Seis años sin Luciano

Un mediodía de sábado de enero hay miles de personas que caminan por las calles de Lomas del Mirador. Caminan bajo un Sol que quema por este barrio en el que se vio por última vez hace exactamente seis años a Luciano Nahuel Arruga. Este año ya no se marcha por su aparición. En octubre último se encontró su cuerpo enterrado en una tumba NN del Cementerio de la Chacarita, después de cinco años y nueve meses de búsqueda constante. “A Luciano lo mató la Policia y lo despareció el Estado”, dice la bandera principal de la movilización. Por eso acá marchan miles de personas. Caminan desde la plaza Luciano Arruga hasta el destacamento policial donde a Luciano lo fajaron varias veces por negarse a robar para la Bonaerense. Allí, ahora, luego de cinco años de lucha, funciona un espacio para la memoria. El destacamento se mudó a tres cuadras por disposición el Intendente Fernando Espinoza. Hasta ahí también se camina. Camina Vanesa Orieta, la hermana de Luciano, camina y les grita a los ratis que a su hermano lo mató la Policia. Se sigue caminando. Vanesa explica que por donde pasa la movilización ahora, la Comisaría 8va de La Matanza, funcionó un centro clandestino de detención en la última dictadura militar. También caminan, escuchan y cantan que a Luciano lo mató la Policia la madre de Facundo Rivera Alegre y del Kiki Lezcano, la hermana de Walter Bulacio, el hermano de Matías Bernhardt, familiares de Sergio Abalos y Ezequiel Demonty, camina la columna de H.I.J.O.S, camina Pablo Ferreyra, el hermano de Mariano. “Los casos siempre van a estar relacionados por la impunidad policial. ¿Qué importa si no son los 30 mil de la dictadura”, dice Vanesa mientras sigue caminando. Hasta que en Emilio Castro y General Paz ya nadie camina. Ahí, en la colectora de la General Paz donde un testigo vio el 31/1/09 que un patrullero de la Bonaerense estaba estacionado con las luces apagadas a la misma hora que un auto atropellaba a Luciano, que cruzó la General Paz de una manera desesperada, como si estuviera escapando de algo. Algo, para la familia y para todos los que están acá, es la Policia. Acá donde Luciano murió hace seis años ya no se camina. Se habla, se escucha, se piensa, se siente. Se sacan conclusiones. Sin Luciano no hay Nunca Más.

Pablo Pimentel, presidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de La Matanza. [Ver entrevista a Pimentel].

Es importante haber estado acá para mantener la coherencia que tenemos muchos hace tiempo en la Argentina que es reclamar por los derechos humanos de todos, sin distinción de clase ni religión ni edad ni condición social. Hoy recordamos el flagelo que sufrió un joven que representa a muchos jóvenes de la Argentina, de una condición pobre, muy pobre, que no tuvo derechos. No tuvo derecho a ser respetado por los policías que lo reclutaban para robar. Y la familia no tuvo derecho a acceder a los instrumentos que tiene el Estado para que se supiera el paradero de él. El Estado fue obligado por un habeas corpus, que había sido rechazado anteriormente, para poner a disposición de la familia todos los elementos que haya en este caso. Al mes de eso, con las huellas digitales que se tomaron en la primera detención, dieron con el cuerpo de Luciano. Se hubieran ahorrado cinco años de dolor de toda una familia. La figura de Luciano ha crecido tanto que ha pasado su persona, va a quedar en la historia como la bisagra que de vuelta la página para que todos los casos de impunidad que han quedado del pasado, del presente y de los que vengan no exista más. ¿Cómo? Con un pueblo organizado, una familia que reclama y una Justicia independiente de cualquier poder político, económico y mediático que obre de manera justa, en tiempo y forma. Si habría sido así, hoy no estaríamos acá reclamando. Esto es porque el Estado no funciona y porque si bien han pasado 30 años de democracia la Policía no ha cambiado, no se ha formado en una cultura de seguridad democrática basada en la filosofía y el respeto de los derechos humanos de todos, inclusive los de los policías como trabajadores.

