Aquel multitudinario desierto conquistado

Acompañanos en un sobrevuelo bien rasante y veloz por un pedazo de la historia argentina que nos marcó como pocos otros. La mal llamada Conquista del Desierto encabezada por el personaje de los billetes violetas en las palabras de los protagonistas.  

Ocupación militar del Río Negro en la expedición al mando del General Julio A. Roca, de Juan Manuel Blanes

 

Imagínese estar por el barrio porteño de Caballito, y usted, amante del fútbol no tiene mejor idea que ir a visitar la cancha de Ferrocarril Oeste. Es día de partido y a unas cuadras ya siente el griterío, al estar frente a él lo ve completamente lleno: las entradas están completamente agotadas y los 24 mil lugares están ocupados. Sonríe y sigue su camino. Pero al hacer unos metros un completo desconocido –de barba larga, bigote tupido y ya entrado en años- le dice con total naturalidad: “no hay nadie en el estadio eh, ¡ni un alma!”. Lo ignora y prosigue, un loco más, píensa. Sin embargo, hace 120 años un loco con las mismas descripciones nos hizo creer que 24 mil indígenas constituían un “desierto”. Así, en esta nota nos encargaremos de esos prisioneros que a pesar de ser invisibilizados tuvieron un destino, trágico destino de muerte.

“El año 1879 (…) ha visto realizarse un  acontecimiento cuyas consecuencias sobre la historia nacional obligan más la gratitud de las generaciones venideras que la de la presente (…).Ese acontecimiento es la supresión de los indios ladrones que ocupaban el Sur de nuestro territorio y asolaban sus distritos fronterizos: es la campaña llevada a cabo con acierto y energía, que ha dado por resultado la ocupación de la línea del Rio Negro y del Neuquen.”[i]

Con estas líneas se iniciaba el “Informe de la Comisión Científica Agregada al Estado Mayor General de la Expediciónal Río Negro (Patagonia)” ordenada por el mismísimo Julio Argentino Roca en 1879 para dar cuentas al Congreso de la Nación sobre su grandiosa gesta civilizatoria.

¿Qué nos cuenta el propio Roca acerca de los prisioneros? Terminada la conquista, en ambas Cámaras mostraba los resultados: 1271 “indios de lanza” incorporados al Ejército Nacional o a la Marina, 600 “indios fueron enviados a Tucumán, con destino la zafra” y “muchas mujeres y niños distribuidas en el seno de familias que los solicitaban, con intervención de la Sociedad Benéfica y el Defensor de menores”[ii].

Por ahora la cuenta nos cierra que sabemos que dos mil terminaron ya sea incorporadas a las Fuerzas Armadas encargadas del propio exterminio y despojo de las comunidades, otras tantas como mano de obra servil en los ingenios azucareros tucumanos. Sobre las “muchas” mujeres y niños, lo mismo, separadas de sus familias se convertirían en servidumbre para las altas casas de la elite.

Darío Aranda en Argentina Originaria, nos cuenta que otros tres mil fueron esparcidos por Mendoza para trabajar en el área vitivinícola.

Pero sin dudas, el destino más terrible que podían tener eran los –lisos y llanos- campos de concentración, desplegados por todo el país: Junin de los Andes (Neuquén), Chinchinales y Valcheta (Río Negro), Carmen de Patagones (Buenos Aires) y, el más terrible de todos, La Isla Martín García.

Las cuentas bautismales permiten contar 825 indígenas que allí fueron depositadas en 1879. “Fue claramente un mecanismo de control social enmarcado en un proceso mucho mayor: el del genocidio”, precisa Alexis Papazian, que forma parte de la Red de Estudios sobre Genocidio. Explica que en 1890 ya no quedaban indígenas en Martín García[iii].

