Mi vecino el cáncer

Toda la gente que vive con una subestación eléctrica en su barrio se encuentra irradiada por electromagnetismo generador de cáncer. En la Argentina las víctimas se cuentan de a centenas, pero la resistencia ya comenzó. Acá se lucha por vivir. 

Hay barrios argentinos en donde la inseguridad viaja a la velocidad de la luz, traspasa paredes y se mete en tu casa. En Argentina hay tanta inseguridad que una empresa, subsidiada por el Estado, puede decidir cuándo y de qué te vas a morir. En esos barrios al menos podés estar seguro de una cosa: que vos, tu pareja, hijos o vecinos van a enfermarse de cáncer.

Si sos vecino de una subestación eléctrica estás expuesto a ondas electromagnéticas altamente cancerígenas. No es como si un día te pisara un tren. La muerte por electromagnetismo es mucho más lenta, no sólo porque viene de la mano del cáncer, si no porque no hace ruido ni se siente, pero afecta sobre todo cuando estás durmiendo.

Los primeros estudios que relacionan a estas ondas con el cáncer empezaron a circular hace alrededor de cuarenta años. Hasta el día de hoy la Constitución argentina no se da por aludida de estas decenas de estudios y leyes. Pero sobre eso vamos a volver más tarde, ahora aclaremos: Por qué el electromagnetismo mata.

La energía que generan los campos electromagnéticos afectan el núcleo de los átomos. Cuando la exposición es constante y prolongada se produce una mayor síntesis del ADN. Cuando se altera el ADN la célula deja de funcionar bien, como si tuviera un acelerador: comienza a dividirse sin freno interno. Así se desatan los efectos oncogénicos (todo lo que tiene que ver con la generación del cáncer) de las ondas electromagneticas sobre el cuerpo humano.

Esa exposición constante se genera viviendo, y durmiendo, y comiendo, y jugando, y estudiando, y naciendo, y creciendo; cerca de donde se concentren grandes cantidades de voltios, de electricidad. Esos lugares son las subestaciones eléctricas, que reciben constantemente la energía que distribuyen los cables de alta tensión (esas torres inmensas que vienen desde la represa El Chocón) y la convierten en media tensión, la energía que consumimos en nuestras casas. Las subestaciones son parte del sistema de distribución eléctrico y cuanta más electricidad contengan, mayor es el campo electromagnético que irradian.

Sólo en el área metropolitana de Buenos Aires existen 117 subestaciones cerca de donde vive la gente. ¿Vos sabes cerca de cuál vivís?

Gladys vive pegada a la Subestación Sobral en Ezpeleta, partido de Quilmes. Su padre y su madre murieron de cáncer: “Nos juntábamos en el club y todos teníamos un familiar o un vecino enfermo, la palabra cáncer se hizo natural, de a poco nos fuimos muriendo”.

Sobral funciona desde hace treinta años. Los vecinos cuentan alrededor de 170 muertos. Todos por distintos tipos de cáncer, todos cercanos a la subestación y su cableado mortífero. El juez Siauliu de la Cámara Federal Número 2 de La Plata hace más de diez años que tiene en su cajón el pedido de traslado que hicieron los vecinos. Mientras tanto ellos siguen reunidos para ayudar a otros barrios irradiados.

Como Berazategui, donde los vecinos sí aprendieron del escalofriante caso de Ezpeleta (no así las autoridades de su Municipio) y detuvieron por ocho años la construcción de la subestación Rigolleau. El intendente en ese momento Juan José Mussi se comprometió a apoyar la lucha de los vecinos. Pero en el 2011 cambió mágicamente de opinión.

Ese año llegó la bonaerense, cientos de ellos. Vallaron todo el barrio. Sí, lo vallaron literalmente. No podían pasar los autos ni la gente porque unas maderas de dos metros de altura lo impedían. Si vivías dentro del vallado tenías que mostrar el documento para pasar. Cuando los vecinos protestaron, los reprimieron fuerte. Así lograron poner en funcionamiento la Subestación Rigolleau en Berazategui.

Isabel vive cerca a la Subestación Rigolleau, en Berazategui. “La Policía estaba acá porque es una obra sin consenso, una obra que no respetó la voluntad ni la decisión de los vecinos, sino que responde a intereses económicos que sí le interesan los negociados de las autoridades”, explica.

Laura es vecina de la Estación Transformadora Jujuy Este, en Malvinas Argentinas, Jujuy. A ellos también los reprimieron cuando trataban de impedir un nuevo cableado de alta tensión.

Carlos también está irradiado y viven en Barrio Sol y Rio, en Córdoba.

Luis es de Ituzaingó. María, de Brandsen. Julia, de Wilde. Ramón, de San Isidro. Ramiro, de Once. Juan, de Constitución. Raúl, de La Paternal. Todos están irradiados.

Para que las empresas de electricidad de todo el país (con la ayudita de los gobiernos municipales y su policía) no puedan poner en riesgo la vida de la gente, es necesaria una Ley Sanitaria. Ya está en el Congreso, cajoneada hace un año. El proyecto no se opone a las subestaciones, si no que obliga a llevarlas lejos del casco urbano, donde no haya personas para enfermar. Llevarlas lejos de donde se va a consumir la electricidad implica una inversión mucho mayor en cableado. Y en vida.

