Tras las huellas del palimpsesto Osqui

Como a los manuscritos que guardan huellas de previas escrituras, a Osqui Guzmán no se lo lee en un solo plano. El multifacético actor desborda cualquier charla de café y nos obliga a seguirlo por sus escenarios, sus ensayos, su casa y hasta adentro del auto. Con energía contagiosa y gestos que impresionan, nos habla del teatro, de sus trabajos, de Latinoamérica y su familia.

Fotos: Nos Digital.

Un ladrillo que le arrancó la uña, un chico de su edad que le tiró ese bodoque colorado en la mano y los cerros cordobeses. Eso es lo único que Osqui Guzmán se acuerda del año en que vivió en la provincia mediterránea a los tres años, arrastrado lejos de su madre por una ex monja rubia, amante de su padre. ¿Telenovela mexicana? No, más bien boliviana. 

Lucía Pareja Balboa, de Potosí, descendiente de españoles, tenía quince años y su familia no veía con los mejores ojos a un pretendiente que le arrastraba el ala y que se quería casar con ella. Su madre, para evitarse el disgusto, la mandó a Buenos Aires, donde ya residían sus hijas mayores. Una, planchadora, de oficio impecable. La otra, modista. El estudio aburrió enseguida a la joven Balboa y se puso a trabajar, como sus hermanas, de costurera. Se casó con Walter Guzmán, también boliviano. Un hombre que, cuentan, la amaba a más no poder. De su amor nació, en 1971, en la clínica del Sindicato Obrero dela Industriadel Vestido y Afines (SOIVA), un bebé al que llamaron Oscar Germán Walter Guzmán, a quien más tarde sus compañeros de primaria apodarían “Mono”. Un día, mientras Lucía estaba en su trabajo, Guzmán padre se fugó con una amiga de Bolivia que la pareja había hospedado con amabilidad luego de que abandonase su condición de monja, y nunca más volvió.

“Al año, la mina con la que él se fue me va a buscar al jardín de infantes y me entregan sin preguntar demasiado. Cuando mi mamá llega, le dicen que ya me habían ido a buscar. Me llevó a Córdoba. Mi viejo estaba viviendo ahí”. Osqui no se acuerda mucho más.

Jorge Rodríquez Aguirre, de Oruro, era delegado sindical del gremio de los colectiveros, exiliado político durante la dictadura de Hugo Banzer Suárez, y socialista. Una mañana y gracias a la advertencia temprana de un amigo, escuchó cómo los militares entraban a su casa a los golpes. Logró esconderse en una iglesia que estaba justo detrás de su vivienda. “Cura, cura, por favor, escóndame”, dicen que dijo. El cura aceptó y le dio resguardo dentro del cuarto diminuto donde guardaba las sotanas. Los soldados ingresaron a la capilla a los gritos y, enfurecidos, patearon la puerta del cuartito y la abrieron. Por obra y gracia del Espíritu Santo, del destino que le esperaba más adelante o de quien sea, no lo vieron. No vieron al Jorge tieso que se había tapado la cara con una toga lo más rápido que le dieron los brazos o el susto.

Ese mismo día, Jorge se alojó en un vagón de tren que cargaba los cadáveres acumulados por la dictadura, con destino a Brasil. Y viajó entre los muertos. Después de una corta estadía en Brasil sacando fotos en la playa, llegó ala Argentinay le prometió a una mujer que preparaba empanadas en un centro boliviano que la ayudaría a buscar a su hijo perdido. Era Lucía.

“Mi mamá se estaba volviendo loca, había empezado a fumar, a tomar”, relata Osqui. No sabían qué hacer. ¡Iban por las vías de los trenes! Hasta que una tía mía la lleva a una curandera, a una bruja. La adivina tira unas cositas en la mesa y le dice: ´Te llevaron a tu hijo. No te preocupes, está con su papá. La mujer que te lo llevó te hizo un trabajo. Yo te voy a disolver ese hechizo como para que ella te lo traiga a la puerta de tu casa´”. Y así fue.

La rubia se apareció en la casa de Lucía y lo devolvió sin chistar y como por arte de magia. Osqui corrió a los brazos de Jorge, la nueva pareja de su madre y, automáticamente, lo llamó papá. “Ahí arrancó mi vida”. Una existencia que realmente se puede dividir en a. C. y d. C.: antes y después de Córdoba.

La relación con Jorge se enfrió cuando Osqui decidió que quería ser actor. Tres largos años sin dirigirle la palabra al chico. Hasta que lo vio actuar. El pecho casi le explota de todas las felicitaciones que recibía por su hijo. “Yo quería que la gente te quisiera y te respetara”, cuenta Osqui que su padre le confesó medio borracho una noche. “Y vos lo lograste: la gente te quiere y te respeta”. Desde 2009, el protagonista de obras como “El batacazo” y “Robin Hood” es personalidad destacada de la cultura, un reconocimiento que otorgala Legislatura Porteña.También fue nominado para una gran cantidad de premios: ACE, Trinidad Guevara, Martín Fierro, Florencio Sánchez, Premio Teatro del Mundo, María Guerrero y Estrella de Mar. Algunos los ganó.

Ya en la etapa de reconciliación, Jorge lo esperaba hasta tarde con un guiso calentito, aprendido un poco por la abundancia de la cocina boliviana y otro poco por la pobreza que obliga a preparar estofados proteicos, potestad de grandes ollas.

“Mono, Monito…”, su padre lo llamaba mientras le golpeaba la puerta del cuarto. “Te preparé un guisito, Mono, dale. Vení, comete algo…”. Osqui quería que se vaya a dormir, por su bien y por el propio. Era demasiado tarde para andar masticando. “Dale, Mono…”. 

Finalmente, Osqui cedía y comían juntos. Jorge le preguntaba sobre sus amigos actores, sobre lo que estaba haciendo. Osqui le contaba y su padre siempre respondía lo mismo: que qué lindo, que qué bueno, que contame un poco más.

Fue recién a principios de este abril que Osqui conoció la tierra de sus padres. En el Festival Internacional de Teatro deLa Paz(FITAZ) presentó “El Bululú”, un unipersonal basado en la obra del artista español José María Vilches.

“Cuando terminó la función lloré un montón porque sentía que estaba en representación de mi familia. Pensar en todo lo que pasó y lo que va a seguir ocurriendo. Antes de que yo viaje, mi mamá me decía: ´Te va a ver mi país´. Yo iba aLa Paza un festival a hacer una sola función, pero para ella era: ´Te va a ver mi país´”.

***

Frente a la fábrica de Felfort, en Almagro, un primer piso con techos altos y paredes blancas. Una cocina moderna, un tacho de basura de diseño en el medio del salón (primera excentricidad de actores en una casa de actores), que el cuerpo esquiva sin avisarle al intelecto. Harina integral en un estante, una publicidad del Frente parala Victoria. Unafoto de Borges, un figurín de Osqui haciendo monigotadas y el ruido a una cuchara que gira a dos revoluciones por segundo en un vaso de vidrio con un líquido marrón que, de paso, se vuelve la segunda excentricidad de la casa.

–         ¿Qué es eso?

–         Maca, es una raíz andina energizante. Ahora se puso de moda, pero yo la tomaba desde antes.

Levanta un dedo y bromea: “Yo vi a Los Redondos antes de que…”.

Los ojos todavía medio pegados y el susurro con el que habla indican que esa bebida extraña es necesaria a esta hora de la mañana, cuando los párpados todavía se le achinan y lo hacen parecer a la foto de Bruce Lee que tiene en la puerta del congelador.

La revista Living sobre la mesa es una señal, prejuicio mediante, de que allí vive una mujer: Leticia González de Lellis, también actriz. Con ella Osqui comparte sus elecciones de vida, escenarios y, desde hace un año y medio, un programa de radio en FM UBA (FM 87.9), “Radio para Monos”, parte de la programación de los miércoles del Centro Cultural Ricardo Rojas.

