La dignidad lustra boliviana

Desde La Paz, Bolivia, se cuela un mensaje de integridad, valor y respeto. Los lustrabotas se organizan para escribir un periódico que refleja los esfuerzos de cada uno de sus días. Se demuestran a si mismos y toda la sociedad que cada trabajo tiene su dignidad de trabajo.

Foto: Nos Digital.

La Paz te recibe dura. Te reclama esfuerzos extraños para desplazarte, paso por paso. A  3650 metros sobre el nivel del mar las pendientes ascendentes atentan hasta contra esos que se creen príncipes del fitness. La Paz es ruido y desorden; a cada recoveco de calma lo saturan puestos sobre las veredas que forman ferias en donde se lo propongan y muchachos a gritos invitando a subir a cada buseta, transporte público básico.

La Paz te recibe calurosa más allá de un frío que se cree invernal también en verano. Te acompaña esa convicción de encontrarte en la capital del país que mayores conquistas sociales ha conseguido en los últimos cinco años. La Paz es movimiento y usanza. Cada noche, cuando los puestos comerciales se han guardado ya, te devuelve una imagen distinta de cada esquina diurna que creías conocer tan bien.

Salir del mercado de Lanza, uno de los más grandes de la ciudad, colarse entre la exagerada multitud para cruzar la San Francisco por un puente moderno y colorido para llegar a la Comercio, peatonal que a las pocas cuadras desemboca en la plaza central, la Murillo. Esquivando puestos de “todo lo que quieras” y algún músico callejero argentino, unos metros más y me junto con Cristian. Habla poco, tiene que volver a trabajar, le robo unos minutos. Remolcando cada una de sus respuestas, arrancamos una charla que de seguro tiene mucho más valor para mí que para él.

Va de irremovible pasamontañas azul, jogging y campera, con una caja de madera de donde surgen ruidos a metal cuando caminamos hasta un cordón que nos servirá de discreto asiento. Cristian es un lustrabotas de veinte años que conocí hace unos diez minutos ahí mismo. Es uno de esos anónimos que todos los días recorren las calles del centro trabajando. Siempre llevan el rostro tapado. Casi una ley. “Hace cuatro años ya estoy. Antes trabajaba de campo. Sí, en el campo. Aquí, más tranquilo. Esto me da comida, me da ropita, para eso está esto. Dignidad de trabajo”. Repite estas tres últimas palabras al final, como convenciéndose por enésima vez: “Dignidad de trabajo”.

Laburan y laburan. Esforzándonos los dos, entrevistado y entrevistador, capturamos sus palabras en ese grabador al que tanto mira Cristian chequeando cuánto llevamos grabando: “Trabajando, estudiando, triunfando en la vida”. “Empiezo, digamos a las ocho, hasta cinco y media, seis. A la noche también estudio, terminando el colegio para entrar en la universidad, para medicina”. “Yo compré la caja, pero hay también para alquilar, todo completo por cuatro o cinco bolivianos. Y cada día hay que comprar cremas”.

La pregunta por la cara cubierta no podía tardar en llegar, está claro que es el distintivo general de los lustrabotas paceños, que se ha convertido en una suerte de emblema. Respuesta sencilla: “Es porque el olor de la crema afecta, y también como una imagen”.

Unos días antes, también por las calles del centro de La Paz, me crucé con Fabián, un lustra de diez años. Aunque con pocas ganas de hablar, me vendió por cuatro bolivianos ($2,50 pesos argentinos) el último ejemplar de Hormigón Armado, el número 34. Se trata del periódico cultural de los lustrabotas que se viene publicando bimestralmente desde noviembre de 2005. El trabajo en la confección del Hormigón es voluntario, mientras para que un lustra pueda también ser un hormigón, o sea poder distribuirlo y hacerse con el dinero de la venta, están obligados a concurrir a talleres sobre alcoholismo, derechos humanos y educación sexual, entre otros. Todos los ingresos que genera por venta y publicidad se vuelcan en forma directa e indirecta –mediante los diferentes talleres- a los hormigones que los venden.

