La batalla del periodista contra el escritor

Cuando a Sergio Olguín le preguntan de qué trabaja, pone que es periodista. Ya tiene cuatro novelas y muchos adictos, pero no termina de alejarse de las redacciones. Su último y su próximo trabajo hablan de la vida del hombre dedicado a la prensa. ¿Se puede ser las dos cosas? “Si a mí me dicen que mi escritura literaria es periodística lo veo como un halago”, analiza.

Yo soy muy vago, se define Sergio Olguín, sentado en una mesa de un café de Balvanera. Parece un adjetivo injusto para un hombre que a los 46 años editó cuatro libros de cuentos, publicó tres narraciones juveniles –El equipo de los sueños, Springfield y Cómo cocinar un plato volador-, cuatro novelas –Filo, Lanús, Oscura monótona sangre y La fragilidad de los cuerpos- y que acaba de ponerle el punto final a lo que será su quinta novela, una continuación de la última, otra vez con Verónica Rozenthal, una periodista treintañera, como protagonista. “Me divertí muchísimo haciendo que Verónica se pareciera a mí en cuanto a su concepción del periodismo. Me pareció –explica Olguín, mientras disfruta del último cortado porteño antes de viajar a Frankfurt, Alemania, para participar de la Feria del Libro- que estaba bueno que cargara en ella muchas cosas de las que yo pienso de cómo ejercer el oficio. Eso fue configurando la personalidad de ella en cuanto a lo profesional. Y con su editora, Patricia Beltrán, me identifico más, porque es una periodista de mi edad, cansada del trabajo, descreída de lo que es el periodismo”.

– ¿Y quedan Verónicas en el periodismo?

Fotos: NosDigital.
Fotos: NosDigital.

-Cuando uno entra en el periodismo lo hace pensando que no es un simple oficio. Sino que tenés la posibilidad de decir cosas: qué está mal, remarcar lo que está bien. Hay una cuestión bastante romántica cuando uno empieza a trabajar o a estudiar para ser periodista. Después te das cuenta de que no es tan así, que no siempre podés decir lo que querés. Incluso en los medios más libres, tenés algún tipo de limitación. Y eso también hace al trabajo de periodista. Que no es como el de un oficinista, pero sí tiene mucho de rutinario. No está en el origen cuando uno se plantea hacer periodismo, pero ocurre. Sí hay muchas Verónicas en el comienzo del trabajo, cuando uno empieza a ser periodista cree en esos valores de investigar, encontrar la verdad, la justicia. Con los años se vuelve más cínico y mira todo con más desconfianza.

“Una buena razón para dedicarse al periodismo gráfico es que no hay que madrugar”, escribe Olguín en la primera línea de La fragilidad de los cuerpos. Después de casi treinta años de ejercer el violento oficio de escribir, se animó a hacer girar su novela alrededor de ese oficio que ahora pretende abandonar para dedicarse con exclusividad a la ficción. Aunque le cueste: “Pero es el día de hoy que cuando tengo que llenar una ficha con mi profesión, pongo periodista. Me parece más comprobable. Periodista es alguien que hace periodismo. Si ponés escritor, tenés que poner bueno o malo, algún detalle más. Aunque también hay periodistas malos”. A Olguín, de todos modos, lo que parece haberlo aburrido del periodismo es la rutina. No la realidad, que tiene lugar en cada una de sus novelas (http://www.nosdigital.com.ar/2011/09/prefiero-escribir-sobre-los-problemas-del-gran-buenos-aires-que-sobre-suiza/). “A veces es más fácil tomar una historia de la realidad y a partir de ahí inventar un montón de consecuencias que inventarse toda una historia directamente. Ya que la realidad –define- tiene como una de sus pocas virtudes regalarme historias todo el tiempo prefiero recurrir a esas historias para inventar el resto. Es algo que me funciona, lo que no significa que dependa de la realidad para escribir mis ficciones. Mis ficciones dependen de un universo encerrado en sí mismo que es el texto”. Esa novela que acaba de terminar, que será publicada el año que viene como la continuación de La fragilidad de los cuerpos, también se enmarca en esa misma realidad. “Es Verónica de nuevo, pero no tiene que ver con los trenes. Hay muchos personajes que se repiten, pero ella está de vacaciones en Tucumán. Es una investigación periodística sobre un caso parecido al de las turistas francesas asesinadas en Salta”, adelanta.

