“No tuve otra vida que para las canciones”

Desde un grito desesperado hasta consagrarse en el oficio de la música, Manuel Moretti, cantante de Estelares, nunca dejó de experimentar entre la palabra y la melodía. En una heladería en City Bell repasa su vida en el rock y confiesa que aflojó con el alcohol por el placer de jugar al fútbol los sábados.

Manuel Moretti pisa los 49 años. La primera vez que subió a un escenario fue hace un cuarto de siglo para cantar tres canciones: “Blanco y Negro”, “¿De qué estás hablando Willys?” y “En la esquina venden pan”. En una heladería céntrica en City Bell, frente a la plaza que hace de imán, también él atrae, de chupines rojos y de lentes negros, a las chicas que le piden fotos. Accede. Tres décadas atrás nada era tan polite: en el escenario que lo desvirgó valía todo. Y todo es TODO. Y todo incluye cantar: “Hoy mis piernas no están bien mamá, se me quebraron en dos y no puedo caminar mamá…”.  Y todo fue saber sólo tres acordes y con eso salir a tocar en un corto de Guillermo Beilinson. Y todo es tener, ese día, de público al Indio Solari y Skay. Porque en esa La Plata es que valía todo. Así lo recibieron.

–          ¿Estabas nervioso?

–          Era una época en que tomaba tres mogra de merca por día, me levantaba a las diez de la mañana a tomar, después me iba a laburar, a la escuela de teatro y salía… Estaba muy contento, no me acuerdo de estar nervioso. Estaba feliz y muy drogado, era joven, 21 años, las chicas más lindas me daban bola, era Gardel y Lepera. Mientras estaba colocado era la felicidad, después… Fue hace mucho tiempo, pero le tengo cariño a todo lo que pasó. Una cosa es cuando tomás merca el fin de semana y otra cuando sos un adicto diario. Es otra vida. Te vas, tenés categorías que la mayoría de la gente no las conoce. Todo esto es medio raro de decir, suena muy heavy para algunos, pero estás en otro planeta. Te inyectás – no es broma – falopa. Por mucho tiempo no tuve sentimientos normales, todos sentimientos lunáticos, chiflados. Esta relación intensa y medio pesada terminó a los 24 años. Pasaron un montón de años, el primer cambio fue por el alcohol. Dejé las drogas y me metí en el alcohol como para empezar a bajar.

–          ¿Ahora tenés sentimientos normales?

–          Podría decirte que sí. Me da miedo decir esto. Con mi terapeuta y con otra gente lo puedo charlar largo y tendido, pero es tan psicoanalítico que es medio choto. Yo fui un tipo que pudo sostener mi deseo, me ordené, laburé, tuve siempre banda sonando, hice canciones. Antes, me acuerdo cuando tenía novia y la chica me decía el domingo de salir a pasear… para mí era lunático lo que me decía. Hay sentimientos que son muy raros, siempre estaba loco o angustiado, una porquería todo. Yo laburé mucho tiempo para volver a tener una vida satisfactoria. Me terminó yendo bien, podría haber sido mucho peor. Por suerte quedaron las canciones.

Manuel compró una casa en Villa Elisa – La Plata –en el año 2009, mientras vivía en un departamento que alquilaba en Capital Federal. Hasta el 2012, la casa fue sólo un lugar para escapar. Hace dos años vive ahí. Cerca – todo es relativamente cerca entre City Bell y Villa Elisa – Manuel pide un café.

IMG_5337–          ¿Cambió tu ritmo de vida viviendo acá?

–          Yo vivía en Buenos Aires, pero no salía del departamento. Lo que tiene este lugar es que yo me despierto y tengo mi patio, un terreno atrás que está libre y como 18 hectáreas en una de las calles al lado de mi casa que están en sucesión. Tengo caballos salvajes corriendo por ahí. Eso me cambió: los amaneceres y los atardeceres, estar en calles chicas, arboladas, con muchos pájaros, animales. Te da otra dinámica.

–          ¿Te gusta más este ritmo?