Entonces para 1879 los resultados eran claros: primero, conquistados a punta de lanza, luego obligados a dejar sus tierras, ganado, cultivos y propiedades. Si sobrevivían al viaje, no les esperaba mucho más que el trabajo servil en hogares aristócratas, campos de hacendados o en un Ejército genocida. ¿Y todo por qué? Dejemos que Roca responda solo: “Dicen que dilapido la tierra pública, que la doy al dominio de capitales extranjeros: sirvo al país en la medida de mis capacidades. (Carlos) Pellegrini mismo acaba de escribirme que la venta de 24 mil leguas sería instalar una nueva Irlanda en la Argentina. ¿Pero no es mejor que estas tierras las explote el enérgico sajón y no que sigan bajo la incuria del tehuelche?”[iv]

Por si queda alguna duda, entre 1800 personas se repartieron los 42 millones de hectáreas de las tierras conquistadas, total equivalente a 30 veces el tamaño de Inglaterra.

“La gente de la pampa sojera busca emigrar”

En épocas en donde tanto se habla y se comenta de modelo, nos sentamos con el economista Julio Gambina a que explique, luego de haber publicado ¨Afloran los límites del modelo”, qué es lo que entiende por ello. La soja, las estatizaciones, la ecología, las mineras y la vida humana en medio de todo.  

Escudando una foto del Che y un retrato de Rosa de Luxemburgo, Julio Gambina (http://juliogambina.blogspot.com.ar/), presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, acaba de firmar un documento del grupo de Economistas de Izquierda titulado “Afloran los límites del modelo”(http://www.rebelion.org/noticia.php?id=147522). En su oficina porteña, despliega su acento sanjuanino para invitar a María Elena Saludas, coordinadora nacional de la Asociación por una Tasa a las Transacciones financieras especulativas para Ayuda a los Ciudadanos (ATTAC http://attacargentina.com.ar/), a sumarse a esta charla sobre el monocultivo de soja, el modelo de desarrollo y producción que implica, y sus alternativas. 

-¿Dónde nace la relación entre la economía y la ecología?

Fotos: Nos Digital.

JG: El modelo de desarrollo y producción agroexportador extractivista tiene como un elemento central la depredación de los bienes comunes y la naturaleza en toda América Latina y el Caribe, junto con su población. Por eso no se puede separar economía de ecología. La disciplina de la economía nace como economía política. Es una disciplina de análisis del modelo productivo de desarrollo capitalista que nació junto con él y se instaló a nivel mundial. Hago estos comentarios porque cuando uno piensa en América Latina y el Caribe, tiene que entender que es un territorio funcional a la acumulación originaria del capital que se desarrolló entre el siglo XIII y el XVIII. No puede pensarse, por lo tanto, al capitalismo desde el origen sin la destrucción de la población y sus recursos. Esa destrucción es fundacional a la revolución industrial europea. Estamos viviendo ahora una época en que de nuevo América Latina, incluso los países emergentes –que es una denominación que hacen los organismos financieros internacionales para señalar países que ofrecen condiciones de alta rentabilidad a los capitales externos-  vuelve a ser funcional al capitalismo desarrollado: Europa, Estados Unidos y Japón.

-Dice que vuelve a ser funcional. ¿En algún momento dejó de serlo?

JG: En los últimos 150 años, el principal insumo del modelo productivo ha sido el petróleo. Hay una crisis energética que supone el estancamiento del stock de reservas hidrocarburíferas. La tendencia es a que se agoten, por el consumo depredador. Por eso los principales ideólogos del capitalismo piensan en un capitalismo verde. Lo ecologista había aparecido como una reivindicación de izquierda en la década del ’60 o ’70, cuando empezó a notarse el tema de afectación de la naturaleza por parte del modelo productivo. Lo que hay ahora es que la clase dominante a escala mundial se está apropiando de ese discurso verde. La discusión de los ’70, de la alianza verde-roja, por la que surgió el ecosocialismo -la ecología política, una vinculación de marxismo con defensa del medioambiente-, fue apropiada por la clase dominante. El capitalismo verde alude a una concepción que hay, planteada por Barack Obama en la cumbre de Copenhague en diciembre de 2009, de que ellos se van a encargar de compensar el problema que genera el modelo productivo contemporáneo, es decir la contaminación del aire y del agua, la tala de bosques… “Lo vamos a compensar con bonos de carbono”, dicen. No proponen cambiar el modelo productivo para que no se sigan afectando los recursos naturales, sino frenar el desarrollo productivo del resto de los países del mundo y que ellos mismos lo compensen. A partir de ahí lo incorporan al mercado especulativo de los bonos del carbono para contrarrestar la crisis climática. Para nosotros no hay crisis climática, sino un resultado del mismo modelo. El planteo de la economía verde está muy asociado a la explotación de los recursos naturales. Si uno mira cierta topografía de la Argentina con la expansión de la soja, ve que se está tornando cada vez más verde. Ya no es por pasturas del ganado, por ejemplo, sino por este monocultivo. La economía chaqueña, sustentada en la economía del algodón, hoy está invadida por la soja, por ejemplo. Los lugares que no penetró son los que tienen minerales como recurso principal, como San Juan.

