“No por ser jugador de fútbol sos más que nadie”

Diego Milito estaba en la Cuarta división de inferiores cuando la síndico Liliana Ripoll anunció que Racing Club había dejado de existir. Sintió una enorme tristeza y todavía lo recuerda. El tiempo lo hizo ganar dos títulos con el equipo, pero antes estudió dos años de Economía en la Universidad Kennedy. Como referente, le preocupa que los pibes piensen más en irse a Europa que en la pasión del día a día.  Cómo pensó su carrera el ídolo de La Academia.

Cuando el Inter ganó la final de la Champions League con dos goles suyos, en 2010, alguien aventuró a decir que era un crack, pero le faltaba venderse mejor.

Venderse mejor: construir una imagen de lo que uno es, incluso, a veces, sin ser ese algo; entender que es más importante lo que se dice de uno que lo que uno es.

Diego Milito, sentado en una platea de la cancha de Racing, frente a un Cilindro vacío, confirma la teoría de la venta cuando el grabador se prende y enuncia -formando parte de un nosotros que casi nunca usan las estrellas-: “Nuestro club tiene mucho margen para mejorar”.

Podría hablar del equipo, podría hablar de él, podría decir que está feliz de ser campeón o que esto no lo soñó nunca, pero hay cosas a las que Diego Milito renuncia, aunque no ande muy preocupado por venderlas en tarros de humo.

No es una metáfora: podría llevar vida de héroe, pero prefiere no usar capa.

Podría creerse divo y decir que no da entrevistas, pero pidió que le pusieran los pedidos en una lista y que las fueran haciendo todas, aunque la nómina de pendientes marque 28, entre las cuales figuran el portal de Laureus Award -conocido también como el premio Oscar del deporte, que se entregará el 15 de abril en Shanghai- y una radio barrial de Buenos Aires.

Podría ser el rey de la farándula, pero por política propia nadie reconoce a su esposa en el supermercado.

– ¿Dónde estabas y qué estabas haciendo el 4 de marzo de 1999 cuando la síndico Liliana Ripoll anunció en los medios que Racing Club había dejado de existir?
– Estaba en Cuarta división. Salíamos de entrenar, en el predio de la UOM, que era donde practicaban las inferiores en ese momento. Lo recuerdo perfectamente ese día. Fue un día muy triste para todos.

– ¿Te parecía real?
– Me parecía extraño. Realmente era extraño que un club tan grande con tanta convocatoria pudiera llegar a desaparecer. No me cabía en la cabeza que Racing desapareciera.

– Parecía una etapa difícil para los pibes en Racing. Albano Bizarri, que vivía en la pensión, contó que había un gallo que usaban para despertarse y que un día no cantó más porque tuvieron que comérselo.
– Eran días difíciles. Por eso hoy valoro tanto cómo estamos, cómo están las divisiones inferiores, que tengan de por sí un lugar físico para entrenarse, como es el Tita. Que tengan un lugar en el club te permite dimensionar lo que fue aquello, porque yo estuve acá en etapas muy difíciles. Recuerdo la anécdota del gallo. Yo no vivía en la pensión, pero estaba todo el tiempo con los chicos y sabía todo lo que estaba pasando.

– ¿Cuánto te formó como persona haber estado en esa etapa?
– Mucho. Yo digo que de todo se aprende, de todo vas creciendo y vas valorando muchas cosas. Si bien he sufrido bastante estas cosas en inferiores, también me han hecho valorar. Eso te marca y te hace crecer.

– No sólo jugaste en la época de la quiebra, también estuviste en el gerenciamiento.
– Yo siempre rescato el trabajo de Fernando Marín acá y me parece que está a la vista. Hay que pensar en lo que era el club en esa etapa. Cuando llegó él empezamos a tener un lugar físico donde entrenar y a tener los sueldos al día.

Diego Milito.
Diego Milito.

– ¿Hablás con tus compañeros de ahora sobre lo que fue esa época?– De vez en cuando sale alguna charla. Pero nosotros siempre apuntamos a más. Creo que tenemos margen para seguir mejorando como club.

– ¿Cuánto de tu amor por Racing tiene que ver con haber estado en la época de la quiebra donde el club no tenía nada?
– Todo viene desde antes, desde chico. Imaginate que yo recorro el club desde los ocho años. Mi amor arranca cuando yo jugaba en infantiles y terminaban los partidos y me quedaba comiendo asado en los quinchos. Más allá de todos los problemas que hemos atravesados, el amor nunca lo perdés.

– ¿El amor te hace jugar distinto?
– Yo siempre fui de una determinada manera. Este club es especial para mí porque es el club donde nací y tengo un sentimiento especial, pero una vez que entrás en la cancha ya no pensás en muchas cosas y pensás en jugar bien. Soy profesional.

