Cartoneo literario

Eloísa Cartonera fundó un modelo de editorial que se replicó en todo el mundo: una cooperativa que hace libros del cartón que compra a cartoneros, colorea a mano uno por uno, y vende con precios populares títulos de grandes escritores latinoamericanos.

Hay un lugar que, a metros de La Bombonera, desafía la monotonía azul y amarilla del barrio de La Boca. Es un local que está a menos de cien metros de uno de los ingresos al estadio y que es transitado por miles de turistas que se asombran por el arcoíris de colores y las puertas abiertas. Allí está Eloísa Cartonera, una editorial de libros que se empezó a gestar en medio de la crisis del 2001 y que sigue funcionando a pura alegría.

16122013-DSC_0174Eloísa Cartonera es un proyecto que idearon el escritor Washington Cucurto, el diseñador Javier Barilaro y la artista Fernanda Laguna, pero que funcionó como cooperativa desde el primer momento. Hoy ya tienen más de 200 libros realizados con más de cien autores latinoamericanos diferentes. Todo funciona en Aristóbulo del Valle 666, un local que huele a témpera fresca.

Las ediciones de Eloisa Cartonera son muy fáciles de identificar por su tapa de cartón llena de colores y letras gigantes que parecen hechas por nenes de jardín. Cada ejemplar es único y de cada libro puede haber tapas de cartón muy diferentes. Todas son trabajadas a mano y el primer paso para la realización es la compra de cartón a cartoneros, a quienes se les paga más de lo habitual; esas cajas se cortan en función del tamaño estándar de los libros. Allí también, sobre unas pequeñas mesas en las que trabajan las siete personas que integran la cooperativa, se edita, se compagina, se blanquea, se pinta y se imprime el libro. Este modelo de trabajo recibió premios por su innovadora idea y sirvió de inspiración para otras 50 editoriales cartoneras que se crearon en todo el mundo a partir de ésta.

“La idea era editar de una manera simple, barata y accesible, porque la publicación de libros es algo prohibitivo económicamente y elitista culturalmente. Este medio permite hacer eso sin contar con tantos recursos económicos y con una estética particular”, dice, Alejandro, mientras corta cartón y compagina uno de los libros que se venden a partir de los 10 pesos y que no pasan los 30.

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Desde Ricardo Piglia a César Aria, pasando por Fogwill, Tomás Eloy Martínez Fabián Casas y Diana Bellessi, los autores no discriminan a ningún género literario: hay poesía, cuentos cortos, novelas, teatro y literatura para chicos. “Lo que más trabajamos es literatura para chicos, porque a ellos les atrae más la estética”, cuentan desde la cooperativa.

La vida de los que trabajan en Eloísa Cartonera es pura alegría como parecen describir las paredes llenas de colores y los mensajes de felicidad. Alquilan el lugar de trabajo y las ganancias no son muy grandes, pero los miembros de la cooperativa están orgullosos y no cambiarían por nada lo que hacen. “No estamos acá por dinero, si fuera así haríamos algo distinto. Este es un trabajo muy noble que a la vez demostró que funciona bien. No hay que idealizarlo, hacemos un esfuerzo, pero es algo que elegimos todos los días y podemos decir con orgullo que es nuestra fuente de vida”, agrega Alejandro, quien agrega que están planeando fundar una escuela gratuita de poesía.

No sólo reciben constantemente a personas que se acercan para publicar sus libros o para preguntar cómo armar un proyecto como Eloísa Cartonera, sino que también dictan talleres para que más gente intente copiar el estilo de la cooperativa. Las temáticas: literatura latinoamericana y edición de libros. Además, todos los años realizan el “Nuevo Sudaca Border”, un concurso de narrativa breve que les permite a los ganadores publicar en la editorial.

“Nos leen desde estudiantes hasta gente del barrio, tenemos esa amplitud que hace que a todos les guste nuestras tapas coloridas”, dicen desde Eloísa Cartonera, mientras siguen trabajando, con las puertas abiertas, ante la atenta mirada de turistas que observan, atónitos, cómo siete personas son felices trabajando en el armado y la confección de libros latinoamericanos de cartón.

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“La cultura actual es una cultura de la letra”

Juan Villoro asegura que si el libro de papel apareciera por primera vez hoy nos parecería un invento superador. Desde Puebla, México, el escritor discute los vínculos de la tecnología, la información y las palabras. “Estamos ante un cambio de paradigma que no sucedía desde el siglo XII”, analiza.