El vacío legal existe, porque la única reglamentación al respecto es la obsoleta resolución 77 del año 1998 emitida por la ex Secretaría de Energía, de carácter técnico y no sanitario, que permite hasta 25 microteslas (µT: micro Tesla, unidad de medida de campos electromagneticos). Sin embargo la Ley de Ambiente de la Nación establece muy claro que: “Cuando haya peligro de daño grave o irreversible la ausencia de información o certeza científica no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces, en función de los costos, para impedir la degradación del medio ambiente”.

“Científicamente nunca se demostró la inocuidad de los campos magnéticos. Existe una significativa y creciente evidencia científica sobre sus efectos cancerígenos y no cancerígenos, incluso a valores muy bajos de densidad de flujo magnético”, explica el biólogo Raúl Montenegro, quién en 2002 realizó un relevamiento alrededor de la Subestación eléctrica Sobral en Ezpeleta. La Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC), entre otros organismos nacionales e internacionales como la Organización Mundial de la Salud, considera a los campos electromagnéticos como ‘posibles cancerígenos en humanos’.

Montenegro también reconoce que “el problema no son solamente las subestaciones transformadoras sino también los tendidos eléctricos de media y alta tensión, aéreos y subterráneos. Todas estas fuentes generan campos magnéticos”. Una exposición crónica a valores iguales o superiores a 0,3 o 0,4 µT puede aumentar de 1,7 a 2 veces el riesgo de contraer leucemia, sobre todo en los niños.

La Ley no acompaña. Pero algo más allá de lo escrito en un papel se está generando: conciencia.

En Jujuy, barrio Los Naranjos, los vecinos impidieron en el 2012 que se instale una subestación. Este año los vecinos de Quilmes lograron que se coloque una central a 200 metros de los hogares de la gente; cuando el Municipio planeaba hacerla bien pegada a sus casas. En Quilmes y Los Naranjos los vecinos ya pelearon y ganaron. A esta inseguridad que no se ve ni se oye le está empezando a golpear la mano de los vecinos organizados.

Se lo habrá llevado El Familiar

Cuenta la leyenda en Jujuy que los obreros muertos del Ingenio Ledesma y los desaparecidos en la dictadura fueron víctimas de un espectro letal que aparece de varias formas. Los peritajes, sin embargo, indican que a Pablo Obiña y Gonzalo Calderón los remató la policía.

En Libertador San Martín pelean contra un monstruo. Lo llaman El Familiar. Es la muerte y es fuerte: es la localidad con menor promedio de vida en Latinoamérica: 43 años.

El Familiar tiene muchas formas de matar, muchas formas de aparecer. Dicen que lo vieron como un viborón peludo, como un hombre alto, muy alto, con sobretodo, y como un perro negro, de los ingleses, de los que tenían los dueños de la empresa azucarera Ledesma. Tiene tanto poder que todos deben considerar que es de tu familia. Decide si trabajás, qué estudiarán tus hijos, cuánto podés protestar. Es la cabeza de la empresa, máxima fuente de trabajo de la ciudad.

Ledesma te beca según sus necesidades. Si un hijo de obrero se recibe de agrónomo con promedio diez, entra a la fábrica, pero como becario. Si un hijo de un funcionario o miembro de la empresa que sea supervisor, jefe, entra con un sueldo como corresponde.

El 3 de noviembre de este año, Pablo Obiña y Gonzalo Calderón andaban en moto. La policía dice haber recibido una denuncia por robo de celular por parte de dos varones jóvenes en moto. Cerraron así los caminos de la ruta nacional 34, la que va a San Pedro –donde los pibes pobres son perseguidos para vender drogas, para traerla de Bolivia, al precio de la vida-, y a Tartagal –donde la tala de árboles produjo aludes y más muerte-. Dicen que los encontraron por Calilegua, a 7 kilómetros de Libertador General San Martín. Los siguieron hasta caminos internos de Ledesma, ahí donde los primeros dueños habrían hecho el pacto con el diablo una noche de luna llena.

El dueño prometió entregar un obrero a principio y fin de la zafra, aunque el diablo puede exigir más de un obrero durante la producción. Se recomienda a los trabajadores decir que son casados, que tienen familia o conocidos para que El Familiar no los busque. En Libertador no decían “algo habrán hecho” durante la última dictadura. Decían: “Se los habrá llevado El Familiar”.

Entre Calilegua y la fábrica hay 12 kilómetros. Nadie vio nada, ninguna persecución. Ni siquiera el personal de la garita de seguridad -iluminada- que está en la entrada de la empresa.

Adentro de Ledesma hay una pila gigante de bagazo, restos de caña de azúcar que Ledesma acopia al aire libre para poder fabricar papel y otros derivados. Larga un olor a mierda inaguantable. Es el polvo que levanta por los hongos que se generan en el bagazo húmedo. Ese polvo, inhalado por los trabajadores y por los vecinos, genera bagazosis, una enfermedad pulmonar provocada por respuesta: una especie de neumonitis por hipersensibilidad. En México también se practica el acopio al aire libre: 50 por ciento de los trabajadores está enfermo. Entre 4 y 6 mueren por mes solamente en el municipio de Chichigalpa, donde está el Ingenio San Antonio.