– Hace unos días, en una entrevista con el diario El País, decías que los pibes están perdiendo la pasión.
– No me gusta generalizar porque hay muchos chicos que toman esto como lo tienen que tomar. Me da esa sensación: los pibes jóvenes no toman esto con la pasión con la que me lo tomaba yo. Yo tenía 18 o 19 años y lo tomaba con una pasión. Hoy los chicos no lo toman de la misma manera. No consumen fútbol, por ejemplo, y yo me la pasaba viendo fútbol.

– ¿Y por qué es así?
– Es una cuestión del mundo que va cambiando y de todas las distracciones que uno puede tener.

– ¿Qué distracciones?
– De internet, de las redes sociales que antes no existían y uno tenía más tiempo para ver fútbol y no había tanto para distraerse. Tal vez el mundo está cambiando y uno quizás deba cambiar con el mundo e ir acostumbrándose. Yo estoy hecho a la antigua, pero creo que también está bueno volver a lo de antes y vivir para esto que, en definitiva, es lo que uno quiere.

– En eso de las distracciones, algo que aparece es que al jugar en Primera a los pibes les cambia el reconocimiento en la calle.
– Entiendo eso. La palabra justa para este deporte, en general, es el equilibrio . No sos un fenómeno cuando hacés cuatro goles ni sos un fracasado cuando errás un gol bajo el arco. Hay que tener equilibrio. Cuando hablo con los chicos, trato de inculcarles que tengan equilibrio. El esfuerzo es lo más importante de todo.

– Tu carrera está llena de momentos de mucho esfuerzo.
– A mí me ha costado todo mucho y aprendí a valorar las cosas. En cada lugar donde estaba, en cada minuto en Primera división, en Europa, en un club grande de Europa o en la Selección. Se aprenden a valorar esas cosas y yo creo que los pibes de hoy se saltean etapas que hacen que se pierda la valoración.

– ¿Eso quita cierto sentido de pertenencia con los clubes?
– Puede ser. Es verdad que hoy los chicos piensan en quemar etapas o irse antes de lo debido. Yo tuve la suerte de irme en el momento justo de maduración. Creo que todo tiene una maduración. Europa no es fácil, pero desde acá parece más fácil de lo que es. Entonces muchos no se acomodan y terminan volviendo a los seis meses. Hoy los chicos, muchos, están pensando más en una transferencia que en jugar. Y, bueno, es el ambiente donde vivimos.

– ¿Sentís que te ayudó haberte ido a Europa a los 24 años?
– Sin duda. Fue fundamental porque me fui a una edad hasta diría grande. Uno ya tenía cierta madurez. Yo ya había jugado en la Selección argentina, tenía cinco años en Primera división.

– ¿Con qué soñabas cuando arrancaste a ser jugador?
– Fui un tipo que fue poniéndose plazos cortos o sueños cortos. Obviamente, cuando uno eligió ser jugador de fútbol quería llegar a Primera, pero no más que eso. Siempre lo tomé como una pasión esto. Lo fui desarrollando paso a paso sin ponerme objetivos largos. Me ha costado mucho llegar a Primera División. Me aferré a eso y traté de dar lo mejor, construyendo mi carrera.

– Eras un pibe, ¿quién te ayudaba a pensar estas cosas?
– Siempre fui de aferrarme mucho a mi familia. Imaginate que por ese entonces mi hermano ya jugaba en Primera y en la Selección y eso ayudaba a pensar. Siempre me aferré a sus consejos. A consejos de mis padres, de no aflojar. No aflojé y acá estoy.

– ¿Qué decían tus papás?
– Se fue dando todo de manera muy natural y esa es la suerte que tenemos mi hermano y yo de tener dos padres que jamás especularon con sus hijos ni con si llegaban a Primera ni con si llegaban a la máxima competición. De hecho, nos hicieron terminar el secundario y yo empecé hasta una carrera universitaria. Obviamente disfrutan de que los dos podamos haber llegado, pero sin ninguna presión. Ellos querían que nosotros estudiáramos y que pudiéramos disfrutar el deporte.

– ¿Qué estudiaste en la universidad?
– Arranqué ciencias económicas, hice dos años y después tuve que dejar. En la Universidad Kennedy. Me gustaba. Mi tío es contador, mi tía también, mi abuelo también y me gustaba y agarré por esa rama. Empecé los dos primeros años y cuando arranqué a jugar en Primera terminé dejando.

– ¿Y nunca más pensaste en seguirla?
– No. Con la carrera de jugador ya se me hacía más difícil seguir.