No hay edad que restrinja la posibilidad de trabajar lustrando zapatos, me lo cuenta, en medio de La Murillo, Jaime de El Alto con treinta y cuatro años. Sorprende con un amague a sacarse el pasamontañas, pero se conforma con descubrirse tan solo la boca para hablar más cómodo. Él es quién me explica que lo del diario está organizado solo por una de las asociaciones que los nuclea. “A veces voy, a veces no. Los menores de edad reciben del periódico, los mayores ya no”.

“Los hormigones trabajaron duro intentando comprender mejor los derechos humanos especialmente lo referido a su propio trabajo, porque aunque queramos con todo nuestro ser no ver un niño o niña trabajando en la calle, la realidad es que aún este sueño como país no se ha logrado alcanzar. Por ello, nosotros abogamos porque nuestros niños sean respetados y puedan desarrollar su trabajo protegidos por la sociedad, por todos nosotros.” (Fragmento extraído de la Editorial de Hormigón Armado del número de enero y febrero 2012).

Los proyectos a largo plazo no nublan las necesidades más urgentes. Cada hormigón que retorne a la escuela será siempre una conquista estupenda. La idea más grande del proyecto va en paralelo por un doble camino hacia una única construcción: la formación y consolidación del valor de la dignidad como persona a través de su trabajo, de cada uno de los lustras que patean y patean las calles cada día con su caja de madera a cuestas. Para esto es necesario la convicción sobre la noción de decencia de la propia ocupación; y, de la misma forma, que la sociedad adopte una representación positiva sobre los lustrabotas y su capacidad de ganarse la vida trabajando dignamente.

Democracia antes que independencia

Primera entrega de Revoluciones en la preindependencia americana. América del Sur, Alto Perú, actual Bolivia: cómo desde el pequeño poblado de Caquiaviri, los oprimidos por la colonia se hicieron con el poder para instaurar un nuevo orden centrado en una democracia directa cuarenta y ocho años antes de la declaración de la Independencia boliviana.

Las independencias de las colonias americanas a lo largo del siglo XIX no fue sino la conclusión de un proceso mucho más amplio de rechazo, crítica y violencia colectiva contra el poder colonial, motivadas tanto por las propias elites criollas como por las comunidades indígenas desde los inicios mismos del siglo anterior. Las insurrecciones de Tupak Amaru y Tupak Katari fueron las más amplias y aquellas que generaron un mayor desafío al Imperio español. Así recorreremos de Sur a Norte a lo largo de los siguientes tres números, revelando el accionar de los proyectos anticoloniales en la previa de las independencias, que pese a haber sido derrotados, alimentaron el fuego emancipador que habría de arrasar all dominio europeo sobre el continente americano.

Quien visite La Paz y por cuestiones del destino se le dé por preguntar por Caquiaviri, le indicarán  un pequeño municipio de la provincia de Pecajes, con solo doce mil habitantes y un típico paisaje andino: aire seco, algo de vegetación y cultivos de altura. Sin embargo, tres siglos atrás esta comunidad se conformó como el centro de una insurrección con varios meses de duración, que iba a generar uno de los proyectos anticoloniales de mayor complejidad y alcance. Allí se sucedieron desafíos como nunca antes habían transcurrido en la región.

El domingo 2 de noviembre de 1771 criollos, españoles y miembros de la elite indígena salieron armados y con sus caballos de Caquiaviri hacia el pequeño pueblo de Jesús de Machaca listos para encabezar la represión sobre los campesinos del día anterior. Levantándose contra los gobernadores, exigían el fin del maltrato y la explotación que sufrían cotidianamente: altos impuestos, prestaciones de trabajo ilegales, violencia física y demás. Al llegar la noche, los jinetes se enteraron que los insurrectos los esperaban prestos para entrar en combate y defender lo suyo,  por lo que aplazaron sus planes y dieron media vuelta para retornar a sus hogares, que lejos de lo que suponían, no iban a ser un lugar seguro.

