Agua que no has de beber

Entre fotos y golpes certeros estomacales, NosDigital recorrió en bote zonas aún inundadas del Conurbano Bonaerense. Las lluvias terminaron, el agua no baja.

Acá se lee lo que no quiero escribir.

Se lee una masa de líquido que avanza adueñándose de todo. Se lee lo que es difícil de creer. Lo que es necesario de ver. Lo que se ve y tampoco se entiende. Se leen litros y litros de agua que son lluvia, rio, mar y lágrimas.

Acá se lee que las puertas ceden, las ventanas se aflojan, los muros no existen y la correntada entra. Que las cosas flotan desparramadas. Que la gente quiere flotar y se sube a botes y colchones inflables. Se lee que por las calles van y vienen gomones, van con velas, comida y agua mineral, vienen con nenes, abuelos, mascotas. Vienen con todo eso que el agua no deja volver a entrar.

Acá se lee lo que suena a literatura, a cine, a ficción. Lo que parece ser de otro, lo que sucede a tres cuadras de donde los autos transitan, a diez minutos de Capital Federal, lo que replica por gran parte del Conurbano. Se lee lo que se mira con cuerpo y ojos humedecidos desde la estación de servicio sobre Camino de Cintura que parece un campamento. Se lee con los pantalones arremangados, con campera impermeable, con mochila en la espalda, con los pies mojados.

Acá se lee que lo imposible un día pasa y te golpea el estómago, y te anuda la garganta. Que la realidad supera la imaginación. Acá se lee mirando al cielo que brilla soleado. Mirando el agua que sigue subiendo. Mirando al que está al lado, también mirando el cielo, también mirando el agua.

El agua llegó a superar 1,20 metros de altura.
El agua llegó a superar 1,20 metros de altura.
Vecinos convertidos en remeros.
Vecinos convertidos en remeros.
Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital
De gomón por las calles a 400 metros de Camino de Cintura.
De gomón por las calles a 400 metros de Camino de Cintura.
Partido de Esteban de Echeverría, Buenos Aires.
9 de Abril, Partido de Esteban de Echeverría, Buenos Aires.
Salió el Sol, el agua no baja.
Salió el Sol, el agua no baja.

 

El ghetto del agua

Cuando llueve fuerte, alrededor de los countrys, se inunda sin preguntar. Cuando los construyen elevan los terrenos cambiando el drenaje natural del agua. Y lo evitable se hace una fija: los barrios al otro lado de la reja se sumergen. Rincón de Milberg y otros barrios de Tigre.

Las nubes cargadas de agua tapan el sol y a Katti Barrios se le hace un nudo en la garganta. Ya levantó la cama sobre unos ladrillos. La cocina y la heladera están elevadas desde hace tiempo. Cuando las gotas de lluvia empiezan a golpear, la angustia se le instala en el pecho. Esta vecina del barrio Rincón de Milberg, partido de Tigre, no se relaja y duerme la siesta cuando las nubes se vencen y dejan caer su carga. Porque a Katti y a cientos de vecinos más se les inunda la casa cada vez que llueve fuerte.

tigre 015No es porque ahora llueva más por el cambio climático o porque se haya roto un caño. La culpa de que a Katti se le inunde la casa cada vez que llueve es del barrio privado Los Alamos. Cuando lo construyeron enfrente de su casa elevaron el terreno dos metros. Y nunca hicieron las obras hidráulicas para que el agua que llueve sobre el country elevado no caiga como una catarata sobre las casas de los vecinos del Rincón. Así que el agua fluye libremente por donde encuentra cauce, lógicamente, de arriba para abajo: desde los countrys hacia las casas de la gente.

“Un chaparrón de 20 minutos basta para que se inunde mi casa” cuenta Katti, que construyó su hogar hace treinta años en el barrio y hace quince se le instaló el barrio privado en la manzana de enfrente. “Desde que levantaron el terreno nos empezamos a inundar, antes no pasaba” sigue la vecina, mientras trata de recordar, sin éxito porque le pasa continuamente, cuántas veces se inundó su casa, junto con todas las demás de esa cuadra. “Mi casa nunca estuvo edificada en bajo, quedó baja. Yo nunca pensé cuando construí que iban a levantar los terrenos dos metros” explica Katti y sigue contando cómo un funcionario de la Municipalidad de Tigre le recomendó que eleve ella misma su casa a la altura del country para dejar de inundarse. Nunca recibieron más ayuda que este tipo de concejos de parte de las autoridades.

