“A medio camino entre dos mundos”

En un intento por explicar parcialmente la sociedad chilena, entrevistamos a la aspirante a diputada Valentina Verbal. Militante por derechos de identidad, comparte su partido con el Presidente Piñera, trans, y con pasado en el Opus Dei. Imposible de encasillar, simplemente es.

Las posibilidades de explicar de forma acabada una sociedad son escasas y la actitud de intentarlo, por lo menos pretenciosa. En la inmensidad del entramado social chileno, encontramos un personaje político altamente complejo que nos ayudará a acercarnos a entender la sociedad trasandina. Valentina Verbal es Historiadora y pre-candidata a diputada por Renovación Nacional, partido que comparte con el actual presidente de la República Sebastian Piñera y Carlos Larraín, senador que  puede llegar a comparar en una entrevista la homosexualidad con la pedofilia y la zoofilia. En su juventud profesó su religión en el Opus Dei durante siete años. Ahora, se encuentra en plena lucha con el organismo regulador electoral Servel por aparecer en la boleta de las próximas elecciones con su nombre social. Es que Valentina, además y más allá de todo, es trans y una ferviente militante por la identidad de género y la igualdad de derechos.

-Las disputas en el Servel por aceptar tu nombre en las papeletas electorales, ¿está vinculado con cierto machismo de la política chilena?

-Chile está transitando, un poco más lento que Argentina, hacia una sociedad más abierta con la diversidad. Está transitando, pero está costando. Un avance que tuvimos fue la ley antidiscriminación que incluye las categorías identidad de genero y orientación sexual. Mientras se tramita la ley específica de identidad de género, para regular el cambio registral en los documentos de identidad, la ley antidiscriminación por lo menos garantiza el respeto de los derechos fundamentales de las personas trans, especialmente de parte de los organismos estatales. En gran medida eso pasa por respetar el nombre social y de género de la persona ante la comunidad.

Pensé que no iba a haber mayores problemas ante el Servel porque en el fondo no se trata de cambiar mi registro –eso lo estoy haciendo por la vía judicial, en concordancia con el registro civil, que es cómo se hace aquí en Chile-, yo quiero aparecer en la papeleta con mi nombre social porque ese es un documento que se presenta ante la comunidad, o sea es el trato que te está dando un organismo público hacia la comunidad. En este caso el Servel no me está respetando mi identidad de género.

Esto revela machismo, pero también otras cosas. Revela ignorancia, desconocimiento de la diversidad en general y de la diversidad sexual en particular. Revela ignorancia de conceptos, como orientación sexual e identidad de género, y también ignorancia de la misma ley antidiscriminación. Lo más grave es que esta ley – ley 20.609-, obliga especialmente a los organismos públicos a hacer medidas preventivas y políticas públicas contra la discriminación. Y el Servel no tiene nada al respecto.

-¿Cómo te definís en cuanto a tu sexualidad?

-Es complejo. Siempre se discute en los movimiento de diversidad sexual si corresponde o no categorizarse, porque eso supone anclarse a un determinado tipo de persona, y las identidades siempre son dinámicas y variables.

Creo que es bueno categorizarse en el sentido de que al hacerlo con una identidad que no es normativa, o sea que es minoritaria y considerada como inferior por la sociedad machista hegemónica, también implica visibilizar identidades que deben ser conocidas. Y al hacerlo, normalizar en el buen sentido de la palabra, no normalizar para adecuarse a la hegemonización que se propone desde una elite conservadora, sino normalizar en el sentido de decir que son identidades minoritarias, distintas, pero no son anormales, no son patologías ni enfermedades. Hay que categorizarse políticamente y me defino como una mujer trans, también como transexual o transgénera, no me importa mucho la distinción entre estos dos últimos conceptos, porque lo relevante no es si la persona está operada o no. Sino más que nada si tiene una identidad de género, normativa o no.

No creo en el paradigma psiquiátrico. Ese que entiende que se trata de una persona que nació en un cuerpo equivocado, entonces hay que adecuar el cuerpo a la mente, como si ser trans fuese una patología o un trastorno mental. En cambio en el paradigma de la diversidad, cada uno puede determinar su identidad, en este caso sexual. Por lo que resulta que la persona nació en una sociedad equivocada.

-¿Creés que debe aparecer el sexo en el Documento Nacional de Identidad?