* Por Pablo Vicente, especial para Nos

Es entendible que en estos tiempos convulsionados por una Internet que todo lo transforma un escritor ande con algunas preocupaciones a cuestas. Lo curioso del caso de Juan Villoro (57 años), exquisita pluma mexicana, columnista de varios diarios del mundo y reciente disertante en el XII Congreso para el desarrollo de la lectura y escritura en Latinoamérica, que se celebró en Puebla del 12 al 14 de septiembre, es que su preocupación por estas horas no es cuánta vida les quedan a los libros o a los diarios de papel sino cuánta le queda a la Selección de México en estas olvidables Eliminatorias para el Mundial 2014.

Futbolero de chico, desde que un padre separado descubrió en la pelota y el Necaxa el mejor entretenimiento de fin de semana para su hijo, el autor de Dios es Redondo suelta el rezongo con conocimiento de causa: “Un fracaso no se improvisa y la Federación mexicana se esforzó mucho para que perder sea cuestión de método. Estados Unidos nos ganó con una alineación de las más flojas del último tiempo, pero le alcanzó para hacerlo legítimamente. Creo que México sufre una especie de pánico escénico gigantesco que yo lo vinculo con la mala administración del fútbol del país. Es la cuarta selección del mundo de acuerdo al volumen de negocio y se dan cosas increíbles, como que trasnacionales como Citicorp o Toyota hagan campaña de publicidad con la selección en nombre del patriotismo. Es decir: ‘Nosotros somos patriotas, apoyamos a la selección, cómprate una Toyota’. ¡Que es un auto japonés! Esta mistificación hace que tengamos un fútbol con apoyo de millones de consumidores, que genera mucho dinero, y que lo genera sin depender de los resultados. Lo que me pregunto es qué va a pasar ahora si México no va al Mundial, porque ahí sí que va a existir un castigo social”, desahoga Villoro sus penas de fútbol con Nos, sentado en la primera fila del Salón Candiles de la Universidad Autónoma de Puebla, ahí mismo donde minutos antes dio una charla por el relanzamiento de otro sueño quijotesco, una revista de cultura en papel, de nombre Crítica y dirigida por Armando Pinto, que da batalla para mantener ese espacio abierto a los textos largos, la poesía y autores que merecen ser leídos. Villoro, que cerró la primera jornada del Congreso con reflexiones que aquí se retoman, sabe de todos modos que ni los libros ni su Selección dejarán de latir a pesar de sus crisis. Y así lo cuenta…

– ¿Qué futuro imagina para el libro en papel?
– Cuando a mí me preguntan eso digo por qué no invertimos la lógica. En un mundo con todo el bagaje digital que tiene, con amistades espectrales, qué pasaría si no existiera el libro papel y se presentara aquí y en este momento como la última novedad. En muchos sentidos nos parecería un invento superador, porque no necesita electricidad, no caduca tecnológicamente, estimula los cinco sentidos incluyendo el tacto y el olfato, podemos individualizarlo escribiendo cosas sobre él, soporta nuestro mal carácter y lo podemos tirar al piso sin que se rompa, es portátil… Y además puede pasar de mano en mano. Es muy poco romántico regalar una descarga, sobre todo electrónica. Por eso, mientras queramos darle un libro a una persona en las manos, los libros de papel serán esenciales. Por eso, si el libro se hubiera inventado hoy, parecería una versión superadora de la computadora. Por eso creo que el libro que conocemos desde siempre tiene su papel asegurado. Pero seguramente este papel será distinto en el futuro, porque el libro electrónico es un invento maravilloso para llevarse materiales que uno no sabe si quiere leer, que es uno de los grandes dilemas que uno tiene como lector. Toda la zona utilitaria de la lectura, los libros de textos, podrán tener allí un desahogo y siempre existirá un libro artesanal que seguirá necesitando el papel. Por eso se viene una complementariedad interesante.

– No es nuevo el anuncio apocalíptico del fin del libro, como de los diarios, o la radio en su momento, ¿no?
– Para nada, sin ir más lejos, en los años 60, Marshall McLuhan declaró la posible muerte del libro ante el enorme impacto de los medios de comunicación audiovisuales. “La Galaxia de Gutenberg”, como se llamó el libro, de algún modo, en su forma tan seductora, derrota su propia tesis. Porque era tan agradable leer ese libro que a uno lo hacía desconfiar de que realmente fueran a desaparecer. Hablaba de pasar de una representación abstracta como las letras a una de las imágenes. Ignoraba que la gran revolución por venir no iba a ser de la imagen sino de la letra, a través de la computadora personal. Internet, redes sociales, y todos los derivados que tenemos hoy en día con la tecnología. Por lo que esa acta de defunción del libro no sólo no se cumplió sino que la cultura actual es una cultura de la letra.

