien, está bien de una manera chata, es una novela libre de errores pero nada más que eso”. Premiar novelas simplemente correctas resulta para él decepcionante. Sin embargo, destaca una vez más, la literatura se nutre de excepciones y por supuesto que las hay. Evoca un concurso del Fondo Nacional de las Artes en el que dos novelas fueron premiadas. “Estaban muy bien las dos. Y las dos se publicaron, pero lamentablemente no paso demasiado. Tampoco es que ganar un premio catapulte automáticamente a un autor, ¿no?”

Del tejido de sus últimas palabras desprendo una idea: la publicación. Qué sucede cuando uno publica un primer libro y no pasa nada. “Yo creo que lo difícil, la verdadera prueba para un escritor no es la publicación del primer libro, sino lograr sobrellevar la decepción que casi siempre lo acompaña. Decepción en el sentido de que justamente un primer libro a veces cuesta años. Hay antesalas, hay esperas, hay aplazamientos y luego se publica, y en general se publica en condiciones desfavorables”. En el fluir de su discurso, la librería comienza a tomar la forma de una interminable carrera de obstáculos. “El libro no va a las vidrieras, ahora en las vidrieras de las librerías muchas veces no hay libros, entonces bueno, hay que superar los CDs de la vidriera, las novedades de los tanques de cada editorial que están en las primeras mesas, en la segunda mesa aparecen los libros de autoayuda, en la tercera mesa los de literatura infantil, y claro, van quedando. Es un golpe entrar en una librería y encontrar el libro por el que vos estuviste trabajando durante años, quizá metido por orden alfabético o en un stand del fondo”. Y sin embargo, rescata en esta suerte de dialéctica que creo percibir como constante en su discurso, cuando hay un libro bueno se produce a su alrededor un cierto runrún. “Los escritores y los editores tienen una parte muy desagradable en cuanto a envidia, rencor y resentimientos, pero también son en general buenos lectores. Los comentarios suelen dar en el blanco y hay algunos libros que, a pesar de todo, se hacen ver”.

Momento de encarar lo ineludible. Pregunta gastada pero inevitable, me disculpo, y por primera vez él sonríe con todos los dientes, anticipando con certeza hacia dónde voy. Hablamos de matemática, y el recuerdo de su padre vuelve a aparecer en primer plano. “Fue muy curioso, casi un accidente en mi vida.” Cuenta que durante su paso por el colegio secundario nunca pensó que acabaría estudiándolas. Pero su padre quería que hiciera una carrera que le permitiera vivir, y él eligió ingeniería electricista. “Y mientras empezaba la carrera, que tenía mucha matemática, descubrí algunas ideas muy interesantes y cercanas a la filosofía que tiene la matemática: la definición de infinito, las paradojas lógicas, la lógica como materia, algunas ideas de álgebra, la definición de límite en análisis”. Entonces Guillermo comprendió que nunca sería ingeniero. Pero algo en la formación que había adquirido lo impulsaba a pensar que tampoco quería estudiar literatura. “Hay un modo de estudiar en matemática, una profundidad, que yo no encontraba en las otras disciplinas. Las otras disciplinas son más bien de erudición, hay algo horizontal en el modo de conocer, y a mí me interesó esta especie de ahondamiento que hay en la matemática”. Entonces decidió especializarse en el ámbito de lo matemático que considera más vinculado con las humanidades, y se doctoró en Lógica. “Quedé como muy agradecido a este accidente, porque me dio una manera diferente de ver y de pensar”.