-Veo que es bienintencionada la teoría contrasexual de eliminar las marcas de género de los documentos, y no solo de los de identidad, pero resulta un poco utópica todavía de llevar a la práctica. Creo que es irreal. Soy una persona que trato de combinar los principios –lo que creo que es bueno hacer- con el pragmatismo. Sin transar en los principios, pero sabiendo que las cosas se van logrando de a poco, de manera gradual. No se puede llegar al piso 20 sin pasar por el resto de los pisos. No se puede romper con paradigmas legales superestructurales de nuestra sociedad de la noche a la mañana.

Hay muchas instituciones que antes deberían ser deconstruidas para que esto fuese posible. Por ejemplo, en Chile, antes de llegar a eso, primero hay que llegar al matrimonio igualitario.

-¿Qué diferencias hay en el trato cotidiano a trans en Santiago y en las Regiones de Chile?

-Las Regiones, lo que es el Interior para Argentina, tienen una vida cotidiana más conservadora, pero Chile es un país unitario, las leyes rigen para todo el Estado de norte a sur. Pero también unitario culturalmente. Es bastante homogéneo, lo que lo hace ser bastante centralista. Si bien las Regiones tienen medios de comunicación locales, lo que prima son las noticias nacionales. Esto hace que no haya grandes diferencias dentro de Chile. Si bien en las Regiones es mas lento el proceso de cambio cultural, mi impresión es que cada vez hay más apertura. Siempre en relación con lo que va ocurriendo en el centro, en Santiago. No son dos Chiles, aunque uno avance un poco más rápido, se mantienen muy pegados.

  

-Para salir del trabajo sexual, ¿qué posibilidades laborales le da la sociedad chilena a personas trans?

-En Chile lamentablemente es muy deficiente el acceso laboral de las personas trans, pero la calle ya no es la única alternativa. Las personas trans se la pueden rebuscar. Aunque tengan estudios universitarios, no consiguen empleo de su profesión, pero trabajan en comercios o sandwicherias por ejemplo. Cuando su identidad no corresponde con la de su documento, se les rechaza el empleo. Los tribunales conceden el cambio de nombre en un tramite de unos seis a ocho meses, pero no el cambio de sexo de no haber operación genital. Hay un vacío legal que deja a la interpretación del juez la posibilidad de casos excepcionales. Se trata de una cirugía de muchísimo dinero, lo que podría costar un auto nuevo.Hay una mentalidad muy legalista en Chile: todo es lo que está en el carnet. Hay trans que no quieren operarse, pero quieren cambiar de sexo registral. No está visibilizada la realidad laboral trans, no hay estudios serios al respecto, las pocas encuestas que hay revelan una precarización general de los empleos.

-¿Cómo se recibe a las personas trans en los ámbitos educativos?

-Las chicas que son mayores, que ya son de tercera edad, que se dedicaron toda su vida al comercio sexual, aparte de ser discriminadas por ser trans, eran personas tuvieron que desertar tempranamente de la escolaridad, incluso de la primaria. Hoy por hoy, en general, si bien hay discriminación, y hay bulling, hacia las personas con diversidad sexual por mostrar una expresión de género no normativa, están terminando la educación secundaria. Muchas universidades están aceptando personas trans y son tratadas respetando su identidad de género.

-¿Los límites en cuanto a la identidad de genero en Chile son sociales o políticos?

-Sin dudas hay un mayor avance social que político, aunque en lo social falta mucho todavía. Lo que sí es claro es que en países como Chile, y en Hispanoamérica en general, los cambios sociales se producen mucho a partir de cambios políticos. Los cambios culturales van con mayor fuerza cuando hay cambios legales. La mentalidad de avance en la sociedad tiene que estar indicada por la legalidad, y esa forma de pensar es una cuestión cultural histórica. No hay parlamentarios que se declaren gay, y eso a mi me motiva mucho para ser candidata por la necesidad de la representación de la diversidad que tiene que haber en el parlamento.

-¿Cuál es el peso de la voz de la Iglesia?

-La iglesia cada vez influye menos en Chile, bastante poco en el ultimo tiempo. Hay parlamentarios conservadores porque tienen una raigambre muy religiosa. Pero son ellos quienes toman las decisiones, no podría acusarlos de hacerlo en términos religiosos. La voz de la Iglesia no tiene peso ya, la sociedad chilena ha avanzado hacia el laicismo. La Iglesia puede expresarse, pero no es la que conduce la voz de la sociedad en su conjunto.

