Entre la calle y la ley

A un año de la sanción y reglamentación de la Ley de Identidad de Género, un recorrido por su impacto en la vida cotidiana de las personas trans. El mayor desafío: la inserción laboral y el reconocimiento de la diversidad por el resto de la sociedad.

Tener un nombre es un derecho más que primario de todo ser humano, un modo de reconocerse y obtener reconocimiento. Cuando a una persona se la llama por un nombre que no coincide con su identidad de género, se vulneran sus derechos. La ley viene a subsanar esa violación. Pero, ¿qué hay detrás de un nombre? En su artículo segundo define:

“Se entiende por identidad de género a la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo. Esto puede involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios farmacológicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que ello sea libremente escogido. También incluye otras expresiones de género, como la vestimenta, el modo de hablar y los modales.”

Las identidades trans desordenan la pretendida homogeneidad de concordancia entre sexo, género y orientación sexual. Evidencian el carácter construido y cultural del género al tiempo que introducen la crítica al sistema binario hombre – mujer que excluye, por estructura, al diferente.

“Esta ley nos hace sentir orgullosas; significa que hay un estado que por lo menos nos reconoce y no nos expulsa”, dice Carla Morales desde la barra de Casa Brandon, en donde trabaja. Sabe que el proceso será largo y que las nuevas generaciones serán las beneficiadas, en primer lugar, porque las familias sentirán que no están solas y les será más posible acompañar a sus hijas e hijos trans. “Así, con contención, podremos seguir estudiando, acceder a un trabajo digno y a una vida social más plena”, agrega entusiasmada. Con las mismas ganas, porque “dar de comer tiene que ver la energía”, acaba de pasar fuentes de papas fritas y ensaladas para atender al grupo que eligió el lugar para recibir el fin de semana. Ese es su trabajo y es también su lugar de militancia, su modo de ejercer, de “ir a los hechos, no solo de decir que se puede, sino también, hacerlo”. Sabe que ella tiene una oportunidad negada para la mayor parte de sus compañeras y está decidida a no desaprovecharla.

El problema es qué sucede mientras ese largo proceso del que habla Carla culmine. Aunque el verdadero problema, es qué pasa con las vidas de todas las personas trans que quizás no lleguen a ver ese proceso cerrar. La comunidad travesti, transexual y transgénero de nuestro país se encuentra entre una de las poblaciones más vulneradas históricamente. La realidad de este colectivo está atravesada por un contexto de persecución, exclusión y marginación. Las personas trans no gozan de igualdad de oportunidades y de trato en ningún ámbito de la vida social e institucional; la mayoría de ellas vive en extrema pobreza, privadas de derechos económicos, políticos, sociales y culturales. A pesar de las condiciones en las cuales desarrolla sus vidas, el colectivo trans ha dado muestras de perseverancia y a través de su intervención en la política ha producido cambios significativos, aportando nuevos conceptos, experiencias y marcos jurídicos, construyendo políticas sociales y comunitarias, generando antecedentes importantísimos en la justicia. Hoy, finalmente el Estado reconoce a esta porción de la población y comienza a generar políticas públicas dirigidas a esta comunidad. Sin embargo, debe también desarticular los mecanismos institucionales de discriminación que operan contra las personas trans y que han legitimado mecanismos socio-culturales de fobia por estigmatización, criminalización y patologización

Soledad Cutuli es antropóloga y escribe su tesis sobre las formas de organización de las travestis de Buenos Aires. “Siempre se las aborda de una manera exotizante, pero ellas son madres, militantes, hermanas, vecinas, tías, y también, si querés, prostitutas, y un montón de cosas más que componen sus vidas y suelen estar solapadas”, dice y añade que entre todo lo que hacen, está por ejemplo, el haber demandado esta ley. La inserción laboral, si bien no es imposible, sí es muy difícil. La exclusión del trabajo formal supone, por añadidura, la falta de acceso a vivienda, crédito, y, sobre todo, obra social. Al decir de Cutuli, “ellas son perspicaces y siempre encuentran alternativas” a la trama de marginalidad a las que se las somete, que implica una expectativa de vida tan baja, que las que llegan a viejas “tienen el aura de sobrevivientes”.