En la ventana empañada se dibuja la curva de un paréntesis, y Guillermo aprovecha para derribar el prejuicio de que sus estudios condicionaron su modo de escribir. “Estar expuesto a la matemática no me hizo cambiar. Siempre digo que si yo quitara de la solapa de mis libros que soy matemático, no creo que nadie pudiera detectarlo”. Excepto por Crímenes Imperceptibles, acota, que sí toma de la matemática los ámbitos, los personajes, el conocimiento. “Yo nunca sentí que estuviera escribiendo como un matemático. Siempre doy el ejemplo de Hemingway: en sus cuentos se pueden ver una cantidad de detalles de cómo pescar con mosca, la pesca en el río, los aparejos, y nadie diría que escribe como un pescador, ¿no es cierto?”. El oficio de los escritores sería entonces solamente una herramienta más en la construcción de la verosimilitud. Observo que quizás pueda vincularse con la matemática la claridad de su escritura. “Bueno, yo diría que siempre fue la clase de prosa que a mí me interesó. Para mí la matemática enseña que la claridad y la simplicidad no tienen por qué ser superficiales. Puede haber profundidad en lo simple también, ¿no?”. En este sentido, para Guillermo es necesario evitar elevar cualquier prejuicio estético a la categoría de axioma. “Cada novela crea un mundo y requiere sus propias herramientas, su propio tono. Lo que es general a todas las novelas que uno escribe será lo que algunos llaman el estilo, o el mundo, o lo que sea. Mi experiencia hasta ahora siempre ha sido así: cada novela me lleva a una especie de sistema de pensamiento diferente, a una escritura diferente”.

La que se abre entonces es una puerta para ingresar en el universo de su producción, explorando cuáles son esos elementos que subsisten. “Yo creo que siempre aparece una línea teórica relacionada con un problema vinculado con el conocimiento. Y por, otro lado, eso está encarnado en una situación dramática, me interesa mucho que mis novelas tengan un costado de crescendo dramático y un momento de quiebre. Es la parte humana y la parte teórica; coexisten esos dos mundos”. Guillermo también señala una constante en cuanto a los vínculos emocionales entre sus personajes. “Me señalaron, sobre todo con mis primeras novelas, el contrapunto que hay entre dos personajes, uno que suele tener algo así como una superioridad intelectual o una dominación sobre el otro, y el intento del otro por superarlo o derrotarlo en algún punto”. Por otro lado, explica, siente un interés hondo por encarar temáticas con un costado atemporal. Es decir, problemas que en ninguna época encuentran buenas soluciones, grietas que no cierran, dilemas humanos: la búsqueda de conocimiento, la reparación de la sociedad respecto a la víctima de un crimen, el crimen mismo. “Y todo lo que puede llevar a un crimen, ¿no? Eso es algo que en cada época se ve de una forma diferente, pero es algo que está latiendo, una especie de pequeña capa de civilización, que ante cualquier fricción un poco violenta, salta”.

Nos enredamos entonces en los vericuetos del policial y sus formas diversas. Crímenes Imperceptibles propone una reactualización del policial de enigma clásico: la inteligencia y el análisis predominan sobre la acción en una sucesión de crímenes vinculados con una serie matemática. Guillermo cuenta que en una ocasión le preguntaron por qué la novela estaba situada en Inglaterra. “Lo que yo dije es que era muy difícil pensar en una novela policial del género de la novela clásica inglesa, de intriga, en Argentina, porque la investigación policial no es confiable en Argentina. Uno tiene una especie de primer elemento de inverosimilitud, que es que no puede confiar en las pistas o en la parte documentada que suministre la policía. No logran ni siquiera preservar la escena del crimen, sacar las huellas, no puede hacerse nada, nada bien”. Entonces, concluye, un policial clásico acá empezaría siempre como una suerte de paso de comedia.

Sin embargo aquella pregunta fue disparadora, y abrió el desafío de pensar una novela policial que sí transcurriera en el país y superara el desafío de que si hay un crimen sin resolver en la Argentina, todos saben que el culpable es la policía. “Entonces se me ocurrió esta variante que aparece en ‘La muerte lenta de Luciana B.’, que es que la policía interviene (si no interviene la policía en una serie de crímenes también es inverosímil), pero se abstiene de investigar, porque hay una sospecha de corrupción alrededor de este crimen de un preso que salía a robar para la policía”. De este modo, en la novela la policía aparece con todo su aparato, pero no profundiza en las sospechas de Luciana porque ya ha encontrado a su criminal. “Y el lector sabe que ese criminal no es la verdadera mente detrás de los crímenes. Entonces aparece el verdadero investigador, que es el narrador, el que puede cotejar las versiones, ¿no es cierto? Se me ocurrió esa variante como puede haber otras; yo creo que todo es una cuestión de pensar sobre el asunto, y dar con una variante que permita también escribir una novela policial de intriga aquí”.