-Tus libros casi siempre tienen una impronta policial. ¿Te camina distinto la cabeza cuando te sentás a escribir una nota periodística que una novela?

-Son dos cosas distintas, con fuerte influencia. Cuando escribís periodismo, usas tus estrategias literarias. Y al revés, también. Yo trabajo, por ejemplo, con un mundo imaginario de entregas. Todos los días me impongo entregar determinada cantidad de caracteres a mí mismo. Trato de cumplir con una cuota diaria, cuento los caracteres. Eso es de periodista. Después si a mí me dicen que mi escritura literaria es periodística lo veo como un halago, no como una crítica. Aunque me lo digan como una crítica. Me parece que el periodismo tiene elementos que en una narrativa pueden estar buenos: cierta claridad expositiva en las ideas, contar una historia de la manera más compacta y clara. Eso que enseña el periodismo con los años trato de meterlo en mis novelas.

Por ejemplo, en esta última novela que sucede en una redacción, un lugar que conocés bien, ¿los personajes son gente que conociste a lo largo de tu oficio y los llevaste a la ficción?

– Hay algo que la gente no tiene por qué saber que es que, cuando la novela ya estaba terminada, le agregué el primer capítulo. Y el prólogo. En el primero, está más metido el oficio. Ese sí está pensando desde la redacción de El Guardián, la revista donde yo trabajaba. Las reuniones de sumario son como las describo ahí: esa cosa aburrida donde a nadie le interesa nada y todos hacemos que parece interesante lo que decimos, pero después se decide entre el director y el editor qué es lo que va y que no va. Obviamente que voy sacando un poco de cada persona que conocí en este oficio. Hay un Rodolfo Corso que es una mezcla de muchos periodistas y en los nombres una mezcla de dos periodistas amigos que son Rodolfo Palacios y Pablo Corzo.

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-¿No creés que el periodismo, más que nada el Policial, cada vez se vuelve más parecido a la ficción?

-Lo que ocurre con el periodismo policial muchas veces es que prefieren trabajar a partir de una sospecha más que de una certeza. Entones, alimentan una sospecha de un comentario menor de un vecino. Lo agrandan, lo afirman, en vez de agarrar eso como una punta para una investigación. Hay como una intencionalidad de mantener vivo el cuento, la historia, la ficción alrededor de eso. Después se desmiente y no molesta tanto que pase eso. Sobre todo en el periodismo televisivo. Para no ir a la saga, suelen inventar historias.

“Mi escuela siempre ha sido leer”, responde cuando se le pregunta por su formación, ya sea como escritor o como periodista. Olguín, desde su época de estudiante de Letras, cuando fundó la revista V de Vian, es crítico de la visión elitista de la academia. “No escribo para un sector iluminado de la Facultad de Filosofía y Letras –explica el escritor que llena de guiños sexuales, futboleros y barriales sus páginas- que cree que cuanto más oscuro la literatura gana en profundidad. A mí me parece que la literatura gana en profundidad a partir del lenguaje, los personajes, el argumento, la trama”. Por eso se revela como un vago: porque no se ocupa de crear un universo ficcional nuevo en sus textos sino que escribe sobre su propia naturaleza. “Una ficción lo que tiene ser es verosímil, como lo decía hace ya mucho tiempo Aristóteles. Entonces yo trabajo con esos elementos que me da la realidad porque es lo que mejor conozco. Uno cuando escribe ficción tiene que saber traicionar su historia. Esos datos autobiográficos están si me dan una sensación de ficción, sino no tiene sentido. Me es más fácil inventar una infancia en la Lanús de los 70 en la que crecí que una en Mendoza en los años 40. Por ahí en otro momento lo haga”, dice y anuncia que algún día escribirá sobre la Edad Media, en la que se suele meter a través del Age of Empire. “Soy un jugador que no aprende nunca. Ese universo también me copa, tiene un componente novelístico muy grande. Son cosas que influyen a la hora de escribir. Hablamos de la realidad pero también influyen los videos juegos, la música, los libros que lees”, agrega. Por ahora, al menos, se enmarca en lo cotidiano, como puede ser cualquiera de las charlas futboleras que se dan en este bar un día después del River-Boca. “Lo vi por tele, en casa, solo”, cuenta Olguín, fanático de Boca, tal cual se transparenta a través de algunas señas en sus libros.