– ¿Y a qué compañeros escuchabas en ese momento?
– A mí me gustaba escuchar a los grandes. Yo no era de recibir muchos consejos, pero sí escuchaba mucho. Tuve la suerte de compartir entrenamientos con Teté Quiróz, con Claudio Úbeda o con el Chelo Delgado, que en ese momento eran referentes.

– ¿Y vos te ponés en ese rol de referente?
– Por edad, sí. Obviamente, cuando puedo trato de comentarle algo a los chicos, pero simplemente contando lo que uno vivió. Es una ayuda para que se equivoquen lo menos posible.

– Decías que los pibes a veces están más pensando en Europa que en otra cosa, ¿pudiste hablar con ellos sobre este tema?
– No, todavía no me ha pasado de estar en esa situación. Trato de no meterme porque es la vida de ellos y tienen que decidir con los que tienen que decidir. Si me vienen a pedir un consejo, encantado se los daría. También a veces meterse en ciertos temas es difícil.

– ¿Qué referentes te marcaron a vos?
– El Ratón Ayala es uno de los tipos que me ha marcado. Por lo que representa, por lo que fue, porque compartí equipo en Zaragoza y en la Selección. Y, después, obviamente, con Javier Zanetti, que además de que tengo una amistad y muchos años de compartir vestuario, sé lo que es como ejemplo, como profesional.

– ¿Uno se forma como líder o nace como líder?
– Es un poco natural. Es más una cuestión de experiencia, de edad y de haber vivido muchas cosas en el club.

– ¿Te es difícil hablar con los pibes o te es sencillo?
– El mundo ha progresado y uno se debe ir aggiornando. Hay que entender algunas situaciones y poder ponerse a la altura de los más chicos. Tampoco uno es el dueño de la verdad. Lo importante es tratar de hablar con ellos, de ver cómo piensan, de ver cómo hablan, todo ha evolucionado, los chicos hablan de una determinada manera. Pienso que hay que volver a la pasión de antes. Ver fútbol. Que vean a los rivales, que sepan contra quién van a jugar, qué características tienen. O por lo menos yo lo hacía en ese momento. Yo sabía a quién tenía enfrente. Yo no sé si los pibes lo hacen hoy. Y es muy importante porque es un poco sacar ventaja y otro poco tener la pasión por lo que uno hace. A mí me gusta el fútbol. Me gusta ver partidos. Consumo mucho fútbol, me gusta lo que hago.

– Para ser alguien que jugó un Mundial, que salió campeón dos veces con Racing, que ganó una Champions League, tenés un perfil muy bajo, ¿cómo lográs que la vida íntima sea íntima?
– Yo lo llevo muy normal. Siempre fui así. No me preocupo demasiado. Yo hago la vida que siempre traté de hacer. No me fijo demasiado. Me gusta ser como soy, natural, descontracturado. Sigo yendo a ver a mi hijo jugar al fútbol, me gusta ir al cine, pero hago una vida normal. Si me piden un autógrafo, está lindo, pero no estoy preocupado por la exposición.

– ¿Cómo llevás el hecho de ser ídolo?
– Mirá, a mí me alcanza y me sobra con el cariño que me da la gente. No me pongo ni a pensar en eso. No me preocupa en lo más mínimo ser ídolo. Lo más importante es el cariño de la gente. No hay que pensar más allá de eso.

– Pero, de repente, tenés un chico que está enfermo y se te acerca como buscando una solución en un saludo tuyo.
– Es algo, algo, algo, algo (repite y piensa) loco. Pero uno trata siempre de ayudar y estoy encantado de hacerlo. Me ha pasado y hay que hacerlo con responsabilidad y con pasión porque podés despertar en otro, con un autógrafo, algo lindo.

– ¿Hay algo que te quedaste con ganas de hacer en tu carrera?
– La verdad es que no me puedo quejar. Soy un eterno agradecido a este deporte por todo lo que me ha dado. He cumplido la mayoría de los sueños que tengo de chico. Sería injusto de mi parte pedir algo más. Obviamente, hubiera querido estar con algunos jugadores o con algunos entrenadores. Pero de todos los compañeros y de todos los técnicos aprendí mucho.

“Perdimos 20 años por querer copiar a Europa”

Ramón Cabrero tiene 65 años, es el coordinador de inferiores de Lanús y el único técnico que salió campeón de Primera con ese club que ahora está de nuevo en la pelea del título. Es, además, un español que conoció la nieve haciendo el servicio militar con el franquismo, que jugó una final de Copa de Europa para el Atlético de Madrid y un hombre al que vale la pena escucharlo hablar de fútbol y de la formación de los pibes durante una hora.”Yo creo que por arriba del fútbol argentino está sólo el brasilero”, dice.