Pedimos la cuenta, y con la tormenta en la ventana nos sumergimos en las profundidades de sus búsquedas como escritor. Guillermo destaca tres elementos cruciales de los que se sirve para juzgar como lector, y a los que aspira al momento de escribir. “La cuestión de la originalidad: que la idea que está por debajo sea una idea que a mí me parezca novedosa, interesante, que sea una vuelta de tuerca con respecto a las cosas que ya se han dicho sobre eso. La cuestión de la resolución técnica: yo lo llamo la maestría en la ejecución, encontrar la mejor manera de contarlo y tomar todas las decisiones que tienen que ver con el punto de vista, la extensión, el tono con el que vas a contar, desde qué momento vas a contar. Y finalmente la cuestión de la escritura: la textura de la prosa, el cuidado en las palabras, una cierta belleza que tiene que haber, una cierta elegancia”. Las tazas vacías quedan sobre la mesa como el recuerdo de las palabras que pronunciamos. Nos despedimos en la puerta. Guillermo y su paraguas negro se hunden bajo una cortina de lluvia cada vez más gruesa.

“El hombre es un ser político”

Para Claudia Piñeiro, la escritura es una necesidad vital, aunque el arte no siempre fue un universo posible. Hoy, tras numerosos premios y publicaciones exitosas, su nombre se volvió una referencia ineludible de la narrativa argentina. En encuentro con NosDigital, habló sobre el proceso de escritura de una novela, la difusión y las lógicas editoriales, y de su último libro, “Betibú”.  Por los intersticios de las palabras, se fue colando el género policial, esa lupa sobre las dinámicas de violencia que engendra cada sociedad, y sus particularidades en la región: “En la mayoría de los policiales latinoamericanos a los escritores nos cuesta encontrar la figura del detective o del policía. Porque sospechamos inmediatamente del policía. No vamos a creer que va a investigar y que nadie lo va a coimear”.

Foto: Alejandra López

Las chicharras cantan fuerte y el sol colorea los hombros en esta tarde de sábado, mientras algunas hojas se bambolean al compás del viento y doy los últimos tres pasos que me separan del timbre. “Uno camina por este lugar, a la sombra que dan sus árboles, oliendo el perfume de las flores y del pasto recién cortado, y puede soñar que nada malo le podría pasar estando aquí, detrás del muro.” Y sin embargo, escribe Nurit Iscar, protagonista de su última novela, en este paisaje bucólico “cuando la serenidad gana la escena y el espectador desprevenido al fin comienza a relajarse (…) la muerte irrumpe inesperada.”

 Y es que el country, comentará Claudia Piñeiro un rato después, cuando ya acomodadas en los sillones de su casa desmembremos juntas las minuciosidades del policial, funciona a modo de cuarto cerrado. “En el policial clásico venían Poirot o Dupin, y si esto estaba cerrado, y todos los que estamos acá somos los únicos que estamos, y aparece un muerto, entonces uno de nosotros lo mató.” El country, sostendrá ella, funciona de esta misma manera, “porque si es tan complicado entrar, si hay tanta gente vigilando por todos lados y sucede algo, ineludiblemente fue uno de los que estamos acá adentro.”