“Ahora cuando me miro al espejo, me reconozco, me digo, ahí estoy, soy Gabriela”. Todavía se emociona cuando lo cuenta, es que hace apenas dos años se animó a asumir su identidad y, a los cuarenta y dos, enfrentó, en el edificio en el que trabaja como encargada, la mirada y el prejuicio del vecindario. Se siente una leona, una mujer maravilla, por haberse jugado por lo que es. La emoción se respira en cada letra, la intensidad de la experiencia traspasa la palabra en la que se materializa. “Cuando voy al almacén y me preguntan: señora, ¿qué va a llevar?, me reafirmo y enorgullezco de mi transformación”. Claro que el proceso no fue fácil y aún sufre las consecuencias. Hoy su sueldo está reducido en casi un 50%; la administración, por presiones de algunos integrantes del consorcio le quitó las horas extras. “Se resisten porque les da miedo y atacan para defenderse de lo que no conocen”, dice Gabriela, después de haber tenido que denunciar el caso por discriminación, amenazas e insultos.

Nombre, identidad, aspecto, acceso, trabajo, una red de posibilidades que, por presencia o por ausencia, marcan tantas vidas; en el caso de las personas trans, un número no cuantificado. A pesar de la ausencia de datos oficiales, a partir de “Cumbia, copeteo y lágrimas. Informe nacional sobre la situación de las travestis, transexuales y transgéneros” de Lohana Berkins y la encuesta piloto realizada por el INDEC y el INADI en La Matanza el año pasado, se conoce que el 80% de las personas trans ejercen la prostitución, más del 80% no culminó sus estudios secundarios, el 34% vive con VIH/SIDA y la esperanza de vida es de 35 años.

La ley de identidad de género da existencia a las personas trans e instala la necesidad de ir más allá. Tener un documento con el nombre propio es un primer y enorme paso. Para Soledad Cutuli, salud, educación y más políticas públicas que regulen el cotidiano es lo que debe venir. Gabriela Toledo cree que a la sociedad le falta delicadeza en el trato y sabe que mientras llegue el cambio cultural que ratifique la ley, ella debe seguir viviendo y que falta mucho por cambiar. Carla Morales tiene vínculos con varias organizaciones y partidos políticos, pero se define como inorgánica en su militancia, porque considera que lo mejor que puede hacer es llevar y traer de un lado al otro, decir lo propio a los demás, no limitarse bajo una sola bandera, sino “aprender de la otredad”. Cutuli da un paso más y declara: “ojalá mis hijos tengan compañeras y compañeros trans en el colegio, eso enriquecería el aula”.

Cutuli, Morales y Toledo coinciden en el papel fundamental de los medios de comunicación para lograr el reconocimiento y la aceptación de la sociedad, sin estigmas, en la integralidad de toda persona. Para ponerse a tono con una lucha que avanza a pasos implacables. Y muestra de ello son, por ejemplo, la Escuela Cooperativa Textil de Trabajo Nadia Echazú, creada en 2007 por y para personas trans, con el fin de generar un espacio laboral alternativo a la prostitución. La cooperativa, cuyo nombre recuerda a la activista por los derechos de travestis y transexuales fallecida en 2004, fue un acto de militancia viabilizado por la lucha sostenida de su presidenta, Lohana Berkins. Por otra parte, el año pasado comenzó a funcionar el Bachillerato Popular Mocha Celis, que se presenta como “un proyecto educativo dirigido, sin ser exclusivo, a travestis y transexuales, con el objetivo de conseguir mejores condiciones y oportunidades laborales que reviertan la situación de prostitución y promuevan la organización en torno a cooperativas de trabajo autogestionado”. En este caso, el nombre se lo debe a la militante trans que, sin saber leer ni escribir, murió víctima de violencia de género policial. El Canal Encuentro produjo en el 2011 un ciclo de cine sobre diversidad sexual; conducido por Marlene Wayar, analizó la violencia, los crímenes por odio, las fobias y también la necesidad del respeto a las diferentes identidades. Wayar es también la directora de El Teje, la primera revista en América Latina producida desde una identidad travesti. También hace dos años se estrenó la película “Mía”, ópera prima de Javier Van de Couter. Cuenta varias historias que se encuentran alrededor de una chica trans que vive en la “Aldea Rosa” del cirujeo y la prostitución mientras sueña con la moda, un hogar y la maternidad. Al director, consciente de que para muchas de las chicas que participaron del elenco, la plata que cobraron fue su primer sueldo por un trabajo digno, no le preocupa si su filme se destaca más por su costado militante que artístico. Emprendimientos de economía social, proyectos de educación popular y producciones culturales; las distintas facetas de un movimiento plural que viene pujando desde hace décadas por una democracia real, que lucha no solo por derechos sexuales, sino también por derechos sociales y de ciudadanía.