-¿Son incompatibles soja y minería en un mismo territorio?

JG: Son incompatibles por la disputa del uso del agua, que a su vez le quitan a la agricultura familiar. Los recursos naturales involucran en un mismo nivel de gravedad la explotación minera y la sojera. Se ha generalizado la extensión sojera por el carácter del desarrollo agrícola en Argentina, pero al minero hay que prestarle atención porque es reciente, producto del pacto Argentina-Chile del año ’96. Sin embargo, crecientemente van a aumentar las inversiones transnacionales, del mismo modo que avanzaron en el ciclo sojero: la dominación que tienen las trasnacionales de la alimentación y biotecnología en el paquete tecnológico. El tema no es tanto el pequeño propietario de tierra donde se planta soja, sino precisamente el paquete tecnológico requerido para que avance el proyecto sojero. Por eso el problema hay que verlo integralmente: la producción, la distribución –que incluye la privatización de los ferrocarriles, y las terminales privadas de puertos-  y exportación. El ciclo completo está manejado por corporaciones transnacionales.

MS: Cuando hablamos de modelo de producción y distribución tenemos que agregarle consumo. Las personas ya no son ciudadanos sino consumidores. Con el planeta finito que tenemos, este nivel de consumo es imposible de sustentar. Por eso cuestionamos también que se hable de desarrollo sustentable en el marco de este modelo. El alimento pasa a ser una mercancía más. Se especula en bolsa quién fija el precio de la soja, el trigo y el maíz. Todo pasa a ser una mercancía, hasta, en consecuencia, la vida del hombre. Es imposible continuar con este ritmo de crecimiento, si hay exclusión. Hay gente que tiene que venirse del Chaco, de Formosa, de Salta, porque sus tierras son tomadas para poder, en el caso de Argentina, cultivar soja. El debate pasa también por poner en cuestionamiento el actual modelo de consumo, absolutamente irracional, en el mundo entero.

JG: El planteo ideológico que se difunde es “Aprovechemos este momento. El mundo pide soja, démosle soja”. La producción es la que determina las condiciones de consumo. China, que está incorporando una cantidad enorme de población a la producción, está modificando la dieta alimentaria. Por eso, buena parte de la soja que importa es para consumo de animales que serán consumidos por ellos en su cambio de dieta.

-¿Cómo afecta al productor este ciclo de consumo?

JG: Lo que defienden los principales centros ideológicos de las clases dominantes de la Argentina es aprovechar este momento bajo las condiciones de organización de la producción: concentración de la tierra, del paquete tecnológico. Quienes exportan son un pequeño grupo de transnacionales, igual que quienes manejan el paquete tecnológico. El productor con la cosecha ya no genera sus propias semillas, sino que vuelve a necesitar ese paquete tecnológico que le venden. Se financia con los pooles de siembra, que tienen la forma de profesional de pueblo que le sobra el dinero e invierte. El tema no son los pequeños fideicomisos, sino los gigantescos pooles de siembra que manejan lo principal de la producción.

-¿Regionalmente, cómo se piensa el problema?