Anoche, Osqui Guzmán fue a echar un vistazo a un grupo de varieté que le pidió consejos, alguna reunión y quizás un posterior trabajo conjunto, tal y como sucedió con el grupo de clownsLa Pipetuá, quienes el 9 de junio estrenan “¡A la obra!”, dirigidos por Osqui Guzmán, en el teatro Metropolitan.

–         Son cuatro locos cirqueros que están construyendo su casa. Tienen los planos y todo, pero en el medio está su personalidad y las cosas que les pasan, que de alguna manera es lo que siempre te impide construir. Ellos querían trabajar con el mundo de la construcción generando gags, pero la obra de teatro requiere más submundos, mitos.

–         ¿Para qué?

–         Es lo que el espectador recibe sin darse cuenta. Todas las cosas que durante un año probaste y al final desechaste. Estuviste ensayando dos meses eso, pero al final decís: “No pega ni con moco”. Pero no lo tirás a la basura, queda en el cuerpo, en el trabajo del actor y en la historia misma. Es como la pintura: tiene una textura que no podría tener sin esas instancias previas.

Camino al club de Saavedra donde ensayan “¡A la obra!”, subidos a un auto, el iluminador habla de su miedo a las lesbianas. Mientras esperan que la productora recientemente vaciada de nicotina vuelva de comprar facturas, el asistente de dirección juega a las adivinanzas. Señala a una señora bien entrada en años parada en la vereda y dice: “A que esa señora fue psicóloga”. Osqui baja la ventanilla y está a punto de preguntarle, pero la mirada desconfiada de la anciana frente a un coche sospechoso en la puerta de su casa mirándole la cara y la tela del vestido, lo acobarda.

Antes de llegar al patio cubierto donde está dispuesta la escenografía, el hall del club pone a la vista todos los estereotipos de un centro de jubilados: barra, vitrinas espejadas con trofeos dorados de quintos puestos, caña Legui y Cusenier. Un pasillo y, escaleras arriba, clase de reggaetón.

El espacio ocupado por Osqui y los otros es un delirio: escaleras que se doblan en cuarenta y tres partes, gusanos de plástico transparente, una bandera de nylon gigantesca. Máquinas para hacer naranjas, hombres caracterizados de obreros y un viejito que pregunta: “¿Esta gente a qué hora se va a ir?”.

–         La obra es una metáfora de lo que significa construir un país, una relación. Durante los ensayos nos dimos cuenta de que hay diferentes etapas: construcción, destrucción, confusión y revelación. Una etapa no podría suceder sin la anterior. A nivel político también sucede. Por eso cuando hablamos de un proyecto de país, estamos hablando de un proceso de construcción que debe continuar porque sabemos que luego va a venir la destrucción de todo esto.

–         ¿Cuando decís “todo esto” te referís al modelo kirchnerista?

–         Al proyecto latinoamericano. Es kircherista porque está Kirchner. Mañana se va a llamar de otra manera. Es un proyecto que no les pertenece. Ellos son la vida de un sueño muchísimo más lejano. Yo apoyo al gobierno, me encanta realmente. Voy a marchas, donde haya que firmar, firmo. Pero este proyecto va a caer, como todo. Por eso tenemos que estar atentos a construir lo más que se pueda. Hace muy bien la presidenta en sacar leyes todo el tiempo, porque esas leyes construyen, no detienen. Con tantas cosas que pasan, ¿hay que sacar la ley del divorcio? ¡Sí!, porque va a quedar para más adelante.

–         ¿Cómo investigás los materiales que usás, que son tantos?

–         Me junto con la gente indicada: escenógrafa, vestuarista. No soy yo el genio. En todo caso mi genio está en decir: “Sí, esto”. Trato de leer qué quieren ellos. Eso lo aprendí de (Juan Carlos) Gené. El director es como un capitán de barco, conoce el camino pero se deja guiar por el terreno. Es ver cómo está el mar y cómo sopla el viento. Entonces, debe tener la suficiente habilidad para rodearse de gente que sabe de mar y que sabe de viento. Quizás para ir de un puerto a otro tenés que dar toda una vuelta. Si no, se cae el barco, ¡se hunde!

–         Pero eso lo decís vos que sos como muy bueno, hablás todo despacito…

–         Soy horrorosamente fatal. Lo que pasa es que digo todo con una sonrisa, entonces pareciera que soy re copado. Nunca falto el respeto, eso sí. La idea del director prepotente, verticalista, que los actores tienen que hacer lo que él dice es una estupidez en el arte. En “El Centésimo Mono” pasó lo mismo, me convocaron los demás.

“El Centésimo Mono” es la obra que Guzmán dirige desde el año pasado. Mezcla magia, teatro y un poquito de muerte. Tres magos se ven obligados a esperar en una habitación de hotel que los llamen desde la fiesta de abajo para iniciar su número. Esperar igual que espera el Gringuete (personaje que Osqui encarna en “Salomé de Chacra”, dirigida por Mauricio Kartún, reestrenada en el Teatro del Pueblo) el amor de una Salomé crecidita y pechugona que balancea sus virtudes colgada de un aljibe.

Sentado bajo una bola de boliche y encima de la insignia pintada en el piso del centro social y deportivo, Osqui conversa con su asistente de dirección y le hace caso. Lo anima a anotar detalles en un cuaderno para probar luego. Osqui se sabe demasiado caótico para llevarlo por sí mismo. “Las ideas son muy lindas pero hay que probarlas. Muchas veces acá”, se lleva un dedo a la sien, “funciona, pero en escena te sentís un tarado”.

Fantasea con irse a vivir un tiempo afuera con su mujer, a algún lugar “nutritivo”, a estudiar algo. Pero si lo piensa demasiado, aborta el plan. Aprovecha estos momentos de tranquilidad, cuando no hace televisión, para plantarse en su casa y disfrutarla. Aún así, está lleno de trabajo. “En teatro yo manejo mis días. La tele te propone tiempos anti naturales”.

Sólo por nombrar algunos programas, se lo vio en: “Hermanos y Detectives”, “Casi Ángeles”, “Mar de Fondo”, “Floricienta”, “Buenos Vecinos” y “Campeones”. Tuvo, incluso, participaciones en “La Liga”. En pantalla grande, además, otros tantos papeles. Se ganó un protagónico en “El Torcán”, de Gabriel Arregui. 

 “La TVes estar metido por lo menos diez horas en un camarín chiquito. Abrís los brazos y lo tocás, lo abrazás. Entonces te tenés que ir a un bar, pero cuando empezás a ver los rollitos decís: ‘¿Qué hago?´ Entonces caminás por los pasillos como un condenado. Pero tiene otro tipo de beneficios: réditos populares y económicos”.

***

          Sin darse cuenta, y al mismo tiempo que se clava una medialuna en un café a doscientos metros del Obelisco, Osqui Guzmán revela la clave para combatir la inseguridad dela Capital: “Silbo y canto cuando tengo miedo. Me pasó en Constitución hace poco. Estaba con Leticia y vemos dos chabones, uno por atrás y otro por adelante. Le dije a Leticia: ‘Tranqui’. Empecé a cantar un tema de Luis Miguel. Uno dio media vuelta y se fue, y el otro se quedó parado, mirándonos”.

Lo que Osqui Guzmán pone en práctica cuando siente temor es una técnica heredada de un tío. Su pariente le contaba que, en Potosí, las almas de la dictadura todavía vagan en pena y hay que silbar para que no lo sigan a uno. Silbar para ahuyentar a los muertos.

Como en los palimpsestos, todas esas tradiciones quedan en Osqui como quedan los descubrimientos que se producen durante los ensayos, dejando restos. Una labor que se borra y reescribe constantemente para dar lugar a lo que ahora existe: un gran actor.