 Pero retrocedamos veinte, quizás treinta minutos, y regresemos a esta puerta, a la alfombrita que da la bienvenida y al timbre que suena una sola vez bajo mi dedo índice, porque los ojos de Claudia ya están invitándonos a pasar. Esta mujer de pelo oscuro y ojos que en las solapas de los libros no parecen tan claros, que se ríe con todos los dientes mientras cuenta que a partir de Las Viudas de los Jueves se convirtió para el mundo en una suerte de especialista en countries, mujer que después de esa novela escribió sin embargo muchas otras, y que con la última, Betibú, se animó a regresar a este espacio con el que se la vincula pero de un modo enteramente diferente, esta mujer, decía, nos invita a caminar junto a ella su extenso recorrido por el universo de las letras.
“Yo escribí siempre, desde que sé escribir escribo”, sentencia con seguridad, y en su boca esas palabras suenan a una verdad conocida de memoria. Cuenta que al terminar el secundario su intención era estudiar Sociología, pero como la dictadura había cerrado todas las carreras humanísticas, terminó optando por Ciencias Económicas, carrera que sus padres habían comenzado pero que ninguno de los dos había podido terminar. “En mi familia no había escritores, ni gente relacionada con el arte, entonces a mí no se me ocurría que fuera un universo posible dentro de la elección de una carrera, como que tenía que elegir una carrera, trabajar de otra cosa, y además escribir.” Claudia tiene la voz dulce y habla muy rápido. Teje con soltura la frase que busca y no vacila, con la seguridad del oficio, como si el sabor de cada palabra le resultara familiar.

Tras optar por otra carrera la escritura siempre continuó latente como un submundo necesario dentro de su vida, y se formó en múltiples cursos y talleres. “No era esparcimiento, en el sentido de que no lo hacía ni para divertirme ni para esparcirme, sino que era una necesidad vital, una cuestión ontológica.” Hasta que los dos mundos se reunieron, al menos parcialmente, cuando ella ya contaba alrededor de treinta años. “Me formé como guionista de televisión, y ahí encontré un lugar para trabajar de algo más relacionado con la escritura. Aunque en realidad lo que yo quería escribir quedaba en segundo plano, porque me la pasaba escribiendo todo el día y cuando llegaba a mi casa no tenía ganas de seguir escribiendo, porque había estado todo el día, y te quema la cabeza.” Mientras trabajaba como guionista de televisión, ya había podido publicar en España un libro para chicos. Y aquí Claudia hunde la mano en el bolsillo y desenvuelve la curva de un paréntesis: algunos se confunden con esa publicación, dice, y afirman que ella comenzó escribiendo para chicos. “En realidad no es así. Ocurre que para chicos se publica mucho más que para grandes, entonces muchas veces hay autores que publican para chicos antes, porque tienen la posibilidad de publicar. En una novela para adultos, en cambio, a lo mejor hay que esperar más tiempo.”

Corría el 2005 cuando Claudia, que ya había quedado finalista en concursos de las editoriales Planeta y Tusquets, y que ese mismo año había publicado Tuya, ganó el Premio Clarín con su novela Las Viudas de los Jueves. “Fue una oportunidad muy grande, básicamente para publicar, para que los lectores te encuentren y vos te encuentres con los lectores. Hay un montón de gente que está escribiendo y que no consigue cómo publicar, entonces un camino son los concursos.” Claudia destaca la importancia de estos premios como verdaderas oportunidades para el escritor, y aclara que son útiles tanto para autores desconocidos que desean publicar como para quienes ya poseen una obra, porque les brinda popularidad acercándolos con un gran número de lectores.

En este sentido, Claudia hace hincapié en señalar la importancia de la difusión en la obra del escritor. “El libro tiene que tener la posibilidad de que la gente sepa que existe. El boca a boca es muy importante, que se vaya contando. Pero que aparezcas en algún lado también te ayuda mucho. Si no, hay muchos libros que desaparecen inmediatamente. Están apoyados sobre el mostrador, y al mes siguiente fueron al estante y la gente ni se enteró de que salieron. Y a lo mejor valía la pena.” De ahí deriva la necesidad, en el circuito literario actual, de que el escritor transite por varios escenarios junto a su obra, cuestión impensada hace unos años, cuando la única imagen que se conocía del escritor era una foto pequeña en la solapa de un libro. Pregunto cómo se lleva ella con este tipo de exposición y su respuesta, por algún motivo, me sorprende. “Es siempre estar como rindiendo examen, en una exposición que para los escritores no es natural, porque nosotros lo que hacemos es escribir. Pero si vos sacás un libro y no hacés nada más, es muy probable que no vaya por los lugares por los que tiene que ir y que no llegue a los lectores. Es como que hay que apoyarlo.” Y aquí dibuja una pequeña pausa, casi llego a ver la idea que le cruzó los ojos y que ahora, mientras habla, le curva apenas la sonrisa. “O eso por lo menos nos dicen los editores. Entonces nosotros vamos y lo hacemos”.