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Viviana Alegre, mamá de Facundo Rivera Alegre, joven desaparecido en febrero de 2012 en Córdoba. [Ver nota sobre el caso de Facundo Rivera]

Hoy somos todos Luciano. Es el ejemplo de la total impunidad, de la connivencia policial, política y judicial. Yo soy Viviana, la madre de Facundo Rivera Alegra, que en febrero va a ser tres años de desaparecido. Nosotros vivimos la misma situación en Córdoba con mi hijo, por eso estamos acá. Y para acompañar a Vane que siempre ha estado muy presente. Y eso es lo más importante: que nos acompañemos, porque esta es una lucha colectiva y de esa manera vamos a salir y a lograr la Justicia que nuestros hijos merecen.

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Vanesa Orieta, hermana de Luciano Nahuel Arruga. [Ver entrevista a Vanesa]

Como hermana de Luciano considero que hoy es importante estar porque estamos hablando de una desaparición forzada, de una muerte que intentó ser silenciada al enterrar a Luciano como NN en el Cementerio de la Chacarita. Tenemos que estar acá porque desde el poder judicial y político, y desde los medios también, se intentó desvirtuar la escena instalando que se había tratado de un simple accidente de tránsito. Tenemos que estar acá porque hay muchos familiares que vienen a denunciar la violencia por parte de las diferentes fuertes de seguridad y es nuestro deber acompañarlos porque están solos, porque no tienen acompañamiento judicial, no tienen acompañamiento político porque los grandes medios lo que hacen es ensuciar la figura de la víctima. Esta problemática es grave, ya se han llevado la vida de muchos pibes por gatillo fácil, ya se han desaparecido muchos pibes y cada vez son más. A medida que podamos entender el significado de esta lucha vamos a empezar a entender el riesgo que corremos en esta democracia sino abrimos los ojos y nuestras bocas para gritar que no queremos más casos de violencia institucional en manos de la Policía.

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Tamara Bulacio, hermana de Walter Bulacio, joven asesinado por la Policía en 1991 después de un recital de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota.

Es importante estar hoy acá porque es un chico más que desapareció. Como sociedad tenemos que reflexionar en eso. Más allá de tener un hermano que pasó por lo mismo, que murió a causa de gatillo fácil hace más de 20 años, lo tenemos que hacer para que el sistema cambie, para denunciar estos casos. Si no salís a la calle para denunciar esto que pasa, ellos aprovechan el silencio. No hay que callar. Hay que salir y luchar. Hoy otra no queda.

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Iara Carmona, 20 años, víctima de abuso policial desde los 11 hasta los 15 años por el exmarido de su madre, un policía de la Bonaerense. [Ver entrevista a Iara] 

Me parece importante porque todas las causas son importantes, más allá de la mia. Y la manera de sostenerla es esta. Hay que estar, participar, pedirle a la gente que se sume. Es más que nada hacerse escuchar, que se difunda el caso. Es una manera de hacer justicia, justicia social. Desde cantar, acompañar, o darle un abrazo a la familia es una manera de contener a los seres queridos como el Estado y la Policia no lo hacen. Está bueno sentir el respaldo de la gente. El caso de Luciano me moviliza en especial. Es un pibe como yo. Yo bailo en la murga de La Matanza, donde hay compañeros que eran amigos de Luciano. Si bien todas las causas son importantes me llega desde un lugar especial, aunque la impotencia y la importancia es la misma en esta como en todos los casos de violencia policial.

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Angélica Urquiza, madre de Jonathan Kiki Lezcano, asesinado el 7/9/09, a los 17 años, junto a Ezequiel Blanco (25), por Daniel Santiago Veyga, exagente de la Federal. [Ver nota sobre el caso de Kiki Lezcano] 

Es importante porque se cumplen seis años de la desaparición de Luciano. Hay que apoyar a la familia para que este caso sea visibilizado. A mí también me mataron un hijo, tres meses después que a Luciano. Por eso me mueve estar acá también. Porque es la manera de solidarizarse de corazón a corazón con la hermana, con la madre, con todos los que han sufrido como me tocó a mí.

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Nora Cortiñas, presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo (Línea Fundadora), madre de Carlos Gustavo Cortiñas, desaparecido el 15 de abril de 1977.

Es importante porque la memoria es la que nos lleva a que busquemos toda la justicia. No hay que perder la memoria, hay que estar en la lucha permanentemente, eso es lo que nos va a llevar a la verdad y a la justicia. Hay que seguir. Esta es otra etapa en la que ya sabemos que pasó con Luciano, ya tenemos su cuerpito. Es otro camino el que hay que recorrer, pero con la misma bandera de no a la impunidad, en el caso de Luciano y en todos los casos donde haya una injusticia.