La dignidad lustra boliviana

Desde La Paz, Bolivia, se cuela un mensaje de integridad, valor y respeto. Los lustrabotas se organizan para escribir un periódico que refleja los esfuerzos de cada uno de sus días. Se demuestran a si mismos y toda la sociedad que cada trabajo tiene su dignidad de trabajo.

Foto: Nos Digital.

La Paz te recibe dura. Te reclama esfuerzos extraños para desplazarte, paso por paso. A  3650 metros sobre el nivel del mar las pendientes ascendentes atentan hasta contra esos que se creen príncipes del fitness. La Paz es ruido y desorden; a cada recoveco de calma lo saturan puestos sobre las veredas que forman ferias en donde se lo propongan y muchachos a gritos invitando a subir a cada buseta, transporte público básico.

La Paz te recibe calurosa más allá de un frío que se cree invernal también en verano. Te acompaña esa convicción de encontrarte en la capital del país que mayores conquistas sociales ha conseguido en los últimos cinco años. La Paz es movimiento y usanza. Cada noche, cuando los puestos comerciales se han guardado ya, te devuelve una imagen distinta de cada esquina diurna que creías conocer tan bien.

Salir del mercado de Lanza, uno de los más grandes de la ciudad, colarse entre la exagerada multitud para cruzar la San Francisco por un puente moderno y colorido para llegar a la Comercio, peatonal que a las pocas cuadras desemboca en la plaza central, la Murillo. Esquivando puestos de “todo lo que quieras” y algún músico callejero argentino, unos metros más y me junto con Cristian. Habla poco, tiene que volver a trabajar, le robo unos minutos. Remolcando cada una de sus respuestas, arrancamos una charla que de seguro tiene mucho más valor para mí que para él.

Va de irremovible pasamontañas azul, jogging y campera, con una caja de madera de donde surgen ruidos a metal cuando caminamos hasta un cordón que nos servirá de discreto asiento. Cristian es un lustrabotas de veinte años que conocí hace unos diez minutos ahí mismo. Es uno de esos anónimos que todos los días recorren las calles del centro trabajando. Siempre llevan el rostro tapado. Casi una ley. “Hace cuatro años ya estoy. Antes trabajaba de campo. Sí, en el campo. Aquí, más tranquilo. Esto me da comida, me da ropita, para eso está esto. Dignidad de trabajo”. Repite estas tres últimas palabras al final, como convenciéndose por enésima vez: “Dignidad de trabajo”.

Laburan y laburan. Esforzándonos los dos, entrevistado y entrevistador, capturamos sus palabras en ese grabador al que tanto mira Cristian chequeando cuánto llevamos grabando: “Trabajando, estudiando, triunfando en la vida”. “Empiezo, digamos a las ocho, hasta cinco y media, seis. A la noche también estudio, terminando el colegio para entrar en la universidad, para medicina”. “Yo compré la caja, pero hay también para alquilar, todo completo por cuatro o cinco bolivianos. Y cada día hay que comprar cremas”.

La pregunta por la cara cubierta no podía tardar en llegar, está claro que es el distintivo general de los lustrabotas paceños, que se ha convertido en una suerte de emblema. Respuesta sencilla: “Es porque el olor de la crema afecta, y también como una imagen”.

Unos días antes, también por las calles del centro de La Paz, me crucé con Fabián, un lustra de diez años. Aunque con pocas ganas de hablar, me vendió por cuatro bolivianos ($2,50 pesos argentinos) el último ejemplar de Hormigón Armado, el número 34. Se trata del periódico cultural de los lustrabotas que se viene publicando bimestralmente desde noviembre de 2005. El trabajo en la confección del Hormigón es voluntario, mientras para que un lustra pueda también ser un hormigón, o sea poder distribuirlo y hacerse con el dinero de la venta, están obligados a concurrir a talleres sobre alcoholismo, derechos humanos y educación sexual, entre otros. Todos los ingresos que genera por venta y publicidad se vuelcan en forma directa e indirecta –mediante los diferentes talleres- a los hormigones que los venden.

No hay edad que restrinja la posibilidad de trabajar lustrando zapatos, me lo cuenta, en medio de La Murillo, Jaime de El Alto con treinta y cuatro años. Sorprende con un amague a sacarse el pasamontañas, pero se conforma con descubrirse tan solo la boca para hablar más cómodo. Él es quién me explica que lo del diario está organizado solo por una de las asociaciones que los nuclea. “A veces voy, a veces no. Los menores de edad reciben del periódico, los mayores ya no”.

“Los hormigones trabajaron duro intentando comprender mejor los derechos humanos especialmente lo referido a su propio trabajo, porque aunque queramos con todo nuestro ser no ver un niño o niña trabajando en la calle, la realidad es que aún este sueño como país no se ha logrado alcanzar. Por ello, nosotros abogamos porque nuestros niños sean respetados y puedan desarrollar su trabajo protegidos por la sociedad, por todos nosotros.” (Fragmento extraído de la Editorial de Hormigón Armado del número de enero y febrero 2012).

Los proyectos a largo plazo no nublan las necesidades más urgentes. Cada hormigón que retorne a la escuela será siempre una conquista estupenda. La idea más grande del proyecto va en paralelo por un doble camino hacia una única construcción: la formación y consolidación del valor de la dignidad como persona a través de su trabajo, de cada uno de los lustras que patean y patean las calles cada día con su caja de madera a cuestas. Para esto es necesario la convicción sobre la noción de decencia de la propia ocupación; y, de la misma forma, que la sociedad adopte una representación positiva sobre los lustrabotas y su capacidad de ganarse la vida trabajando dignamente.

Higuera

Por Walter Vodopiviz
Ella tiene la cabeza sobre su almohada. Me mira fijo. A un metro de distancia, hago lo mismo desde mi cama. Rompo el silencio, no solo de la habitación, sino del pueblo y le pregunto: ¿te das cuenta de que estás “durmiendo” en la Historia? Esa habitación no es una más. A veinte metros, en diagonal a donde estábamos, hace cuarenta y cinco años un hombre partía hacia la eternidad.
Actualmente en La Higuera viven cuarenta y cuatro personas, me cuenta Lola, vecina, y quien se encarga este mes de abrir el Museo Comunal “La Higuera”, que no es otro lugar que aquella “escuelita” donde estuvo apresado, y luego fue asesinado por Mario Terán, Ernesto Che Guevara entre el 8 y 9 de octubre de 1967.
Lola tiene dos hijos y vive en su casa de adobe a metros del busto del Che. Ella es responsable, durante enero, de cobrar 20 bolivianos (alrededor de $13 pesos argentinos) por cada cama que tienen las dos habitaciones de la nueva “escuelita”. Allí, además de este pequeño hostel, se trasladó el aula donde estudian el primario los niños del pueblo. También viven y tienen su consultorio los médicos cubanos. Y no puede faltar el memorial al Che. Lola también tiene la llave del museo donde se cobra 10 Bolivianos la visita.
La Higuera es una cuadra con varias casas. Sobran alojamientos, aunque en Vallegrande se desangren por decir que no hay nada, para no perder turistas. En el pueblo, llamativamente, hay cuatro franceses. Los podemos dividir entre los buenos y los malos. Christian y Nanou son de Montpellier y llegaron hace 3 años después de mucho recorrer Latinoamérica. Compraron un terreno y empezaron a hacer su nido en el mundo, a pesar de sus más de 50 años. Del otro lado, está La Casa del Telegrafista, nombrada en El Diario del Che en Bolivia. Ahí vive el francés no querido del pueblo, junto a su novia 30 años menor que él. Dicen que ya no habla con nadie, que viene comprando varios terrenos, que arma un negocio en torno al Che vendiendo, por ejemplo, su desayuno “Del Guerrillero”, que consta de té de coca o café y pan tostado…
Pero volvamos a los hijos de Lola. Adolescentes ellos, dicen que conocen la zona como nadie. Por eso no es de extrañar que sean los encargados de llevar a los turistas a la Quebrada del Churo, como la llaman los lugareños, o Yuro . Se necesita de una hora y media para llegar al lugar donde capturaron al Che, metiéndote en plena selva boliviana. En la Quebrada, se construyó una pequeña plaza en honor al Che. Es una estrella hecha de piedra, entre medio de un árbol de higos y la piedra donde estaba refugiado el Che al momento de ser capturado.
Ir y volver te puede llevar entre tres y cuatro horas. Sin mochilas. Sin peso. Bien alimentados. Bien dormidos. Con agua. En la altura. Y sin ser buscados por la CIA o los Rangers.
Dormir en La Higuera es una experiencia inolvidable. La figura del Che y sus compañeros de guerrilla se agiganta. Se repite a lo largo del camino una sola pregunta: ¿cómo hacían?