Luis Aredez, un médico ex intendente de la ciudad, desaparecido en los setenta por “infiltrado marxista”, por “médico zurdito”, recetaba remedios caros a los trabajadores de la empresa para que traten, entre otras enfermedades, la bagazosis. Como intendente le exigió a Ledesma que pagara impuestos de sus tierras y de la fábrica. Durante ocho meses de su gestión, Ledesma solo pagó uno.

La desaparición de Aredez está siendo investigada. Carlos Blaquier, dueño de la empresa, está procesado por eso y otras causas de lesa humanidad. Su mujer, Olga Márquez de Aredez, se convirtió en referencia de derechos humanos, madre de Plaza de Mayo, por dar vueltas en la plaza para llamar la atención por su marido desaparecido. Murió en 2005 de cáncer de pulmones agravado por la bagazosis.

Entre ese olor a mierda, la policía declaró que les dio a Pablo y Gonzalo. El suboficial, ahora detenido, que iba en la cabina delantera, delante de otros tres que ya no están presos, dice que sacó el arma por un hueco que hay en el enrejillado de la ventana de la patrulla 4×4. Dice que disparó a metros de distancia. Dice que la moto circulaba sin patente y que les disparó durante un tiroteo. No coincide con el informe de los peritos ni de balística. Tampoco coincide el ángulo. Las balas entraron por la nuca a 50 centímetros. De arriba hacia abajo. Estaban acostados o arrodillados. La moto no tiene ni un raspón. Está nueva. No saltó ningún pedazo de plástico. No hubo caída. En esos supuestos 12 kilómetros, una 4×4 nunca pudo alcanzar a la moto scooter Guerrero 110. Ni siquiera durante el ripio.

Obiña murió ahí. Calderón cayó herido y murió dos días después.

Por todo esto, la fiscalía tiene la hipótesis de que los disparos fueron en la ruta y no en los caminos internos de Ledesma.

El Familiar, esta vez, apareció como policía.

Otro caso de gatillo fácil en Jujuy, en el pueblo vecino de San Pedro: http://www.nosdigital.com.ar/2012/12/en-san-pedro-la-policia-golpea/

Foto: NosDigital.

“Quedó una dictadura”

El papá de Juan sabe que a su hijo lo mataron. También sabe que en San Pedro, Jujuy, no es el único caso. La Policía entra a casas, patea puertas y levanta chicos de los barrios marginales. Trampas con paco. Abogados que aseguran no tener tiempo. En Argentina, el infierno.

A una cuadra de la estación de micros de San Pedro, Jujuy, unas chapas escritas con tiza hablan de injusticias cotidianas. Proponen, como respuesta, la acción del pueblo. Parece lo que estaba buscando. Aprovecho mi soledad, mi tiempo libre. Sé que si falla esta investigación, sigo de vacaciones, o sigo la Ruta 34 a ver en qué anda Ledesma, en qué anda Tartagal. En una casa me dicen: “Son de Marcelino Romero, se lo respeta mucho. Preguntá al lado”.  Voy.

-¿Conoce a Pablo Juarez? Sé que milita contra la represión policial y vi un graffiti “Dr. Juarez, el pueblo está con usted”.

El señor, vestido de entrecasa, con la puerta abierta y la reja cerrada, no lo conoce, pero me recomienda preguntar en la peluquería de esa misma cuadra. Cree que es familiar de la dueña.

– Pero esperame un poco.

Se va y vuelve al rato con unos papeles. “Polémica entre el cerebro y el músculo. Los protagonistas de esta discusión son un abogado y un albañil, el primero representa a los trabajadores teóricos e intelectuales, que son dueños de un poder valorado por esta sociedad; el segundo representa a la CLASE OBRERA, muy especialmente al 90% de los obreros que nacen, viven y mueren pobres en esta sociedad mal gobernada”, dice impreso en máquina de escribir. “UNA ENSEÑANZA EJEMPLAR DE PADRE A HIJO (Cuento)”, “LO MÁS GRANDE QUE HAY SOBRE LA TIERRA ES EL OBRERO” y  el único impreso en computadora: “33 Consejos para la perfección humana”. Prometo leerlos más tarde.

En la peluquería me dicen que ese Juárez no era a quien yo buscaba. Vuelvo a girar sin rumbo, buscando un lugar donde parar. Una mochila enorme y un aislante hacen que me vea raro en el silencio de la calle. Las pocas personas que encontré –la mayoría andando en moto- pararon amablemente y me mandaron a hoteles de lujo, a la nada, a la mierda y a un telo. Preferí la nada, el calor quemante de la plaza. Leí los papeles y volví a arrancar. Encontré un hotel que parecía barato. No lo era.

Llamé otra vez a ese supuesto número de Pablo Juárez en el que nadie me había atendido tantas veces. Me atiende. Arreglamos la entrevista para la mañana siguiente en la plaza central.

