El jugador

Todos esos partidos que no pudo ver de chico porque vivía en Tucumán y la tele ni los transmitía, Rubén Lobo hoy los recrea al detalle con el Winning Eleven: “Hago que los arqueros hasta usen rodilleras, como antes”.

Rubén Lobo es uno de los percusionistas folclóricos más distinguidos del país. Colaboró con medio mundo de la música nacional y ha estado sentado tocando la batería detrás de artistas como Mercedes Sosa, León Gieco, Rubén Blades o Pablo Milanés. Ahora, en cambio, está sentado delante de la computadora en el fondo del PH en el que vive en Villa Pueyrredón, entretenido con un jueguito del fútbol. Toca el teclado con la misma concentración que si fueran corcheas y afina el oído: busca que los nombres que aparecen debajo de la pantalla coincidan con los que nombra el relator. El partido que juega Lobo no es cualquiera: es el Racing-Independiente que se jugó en 1941. A eso juega él en su imaginación y en su computadora: edita los equipos, los uniformes, los escudos, los jugadores –sus habilidades y su físico- para recrear los campeonatos argentinos de 1935 en adelante.

Si lograba fantasear eso en 1951 en las veredas de Tucumán, a los ocho años, cuando empezaba a mamar algo de la herencia futbolera y musical que le pasó su padre, ¿cómo no va a poder hacerlo ahora, que la tecnología todo lo puede? “Para explicar este hobby nos tenemos que remontar a mi niñez. En Tucumán iba a ver los partidos de la Liga con una señora que me llevaba a la cancha, era una de las primeras mujeres que se animaba a cantar y a llevar banderas a la cancha. Entonces ahí nace la pasión y la ilusión por el fútbol. Mi papá escuchaba los partidos de Buenos Aires por la radio. En la esquina de mi casa teníamos una cervecería. Entonces les pedíamos a cambio las chapitas de cerveza y gaseosa. Yo las coleccionaba: como tenían distintos colores, las hacía de un equipo. La Bills, por ejemplo, era amarilla y azul oscura, entonces era Boca. Así iba formando los equipos y en el suelo, con una pelotita de madera, yo armaba los once y jugaba. Aparecieron las figuritas y así iba poniéndole nombre a cada chapita. Ponía un reloj despertador de tres minutos, que era lo que duraba un tiempo. Relataba y transmitía el partido”.

hugo lobo

Lo que en 1951 era el producto de la ilusión futbolera de un niño que trata de recrear como su imaginación lo desee los partidos de fútbol que se juegan a 1200 kilómetros de distancia ahora se llama Winning Eleven. Y Lobo lo descubrió en 2004, hace diez años. Desde que se dio cuenta que aquel juego infantil podía ser remplazado por el que ahora se juega en la PlayStation, entendió que era una oportunidad para darle vida a todos los apuntes de fútbol que coleccionó en estos años de fanatismo. Porque además de hacer sonar los parches para tantos discos en los que grabó como sesionista, Lobo también abrazó otra pasión redonda: la pelota. Y a ese entusiasmo lo llevó al máximo: coleccionó publicaciones y se armó un propio archivo con la historia del fútbol: planteles, resultados, goleadores, todo. Porque le gusta coleccionar: eso también se entiende si se ven los dos muebles repletos de videos y discos y revistas que tiene en su living. Videos y revistas que alternan entre la música y el fútbol, claro. Una videoteca que formó a Hugo Lobo: hijo de Rubén, alma de Dancing Mood y tormpetista de la hinchada de Atlanta. En esa colección también comprobó que el fútbol y la música andan juntos: Carlos Napolitano, el padre de Pappo, fue centroforward de Argentinos, Almagro y Atlanta en la década del 30.

Todo ese archivo (Fútbol- historial del profesionalismo, Fútbol- Historia y estadísticas, Un siglo de fútbol argentino) de a poco se va digitalizando de una manera curiosa. Los jueguitos de fútbol tienen la opción de editar. Y jugar a armar tu propio equipo, remera, escudo. Eso fue haciendo Rubén en el poco tiempo libre que le apareció en esta última década. “Yo hago lo mismo que hacía con las tapitas: juego campeonatos desde 1935 con todos los equipos que voy armando según los jugadores de esa época. Juego todos los partidos de cada fecha. Por eso me lleva tanto tiempo un campeonato. Para mí consiste en que el partido que se juega tiene que tener el resultado que fue realmente. No juego para ganar o perder: si salió 3 a 1 tengo que tratar de que termine 3 a 1. Ese es el juego; no jugar y salir campeón. Lo más difícil es que hagan los goles los jugadores que hicieron el gol en ese partido. Igual, si yo tengo a Arsenio Erico siempre va a hacer un gol. O Evaristo Barrera, que era de Racing, también va a hacer un gol. Porque yo los armé de una manera que siempre van a hacer un gol. Porque les puse las habilidades según la estadística que yo tengo. En definitiva es eso: no sé si es lindo, feo, interesante. Pero es mi juego”.