Además de Rincón de Milberg otros siete barrios de Tigre están afectados por la construcción de barrios privados: Los Troncos, Parque San Lorenzo, Ricardo Rojas, San Diego, La Paloma, Enrique Delfino y Las Tunas. Antes de la década del ’90 estos barrios, alejados del prolijo centro de Tigre, estaban separados por campos enormes, que además de amortiguar las lluvias, dejaban que el agua fluyera libremente hasta los arroyos que desembocan en el río. Estos campos fueron comprados por grupos inmobiliarios a menos de un peso el metro cuadrado, y con la complicidad del Municipio, construyeron los countrys sin el estudio de impacto ambiental necesario. Inclusive fueron desalojadas familias que ocupaban parte de los terrenos. Ahora el 40% del territorio de Tigre está ocupado por barrios privados (20.000 personas viven en ese 40%, en el restante 60% se apiñan casi 400.000 habitantes). La consecuencia es obvia: todo lo que esté por fuera de las murallas de los countrys se convierte en una gran pileta pública cuando llueve.

tigre 053

Los vecinos de estos ocho barrios cercados por los countrys se organizaron en una asamblea interbarrial: Vecinos Inundados de Tigre. Varios recibieron aprietes y amenazas desde que comenzaron la lucha. Piden que se hagan las obras necesarias para dejar de inundarse, pero sobre todo, mientras tanto que los asistan cuando las casas se llenan de agua. Marcharon este último mayo hacia la Municipalidad de Tigre, luego de varias inundaciones muy fuertes. Los atendió la infantería y no les permitió avanzar. Luego de ese episodio, la Municipalidad recibió a un vecino de cada barrio y les mostró con un mapa del Google Earth marcado con fibrón todas las obras que supuestamente están realizando y que los vecinos comprobaron luego que no existen. El último 2 de abril, cuando se inundó La Plata, estos barrios también estaban inundados y no recibieron ningún tipo de ayuda. Sólo en Las Tunas, luego de que unos doscientos vecinos cortaran la Ruta 9 recibieron colchones y leche de parte del Municipio.

“En todas las inundaciones hubo un abandono de persona muy importante, por parte del Municipio, ya que nosotros fuimos hasta la delegación barrial a pedirles que evacuen a los vecinos y nos dijeron que no tenían orden de evacuar” cuenta Marga García, vecina de Las Tunas y agrega: “evacuar significa reconocer que hay un Tigre que se inunda, es una decisión política”. Al no reconocer que los barrios se inundan, los vecinos tampoco acceden a los beneficios monetarios, para reparar los daños. La Municipalidad de Tigre niega sistemáticamente la situación y el gobierno de la Provincia de Buenos Aires afirma que no recibieron obras por parte del municipio para autorizar y que de todas maneras no hay dinero para realizarlas. Massa y Scioli viven en barrios privados de Tigre.

Ricardo Barbieri, ambientalista y vecino de Tigre afirma: “Absolutamente en todos los complejos y barrios privados que hemos podido investigar, la construcción del suelo fueron realizados en forma clandestina e ilegal”. El proyecto para construir un country debe pasar primero por Municipalidad de Tigre para una primera autorización y luego por el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires. Las dos autoridades deben aprobarlo, y si estas instancias son pasadas por alto, la ley prevé una sanción, pero no un blanqueo de la situación. La construcción de un barrio cerrado está regulada en la actualidad por Decreto 27/98. Según Barbieri, en la actualidad no existe ningún estudio ni obras que tengan como objetivo mitigar y/o reparar los efectos ambientales negativos que causan estas enormes obras: “Se opera según el criterio del hecho consumado. Una vez realizados recién comienzan a realizar las tramitaciones que debieron hacer durante el proceso de proyecto”, explica el ambientalista.

Cuando para de llover y sale el sol, Katti respira de vuelta. También lo hacen Marga y toda la gente de los barrios afectados. Todos esos vecinos que vivían rodeados de verde y de repente quedaron presos de la altura de los barrios privados.

tigre 083

¿Hasta cuándo habrá sol?

