El loser ganador

Ariel Winograd, director de cine, atravesado por su cultura judía, explica cómo salió del gueto que su religión replica en la sociedad siglo XXI. La autobiografía, la ficción y la catarsis en sus películas.

“Toda mi vida voy a ser un loser.” Lo dice Ariel Winograd, un tipo joven de voz ronca y aspecto casual. Un tripero, hombre de los instintos, que aduce un deseo de inconsciencia constante e intenta prolongar la premisa de no pensar para poder crear: “Si pienso mucho no hago nada. Por eso yo voy, voy y voy, y si funciona, funciona”.

Es director de cine. Pero, al mismo tiempo, es el protagonista de su cine. Sus dos primeras películas- “Cara de Queso, mi primer gueto” y “Mi primera boda”- son autobiográficas y ponen el eje en la religión y tradición de la colectividad judía, cultura que marcó su vida. Incluso, en su primer largo, le puso su propio nombre al personaje. Ariel Winograd, un loser al que le encantan las historias de losers.

-¿Qué te gusta de los perdedores?

-Me parece que la historia del perdedor, aunque no lo sea, al concepto de loser me refiero, es mucho más interesante que la del ganador. Siempre me pareció más divertida la película en la que a la gente le va mal y después consigue que le vaya mejor, más que las películas de los que siempre hacen todo bien.

Sentando en una de las salas de reuniones de su pintona productora en el barrio de Palermo empieza a responder lo que se le pregunte. No parece un loser. Está relajado, como eligiendo palabras sin presión, con la libertad de poder tacharlas, de rearmar. Sin pensar demasiado, como ya decía él. No afirma ni niega con contundencia ni efusividad, sabe llegar a lo que quiere decir de a poco, casi desinteresadamente. A decir verdad, pareciera que nada le calienta demasiado. Y esto sorprende, sobre todo si se piensa que él hizo “Cara de Queso”: una película increíble, divertidísima, pero que sin duda tiene rabia.

“Es muy punk, tiene la actitud contestataria que tenía yo en ese momento. Pero, era  una  necesidad. Me encanta haberla hecho a los 27, ahora a los 37 no sé si la haría así, me pararía desde ese otro lugar.”

-¿Qué entendías por gueto cuando hiciste la película?

-La premisa nace de una imagen que me vino a la cabeza antes de hacerla. Era más como una teoría, como una tesis. La tesis era: a los judíos nos ponían en guetos en la Alemania nazi y, ahora, nuestros padres, de grandes, arman sus propios guetos. Como que en aquella época a los judíos se los sectorizaba, y con el tiempo nosotros nos sectorizamos a nosotros mismos. Es ese el concepto que me llevó a pensar que el country judío al que yo iba, que fue donde se filmó la película; y todo, mi adolescencia en general, era un gueto. Por ejemplo, la mirada siendo judío decía que era mejor no tener una novia católica, era mejor si era judía. Era como una cosa de para adentro, no es racismo, pero es una cosa de gueto, de encerrarse en un taper. Es algo ligado a la comunidad, pero no judía solamente. Yo trabajé en algunas películas de Spike Lee -director afroamericano- como “Inside Man” o “Un Plan Perfecto”, y el 80% del equipo técnico eran afroamericanos. Cada uno forma sus propios guetos.

-¿Iba a ser una trilogía la tesis?

-Claro, el  chiste de mi primer gueto era porque había una idea más ambiciosa de hacer una trilogía: el segundo gueto era la secundaria (la ORT), y  el tercer gueto el casamiento.  Pero, al final no sucedió. La tercera se iba a llamar “Triple X”, por tres ex novias que tuve antes de casarme con mi mujer. El personaje era siempre yo, pero no terminé casándome con una judía, me casé con una católica y rompí el mandato.

-Qué terrible…

-Pero tampoco era tan así, no vengo de una familia ultraconservadora. La idea de la trilogía quedó en el camino por diversas razones.  A veces pienso y me encantaría poder hacerlas en algún momento. Sobre todo me dan ganas de retomar la historia de la pareja que hicieron Martín Piroyansky y Julieta Zylberberg –hermano y cuñada de Ariel en la ficción-, que ahora viven en un country. Poder contar cómo les fue sería una buena historia. Me encantaría, pero no en este momento de mi vida.

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Ariel Winograd.

-¿Cuándo lograste salir de tu gueto?

-A los dieci… cuando me separé de mi novia judía después de 5 años de relación. A los 19, por ahí.

-¿Hay algo que te ata o es una elección pertenecer a esos guetos?

-Es lo tradicional, no es algo que te ata. Y con el paso del tiempo lo entiendo y veo que es súper respetable. Creo que está ligado a lo tradicional y a lo que elige uno para su vida. Nada es tan extremo y uno va eligiendo sus propios guetos: vas armando tus propias redes con la gente que vive a tu alrededor, con los amigos que elegís y con lo que decidís.

-¿Fue una película catártica?

-Sin duda. Era mi propia historia, una necesidad autobiográfica de contar eso. Además, me parecía que desde ese lugar había algo que yo podía contar muy bien, me sentía… -se distrae, mira por la ventana-. Pará que va a entrar mi hija con una peluca en este mismo momento…

En efecto, ella entra en ese mismo instante, con todo su derecho, como si la productora de su papá fuera su pelotero privado.

-Pa…- dice la criatura, que no supera el metro de altura.

-¿Qué mi amor?

-Mirá lo que me regalaron, ¿me lo abrís?

-Mi amor, escúchame, estoy en una reunión. Termino y lo abrimos, ¿dale? ¿Vas con mami? ¿Está bien?

La nena asiente con la cabeza, como aceptando lo que le pide el papá.

-Dame un beso – la besa en la frente-. Te amo.  Ahora lo abrimos.

Antes de irse le levanta la mano desde la puerta y le mueve el regalo de un lado a otro.

-Mirá…- le vuelve a decir.

-Sí, espectacular, no puedo creerlo, ¿pero nos dejás ahora?

-Sí.

-¿Cerrás la puerta?

-Sí

Cierra la puerta y, finalmente, se va, dejando una sonrisa en la cara de Ariel.

-¿Cómo manejaste la barrera entre la ficción y la realidad?

-No había barreras, el personaje se llamaba Ariel Winograd, los papás se llaman como los míos. Para mí esa película era un documental filmado, terapéutico. No lo tuve que manejar, era tratar de acordarme y acordarme cómo eran las cosas. Lo maneje muy impulsivamente.