Vino con el padre del único caso de asesinato que se conoce hasta ahora. Nos metimos en un bar.

-Hablé con Marcelino Romero. Me mandó a una peluquería y me dijeron que nada que ver con vos. Vi también unas pintadas.

-No, nada que ver conmigo. Ese… bueno, mejor dejalo ahí.

Cuando las demás mesas no miran, me cuentan que los mandan de un lado para otro, que les dan un abogado que está a cargo de los juicios de lesa humanidad y no tienen tiempo. Casos de tortura que se ven por semana: 10. “¡10 que se ven!” Mayormente a los mismos chicos, que no pueden defenderse, de barrios sin recursos, que van a un boliche y son levantados sin ninguna razón por policías borrachos. Les pegan, les roban.

Juan Gómez: Yo pasé la dictadura siendo joven. Veía todos los días lo que hacían. Se fueron, pero quedó una dictadura apoyada por los gobiernos de turno. Ahora le toca a cualquiera. No le importa si tienen orden de allanamiento o no. Entran, golpean bebés, te rompen todo, te ponen armas en las cabezas.

Se calla y mira por la ventana. Lo mira a Pablo y señala un auto de policía.

-Ese es de la Brigada de Barbosa –me dice Pablo-. No te preocupes, Juan.

– A mi hijo, Juan Martín, “Sonrisa” -le decían porque se llevaba bien con todos-, lo detuvieron por última vez el 3 de noviembre de 2011. Lo torturaron y recién el 4 lo llevaron al hospital La Esperanza, que es donde los médicos son cómplices porque nunca hacen la denuncia. El agente Barbosa, la mano fuerte de la Brigada de Investigaciones, lo esposó con otros dos, le tiraron agua hervida. El 6 hice la denuncia. La información de Tribunales rápido le llegó a la policía porque abogados, fiscal, ayudante de fiscal, abogados, jueces, son todos una familia. “¿Cuánto quiere tu viejo para quedarse piola?”, le preguntaron a él. Si me hubieran hecho caso, mi hijo estaría vivo. Para colmo, de todas las detenciones que tuvo, nunca le comprobaron nada. Después de un proceso de recuperación de adicción al paco –el Rey de San Pedro-, el 17 de junio fue la primera vez que salió solo. No volvió. Cualquier persona te va a contar que saben quiénes son los que venden y que tienen que ver con la policía. A él lo obligaban a ir a Jujuy a vender paco.  La gente me contó el recorrido que él hizo. Tengo entendido que también lo llevaron a Bolivia.

Me cuenta que lo mataron en la casa de un policía, que apareció incrustado en el ventiluz del baño, por el que claramente se hubiera dado cuenta de que no pasaba. Estaba asfixiado por su campera. La policía dice que quiso entrar a robar. Juan está seguro de que lo hicieron ir con alguna excusa y ahí lo asfixiaron entre varios. Las versiones de cómo lo encontraron fueron difiriendo con el paso del tiempo y según quién las dijera. El celular de Sonrisa le llegó a Juan reseteado y sin bolsa, por lo que no lo puede ya peritar. Una señora de edad que vive en la misma cuadra donde mataron a Martín asegura que esa casa es un aguantadero, que nadie va a entrar a robar ahí.

Al hermano de Juan lo levantaron en diciembre mientras trabajaba. De las ocho personas que había, solo lo pararon a él. Lo desfiguraron a golpes al grito de: “Si siguen jodiendo con el tema de Sonrisa, ya saben lo que puede pasar”. La protección para la familia todavía no llegó. Al hermano de Sonrisa, Daniel, también lo agarraron. Dijeron que tenía marihuana, pero no existió ningún secuestro. “No lo trataron mal porque no les dimos tiempo”, dice Juan. “¿Tu viejo es quilombero? Se viene con todos los Derechos Humanos encima”, le preguntaron a Daniel. Cuando Juan se retiró de la comisaría, cerca de las 17, Daniel pidió ir al baño. Cuando estaba ahí, un policía lo chicaneó, él contestó y lo amenazaron:

-Vas a necesitar una manito, ¿no?

.-Sí, traé la tuya.

-Ya te vamos a dar todas las manos que vos quieras cuando te metamos en el calabozo.

A Walter, tío de Sonrisa, el 26 de enero, lo volvieron a agarrar. “Le hicieron una cama. Estuvo 33 días porque le pusieron paco en el auto. Salió porque pude ponerle un abogado. Lo que consta en el expediente es que le secuestraron tres gramos de paco. Lo que salió en los medios es que es jefe narco, con auto de alta gama de dudosa procedencia, que desbarataron a la banda. Cuando logramos retirar el auto, le faltaba una de las llaves. Nadie se quiso hacer cargo. Vamos a tener que hacer otra llave porque en cualquier momento pueden agarrar el auto y meterle droga adentro. No es fácil para nosotros cambiar la cerradura por el costo”.