Ramón Cabrero nació hace 65 muy lejos de acá, de Arias y Guidi, Lanús, corazón del sur del conurbano, donde está parado ahora. Él es cantábrico, de España, pero un barco lo trajo hasta aquí junto a su familia a los 4 años. Aunque haya nacido allá y vivido en Albania o Medellín, este es su pago: acá conoce cada rincón y por eso pide apurar la nota para cumplir con el asado que se hace a fuego lento en los quinchos del club. Pero la prisa no distrae a Ramón, que habla con la tranquilidad de haberlo visto casi todo.

-Haciendo un poco de archivo nos encontramos con que usted hizo el servicio militar español durante el franquismo.
-Hice 45 días en Victoria, que era al lado de San Sebastián. Era la instrucción, como le decían allá. Fue en el año 73. Como yo soy español, y nunca me hice ciudadano argentino, lo tuve que hacer. Lo hice con mucha gente más grande, de entre 27 y 35 años más o menos, que eran los que pedían prórrogas. Fueron 40 días donde no podías salir. Apenas hacía un año que había llegado a España. Gracias a eso conocí la nieve ahí en Victoria. Un metro de nieve. Yo jugaba en el Atlético de Madrid.

-¿En esa época era muy distinto el fútbol europeo del que se jugaba acá?
-Era distinto el fútbol. El Atlético en ese momento era un equipo muy potente, estaba encima del Barcelona y más o menos como el Real. Salimos dos veces campeones y perdimos una final de Copa Europa con Bayern Munich. Pero había una distancia a nivel de fútbol: era más lento, con menos marcas. El fútbol cambió como cambió todo.

-Y si le dan para ver un partido de esa época o un partido de ahora, ¿cuál mira?
-Eran cosas distintas. Yo soy de los que piensan que los buenos jugadores juegan en todas las épocas. Hay algo que es muy sencillo: si me dan un buen jugador, lo más seguro es que a tirarse a los pies y a correr le puedo enseñar rápido. Ahora, enseñarle a jugar es muy difícil. No va a aprender nunca. Por eso lo que importa es que el jugador sea bueno, lo demás se adapta. Hoy Ángel Clemente Rojas, por decir uno bueno de mi época, jugaría brillantemente.

-¿Pero hoy todos tienen que correr y tirarse a los pies?
-No. Riquelme no corre ni se tira a los pies. Y juega bien. Te tenés que adaptar al ritmo. Jugar como hace treinta años, es imposible.

– Y el fútbol español de ese momento, ¿qué tanto se parecía al de ahora?
-Era similar. Todavía en el fútbol argentino no había llegado el cambio. Era la época que nosotros creíamos que en el fútbol europeo se corría más, se entrenaba más. Y no había nada de cierto. En el año 75, cuando agarra César –por Menotti- la Selección, el fútbol argentino empezó a cambiar. Y el cambio estuvo cuando los jugadores se empezaron a ir afuera. Yo en el 71 me fui a España cuando no se iban muchos. Y el fútbol europeo era más profesional. Entonces los que se iban afuera y hablaban con sus ex compañeros notaban una gran diferencia en lo profesional. Y eso empezó a cambiar, el fútbol argentino empezó a tener menos mañas y ser más profesional.

-Perfumo el otro día se quejaba de que en esa época los hacían mirar mucho fútbol español por videos y decía que así se desprestigiaba el fútbol argentino.

Fotos: NosDigital
-Ese fue el gran defecto del fútbol argentino en la década de los 70: creer que el fútbol europeo era superior. Brasil nunca lo copió y siempre fue el mejor. No entraron en eso de pensar eso que pensábamos nosotros, sobre lo físico y qué se yo. A Brasil le metían tres y ellos decían que te metían cuatro. Ese era el lema en los 70. Ahora ya no le metés tres a Brasil, eso lo corrigieron. Uno de los grandes atrasos del fútbol argentino fue querer copiar a los europeos. Cada uno tiene su estilo. Y de repente cuando uno va a Europa se da cuenta de que el jugador argentino es muy admirado. Yo cuando jugaba en Newell´s vivía con Marito Zanabria en el mismo departamento. Salíamos a correr al parque y, a veces, cuando te podías esconder atrás de un árbol lo hacías. Eso ya no lo podés hacer. Hoy si te escondés para no hacer un ejercicio, tus compañeros te cagan a putedas.

-¿Y hoy en qué estamos?
-A nivel local el fútbol argentino es malo. Es lamentable. Al fútbol lo juegan los jugadores y acá los mejores no están. Si se juega un clásico River-Boca, deberían estar los 22 mejores del país ahí pero debe haber jugadores que se deben pellizcar y decir ‘la pucha, estoy jugando en River o en Boca’. Los buenos jugadores se van, no duran. ¿Lamela cuánto jugó? Cuatro meses. El hincha de River no pudo ver a Lamela, como pasó con Saviola, Aimar, con todos.