Democracia antes que independencia

Primera entrega de Revoluciones en la preindependencia americana. América del Sur, Alto Perú, actual Bolivia: cómo desde el pequeño poblado de Caquiaviri, los oprimidos por la colonia se hicieron con el poder para instaurar un nuevo orden centrado en una democracia directa cuarenta y ocho años antes de la declaración de la Independencia boliviana.

Las independencias de las colonias americanas a lo largo del siglo XIX no fue sino la conclusión de un proceso mucho más amplio de rechazo, crítica y violencia colectiva contra el poder colonial, motivadas tanto por las propias elites criollas como por las comunidades indígenas desde los inicios mismos del siglo anterior. Las insurrecciones de Tupak Amaru y Tupak Katari fueron las más amplias y aquellas que generaron un mayor desafío al Imperio español. Así recorreremos de Sur a Norte a lo largo de los siguientes tres números, revelando el accionar de los proyectos anticoloniales en la previa de las independencias, que pese a haber sido derrotados, alimentaron el fuego emancipador que habría de arrasar all dominio europeo sobre el continente americano.

Quien visite La Paz y por cuestiones del destino se le dé por preguntar por Caquiaviri, le indicarán  un pequeño municipio de la provincia de Pecajes, con solo doce mil habitantes y un típico paisaje andino: aire seco, algo de vegetación y cultivos de altura. Sin embargo, tres siglos atrás esta comunidad se conformó como el centro de una insurrección con varios meses de duración, que iba a generar uno de los proyectos anticoloniales de mayor complejidad y alcance. Allí se sucedieron desafíos como nunca antes habían transcurrido en la región.

El domingo 2 de noviembre de 1771 criollos, españoles y miembros de la elite indígena salieron armados y con sus caballos de Caquiaviri hacia el pequeño pueblo de Jesús de Machaca listos para encabezar la represión sobre los campesinos del día anterior. Levantándose contra los gobernadores, exigían el fin del maltrato y la explotación que sufrían cotidianamente: altos impuestos, prestaciones de trabajo ilegales, violencia física y demás. Al llegar la noche, los jinetes se enteraron que los insurrectos los esperaban prestos para entrar en combate y defender lo suyo,  por lo que aplazaron sus planes y dieron media vuelta para retornar a sus hogares, que lejos de lo que suponían, no iban a ser un lugar seguro.

Entretanto, ¿qué sucedía en Caquiaviri? Los nativos se habían reunido para discutir la situación, entendiendo que los habían puesto en una situación incómoda: si no hacían nada, sus pares de Jesús de Machaca iban a ser vencidos, pero apoyarlos significaba tomar las armas y aceptar el enfrentamiento con los funcionarios. Así, la multitud decidió por primera vez, no solo levantarse contra el poder colonial local sino también llevar a cabo una tarea nunca antes realizada desde la llegada de los europeos: gobernar.

Era el momento de tomar la iniciativa. Sin armas más que herramientas de labranza y hondas, se apostaron en las puertas de la ciudad, aguardando la llegada de los incrédulos jinetes. Sus familias ya estaban siendo notificadas de los cambios que empezarían a darse por esas tierras. Y regresó el contingente, sin encontrar el descanso más que en cuando fueron puesto bajo las rejas. El mismo destino le correspondió a cada funcionario, al cacique y a todo aquel que trabajase para amparar el poder español. Ni los ruegos del cura local por retomar la calma sirvieron. La decisión era firme, y ni aquél Dios cristiano ni sus representantes en la Tierra pudieron impedirlo.

Si uno buscase los líderes del movimiento, tendría que señalar a cada uno de los pobladores. Tal como escribiese el historiador subalterno Sinclair Thompson, “los asesinatos, la violencia y las amenazas de castigo extremo no fueron repentinos y espontáneos impulsos de una masa alzada (…). Por el contrario, durante los días de la toma de poder por parte de los indios, los distintos caminos de acción tomados por los comuneros fueron escogidos tras asambleas comunales y deliberaciones colectivas. En este sentido, podemos considerar los asesinatos, la violencia y las amenazas como parte de una orientación o proyecto político radical que conscientemente se imaginaba la eliminación o aniquilación de los rasgos más significativos de la dominación colonial”[1].

Entonces, ya se nos hacen visibles los caminos escogidos para recorrer la eliminación del modelo colonial y con el objetivo de crear un nuevo orden: el encarcelamiento de las elites y los gobernantes tanto hispánicos como indígenas marcaban su oposición a la estructura política de dominación, sustituyéndola por una democracia directa. Luego, aislando e ignorando al párroco local, quitaron las bases de la dominación ideológica.

En sus proclamas afirmaban que caídos sus gobernantes “ahora eran todos vasallos del rey”[2]. Esto implicaba su respuesta a un tercer problema: la posición de los individuos ante la ley. La sociedad colonial americana estaba dividida en dos repúblicas, una de Indios y otra de españoles, cada cual con sus deberes y derechos. Los primeros considerados como inferiores y sujetos al poder de los segundos. Frente a esto los pobladores declararon que desde ese momento todos se considerarían iguales entre sí y la forma de materializar este cambio fue sin dudas fascinante por su creatividad: todos los españoles y criollos fueron liberados de la cárcel y obligados a vestirse con las ropas tradicionales indígenas. Luego debieron jurar “mancomunidad” frente a todos los habitantes aceptando la igualdad y el gobierno comunal. Entonces una vez que culminado este ritual, las elites fueron reincorporadas a Caquiaviri, pero ya ahora como iguales. El proyecto social ya estaba gestado.

El final de esta empresa fue menos épica que lo que intentaron construir. Al poco tiempo las autoridades españolas, con la espada bajo el brazo desactivaron la movilización, retornando el orden en aquel perdido paraje andino. Pero sin contar con este triste desenlace, lo sucedido en Caquiaviri demuestra cómo cuestiones que fueron planteadas y solucionadas durante el período post-independencias, también estaban en las mentes de los propios campesinos y en el alma de cada insurrección y toma del poder varias décadas antes. Cuestiones como el poder eclesiástico, la igualdad ante la ley y la forma de gobierno fueron resueltas de modo muy complejo y satisfactorio por la comunidad de Caquiaviri, quien, en su leve lapso de vida independiente aportó su piedra fundacional en la construcción de un nuevo orden social posible.


[1] Thompson, Sinclair, “Cuando solo reinasen los indios”, Argumentos, enero-abril, vol 19, número 50, UAM. Pp. 34

[2] Ídem Thompson, Pp. 39

“El bloqueo sobre Cuba genera muerte”

Interiorizándonos en la situación cubana, la segunda parte de la entrevista a Atilio Borón. Interpretación y explicación de las diferentes nociones de libertad, la actualidad de las reformas que se vienen discutiendo, y desde dónde mirar a Cuba y a la América que la rodea.

