A toda costa

El Gobierno de la Ciudad apunta a cambiar el perfil de las costaneras, imponiendo carritos de comidas a gas en comodato de alquiler: por qué sí y por qué no, en la voz de los afectados. A pocas cuadras, la experiencia autogestionada de los feriantes y músicos de Defensa reclama lo mismo: que los dejen trabajar.

Atrás de los altos edificios y antes del pasto creciendo dentro del agua, el Gobierno de la Ciudad apunta a cambiar el perfil de las costaneras Sur y Norte imponiendo una serie de carritos de comida a gas – sacando las clásicas parillas a carbón-, obviamente amarillos y todos iguales, que serán emplazados sobre la calle al lado de unos canteros, dejando libre el paso por la ancha vereda, hoy copada también por manteros.

La imagen de los candidatos Gabriela Michetti y Diego Santilli comiéndose un chori junto a Mauricio Macri, además del ridículo, puede recordarnos esta iniciativa.

Ir por una bondiola a costanera Sur en tiempos electorales resulta entonces una experiencia periodística.

El paisaje

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

El paisaje en Puerto Madero está cambiando de a poquito. Ese país aparte que construyó el menemismo y que emergió como espacio nuevo para unos pocos, fue tomado por asalto por carritos de comida y manteros que todos los días, y en especial los domingos, llenan de gente de todos lados al exclusivo barrio.

El paisaje dominguero reúne a familias, parejas y amigos que caminan el corredor gastronómico en busca de un choripán, una cerveza o quizá alguno de los productos que ofrecen los manteros, los nuevos anfitriones de fin de semana.

Venden de-to-do: anillos, caretas de Hulk, mates, yerberos artesanales, camisetas de fútbol, pulseras, un plato de pizza inédito con las porciones marcadas y desmontables (¡de modo que uno puede llevarse su porción con una maderita abajo!), pantalones de fútbol, pelotas grandes y chicas, cuadros, marcos para cuadros, juegos de play, alpargatas, y tantas cosas como manteros haya.

Uno de ellos dice no saber nada del reacomodamiento y asegura que, todavía, desde hace un mes, no se les acercó nadie de Ciudad ni la policía. “Esto es trabajo”, dice, “¿por qué nos deberían sacar?”. Dicen que la inocencia es la verdad en su estado puro.

Manteros, puesteros y ambulantes conviven en la costanera Sur de una sola manera: trabajando.

Los removidos

A unos pasos de la enorme oferta que sorprende desde el suelo, junto a varias mesitas, Sandra vende dos bondiolas completas y hace una prueba de calidad en forma de invitación: “Si les gusta vamos a seguir estando pero allá” – señala hacia el lado de Retiro – “porque nos van a cambiar de lugar”.

El “van a cambiar” en tercera persona e imperativo queda flotando en la conversación. ¿Es por los cambios de carrito que está haciendo el gobierno porteño? “Sí, acá van a poner un carrito nuevo, pero a nosotros nos corren al fondo y el traslado me lo tengo que pagar yo”. Sandra calcula que para desoldar el carro y llevarlo a cuatro cuadras gastará 10 mil pesos.

No es el primer palo en la rueda que le pone este gobierno a Sandra. Su cara – que de algún lado me resultaba familiar, ahora me doy cuenta- la vi en la tele, cuando estuvo encadenada en este mismo lugar a otro puesto porque lo querían correr.

Fue el 17 de septiembre del 2009 cuando, a la 1 y media de la mañana, aparecieron agentes de Espacio público junto a unas topadoras con la orden de remover ciertos locales que, decían, tenían las licencias vencidas. Sandra, encadenada, gritaba en el video: “Tengo todos los papeles en regla. Me lo dieron como medida cautelar, hasta que se den los nuevos permisos puedo usarlo libremente”.

Tiene el puesto hace ocho años, y desde entonces que no ha podido lograr que le den una habilitación definitiva. En el 2006, por orden del juez Gallardo, se anotó junto a otros puesteros en un registro que otorgaría las licencias, “pero a los 2 meses me bajaron y no me dijeron más nada”. La causa de Sandra por la habilitación del puesto recorrió 10 juzgados. “Hasta que cayó, gracias a dios, en el del juez Gallardo”. Gallardo aplicó una medida cautelar que le permite a Sandra seguir trabajando hasta tanto no le otorguen la licencia definitiva, como decía en el video.

Sin embargo, aquella vez el gobierno logró llevarse el carro de Sandra, las mesas, las sillas y hasta una heladera llena de comida. “Fue un robo”, define Sandra, que asegura que cada vez que cruza hacia su Avellaneda ve los restos de su carro tirados abajo del Puente Pueyrredón.