Entonces esta mujer hunde la espalda en el sillón mullido y toma aire para hablar, ahora sí, de su escritura. Comento que en algún lugar leí que el puntapié inicial de sus novelas es por lo general una imagen. “Sí, en mi caso siempre hay una imagen que es la disparadora: aparecen unos personajes y empiezan a hablar entre ellos, se empiezan a mover, yo empiezo a entender quiénes son y me imagino más o menos hacia dónde van y cómo van a terminar. Después, como la escritura de la novela es tan extensa, van cambiando, y a veces ese final que yo me imaginaba no es el adecuado y tengo que ir hacia otro lado.” Esa imagen primigenia surge de algún recoveco que ella no busca comprender, y aunque Claudia valora el papel de esta suerte de inspiración a la hora de escribir, es ante todo una defensora del trabajo. “La posibilidad de una novela aparece por lo general inconscientemente, como un sueño. Pero una vez que aparece esa semilla, lo demás es mucho más trabajo que otra cosa. Es sentarse todos los días, trabajar todos los días, corregir. Sin trabajo no lo lográs, aunque en el origen de eso que vas a escribir haya probablemente algo de inspiración, algo de secreto, en el sentido de no saber de dónde apareció.”

Esa imagen inicial, cuenta Claudia, queda macerando en su cabeza el tiempo necesario. Hasta que no se transforma en una escena ella no comenzará a escribir. Esperará paciente, en cambio, dejando que las ideas decanten, que se consoliden, que esos personajes comiencen a moverse, hablen, planteen un conflicto. Entonces se largará la escritura, y el consiguiente desafío de comprender quiénes son y a qué problema se enfrentan. “Para mí, lo más importante de la novela son los personajes. La trama en realidad es una excusa para ver quiénes son ellos. Me parece que lo que uno hace todo el tiempo es poner a los personajes en situación de abismo. Les ponés una situación límite y ellos tienen que definir qué hacen. No importa si es alto o bajo, rubio o morocho, sino qué decisiones toma ante determinada situación límite.” El profundo trabajo en la construcción de los personajes se deja traslucir entre las páginas de sus libros como una investigación consciente, a través de los microcosmos latentes que definen el universo de cada uno. “Intento hacerlo no sólo para los protagonistas, sino también para los secundarios. Saber quiénes son, a pesar de que quizás en la novela no cuentes mucho de lo que sabés. Lo importante es que ellos no van a actuar de la misma manera si son una persona o si son otra. Si no, terminan siendo maquetas funcionales a los personajes principales. A mí me gusta que tengan una vida, aunque esa vida no haga a la historia.”

Cuenta Claudia que a partir de esa escena primigenia se inicia el proceso de escritura y que entonces, siempre, aparece en su historia una muerte. Recuerda que Rosa Montero le comentó alguna vez su creencia de que todo escritor ha vivido una experiencia temprana que lo acercó a comprender la finitud de la vida. Quizás tenga que ver con esto. Como sea, la pregnancia de la muerte y la consiguiente búsqueda de la verdad han tendido frente a nosotras un puente, que cruzamos gustosas para introducirnos de lleno en el universo del género policial. “Yo nunca me senté a escribir un policial en el sentido de: bueno, voy a encuadrarme en este género. Siempre sentí en las novelas anteriores a esta última, Betibú, que la trama policial estaba en un plano secundario con respecto a otras cosas que se contaban. Me parecía que eran novelas que tenían elementos del policial, pero no una trama policial lo suficientemente potente como para que uno dijera que son policiales.” En Betibú, en cambio, la intención fue desde el comienzo construir un policial, y que esa trama tuviera la misma importancia que las pequeñas historias de cada uno de los personajes. De todos modos, señala la autora, los géneros a la larga no son más que categorías colocadas a posteriori, sobre todo para poder ubicar el libro en el estante de la librería que mejor le corresponde.