Trabajo digno, ya a esta altura, resuena como reclamo, como necesidad, como derecho. Como la base de la que partir para poder despegar, para constituirse con plenitud, para alcanzar la integralidad inherente a toda persona. Al igual que entre las mujeres, entre las personas trans se reproduce la discusión acerca de la prostitución: reglamentar o abolir. Gabriela Toledo no pasó por ese lugar, cuando asumió su identidad tenía un trabajo y desde allí da pelea, para vivir su vida, dice. Carla Morales antes de trabajar en Brandon, tuvo una parrilla y diferentes trabajos, entre ellos en la cooperativa Nadia Echazú. Cree que el trabajo dignifica y entiende que si la prostitución es un trabajo, debe ser fiscalizado, mientras no se pueda sacar a quienes están en la calle, como prostitutas, clowns, gente que hace venta ambulante. Morales afirma que toda persona debe tener derecho a elegir su camino y poder hacer un aporte a una obra social y llamar para pedir un turno como cualquiera que trabaja. Lohana Berkins, desde su conocida postura abolicionista, no se cansa de repetir que no conoce a nadie que mande a sus hijos a hacer cursos de especialización en prostitución. Si hay un reclamo consensuado entre todos los sectores es que lo que deben eliminarse sin más son las causas que provocan que la prostitución sea el único medio de subsistencia para tantas. Para Cutuli, la categoría trabajo digno tiene potencialidad estratégica, retórica, para conseguir resultados para la vida de todos los días, cuyos matices exceden el reclamo llevado al Estado. “Imaginate decirle a una trava: vos no sos digna porque no tenés un trabajo digno, inmediatamente te va a dar mil argumentos por los cuales se considera absolutamente digna. Hay, por eso, dos planos, el de lo político y el de lo cotidiano, creo que se van a producir modificaciones en forma progresiva que hagan surgir otras formas de ser travesti sin pasar por la prostitución”. Para muchas de ellas, trabajar y salir a prostituirse son la misma cosa. Soledad Cutuli cuestiona: ¿cómo no llamar trabajo a la principal fuente de ingresos?

Una pregunta surge insoslayable; ¿quién es el cliente de las travestis? ¿Quién consume esos cuerpos? Si el consumidor de sexo heterosexual está invisibilizado por una trama social que lo protege, el de sexo trans pareciera no existir. Ningún hombre admite su práctica. La hipocresía de la sociedad se manifiesta al extremo. Berkins, en declaraciones al momento de la media sanción de la ley, enfatizó la problemática de la violencia, dado que entiende que a mayor avance le corresponde una mayor resistencia, que puede devenir en travestofobia. Se rebela a estar confinada en el mundo prostibulario y considera que la verdadera transformación se dará cuando a ellas las lleven por la vida reconociéndolas como pareja. Por eso Carla Morales, además de diseño textil en la UBA, estudia las relaciones afectivas de las chicas trans y la forma en que el varón que gusta de ellas, asume su lugar. Plantea la necesidad de que ese chico pueda hablar y decir: “Mamá, no te presento una novia mujer biológica, te presento una novia trans”. Para ella, se impone empezar a hablar de la salida del closet de estos varones, porque la represión se vuelve violencia y se llega, en muchos casos, al crimen de odio.

“Hace un tiempo atrás comencé un viaje hacia mi adentro, un trabajo de auto aceptación, donde el aprendizaje es aún constante y una de las tantas riquezas alcanzadas es la paz conmigo misma, una paz que excede todo conocimiento”; así comenzaba la carta que Gabriela Toledo envió a cada unidad del edificio en el que trabaja, el día antes de abrir la puerta como Gabriela. Líneas que se entrelazan con el reclamo de Carla Morales de ser escuchadas con voz propia y de reconocer y aprender del diferente, de todo otro y otra. Sobre su trabajo con el grupo de la cooperativa Nadia Echazú, Soledad Cutuli declara, contundente: “No se me ocurriría nunca darles consejos, yo aprendo de ellas e intento aportar a la academia sus saberes”.

Ese conocimiento que dice que el disfraz es no mostrarse como lo que se es, que apela a la aceptación, a la posibilidad de mostrar todo un abanico de capacidades que van mucho más allá de una esquina o una peluquería, a permanecer en la educación formal y acceder a los servicios plenos de salud, a no ser invisibilizadas tras una máscara de necesaria femineidad, a ser y a devenir. A un año de la sanción y reglamentación de la Ley de Identidad de Género, los estigmas sociales sobre el travestismo en nuestro país siguen atravesados por la violencia física, la represión policial y los insultos discriminatorios, reforzando los estereotipos negativos en identidades trans. Violencia física relacionada a la represión policial, las dificultades en el acceso a la justicia y las barreras para ingresar al mercado laboral formal dan cuenta que todavía en Argentina existe una marca de la violencia física y simbólica que vulnera a las personas trans en sus derechos económicos, culturales y sociales; en sus derechos humanos, en su derecho a ser y existir.

trans

La extinción de Adán y Eva

Ni hombres ni mujeres. O mujeres y hombres a la vez. O una sola. ¿Qué le toca al mundo trans de la ley de Identidad de Género? ¿Qué le queda de esta sociedad? María Laura Alemán, Marlene Wayar y Susy Shock, tres travestis, hablan de lo que debe aparecer en el DNI, del maltrato de la policía, de romper con los baños separados, de la linguística, de todo lo que tiene que ver con esta tercera posición. “Para la mayoría de nosotras y nosotros, la ley es simplemente una palmada en la espalda”, dicen y debaten.