“Chiche Gelblung me mató”, cuenta sobre las repercusiones de la encadenada. “Dijo que yo no tenía permiso de nada”, dice, señalando a una de sus hijas, que acomoda las mesas. “Después en el colegio le decían al nene que yo era cualquier cosa”.

Sandra tiene tres hijos discapacitados, uno de ellos con epilepsia, cuya cura con medicamentos demanda casi 6 mil pesos mensuales. Cuestiones como ésta contempló el juez Gallardo al aplicar la medida preventoria que protege la fuente de trabajo. “Por eso yo no podía dejar el carro”, explica Sandra. “Esa semana trabajábamos de día y a la noche, tipo 7, nos hacíamos un guisito y nos quedábamos a dormir adentro del carro”, cuenta. Hoy el puesto lo trabaja toda la familia de Sandra, incluyendo cuñados e hijos discapacitados.

El de esta familia es uno de los tres puestos que serán removidos, acaso por el lugar estratégico que ocupa (el primero a la derecha entrando por Belgrano), y por no quedarse sumisos ante las directivas de Espacio Público, que empieza a desplegar su negocio en costanera: los nuevos carros serán otorgados en comodato a quienes los trabajen para que, mes a mes, paguen una cuota de 6 mil pesos según un contrato de 5 años.

Sandra muestra el plano que le dieron para su reubicación: inentendible. “Tengo que contar los árboles, cuando acá toda la vida nos guiamos por los postes de luz”, dice. “Si gasto 10 mil pesos y no es el lugar que me corresponde, ¿qué hago?”. No hay forma de dar respuesta, metros más allá o más acá prometemos volver por otras bondiolas completas. Seguimos caminando.

costanera sur

La princesa

En el puesto de al lado El Parrillón, dos policías charlan con Valeria, la encargada, y se van sorprendentemente con las manos vacías.

Decir que Valeria prácticamente nació entre choripanes no es una exageración: a su padre se lo conoce como el “Zar del choripán”. Según este reino de los embutidos, Valeria por descendencia vendría a ser la Princesa del chori.

“Quieren poner carros de acero inoxidable, que cuestan como 200 mil pesos cada uno”, cuenta sobre los detalles de los nuevos puestos. “Muy PRO”, define, “muy yanqui”.

Sin embargo, Valeria, que no tiene la urgencia del traslado, dice llevarse “bien” con la dirigencia de Espacio Público y lo resume en una frase, tan resignada como cierta: “Hay que convivir”.

La Princesa, con la perspectiva que le dan los años y la fama en el rubro, y sin urgencias de reubicación, hace una lectura positiva de estos cambios: lo ve como un paso hacia la “regulación” y un orden que deje en paz a los puesteros con temas de licencias, salubridad, coimas, aprietes. Para Valeria lo primordial es trabajar: tiene dos hijas, una de 5 llamada Alma que se lleva todas las anécdotas. “Todavía tiene chupete, y cuando le digo que lo deje va y me trae la caja de cigarrillos. “Ves, mamá, acá dice que no podés fumar. Si vos no lo dejás ¿por qué yo tengo que dejar el chupete?”. Así Alma logra mantener la negociación, y seguir chupeteando. Valeria se ríe: “Es artista, le gusta pintar, hacer teatro, telas… Por eso le tuve que pagar un colegio especial”. Su otra hija también se inclinó por el arte: “No sé de dónde me salieron si yo vendo chorizos en el medio de la calle”.

Valeria resume sobre la adaptación a estos cambios: “En una de esas en unos meses pasás y me ves con delantal y gorrito amarillo”. Con una media sonrisa cierra la idea.

Prioridades

costanera surApenas cruzamos, antes del Faena, vemos una construcción de los años 20 donde funciona la sinagoga Beit Jabad Puerto Madero. Además de una casita hay un amplio jardín cercado, y en este momento un auto Audi.

Tal predio fue cedido en 2007 por el entonces jefe de gobierno Jorge Telerman a la asociación israelita argentina Tzeire Agudath Jabad, mediante un permiso de “uso gratuito e intransferible” por el término de 5 años.

Quizá esta pequeña reseña marque una paradoja sobre las prioridades de los gobiernos, como fue en el caso del ex Padelai en San Telmo: http://www.nosdigital.com.ar/2013/04/techo-para-todos/

A pocos metros se alza el Faena Arts Center con un largo cartel que cuenta: “El Faena Arts Center está situado en el corazón de un antiguo molino que antaño alimentó a la Europa de la posguerra y que hoy vuelve a nutrir al mundo a través de la cultura”.

La metáfora del molino – uno de los más grandes molinos de trigo del país- quizá sea otro de los símbolos de los cambios de este barrio y a quienes benefician.