-La que debe haber quedado enojada fue tu cuñada de ese entonces-protagonizada por Julieta Zylberberg-, blanqueaste que no quería tener intimidad con tu hermano…

-Nooo, noo, nadie. Al final no se enojó nadie. Eran todos reales los personajes, salvo el de Federico Luppi, que lo puse para que hile la historia. Pero todo bien, pasó el tiempo y no pasó nada. No deja de ser una película, un fresco de una época muy menemista, noventosa. Me parece divertido que en una película haya personajes inspirados en personas que uno conoció, y si los puse es porque algo de ellos me tocó. Nadie terminó de ofenderse tanto, y si lo hicieron, ya se les pasó.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

-¿Nunca le tuviste miedo a lo autorreferencial?

-No, al contrario. El cine en sí es personal. Hay mucha dedicación atrás de cada cosa, a mí no me molesta. Mi carrera empezó siendo una película autobiográfica, fue natural, fue el canal de decir quiero empezar por acá. Me destrabó, necesitaba contar esas cosas.

-¿“Mi Primera Boda” también tiene que ver con tu vida?

Sí, sigue siendo bastante autobiográfica, porque surge cuando con Natalie, mi mujer y mi productora, nos casamos y salió todo mal. Un casamiento mixto justamente: católico y judío. Todavía está eso en la película. Los personajes de los padres, el primo, los amigos, son recontra reales. Lo que sí hay es una decisión de empezar a hacer un tipo de cine un poco más mainstream y darse cuenta de que uno tiene ciertas limitaciones y que es mejor contratar a un guionista y no ser uno el guionista. Hay una versión de “Mi Primera Boda” como “Mi segundo gueto”, en sintonía con lo que hablábamos antes, pero cuando vimos que era mejor contratar a un guionista la película se transformó y  tuvimos la necesidad de hacerla diferente.

-”Vino Para Robar” no debe ser autobiográfica…

Claro, estaría preso si no. Fue un desafío personal, de ver qué pasa si hacía una película de robos, que no tenga nada que ver con mi historia. Trato de meterme en proyectos que me generen desafíos nuevos, que no sean lo mismo. “Vino Para Robar” fue eso. “Mi primera boda” nos llevó 5 años, tan larga como “Cara de Queso”. Y “Vino para Robar” fue otra cosa. Dijimos: ´che, llegó este guión, se animan a hacerlo, sí, dale, lo hacemos, mandémonos´. El desafío era hacer una película así, sin que mi historia esté mediando. Que los personajes cuenten la película. Sin perder creo yo cierta cosa narrativa personal que a mí me gusta y que puede linkear en algún punto las tres películas y que en eso yo puedo sentir que son mías y no de otro. Pero es un proceso de cambio totalmente buscado.

-Sí, desde lo estético y las tramas, se nota que son más comerciales…

Por supuesto, sí. Igual mi deseo era que “Cara de Queso” fuera comercial, en su medida. Era más una comedia americana con estética independiente que otra cosa, pero siempre buscamos lo más comercial. El cambio fue adrede.  No se me juegan contradicciones ni en pedo ahí.

-¿Pero ves antagonismos entre lo independiente y lo comercial?

Todo se complementa. Es un abanico y toda corriente es bienvenida. Lo que no me banco es la chantada, en todo sentido lo digo. Si ves una película que es una poronga, que te das cuenta que la hacen porque les chupa un huevo el público, y ves el afiche y es una porquería, y el tráiler es horrible, y ves que hay desgano, me parece una falta de respeto, porque una película es una gran oportunidad.

-Pero, se suele relacionar la idea de lo comercial con lo profesional…

Hay películas independientes muy profesionales. Esto está ligado a otra cosa: a la gente que las hace. Desde mi parte, desde donde estoy parado hoy como director, que me gusta hacer cine comercial, celebro todo tipo de película independiente o no, mainstream o lo que sea, que esté hecha con buena leche. Porque también yo me considero independiente, eh. El tema es pensar independiente de qué. Mis necesidades como director son narrativas, en eso soy independiente.

 

 

Mi testimonio

Relato simple y despojado de la brutal realidad que me tocó vivir en el atentado terrorista a la AMIA. En ese tiempo yo era la secretaria del Presidente y responsable de la  Secretaría General.

 

Por Tamara Scher

 

El 18 de julio de 1994 yo me encontraba en el primer piso de la AMIA, en el viejo edificio de la calle Pasteur. Había llegado alrededor de las 9.20, aproximadamente, apurada porque llegaba tarde y subí la escalera. En cuanto entré, recibí un llamado de Norma Lew,  desde el 4° piso, invitándome a tomar un café. La AMIA estaba en reconstrucción y el 4° piso estaba totalmente remodelado. Alguien les  había regalado una nueva máquina de hacer café. Cuando me dirigía  hacia el ascensor, aproximadamente a las 9.40, recibí un llamado del Presidente pidiéndome que escribiera una carta que él necesitaba con urgencia. Me volví para cumplir su indicación.  En la oficina de Presidencia se encontraba el entonces vicepresidente de la AMIA, Héctor Rosenblat.  Frente a mi oficina, en una especie de pasillo, estaba el escritorio de otra colaboradora, Silvina, que se encontraba en su sitio. Y al lado mío, en mi mesa de trabajo estaba la auditora Ana María Czyzewski -cuya hija murió en el atentado– tratando de mandar un fax. El fax de mi escritorio era el único que había en la Institución. Teníamos dificultades con su funcionamiento y de eso estábamos hablando.  De repente todo se hizo terriblemente negro, más negro que la noche, un negro espantoso. Un ruido atroz nos atronó los oídos, un estruendo terrible, demoledor, un estrépito que no voy a olvidar nunca.  Y Silvina gritaba: “es una bomba, es una bomba”…

El primer piso, al fondo, donde yo me encontraba, daba casi sobre la calle Uriburu y creo que esa fue la razón por la cual los que estábamos ahí, nos salvamos. El ruido era horrendo, como si el edificio se viniera abajo. Que era, en realidad, lo que estaba sucediendo. Y no paraba, cada vez se  hacía más intenso. Y recuerdo con espanto el terrible olor que se expandió de inmediato. El olor del explosivo. Un olor muy particular que hasta hoy en día, si percibo un olor similar, vuelvo a sentir esa sensación de asfixia y de muerte.  Yo permanecí petrificada y muda al lado del escritorio. De hecho estaba en una nebulosa, sin pensar, sin llorar, sin hablar, en un estado de tránsito, de confusión, sin entender, pero sintiendo dentro de mí y alrededor, la tenebrosa presencia de la muerte.  Ana María, que ese día había traído a su hija –que no trabajaba en AMIA- para que la ayudara, gritaba estentóreamente: “¡Mi hija, mi hija!”. Porque Paola, su hija, había pedido unos cafés en el bar de la esquina y el cadete del café se los traía.  Dado que él estaba muy apurado, ella bajó para recibirlos de sus manos. Ambos murieron en la escalera.