-El fiscal Catán y el ayudante, Flores, se lavan las manos como quieren –dice Pablo-. Catán, enviado por el juez Samann, retiró todo tipo de documentación que había en las comisaría entre los años 73 y el 84. Nunca dieron aviso a ninguna otra fiscalía. Flores entra a las comisarías, a las celdas, insulta a los chicos, los patea, los escupe. No hay contención del Estado, todo lo contrario. Nos cansamos de discutir con la asesora de la secretaría de Derechos Humanos de la provincia, María Luciana Eichenberger, que dice que no tiene poder para actuar. ¿Quién le tiene que dar poder? Recién cuando el Alem la llamó hizo algo. María Luciana Eichenberger se manejó de una forma totalmente déspota. Ni siquiera tomaron las denuncias. ¿Dónde están acá los derechos humanos de los pobres? No hay un abogado estatal para lo que está pasando en San Pedro. En ningún momento hubo una respuesta del estado. “Es un problema judicial”, nos dijo el subsecretario de Derechos Humanos de la Nación, Luis Alem. “Vayan a Acceso a la Justicia”. Cuando fuimos al ministerio de Justicia para hablar con el viceministro, nos atendió el secretario de su secretario y nos dijo que lo tenía que ver Derechos Humanos. Hablaron con Juan Manuel Civila. Él fue sincero: no se podía dedicar porque los juicios de lesa humanidad le quitaban el tiempo. Por eso vamos a volver a Buenos Aires para conseguir que traigan un abogado que se dedique.

Terminamos la entrevista y Pablo me invita a seguir investigando juntos. Me lleva a lo de la madre de otro chico perseguido. Al hijo de Gladys lo metieron en “el tema drogas” a los 14 años. Primero le regalaban, después tenía que vender tres de los cinco paquetes. Hasta que se consumió todos y lo obligaron a robar, después de enseñarle, para pagar. El doctor Samann prometió buscar un lugar para que se recuperara. El lugar solo existió para las cámaras de fotos. Después era chamuyo. Ni un psicólogo. Le tuvo que llevar comida. Al otro día tenía una hematoma en la cabeza y la planta de un borceguí marcada en la espalda. El cuartelero había abierto las puertas para que quien quisiera violara a los que hubieran violado. Gladys le pidió que no se metiera. Él prometió mantenerse apartado, pero le pidió 20 pesos para comprarle marihuana al cuartelero, así no le pegan. Las pastillas para el tratamiento de conducto que dejó no le llegaron al hijo. La respuesta del fiscal Samann, dice Gladys: “Bueno, ¿qué querés? Si tenés un hijo delincuente ¿querés un hotel 5 estrellas?” Cuando amenazó con ir a algún organismo de derechos humanos, el hijo salió libre.

“Así se repitió dos veces más -sigue Gladys-. La cuarta, el doctor Froilán Flores me dijo que mi hijo era consumidor y que entonces lo iba a tener tres meses para que aprendiera. ‘Usted se acuerda de Gómez, el que murió en barrio Bernacchi. Yo creo que no le gustaría que su hijo muriera así’. Nunca supe cómo interpretar eso”.

La quinta vez, el 15 de noviembre, ni importó que la ropa de su hijo y la de quien había robado una moto fueran similares, ni que la que llevaba no fuera una Tuning. La denunciante dijo que el hijo de Gladys no había sido. No importó.

Cuando Gladys, en 2010, denunció ante la policía a quienes vendían, le rompieron la puerta de la casa.

Ahora, si intenta trabajar, la policía les avisa a los patrones que él se droga e inmediatamente pierde el trabajo.

-Cuando mi hijo consumía, los narcos entraban a mi casa y a la de mi mamá y se llevaban todo.

-¿Conoce muchos casos como los de su hijo?

-Sí.

Vuelvo a lo de Pablo. Me cuenta la historia de Diego Constancio, un pibe de 23 años. Se tuvo que ir de San Pedro para que dejaran de perseguirlo.  Lo detuvieron por denunciar que el agente Facundo Quiroga, de la Brigada de Toxicomanía, tiró un paquete en un cajón de gaseosas mientras hacía un allanamiento a un kiosco. Antes de declarar, lo amenazaron con matarlo, con hacerle la tortura “submarino” y hasta con desaparecerlo. Por eso se tuvo que ir un tiempo de San Pedro.

Me encontré con Diego para escucharlo de su boca, pero la historia seguía:

-A la salida del baile, nos decían “Andá a dormir”, y nosotros no íbamos. Ahí nomás nos metían adentro, así, por borrachos. Después de lo del kiosco me pasó que un sábado a la noche no quería salir para trabajar el domingo. Me levanté a las 10. Bajé para ir a laburar, caminé por el pasillo, así –por las señas, parece ser angosto-, de mi barrio. Vi que venía caminando uno a mi costado. Del otro lado, otro vago. Miré para adelante y tenía a un patrullero de la Brigada de Investigaciones. “Vení para acá”. ¿Para qué? Yo digo chu, ¿por qué me llevan? Me querían hacer una causa, o no sé si me la hicieron, de un tele, un televisor. No salí anoche. ¿Tengo olor a alcohol? ¿Estoy trasnochado? Me metieron adentro del patrullero. ME llevaron al Paterson, no tenía nada. Después, en la comisaría sí me dieron, en la 9na, donde está Barbosa. Me tiraban de las manos por atrás, cuando estaba esposado. Como a las 12 mi mamá me llevó la comida. No me la dieron. Me la dejaron a las 9 de la noche. A todo eso, me sacaron fotos… Y a la noche me dijeron: “Vení, firmá”. Y yo no sé leer. O sea, más o menos. “Firmá si querés salir. Ah, y una cosita: no vayas a querer decirle a tus vecinos que te trajimos por el tele”.