-¿Qué te quedó de tu paso por el Opus Dei?

-Participé siete años, pero como hombre. No todas las cosas son blanco y negro, hay sentimientos encontrados. Nunca viví nada raro en términos sexuales, nunca viví agresiones sexuales de los sacerdotes, aunque conviví con muchos de ellos durante mucho tiempo. Entonces también es importante decirlo, porque no todos cometen esos abusos. Y también otra cosa que siempre he dicho: yo no era una persona particularmente conservadora, como tampoco mi familia, no éramos tradicionalistas, pero si tradicional en lo social más que en lo religioso. ¿Por qué fui al Opus Dei? Porque me invitaron, me gustó la espiritualidad, de buscar a Dios en medio del mundo, poder encontrar la Santidad por medio del trabajo ordinario. Pero también, prontamente cuando elegí un camino sexual diferente, empezó a chocar esa realidad del Opus Dei, que es una institución muy conservadora, muy homogeneizante, es exageradamente juzgadora en lo sexual, donde prácticamente uno tiene que confesar sobre su vida sexual, hasta cuántas veces se masturbaba. Y es muy cerrada sobre los cambios sociales, conservadora sobre la identidad sexual: se opuso a la Ley de Divorcio en 1995. Así es cómo se tienen sentimientos encontrados: yo la pasé muy mal un momento, pero también viví una experiencia espiritual muy profunda, en la relación con los demás.

-¿Cómo juzgás, siendo historiadora, el rol del Opus Dei en la última dictadura?

-Como historiadora tendría que haber leído o haber hecho una investigación. Pero no lo he hecho. No creo que haya tenido un rol preponderante, aunque sus líderes hayan adherido a la dictadura. Aunque no tuvo un rol activo porque no era muy conocida, ya que durante largas décadas fue un grupo reducido, hasta los 80’. Arrancaron fuertemente cuando la dictadura estaba terminándose. Siendo rigurosos no podría hablar de una influencia grande.

 

-En 2009 decías que “Renovación Nacional y la política en general, no estaba preparada para alguien como yo”, ¿ahora sí?

Efectivamente, creo que desde el 2009 la sociedad chilena ha cambiado un montón en relación a cuestiones culturales y a identidad de género en general, especialmente cuando el año pasado mataron a Daniel Samudio[i], que hizo despertar a la sociedad de su siesta, de su sueño, en la que creíamos que éramos muy modernos y muy abiertos. Creo que ya no es algo terrible asumir la identidad sexual públicamente. Pero todavía son casos muy escasos. Ya no creo que haya drama por tener una candidatura LGBTI y participar de las elecciones, aunque falta mucho para hacer, hemos avanzado mucho.

-¿Te asumís como referente de tu partido político o de los movimientos por la diversidad sexual?

-Es que estoy a medio camino entre los dos mundos. Yo como hombre fui militante de Renovación Nacional durante 30 años, pero me alejé cuando asumí mi identidad como Valentina, y ahí al poco tiempo me metí en el activismo por la diversidad sexual. Allí ya me hice más conocida en Chile públicamente y terminé como candidata. Siempre me asumí como de centro-derecha en lo político y económico, pero todavía estoy a medio camino, porque los medios me siguen viendo como una persona que viene de la sociedad civil, relacionada con estos movimientos, que llegó al Partido para buscar un espacio; pero todavía no tengo una consolidación de mi situación dentro del partido. Hoy en día cuando me hacen una entrevista el 90% de los medios me preguntan sobre la identidad sexual y el restante 10% recién sobre política, que es mi espacio. Por eso estoy a medio camino. No por ser trans voy como candidata.


[i]Wikipedia nos dice que: Daniel Mauricio Zamudio Vera (Santiago, 3 de agosto de 1987 – Santiago, 27 de marzo de 2012) fue un joven chileno, convertido en símbolo contra la violencia homofóbica en su país, después de ser atacado y torturado en el Parque San Borja de Santiago por un grupo de jóvenes, quienes, tras varias horas de golpiza, le provocaron heridas que terminaron semanas después con su vida. El ataque contra Daniel, perpetrado el 2 de marzo de 2012 por cuatro personas vinculadas presuntamente a una pandilla de tendencias neonazis, causó conmoción en la sociedad chilena y levantó el debate respecto a la homofobia en el país y la falta de una ley antidiscriminación relacionada con este tipo de crímenes.