– ¿Cómo interpreta el impacto de las nuevas tecnologías en la lectura?
– Creo que estamos viviendo un momento extraordinario y, a la vez, indescifrable. Nos encontramos a la orilla de un océano aún por definir, donde está cambiando radicalmente la forma en la que nos acercamos al hecho de leer. Estamos ante un cambio de paradigma en la forma que nos relacionamos con la letra que para mí no ocurría desde el siglo XII, cuando se creó el objeto libro, incluso más que la revolución de Gutemberg con la creación de la imprenta móvil. Fue la creación del libro lo que cambió la manera de vincularnos con la lectura. Esto fue con el trabajo de muchos eruditos, casi todos en monasterios, que organizaron el libro tal como lo conocemos hoy en día. Esto permitió hacer una transición muy interesante de la lectura colectiva, donde uno guiaba para el resto, a la lectura individual, lo que cambió la manera de relacionarse con el libro, porque no es lo mismo hacerlo en forma grupal que individual en un diálogo silencioso. Leer en voz alta es mucho más fatigoso, el lector público, se desgasta casi tanto como un actor cuando está actuando. Hay muy interesantes documentos de cuando se pasa a la lectura silenciosa que hablan de una lectura más descansada. Con el criterio individual para leer, en el siglo XII, cambia el sentido del lenguaje. A partir de la invención del libro como objeto se transformó este acto gregario en un acto intelectual con consecuencias que transformaron la cultura en su conjunto.

– Es un momento que a algunos los atemoriza y a otros los conmueve. ¿A usted qué sensaciones le despierta esta revolución?
– Realmente estamos ante un momento extraordinario porque leemos de manera muy distinta a como leíamos antes. Leemos en forma dispersa, simultánea, con plataformas que van de teléfonos celulares a redes sociales. Estamos en contacto con la cultura de la letra pero con variables que aún no conocemos y cuyos límites no dominamos, transformando hábitos, que no sabemos bien adónde van a dar. Por eso digo que da la sensación de estar en la orilla de un océano del que nadie tiene cartografía. Pensemos en lo que ocurrió con la correspondencia. Las cartas, que para llegar a destino dependían hasta del azar de que un perro no mordiera al cartero, y luego se esperaba una respuesta en el tiempo. Esto cambió por completo. Por eso algunos teóricos sugieren que con Internet ya no leemos una correspondencia en el tiempo sino la noción dominante es la de lugar. Internet es un lugar al que entramos, es el patio del mundo, pero se da una comunicación en un espacio virtual donde se da esta idea de encuentro.

– ¿Qué le llama la atención de este nuevo tipo de lectura?
– Una de las cosas interesante de la lectura en red es que permite compartir en forma instantánea la comunicación y ampliar el eco. El efecto viral de la lectura es algo totalmente novedoso, y lo más importante hoy para el éxito de un mensaje, por ejemplo en Twitter, es cuál va a ser su suerte cuando se retuitee. Es decir qué rebotes va a tener. Y ahí lo interesante, como dicen algunos analistas, no es una comunicación en forma directa sino en zigzag donde no se sabe cuál va a ser el último destinatario. Por eso una forma distinta de de reaccionar frente a la lectura es propagándola con el retwitteo. Es algo con lo que no contábamos. Twitter revitalizó una forma de comunicación bastante arcaica, que parecía desaparecida, como las máximas latinas o los aforismos. Los 140 caracteres obligan a una condensación donde no todos escriben aforismos dignos de Oscar Wilde pero es un ejercicio de concisión que no se había visto en la cultura de la letra en mucho tiempo.

– Pero Twitter suele volverse un terreno para la violencia, la agresión, la respuesta ligera, la superficialidad…
– Una de las situaciones nuevas que se plantean es estas nuevas conductas morales con respecto a las sanciones públicas y los consensos sociales, es algo esencial de discusión en nuestro tiempo. Si vivimos inmersos en las redes sociales, y en buena medida las redes son creadoras de consensos, es muy importante tomar en cuenta cuáles son las iniciativas que cuentan con un determinado consenso y cómo se logra éste. No lo sabemos bien todavía porque son hábitos que vamos creando, no hay tradición, pero creo que ya podemos adelantar algo, por ejemplo que las redes sociales son extraordinarias para la condena y la irritación. Lo que nos indigna enseguida tiene una propagación instantánea. La indignación exige desahogo. Cuando algo nos lastima, o nos indigna, de inmediato protestamos. Pero resulta muy difícil que sirva la red social para establecer un consenso opuesto, como un desmentido, o un matiz, o una rectificación, esto es distinto porque el proceso psicológico de rectificar, de modificar una idea, es un proceso lento. Nos indignamos de forma express pero cuando tenemos que recapacitar nos tardamos más, pensamos, comprendemos, y lo extraño es que la comprensión no exige ser compartida de manera inmediata. Es exótico que alguien mande un tuit para decir “Ya entendí”. Se dan estas situaciones donde es mucho más fácil condenar que rectificar, o incluso perdonar, y son hábitos que nos están llevando a una nueva ética de la comunicación. Y no sabemos hacia dónde va a ir esto… Sumado a la particularidad de la despersonalización, o de opinar con un alias, y muchas otras circunstancias que inciden.