-¿Viste a los policías en funciones en pedo?

-Sí.

Nos llega un papel con seis nombre, seis edades de entre 15 y 26 años, seis direcciones con sus barrios y seis divisiones distintas de la policía. Salimos en moto. Todos allá se mueven en moto. “El transporte público es muy caro y muy malo”, repiten los sampedreños.

En el Barrio Niño Jesús:

-Manzana [dice un número], lote [dice otro número]. Acá tiene que ser –me dice Pablo Juarez cuando me bajo de la moto.

Meto las manos entre los tablones de madera. Aplaudo.

-No, no lo conozco.

-Sigamos

-¡Eh, [dice un apodo]! Él es periodista –le dice Pablo-. ¿Le querés contar lo que te pasó a vos y en qué andás ahora?

-Aquí en el Norte no hay justicia. Te agarran y si no tenés abogado, te fajan. Tengo 28 años. A los 18 fue la primera vez. Después a los 25 y ahora hace 4 meses. No quiero caer más por el abuso que hacen ellos. Varios chicos sufren mucho ahí adentro. Son olvidados, procesados en San Pedro. Acá no es un lugar para ser procesados. Es un proceso de 9, 12 meses. Cuatro celdas con cuatro personas adentro. Solo 3 horas de recreo separadas. No podés pedir que te saquen al baño. Después, se abusan con golpes físicos, picana. Todo lo que te podés imaginar. Nadie hace nada. No contamos con recursos para contratar a un abogado que haga valer nuestros recursos. Lamentablemente ya estamos acostumbrados y no va a cambiar nunca en esta parte del país. Los abogados del Estado no hacen nada. Te dejan ahí por robo simple, o un supuesto hurto, y te procesan 6 meses.  Llegás a juicio y te condenan. Cuando te levantan, solo lo hacen por fijarse en tu cara. Si un porteño se levanta una moto acá y a cinco metros, yo me levanto otra, me van a parar a mí. Hay mucha discriminación. Mayormente con la gente humilde. Hay changos que sufrieron abusos. Yo personalmente los vi. Bolsa, quemaduras con agua hirviendo, picana, golpes en los riñones. A la mayoría les rompen los tímpanos. A Martín Gómez, todo el mundo lo sabe, lo mataron. No fue un accidente. Lo mató la policía. Tengo miedo de que me vuelvan a detener, no quiero seguir saliendo.

-¿Drogas circulan en las comisarías y las cárceles?

-Si yo tuviera que hablar, amigo… Tengo miedo por mi seguridad. No sé qué puede pasar. Temo por mí, mis compañeros y mi familia. La policía hace lo que quiere.

-¿Seguimos? ¿Qué dice el tercero?

-Barrio Libertad. Se llama así porque los propios vecinos se organizaron para construir sus casas. No dejaron que entrara nadie a aparatear.

Arranca, saltando pozos, esquivando piedras, mirando para atrás para cuidar que nadie nos siguiera. Llegamos, preguntamos un par de veces. Nadie conoce esos nombres. Los lotes cambiaron de numeración. Vemos a unos pibes laburando en una casa.

-Amigo, ¿cómo andás? Estamos buscando a [nombre tal], de [tal manzana y lote]. Somos de derechos humanos. Él es periodista de Buenos…

-Ah, son de derechos humanos, ¿quieren hablar? –dice uno a los demás. Había algunos adentro. Eran siete.

-Vengan, vamos al cuarto –se acomodan, bromean sobre la autoridad del pibito porteño, se piensan apodos y sin mucha introducción, empezaron.

-Yo –dice Chichani, de 23 años, tiene dos tiros de escopeta marcados en la panza. Se los dio el hijo de un oficial retirado con el arma de su viejo- una vez estaba en la plaza, sentado con los compañeros que venían a trabajar. Llegó la brigada, me pidieron solo a mí los papeles de la moto. De la nada. Perdí horas de laburo que ya no me pagan por esa detención. “Vení a dejar los papeles. Si vos no venís, ya sabés lo que te va a pasar”, me decían.

-Ellos hacen así –dice Andrés “Chupito”, que más tarde me enteré que sabe mucho porque es médico de la gendarmería-: entran, revientan y sacan a los chicos, todo.

-¿A todos acá los agarraron?

-Sí –dejan claro siete voces-.

-Yo estaba durmiendo a las cinco y algo de la mañana –vuelve Chichani-, siento un ruido de la puerta. Era la policía de la Brigada de Investigaciones “Todos al suelo”, dicen. Me echaron agua ardiendo ahí nomás.

-Los de la novena –insiste Chupito- hicieron dos veces un allanamiento: “No sabíamos que ya habían venido”, dicen.