Mientras caminaba por Pasco hasta Hipólito Yrigoyen, me molestaban las rodillas con el banco que llevaba para armar la producción de fotos. Ya estaba llegando al bar Burlesque en el que habíamos quedado en encontrarnos con María Laura Alemán, Marlene Wayar y Susy Shock, pero pensaba prejuicioso, normal, en no caer tarde por si en la calle la pasan mal. Me imaginaba insultos, miradas, gastadas. Y encima el frío. Marlene y Susy todavía no habían llegado. María Laura sí.

Efectivamente, aunque María Laura decía no tener frío porque estaba bien abrigada, sí la habían insultado dos veces en las doce cuadras de caminata. ¿La insultarían también cuando volvía del seleccionado de veteranos de rugby embarrada con el bolso y la chomba? Yo no. Mide un metro ochenta largos y tiene un porte acorde al deporte.

Susy Shock
Susy Shock

Esperamos a Marlene afuera. Me contó, con su voz grave, que tiene tres hijos, una exmujer con quien se lleva muy bien. Que estudió en una escuela religiosa en la que trabajaba como profesora de música, aunque disfrazado de hombre: “Fue una cosa muy culposa. En el catolicismo la culpa es algo muy presente”. Que su hijo mayor fue a esa escuela. Que la echaron por travesti. Que sigue siendo religiosa, pero no cree en la iglesia establecida. Que también la echaron de uno de los coros. Que se enfermó primero de diabetes. Que se culpaba a sí misma. Que la terapeuta la ayudaba a culparse. Que se volvió a enfermar de Guillain-Barré. Que es una enfermedad mortal. Que eso la debilitó mucho. Que eso la hizo dar el paso para visibilizarse. Que ahí se separó, porque la exmujer es heterosexual. Que le gustaría volver al rugby para entrenar a chicos o mujeres, pero que ella ya se despidió de jugarlo. Que pim, que pam, que -de repente- tenemos un conocido trans en común. Que su simpatía hace que también hable de eso: “No me lo puedo imaginar como mujer. Lo conocí como chico y es un chico. Y eso que no oculta su pasado. Sé que la familia lo acompañaba con el tema de las hormonas, con la operación. Lo admiro muchísimo”. Que le estoy por confesar que yo también lo admiro, pero que una mujer me evitó sonrojarme: “Qué lindo banquito. ¿Es de ustedes? Esa planta la puse yo, pero ya la arrancaron”, no paraba.

-La cortaron, ¿no?- la acompañó María Laura y yo callé.

-Sí. Cuánta maldad. Se tomaron trabajo.

En realidad hubo más idas y vueltas, pero esa fue la idea.

“La calle no es un mundo hostil. Pasan cosas copadas y son muchas más que las agresiones. He tenido muchos encuentros así. Algunos los tengo escritos en cuentos y canciones. Esta marginalidad hace que nos conectemos en el mundo de otra manera. Como está tan marcado que el mundo tiene que ser de una manera, los que quedamos un poco excluidos nos reconocemos de alguna manera. En realidad, yo creo que todos somos marginales a este sistema. Algunos parecen encajar más, pero todos estamos obligados a ser de una manera: trabajar y estudiar de una determinada manera, tener tal gusto sexual, vestirte azul si naciste hombre y rosa si naciste mujer. Antes de tomar la decisión de empezar a vivir como mujer, había tenido que tomar una decisión tan difícil como esa: dejar ingeniería naval y estudiar música”, me explica, mientras pienso en qué larguera era, porque en realidad fue muy largo lo que dijo. Pero qué clara. Se nota que es mujer. No se lo dije, me ahorré decir pelotudeces.