–          A mí me gusta la ciudad, pero yo me las arreglé para que cuando todos están yendo, yo vuelvo. Si todos van a la costa en enero, yo voy en mayo, si todos van el sábado, yo voy el lunes. Siempre tuve esa dinámica y en función de eso me acomodé para no ir con la gran masa. No tengo problema ni con ciudad ni con pueblo. Lo que no me gusta es estar en situaciones con mucha gente, por eso es un milagro el trabajo que me conseguí porque si yo fuese espectador del trabajo que hago me muero de hambre, no voy a ver ningún show. Soy por naturaleza un tipo medio reservado, solitario. Me crie en Junín, que es un pueblo grande, una ciudad de 90 mil habitantes. Me eduqué hasta los 9 años en la casa de mis abuelos, en un pueblo de 300 habitantes. Una de las cosas que me gustaba de La Plata era eso: las diagonales, una ciudad planeada por racionales, súper orgánica y súper airosa. Pero no sé por qué, la primera vez que vine a City Bell quedé flasheado. Después te das cuenta la conexión que tiene con la música, con los Virus, con un montón de amigos, con Los Redondos, con gente que después tocaste y seguís tocando. Lo que me pasa acá es que hay un cariño, quiero a ésta segunda ciudad que me abrigó que fue La Plata, dónde creció Estelares y mi profesión, dónde me desarrollé ni bien vine, de verdad estaba completamente drogado, loco…

–          ¿A qué edad llegaste a La Plata?

–          Mi relación con las drogas fue entre los 18 y los 24 años. Yo llegué acá a limpiarme, supuestamente, a los 20 años. Fueron etapas en las que me volví adicto a la cocaína, a la morfina, a cualquier cosa. También, La Plata me dio la posibilidad de a poco de ponerme a laburar, de empezar la escuela de teatro, cuatro años de bellas artes. Toda la instrumentación de lo que es nuestro lenguaje, nuestra formación, yo la hice acá, por eso le agradezco y la quiero mucho. Dentro de eso había un cariño viejísimo que tenía que ver con City Bell. Mirá qué increíble, pasan un montón de años, como 25 años, y termino viviendo en este lugar que tanto me gusta.

–          ¿Cuándo te fuiste de La Plata a Capital Federal?

–          Estuve desde el primer semestre del ‘87 hasta el ’99: 12 años que fueron para el desarrollo. Cuando me fui ya habíamos grabado los dos primeros discos de Estelares: Extraño Lugar (1996) y Amantes Suicidas (1998). Empezaba a laburar con Juanchi Baleiron, no tenía un mango y tenía 35 años. Comenzaban a volverme todo tipo de fantasmas. Ahí me fui a Buenos Aires, estuve del 2000 al 2012: 12 años más. Después volví acá

–          De La Plata de ese momento a lo que es hoy, ¿qué cambió?

–          No sé, no me acuerdo. Te puedo decir qué cambió de cuando llegué a cuando me fui. En el ‘99 sentía que la ciudad ya me había dado todo, no me daban ganas de salir de noche, los bares no me emocionaban, no me contenían, la facultad no me importaba mucho. Se había dado un proceso en mí: estaba cansado. La Plata me había ayudado un montón pero me quería ir porque para mí tiene, como todo mecanismo que te contiene, eso que si te quedás mucho tiempo te adormece. Yo sentí que me tenía que ir.

–          Como espacio de gestación de cultura, ¿sigue igual?

–          Es un lugar muy especial, muy inspirado. Tenés Facultad de Bellas Artes, que no hay muchas en todo el país. Cuando yo estudiaba no estaba la Facultad de Cine, ahora está. También está la Escuela de Teatro, Humanidades y un montón de gente que viene del interior y se congrega en una ciudad que por raíz tiene esta voluntad masónica, racional, de consulta, duda, sospecha, construcción, investigación. Todo eso hace un caldo de cultivo. Fijate que las bandas platenses siempre, cuando comienzan y algunos siguen, cruzan un lugar de rebeldía, de rareza. En La Plata no ibas a encontrar muchas bandas que hiciesen rhythm and blues que en Buenos Aires había mucho más. Yo llegué a fines de los 80, era la primavera alfonsinista. Era tremendo, una época única. Todo lo que andaba dando vuelta por ahí lo probábamos. Era como pasó en España después del Franquismo: de destape. Cuando llegué me tocó conocer a gente cercana a Virus y a Los Redondos, toda esa vorágine nos empezó a formar y dar un matiz. Esa fue La Plata que a mí me dio un montón.