Primera parte:  “Estados Unidos prepara un golpe en Venezuela”

Atilio Borón, politólogo y sociólogo, llegado de República Dominicana, donde participó de una conferencia sobre Juan Bosch, se sienta delante de su foto con Fidel Castro, pone jazz de fondo, levanta el señalador de NosDigital y lee “En la batalla de ideas, las que no se conocen, no luchan”. Separa los papeles del escritorio, recuerda el discurso de su entrañable amigo hablándoles a los intelectuales en la Biblioteca Nacional José Martí de La Habana, allá por 1961. Se lo imagina parado, firme, resistiendo los primeros embates de Estados Unidos, lúcido: “Nosotros hemos sido agentes de esta revolución, de la revolución económica-social que está teniendo lugar en Cuba. A su vez esa revolución económica y social tiene que producir inevitablemente también una revolución cultural en nuestro país”. Borón lo tiene en cuenta, como siempre, y lanza: “La batalla de ideas es un elemento fundamental de la lucha de clases contemporáneas. No se puede reducir el conflicto tan solo a los aspectos más económicos. Sobre todo cuando, si el capitalismo ha logrado prevalecer y mantenerse a pesar de sus conflictos y sus crisis, ha sido porque en gran medida supo desarrollar una hegemonía que revela la capacidad ideológica de conducción y de dirección, lo que Gramsci llamaba capacidad de dirección intelectual y moral”. Por eso dirige el Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales, dirigió el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales y es titular de las cátedras Teoría Política y Social I y II.
Desde sus trincheras, enseña que si el capitalismo tuviera que mantenerse solo en base a sus éxitos económicos, se hubiera caído hace tiempo. “Se mantiene porque a pesar de la gran frustración que genera aún cuando las cosas van bien, a pesar de la enorme irritación en momentos como el actual, hay todavía una victoria ideológica cultural que es muy importante y que hace que siga su rumbo a pesar de todas esas dificultades”, se entusiasma y dispara: “Dar la batalla en ese terreno estratégico es importantísimo”.
“Hoy la guerra antisubversiva se libra en el terreno de la cultura y en los medios”, leyó examinando material del Congreso de los Estados Unidos. Lo declaró uno de los más altos jefes militares a la cámara de Representantes. “Más allá de las confusiones que suele haber en el campo del pensamiento de la izquierda, la derecha tiene muy clara la importancia excepcional de la batalla de ideas. Hay que salir a batallar, a desmontar todas las falsificaciones que genera la sociedad burguesa en relación a sí misma y a quienes desean cambiarla”, se ensalza. Vuelve a imaginarse a Castro en uno de sus tantos momentos históricos, cuando llegó a la Habana el 8 de enero de 1959 y gritó: “Decir la verdad es el primer deber de todo revolucionario. Engañar al pueblo, despertarle engañosas ilusiones, siempre traerá las peores consecuencias y estimo que al pueblo hay que alertarlo contra el exceso de optimismo”. Lo trae a la actualidad, a su otro admirado amigo Noam Chomsky y su programa: “decir la verdad y denunciar todas las mentiras”.
Parado en una esquina de la capital cubana, durante su último viaje a la isla, se quedó mirando el horizonte y un par de desconocidos se le acercaron para preguntarle si necesitaba algo. No necesitaba nada, pero le urgía hablar de política. Recuerda y señala: “Los cubanos dicen con absoluta franqueza lo que piensan de política. La idea de que Cuba es un estado policial como dicen en EE.UU. es absurda e incompatible con el espíritu caribeño que tienen. Se quejan de lo económico que está mal por responsabilidad del Estado, pero sobre todo por el bloqueo. Pero el núcleo duro con el que tropieza el Imperio es que los cubanos no quieren saber nada con un país colonizado”. Su compañero martiano lo había dicho en 1960: “Nosotros no hemos de cometer el error de subestimar al enemigo imperialista, sino conocerlo en su fuerza real, apreciarlo en su fuerza real, y hacer, por nuestra parte, lo necesario para salir victoriosos en esta batalla por la liberación de la patria”. Le respondió así a uno de los atentados que sufría el país por entonces: “¡Qué ingenuos son! ¡Si por cada petardito que pagan los imperialistas nosotros construimos quinientas casas!”.
Por eso abordaron también los ataques económicos, que aún duran. “El bloqueo es una política totalmente ilegal, es una política de guerra y de agresión que no debe tener lugar en la comunidad internacional”, explica Borón.

-Desde 1959 Cuba está sometida a un bloqueo estadounidense. ¿Cómo se continua la lucha en contra de ese autoritarismo?

-No hay que acostumbrarse al bloqueo. Es un acto criminal. Significa someter a una población considerada enemiga, aunque no lo sea. En vez de tirarle bombas, les arroja una serie de dificultades económicas que en muchos casos significan pérdidas de vidas humanas. En el caso de Cuba, el bloqueo implicó un costo comparativamente menor porque hay una red de seguridad social muy fuerte que no existe en otros países. Ellos calculan que murieron siete mil personas porque no pudieron acceder a medicamentos que se producen solamente en Estados Unidos o, por ejemplo, en España, pero cuya producción alcanza un 10 por ciento estadounidense. Por las leyes del bloqueo, no se lo pueden vender a Cuba. Eso genera muerte. En un caso de un bloqueo menos prolongado como el de Irak, que no tenía la seguridad social cubana, se estima que murieron 800 mil personas. Solo por un bloqueo económico, sin contabilizar los militares. Ésa es una cifra oficial del gobierno estadounidense. Y la gran mayoría de esos muertos eran niños. A Cuba le ha costado en términos económicos, el equivalente a dos planes Marshall. Con uno solo se recuperó Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Cuando estos cínicos hablan de los problemas de economía cubana, me gustaría ver cómo funciona Estados Unidos con dos planes Marshall en contra en cincuenta años. Ese país sería una hecatombe total. Estados Unidos, además, internacionalizó el bloqueo con la extraterritorialidad: un productor holandés que le quiere vender a Cuba un tomógrafo computado, si tiene un componente tecnológico, de patente o material mayor al diez por ciento, no puede venderselo.

-El bloqueo se extiende también a lo informático.
-Cuba tenía acceso a Internet, pero necesitaba el caño submarino para que fuera de alta velocidad. A causa del bloqueo, Cuba no tiene ese acceso. Los países (República Dominicana, Jamaica) que se lo ofrecieron fueron sancionados por Estados Unidos: “si continúan ayudando, les vamos a cortar el acceso a nuestros mercados, no vamos a dejar que entren los inmigrantes, etcétera”. Chávez les ha tirado un caño de 1300 kilómetros. Vamos a ver cuándo va a funcionar. Eventualmente Cuba va a poder acceder a la era digital plenamente.

 -Sin embargo le critican el corto acceso a la información.
-No le dan la posibilidad de permitirlo. Desde Cuba hasta Estados Unidos hay unas 100 millas. Se podría haber solucionado mucho más fácil. Hay que entender que Cuba está en guerra: lo bloquean, amenazan, sabotean (con muertos incluidos). Cuando japoneses en la Segunda Guerra Mundial entraron en California, Estados Unidos los metió en un campo de concentración. Cuando un país es objeto de un ataque, existe un recorte de las libertades públicas. Se puede resolver levantando el bloqueo y dejando de atacar a Cuba. La Central de Inteligencia Americana reconoció los más de 600 atentados para acabar con la vida de Fidel Castro. No le pueden pedir a Cuba que despliegue todas las libertades públicas. Un cubano tiene más libertad que gente de cualquier otro país de América Latina: saben que no se van a morir por falta de atención médica, que es gratuito el acceso a la mejor educación posible. El estadounidense no tiene esa libertad. Si no tiene dinero, no puede estudiar y difícilmente consiga becas, salvo condiciones excepcionales.