Susy Shock todavía no había llegado, pero ya tenía algo que decir sobre la marginalidad: “Una vez escuché decir a alguien que el hombre de Cromagnon dibujó a la vaquita después que la comió. En una sociedad tan desigual, hemos visto caer grandes valores porque no se pudieron sostener. Es un medio muy cruel, pero nuestro continente es muy cruel hagas lo que hagas. Gente muy prometedora se tuvo que ir a España, por ejemplo, a vivir de otra cosa. Yo tuve la decisión de cagarme de hambre por el arte. No sé qué hubiera pasado al revés, si no tenía nada ¿hubiera podido acceder al arte? A tantos y tantas les cuesta el acceso a los beneficios de la belleza, se ve una cuestión de clase. ¿Cómo se mete en un taller una chica que está en situación de prostitución si está entregando el cuerpo cuando lo podemos hacer? En el teatro no ves al obrero ni a la trava. Eso da cuenta de algo. Si hay gente saliendo del analfabetismo, ¿cómo va a comprar un libro de poesía? El Estado no tiene al arte como prioridad. Hace poco conocí la Casa de Lectura de la Ciudad de Buenos Aires. Estaba en una situación de desolación terrible, algo que es moneda común en este gobierno porteño”.

María Laura Alemán
María Laura Alemán

María Laura también es artista. Compone música clásica y hace música popular, ciudadana. “Trato de acercarlos. Creo que tiene que ver con la integración que llevo en mi vida”, me contesta cuando le pregunto si son géneros.

Ahora sí, vamos al grano: género es lo que tiene que ver con la psicología; sexo, con los órganos internos y externos; orientación sexual con la atracción amorosa o sexual.

Marlene, que llegó alta y flaca con una valija tambaleante por las veredas rotas, explica por qué cree que la reciente ley de Identidad de Género está bien nombrada: “Claramente el género hace a la identidad. No la agota ni es una parte desproporcionadamente trascendental respecto de otra como la edad, la clase, la nacionalidad… Sí lo es en este tipo de sociedades donde el cuerpo sexuado hace una división tajante que tiene que ver con todo, partiendo de la división de tareas. Lo hombre marca una posición de poder que acomoda a todo el resto”.

-¿Por qué lo hombre?

Marlene: -Porque son ficciones. Así como la naturaleza es nuestro concepto de lo que es natural y qué no, lo hombre y lo mujer son apariencias. En realidad, ninguna y ninguno sabe qué es. ¿El hombre es fuerte? ¿La mujer es débil? Hay infinidad de excepciones. ¿Y respecto de qué? Los varones son muy maricones a la hora de jubilarse, de enfrentar una enfermedad severa. Las mujeres con hijos suelen ser mucho más fuertes en eso. Cualquier cosa que melle la hombría, el varón no la puede superar.

Susy Shock ahora sí llegó. Con voz grave, sombra de barba, ropa femenina y exótica, bizarra, agrega: “Desandar la cultura que heredamos está bueno, es un camino de riqueza. Cuando me miro para atrás o me imagino para adelante, solo tengo la certeza de que voy a seguir mutando. Yo partí, como todos y todas, de una idea que nos construyeron de lo masculino y de lo femenino. Después eso hizo crisis cuando chocó con el mundo. Nuestra generación tardó mucho en deconstruir lo que nos decían. Tardamos demasiado tiempo. La pregunta es qué pasa cuando abrazamos a ese niño y esa niña, que no decidieron venir a este mundo, en la búsqueda, aunque no tenga nada que ver con lo que esperábamos. A mí me hubiera encantado disfrutar de mostrarme como soy a los 15 o 20 años. Pero tardamos demasiado tiempo desandando esa cultura”.

María Laura: – Yo sentí que era, claramente, un problema de identidad. Cuando lo racionalicé, fue cuando yo me visibilicé y el mundo me abandonó: en especial, en los espacios familiares. Lo que sentís es que desaparecés porque a los demás no les gusta lo que están viendo. La forma como yo pude zafarme de eso fue brutalmente creativa: con las enfermedades. Esa sensación de inexistencia hace darte cuenta que es un tema de identidad. No sos como sos, sino como quieren que seas.

Y agrega una curiosidad de su vida: está en un matrimonio igualitario, porque tiene partida de nacimiento de mujer y un matrimonio válido. Si no existiera esa ley, estaría obligada a divorciarse aunque no quisiera. “La ley de matrimonio igualitario abrió el paso a todas las demás que están viniendo como la de muerte digna, la de identidad de género, la de despenalización de aborto, la de tenencia de drogas. Las leyes vienen antes que los cambios sociales. El Congreso está interpretando los deseos de ciertas minorías, o mayorías postergadas. Eso después baja a la gente. Deja de tener miedos”. Esas leyes tienen que llegar a cubrir a los pueblos originarios, también, dice: “Es de lo más grave, con los desaparecidos, pero encima llevan 500 años postergados”.

Marlene Wayar
Marlene Wayar

-Para vos, Marlene, ¿cambió algo el mostrarte como mujer?