–          ¿El rock qué rol tomó en la primavera alfonsinista? ¿El neoliberalismo qué le hizo a ese rock?

–          Tengo impresiones, no estoy muy seguro. Para mí la primavera alfonsinista tenía esa especie de florecimiento. Es una mirada un poco vieja, romántica, después de la dictadura vino eso y estábamos todos muy contentos. El neoliberalismo en mi opinión lo que hace es amecetar esta voluntad culturosa de final de los ’80. Se caracteriza por vaciar de sentido todo, por igualar. Hubo un montón de manifestaciones y bandas que estuvieron muy bien en los ‘90, pero para mí están signados por vaciamiento de sentido. No te olvides que voy a cumplir 49, han pasado muchos años y muchas situaciones, no quiero meterme con nadie, pero ¿qué siento de los noventa? A mí no me dijeron nada, los detesté profundamente. No sé si escuchaba mucho rock, no me importaba mucho, con Estelares éramos bichos de otro pozo, hacíamos canciones. Después le estaba yendo muy bien a lo que te decía que acá no se hace mucho: el rhythm and blues, lo que después se mal denominó rock chabón.

–          ¿Por qué mal denominado?

–          Porque es una denominación muy caprichosa. Yo detesto ser viejo y hablar como viejo, no lo siento como tal pero parece ser que a nosotros nos tocó educarnos con Miguel Abuelo, Almendra, Color Humano, Sui Generis y después con los solistas: García y Luis, cada uno en su lugar. Nos tocó educarnos con eso. También con The Velvet Undeground, Bowie, New York Dolls, (the) Who, (the) Kings. Vos escuchás las bandas derivadas de final de los ‘90 y les tocó juntarse en una esquina, agarrar una guitarra y tomar birra. Es el mecanismo habitual, si vos prestás atención, de lo que hacen las bandas. A lo único que le creen es a la canción de esquina. Yo tengo amigos escritores que me gastan, en la canción Rimbaud, yo me pongo a jugar con lo que me pasó a mí, pero sabía que me iban a decir: ‘que canción pretenciosa’ porque habla de Juan Cocteau, de Paul Klee, las cosas que a mí me formaron. En una canción de esquina no se labura con eso y a algunos de esos se los llamó rock chabón. Me parece que no es así, es otra información.

–          ¿Ahí tuvo responsabilidad el neoliberalismo?

–          Me cuesta mucho hacer juicio de valor al respecto. Pero lo que digo es, por ejemplo, bandas como Callejeros, La Renga, o lo que pasó con Los Redondos, lo que contiene es el ritual. El ritual de ir a misa. Vas a misa. Eso para mí trae el segundo espaldarazo de los ’90: es la gente que se quedó afuera. Se quedó afuera la juventud y armó estos rituales.

A Manuel le suena su celular, pide disculpas y atiende. Tiene que ultimar detalles de su gira por España. La rutina se repite – kilómetros más, kilómetros menos – casi todos sus fines de semanas. Estelares viaja en micro, avión, auto, hasta donde Manuel, un tipo que confiesa no gustar de las multitudes, sube a un escenario muchas veces frente a masas gigantes de ojos que lo observan. ¿Por qué decidir ser cantante?

–          La canción aparece como defensa de la realidad. Esa etapa del principio era muy desesperada. El mecanismo que empecé a hacer era laburar sobre la neurosis. Acción y reacción casi desesperado. Guitarra, melodías, versos, sin aprender mucho, a fuerza de que me pasaban cosas. Después hay algo en mí que me pulsa y emociona que es la palabra. Hay dos cosas con las que tengo, “entre comillas”, cierta facilidad: la melodía y la palabra. Eso empezó a armar una pequeña casita que todo el mundo que veía me decía: está buenísimo. Entonces empecé a tomar eso y armé una banda y salí a cantar. Pero salí a cantar para defenderme, a salvarme, a gritar, a hacer cualquier cosa. Pasó el tiempo y se convirtió en oficio y en algo que me da mucha felicidad. Cuando compongo es muy alucinante, por mucho tiempo fue lo que más me gustó hacer de toda la vida. Hasta que nació mi primera hija estaba casado con las canciones. Es muy psicoanalítico en mi caso, por ahí puede sonar hasta pretencioso, pero es absolutamente así, la gente que ha vivido conmigo lo sabe: no he tenido otra vida que para las canciones. Me pasó muchas veces que componiendo estoy contento, pero salir a tocar y decir ¿qué hago acá? Después pasa como en cualquier oficio, lo naturalizás. Cuando me fui a vivir a Buenos Aires tenía 35 años y no tenía laburo. Comía de la amabilidad de amigos, ahí el oficio flaqueaba y yo sabes cómo flaqueaba, no daba más. Las convicciones, esto que me encanta, que es lo que más me gusta hacer y que de alguna manera es mi manera de relacionarme con el mundo, me sostuvo y sostuvo todo lo que ocurrió después. Si me preguntás cómo arrancó… Arrancó como una necesidad desesperada, siguió siempre siendo una necesidad desesperada pero en un momento se convirtió en un oficio.