Enfrente de mí, mi compañera Silvina gritaba: “Es una bomba, es una bomba”. No sé cuanto duró todo, pero sé que de pronto cesó el ruido. La total oscuridad se llenó de puntos amarillos que surgían como reflejos, dentro de la más infernal tiniebla.  Ana María tomó el tubo del teléfono, pero, claro, estaba muerto. Silvina vino hacia mí, me levantó de mi asiento y empezamos a caminar hacia la escalera, pero la escalera ya no existía.  En su lugar había un enorme agujero negro a través del cual se veían los departamentos de enfrente, en la vereda opuesta de Pasteur, destruidos, rotos, abiertos como cráteres.

Del sótano de la Federación de Comunidades, que estaba más hacia la calle, en un entrepiso, donde funcionaba el Vaad Hakehilot, salió como pudo el anciano escritor Simja Sneh z”l, que tenía 83 años, que había pasado la Shoa, que estuvo confinado en Siberia y que ya conocía muy bien el sufrimiento, con la cabeza sangrante, acompañado de una joven que trabajaba allí, también herida,  acercándose a nosotros y gritando: “Necesito un médico, por favor llamen a un médico..”.  Yo seguía muda, Silvina seguía gritando: “Es una bomba, es una bomba”. De la oficina que había sido la presidencia, salió el vicepresidente y ahí estábamos: Ana María gritaba, casi con aullidos, Simja pidiendo un médico, era terrible.

No sé cuanto tardamos en salir  de ese lugar, rompimos un vidrio y salimos al patio de atrás, que daba hacia la calle Uriburu y vimos sobre el segundo piso, junto a los cantos alrededor de la terraza, a los empleados que trabajaban en el segundo piso y que no se contaban entre los muertos, parados y gritando. Ese sector también había sido remodelado, todo se destruyó,  ellos nos gritaban a nosotros y nosotros les gritábamos a ellos, como para reafirmar que estábamos vivos. Todos llorábamos.

En el canto de esa terraza, sobre el primer piso, donde nosotros nos encontrábamos, estaba parado un uniformado, no reparé si era bombero o policía. Yo empecé a gritar “sáquenos de aquí”.  Tiró hacia nosotros una escalera muy corta, que quedaba trunca a un metro de distancia de donde él se hallaba.  Nos abalanzamos para subir a ella, era la única salida hacia fuera, era la única forma de escapar.  Primero salió Ana María, que por su angustia y desesperación, no sé como hizo pero subió. Se fue disparando por los techos con un solo zapato. Siempre recuerdo su imagen con un solo zapato.  Luego sacaron a la chica ensangrentada que era joven y liviana, y no recuerdo cómo, sacaron también al anciano escritor herido.  Después me tocaba a mí.  Solo quedaban Silvina y el Vicepresidente, que trataron de ayudarme. Y claro, yo no tenía la suficiente agilidad como para agarrarme del bombero, que tampoco estaba muy firme en el lugar. Silvina me empujaba desde abajo y el bombero me tiraba hacia arriba. Alcancé a darle la mano y comenzaron a izarme. Me  raspé los brazos, me raspé las piernas, me rompí la ropa, y tampoco se cómo, pero subí y salí.  No quise irme sin Silvina, esperé a que la subieran a ella también. Yo estaba muy desorientada.  Encontramos un muchacho conocido, que hasta hoy no recuerdo quien era, pero me ayudó. Cuando salió Silvina me tomó del brazo.  A su vez, el bombero ya había ayudado a salir al Vicepresidente, quien se había quedado adentro hasta que nos sacaron a todos los que estábamos. Porque toda la gente que trabajaba adelante, con motivo de la refacción, eran los albañiles que quedaron bajo los escombros. Personal de la Institución no había, estaban trabajando en el segundo piso. El bombero quiso llevarme en andas hacia la calle, pero Silvina le dijo: “Quédese tranquilo que la llevo yo, siga usted con otra gente”. Ella me llevó de la mano sosteniendo los jirones de mi ropa sobre mis piernas. Hacía muchísimo frío: claro, era julio. Bajamos así por una escalera que había al lado de lo que fuera el edificio de la AMIA, se veían las casas cortadas al sesgo, hornallas prendidas con pavitas encima, se veía gente que había saltado de la cama, camas abiertas, había en el ambiente como un aullido general  y se escuchaba el ruido de las sirenas que perforaban el aire.  Cuando llegamos a lo que había sido la vereda de AMIA sobre la calle Pasteur, del lado derecho de lo que había sido el edificio, quise mirar hacia la izquierda, donde había estado el frente de la Institución y Silvina me gritó: “No mires, no mires”. Me llevó hasta la esquina, me puso el tapado que no me explico cómo había salido también, me quedé ahí y pregunté con horrorosa candidez: “¿Hay muertos?”

De pronto me di cuenta que la calle estaba llena de judíos que yo conocía, que habían venido de todas partes,  gente y más gente, por lo que deduzco que ya había pasado un buen rato desde la explosión, lo que no puedo recordar ni precisar.  Empecé a hablar, le pedí a los movileros que me dejaran hablar por sus teléfonos móviles, y hablé a través de las radios que estaban presentes,  diciendo que estaba viva, que estaba bien.  Mi nuera me escuchó, pero mi hijo ya había salido a buscarme. Yo estaba en la esquina de Pasteur y Viamonte y él me buscaba por la calle Tucumán. Por Viamonte estaba un poco más despejado, la multitud venía de Corrientes. La gente se buscaba unos a otros. Sé que mi hijo anduvo caminando entre la multitud preguntando por mí.  Los que lo conocían le dijeron: “Me parece que se salvó”. Alguien le dijo: “Buscá del otro lado”  Encontró a Silvina que había dado la vuelta y ella le informó: “Tu mamá se salvó, está del otro lado”. Otra gente se lo confirmó. Yo deambulaba como perdida. Un hombre a quien yo conocía muy bien y que tras escuchar la explosión vino especialmente a preguntar por mí, me tomó por el brazo y me preguntó: “Señora, ¿no la vio a Tamara?”.  No me reconoció.  Entonces le dije: “Soy yo, estoy aquí”, y ambos lloramos.  Me llevó de la mano caminando por las calles aledañas. Yo no quería irme, yo quería ver. El desastre era total, las ambulancias iban y venían, todo era confusión y espanto.