-Me dieron picana por la espalda -sigue Chichani-. Cuando vuelvo tarde a mi casa, tengo que ir orillando para que no me agarren.

-Querés conocer la causa y no te dicen –sigue Chupito-. Yo estoy en la medicina y por eso no me joden a mí. A los demás los llevan.

-“La muñeca” Barbosa ya está acostumbrado –sigue Chupito- a golpear a los chicos. Al hermano de Seba lo golpearon solo por ser hermano.

-Los días sábado -habla por primera vez Chemín, que tiene catorce disparos de goma en el cuerpo. Se los dieron adentro de la comisaría 9na- se ponen a tomar pasando la calle 9 de julio y quedan re machados.

-¿Y qué hacen –intervengo- cuando los cagan a tiros adentro de la comisaría? ¿Los llevan al hospital?

-¿Qué te van a llevar al hospital? Hay una médica –vuelve Chupito- que no te hace ningún estudio. Te toma el nombre, te dice que levantes la remera y ni te mira. Y listo. Él –señala a Chichani- tenía el dedo reventadísimo y ni lo vio. Cuando pedimos ir al baño, nos tuvieron diez horas para ir. “¿Cómo hago yo para ver a mi abogado?” “No, eso se ve solo en las películas, me dice Barbosa”. Él me tiró una cachetada que yo esquivé. “Vos me tocás a mí y perdés tu laburo”, le dije, y se disculpó: “Vos ayudá con la causa y listo”. Después se desquitaron con un vago en la celda de al lado.

-¿Es cierto que les dan cinco paquetes y si no venden tres, cagaron?

-Si te negás o te quedás las cosas, te liquidan –dice Chupito-, así como le hicieron al changuito Martín Gómez. Le hicieron la causa de que se había muerto solo. Mentira.

Me cuentan que la fiscal pasa a veces por donde ellos se junten, pasa bien, bien despacio. La brigada también, en un Fiat blanco. Además de todo eso, les roban lo que tengan. Se quedaron hasta con una moto con papeles, dicen. Supuestamente está en San Salvador. Les hacen estar culo para arriba, con las manos en alto, arrodillados, sin apoyar el culo… Lo que se les ocurra para divertirse un rato. También cuentan que se quedan con la comida, que nadie es bueno “adentro”.

Chupito agrega información de otros casos: “Los changos se amotinan, prenden fuego para que vaya el juez. El juez va y también los caga a palos. A algunos ya no les importa nada y se cortan. Nos lo dijo un chico cuando entramos nosotros”.

Efectivamente, mientras estábamos ahí adentro, pasó un patrullero de civil mirando para adentro.

Al día siguiente, estaban cuatro de ellos en una de sus casas cuando entró la policía sin ningún motivo, cerca de las 22. Vieron que estaban con el médico y se calmaron. Dijeron que tenían información de que había dos motos robadas. Revisaron y encontraron una sola, pero con todos los papeles en regla.

Pablo me acompaña a agarrar la mochila. Vuelve a mirar para todos lados. Acelera en la moto, frena. Espera. Deja pasar autos. Avanza hasta la terminal.

Las raíces de la emoción

Bruno Arias hace rato dejó de ser el eco de un nombre que retumbaba por lo bajo y se convirtió en una voz singular y renovadora del folklore argentino. Mientras continúa con la presentación de su tercer disco, Kolla en la ciudad, el cantautor jujeño habla de raíces y de la reivindicación de los pueblos originarios. En medio de tanto ruido, una voz que canta su verdad.

 

Me lo encontré frente al Obelisco, defendiendo con su guitarra una causa que es de todos. Lo reconocí a la distancia cuando salí al caos del centro desde la línea verde, que creo que es la D. Vi desde el otro lado de la eterna avenida una bandera flamear, imponente frente a cualquier cartel luminoso que nos quiera ganar la atención. Él estaba parado justo ahí, bajo la bandera, frente al Obelisco, sosteniendo con el corazón la imagen del cartel que tenía a su izquierda. Estaba festejando y reivindicando a la Mujer Originaria (con mayúscula) en su día. Fue la primera vez que lo vi a los ojos, hace unos pocos días, cantando para el que corría de traje y zapatos y tenía la suerte de descubrirlo.

Me quedé pensando en su voz y fui en su búsqueda algunas tardes después. Bruno Arias, con la misma humildad que brillaba en la calle, se sentaba con un plato de ñoquis delante en un bar de una de las tantas esquinas porteñas, para regalarnos un almuerzo/merienda. Promediaban las 17.00 horas, de charla y sonrisas. Mientras él comía y nosotras lo interrumpíamos porque nos ganaba la ansiedad, jugué una vez más a descubrirlo mientras todo él se regalaba en anécdotas. Lo agarramos a la salida de otra entrevista, que forma parte de una gira radial previa al concierto que se avecina en Groove, y que lo iba a llevar unas horas después nuevamente a la misma radio. Mientras calculan cuánto de la tarde les queda liberada, fantasean con una peli 3D para flashearla o con una siesta que los haga descansar después de una larga (verdaderamente larga) noche de composición que los encontró a la mañana todavía con la guitarra en la mano.  Parece ser que de noche se compone más lindo; sin ruidos y con vecinos del edificio que no se quejan mucho, se ponen a crear.