Entonces Claudia desliza una pausa, y aprovecho para preguntar acerca de las particularidades del policial de acá, de Latinoamérica. Esta vez sí se detiene a masticar las palabras antes de responder, y esboza una distinción fundamental respecto a la figura del personaje principal. “En la mayoría de los policiales latinoamericanos a los escritores nos cuesta encontrar la figura del detective o del policía. Porque sospechamos inmediatamente del policía. No vamos a creer que va a investigar y que nadie lo va a coimear. Eso hace que muchos escritores terminemos buscando otro tipo de detective: un periodista, que es lo más típico, un escritor, un ama de casa (Tuya), o la mujer que maneja una inmobiliaria (Las viudas de los jueves). Siempre estás buscando algún otro que investigue y que cubra ese bache que la institución encargada deja libre.” Para la autora, por otra parte, otro componente clave del policial latinoamericano es un tipo particular de violencia, “mucho más visceral”. Claudia sostiene que cada núcleo social engendra un tipo de violencia diferente, y es imposible que esta no se filtre y engendre variaciones diversas en los policiales que se escriben en cada cultura (a modo de ejemplo, menciona el narcopolicial mejicano).

En este sentido, es posible repensar el atravesamiento político de la mayoría de sus novelas. Formulo la observación y Claudia, tras reflexionar apenas un instante, habla de la imposibilidad de omitir el propio ser-político al momento de escribir. “El hombre es un ser político y me parece que en el caso de la escritura eso se vuelve muy evidente. Esto no quiere decir que vos tengas que hablar de partidos políticos: yo puedo tener un montón de ideas políticas, sin necesariamente manifestar adhesión a un partido concreto. Es muy difícil que un escritor no muestre su cuestión política en los asuntos que a la sociedad le competen.” Y sin embargo, aclara, al momento de escribir ella busca conscientemente evitar bajadas de línea que operen como divisorias entre el bien y el mal. “Me parece que el escritor puede manejar la cuestión política a partir del punto de vista: yo propongo un punto de vista y a partir de él miro una situación.” Es decir, hay un ojo que mira y nos invita a mirar. Y a partir de esa situación que nos es desvelada somos nosotros, lectores, quienes tenemos la responsabilidad de formular nuestro propio juicio de valor al respecto.

No caben dudas de la especial relación con el lector que propone el policial, y quizás a esto se deba el profundo amor de muchos autores por el género. A Claudia no se le cae la sonrisa mientras explica que “se trata de una relación muy cómplice, porque el lector está siempre como mirando por encima del hombro del narrador para ver si se puede adelantar un poquito y descubrir antes que él qué es lo que sucede. Es un lector activo, que participa. Muchas veces el que está leyendo sabe más que los protagonistas y se preocupa, porque sabe que les puede pasar algo.” Y tiene razón. Quién no jugó alguna vez a saltear de dos en dos las páginas para llegar a la resolución del misterio, a leer la última frase del libro, a trazar múltiples hipótesis mientras caminaba entre las letras.

Los ojos de Claudia y yo nos despedimos en la puerta. La alfombrita que hace un rato largo me dio la bienvenida sigue justo donde la dejé, medio torcida, como susurrando un chau lleno de barro seco. Las chicharras no cantan, pero el sol ahora más bajo todavía calienta la piel. Camino entre los robles eternos de esta pequeña ciudad levantada entre muros de piedra. Voy con cuidado, claro. No sea cosa que, pensando en su próximo libro, esta mujer con piel de palabra haya olvidado algún cuerpo entre las hojas.