Veo a Ana María con una chica al lado y le dijo: “Ahh, ¿está ahí?” y ella me contesta: “No, es mi otra hija”. Y estaba ahí mirando, también estaba su esposo con la mirada fija en el movimiento de la gente que sacaba cuerpos. Mi amigo me arrancó de allí y tomamos un taxi hasta la casa de mi hija. Ella y su familia estaban en la puerta llorando, me hicieron entrar, me acostaron y yo empecé a mirar la televisión que daba cuenta del desastre, de los primeros muertos cuyos nombres se estaban escuchando. Hablé por teléfono con mi marido. Un rato después vino mi hijo a verme. Me llamaban familiares y amigos de todo el mundo. Me llevaron a mi casa.  Al día siguiente me levanté y me fui hasta el edificio de la calle Ayacucho, donde empezó a funcionar provisoriamente la AMIA. Con mucha dificultad pude ingresar al edificio, pero estaba dispuesta a seguir con las tareas que se me encomendaran, porque los presidentes de AMIA y DAIA, estaban allí reunidos tratando de ver qué hacer.

Estando allí, en Ayacucho el 19 de julio, observando todo el horror, vi que el lugar estaba lleno de gente: familiares ansiosos, dirigentes comunitarios, personalidades que venían a expresar su solidaridad, unidos por la misma desesperación. Recuerdo que me crucé con el Cardenal Quarracino, quien se tomaba la cabeza con las dos manos. Gente que miraba aterrada, psicólogos, médicos, miembros de la comunidad en general. Empecé a sentirme mal. Me fui de allí y estuve una semana en cama. Me quedó como una deuda en la conciencia el hecho que no pude ir a la cochería donde estaban alineados los ataúdes de los muertos que aparecían. No pude hacerlo. Sentí que no podía.  A la semana me presenté a trabajar. Nunca se me cruzó por la cabeza decir “no vengo más”. No escapaba a mi entendimiento que me encontraba en un lugar de alto riesgo, pero de todas maneras nunca se me ocurrió abandonar lo que yo consideraba mi casa, el lugar donde yo trabajaba desde hacía tantos años. El día que volví fui directamente a ver al Presidente, me agradeció haber venido y empezamos a trabajar, en condiciones muy difíciles.  Todavía se estaban revisando los escombros, todavía estaban los socorristas israelíes con sus perros, había mucha incertidumbre, pero ya se conocían muchos muertos. Ya se conocía la magnitud de la tragedia. Yo entiendo que toda la sociedad civilizada toma esto como propio, pero a pesar de ello y  aunque racionalmente comprendo que fue un ataque a la sociedad argentina toda, yo siento muy claramente que fue un brutal y salvaje atentado antisemita, que fue para nosotros.

Dentro de mí se hizo un profundo agujero negro, como el negro agujero de la calle Pasteur al 600. Esto no se puede olvidar, nadie queda igual…hay un proceso de dolorosa destrucción interior que horada las entrañas.

“Abuela, ¿cómo entendés que la bomba fue real?”

Tamara Scher estaba adentro del edificio de la AMIA que explotó, pero sobrevivió. Su nieto tenía tres años en ese momento y no recuerda nada de lo que pasó. A 20 años, Él necesita preguntarle. Ella, responderle.

Uno de mis nietos se llama Ezequiel y tenía sólo tres años cuando una bomba voló el edificio de la AMIA. Esa bomba mató a gente a la que yo conocía y a la que yo no conocía y me transformó, para siempre, en una sobreviviente. Y ser sobreviviente me impuso la responsabilidad de contar ese horror todas las veces en las que me sienta fuerte para hacerlo. No me resulta sencillo con nadie. Tampoco con un nieto, pero entiendo y siento que él necesita preguntar, quiere preguntar y debe preguntar. Me pregunta, por ejemplo, cómo se hace para vivir sabiendo de la muerte de repente. Necesito volver a decirle que él es parte de la contestación. Necesito responderle.

 Mi abuela se llama Tamara y es una sobreviviente. Yo era muy chico y no me acuerdo, pero el 18 de julio de 1994 estuvo adentro del edificio de la AMIA donde explotó una bomba. Lo digo porque me lo contó ella. Una y mil veces y mil veces más, todavía hoy, yo le sigo preguntando. Le pregunto porque estuvo adentro, pero porque mi abuela es una persona para preguntarle cosas. O porque en estos días intentó entender qué es una fatalidad y digo, me digo y le digo que no comprendo cómo se hace para vivir sabiendo de la muerte de repente. Mi abuela tiene 82 años, o sea tenía 62 cuando explotó la bomba. Veinte años pasaron de un atentado que no recuerdo, pero veinte años de mi vida no hubieran sido iguales si ella no hubiera estado. Necesito preguntarle.

***

–         ¿Qué es irreparable?

–         Irreparable es la muerte. Los que murieron, murieron. Viste que cuando se muere alguien todos te dicen que siempre los vamos a recordar. Todo eso es muy lindo, pero la muerte es la muerte y es absolutamente irreparable.

–         Bueno, pero en la vida, afortunadamente o tristemente, existe la noción del tiempo. Al otro día, uno se levanta. Vos te levantás. A veinte años, ¿cuánto de la vida es reparable?

–         No se piensa todo el tiempo en los muertos. Hay momentos, hay días, hay fechas. O un olor determinado. O un ruido que suena y, de repente, te hace recordar. Los sobrevivientes, que no todos eran amigos míos, nos juntamos cada ciertas fechas. Yo siempre digo, parafraseando a Borges, no nos une el amor sino el espanto. Con algunos, no nos unía nada más que ser compañeros de trabajo, pero la vida nos juntó en algo. Afortunadamente, existe el tiempo. La vida tiene sus compensaciones.