-El problema es estructural, del sistema, no es que no surgen los jugadores.
-Tampoco es estructural. El problema es la plata. Si mañana vienen y le dicen al presidente de Lanús: “¿cuánto vale Pizarro? te pongo siete millones de dólares”, chau Pizarro. Como fue chau Leto, chau Acosta, chau Salvio, chau Blanco.

-Pero esos jugadores, por ejemplo, acá hacían una diferencia bárbara y en Europa no están en un primer nivel.
-El jugador argentino es muy preciado. Se adapta. Tiene personalidad. Yo estuve en Colombia, en Atlético nacional. El jugador colombiano es muy buen jugador, pero le falta ese plus de personalidad y de querer ganar que tiene el futbolista argentino. Yo creo que por arriba del fútbol argentino está solo el brasilero. Históricamente fue así. No por casualidad los dos mejores jugadores de la historia del mundo nacieron acá, que son Maradona y Messi. Creo que perdimos veinte años queriendo copiar algo que para mi no había por qué. Ya después, con los medios de comunicación, con los jugadores que se iban y venían, ya adquirió una identidad propia porque se dieron cuenta que allá no se entrenaba más ni se corría más como se pensaba. Cuando yo fui pensé que me iban a matar entrenando. Y entrenábamos menos que acá.

-¿Y en las Inferiores también existió eso de tratar de imitar a Europa?
-No. En las Inferiores fuimos, somos y vamos a ser por veinte años más un ejemplo. El fútbol argentino en Inferiores es el mejor del mundo, no hay con qué darle. No hay europeo, no hay colombiano, no hay brasilero, no hay con qué darle. El campeonato de fútbol juvenil de Argentina es único.

-¿Por qué?
-Porque todos los equipos compiten. Venís a ver la novena de Lanús contra la novena de River y ya vienen de tres años de infantiles, de competir a los 14 años y todavía les falta llegar hasta la cuarta. Si vos vas a España que juega el Real Madrid contra el Barcelona, por poner un caso, novena división no existe. En Colombia empiezan a jugar a partir de los 16 años entre los de ahí nomás, los de cerquita. Yo estuve en Medellín y jugaban solo los cuatro de equipos con un colegio de acá, con una escuela de allá y le meten siete u ocho goles. No hay competición.

-¿Pero sirve para formar a un jugador competir a los 14 años?
-Sin competición no podés formar un jugador. A ver: si acá, que trabajamos muy bien las juveniles, jugamos con el Colegio Don Bosco, le metemos 10 goles. Ahora, si jugás con River es distinto.

-Pero es criticable que a los 14 años se piense en un resultado y no en jugar.
-Eso es otra cosa. La competencia te da categoría, te hace crecer al jugador a un buen nivel. Ahora, que le des más importancia al resultado que al jugador es un tema más amplio y hay mucha gente que dice que no lo hace pero lo hace. Yo he escuchado decir que lo que les importa es que los pibes lleguen a primera bien formado y después se agarran a trompadas los directivos, los técnicos, los jueces, todos porque quieren ganar. Es más amplio el tema, pero si hay algo bueno en el fútbol argentino son los campeonatos juveniles que tenemos.

-Pero los dirigentes miden los trabajos de inferiores de acuerdo a los resultados de las categorías.
-A ellos lo que les importa es si ganamos. Te dicen que lo importante es sacar jugadores, pero es mentira. Lo digo yo porque acá lo puede o decir. Es contraproducente. Pero se instala tanto, que si pierden un par de partidos, se quedan sin el puesto el coordinador y el técnico. Y viven de eso. Entonces lo que vos querés es ganar antes que nada. Acá hemos tratado de cambiarlo, pero no es tan fácil. La prioridad es que jueguen en Primera la mayor cantidad de chicos.

-¿Cómo se maneja que haya familias que piensen a pibes de 14 años que juegan a la pelota como su motor económico?
-En el club tenemos 60 contratos de 5 mil pesos entre la novena y la cuarta división. Somos uno de los cuatro o cinco clubes que se manejan así porque si no le hacés un contrato a un pibe que juega bien viene cualquiera y te lo roba. Ya es una inversión. Muchos de esos chicos, aunque parezca mentira, son el sostén del hogar. Son pibes de 14, 15, 16 años y no tienen por qué mantener una familia. Debería ser distinto, porque sino crecen demasiado rápido