– ¿Y cómo evalúa el impacto de estas nuevas tecnologías en los medios de comunicación?
– Uno de los fenómenos que se da en la prensa es una estandarización de la información. Hoy en día a los jefes de redacción les interesa más no perderse la nota que ya tiene la competencia que hacer una nota original. Hay una homologación relativa de la información, como todos saben lo que tienen los demás, y lo que van publicando, nadie quiere quedarse atrás. Sería bueno hacer un estudio comparando los diarios de los sesenta, y comprarlos con el manejo de la información actual, y parecería que hay una sola agencia que les da la información a todos. Y esto se da por ese espionaje continúo de la información y que a la hora del cierre ya está estandarizada y cada periódico sabe que va a publicar el otro. Lo impreso permite una lectura más dilatada. Las cosas que vamos a leer en el tiempo nos conviene que sean impresas, por eso si el periodismo escrito apuesta por un periodismo más de fondo, con más investigación, con crónicas más largas, vamos a poder combinar mejor las dos cosas. Si ahora nos dicen asesinaron a tal persona, vamos al teléfono para buscar el dato instantáneo. Pero luego la gran crónica de eso la vamos a buscar en el periódico, más tarde todavía, tal vez incluso en una versión en libro. Por eso creo que hace falta que los diarios recuperen la confianza en sus recursos, y los lectores van a responder. En Argentina los diarios tienen buenos suplementos culturales como Ñ de Clarín, ADN de La Nación, Radar, Perfil tiene el suyo… Eso no pasa en México, donde creció la industria de las revistas, y eso se explica en parte porque textos, intereses y lectores están migrando de los periódicos, que no se atreven a publicar cosas largos, a las revistas que sí se atreven. A mí me pasa en Reforma, donde escribo, y de repente publico una crónica larga en otro lado y se termina dando un diálogo repetido con el editor del diario. “Oye, Juan, porque no lo publicaste con nosotros”. Y yo le digo: ‘Me encantaría publicar en Reforma, pero cuál es la sección, el espacio que me podrías dar’. Y tras un silencio, me dan la razón. Sienten como celos porque publicaste en otro lado pero no se animan a dar ese espacio y tienen suplementos culturales de dos páginas, que más que suplementos son servilletas culturales.

– ¿Cuál es el valor del libro en estos tiempos de sobreabundancia de lectura?
– Leemos porque necesitamos aliviar el peso del mundo. La realidad no nos basta. El mundo está mal hecho, es defectuoso, es imperfecto y necesitamos mitigarlo, completarlo, aliviarlo, a través de la imaginación. Y la representación que obtenemos con los libros forman parte de la verdad. El Quijote pertenece al mundo tanto como las personas que existieron, o tanto más que ellas, incluso. Ese es el ejercicio esencial que nos permite la lectura, el de tolerar una realidad imperfecta. Es una arte visual, en el sentido que entra por los ojos, pero es la única forma que está hecha por símbolos abstractos como las letras. Cuando leemos algo que nos gusta no elogiamos el estilo de la letra sino la historia de amor, la persecución, un naufragio, creamos imágenes en el cerebro a partir del sistema de signos que recibimos por el ojo. Por eso es la única forma de las artes visuales que se crea exclusivamente en nuestro cerebro y altera la memoria. No tenemos que crear la Mona Lisa porque nos basta verla, pero en cambio tenemos que crear a Anna Karenina, por eso la memoria de lo leído dura mucho más que la memoria de lo visto.

– ¿Cómo se hace para acercar a la literatura a chicos que están en constante ejercicio de la lectura y escritura por Internet?
-El que lee difícilmente desea mantener en secreto su placer. No conozco un solo lector que diga ´Qué maravillosa obra que que acabo de leer, no quiero que nadie se entere. Que nadie se entere que me gustó ‘Cien años de soledad’. No creo en el lector que se niega a compartir lo leído. El primer hecho que despierta la lectura placentera es la necesidad de contagio. Por eso no creo que la lectura placentera no se debe enseñar sino que se debe contagiar, y la mejor manera de promover un libro, es incluirlo en la conversación con la gente. Es una forma compartida de la felicidad y el placer. Y naturalmente que lo mejor es empezar en la infancia. No hay nada mejor que cuando un padre, madre, hermano, abuela, le leen a los pequeños. Convertir la lectura en una forma del afecto es algo que nos lleva a entender que detrás de las palabras hay alguien que quiere transmitírnosla en forma afectuosa.