Entretanto, ¿qué sucedía en Caquiaviri? Los nativos se habían reunido para discutir la situación, entendiendo que los habían puesto en una situación incómoda: si no hacían nada, sus pares de Jesús de Machaca iban a ser vencidos, pero apoyarlos significaba tomar las armas y aceptar el enfrentamiento con los funcionarios. Así, la multitud decidió por primera vez, no solo levantarse contra el poder colonial local sino también llevar a cabo una tarea nunca antes realizada desde la llegada de los europeos: gobernar.

Era el momento de tomar la iniciativa. Sin armas más que herramientas de labranza y hondas, se apostaron en las puertas de la ciudad, aguardando la llegada de los incrédulos jinetes. Sus familias ya estaban siendo notificadas de los cambios que empezarían a darse por esas tierras. Y regresó el contingente, sin encontrar el descanso más que en cuando fueron puesto bajo las rejas. El mismo destino le correspondió a cada funcionario, al cacique y a todo aquel que trabajase para amparar el poder español. Ni los ruegos del cura local por retomar la calma sirvieron. La decisión era firme, y ni aquél Dios cristiano ni sus representantes en la Tierra pudieron impedirlo.

Si uno buscase los líderes del movimiento, tendría que señalar a cada uno de los pobladores. Tal como escribiese el historiador subalterno Sinclair Thompson, “los asesinatos, la violencia y las amenazas de castigo extremo no fueron repentinos y espontáneos impulsos de una masa alzada (…). Por el contrario, durante los días de la toma de poder por parte de los indios, los distintos caminos de acción tomados por los comuneros fueron escogidos tras asambleas comunales y deliberaciones colectivas. En este sentido, podemos considerar los asesinatos, la violencia y las amenazas como parte de una orientación o proyecto político radical que conscientemente se imaginaba la eliminación o aniquilación de los rasgos más significativos de la dominación colonial”[1].

Entonces, ya se nos hacen visibles los caminos escogidos para recorrer la eliminación del modelo colonial y con el objetivo de crear un nuevo orden: el encarcelamiento de las elites y los gobernantes tanto hispánicos como indígenas marcaban su oposición a la estructura política de dominación, sustituyéndola por una democracia directa. Luego, aislando e ignorando al párroco local, quitaron las bases de la dominación ideológica.

En sus proclamas afirmaban que caídos sus gobernantes “ahora eran todos vasallos del rey”[2]. Esto implicaba su respuesta a un tercer problema: la posición de los individuos ante la ley. La sociedad colonial americana estaba dividida en dos repúblicas, una de Indios y otra de españoles, cada cual con sus deberes y derechos. Los primeros considerados como inferiores y sujetos al poder de los segundos. Frente a esto los pobladores declararon que desde ese momento todos se considerarían iguales entre sí y la forma de materializar este cambio fue sin dudas fascinante por su creatividad: todos los españoles y criollos fueron liberados de la cárcel y obligados a vestirse con las ropas tradicionales indígenas. Luego debieron jurar “mancomunidad” frente a todos los habitantes aceptando la igualdad y el gobierno comunal. Entonces una vez que culminado este ritual, las elites fueron reincorporadas a Caquiaviri, pero ya ahora como iguales. El proyecto social ya estaba gestado.

El final de esta empresa fue menos épica que lo que intentaron construir. Al poco tiempo las autoridades españolas, con la espada bajo el brazo desactivaron la movilización, retornando el orden en aquel perdido paraje andino. Pero sin contar con este triste desenlace, lo sucedido en Caquiaviri demuestra cómo cuestiones que fueron planteadas y solucionadas durante el período post-independencias, también estaban en las mentes de los propios campesinos y en el alma de cada insurrección y toma del poder varias décadas antes. Cuestiones como el poder eclesiástico, la igualdad ante la ley y la forma de gobierno fueron resueltas de modo muy complejo y satisfactorio por la comunidad de Caquiaviri, quien, en su leve lapso de vida independiente aportó su piedra fundacional en la construcción de un nuevo orden social posible.


[1] Thompson, Sinclair, “Cuando solo reinasen los indios”, Argumentos, enero-abril, vol 19, número 50, UAM. Pp. 34

[2] Ídem Thompson, Pp. 39