–          En esa primera etapa hablás de mucha intensidad, ¿seguís siendo un tipo intenso?

–          Uno no lo puede evitar, pero hay que ver de qué manera. Es la vida de un hombre de familia la que tengo últimamente. Yo volví a tener un placer: jugar al fútbol en cancha de 11. Más allá de haber jugado en inferiores en Junín, es un juego donde disfruto mucho, sigo siendo creativo. Estuve años sin jugar. Hace 3 o 4 años de a poco empecé, primero en fútbol 5 para recuperar el cuerpo, hasta que un día me dijeron de volver a la cancha de 11. Eso hace que por ejemplo, a mí que me encanta salir con amigos y beber, si el sábado voy a jugar, el viernes no tomo, cosa que antes no lo hacía por nada. Obviamente juego con gente de mi edad, pero me encanta. La intensidad la pongo en las ganas que tengo de ir a jugar al fútbol. En términos psicoanalíticos: ya no pulso más, no doy más vueltas por el goce. El goce es la repetición incesante, ahora disfruto en líneas generales. Yo era un tipo que tomaba ¾ de botella de whisky por show. Dejé eso, ahora me tomo un vaso de Fernet. Me duró beber mucho hasta hace 5 años atrás, desde los 24 hasta los 42 años de siete noches seis estaba bebido. Dos birras, medio tubo, dos Fernet por noche, el cuerpo lo naturaliza. Todo eso cambió. Me preguntaste por la intensidad, yo prefiero esta intensidad, no la otra.

–          ¿Qué tiene más creatividad: una canción o una jugada?

–           Yo tengo tal devoción por el juego. Te voy a contar una: el otro día me sacan un lateral, la paro de aire y sin que pique la pongo entre medio de dos y dejo a un hombre libre. Esa jugada me parece extraordinaria. Lo que pasa es que una canción es algo muy emocionante, pero si vos me decís ahora ¿qué es lo que quiero? Quiero jugar al futbol todos los sábados. Pero ¿qué hago de domingo a viernes?

El WhatsApp no tiene cejas lindas

Se subió en la estación Puán de la línea A y yo inmediatamente pensé en aceptar si llegaba a proponerme seguir hasta Lima, combinar con la línea C, llegar a Retiro, ir hacia una boletería y sacar un pasaje para irnos a vivir con los otros 357 habitantes del pueblo de Puelén, en el sudoeste de La Pampa. Por alguna razón inexplicable que ahora no tiene sentido analizar, en el vagón todos estaban sentados salvo yo, que había sido el último en subir en la parada anterior y que había terminado apoyado en los caños que sirven para que los discapacitados se sostengan. En la mano, yo tenía una recopilación de cuentos de Eduardo Sacheri. En la cabeza, tenía colgados unos auriculares que sonaban tan alto como para darle protagonismo exclusivo en la vida al último disco del Indio Solari. Decir que yo estaba formando parte de esta galaxia era simplemente un enunciado astronómico, pero el motorman frenó de golpe, mi pierna derecha se movió, perdí el punto de apoyo, volví a este mundo y, al acomodarme, la vi entrar.

Tenía puesto un saquito rosa y una remera blanca que decía Freedoom -o libertad, traducido al castellano-. En el brazo derecho, llevaba El extranjero de Albert Camus. En la mano izquierda, tenía un teléfono del que le salía un auricular blanco. Como si fuera un espejo, más lindo, se sentó en el caño de enfrente, se puso a leer, a escuchar melodías y a estar en el subte sin diferenciar si viajábamos por el cielo, por el planeta Tierra, por Uruguay o por Finlandia.