 

 

Una revolución más allá de la igualdad

Entre discursos que gritan crisis y políticos que se ensordecen con su propio eco, la voz de una mujer catalana suena contundente. Se trata de Remei Arnaus i Moral, profesora de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Barcelona e investigadora de Duoda – Centro de Investigación de Mujeres: “la crisis es, fundamentalmente, del orden simbólico, pues se ha agotado una forma de ver y estar en el mundo”

En Europa, ya hace tiempo que se habla de crisis; quizás ya hace tanto, que empieza a perder lo que el asunto pueda tener de circunstancial. En este momento mutante, donde se ha abierto una grieta en la estructura social, ha estallado también un discurso; aquél que en un juego de libre asociación, después de “crisis”, dice “financiera”. Lo que interesa es lo que implica pensar la crisis en esos términos y qué exigencias atiende. Pareciera que la mencionada fórmula legitima propuestas como el copago judicial, los recortes y supresión de las ayudas sociales o la privatización de la sanidad y de la educación, más tendientes a subsanar los requerimientos de los mercados y los bancos que las necesidades básicas de la ciudadanía. Si a quien carcome la enfermedad es a las finanzas, allí el remedio…

¿Pero puede ser pensado el escenario actual tan unidimensionalmente? ¿Qué arraigado sistema de valores retiene a la política moderna de caer definitivamente al precipicio al que se enfrenta? El panorama actual, donde abundan las metáforas del derrumbe y la decadencia, en un escenario en el que la democracia representativa se endurece hasta volverse estanca, invita a  mirar por detrás del enunciado de la crisis política para descubrir que lo que se está agotando son también paradigmas de interpretación de la realidad. Para ensayar respuestas a estas preguntas, darlas vueltas y reformularlas, dialogamos con Remei Arnaus i Moral, profesora de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Barcelona e investigadora de Duoda – Centro de Investigación de Mujeres de la Universidad de Barcelona, donde se desempeñó como directora entre el 2001 y el 2009. Desarrolla su estudio e investigación en la práctica y en la experiencia de la relación educativa como mediación viva y creativa, y profundiza en los aportes de las mujeres al ámbito universitario. Para ella, “la crisis es, fundamentalmente, del orden simbólico, pues se ha agotado una forma de ver y estar en el mundo. Tiene que ver con muchos movimientos sociales, pero sobre todo con el movimiento de las mujeres, que hemos dicho basta al patriarcado. Un ‘basta’ que se extiende a toda una visión y un modelo cultural, polí­tico, económico, ecológico, educativo y que implica, a la vez, un cambio en el sentido de las relaciones entre seres humanos y entre cada uno consigo mismo.”

El concepto de “patriarcado” ha sido elaborado por las diferentes corrientes del feminismo para referirse a la dominación masculina y las relaciones de poder a través de las cuales los hombres subordinan a las mujeres; como un sistema global que impregna la economía, la familia, la arquitectura, la política…: cada elemento de nuestra sociedad. En este sentido, desde Duoda (recibe el nombre de la condesa de Barcelona del siglo IX, que escribe un libro para que sus hijos, arrebatados por su padre, se educaran según sus deseos) se afirman en la diferencia sexual para rescatar la especificidad de la condición de las mujeres. Definen su política como la práctica de una relación sin fin – relación no instrumental – orientada por el sentido libre de la diferencia sexual, y se enmarcan en la tradición de los grupos de toma de conciencia que proliferaron en los años 60’, donde las mujeres buscaron autonomía de los partidos políticos. A través de esos grupos, las mujeres comprendieron las relaciones entre los aspectos individuales de su experiencia y lo público; lo personal se volvió político. Remei estableció sus primeras relaciones con el feminismo hacia fines del 70’, cuando se abría en España el período democrático, tras la dictadura de Franco. Con el franquismo, la mujer dejó de tener los derechos que la Constitución de 1931 le había otorgado, como la igualdad con respecto al hombre y el derecho a voto (restituidos con el retorno a la democracia), y fueron condenadas al papel de madres y esposas. Remei recuerda que “era un feminismo más reivindicativo que se plantaba más en la lucha por la igualdad y centraba sus discursos en la carencia de las mujeres. Hubo un momento en que eso me cansóHasta que encontré en la Librería de las Mujeres de Barcelona la revista Duoda y vi que se hablaba de algo que me llamó la atención: el reconocimiento de la autoridad de las mujeres, y cómo eso hacía acrecentar el sentido de nuestro vivir y nuestra existencia en relación con otras y otros”. No era solo otro enfoque; era otro lenguaje. Se hablaba de abrir espacios de libertad dentro de nosotras mismas, y no solo de luchar porque nos otorguen más derechos desde fuera. Se iba hacia una definición autónoma del ser mujer, a partir de la escucha recíproca y de darle sentido a la propia experiencia. La igualdad implica hacer del otro – el hombre – el horizonte que desear, mientras que la diferencia deconstruye un igualitarismo que no se cuestiona el modelo del mundo y que no se desplaza de los paradigmas marcados por la sexualidad masculina. De hecho, la igualdad ha sido propuesta por los varones, a través del movimiento de la Ilustración. Reafirmar la diferencia implica discutir con la teoría de los derechos humanos universales tan amplia y abstracta que parece cancelar todo conflicto, y abrir el juego para un análisis sociopolítico de la experiencia de las mujeres, arraigado en un fuerte sentido de comunidad e intersubjetividad. Había una necesidad simbólica de existencia: “Me interesó mucho porque vi en ellas que se fijaban en la parte del ser mujer que puede desarrollar su libertad, en el espacio del deseo. Eso me abrió mucho la mente. No era la “falta de”, sino que había todo un espacio en el que reconocerte y tomar conciencia de una libertad que está más allá de toda reivindicación. Por ser mujeres, ya podemos desarrollar un sentido libre de ser mujer. Pero siempre con otras. La libertad es relacional, no individualista como la de los Derechos Humanos y de la Revolución Francesa.”