MS: Está instalado en el sentido común que este modelo es redituable. La soja en sí no es mala, sino el monocultivo en el poder de las transnacionales. Como los gobiernos de toda América están de acuerdo con eso, todo, hasta la infraestructura, está en función de la extracción de materias primas.

JG: El esquema de este modelo que se hace en el marco de un programa que defienden las corporaciones transnacionales y los principales estados capitalistas del mundo es la liberalización de la economía mundial para que haya fronteras abiertas para el capital, las mercancías y los servicios; no las personas. Por eso la Iniciativa para la Integración de Infraestructura Regional de Sudamérica hay que entenderla como  un mecanismo de inserción subordinada de América Latina y el Caribe en la economía mundial. El Mercado Común del Sur está especializado en la división internacional del trabajo como el lugar donde se produce la soja del mundo. Paraguay y Uruguay tienen incluso, proporcionalmente en cuanto al terreno cultivable, más soja que Argentina y Brasil.

-El gobierno habla de industrializar la ruralidad.

JG: En las aceiteras, por ejemplo, hay trabajo, pero es mínimo porque está todo muy mecanizado. El principal tema es que no es una producción difusora de fuerza de trabajo. A solo modo de ejemplo, en el Chaco, una extensión de 60 hectáreas que producía algodón en el ciclo productivo anterior involucraba como fuerza de trabajo, en distintos momentos del año, 40 personas. Hoy esa misma extensión de tierra, prácticamente no requiere fuerza de trabajo. Es un mecanismo expulsor de fuerza de trabajo. Movimientos como Paren de Fumigar tienen que ver con que poblaciones cercanas a la pampa sojera buscan emigrar porque las fumigaciones afectan las condiciones de desarrollo. A partir del paquete tecnológico que implica el uso de pesticidas, herbicidas, que incluso dependen del petróleo, no hay necesidad de desmalezar -la cosechadora levanta la cosecha y atrás suyo, viene la nueva siembra directa-. En función de los precios internacionales, también se arruinan los suelos porque los productores no rotan los cultivos para recuperar los nutrientes de la tierra. La creciente producción de soja es una exportación de tierra y de agua, no solo sale el poroto y el aceite. Algunos explican que América Latina está fuera de la crisis porque hay mucho crecimiento. Es un error. El fuerte crecimiento está ligado a los altos precios de las materias primas necesarias para el desarrollo de los países centrales. El ajuste materializado en América Latina en los ‘70 y los ’80 es el que se está haciendo ahora en Europa. Se está cerrando el ciclo del ataque del capital al proteccionismo keynesiano.

 -¿No puede ese crecimiento ser un recurso de las ideas de izquierda?

JG: Los que dominan el paquete tecnológico de base de este desarrollo productivo son transnacionales. Se ve muy claramente en la Argentina que lo que creció durante el crecimiento de la economía, fueron las remesas de utilidades. En la década del ‘90 lo más importante era el pago de intereses y capitales de la deuda y, en menor medida, las envíos al exterior. A ese modelo lo definen como especulativo de valorización financiera. En los últimos diez años, lo principal no es el pago de intereses y capitales, sino las remesas de utilidades al exterior. Ambos terminan con la salida de capitales. Quienes dominan el ciclo productivo contemporáneo siguen siendo las corporaciones internacionales. Venezuela le propuso a América Latina crear Petroamérica para encarar una fórmula de desarrollo compartida. No tuvo mucho éxito. Solo respondieron los países del Petrocaribe, dieciocho países del Caribe y Centroamérica, cuyo peso es minúsculo. El principal comprador del petróleo venezolano sigue siendo Estados Unidos. En América del Sur, Brasil tiene PetroBras, que actúa como una transnacional más. La expropiación de Repsol en Argentina supone discutir cuál es la política económica que se lleva adelante y quiénes son los beneficiados y quiénes los perjudicados. Se trata de pensar en función de qué se explotan los recursos naturales, y cómo se tiene en cuenta a los intereses de los campesinos, trabajadores, pueblos originarios. El crecimiento de América Latina actual no está resolviendo una mejor calidad de vida de la población.