En 2010, Olguín publicó Oscura monótona sangre, una novela en la que un empresario se obsesiona con Daiana, una prostituta de 15 años que ofrece sus servicios alrededor de la Villa 21 y se mete en una confusión que termina con algunos asesinatos a los que los medios de comunicación nunca hubieran etiquetado como casos de inseguridad. Al año, en la prensa se podía leer sobre el Caso Candela, el asesinato de una nena de 11 años vinculado con una red de prostitución y narcotráfico. En 2012, publicó La fragilidad de los cuerpos, una historia que tiene como protagonista al Ferrocarril Sarmiento, con un juego macabro que enloquece a maquinistas y provoca muertes y suicidios. Ese año fue la Tragedia de Once. Y al año siguiente, el choque de trenes en Castelar. ¿Casualidad o presentimiento? “El caso Candela es bastante distinto al de Daiana en Oscura. El caso Candela tenía vinculaciones con el narcotráfico, mejicaneadas y Daiana es mayor que Candela. Sí lo del Sarmiento. Yo terminé la novela antes que pasaran los dos accidentes. De hecho la novela está basada en un cuento, que ya aparecía el juego de los chicos, y eso fue mucho más anterior aun. Son fruto de la casualidad. Lo que pasa es que yo trabajo mucho con la realidad como punto de referencia, sin atarme, sino que tomo lo que me sirve para la ficción. Pero no me ato porque sino sería una crónica. No es disonante lo que yo escribo con lo que ocurre posteriormente. Más que elegir un tema vas eligiendo otras cosas. Yo parto de una escena. Por ejemplo, en Oscura, tenía la escena del protagonista escapándose de un lugar porque lo perseguían por algo que había hecho. No sabía que iba a ser en una villa, ni que después del encuentro con una prostituta. Después, a partir de un artículo que leí sobre una nota que denunciaba que había prostitución adolescente en la Villa 21, enganché por ahí la novela. Pero no lo tengo tan claro, en general”.

– Antes decías que no escribís para un sector iluminado de la Facultad de Filosofía y Letras. Y cuándo escribís, ¿pensás para quién escribís?

-A mí me gusta pensar que tengo un lector. Si pienso que no lo va leer nadie, no escribiría. A medida que avanzo con la escritura, esos lectores se van concretando. Tengo gente amiga a quien consulto y pienso en un lector ideal que va a leer eso y lo va a disfrutar. Escribo para ese lector. Es raro. A mi lo que me pasa desde mi primera novela es saber que lo que escribo, se publica. Hasta ahora, toco madera, me ha ocurrido eso. Y eso es una ventaja, al menos para la gente como yo, que piensa que eso que uno escribe no tiene que quedar encerrado en la computadora. Sino que cierra el círculo cuando entra en contacto con el lector.

-¿Y cómo imaginás ese lector ideal?

-Es muy difícil definir. Creo que tiene un gusto parecido al que tengo yo por la literatura. En ese sentido, el lector ideal se parece a uno mismo. Uno escribe pensando en gente con la que tiene muchos puntos en común.

-Con el Twitter, ahora, estás en contacto con tus lectores. ¿Cómo es eso?

-Facilita muchísimo el contacto directo con los lectores. Esto está buenísimo. Después te inhibe un poquito porque te dicen que buena novela, que bueno que hable de los trenes. Y vos pensás, la pucha, la que viene no tiene trenes, ¿qué hago? Le pongo un tren en el medio, para que se ponga contento ese lector. Me gusta estar en contacto con los lectores y estar atados a ellos. Me parece que el escritor tiene que desafiarse. Eso de que el escritor tiene que trabajar libre de cualquier tipo de limitación no tiene por qué ser así. Hay obras maestras que se han escrito bajo presión de un emperador, como la Eneída. Creo que las presiones de todo tipo sirven para generar una novela. Ahora tuiteo menos porque desde junio empecé con la novela en serio. Ayer mandé tres tuits, pero por el Boca-River. Aprendí a no tomarte todo en serio. Antes pensaba que todo era verdad y me peleaba mucho. Es la única red social de la que participo.

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