–         De las 85 víctimas, ¿ya te sabés las historias de todos?

–         Hay gente a la que conocí muy bien. Todo era un trato diario. Al principio, te parece terrible no saber más nada de alguien. Pero es tal el impacto que produce eso que el día en el que yo encontré mi agenda, que era una libretita nada electrónica, me puse a llorar. Era algo que me recordaba a lo de antes. O cuando encontré el libro de actas que yo usaba. Cuando lo volví a ver, sentí que era ver a alguien que recuperaba.

–         ¿Eso estaba en el edificio?

–         Sí, claro, son papeles que quedaron en el medio de la explosión y que después trajeron al edificio siguiente y los tiraron en una mesa y ahí los agarramos. Esas cosas me hacían sentir que me encontraba con un antes. Porque existe un antes y un después. Nada es igual. Es muy terrible cuando vos te das cuenta de que algo que estaba vivo ya no está. Sobre todo, si es de repente. Porque cuando las personas se enferman, lamentablemente, uno se hace a la idea de que puede pasar. Esto es muy cruel. Es difícil de aprehender, hablo de aprehender con h.

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–         ¿Cómo se hace para encontrarle la vuelta a la fatalidad? Porque una bomba es inimaginable, ¿cómo te das cuenta de que es real?

–         Vos sabés que yo tuve dos veces cáncer. Una vez, fue antes del atentado y otra vez, después. Es terrible porque uno piensa miles de cosas, pero en el fondo uno no quiere creer que está ahí al borde. En el momento en el que explotó la bomba y se veía todo oscuro y yo sentía ese olor a amoníaco, al explosivo, y cuando sentía la casa moviéndose, cayéndose todo, en un momento determinado, yo sentí la presencia de algo tenebroso como la muerte. Es más: yo en ese momento pensé que había muerto, que eso era el tránsito. A mí no me había entrado todavía en la cabeza, pese a que mi compañera Silvina, en ese momento, gritaba “es una bomba, es una bomba”. Cuando empezás a entender, empezás a pensar en los demás. Dónde está este y lo primero que atinás es decirle a tus seres queridos que estás viva. No se piensa mucho. Es muy difícil pensar y hacerse una idea de lo que pasa. Pero nadie queda igual. Las pesadillas, los miedos y, principalmente, los ruidos. A mí los fuegos artificiales, en Navidad y en año nuevo, me ponen mal porque los ruidos son parecidos, aunque en un nivel menor.

–         ¿Pero cuándo entendés que la bomba fue real?

–         Cuesta mucho. Uno espera que en cualquier momento sea un sueño o una pesadilla. Mirá, unos días después, tu papá quería que yo fuera con él a la cochería de AMIA donde estaban todos los ataúdes. Yo estaba enferma ese día porque había quedado sintiéndome mal y no lo pude acompañar y fue tu mamá. Me dijo que era insoportable ver todos los ataúdes juntos. Después, fuimos al cementerio, a Tablada, porque la tradición judía marca que treinta días después de la muerte se conmemora algo que se llama Treinta, y fui y miraba y veía debajo de esas piedras que todo era real. Era muy duro. Resulta difícil, por momentos te olvidás, por momentos tomás conciencia de la realidad. Lo que tiene de asombroso la vida es que vas ensamblando eso con lo otro y seguís viviendo. Pero nadie es igual.

–         A 20 años, ¿cuánto cambia la memoria?, ¿los recuerdos se siguen sintiendo igual?

–         Sigue igual. Además, lo conté tantas veces que no se me escapa nada. Yo tengo una sensación vívida de que fue ayer. Tengo el recuerdo de mi última conversación ahí. Yo iba a subir al cuarto piso, iba a ir a tomar un café y me llamó el Presidente para que le escribiera una carta. Esa carta me salvó porque yo no subí y, donde estuve yo, que era sobre Uriburu, porque la AMIA era un edificio angosto y largo que llegaba hasta Pasteur, se cayeron los vidrios y todo, pero justo ahí empezaba la parte que no se cayó. ¿Vos podés creer que yo me acuerdo a quién le tenía que escribir la carta y qué decir? Me acuerdo siempre.

–         ¿A quién le escribías?

–         A una emisora israelí que le había hecho un reportaje al Presidente. Era para agradecerle. Nada importante. Hay detalles de los que yo nunca me olvido. Cuando salí a la calle ese día, como era 1994, todavía no había celulares por todos lados, había apenas unos movicon. Yo no me podía comunicar con nadie para decir que estaba bien y salí y me crucé con un periodista y le agarré el micrófono y dije: “Soy Tamara Scher, contacten a mis familiares” y tu mamá me escuchó. Me quedó esa imagen.

–         De la vida, de acá para atrás, ¿cuántos días más te acordás así, con detalles?

–         No me acuerdo sólo de las cosas tristes. Me acuerdo de cosas felices. De cuando nacieron ustedes. De cuando tu papá llamó y dijo simplemente Ezequiel y yo ya sabía que habías nacido. Las cosas así también te quedan. La vida se compone de cosas duras y de cosas lindas y todo se siente.

–         ¿Cómo hace la cabeza para, a pesar de esto, seguir buscando felicidades?

–         Porque la vida es así. Hay que tener voluntad. Yo hice un esfuerzo y seguí. Me hace muy bien escribir. Arranqué con mis memorias, pero las dejé plantadas, aunque las voy a seguir.

–         ¿Ese edificio que explotó tenía cosas que extrañás?

–         Yo fui a la escuela secundaria hebrea en ese edificio. En un baño, una vez, había encontrado una cosa escrita por una compañera mía. Eran cargadas o chistes que decían “Viva yo” o “Sin exámenes”. Cosas de chicos de cualquier colegio. Pero sí, la AMIA era un edificio emblemático y claro que tenía cosas entrañables. Era mi segunda casa en ese momento. La AMIA es una institución que fue orgullo de generaciones de judíos por todo lo que significa. Ese año, el del atentado, se celebró el centenario. Era para mí muy emocionante. Se cumplieron cien años en mayo y en julio fue la bomba.

–         ¿Vos te pudiste acostumbrar al edificio nuevo?