Remei comenzó sus estudios superiores en el Magisterio y luego se especializó en Filología Catalana. Una vez más, Remei intentaba nombrar y darle voz a aquello que estaba silenciando: en los cuarenta años de dictadura militar (desde la Guerra Civil Española en 1935 hasta la muerte de Franco en 1975) el catalán no se enseñó en las escuelas, puesto que en 1939 se prohibió su uso público, para imponer el predominio del español, “el idioma del imperio”. Desde esos años de formación, mucho ha pasado: “Hace 25 años estoy en la Universidad, y veo que no es un ámbito para transmitir conocimientos asexuados, fragmentados, encapsulados, descontextualizados, sino que se trata de que puedas transmitirlos desde tu propia experiencia y  tu propio vivir, para repensar la vida que llevamos.. En la educación se pone mucho en juego de una misma.” Para Remei, el conocimiento descarnado y desvinculado de la vida forma parte del mundo patriarcal. Y cada vez, vamos encontrando más elementos que han entrado en crisis: las epistemologías dominantes, el sentido que orienta la educación y las relaciones en las instituciones escolares también se han agotado. “Hay mucho cansancio en la Universidad, por no sentir que lo que te explican te interpela como mujer. Si el conocimiento universitario no interpela la experiencia de vivir y no se abre a lo que las mujeres han aportado, este modelo se agota. Ya no tiene sentido una visión de la pedagogía y la didáctica tecnificada, homogeneizante e impersonal. El movimiento de la vida no va por ahí.” La universidad se ha replicado como otro epicentro de la crisis, y hoy da cuenta también de la disminución de la calidad de la formación, precarización laboral de docentes y recortes presupuestarios en todas las áreas. En esta zona de emergencia, algo empieza a germinar. En un artículo que Remei publicó en Duoda (“El sentido libre del ser universitarias en el presente”) en co-autoría con Ana M. Puissi, se expresa: “Veo a chicas y chicos, a universitarias y universitarios, tejiendo relaciones con el placer de la relación y autoorganizándose creativamente una y otra vez fuera de los dispositivos de la delegación y la representación, los veo deseosos de volverse irrepresentables e inalcanzables por ideologías viejas y nuevas (…); leo sus documentos de protesta y propuesta, aprecio su capacidad de análisis a partir de sí y en relación con otras y otros, lecturas y análisis más perspicaces y maduros, por ser más libres, que muchas publicaciones científicas y politológicas; no se me escapa su determinación de querer estar en primera persona y defender, además del suyo, el futuro de este extraño país nuestro y una civilización de relaciones donde la cultura y la formación sean bienes personales y colectivos irrenunciables. (…). «No pagaremos nosotros vuestra crisis», dicen. Con inteligencia política han escogido la palabra crisis para nombrar no sólo la catástrofe económica-financiera, sino aún más la caída de todo un modelo de sociedad y civilización, la caída que desde la política de la diferencia hemos llamado final del patriarcado.”