La Feria

Caminamos de espaldas al humo de las parrillas, a pocas cuadras, a lo largo de toda Defensa se erige la feria y la movida cultural más grande de la Capital. Desde el bajo viendo hacia la autopista no se distingue el empedrado de San Telmo: hay tanta gente que se ven sólo las cabecitas, como en un recital o una cancha de fútbol.

Todos los domingos, cientos y cientos de feriantes arman los puestos y dejan un corredor callejero y peatonal. Se venden tantas cosas que incluso muchas no tienen términos que las evoquen, pero sí clientes.

¿Cuántos puestos de trabajo generará esta movida autogestionada?

Pasamos sobre un teatro improvisado, escucho risas. Un hombre está visiblemente terminando su show, tiene una gorra en la mano y dice: “Piensen en el teatro callejero, en cuánto vale su diversión, y en cuánto gastarían si van al teatro a ver a Carmen Barbieri…”. Las carcajadas cierran la reflexión, que va en serio.

En una de las calles que salen hacia la izquierda nos encontramos con Naty Menstrual, sentada en un sillón que tiene incorporado en el apoya brazo un cenicero, frente a su puesto. Nos habla de un licuado de banana y leche que quiso tomar en un bar, pero que no lo logró, porque primero le dijeron que no tenían sorbete, después que no tenían hielo, después los mandó a cagar. Su capacidad de contar anécdotas se interrumpe por un turista que mira el puesto repleto de remeras y zapatillas pintadas por ella y algunas copias de su libro. Aunque dice no hablar inglés, mientras nos alejamos, los vemos en una charla fluida. Hay que vender porque hay que comer.

Más allá, una comparsa avanza. La gente baila, los turistas filman. Los interceptamos justo en la calle que en la que todos los domingos desde las 18 hs toca Jamaicaderos (desde hace años, a pesar del gobierno porteño: http://www.nosdigital.com.ar/2013/07/la-calle-es-nuestra-y-la-fiesta-tambien/)

Alejandro está con su saxo a un costado, esperando que pase la comparsa para volver a tocar: “Hay que convivir”, dice sobre los códigos callejeros que dan lugar a todos, con la misma frase que usó la Princesa del chori.

Cuando la comparsa pase, quizá se le ocurra a Alejandro una versión reggae del tango Sur de Homero Manzi y Aníbal Troilo:

“La esquina del herrero, barro y pampa,

tu casa, tu vereda y el zanjón,

y un perfume de yuyos y de alfalfa

que me llena de nuevo el corazón.

Sur,

paredón y después…

Sur,

una luz de almacén…

Ya nunca me verás como vieras,

recostado en la vidriera

y esperándote.

Ya nunca alumbraré con las estrellas

nuestra marcha sin querellas

por las noches de Pompeya…

Las calles y las lunas suburbanas,

y mi amor y tu ventana

todo ha muerto, ya lo sé…

Nostalgias de las cosas que han pasado,

arena que la vida se llevó

pesadumbre de barrios que han cambiado

y amargura del sueño que murió”.

 

 

 

La calle es nuestra, y la fiesta también

Las callecitas de Buenos Aires tienen ese no sé qué… Lo que seguro tiene es música. Jamaicaderos se encarga de ponerle ritmo a los domingos porteños. Con decenas de denuncias que caen sobre ellos, sus instrumentos no se callan y sus voces tampoco: “La calle es un lugar para compartir el arte, defenderlo y romper las desigualdades“. 

“¿Esto es un Clarinete?”, señala un señor de pelo blanco que nos habla de su edad. Cuenta que él tiene uno, del mil novecientos, lo dice agitando la mano indicando tiempo atrás, mucho tiempo atrás. Uno de los músicos entre sorbos de té, mientras sostiene una porción de torta que acaba de comprar a una vendedora ambulante, le recomienda lugares para repararlo. La charla termina cuando se ofrece a ir con él para que no corra la mala suerte de que lo agarre un trucho y lo cague.  Les pregunto si siempre se generan cosas como estas. “Siempre”, me dicen. La gente llega, se acerca, asoma preguntas, algunos se quedan, otros se van, pero nadie puede no notarlos. Los que pasan por la calle Defensa al 1100 no tienen forma de evadir la fiesta de Jamaicaderos, porque ellos se convierten en la calle.

Nueve personas y sus instrumentos toman la forma de la persiana que le hace de escenario, de los adoquines, de lo estrecho del camino, de algún grafiti que anticipa que ese espacio tiene mucho de ellos. Juntos, Topo y Bochi en saxo, Javi en bajo, Mati y Dani en guitarra, Pablo en batería, Amaru en teclas, Agustín en percusión y Juan en trombón toman la forma de Jamaicaderos para prolongarse en música por San Telmo.