Marlene: -El mostrarme como femineidad, en realidad, me hizo caer en la indigencia. Sistemáticamente, se me faltó el respeto. Cualquier policía que se me cruzara podía hacerme lo que se le cantara: pedirme el documento, detenerme, que un comisario fuera mi juez, cobrarme coima para transitar, para ejercer la prostitución, usufructuarme sexualmente, sacarse las ganas de pegarle un cachetazo a alguien. A partir de eso, todo: no tener acceso al trabajo, a la educación, a la salud, que me cueste más caro un lugar para vivir o el maquillaje que cualquier mujer compra.

-¿Por qué femineidad?- insistí, para demostrarle que iba a tener que ser clara y repetitiva, larguera. Estaba hablando con un cavernícola.

Marlene: -Porque en algún momento me creí mujer de muy chiquita, cuando no me podía explicar a mí misma y no tenía una mamá con las herramientas necesarias para explicármelo. En la escuela tampoco había posibilidades de que me dijeran que podía construir mi identidad. Me creí mujer. El encuentro con el primer hombre con el que acepté tener una relación sexo-afectiva me hizo dar cuenta de que no era mujer, pero que sí iba a explorar lo femenino. Lo mujer está cerrado, es sistemático al hombre y es un concepto que pertenece a otro: tiene un dueño. Yo no entro en la categoría de mujer. Creo que todos nos tenemos que ir de esas categorías. Yo empecé a no aspirar a eso. Es imposible ir a la casa de alguien a decirle cómo son las cosas ahí. No pierdo energía en decirle a la hegemonía cómo debe signar sus significados. Construyo un mundo diferente y posible, mientras coexisto en este, al que he venido a negociar. Negocio que este estado debe ser laico, no imponerme su moral ni religiosa ni de ninguna índole, que yo tengo otros conceptos parangonables. Desde ahí negocio políticamente. Por ejemplo, exijo cosas que sí hacen a la identidad de un Estado: no matarás. No matarás es no matarás. Sistemáticamente se mata, pero además nuestro país ha matado a 30000 personas y a otras tantas solo por color de piel, de vestimenta, de sexualidad, género o identidad sexual. Todos y todas tenemos las libertades de decidir a dónde pertenecer y a dónde no. Yo no pertenezco a lo hombre o lo mujer, que ha mantenido de forma cómplice o activa este mundo de muerte y exclusión.

Las travas necesitamos políticas concretas, así como también la mujer. Hoy es necesario que se inauguren nuevas categorías fuera de hombre y mujer, que en la escuela te digan que sos un proyecto de vida. Decir que somos todos iguales queda corto. Precisamos equidad jurídica, pero hay radicales diferencias en ser mujer débil, suave, fuerte, trans… Debemos soportar tensiones entre extremos. Cuando hablamos de identidad, aceptamos ser, pero mucho más debemos aceptar qué no somos. Es un piso que debemos establecer. No te voy a perseguir, excluir, dañar, estafar, abusar. Qué sí somos interesa poco, a menos a quienes tienen una relación cercana.

– María Laura me habló primero de lo positivo de la identidad de género. En tu caso fue exactamente al revés. Lo asocié a que ella me hablara de lo trans y vos de lo travesti. ¿Estoy en un camino correcto?

Marlene: -Cuando se quieren licuar las diferencias, necesito volver a lo travesti. Parece que lo trans, por el solo hecho de ser reconocidas, vamos a ingresar a todos lados. La verdad es que no. Argentina, como Estado, nos ha sumergido en la pobreza íntegra, sobre todo de elementos simbólicos. En un 97 por ciento estamos inmersas en situación de prostitución. A una persona que en su momento no ha estudiado, que no tiene práctica de intercambio con una escuela, con un hospital, que está dolida, que ha sufrido un proceso de devastación de su salud, porque la prostitución tiene otras situaciones colaterales como adicciones a drogas y alcohol, desconfianza del otro, agorafobia, exacerbada consideración de lo físico como lo único que te va a dar de comer –teniendo 70, 80 y hasta 90 años-, se le roba la dignidad. Por darle un curso de peluquería no se da un status socioeconómico que permita vivir bien. Necesitamos una acción profundamente resarcitoria porque no se devuelven los 15 años, la caricia-abrazo-beso no brindados. Eso es irremontable como es irremontable la muerte para 30000 desaparecidos. Se debe resarcir no solo por lo paliativo, sino para que el Estado tenga un nuevo piso al que someterse si vuelve a cometer estas atrocidades.