En sus clases, Remei aboga por un conocimiento encarnado, sexuado, que desmonte la fantasía de un conocimiento neutro y dé autoridad a la propia experiencia. Este cambio se vuelve tangible en un elemento clave del conocimiento científico: la escritura académica. “Según ese dispositivo, no estás ahí en lo que escribes. En mis asignaturas, hacemos trabajos en primera persona, para reelaborar los contenidos desde tu propia experiencia, desde una investigación más biográfico-narrativa. Cuesta mucho porque venimos de una tradición en la que el cuerpo es algo a controlar y a enmudecer.” Una de las investigaciones de Remei se centra en qué prácticas libres han aportado las mujeres al ámbito universitario. El problema se le planteó cuando se enfrentó con la realidad de que la presencia femenina en la universidad, como en otros ámbitos de la esfera pública, era ya un hecho; sin embargo, parecían no visibilizarse los efectos que esta presencia trajo consigo: “Las mujeres han aportado mucho a la investigación, en la visibilidad de la subjetividad, en desmarcar el conocimiento más abstracto para sexuarlo. ‘Partir de sí’ no es hablar de una, es partir de la propia experiencia para estar en el mundo, pero no es llenarlo de ti. Que tengas presente lo que te pasa en lo que dices. Que no sea una elucubración discursiva separada del cuerpo.”  La tarea de visibilizar lo que las mujeres vienen haciendo forma parte de lo que Remei llama una revolución simbólica, puesto que se van rompiendo los límites de la estructura de significados establecida. La consigna ya no es cambiar La Realidad, sino trasformar mi relación con la realidad; invoca a una práctica más relacional, más libre, más dinámica y que rescata el valor de la singularidad. Se trata también de elaborar un pensamiento con raíces en una subjetividad completa, que reconozca el lugar de los deseos y lo inconsciente, que valorice a la corporalidad y la sexualidad, que no desconfíe policialmente de lo emocional. Para Remei, es hora de dejar ciertas cosas atrás: “El patriarcado preserva relaciones estructurales de dominación y explotación que no tienen sentido ni hacia las criaturas, ni hacia la ecología del mundo, ni para las relaciones entre la gente. No tiene sentido crear conocimiento instrumental para dominar el mundo, tiene que cambiar también la forma de gobernar”.

En medio de tanto derrumbe, hay cosas que se empiezan a mover. Remei reconoce que es muy importante que algunos hombres también se estén repesando: “Hay hombres que también están abriendo un nuevo diálogo entre sí y con el mundo. Ahí también hay una fuerza. ‘No somos el centro del mundo, sabemos que tenemos interlocutoras, somos el otro de ellas, y ellas son nuestras otras’. Esto cambia el mundo. Porque son cuatro mil años de ponerse como sujeto en el centro de todo.” Entonces, se trata de que los varones reconozcan que su mirada no es neutra ni universal, y que se enfrenta a otras miradas. Sin embargo, ninguna revolución se hace de un día para el otro. “Se están recrudeciendo los mecanismos de control tecnológicos, administrativos, burocráticos, claro, el sistema sabe que se alimenta a costa de la creación libre. Pero para frenar ese avance sobre nuestra libertad, es indispensable tomar conciencia de la nueva relación entre mujeres y hombres. A pesar de la revolución del 68’, cuando nuestros compañeros estuvieron en los gobiernos hicieron cosas interesantes, pero no hubo una conciencia de relación entre sexos y de asumir y reconocer a las mujeres lo que estaban aportando al mundo.”

A través de las experiencias, trayectorias y pensamientos de Remei, desandamos y resignificamos un eje central en la realidad social del último cuarto del siglo pasado y el comienzo de éste. Se trata del movimiento de las mujeres, de mujeres en movimiento que crean contextos en donde los deseos femeninos, masculinos, o de cada singularidad, puedan aflorar libremente y entre los que se establezcan prácticas relacionales que generen nuevo marcos cognitivos, culturales, sociológicos y políticos.

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Feminismo explícito: Universidad de la Concha

Desde la cooperativa LaVaca hace años que trabajan activamente sobre el feminismo, defendiendo los derechos de la mujer. Desde el  21 de julio comenzó un ciclo de encuentros que se dicta el último sábado de cada mes, dirigido “ni a hombres ni a mujeres, a todas las personas”. A través de un espacio reflexivo buscan romper con el estereotipo de la víctima, “porque ninguna mujer llorando y de rodillas puede cambiar su situación”.