Imagen: NosDigital

Bruno habla lento, como pensando profundo todo lo que dice y nos traslada de la mano de su voz hasta sus primeros acercamientos con la música, que poco tienen que ver con un instituto o academia. En la casa de “La Yuli”, de sus pagos de Jujuy, lo que verdaderamente importa está mucho más cerca de los sentimientos: “La Yuli es otro mundo de la bohemia jujeña, puedo estar días contando cosas y anécdotas muy particulares que tiene que ver con el arte. Para sintetizarte lo que es la Yuli, es una casa donde se aprende a mamar los sentimientos, a cantar con el corazón en la garganta; si no tenés corazón para cantar o no transmitís nada, ni agarrés la guitarra. Vos tenías que distinguirte en algo, vos tenías que dar algo en esa rueda y tenías que emocionar”. Hace un parate y deja ver algunos de sus recuerdos en sus ojos entrecerrados. “¿Viste cuando escuchás algo y se te pone la piel de gallina? Bueno, en la Yuli sucedía eso, cualquiera, hasta el más desafinado, te ponía la piel de gallina. Cuando entrabas en la onda de la Yuli, en la sintonía de la bohemia a flor de piel es como que ahí es la verdad, no podés mentir, no podés firuletear con la guitarra, ni hacerte el técnico cantando, ahí es la verdad de lo que sos”.

Bruno descubrió su verdad cantando y con su gente en la garganta llegó a Buenos Aires en el año 2002: “En Jujuy soy uno más, aunque ahora soy el cantor del pueblo, digamos, y para muchos un referente; por más que yo siento que recién estoy comenzando a proyectarme y a concretar cosas que vengo generando desde hace años con sueños, con utopías, con anhelos”. La charla se interrumpe porque suena el celular, es un mensaje de un fan que le tira buena energía, aunque no le gusta admitirlo, no se siente cómodo en la posición de que la gente lo idolatre. Para Bruno los que merecen adulación son muy pocos, entre ellos nombra algunos, al Che, a Felix Diaz, a Mercedes Sosa… De la nada, la conversación nos lleva a otro terreno y nos cuenta cómo un día le escribió una carta a Mercedes y se la llevó hasta la casa con dos temas grabados en un CD virgen.  Unos días más tarde recibía su respuesta, una llamada que lo invitaba a cantar juntos.

La anécdota que le ilumina el rostro se frena de repente, un pibe le ofrece tres pares de medias a un precio irresistible, él elige un par, el blanco y le agradece. Segundos más tarde llegan las risas al mirar con más atención el tamaño de los soquetes. “Le faltan cuatro dedos”, sentencia sonriendo.

Volvemos a retomar la charla y desde Jujuy llegamos a Buenos Aires donde los sueños se fueron materializando y en el año 2005 salió al ruedo su primer disco, “Changuito volador”: “Tiene que ver más con lo ligado a  lo que es la infancia, mostrando lo que es el ritmo más representativo de Jujuy,  el bailecito, y dando una mirada más paisajista que tiene que ver con los recuerdos, con las vivencias”. Bruno Arias se afirma en su música y su perfil se delinea cada vez más. En su segundo disco, “Atierrizaje”, la intención se hace todavía más sólida: “Tiene que ver más con volver a la tierra, cantar desde un lugar más profundo, ya no importa la voz ni el virtuosismo del instrumentista, sino que es la canción y la letra, respetar el género más que nada. Toma más protagonismo la canción que el canto”.

El objetivo de reivindicar los pueblos originarios, su tierra y sus voces se hace carne en su tercer disco, “Kolla en la Ciudad”: “Más que nada, el mensaje del disco es que el reclamo que hay en todo Latinoamérica es el mismo, y la idea es unir esa punta en una sola canción, en una sola voz. Siempre el mismo reclamo, por más que haya distancia es el mismo, porque uno ve un documental de México y cuando viaja al Chaco se da cuenta que sus originarios tienen las mismas necesidades y los mismos pedidos, por más que sea otro tiempo, otro espacio u otro momento histórico”. Su compromiso lo llevó a tocar en el Monumento a la Mujer Originaria, donde tuve la suerte de ver la chispa de sus ojos por primera vez,  y a sumarse a infinidad de otras luchas a lo largo y ancho del país.

Abandonamos la mesa del bar para salir a la calle, es hora de las fotos. Aunque empieza a bajar el sol, vemos que se intimida al momento de posar en plena peatonal porteña, hace chistes, sonríe y le juega un poco a la cámara para sacudirse la vergüenza. Entre bromas le pido que abra un poquito más los ojos achinados, “No sería yo”, me contesta casi instantáneamente. No importa el escenario, Bruno entrega el corazón en donde quiera que lo haga, frente al Obelisco, en Groove o en la calle Florida delante de un lente que lo observa y tira flashes, siempre logrando la magia de hacer que su energía llegue hasta la gente y vuelva duplicada.