Desde 1936, esto, además, es ilegal. Desde entonces el Estado debía perseguir solamente al proxeneta en la prostitución. Jamás a la víctima. ¿Por qué empiezo desde el lugar contrario a María Laura? Creo que por mi rol de activista. Tengo la responsabilidad de marcar las deficiencias porque nadie las está marcando. Yo estuve en la plaza y me inundé de lágrimas de felicidad porque el Congreso hizo por primera vez un gesto de cariño, pero inmediatamente me saqué las lágrimas y me puse objetiva: esto es apenas una ley clasista de la cual se van a beneficiar quienes tienen cierto status, un empleo formal. El resto, el 97 por ciento, solo recibió una palmada. El Estado nos mira. Ahora, nos tiene que escuchar. Se viene un censo del INDEC, INADI y otras organizaciones civiles. Ahí vamos a tener datos de cuál es la profundidad de injusticias y conciencia.

– ¿Creen que debe aparecer el sexo en el Documento Nacional de Identidad?

María Laura: -No. Hay una teoría, que me enseñó un libro que me recomendó Maffía, que se llama lógica difusa: ahí no importan los extremos, sino todo lo que hay dentro. Entre el 0 y el 1 hay infinitos números. No existe el hombre hombre y la mujer mujer. Es todo mucho más indefinido. La bisexualidad es algo que debe estar mucho más presente, aunque no blanqueado.

Marlene: -No. La identidad se construye durante toda la vida. Trastocar no se va a trastocar. No existen los cambios bruscos de pensar que un día se quiere ser mujer y otro varón. Hasta la adolescencia, uno se va construyendo. En mi caso, era una obviedad que yo era una nena. La forma como se fue develando esto fue crítica para mis viejos porque sabían a lo que yo me iba a enfrentar. Decidir enfrentar un camino iba a ser tortuoso para mí. No era poco pensar eso para ellos. Les dolió mucho la prostitución.

-¿Y se puede tener un lenguaje sin esos límites claros?

María Laura: -Es complicado porque en lo lingüístico todavía no se decidió si hablar con “x”, con “@”. ¿Con los artículos qué hacés? La lengua son caracteres: las palabras no son exactamente lo que te estás representando. Vos decís mesa, pero no está todo lo que te imaginás de una mesa en la mesa. A mí no me ofende, personalmente, mientras no venga una persona a tratarme de hombre porque piensa eso. Hablar de “todos y todas” es, al menos, bastante inclusivo.

– ¿Para la cuestión estatal, agregar una categoría sería posible y positivo?

Marlene: – Posible es todo. Que haya una nueva categoría implica que el Estado te está leyendo. Que te lea significa que tiene que hacer una política para vos. Puede ser corto que haya sólo una tercera categoría, pero con un “otros”, como hay en otros países, sería importante. Cuando se logre, quizás tenga un discurso crítico, exigiendo un reconocimiento andrógino. Pero eso es más volado. Ahora necesitamos reconocer las diferencias, sobre todo, corporales, y que ninguna es demoníaca. Nosotras tuvimos que afilar el lenguaje para discutir y explicar nuestra situación. Inventamos algunas palabras, vaciamos otras y resignificamos otras. En la organización en la que participio, Futuro Trans, tenemos una muletilla: que la juventud sepa matarnos. Nosotras hemos hecho algunos matricidios y parricidios simbólicos. Mi biografía es casi una excepción. No me expulsaron de mi hogar ni de mi escuela ni de mi barrio. Pero no es lo común. Tiene que haber una muerte concreta que no sea nociva y vengadora, sino resignificadora y crítica. No sólo se mata por acción en una guerra mundial o un proceso de reorganización nacional hipócrita e ilegítimo. Se mata dejando morir de hambre en un país que produce para tres veces su población. Se mata desinstitucionalización y vaciamiento de educación y salud pública como en la Ciudad de Buenos Aires.

Susy Shock
Susy Shock

Susy Shock: – Yo incorporé la x. Cuando lo leo, el paradigma es otro. Yo me tomo el tiempo, unos segundos más, para decir el “todos y todas”, y también el tiempo para pensar creativamente cómo romperlo.

Esa misma noche, Lohana Berkins, otra militante trans, festejaba su cumpleaños durante la varieté bizarra que festejan todos los terceros sábados de cada mes. “Llegaron cuando ya había todo un proceso de hacer teatro, no solo mío, sino de muchos y muchas. Supimos que no todo estaba terminado. Quedan cosas por crear y por jugar. Por eso las noches bizarras no tienen guion. Han pasado muchos actores que hacen teatro también en otro lado, pero necesitan este espacio de vértigo, de salirse de las certezas de que sabemos y podemos todo. La incerteza de la improvisación es muy fuerte. Sabés en el mismo momento si algo funciona o no. No podés salir llorando del escenario, estás buscando todo el tiempo. Han pasado cosas antológicas y cosas pedorrísimas acá. En el San Martín, no podés equivocarte. Acá, el público viene con esa complicidad. Es una postura ideológica. Lo que en un texto puedo decir más aparentemente seria, en la bizarra lo digo locamente. Y no se contradicen esos espacios, se complementan”.