Fotos: Veroka Velazquez

Claudia Acuña, una de las cabezas de este proyecto, nos explica claramente cuáles son esas herramientas que utilizan y generan para darle batalla al sistema patriarcal. Propone una mirada diferente sobre el problema del machismo: “el machismo es femenino, pero si sos el problema también sos la solución”.

¿Cómo surge la idea de llevar adelante una Universidad de la Concha?

-Hace mucho tiempo que desde LaVaca venimos trabajando y reflexionando sobre el tema del feminismo hoy. De cómo perdió potencia su discurso y, lo que es más grave, de cómo operan los controles sobre sus lenguajes, tanto a nivel de la palabra como de la imagen, para restarle poder de transformación social. El trayecto que hicimos en este sentido es muy largo, pero podríamos sintetizarlo en dos etapas: una de mayor intervención pública, cuya herramienta más visible es la muestra y el libro “Ninguna mujer nace para puta”. Y otra más silenciosa, que llamamos de “submarino” que nos permitió consolidar un grupo de trabajo heterogéneo en su formación de origen, pero muy sintonizado en cuanto al interés de plantearse qué significa la batalla feminista hoy. La Universidad de la Concha marca el inicio de otra etapa, en la que abrimos las puertas para compartir un espacio de reflexión para la acción. La idea surgió a partir de dos experiencias concretas que en la UCO se unen formalmente, por un lado, los talleres de crónica periodística, en los cuales trabajamos mucho y durante largo tiempo con un grupo de mujeres periodistas y con la psicóloga Susana García, el tema del lenguaje y la identidad, de cómo está colonizado tanto por el sistema patriarcal como por la sintaxis disciplinadora de las oenegés y, por otro lado, el Poeticazo, el espacio que llevaron adelante desde LaVaca la poeta Daniela Andújar y la artistas Veroka Velázquez. Estas dos experiencias fueron el  útero de esta nueva iniciativa. Allí, participaron músicas, poetas y artistas visuales durante tres años, entonces la UCO acumula estas experiencias y personas que se proponen el rol de anfitrionas. No damos cátedra, recibimos en un espacio, y para un tema concreto, a personas que saben tanto o más que nosotras. De hecho, están participando mujeres de varias provincias que tienen una larga trayectoria de trabajo en temas feministas y que tienen la misma necesidad que nosotras de compartir un espacio de reflexión sobre las propias prácticas.

-¿Cuál es el propósito de estas reuniones que llevan la frase “Ni hombres ni mujeres: encuentro para personas”?

-El propósito  es claro porque no queremos hacer perder el tiempo a nadie, ni perder el nuestro: hacer algo. Son cinco reuniones destinadas a replantearnos cosas, aprender otras, intercambiar saberes, debatir ideas y prácticas. Pero todo esto está destinado a hacer algo concreto. Cada participante lo hará en el espacio que crea mejor o necesite hacerlo. Nosotras, desde la UCO, queremos producir una acción callejera e invitamos a las participantes que quieran a que lo hagamos juntas, pero no es una obligación. Este año esa acción tiene como eje la imagen. Por eso cada encuentro está pensado en función de reflexionar sobre tres preguntas: “¿Cómo nos vemos?, ¿Cómo nos ven? y ¿Cómo queremos que nos vean?”. Buscamos romper con el estereotipo de la víctima, porque ninguna mujer llorando y de rodillas puede cambiar su situación. La UCO no es un espacio para pensar las imágenes y discursos que produce el sistema, sino para interpelar las que producimos nosotras mismas. Hay muchos y seguramente mejores espacios de reflexión sobre la guerra que este sistema libra sobre nuestros cuerpos y subjetividades. Proponemos la autocrítica como frente de batalla, a partir de un diagnóstico concreto. Algo falla en lo que hacemos si hay 52 mujeres quemadas por sus parejas, si hay la cantidad de mujeres explotadas sexualmente que existen hoy, en este país y en este momento, y sino podemos imponer que se despenalice el aborto, por poner solo tres ejemplos de actualidad. Algo estamos haciendo mal, diciendo mal y mostrando mal porque la violencia contra las mujeres, aquí y ahora, es brutal. La UCO se propone analizar nuestros errores, potenciar nuestras capacidades y lograr acciones más potentes, populares, de real intervención social. Por eso la convocatoria es abierta a las personas. No nos interesa la orientación sexual, como no debería interesarle al Estado la sexualidad de sus ciudadanos. Lo que queremos y por eso lo hicimos explícito es conversar, pensar y hacer cosas con personas que estén dispuestas a darle batalla al sistema patriarcal, con todo lo que eso implica.