-También le reprochan tener un sistema de partido único.
-Eso es muy controversial. EE.UU. tiene un sistema bipartidario. Como dijo mi gran amigo y talentosísimo Noam Chomsky, en EE.UU. hay un solo partido: el Wall Street Party. Las diferencias entre republicanos y demócratas son marginales. No hacen al fondo de la cuestión. Puede haber un sistema de partido único más democrático que un sistema bipartidario o multipartidario. Cuba tiene algunos rasgos de democracia radical muy fuerte: es uno de los únicos países del mundo donde los candidatos a los cargos electivos de la Asamblea Nacional surgen de las instancias territoriales (barrio o lugar de trabajo). En Cuba el partido Comunista no puede presentar candidatos. Puede el barrio elegir a alguien del partido, pero puede también que no. De hecho, más de una tercera parte de los asambleístas no eran miembros del PC Cubano. Es muy importante porque da un control muy fuerte sobre el representante. ¿A quién le voy a reclamar yo si se derrumba un edificio como consecuencia de corrupción? También hay gastos enormes en la campaña en Estados Unidos y en los Estados capitalistas que recortan las posibilidades de ser electo. Las versiones más optimistas dicen que la campaña de Obama costó un billón de dólares. Las menos, el triple.

-Cuba está actualmente realizando reformas económicas. ¿Qué opinión le despiertan?
-Tiene que hacer reformas porque el sistema antiguo está agotado. Yo creo que las debería haber hecho hace unos cuantos años. Debería haber avanzado más rápidamente a otra forma de organización económica social. Ahora tiene que ir muy rápido porque le está costando mucho funcionar. Tiene que eliminar formas estatizadas de actividades económicas que eran absurdas, por ejemplo, la barbería o la producción de vestidos de novia. Yo lo decía en Cuba: “¿en qué parte de El Capital de Karl Marx, dice que el Estado tiene que tener en sus manos absolutamente todas las actividades económicas?”. El pueblo cubano tiene una gran capacidad creativa, entonces yo creo que van a superar los obstáculos.

-¿Estas reformas pueden llegar a generar acumulación?
-Existe acumulación de dinero importante porque a pesar de los bajos salarios, los cubanos no gastan nada: la comida la dan en el trabajo, alquiler no existe, lo que pagan por luz o gas es mínimo. Me parece que hay una capacidad de compra muy fuerte en Cuba. En los últimos 10 años hubo un proceso importante de acumulación. Fidel le tiene miedo, cree que puede ser el inicio a una vuelta al capitalismo. Yo creo respetuosamente que no. Hay un Estado cubano muy fuerte capaz de controlarlo y de evitar la creación de una burguesía que ponga en jaque a la Revolución. Estados Unidos quiere aportar a eso, pero no lo va a conseguir. Con estas reformas, Cuba va a conseguir galvanizar un apoyo mucho mayor de la población cuyas críticas fundamentales se dirigen a lo económico.

Foto: Mariano Frisoli.

“Instalemos en la agenda continental la necesidad de educación pública y gratuita”

Jóvenes de Colombia y Chile se cansaron de querer ser estudiantes y no poder. A ellos les toca hoy estar en Buenos Aires para seguir sus carreras, y aca se juntan para luchar en contra de que la educación se convierta en una herramienta al servicio de las empresas y el mercado.

Fotos: Vanesa Olea Martinez

Se cansaron de enfrentarse a la resignación y ahora enfrentan cotidianamente a la policía cuando marchan y no los dejan, cuando quieren salir a marchar y antes de concentrarse los detienen. El presidente cafetero Juan Manuel Santos pretende modificar la ley de educación superior y promover el mercado de la educación superior, obligando a las universidades públicas a comportarse como agentes del mercado. En Chile, el pingüinazo del 2006 poco pudo hacer frente a la mercantilización de la educación en todos sus niveles.

Chilenos y colombianos, pero también latinoamericanos en general, se reúnen ahora en asambleas de Buenos Aires y La Platabajo el rótulo de estudiantes exiliados por la educación, sobre la base firme de la convicción de no dejar solos a sus pares y ser capaces de ver lo que está pasando en términos políticos y sociales más allá de los fronteras. Pablo, uno de ellos, comenta: “Si bien principalmente lo que nos motiva son las movilizaciones, allá en Chile con respecto a la educación, la idea es ir ampliando ese espectro de trabajo hacia otros temas, los trabajadores por ejemplo”.

Además se movilizan con agrupaciones de estudiantes porteños. Marchan del Obelisco a Plaza de Mayo, hacen peñas, documentales y cine debate. En la última movilización del año, agrupaciones estudiantiles de izquierda los apoyaron. 29 de Mayo, La Mella, Libres del Sur siguieron a la bandera América latina unida y en lucha por una educación al servicio de los pueblos.

Al principio, cada estudiante chileno en Argentina pensaba que lo suyo era un auto-exilio individual, pero cuando se dieron cuenta de que no eran casos aislados, lo denominaron exiliados por la educación.

 “Queremos instalar en la agenda continental la necesidad de una educación pública y gratuita”, gritan en el Obelisco. “La educación y el conocimiento, que deberían ser un ente liberador, se han convertido en una herramienta al servicio de los intereses de las grandes empresas y el mercado, reproduciendo con esto las desigualdades sociales y económicas, que se agudizan aumentando la brecha entre ricos y pobres”, leen cuando llegan a Plaza de Mayo. “No se trata de compañeros chilenos o argentinos, ni de mayores o menores, sino de construir sociedad, de volver a acercarnos y conocernos. El capitalismo salvaje y el neoliberalismo logró perfectamente alejarnos y que cada uno piense solo en sus intereses”, resume Alejandro, otro chileno exiliado por la educación, días después en la Taberna Popular Vasca del barrio de Monserrat.

 “Mi mamá también vino a Buenos Aires a estudiar 60 años atrás”, piensa una chica mientras camina por Diagonal Norte y dice: “Venimos a Argentina para educarnos. En Chile tenemos que pagar, y no podemos”. “Somos los excluidos de la educación chilena”, salta en un cartel. Otro: “La educación en Chile es un derecho de todos”. “La educación gratuita te permite también trabajar sin preocuparte por tener que pagar la universidad. La educación en Chile no me permite estar con mi gente”, agrega otra chilena mientras para y mira a su alrededor a dos colombianos, uno brasilero, varios argentinos sosteniendo banderas. Repite de cámara en cámara y grabador en grabador: “Si bienla Constitución Argentinamenciona el derecho a la educación a todos los habitantes, nos encontramos con que muchos compañeros no pueden estudiar porque tienen que laburar, porque tienen que poder comer, porque tienen que hacer un montón de otras cosas, la universidad no te garantiza ciertas condiciones mínimas para poder estar acá: el tema de la movilización, la alimentación, la biblioteca, los apuntes”.

Alejandro, en la Taberna Popular Vasca, sigue: “Hay un discurso hegemónico que dice que acá la educación argentina es gratuita, laica y pública. Pero nosotros nos damos cuenta que no está al servicio del pueblo. Yo tengo compañeros de clase media y alta. No hay hijos de villeros. En Chile compañeros míos no quieren el modelo argentino, sino uno que también incluya al pueblo. Aquí no está el problema resuelto. El problema, para él, es el lucro en la educación. Por eso, en las asambleas de La Plata y Capital funcionan talleres de mercantilización. “Yo quiero estudiar aquí para volver a Chile y contarles a mis compañeros que la educación gratuita es posible”, agrega.

Del otro lado de la cordillera no pierden tiempo. Se reúnen a dialogar con el gobierno para presentar sus exigencias, y mientras siguen ocupando los establecimientos: “Con sentarse a hablar con el gobierno no vamos a sacar nada porque no nos quieren dar nada”critica profundo Alejandro. “Lo que queremos nosotros como asamblea es que esta conciencia que tiene el pueblo chileno no la canalicemos en un plebiscito o un diálogo con el gobierno porque esa es la estrategia de la burguesía. Queremos que se siga construyendo poder popular y consciencia. No podemos parar el movimiento con esta democracia tan entre comillas”, sigue. Maximiliano, compañero, suma: “Piñera no es un político, es un empresario. Su elección no nos desagradó. El capitalismo va a caer por sus mismas contradicciones.La Concertación aplacó las diferencias. Durante veinte años durmió a la gente en Chile. Las cosechas de los ‘90, del 2006 y la actual tiene que tener frutos revolucionarios que no sigan la lógica de la democracia burguesa”.