¿Por qué esa remera? ¿La había comprado a propósito? ¿Le había gustado simplemente el color y el diseño? ¿Y qué pensaba de la libertad? ¿Leía a Camus para acercarse a sus consideraciones de la libertad? ¿Y la música? ¿Qué música escuchaba? ¿Y si escuchaba también el disco del Indio? ¿Y si estaba en el mismo tema y en la misma melodía que yo?

Apenas un paso y medio nos separaba, y aún así todo eran suposiciones. Pero de tanto pensar me olvidé que seguíamos siendo seres humanos y no calculé, en ningún momento, que ella pudiera levantar la vista, mirar cómo yo la estaba mirando y sonreirme porque se acababa de dar cuenta que yo me había vuelto completamente loco con su extraña existencia en un planeta que, a esa altura, yo ni sabía si compartíamos.

Y a mí me alcanzó una sola parada para hacerme una de esas preguntas que valdrían una tesis en la facultad: ¿cómo puede ser que entre tanta tecnología uno pueda seguir enamorándose de unas cejas tan lindas como esas?

***

Hacía tiempo había abandonado el plan estratégico de las miradas. Desde que una noche, en un bar, no supe explicarle a un amigo qué esperaba de una rubia con la que competíamos en ojos y en muecas de risa. Hasta este viaje y hasta estas cejas. Primero, porque la vista era prácticamente el único sentido que nos quedaba libre -también, claro, estaba el olfato, pero desde que renovaron los vagones de la línea A le pusieron un aroma artificial a limón que me da alergia, así que mejor no respirar-. Segundo, porque por alguna razón religiosa yo sentía que estábamos ahí por alguna razón. Y tercero, porque sus cejas eran tan bonitas que yo no hubiera podido no mirarlas.

Mientras viajábamos entre Primera Junta y Acoyte, nos reímos el uno del otro unas tres veces. Entre Acoyte y Río de Janeiro, ella intentó leer y yo, como haciéndole caso, busqué lo mismo. Entre Río de Janeiro y Castro Barros, cuando el subte frenó en la puerta del puesto de diarios, nos miramos fijamente, dejamos de sonreír y tomamos la decisión de hablarnos. El vagón ya no era como cuando arrancamos el viaje y, en el cruce de nuestros ojos, también aparecía un señor con su hija, dos pibes que cambiaban figuritas del Mundial y una señora que miraba consecutivamente su reloj y se mofaba, como si estuviera llegando tarde. En mis oídos, sonaba un tema rockero y pensé que era tiempo de ir para adelante. En sus auriculares, tal vez, estaba sonando una melodía romanticona o el preludio de Bach o un tema de Los Auténticos Decadentes. Pero, aunque no fuera la misma música, algo de ese extraño mundo nos estaba empujando.

Blancanieves, los siete enanitos, la Bella, la Bestia, Woody, Aladdin, Simba, Nala, Jazmín y el cuerpo congelado de Walt Disney hubieran aplaudido si nos hubiéramos acercado y nos hubiéramos besado, pero algo falló y se fue todo a la mierda. De repente, mi celular vibró, lo saqué de mi bolsillo derecho, miré el mensaje de WhatsApp y se me escapó una pequeña carcajada. Era un chiste de un amigo, pero ella, claro, no lo estaba leyendo conmigo y cuando levanté la vista ya no tenía los ojos clavados en mí. Ya no me miraba.

Los sueños terminan de repente. Los despertadores no preguntan si fue gol el del partido que se está viviendo en la sábana, si ya se besaron los amores imposibles, si el terremoto que estaba rompiendo el living dejó alguna cosa sana. Suenan y si es el momento justo, bárbaro y, si no, al carajo.

Entre Castro Barros y Loria, entre Loria y Plaza Miserere, entre Plaza Miserere y Pasco, y entre Pasco y Congreso, intenté reconquistarla, pero por alguna razón la magia había desaparecido. Busqué sus ojos y nunca estaban. Jugué a hacerme el que no miraba, pero nunca la enganché ni de reojo. Pensé: ¿me estaba haciendo una escena porque le había dejado de prestar atención? ¿se había ofendido? ¿me quería hacer pagar que la hubiera dejado por un rato? Desesperé, me sentí triste, deprimido, enojado, derrotado, fui machista, la odié, le juré que se cayera del vagón, pensé que ojalá no hubiera nadie nunca jamás que la amara.