-El laburo en inferiores para los formadores se vuelve más exigente entonces.
-Tenés que tener la posibilidad de poder trabajar bien. Este club hace siete años no tenía nada que ver con esto que se ve. No había canchas buenas, era un desastre. Nosotros ahora tenemos pensión, vestuario, buenas canchas, buena ropa, hotelería, psicólogo, colegio particular, todo lo habido y por haber hay que dárselo al jugador. Obvio: si no juega bien, no sirve. Pero para que juegue bien vos le tenés que dar todo eso porque no es lo mismo para un jugador que viene de afuera o que viene creciendo. Esto es un trabajo ciego, que nadie lo ve. La gente prefiere gastar 500 mil dólares en un jugador que ponerlos en inferiores, porque nadie se entera que hiciste dos canchas nuevas. Lanús invirtió mucho dinero del que ganó en las inferiores. Y este club se hizo grande por sus inferiores: en los últimos años vendió por 60 millones de dólares.

-Zubeldía dijo hace poco en una entrevista que las camadas que vienen después del año 81 tienen más dificultades a nivel intelectual.
-Tampoco te tenés que ir del otro lado y decir yo voy a formar un profesional para que sea un fenómeno de pibe si no llega a la Primera de Lanús. Nosotros estamos formando jugadores de fútbol, ayudándolos, complementándolos para que sea un chico educado, que vaya al colegio y otras posibilidades que si no fuera por el club ellos no las tendrían. Todo lo otro, es relativo. Acá el contexto es difícil porque de donde nosotros sacamos la mayoría de los chicos, que es por los alrededores de acá, no tienen realidades muy fáciles. Si están en la pensión están mejor que en su casa porque una prioridad para el club es que vayan al colegio: aunque repita 17 grados tiene que seguir yendo. Ahora, la realidad es que si tenés uno que todos los domingos hace tres goles y no va al colegio, el presidente del club te va a decir que tiene que jugar. Todo es elástico. Ha pasado: el Toto Salvio si no iba al colegio jugaba igual.

-De todo este tiempo que lleva acá, ¿qué jugador piensa que es el emblemático de los chicos de Lanús?
-Lo más importante del club es el fútbol infantil porque si vos vas a buscar jugadores de afuera por más que pongas plata y todo, no lo vas a poder traer si juega muy bien a cierta edad. La inversión la tenés que hacer en el fútbol infantil: ir a buscar a los barrios y traerlos. Cuando Lanús sale campeón, Pelletieri, Archubi, Acosta, Blanco, Fritzler, Valeri, todos venían del fútbol infantil. Desde los 10 años. Ahí está la formación, siempre fueron buenos jugadores, pero se pulen. Se hace muy difícil conseguir un jugador de 16, 17 años que sea bueno como Valeri. Y también es muy difícil traer un chico del interior, aunque a veces los vamos a buscar, de 10 u 11 años porque se le hace difícil vivir acá. Se vuelven rápido.

-Ahora Lanús está peleando de nuevo pero sin tantos chicos surgidos del club. ¿Cambió la planificación o no surgieron tantos talentos?
-Hay una idea equivocada del equipo del 2007. Pasó lo mismo que ahora, quizás un poquito más. Jugaba cuatro o cinco chicos y después jugaba Bossio, Graieb, Ribonetto, Hoyos, Velázquez, Sand. En este equipo también juegan algunos chicos. Pasa que algunos se olvidan que Marchesín salió hace dos años. O Pizarro, Balbi, Izquierdoz, Benítez. Hay chicos que están jugando y tres son titulares. En 2007 fue parecido. El mix es lo más importante para un equipo: jugadores grandes con jóvenes que le den la frescura.

-Está jugando bien Lanús, como en aquel año. ¿Ve algo parecido?
-Creo que con Vélez vamos a pelear hasta el final. Somos un equipo que en este sprint final viene en alza, intenta jugar y juega bien. Guillermo y Gustavo encontraron un mediocampo que realmente maneja los partidos. Lanús te de la sensación de que te gana. Incluso cuando no juega bien. Y eso en el fútbol es muy importante. El otro día estaba viendo el partido e iba 0 a 0, iban sólo veinte minutos, y desde arriba la sensación que te daba era que el partido lo ibas a ganar.

-Juega con la pelota, que no es poco.
-Agarró un momento donde tiene un mediocampo que pega bien la vuelta, que juega pelotas entrelíneas, que siempre hay uno destapado. Tiene jugadores en muy buen nivel como Pizarro, Pereyra. Dentro de lo que hay, está bien. Creo que la gran virtud de un técnico es saber elegir los complementos. En un mediocampo no tienen que jugar los cuatro mejores sino los que se complementen. Y eso a veces aparece sin darse cuenta. Nosotros salimos subcamepones en el año 2006 jugando con Archubi de tres y Leto de carrilero. Era insólito, pero andaban muy bien. Hacían un surco por ese lado.