–         Mucho no. El edificio es muy lindo, muy acogedor, muy moderno, pero le falta cierta sensación de familiareidad. Algo entrañable. Yo trabajé catorce años después del atentado, pero nunca lo sentí como mío.

–         Si se habría construido un edificio exactamente igual, ¿se hubiera soportado estar ahí, en los mismos pasillos, sin las víctimas?

–         No puedo saberlo porque no ocurrió. Supongo que sí, uno se acostumbra a todo. Uno se acostumbra a todo y, si no se acostumbra, se muere. Es la vida, no es que uno se lo propone. La vida te va llevando. Te vas acostumbrando a algo que ya no está o algo que cambió. Yo ahora pienso que los que nacieron después del 94 o ahí o un poco antes necesitan escuchar muchas veces lo que pasó acá. Es difícil de entender sin vivirlo. Hay que contar para que no se olvide. Aunque llegará el momento en el que, por todas las cosas de la historia, será una página de un libro que diga que el 18 de julio de 1994 explotó una bomba en el edificio de la AMIA.

–         No sólo en relación a la AMIA sino también a la dictadura o al Holocausto o a lo que sea, ¿por qué hace falta saber una tragedia?

–         Es como preguntarse por qué hace falta entender cualquier cosa. Es la historia. Yo creo que tenés que saber.

–         Pero un pibe de quince años puede venir y preguntarte por qué tengo que saber qué pasó en la AMIA, ¿qué le cambia saber?, ¿por qué hay una señora que lo cuenta en una revista?, ¿por qué hay un acto?

–         Si quiere, puede elegir no saber. Pero hay una cuestión que es el antisemitismo. El atentado a la AMIA fue un atentado contra la República Argentina que le hizo mucho daño a la sociedad y yo tengo un reconocimiento por todas las personas que lo sienten así, pero en el fondo de mi corazón yo estoy convencida de que fue un brutal acto antisemita. Fue a la comunidad judía a la que quisieron destruir. Uno piensa que ojalá sea algo que no tengan que ver ni mis nietos ni mis bisnietos. Lamentablemente, hoy, es algo que no puedo asegurarles.

–         Vos decís que nada es igual después del atentado, pero a 20 años, ¿qué cosas dejó el atentado como huella para la historia argentina?

–         Hay mucha gente que ha cambiado y se horroriza con lo que pasó. Otra no. Unos días después del atentado, cerca de la AMIA, tomé un taxi. La cuadra esa estaba vallada y entonces íbamos por Tucumán y el tipo que manejaba me dijo “vio cómo se la dieron a los rusos”. Y lo escuché y dos cuadras después me bajé porque no tuve el coraje de decirle todo lo que pensaba.

–         ¿Y por qué no se lo dijiste?

–         Porque tuve miedo. Porque no sabía si era un antisemita o no. Hay cosas son así y van a seguir siendo así porque esto no es lo primero que les pasa a los judíos.

–         ¿Cómo ves ahora la manera en que funcionó tu cabeza para volver a trabajar a la AMIA rápidamente?

–         En ningún momento pensé en dejar de trabajar ahí. Muchos se fueron, yo no. A la semana estaba ahí, el Presidente me vio, me abrazó, yo le pregunté cómo estaba y él me dijo “ahora mejor que está usted”.

–         ¿Pero por qué se te cruzó volver tan rápido?

–         Porque era mi casa. No se me cruzó la idea de que yo tuviera que irme por lo que hicieron. Tampoco pensé que pudieran hacer un atentado de nuevo, tan rápido.

–         ¿Qué te acordás de cuando volviste a entrar?

–         Me costó muchísimo. Un rabino muy gracioso decía: “Me están haciendo un análisis de sangre para entrar”. Te revisaban mucho. Yo volví a trabajar y todavía no se sabía la cantidad de muertos. Al día siguiente del atentado yo volví, pero me descompuse y pude volver recién la otra semana. Y ahí volver y ser revisada. Se cometían muchos errores porque los chicos de seguridad estaban obsesionados con revisar.

_DSC9246–         ¿Te sentías incómoda?

–         Sí.

–         ¿Pero lo sentías necesario?

–         Sí.

–         ¿Pensabas en el atentado cuando te revisaban?

–         No, pensaba en entrar. Nunca tuve miedo estando ahí. No, una vez sí. Hubo una amenaza de bomba en Ayacucho. Un miembro de la Comisión Directiva que después fue Presidente se estaba yendo y yo le pedí que se quedara porque tenía mucho miedo. Hasta que vinieron los perros. Fue dos o tres años después.

–         ¿Nunca pensabas en que pudiera volver a pasar?

–         Sabés que no…

–         ¿Y por qué pensabas que no?

–         En principio, porque confiaba en la seguridad de ahí. Y después pensaba que era una cosa que tan pronto no podía volver a suceder.

–         Si antes del atentado te hubieran dicho que podía explotar una bomba, ¿lo hubieras creído? 

–         Sí. No de esa magnitud. Siempre me acuerdo que en el café de enfrente había un tipo sentando tomando algo. A mí me daba miedo y se lo contaba a todos. Se reían de mí. Quizás no era nadie, quizás estaba mirando a una chica, pero a mí me daba miedo.

–         ¿La gente pensaba que podía suceder?

–         No, la gente no lo creía. Es más, yo creo que si ese día decían que tomaran recaudos la gente no lo hubiera creído. Yo, una bomba así, me pareció que tanto así no puede ser. Pensaba que no podía ser, pero siempre tenía miedo de que pasara algo.

–         ¿Hoy pensarías que puede suceder?

–         Es difícil de imaginar, pero hoy no me parece tan increíble que pueda pasar. Dos bombas: la de la Embajada de Israel y la de la AMIA. Yo trabajé seis años en la Embajada de Israel y cuarenta y cuatro en la de la AMIA. A mí me borraron todo. El edificio de Arroyo no está, el de Pasteur no está. La vida que pasé en esos lugares no está.

–         Lo que está es esta casa donde vivís.

–         Sí, vivo desde fines del 64, cumplimos 50 años acá. La única casa que no me borraron.

–         ¿Cada 18 de julio se te vuelven a pasar por la cabeza las imágenes del atentado?

–         Sí. No todo el día. Siempre hay algunas cosas que me lo recuerdan. Está incorporado en mi cabeza, donde yo tengo un agujero negro.

–         ¿En tu cabeza?