Y, en eso, en Congreso, se bajó, sin mostrarme, ni una sola vez más, sus cejas.

***

La tercera acepción que el diccionario de la RAE le da a la palabra virtual dice: “Que tiene existencia aparente y no real”.

 

El rock del país

Cómo unos ricoteros armaron el documental del viaje mítico redondo. Ese que fue origen de la banda del pogo más grande del mundo.

¿Cuántos de los 170 mil que el sábado 12 de abril se hundieron en el barro de Gualeguaychú para gritar que esa noche el infierno estaba encantador durante el show del Indio Solari sabrán que todo ese estofado de ricota comenzó a cocinarse durante un viaje de hachís en París, durante las réplicas del Mayo Francés?

No son pocos los que aseguran que el crecimiento de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota a lo largo de sus años tiene que ver con el mito que lograron construir acerca de sus orígenes en la ciudad de La Plata, allá por los 70, a puro hipismo en una era de plomo. Poco se sabe de esos inicios redondos. Y casi nada se ha visto o escuchado de esos orígenes misteriosos. El Comando Luddista hace unos ocho años sintió la necesidad de echar luz a ese germen casi secreto que luego se transformó en la banda más emblemática del rock nacional para, al menos, tres generaciones.

¿Qué es el Comando Luddista? “Es un grupo que está integrado por cuatro personas que son Walter Blanco, Hidroman, el Capitán Balurdo y Miguel Funes. Son unos seudónimos que los pensamos para retomar una vieja premisa de Patricio Rey que está en la única entrevista que dio, allá por el año 79. Ahí dice que la identidad no agrega nada a la obra, sino que lo más importante es combatir al ego. La idea fue un poco jugar con eso y con toda la historia de Patricio Rey”, cuenta uno de sus integrantes. La entrevista de la que habla, que le llega en un sobre al periodista Claudio Kleiman y se publica en el N° 31 del Expreso Imaginario, en febrero del 79, la consigue el periodista free lancer Norman Olliermo Indigi, quien se encuentra con Patricio Rey en un club nocturno de Bruselas, gracias al dato que la alcanza un peluquero berlinés. Allí PR se define como un “gurú” que ejerce su padrinazgo sólo en Argentina porque un grupo de jóvenes le escribió una carta en 1977 en la que lo amenazaban con “desatar una ola de terror” si no lograban su padrinazgo. Esto, claro, en plena dictadura. Eso eran Los Redondos.

Y así es como se los descubre en el documental “El alucinante viaje de Patricio Rey”. Una película imprescindible para tratar de entender por qué una banda que hace trece años no se sube a ningún escenario sigue apareciendo con un grafiti en cada esquina. El rockumental se estrenó en febrero, en el Cosquín Rock y luego tuvo algunas presentaciones en Córdoba, Villa María, Rafaela, Venado Tuerto, Paraná, Firmat y Rosario. Aun no se proyectó en Capital, algo que está pensando hacia fin de año. “La idea es ir viajando por el interior y después recién ir a Capital. Eso tiene que ver, además de con nuestras ganas de viajar, con invertir la lógica general de cómo se mueven los bienes culturales en este país, que es una lógica bastante unitaria. Siempre todo pasa por Capital Federal y después va para las provincias, si es que va”, explican desde el Comando Ludista, que volvemos a preguntarnos qué es por si en el párrafo de arriba no quedó claro. “El Comando Luddista se juntó para esta misión, para hacer esta película. La idea nace hace más de ocho años fundamentalmente porque los integrantes del Comando son todos ricoteros y sufren esa afección que se llama ricotitis aguda. Como no había ninguna película de Los Redondos, sí algunas producciones que no ahondan, que no son producciones periodísticas serias, por lo menos desde lo audiovisual sentimos esa necesidad. Sí hay muchos libros y revistas, pero nosotros venimos del palo del cine y la comunicación. Entonces se mezcló nuestra formación y las ganas que teníamos de ver un documental que estuviera a la altura de lo que es la historia de la banda”.