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————Mirá más fotos de la marcha acá————

Derechos inhumanos

La historia desopilante del abogado policial que denuncia a los organismos de derechos humanos, la fiscalía que lo avala y la sentencia en suspenso de tres policías que torturaron y mataron a Gabriel Blanco en una comisaría.

Comisaría 2, Barrio San Carlos, La Matanza.

Shhhhh. En la celda de al lado están cagando a piñas a un pibe. Podría ser yo. Hace un rato vino la mujer con la hija. La madre también. Ya le estaban pegando; y él, que quiero ver a mi familia, que quiero ver a mi familia… Por los gritos, en cualquier momento lo matan. Lo metieron esposado y no parece que se las hayan sacado.

No puede más, grita. Lo van a matar. Hay que hacer algo. Nos van a matar a todos.

¿Qué más me pueden hacer?

Le siguen dando, ya no grita, lo van a matar.

¿Qué habrá hecho?

Silencio.

El cuento

“Te vamos a detener y no vas a contar más el cuento. Vas a aparecer en una zanja”, lo callaron a Gabriel Blanco, que tenía entradas en la comisaría por robo. Ya no quería afanar; iba también a un grupo de rehabilitación de adicciones. La policía lo perseguía para que sí siguiera robando: para ellos, con zona liberada.

El 1 de marzo de 2007 convirtieron la amenaza en hechos. Lo detuvieron cuando estaba con su pareja, después de comprarle un regalo a su hermana, que lo había hecho tío. Lo paró la policía, lo puso contra la camioneta, le pegaron a ella y lo metieron en el patrullero. A la medianoche su metro ochenta y sus ochenta kilos aparecieron ahorcados en el calabozo oscuro, sin algunos dientes, cagado a piñas, con un cable de luz que apenas resistía 50 kilos. Como demostraron las pericias, lo ahorcaron ya muerto, para simular el suicidio.

Justicia lenta, justicia rápida

Seis años después del asesinato, el juez de Garantías Raúl Ricardo Alí pidió las detenciones del subcomisario Rubén Darío Suárez, del suboficial Ariel Emiliano Gómez y del oficial Pablo Balbuena por torturas seguidas de muerte. Se hicieron pruebas y contrapruebas, se cambió de fiscal y todavía estaban en actividad.

Las detenciones, cuando llegaron, se hicieron efectivas en el mismo lugar donde trabajaban.

Además se procesó por encubrimiento al comisario inspector Claudio Horacio Javier Ilundayn y el capitán Daniel Omar Dos Santos.

La causa sucia

Alguien dirá: cuánto avanzó la causa. Pero no termina ahí. Cuando se trata de policías, siempre hay un plan b: el abogado de los detenidos denunció que referentes de la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos de La Matanza visitaron a los presos que habían testimoniado en la causa sobre la muerte de Gabriel; y que les habían insinuado que debían señalar a la policía como responsable. Corroboró esto con una nueva declaración de los presos que habían testimoniado 6 años antes, que cambiaron de opinión.

El abogado de apellido Fernández radicó la denuncia contra la APDH, en septiembre. La Fiscalía General donde recayó le dio entidad a la causa y la derivó a una fiscalía descentralizada: esta notificó a Pablo Pimentel, titular de la regional de APDH Matanza, que estaba denunciado por armar una causa contra tres policías. “A los seis meses el fiscal entiende que la denuncia no tenía ningún sentido y la eleva a la Fiscalía General para que le den lugar a la desestimación; pero la Fiscalía se lo rechaza diciendo que era temprana la decisión, y eso es lo que realmente nos preocupa”, cuenta Pimentel.

La otra marcha

La APDH organizó el 28 de mayo un acto y marcha hasta la plaza San justo, frente a la Municipalidad. Reunieron entre 100 y 150 personas. “Contra la impunidad judicial, policial y política”, decía la consigna de esta primera marcha de la APDH-La Matanza en 30 años de historia.

Antes de empezar, un periodista se acercó a Pablo Pimentel y le preguntó si estaba al tanto de la otra movilización.

¿Cuál?