En Plaza de Mayo, Buenos Aires, Argentina concluyen pensando en cada uno de sus países natales, en cada uno de sus vecinos latinoamericanos: la educación no debe buscar solo encontrar una salida laboral, sino ser algo fundamental en la conformación de las bases de una sociedad, la que actualmente está siendo corrompida por el poder empresario neoliberal.

“Es más fácil hacer una Revolución y fusilar a los enemigos”

Un solo llamado alcanza para estar dentro de la Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia. “Este es un edificio señorial, no nos hallamos en él. Ya no lo visitan solo personas de traje, aquí nos reunimos con los movimientos sociales. Este salón se llamaba ‘de los espejos’, pero lo hemos rebautizado como ‘de los movimientos sociales’. Y donde había espejos vamos a poner cuadros de los movimientos”, cuenta Juan Carlos Pinto. Algo, parece, está cambiando en Bolivia.

Juan Carlos es, antes que nada, un militante. Fue compañero de colegio en Cochabamba de Álvaro García Linera, el vicepresidente boliviano, y desde allí lo acompaña. Juntos estudiaron en México, en los años 80, cuando la guerrilla era un auge en todo Latinoamérica y existía una permanente inmigración de cuadros rumbo a ese país como frente de refugio. Allí, Pinto estudió sociología y García Linera, matemática. Sumado a sus carreras universitarias, ambos se formaron política e intelectualmente. Armaron un grupo de discusión y de intercambio de experiencias junto a otros bolivianos, dos argentinos exiliados del ERP, un peruano de Sendero Luminoso y dos salvadoreños del FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional), experiencia que les hizo entender lo alejados que estaban de lo que pasaba en su país. Y se empezaron a vincular con el frente externo salvadoreño. Junto con los mexicanos y mexicanas que participaban empezaron a actuar como grupo de reflexión y de acción. El grupo, luego, se disolvió y en 1984 los bolivianos asumieron la necesidad de volver. “Éramos generacionalmente distintos y también con experiencias de izquierda distinta en el tema de la lucha armada. Teóricamente nosotros pensábamos en una alternativa así, pero nuestros compañeros ya lo habían vivido. Empezamos a regresar de a poco”, explica Juan Carlos. La idea inicial fue vincularse con la organización sindical, las campesinas y las mineras. ¨Pocos, pero bien distribuidos¨ era la consigna. Recogiendo las cenizas del Ejército de Liberación Nacional del Che y la politización histórica que había tenido Bolivia, con la Revolución del 52. Pero con una novedad, que mucho tiene que ver en este proceso de cambio que vive hoy Bolivia: “No pudimos encontrar un espacio político sino hasta encontrar acá en La Paz relación con el Movimiento Indio Tupac Katari, la primera organización india que surgió en los años 60 –relata Pinto mientras masca unas cuantas hojas de coca- bajo la inspiración de Fausto Reinaga, un ideólogo indianista, indio e indianista. El movimiento indianista es creado por los indios, el movimiento indigenista es creado por mestizos que hacen discurso para los indios. Pero la visión indianista es la que nace en Bolivia”.

-¿Cuál es esa visión indianista?

-Tiene la característica de ser un movimiento de indios profundamente identificados con sus raíces, reivindicando la historia y su proyecto político. Nace en el año 68. Primero es un movimiento clandestino que va creciendo en el sector aymara. La región de Oruro es más bien aymara, que es el sector donde nació Evo aunque él migró hacia la zona quechua, la zona cocalera del Chapare. En la zona aymara es donde más profundamente existe esta identidad como discurso político, algo que no ocurre en la zona Quechua, donde más allá de su identificación no logran generar una identidad sino que hay más bien un proceso de mestización, se van acostumbrando a la bolivianidad de los departamentos. Entonces nuestra vinculación con Felipe Quispe (líder indígena) y su movimiento fue un poco el  entronque central. Nosotros éramos un eje clasemediero que recién se sumaba a las rieles políticas pero con una convicción, que era vincularnos al movimiento indio aquí. Y también empezamos a generar células mineras, que fue siempre un sector de vanguardia. Todos los partidos de izquierda tenían cuadros mineros, el Partido Obrero Revolucionario se convirtió su la columna central, que condecía con el discurso marxista pero no logró encontrar la alianza campesina porque no la entendían, porque se separaron de ella aunque ese era su origen. Se diferenciaban. La vanguardia minera fue masacrada y perseguida mientras los campesinos los miraban como diciendo qué ocurre. Para ellos era una historia paralela. Los campesinos eran cooptados por los populistas, porque no había una preocupación por su organización ya que no entendían su identidad. No es hablar de campesinos, tú tienes que hablar de una identidad indígena. Y nosotros invitamos justamente a una reflexión a partir de cuáles son los sectores de vanguardia del país que van a hacer historia y producir la Revolución socialista.

-¿Cuáles eran entonces?

-La vanguardia minera lo era, por supuesto. Pero no sin esta identidad india, que es la raíz más profunda que tenemos, antes de que exista esto. Por eso, Aymaras y mineros eran nuestra opción política. Y ahí estrechamos raíces. Generamos una corriente indianista que empezase a proclamar la lucha armada para generar la Revolución socialista. Habíamos logrado fusionar en el discurso el socialismo minero de izquierda con la mirada de los Aymara, es decir desde el origen. E intentamos hacer un debate con esa izquierda que no pasaba del manifiesto. Empezamos a publicar por nuestra cuenta algunos documentos donde participaron muchos de los intelectuales con los que habíamos estado en México. Publicamos textos inéditos de Marx donde hablaba de interpretar o de entender la comunidad como un paso directo al comunismo, y no como una necesidad disolverlos y generar una sociedad burguesa para después pasar a la socialista. Marx había discutido eso ya, pero el estalinismo ya había sepultado esas teorías. Entonces lo reivindicamos y empezamos a entrar en debate con la izquierda, que no le interesaba discutir de izquierda sino humanizar el neoliberalismo, y ahí terminaba su horizonte político.

Así, a cinco años de haber regresado ese puñado de intelectuales desde México se había formado el Ejército Guerillero Tupac Katari, la guerrilla que más duró en la historia boliviana. Fueron tres años de activismo, que se frustraron cuando cayeron presos al intentar comprar armas para pasar a una nueva etapa. Los 12 cabecillas –García Linera y Pinto entre ellos- estuvieron en cárceles distintas cinco años. Los 200 militantes que tenía el EGTK quedaron a la deriva y sin recursos. Las células se esfumaron, se quedaron estancadas a mediados de los 90. Hoy, más de 15 años después, la bandera del EGTK aparece en la oficina de la vicepresidencia donde nos atiende Juan Carlos Pinto. Y muchos activistas de ese entonces son parte de este gobierno que encabeza Juan Evo Morales Ayma desde 2005. Algo, definitivamente, está cambiando en Bolivia.

– ¿Que haya muchos militantes que en esos años fueron torturados y presos y hoy son parte del gobierno genera una tensión con las fuerzas armadas y la policía?

-Nosotros, con nuestra experiencia, no somos ningunos ingenuos. Que algunos lo quieran creer, es otro tema. El ejército está para sostener una determinada correlación de fuerzas y un determinado poder. Cuanto más poder tengan los pobres, el ejército asume ese poder porque la correlación va a en ese sentido. No por convicción. Y así ha lavado su imagen. Sin duda tiene un papel más democrático, más allá de que institucionalmente tenga otra raíz histórica y los mandos son mandos de elite que tienen una determinada formación por la que van a atender mucho más los mandados del imperialismo. Pero tratamos de jugar con la correlación democrática que tenemos. En este país durante mucho tiempo la policía y el ejército han tenido en su sistema de inteligencia un interés directo de la embajada norteamericana. Este proceso de cambio ha desmantelado todo el sistema de inteligencia. La embajada ha desarticulado ese sistema de escuchas y lo ha hecho paralelo. Hoy no sabemos cuál es el nivel de inteligencia paralela que existe, nosotros no terminamos de armar un sistema de inteligencia de Estado. Estamos aprendiendo a ser Estado, y ellos tienen un sistema de inteligencia paralelo que los prepara, los avizora. No es nada fácil, porque en democracia tú tienes las manos atadas: sabes quién es el enemigo pero tienes que respetarlo, entonces es todo más complicado. Es más fácil hacer una Revolución y fusilar a los enemigos que sabes que en el momento menos pensado te va a clavar por la espalda que convivir con ellos.