–         No, en el corazón. En la cabeza no. Hay dolores que quedan así. Yo puedo conmoverme con cualquier cosa que le pasa a alguien y acordarme y ponerme a llorar porque son sensibilerías mías. Pero el atentado es una cosa concreta, dura, terrible. Por supuesto que nunca me lo voy a olvidar.

–         ¿Por qué le pusiste agujero negro?

–         Cuando salí de mi oficina ese día y vi que no había nada, no había escaleras, y se veían los departamentos de enfrente directamente, lo que había era un agujero negro en el medio. No había luz, no había nada. Ese agujero negro me quedó en el corazón y es el que simbólicamente asocio a mi sentimiento.

–         Yo no puedo entenderlo. Todo puede ser explicable, todo puede tener su punto, pero la fatalidad no tiene explicación.

–         Claro, de repente ya no vas a ver a este, al otro. Todos los eufemismos, todo eso de acordarse está, pero ella o él ya no están.

–         ¿Cuánto tiempo tarda uno en darse cuenta de que todo fue real?

–         Te das cuenta pronto porque es la realidad.

–         ¿Y vos te acordás de cuándo volviste a sonreírte después del atentado?

–         Al día siguiente o al otro fui a tu casa porque tu mamá me pidió que fuera porque tu hermano estaba preocupado y quería verme. Ahí podía disociar las cosas y jugar con tu hermano.

–         ¿Esas cosas ayudan a seguir viviendo?

–         Cualquier alegría te ayuda a seguir viviendo. También la vida misma. Cuando yo tengo obligaciones prácticas para hacer, pienso en esas obligaciones y no en lo que pasó. Aun viendo el acto por la tele me acuerdo de cosas de la casa que tengo que hacer y dejo de pensar en el atentado. Es más, ahora ya no estoy pensando en esto y estoy pensando que tendría que hacerle la comida al abuelo. Así que vamos a comer.

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El bolchevique judío conspirador

La Semana Trágica fue una de las experiencias más ricas del movimiento obrero argentino en toda su historia. Pero al tiempo que era reprimido por la policía, el Ejército y grupos paramilitares, desde los ámbitos de gubernamentales, tanto los radicales como los conservadores explicaban los hechos bajo la figura de un nuevo chivo expiatorio que supo perdurar a lo largo de las décadas, no solo en el país, sino a lo largo de todo el planeta: el bolchevique judío conspirador.

Imagen: NosDigital

Lo que comenzó como una huelga a fines de diciembre de 1918 de los obreros de los talleres metalúrgicos de Vasena, se convirtió en un movimiento de masas que entre el 7 y el 14 de enero de 1919 se enfrentó con las fuerzas policiales y militares. Sin embargo, el reclamo nunca pasó de ser el del repudio ante las víctimas de la represión, mejoras salariales y la jornada laboral de 8 horas. Más allá de su masividad, nunca pasó a convertirse esta rebelión en un verdadero movimiento anti-capitalista.
Pese a esto, ya desde los medios de comunicación y desde el propio gobierno se intentó catalogar a los sucesos como fruto de una conspiración bolchevique-anarquista, guiadas por el odio y la violencia. Este tono claramente reaccionario no solo surgió de las filas de los políticos conservadores, sino de los propios radicales, que en un afán bastante olvidado de la memoria histórica, emuló el discurso de los primeros.
Una vez iniciadas las revueltas, el periódico radical La Época habrá de considerarla como “una tentativa absurda provocada y dirigida por elementos anarquistas (…) No se trata del movimiento obrero” , no solo negando a la vez la adscripción a esta ideología y sus organizaciones por una parte considerable de los trabajadores porteños, pero también quitándole toda masividad y legitimidad a los huelguistas. Pero si había rechazo, también proponían su cura, la represión: “ni el gobierno, ni el pueblo argentino admitirán la incorporación de elementos disolventes, cargados de odios ancestrales (…) inclinados a la subversión y la violencia” .
Esta teoría conspirativa no solo tuvo lugar en las páginas del diario oficialista, en la misma Cámara de Diputados retumbaron sus ecos. En la sesión del 14 de enero, el diputado de la Unión Cívica Radical Horacio Oyhanarte sentenció: “Hay un doble fenómeno en la actual situación de hechos que atraviesa la República. Hay en este momento esa faz de la lucha eterna entre trabajadores y potentados; al lado de esta faz (…) la faz anárquica, la faz maximalista, que no es nuestra, que ha entrado por la puerta del mar y que en estos momentos conturba todas las civilizaciones del mundo” .
El bolchevique o maximalista y el anarquista eran los responsables de la perturbación del orden, y no solo eso, sino que además también anti-patrióticos, exportadores de teorías “disolventes” de la nacionalidad argentina. El enfrentamiento era, en última instancia, argentinidad versus lo foráneo: “El Estado de Sitio tendrá (…) un carácter verdaderamente patriótico nacional, como si fuese el Estado de Sitio ante una invasión extranjera. Y ésta es la índole del movimiento subversivo reprimido” sentenció La Época cuando los diputados se debatían la instauración de tal medida extraordinaria.
A la violencia ejercida contra el movimiento obrero movilizado se le sumó la violencia contra la colectividad judía, sin importar si los atacados habían participado o no de la huelga. José Mendelsohn, un observador de los acontecimientos, relató sus vivencias al periódico germano Die Idische Tzaitung: “Pamplinas son todos los pogroms europeos al lado de lo que hicieron con los ancianos judíos (…) en las comisarías 7° y 9°, y en el Departamento de Policía. Jinetes arrastraban viejos judíos desnudos por las calles de Buenos Aires (…) y cuando ya no podían correr al ritmo de los caballos, su piel se desgarraba raspando los adoquines, mientras los sables y los látigos de los hombres de a caballo caían y golpeaban intermitentemente sobre sus cuerpos” .
La UCR no fue ajena a la campaña y la violencia contra la comunidad judía. La Época el 19 de enero acusó “las barbaridades que a las cuales, con tacto y serenidad, puso fin el gobierno (…) Y nosotros decimos que se trata de una minoría minúsculo porque los verdaderos autores de los acontecimientos pasados representan el 1,18% de la población de la República y el 1, 79% de la Capital Federal” . Estas cifras no eran azarosas, coincidían con el porcentaje de la población rusa según los datos del censo de 1914. Casi al mismo tiempo un “Comité pro-argentinidad” llamaba a que “caiga sobre los judíos la execración pública, y que el gobierno cumpla con su deber y libere a la Nación de este contagio y de esta peste” . Una semana después el diario El Día comunicó la renuncia de numerosos radicales luego que otros afiliados se hubiesen jactado de haber despachado en un solo día a 48 judíos .
Así los actores de la Semana Trágica mostraron sus caras: por un lado, la clase obrera marchando por sus reivindicaciones, luego, una represión feroz que pasará los límites incursionando en el odio racial, para terminar con una legitimación de las acciones mediante la creación de una figura extranjerizante, violenta, anti-nacional por parte de la clase política, incluyendo tanto a la Unión Cívica Radical como a los conservadores.