-Después de tanto tiempo en el mundo del fútbol, que alguna vez lo ha cansado, ¿por qué sigue trabajando en esto y no se dedica a descansar o a otra cosa?
-No me cansé del fútbol, me cansé de dirigir Primera. Por eso estoy acá: porque estar acá es parte de mi familia. Si yo me quiero ir 15 días a Europa le digo al presidente del club que me voy 15 días. Si me quiero quedar 20 días en Mar del Plata en verano me quedo. Esto es un premio que creo habérmelo ganado. Acá disfruto: estoy a diez cuadras de mi casa, vengo a la mañana, miro fútbol, doy mi opinión, trabajo tres o cuatro horas por día. Con Primera es más difícil. Tomé esta decisión pensando en la tranquilidad.

-¿Y en Primera ya no tiene ganas?
-Hace poco estuve muy cerca de Huracán, porque el presidente me quería, me había hecho una oferta buena pero no se concretó. Yo nunca digo que no. Tiene que ser algo que me sirva mucho, que me convenza mucho y que me convenga mucho económicamente. A esta altura de mi vida si trabajo en primera es por dinero. Ya he padecido mucho a los 65 años.

“Esto es como vivir dos vidas paralelas”

Una historia anónima de un nene bien de 19 años que, desde que entró en las inferiores de un club de Primera División, prefiere inventarse una historia de vida distinta, sin piso en Palermo, ni chofer, ni vacaciones en Cancún, para encajar mejor con sus compañeros. “A veces se me escapa algo cheto y me hacen burla. Y me quiero matar. Estoy siempre pensando en no meter la pata. No me gusta que me digan que tengo plata. Por eso voy siempre con la misma ropa”, cuenta.
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Hay historias que se construyen desde los nombres y otras que, al contrario, nacen porque no se mencionan nombres. Esta es una historia de las segundas. De las que salen a la luz por un pibe anónimo y pueden representar a otro montón de pibes anónimos que andan jugando a la pelota por ahí. De las que exponen una sinceridad plena, sin filtros ni intereses. De las que suelen ser buenas historias, en fin. En este caso, es la historia de un pibe que juega en inferiores de un club de Primera División. El chico de las vidas paralelas. El chico de clase alta que se inventó una vida para adaptarse con sus nuevos compañeros, de otro palo. El chico de 19 años que prefirió ocultar que él es de otro ambiente para encajar mejor en el mundo de la pelota. El chico que se sintió obligado a no decir la verdad. El chico al que ver la cara humilde del mundo le cambió la vida.

Esta historia empezó a construirse hace muy poco. Con 19 años, abandonó el torneo de fútbol amateur para llegar a este club con su sueño de ser futbolista. En su primer día de entrenamiento nació su otra vida. Se despertó en su departamento, ubicado en una torre, en Palermo, donde vive con su familia. Era muy temprano. Muy. Pensó en sus amigos, esos que seguramente habían salido la noche anterior. Los envidió. Mucho. Pero de repente se acordó que estaba yendo a hacer lo que más le gusta: jugar a la pelota. Sintió los nervios lógicos de la primera vez. Y ahí, en medio de esos nervios, nacieron también sus primeros gestos de humildad: decidió ir con la ropa de jugar puesta. Nada de bolsito y esas cuestiones. Tenía varios botines en su placard. Eligió los más rotos. Nada de que lo miren mucho. Y se fue a entrenar.

“A mí me gusta jugar con botines buenos, llamativos, pero llevé los que tenía rotos. No quería llamar la atención. Sabía que el ambiente era humilde, que era difícil entrar como pibe nuevo, y más en mi caso que entré de más grande, en Cuarta División”, arranca a contar en un Starbucks con un café en la mano. “Y tené en cuenta que para que yo entre tuvieron que dejar libres a varios chicos”, aclara. Como todo pibe nuevo, debió responder preguntas de sus compañeros. “Nunca había estado en un ambiente así, con chicos que viven en villas, y no quise decir que vivía en Palermo, me sonaba a un barrio cheto, y tiré que era de Núñez. No sé por qué. Es lo que me salió. Me desbordaron los nervios”. Y ahí arrancó una cadena de mentiras que le costó mucho detener. “Empecé a decir que trabajaba de mozo en Núñez. Sabía todo, las calles y todo. ¿Cuánto cobrás?, ¿hasta que hora trabajás? Mentía en todo. Todo eso para no decir la verdad”.

En su vida paralela, la que les contaba a sus compañeros, su chofer pasó a ser su tío. “A entrenar me llevaba un chofer porque no sabía llegar. Y los pibes veían ahí a un tipo esperando las cuatro horas que estábamos desde que llegábamos hasta que nos íbamos. Y se preguntaban: ‘¿este a qué viene?’ Dije que era mi tío, que empezaba a laburar al mediodía y que estaba interesado en ver jugadores. Que por eso se quedaba. No creo que eso me lo hayan creído”.