Juan Pérez se pone la mano sobre los ojos, formando una visera. El sol no lo dejar ver hacia delante. Igual sabe que el caballo que arrastra su carro va a seguir el camino, estoico, derecho. Casi como si supiera donde queda el club en el que están dando las donaciones. La meta es el colchón. Ojalá consiga dos así puede dormir con su mujer en uno y los chicos en otro. Llega. Espera. Después de varias horas se los dan. También recibe ropa. Lavandina, agua. Se sorprende por la cantidad de gente que está donando cosas.

En el camino de vuelta se siente más calmado. El sol sigue pegando y ya puede ver a lo lejos la esquina de su casa. La tierra platense está seca. Lo peor ya pasó, ahora queda seguir delante, piensa. También imagina todo lo que le va a costar y se le estruja el estómago. Pero hay otra cosa, algo más que lo inquieta. Cree que es la bronca. La muerte trae bronca. Quiere saber quién o qué es el culpable de que varios de sus vecinos estén muertos. La idea de que sólo fue la lluvia no lo convence demasiado.

Decide parar con el carro una cuadra antes de llegar. Necesita pensar un poco antes de seguir limpiando su casa. Más que nada quiere sacarse ese nudo en la garganta que se le generó recién. Se recuesta todo lo que puede sobre el respaldo del asiento y pone los pies sobre el caballo. A veces le gusta recostarse así y mirar alrededor. Ahora observa y recuerda. De cuando era chico y en esa misma esquina de su casa había una laguna y todas las manzanas eran baldíos enormes. Ahora está todo construido por varios kilómetros más, hasta el arroyo y más allá. Arroyo que cambiaron su cauce y rellenaron su cuenca. Puro cemento.

Cierra los ojos y viaja por los lugares de su infancia. En todos ellos ahora hay barrios cerrados en terrenos elevados, autopistas y construcciones de todo tipo, incluso en terrenos bajos donde no se podía construir. Zonas de amortiguación de las inundaciones, les llaman. Las autoridades autorizaron rellenarlas y vender esos lugares como lotes. Así nacieron muchos barrios, él se acuerda. No sabe por qué, será por esa manía siempre suya de dejar volar la cabeza, que se le aparecen todas las construcciones a la vera del río, los arroyos entubados, los humedales rellenados y los polos industriales que se levantaron en las últimas décadas. Su mente se pone gris. Cemento, cemento, cemento, cemento, cemento.

Abre los ojos. Esta asustado. Ahora sabe, se da cuenta, es lógica pura. El agua busca fluir. Por arroyos, cauces, hacia el río. Esos arroyos no están. Las zonas bajas están llenas de cemento. El agua no encuentra rumbo, no fluye, y se estanca. Adentro de su casa.

Se inquieta, su corazón late cada vez más rápido, tiene miedo. Se percata de que sólo le queda rezar para que algo así no vuelva a suceder. Y él siempre fue ateo. Piensa en los funcionarios políticos, los empresarios y sus medios de comunicación. ¿Qué van a hacer ellos? ¿van a frenar todas las obras que tienen planeadas? Se le vienen a la mente montones:

– La construcción de la Nueva Costa del Plata en las costas de Bernal y Avellaneda, lo que provocará la perdida de la reserva y los humedales de la región. Los humedales que destruyen son los reguladores de los procesos hidrológicos y ecológicos y, entre muchas funciones, actúan como una esponja previniendo y mitigando inundaciones.

-El Camino costanero en Berazategui, a lo largo de 5 km, que producirá el relleno de los humedales y generará un dique de contención de las aguas que corren naturalmente de oeste a este, buscando el Río de la Plata.

– La negación del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires a reglamentar la Ley de Bosques Nativos porque está a la espera de cerrar todos los negocios inmobiliarios que están proyectados en la costa del Río de la Plata (desde el Delta hasta Ensenada).

Y esos son solo ejemplos de una sola zona, casos así hay en todos lados. Por un momento se paraliza. El cuerpo le va a volar en mil pedazos si no para de pensar. Se para de golpe, sacude la cabeza y las manos. No se puede dejar llevar, tiene que volver a su casa con su mujer, sus hijos y sus vecinos. A limpiar, a tirar los muebles arruinados, a empezar de cero. A seguir viviendo. La tarea es demasiado enorme para ocupar la cabeza en otras cosas. El caballo arranca, Juan se rasca la nuca: el sol le hace picar. Por suerte volvió a salir, a secar las calles. Sí, por suerte, piensa. Por suerte y por ahora…

Foto: NosDigital