Explica también que el arte se engancha con la coyuntura, o al revés, que en el 2001 se relacionaba con los piquetes y las fábricas recuperadas y que ahora se ensambla de vuelta con estas leyes sociales. “Me parece que el arte, igualmente, tiene que manejar su propia agenda. A veces hay como una exigencia al arte de tomar partido por situaciones. La ideología del arte es la de romper con esos esquemas”, opina, y se define género colibrí. “Fue humorístico y fue un hecho artístico porque ese es el espacio que me toca a mí, el espacio que elegí. Estos años estuvimos los artistas corriendo atrás de la coyuntura. Mafalda decía ‘Que lo urgente no tape lo importante’. El arte tiene que fluir. El arte es todo”.


– María Laura decía que las y los trans necesitan un psicólogo para sobrellevar su invisibilización. ¿Lo necesitaste?

Susy Shock: -A mí me ayudó el arte, más allá de lo trans. A los 15 años entré al ambiente del teatro. En el arte no se cuestiona de dónde venís, con quién andás. Yo no necesité terapia porque el arte me permitió la búsqueda de por qué elegir qué actuar, qué cantar, qué decir. Irremediablemente, está nuestra vida detrás de lo que decidimos hacer. Para mí, fue un camino que me salvó, pero no me concibo de otra manera porque me formé ahí. Supongo que me hubiera costado bastante transitar mi camino humano fuera del arte. Lo que nos falta como sociedad es un espacio más creativo y lúdico.

-La Universidad Nacional de La Plata inauguró baños sin distinción sexual ni de género. Recién hay separaciones a la hora de entrar al cubículo. ¿Qué opinan?

Susy Shock: -Hubo movidas de diversidad en la Universidad Nacional de La Plata. Yo cerré el evento con canciones y poesías. Era muy interesante ver qué pasaba cuando llegaba alguien que no sabía, al baño. También era muy interesante ver travas en el baño porque casi no hay. Me pasó también algo: fui al baño en la terminal de La Plata y vino un señor de seguridad a sacarme porque yo tenía que usar el de varones. El mundo fuera de la facultad sigue teniendo otra lógica. De hecho, hice la prueba de argumentar que yo ya tengo el documento de mujer. Mentira, pero se lo dije. Él me pidió que se lo mostrara. Esto muestra que hay una práctica que desandar porque, si hay algo que es lo trans, es visible.

Marlene Wayar
Marlene Wayar

Marlene: -Está bien. Son acciones que hacen ruido. Después evaluaremos cuán efectivas son, así como con la ley de Identidad de Género. Son cuestiones que lo ponen en discusión. Es más positivo para la hegemonía que para la comunidad de gays, lesbianas y travestis. Van a empezar a convivir con la obviedad de que el lugar donde evacuar esfínteres no tiene que ser un campo de batalla ni ser amenazador.

María Laura: -A mí también me parece muy bien. Tener los baños separados se parece de alguna manera a las dos partes en el transporte pública en Estados Unidos: una para los negros y otra para los blancos.

-¿En los baños también hay discriminación despectiva?

María Laura: -Todas las separaciones en varón y mujer terminan atacando a las mujeres, por una cuestión higiénica. También es cómodo que un baño siga teniendo mingitorio, aunque estás de espaldas, no habría que hacerse tanto problema. Un depravado puede agarrar a un hombre en el baño y una mujer depravada a una mujer.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

-Bueno. Muchas gracias por el tiemp…

-Susy Shock: A mí me quedó una idea sobre los mingitorios. Vos suponés que una persona con pene tiene que hacer pis parado. Yo siempre me sentí más cómoda sentada, más allá de mi sexualidad. A la personalidad trans se la quiere elogiar diciendo “vos parecés mujer”. Ahí hay un menosprecio a la idea de la mujer biológica porque le están diciendo que no se les nota lo masculino. Saliendo de algunos talles, dejás de ser mujer. Hay una mirada de lo masculino y de lo femenino que no es ajena a vos. En lo masculino desde el punto de vista deportivo, vos tampoco entrás. En mi equipo de básquet vos no jugás. ¿Por qué? Porque hay una idea que mamamos todos. Cuando uno se corre de eso, de muchas cosas se está salvando. El que tengo inmediatamente al lado es eso que es, que me muestra. No es mi idea de lo que es. Esa idea viene de un lugar en particular. No es una idea libre, sino bien cerrada. El arte lo cuestiona.