¿Por qué un chico tiene que mentir? ¿Por qué siente esa obligación que lo incomoda? “Es más fácil adaptarte, creo que de otra manera es imposible. Me encantaría que fuese distinto, poder ser cien por ciento sincero, pero no es posible”. ¿Tan difícil es mostrarse tal cual sos con chicos que juegan a la pelota con vos pero tienen otra historia de vida? Con la anécdota que cuenta no deja dudas: “Ahora ya no va más el chofer y manejo yo. Entonces llevo y traigo a varios chicos que me quedan de camino. Y, aunque no quiera, les tengo que cobrar el peaje. Es imposible no hacerlo. Porque si le das todo queda mal, hay que ser como uno de ellos para estar bien. Una vez intenté probar, no le cobré a uno y ahí nomás vino otro chico a retarme. A veces quiero invitarlos a comer y no puedo. Si los traigo a mi casa, no sé, no se puede…”.

En el verano, cuando pensó que no había pasado la prueba y no lo querían en el club, pasó de entrenar con pibes humildes y escuchar sus vidas a viajar a Cancún con sus amigos “de joda”. A olvidarse, quizás. Pero la citación a la pretemporada finalmente llegó. “¿Sabés lo difícil que fue cambiar de un lugar al otro? Todo esto es como vivir dos vidas paralelas”, remarca. Y cuenta, con sentimientos más livianos: “De a poco fui diciendo cosas… También me ayudó que cambiaron muchos chicos. A veces se me escapa algo cheto y me hacen burla. Y me quiero matar. Estoy siempre pensando en no meter la pata. No me gusta que me digan que tengo plata. Por eso voy siempre con la misma ropa. Al principio alguno hasta me dijo que me pida lugar en la pensión por verme vestido siempre igual. También una vez que se me rompió un botín y un pibe me quiso dar los suyos. Esos dos gestos demuestran que son buena gente”.

De abrir los ojos se trata

Observar es una manera de aprender. “Esta experiencia ya me sirvió un montón”, afirma este pibe que usó los ojos para darse cuenta de las realidades. “Todo esto de jugar con chicos que viven una realidad distinta hizo que mi cabeza cambie muchísimo. Empecé a valorar un montón de cosas que antes no me daba cuenta”. Lo que dice lo dice para que sea escuchado por quienes aún no separaron las pestañas: “Hay gente que antes veía normal que ahora no la puedo ni ver. Es increíble lo que hacen con la plata, cómo la gastan, sin darse cuenta. Ese es el problema, que no se dan cuenta”.

“Yo vuelvo de entrenar y tengo la comida lista, lo que quiero. Si tengo una contractura, veo a un kinesiólogo privado. Y pensar en los otros pibes, que no sabés qué comen, si comen, en realidad… ver cómo se bancan todos los dolores y todo me hizo cambiar”. También se acuerda de las diferencias entre jugar con sus amigos y donde lo hace ahora: “Antes de un partido hacíamos la rondita en la que todos hablábamos y decíamos ‘dale, pongamos huevo, si ganamos hoy sacamos una mesa en el boliche’. De esa charla pasé a la de ahora: ‘viejo, esto es por la familia que deja todo para que podamos estar acá, comer; no los podemos defraudar’. Cada vez que escucho estas charlas se me pone la piel de gallina. Es increíble el cambio”.

Con esta experiencia en sus hombros, su elección es comunicarla dentro de su entorno habitual, con el deseo de que alguno pueda escucharla: “A la gran mayoría les vendría bien pasar por esto. Estaría bueno que tengan un laburo o tengan que trabajar de algo para ganarse la vida y saber lo que es. Los padres les dan plata, el pibe va a estudiar un rato, vuelve, se fuma un porro con los amigos, sale y no hace nada de la vida. Estaría bueno que se den cuenta”.

Así como se levantó el primer día para ir al entrenamiento, en su departamento en Palermo, lo hace todos los días. El despertador sigue sonando muy temprano. Muy. Sigue pensando en sus amigos, esos que seguramente salieron o se juntaron a comer la noche anterior. Lo que cambió es que parece que ahora no los envidia. Ahora se siente orgulloso de su historia y de sus aprendizajes. “A mí me parecía sacrificado ir a entrenar hasta que empecé a ver todo el esfuerzo que tienen que hacer mis compañeros”. Lo dice en esta entrevista. Lo piensa todas las mañanas, antes de ir a hacer lo que más le gusta: jugar al fútbol. ¿Su nombre? Acá lo que importa es su historia.