“El antisemitismo iba por derecha y por izquierda”

Si hay algo que fue la Argentina en la primera mitad del siglo pasado fue el ser un país multinacional y multicultural. Dentro de este marco, el judaísmo significó una marca identitaria a la hora de mantener las tradiciones y costumbres de la colectividad, como también con su convencido desarrollo ideológico y de resistencia, siendo de gran aporte para la formación de la clase obrera argentina. Por esto, nos juntamos con la Dra. Nerina Visacovski, al frente del seminario Historia de la izquierda judía en Argentina. Identidad y pedagogía (1920-1970); que se iniciará en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.  Acá una entrevista sobre identidad, resistencia, racismo y knikes.

 

-En el seminario que está por arrancar planteás una existencia de corrientes al interior de la colectividad judía, y algunas de ellas, de carácter socialistas…

Imágen: NosDigital

-Mi inquietud nace cuando arranco a estudiar la historia de la educación judía argentina. Entonces al ver las fuentes, noto una historia centrada en el sionismo –que también va a de izquierda a derecha-; pero también hay una historia por fuera del sionismo que la marginaron del mapa de la colectividad judía. Y este no-sionismo fue muy importante para la historia de nuestro país, principalmente en la primera mitad de siglo. Muchas de estas corrientes estuvieron bien ligadas a partidos de izquierda, principalmente al Partido Comunista; y que por ser más proclives a integrarse a la sociedad argentina produjo sus propias desapariciones. Cumplió, entonces, sus objetivos, es decir, integrarse. Con el sionismo, esto es más matizado, ya que promueven una colectividad más cerrada y menos integrada.

 

-¿Cómo se da la convivencia entre grupos con proyectos de izquierda y la adscripción al judaísmo?

-Cuando llegan a la Argentinase empiezan a agrupar por idioma y por lugar de nacimiento, tanto los sefardíes –provenientes de la península ibérica- y los asquenazí –de Europa Central y Oriental y de origen árabe-. Muchos de estos últimos venían de las llamadas zonas de residencia, que eran una parte del Imperio Ruso zarista, donde vivían en forma de ghettos por lo que no podían salir de ahí. Eran ciudadanos de segunda. Solamente podían trabajar en esas zonas y no podían tener tierras, por eso se conformaban como artesanos u obreros a partir de la industrialización. Por esto, en las ciudades se empiezan a establecer en estos ghettos, donde la diferencia no radicaba en si se era o no judío –ya que todos los eran-, sino en si se era más o menos socialista o capitalista. No estaba esta dificultad del antisemitismo al interior de las aldeas, el antisemitismo venía desde el Estado. Cuando los judíos vienen al país lo hacen con ideas socialistas revolucionarias que no iban en contra de su adscripción judía. La contradicción la empiezan a vivir acá, cuando tanto el patrón como el obrero son antisemitas. Entonces, cuando empiezan a sentir esta contradicción se asienta el sionismo de izquierda, muchos marxistas e incluso miembros de la Tercera Internacional, que hablaban de la necesidad de establecer el Estado de Israel y allí hacer la revolución socialista.

 

La diferenciación, ¿se da entonces en cómo construir el judaísmo en el territorio, ya sea hacerlo en el nuevo lugar o la búsqueda de la conformación del Estado de Israel?

-A ver, el judaísmo desde lo religioso es muy amplio. Tenés a los ortodoxos que funcionan como secta con tradiciones que se pueden rastrear del siglo XVIII, hasta laicos que respetan ciertas tradiciones como el Shabatt, las festividades, el templo, algunas relacionadas con las comidas o rezos y no mucho más. Hay un abanico muy grande, una gran heterogeneidad. Incluso muchos no están institucionalizados, no van al Templo. Yo estudio a los judíos por ejemplo del ICUF (Federación de Entidades Culturales Judías), que nacen en los ´50 en oposición a los postulados de AMIA y DAIA, alineadas con Israel y EE.UU. El ICUF se encontraba más cercano a las lógicas del PC y de la URSS. Ahí hay una separación institucional. Pero hay mucha gente que no pasó por ninguna institución, ni por un lado ni por el otro. El 60% de la colectividad judía argentina nunca pasó por una institución. Entonces, ¿qué conocemos de la colectividad judía argentina? Hoy por ejemplo AMIA está en manos de los ortodoxos, que son unos sectarios increíbles, entonces… ¿son representativos de la colectividad? La línea que yo trabajo es ver fuera de las instituciones, para poder comprender la historia completa del judaísmo.

-¿Se articula un antisemitismo vinculado con el binomio judío-comunista desde las clases dominantes?

-El antisemitismo se da tanto por derecha como por izquierda. Vos fijate que muchos de los anarquistas allá por 1910 acusaban a los judíos de ser los grandes dueños de los frigoríficos ingleses. “Los judíos con su dinero y frigoríficos que vienen a sacarnos lo nuestro”, decían. Así que el judío era bolchevique o empresario.

-¿Cómo se da la integración entre el judaísmo socialista y la clase obrera nacional?

-La cuestión idiomática fue la gran barrera para la integración, pero también las elites partidarias del PC y el PS les empezaron a pedir que abandonen su particularismo y se integren a la nación y a la lucha internacionalista. Hay una resistencia que arranca más después del Holocausto, ya que el postulado “todos los obreros somos iguales” ya no se aplica, no son todos iguales, un Hitler puede aparecer en cualquier momento. Y allí hay como un retorno a la defensa y la recuperación de las tradiciones judaicas, incluso entre los comunistas, que en este caso se ven reforzados debido al apoyo dela URSS a la creación del Estado de Israel.