-¿En qué autores y experiencias se basan para organizar los encuentros?

-Nuestra principal fuente teórica surge de nuestras propias prácticas, de analizarlas y sistematizarlas. Hay autoras que nos han servido más que otras y esto no construye una jerarquía, sino que se arma una utilidad o complicidad, para decirlo mejor, que ha surgido de los tramados que hemos hecho en estos años. Nuestras autoras por suerte son también nuestras amigas, han estado a nuestro lado pensando y haciendo juntas. Sin duda, María Galindo y “Mujeres Creando de Bolivia” o Silvia Federici, autora de “El Calibán yla Bruja” y María Lugones , quien escribió uno de los textos claves del pensamiento de la descolonialidad, desde Estados Unidos, forman parte de ese tejido, con distintas intensidades pero sumando colores a nuestras prácticas. En el primer encuentro tuvimos la colaboración de Andrea Andujar, una historiadora que ha investigado dos temas que nos interesan, como por ejemplo las mujeres guerrilleras de los 70 y las piqueteras de los 90. Pero su aporte fue más allá de lo teórico, porque Andrea es la hermana de la poeta Daniela Andújar y a la UCO no solo aportan y asisten las dos, sino también su mamá. Tener estas tres generaciones pensando juntas, compartiendo lo que aprendieron y analizando sus historias, y no “La Historia”, es algo que supera lo que cualquier texto te puede dar.

-Según Aristóteles, tratar como iguales a dos sujetos desiguales era una injusticia. Entonces, ¿la búsqueda de la igualdad entre el hombre y la mujer debe contemplar la diferencia de género o tales diferencias no son inherentes al ser humano, sino una construcción social?

-El feminismo ya le respondió a Aristóteles y a todo lo que él representa: el Estado patriarcal. Creó una herramienta muy eficaz, la discriminación positiva. La mano del Estado tiene que ser más larga para quien menos puede llegar hasta arriba. Es una herramienta que usaron los afroamericanos en su lucha contra el racismo y las mujeres en la política, cuando se impusieron las cuotas, por ejemplo.  Estados Unidos tiene un presidente negro, Argentina y varios países del mundo, jefas de gobierno mujer, en sí misma la herramienta es tremendamente eficaz, pero no garantiza que lo que produzca por sí sola sea un cambio social. La batalla está en las subjetividades que este sistema crea y eso atraviesa a todas las identidades sexuales, pero claramente a las mujeres. El problema del machismo es femenino, lo bueno de esto es que si sos el problema también sos la solución. En nosotras y por nosotras, entonces, pasa el cambio social. 

-Un sector del feminismo, ligado al socialismo, sostiene que la liberación de la mujer es imposible bajo este sistema, formado bajo la base patriarcal, siendo entonces posible bajo un nuevo orden social. ¿Cuál es su postura?

-Coincido con el discurso, pero no con la práctica de los partidos tradicionales de izquierda, infectados por el machismo que dicen criticar. El cambio, la revolución que proclaman,  debería empezar por ellos mismos, jubilando a los gerontes que hace años dominan las jerarquías de esos partidos y postulando a las mujeres que le aportan el dinamismo y el futuro, que necesitan en forma urgente. Creemos que no se puede separar discurso de práctica. En colectivos que se proponen la construcción de un cambio social deberían plantearse muy seriamente la posibilidad de que los hombres no dominen nunca la escena, por lo menos durante un tiempo, hasta ver qué pasa, hasta sacar una conclusión. Y más en aquellos que se dicen radicales, ¿por qué, qué temen perder? Se lo plantee en una reunión a uno de los referentes del Movimiento Sin Tierra de Brasil, a mi juicio una de las organizaciones sociales más poderosas de Latinoamérica, y se quedó mirándome, mudo. Recién cuando terminó el panel público y charlamos informalmente admitió que quizá tuviera razón: es hora de experimentar en nuestras propias construcciones las relaciones sociales que proclamamos para toda la sociedad. Bueno, esa es nuestra tarea. La UCO es la forma de hacernos cargo de la pequeñísima parte que nos toca de esa enorme responsabilidad.