***

jamaicaderosMientras arman el sonido, una pareja de músicos sentados en la mano de enfrente tranquiliza la tarde con melodías que relajan. Terminan coordinados. Sus últimos aplausos dan la bienvenida a los de la otra vereda, paradójico que en realidad todos estén en la misma. “Son códigos”, me dice un rato más tarde la chica del dúo que se queda a escucharlos y a bailarlos. Me habla del instrumento ancestral australiano que estaba tocando, de sus posibilidades, de que ellos hacen música más tranqui y de que “Jamaicaderos es una fiesta”.

La pierdo bailando entre la gente, que incluso antes de que suene el primer tema se amontona haciendo un semicírculo. Parece que enchufar los instrumentos los vuelve imanados, todos caminan hacia ellos, gente en situación de calle, turistas, parejitas que pasean a los besos, familias enteras, vendedores que comparten mate. Jamaicaderos parece igualarlo todo y a todos.

 –          ¿Qué significa la calle para ustedes?

–          La calle es un lugar para nosotros con mucha magia y energía donde se puede compartir el arte y la cultura, defenderlo entre todos y romper las desigualdades. Es decir, poder compartir con gente que ocasionalmente pasa, desde quienes viven en la calle hasta un turista adinerado y también algún músico que siempre tiene las puertas abiertas para sumarse a tocar. Es un lugar donde el abanico de posibilidades se multiplica y es un lugar muy importante para que todos sean conscientes que desde acá hay que defender el derecho al arte y la cultura.

Arranca la música y los cuerpos le dan combate al frio invernal. De a ratos los vientos se apoderan de todo. Todavía nadie le habló al micrófono. Las palabras llegan entre los intervalos y cachetean.  “Aunque nosotros hacemos música instrumental, entre tema y tema queremos siempre decir lo que nos conmueve, lo que nos atraviesa, lo que nos preocupa de un montón de cuestiones que están alrededor nuestro, queremos seguir siendo permeables y queremos que la música también actúe en consecuencia, acompañando, abrazando a alguien, dándole una mano, cambiando un estado de ánimo, dando fuerza y concientizando sobre todo”. En la primera pausa, la banda nos habla de la defensa del libre acceso a la cultura, de la posibilidad de estar ahí, todos juntos, bailando. De la lucha que eso implica.

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Hablan entre líneas de las muchas contravenciones que les llegaron, principalmente por ruidos molestos. Ruidos molestos, un domingo, en San Telmo, con la calle llena de gente y de arte. ¿Ruidos? ¿Molestos? De todos modos la lista sigue: “A veces fueron por usurpación de espacio público, en otros casos hasta por venta de mercadería ilegal porque dicen que nuestros cd son mercadería ilegal, y los más disparatados cuando tocamos por Florida, que hay muchos bancos, porque instigábamos a las salideras bancarias”.

Me alejo dos locales. Hay en la puerta de un comercio un señor que mira la situación, atento. ¿Los conoce?, le pregunto. Las respuestas llegan como vómito. Me dice que fue a verlos alguna vez, que le gustan, pero que son insoportables. Debe haber notado mi cara de desconcierto porque aclara que le gustan para un viernes a la noche pero no para un domingo mientras él está trabajando. Dice que cuando los clientes entran a su local, principalmente extranjeros, se le complica el inglés por los ruidos. Que es ilegal porque venden cd. Que así no va. Que hacen lo que quieren.  Que tienen mil denuncias, pero que se quedan porque son guapos. Que cuando viene la policía agarran el micrófono, empiezan a decir lo de la libre cultura y se ponen a la gente de su lado.

 –          ¿Qué significa la cultura para ustedes?

–          Nosotros la entendemos como algo abierto, absolutamente relajado, accesible, tangible y alcanzable, no arancelado, sino que esté desparramado por las calles, por las plazas, en diferentes formas.

La gente sigue llegando, y la defensa del espacio se convierte en una tarea de todos. Si son más los que se frenan a escucharlos, más son los que le dan la importancia que merece a la música en la calle, los que se suman al grito de que es necesario, de que no se trata de ruido, y mucho menos de ruido molesto. Es mucho más fuerte la exigencia a cumplir el artículo 32 de la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires, que entre varias cosas garantiza la libre expresión artística, prohíbe la censura, impulsa la formación artística y artesanal, protege la pluralidad. Es mucho más fuerte también el pedido porque se respete la Ley 4121 Artículo 15, que aclara que mientras no se exige contraprestación pecuniaria, la actividad de los artistas callejeros no constituye una contravención.

***

–          ¿Cómo definen lo que se genera?

–          La palabra clave es compartir acá y es justamente la que queremos cambiar frente a un montón de lugares en donde quieren bajar línea que la clave es competir.

Vuelvo con el comerciante que señala el grupo de gente y me dice que él no quiere eso, no quiere ver culos, quiere ver ojos que miren su vidriera. Pide disculpas por decir culo, solo por haber dicho eso.

jamaicaderos