-El MAS ya lleva 6 años de gobierno. ¿Se puede decir que tiene el poder en Bolivia o hay muchos poderes históricos concentrados que siguen mandando?

-Tienes la embajada norteamericana y los medios de comunicación, que abiertamente generan una oposición. Ahora, también la Iglesia. Sin embargo, este proceso con el liderazgo que tenemos ha generado un encantamiento con el campo, donde no llegan los medios de comunicación. La gente sí ve al presidente, sí ve una transformación, que no es tan grande porque tampoco tenemos demasiados recursos, pero por primera vez estamos repartiendo los recursos a los que nunca tuvieron. Si antes se había generado una alianza con las organizaciones sociales para generar una Constitución para el cambio, con la que finalmente se rubricó el proceso de transformación, hoy dirigimos esa fuerza hacia la aplicación de esa Constitución, hacia la convivencia democrática de los diversos pueblos. Pero políticamente, y eso lo seguimos discutiendo hasta ahora, el horizonte es mayor. No buscamos construir una tarea atrasada, como es constituirnos como Estado Nacional, o hacer una democracia de iguales. Queremos hacer una Revolución socialista, ese es nuestro horizonte. Y finalmente entender, y esa es nuestra interpretación, que este socialismo de años que existe en nuestras comunidades es la base del comunismo. Para algunos es comunitarismo, pero no estamos desligados de la teoría y la perspectiva mundial de la transformación, en el sentido de los clásicos, pero lo vamos a hacer a nuestra manera.

-¿Este proceso que se está dando en Bolivia, lo ve reflejado en otros lugares de Sudamerica?

-De diferentes maneras. En Venezuela, pese a que la oposición pretende meternos en el mismo saco, hay procesos diferentes. Hay un nivel que hay que reflexionar, que es el tema del liderazgo. Cada una de nuestras revoluciones en Latinoamérica tiene un liderazgo, y a veces el peso del líder es demasiado fuerte. En el caso boliviano el líder está sentado sobre movimientos sociales que históricamente han existido, y que lo van a condenar si los traiciona. En el caso de Venezuela, el movimiento social se genera de arriba hacia abajo. Es más verticalista. Aquí donde veas hay movimientos sociales, hay organizaciones, hay posibilidad de que esa democracia comunitaria florezca. Pero también está la tentación que se da desde el poder para la construcción del Estado plurinacional. Las organizaciones sociales son quienes han gestado la posibilidad de este cambio, de llegar a que el Estado sea su instrumento.

Como vos y muchos de los que integran el gobierno boliviano, hay militantes de los 70 y 80 que hoy son los encargados de conducir a su país en toda Latinoamérica. ¿Qué te significa a vos como parte de esa generación?

-¡Que estamos viejos! (ríe). Pero al mismo tiempo que hemos vivido para ver el inicio del proceso. Y por eso apostamos nuestra vida a eso. Te das cuenta de que es el inicio de algo que hay que meterle demasiado todavía. Que más allá de esta idea romántica de la Revolución y de la transformación comunista que es parte de nuestro sueño, el camino es tortuoso. Hay militante que se corrompe, gente pobre que en vez de asumir un compromiso colectivo asume una salvación individual, en el sentido de llevarse lo más que pueda del Estado para su familia. La pobreza genera también miseria, miseria humana. Eso te ayuda a ver la experiencia, trabajamos con seres humanos que han sido aplastados por el capitalismo y hoy algunos de ellos asumen como nuevos portadores del poder. Y ese es el gran peligro: que no sean los reproductores del sistema por falta de poner énfasis en algo que es fundamental, que es la formación de cuadros político que sostengan el proceso revolucionario. Necesitamos que el Estado sea nuestro, pero más que la Revolución funcione. Acá, por ejemplo, tenemos de 315 alcaldías que hay en el país, 230 ganadas. Más de 2/3 del país bajo el poder del MAS. Y seguramente muchas de esas alcaldías van a caer en la corrupción por las confrontaciones internas entre compañeros, porque no existe una formación política que permita unificar el horizonte.

-¿Más allá de la buena relación que existe entre los gobiernos, ve alguna similitud entre este proceso y el que se vive en Argentina?

-Tenemos historias paralelas, más allá de que ahora Argentina ha pisado el suelo de ser parte de este continente. No pensarse del primer mundo, como han soñado siempre. Ambos países tenemos también tradiciones populistas que han hecho raíz en mucha de la identidad política, aunque mucho más en Argentina. De la ultraizquierda a la ultraderecha, son todos peronistas allí. Y el cambio se mueve de peronismo menos a peronismo más. El discurso del nacionalismo revolucionario aquí nunca logró incorporar a los sectores populares e indígenas, entonces se quebró más rápido la ilusión nacionalista de que se iba a generar una burguesía nacional. En cambio en Argentina han generado una burguesía que asumió como papel construir un Estado y una identidad. Generó un discurso y una ideología, por eso es un buen ejemplo de una sociedad con una cintura muy ancha de clase media, que reproduce el discurso de los medios de comunicación muy fácilmente. En cambio aquí tenemos una cintura estrecha y una base muy amplia del sector popular. La clase media que ha estado entre la derecha y la izquierda ha tenido mucha relación con las clases altas pero muy poca con las populares. En cambio en Argentina creo que ha habido una permeabilidad mayor en ese sentido. Entonces no son tan grandes las distancias de clases como aquí, ni las diferencias que se han tejido. Puedes tener a alguien blanco y pobre. Aquí es muy difícil. Aquí es indio o negro, y pobre. Otro papel que se ha jugado y por eso nuestras sociedades son tan dinámicas es el tema de la migración. Sabemos que los bolivianos y paraguayos en la Argentina son el último eslabón dentro de la sociedad…

-Lo vimos hace poco con la xenofobia por las tomas del Parque Indoamericano. ¿Cómo se vivió eso en Bolivia?

-Fue evidenciar algo que era conocido. Nuestros compatriotas habían migrado a sufrir las consecuencias de la migración y la explotación allá. Nadie desconoce que son explotados en los talleres, en el campo. E incluso hay involucrados compatriotas como intermediarios y reproductores de ese sistema. Pero también puso en evidencia el hecho de que hay una sociedad argentina que reacciona rápidamente a algo que históricamente habían negado: ¿Quiénes son parte de este continente? ¿Quiénes son los propietarios? Ese es un debate que han obviado en la Argentina a través a la migración y la constitución del Estado. Les han hecho olvidar que se han montado sobre una expulsión masiva y un extermino de otros que vivían allí. Y lo curioso es que algunos todavía viven allí, algunos sectores indígenas hay. Y los que migran, los bolivianos que migran, son parte de esa identidad de este continente. Todos somos parte de esta raíz. Es parte de lo que nosotros queremos contribuir a la reflexión continental. Lo que pasó en este continente no puede ser olvidado. Entiendo que hay mucha migración en la Argentina pero están sentados sobre raíces que eran de todos. Ese debe ser un tema también de la izquierda. Reconozco que hay un cambio importante en la Argentina respecto a lo que les ha tocado vivir, pero va a llegar un momento en el que las confrontaciones van a agudizarse. Si no ha saltado hasta ahora es porque la correlación de los que siguen siendo poderosos prefieren mantenerla ahí.