La de los familiares de los policías, al mismo lugar, a la misma hora.

Los gritos

-Todavía no llegó- le mentían a la madre, mientras en la celda le pegaban, esposado.

-Se suicidó porque tenía miedo de volver a la cárcel después de haber recuperado la libertad- argumentó la defensa al juez.

-La Asociación (sic) Permanente por los Derechos Humanos y el Comité Provincial por la Memoria (sic) buscan “obtener declaraciones falsas y agravar la situación procesal” de los oficiales- plantearon en la causa que abrieron contra la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y la Comisión Provincial por la Memoria.

-Sr. Pimentel deje de manipular causas judiciales obteniendo peritajes y declaraciones falsas para lograr la detención de policías y así réditos económicos del Estado que debemos solventar todos- denunciaban los volantes que repartían en la contramarcha.

-Los policías también tienen derechos humanos- culminaban.

 Silencio.

El grito recuerda a Luciano Arruga, Kiki Lezcano y más de 200 desaparecidos en democracia.

 

Yo soy Kiki Lezcano y nadie me va a callar

Fue un NN. Fue un número de cadáver. Fue un consumidor de paco. Fue uno al que le costó salir. Fue alguien a quien la policía le pidió que robara. Fue hijo de una madre a la que no le quisieron decir que ya había muerto. Fue un ser humano por el que nadie hizo justicia. Fue amigo de Ezequiel Blanco, al que mataron. Fue un pibe al que asesinaron. Hoy podría contar esto.

Dicen que morí con mi amigo Ezequiel Blanco en un enfrentamiento. Ni que me mataron, ni que el enfrentamiento tenía balas de un solo lado. Dicen eso y les creen. Les creen gracias a que ya me callaron. Y quisieron callar a mi vieja. Bah, a mi vieja para callarla ni le dijeron que yo estaba muerto. Y lo sabía la yuta y lo sabía la morgue judicial y lo sabían todos esos hijos de puta que hicieron todo para que yo robara para la cana. Y no hicieron todo lo que tenían que hacer para que no pudiera salir de la droga, para que no me cagaran a palos sin problemas si me retobaba, para que mis amigos tuvieran miedo…

Ahora les cuento lo que pasó, porque no soy mulo de nadie y tiene que quedar claro. Y no tiene que pasar más. Si no les cabe, váyanse a la mierda porque, mientras tanto, a mi familia y a los pibes como yo les siguen dando.
La licencia que el logi ese siempre saca y nos enrostra dice “Mario Chávez. Oficial. Comisaría 52”. “El indio” le dicen en el barrio, acá en la Villa 20. O “el chino”. Todos conocemos la historia de que siempre se lleva algo de los pibes que aprehende en el barrio, algo como un trofeo de guerra. Lo conocemos. Siempre trata de dejar alguna marca física en el enemigo. Todos sabemos que es uno más de los que anda atrás, nos persigue para que robemos, va a cuidar la casa del transa…

Yo, me da vergüenza decirlo, caí en el paco. Y me costó salir. Busqué la recuperación, pero me esquivaban la ayuda. 3200 pe por mes costó en algún momento. Ni ahí lo puedo pagar. La obra social cubría la mitad. Cuando la conseguimos gratis, con esfuerzo de mi vieja, me dijeron “Te falta voluntad”. La concha de su madre. Ellos me verduguean así y a mí me falta voluntad.

En febrero el indio pasó por mi casa y le dijo a mi vieja: “Cuidelo a Kiki. Le puede pasar algo malo. Si no somos nosotros, son los narcos”. Y me cagaron a piñas nomás en marzo. Dos semanas después, de nuevo. El sol no los molestaba como me molestaba a mí cuando podía abrir los ojos. Me pararon en Cruz y Pola, me desfiguraron hasta que llegó mi prima y después mi vieja. “Mirá cómo me dejaron, mami”. Ya me habían dicho: “Kiki, voy a ser tu sombra”. Estaba en “actitud sospechosa” y no respeté la voz de alto. Jaja. Mi vieja los denunció en el juzgado de Menores N° 5. Tenía 17 años. Me faltaban meses para que la cosa cambiara totalmente y me hicieran lo mismo en una cárcel. Ya había pasado casi un año en un Instituto.