Después de una hora y media de rockumental que te acerca el aroma psicodélico que se respiraba en La Plata en los 60, se puede afirmar que el Comando logró su misión: abrir la caja negra que tenía encerrado el origen de un mito llamado Patricio Rey. Allí se pueden ver y oír grabaciones que en casi 40 años no habían visto la luz. Son, según los hacedores del documental, joyas patricias. Desde el primer ensayo de Los Redonditos de Ricota en un sótano de la primera galería platense hasta la faceta del Indio –con barba y algo de pelo – como actor en dos cortos distintos dirigidos por el hermano de Skay, Guillermo Beilinson. O también se puede ver a Horacio Fontova remplazando a Solari en un show del 79, en el Margarita Xirgu.

Así se termina de comprender que antes de ser una banda de rock, Los Redondos fueron un colectivo artístico novedosísimo que regalaba unas auténticas fiestas dionisíacas. Comenzaron en el Teatro Lozano de La Plata, donde no sólo se cerraban las puertas para que comience la función, sino para inventar allí una realidad sublevada con la que se vivía afuera. “Por mucho menos te hacían boleta”, dice durante el documental Sergio Mufercho Martínez, maestro de ceremonias de Patricio Rey en sus inicios. “Era demasiado libre para la realidad que vivíamos”, asegura otro de los muchísimos testimonios que se recolectaron sobre esa génesis ricotera que a medida que pasan los años y por cómo se las muestra en la película resulta más cercana al hipismo. Si hasta el papá de los Beilinson tuvo que ceder algunas hectáreas de un campo en Pigüé para evitar que sus hijos se manden en una aventura psicodélica hasta Brasil, donde existía el mito de que regalaban tierras fiscales. En esas hectáreas donde se intentó armar una comunidad hippie, según cuenta Guillermo Beilinson en la película, los que más aguantaron fueron Skay y la Negra Poli. “Algunas historias las sabíamos por leer revistas o investigaciones, pero la mayoría de las cosas que nos contaban fueron un alucinante viaje de descubrimiento. Porque cuando arrancamos lo único que había era el deseo de hacer la película. Hicimos un trabajo de preproducción exhaustivo. Armamos una lista enorme de entrevistables para poder contactar. Empezamos así con una entrevista, con dos, después saltaba otro nombre hasta rastrearlo y así se fue sumando material. Terminamos con 120 horas de entrevista a la hora del rodaje”, agregan desde el Comando.

-Como ricoteros, ¿no les dio pudor echar algo de luz a toda la oscuridad de esos comienzos que ya se volvieron mito?

-Fue descubrir una cosa impresionante. Cuando aparecieron las imágenes, más aun. No es que estaba el archivo y nosotros dijimos, che hagamos una peli. El archivo lo tenía la gente que fuimos entrevistando y lo cedió para la película. Hay muchos que si no hubiera sido por el tiempo que nos tomamos no habrían salido las entrevistas. Con algunos hubo muchas idas y vueltas. Hacía falta un buen laburo. Arrancamos con el sueño, pensamos que la podíamos hacer nosotros la película. Nos une una profunda amistad desde antes, creo que eso nos ayudó: si no sería difícil estar ocho años para hacer un documental. Fueron ocho años, con momentos de más laburo y momentos de menos intensidad, porque la película fue autogestionada y producida por nosotros de un modo independiente.

El alucinante viaje –o el Magic Mystery Tour ricotero – fue el que hicieron una quincena de jóvenes desde La Plata hasta Salta, en enero del 78. Skay y Poli ya vivían en el Norte porque la situación platense inquietaba cada vez más y consiguieron el contacto local para tocar en Salta. Así, alquilaron un micro y se mandaron a hacer 1600 kilómetros con el calor de enero que amenazaba mucho menos que toda la presencia militar con la que se fueron cruzando a medida que avanzaban con un cargamento de marihuana encanutado y las bebidas alcohólicas a la vista. Igual llegaron e hicieron su primera presentación bajo el nombre de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota. El contexto no era el esperado: fue de madrugada en un cabaret salteño que se llamaba “El Polaco”, donde casi todos los presentes, entre los que estaba el folclorista Cuchi Leguizamón, se sorprendieron. Fueron a ver qué proponían arriba del escenario un grupo de estudiantes platenses pero se encontraron con una fiesta inédita para ellos.

Para estar atento al itinerario del Aulcinante viaje de Patricio Rey, podés seguir las novedades en: http://www.elalucinanteviaje.com