Dos meses después, el 7 de Julio, el indio y otro rati me volvieron a descansar. “Una vez te salvaste. Dos no”, dijo su “voz de alto”, y me sacó una foto.

Al otro día, para no pensar más me puse la remera rayada blanca y roja, el buzo y aproveché que se venía el feriado. Agarré la colonia, fui para el espejo… Me acomodé el pelo y le sonreí a mi vieja: “Mami, quédate tranquila. Voy a ver a una chica y vuelvo”. Ahí, cerca del Piñeiro. Daniel Veygas, agente de la Policía Federal perteneciente a la División Operaciones Urbanas de Contención y Actividades Deportivas, dice que simultáneamente estaba saliendo del departamento de su hermana. La primera “Justicia”, Facundo Cubas, del juzgado de Instrucción 49, le creyó eso y que yo fui con Ezequiel Blanco, mi amigo, y le quisimos afanar el auto, que le disparamos con una .39. Facundo Cubas, del juzgado de Instrucción 49. Mentira. Las pericias me dan la razón. Hubo disparos de un solo lado. No hubo martilleo ni siquiera. Nos fusiló a los dos, y a mí me dejó agonizando una hora y media. Y mientras tanto, me filmó con otros tres logis que se reían. “¿Qué pasa, putito? Hacé arrancar la camioneta, la concha de tu madre”, escuchaba mientras me miraban morir en el asiento del conductor.

Después fui un NN.

Nadie.

Un cuerpo en un montón.

Un número de cadáver, el 15636.

Y sabían muy bien quiénes éramos Ezequiel y yo. Nos identificaron el 13 de julio y no les dijeron nada a nuestras familias hasta el 14 de septiembre, cuando llamaron al juzgado para pedir fotocopias del expediente. Mientras tanto, mientras les entregaban esas fotocopias para poder ocuparse de la causa, sebreseían a Veyga. “Falta de pruebas”.
Más de dos meses estuve ahí y no le dijeron a nadie, aunque mi familia haya ido a Missing Children, al Juzgado Criminal de Instrucción N° 30, a la comisaría, aunque haya hecho la denuncia de abril por resguardo de persona. O por eso.

Cuando le dieron el papelito indicado, el empleado lo leyó:
“MORGUE JUDICIAL
JUNÍN 760
CADÁVER N° 15636
(JONATHAN LEZCANO)”.

-No. Este ya fue enterrado el viernes.

Yo ya era un NN, aunque habían sacado de mis bolsillos el DNI. Después les cobraron para levantar mi cuerpo.
Y no termina ahí. El 4 de octubre, mi vieja estaba en casa, escuchó ruido afuera, salió y le empezaron a gritar, a insultar, a pegar. La tiraron el piso. La puta que los parió. “Tu hijo se murió porque era un negrito de mierda” y “No te metas más con nosotros”. La detuvieron una noche entera, le pegaron y no le dejaron tomar su medicamento. Le hicieron una causa por robo de autos. Otra vez con el verso: Mi vieja los agarró y tumbó a tres ratis con un palo. La causa fue un chiste. La levantaron por falta de pruebas después de llamarla a declarar.

Al que nunca llamaron a dar declaración indagatoria fue a Veyga. Su defensa fue solo una “declaración espontánea” por escrito, pero ahora la Cámara de Casación levantó el sobreseimiento por todas estas irregularidades.
A mi hermana sí la jodieron: la sancionaron en el colegio, sin sentido.

Al resto de mi familia también: pasan con la patrulla, insultan, dejan el auto ahí nomás de casa.
A mi otra hermana también. Como está la puerta abierta siempre, una vez pasó uno de civil, la manoseó y se fue.
También los descansaron hasta que apareció mi cuerpo diciendo que yo estaba en Zavaleta, en la 1-11-14, en Ciudad Oculta, que estoy a la vuelta, que me había escapado con una chica. Y lo inventan todo ellos.
Y hay más cosas raras: en uno de los cortes de la calle Cruz que organizaron mis amigos y mi familia, un chico se acercó a mi vieja, dijo que era de una revista barrial y pidió una entrevista. Después se acercó a un patrullero y desapareció.

Pero no como Ezequiel y yo durante esos meses, ni como yo ahora, ni como Luciano Arruga, ni como Daniel Solano y todos nosotros. A nosotros nos desapareció el Estado.

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