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-¿Cuál pasión prendió antes, la del fútbol o la música?

-Mi pasión por el fútbol es paralela a la música. Es un buen matrimonio: no se molestaron ni se quitaron tiempo. Cuando me dediqué mucho a la música hubo un lapso en el que el fútbol quedó relegado. Estaba al tanto por los diarios, pero no tan metido. Si no hubiera sido músico, me habría gustado ser futbolista o bailarín. Mi historia de músico, así como las chapitas y la cervecería, también tiene que ver mucho con lo que me rodeaba: mi papá era baterista, mis tíos cantaban. La música fue por herencia y también se las pasé a mis hijos.

Jugar a que juega al fútbol es una imagen que se repite en la vida de Rubén Lobo. Durante los ocho años que vivió en Aruba por un proyecto musical, además de formar una amistad con el Pato Pastoriza, la gloria de Independiente que en esa época dirigía la Selección de Venezuela, se dio el gusto de jugar al fútbol en un equipo de músicos de buen nivel futbolero que hasta se animó a hacerle partido a la selección juvenil que iba a competir a la Concacaf -la Confederación de Fútbol de Norte y Centroamérica-. “Yo jugaba porque me querían, igual, porque como jugador siempre fui buen baterista”, aclara. Hasta lesiones de futbolista tuvo, aunque nunca jugó más que amateur: en esa práctica ante la selección juvenil fue a trabar con la pierna floja y se cortó los ligamentos cruzados. El dolor no le impidió nunca darle al pedal del bombo en todos estos años. Para acompañar a su mujer y a su hijo también cada tanto se daba una vuelta por Atlanta: “Me hacía la ilusión de que era jugador. Ya de grande, eh. Iba a los entrenamientos, una vez me invitaron a jugar pero la rodilla se me puso así. Entonces dí una vueltita a la cancha con los jugadores, pero sólo de fantasía”. La casa de los Lobo, cuando llegó a Buenos Aires en los 70, fue arropando a algunos de los futbolistas que llegaban de Tucumán a Buenos Aires, como Gabriel Puentedura o David Millicay, que se fueron agregando a la banda de asado y guitarra.

En los últimos años, con más tiempo desde la muerte de Mercedes Sosa, Rubén Lobo decidió poner todos los conocimientos que absorbió de los parches en estos cincuenta años de trayectoria al servicio de las nuevas generaciones: da clases de percusión en la Escuela de Música Popular de Avellaneda y en la carrera de tango y folclore del Conservatorio Manuel de Falla. Allí tampoco puede separar la música del fútbol: mientras les toma lista a sus alumnos, si aparece algún apellido que coincide con el de alguno de todos los futbolistas que tiene en la enciclopedia futbolera que lleva en su cabeza, pregunta:

-¿Vacareza, vos sos algo del que atajó en Temperley en el 40?

Con sus alumnos nunca llegó a atar ningún cabo, pero sí hizo llorar de emoción a un gasista de apellido Zubizarreta que andaba seguido por su casa y, de curioso, al ver tantos libros y revistas de fútbol, se animó a contarle la historia de un abuelo que tenía el pico fácil para la bebida pero también aseguraba haber sido amigo de las redes en sus años mozos. Rubén agarró el archivo, revisó y comprobó que hubo un Zubizarreta que fue goleador de Talleres de Remedios de Escalada en la década del 30.

A Rubén Lobo el tiempo libre no le sobra: está a punto de sacar el primer disco que lo tiene como protagonista, cantante, y no como músico invitado. Se llamará “La voz de los parches”, un nombre que resume su medio siglo de carrera de éxitos y perfil bajo. Igual, se las ingenia para cada tanto viajar a 1941 y jugar alguna fecha de la primera rueda del campeonato de ese año. “Esto ya tiene 10 años, desde 2004. Mis hijos que eran los que jugaban a estos jueguitos me decían que estaba loco cuando empecé. Tardaba tres meses para armar un campeonato. Pensá que en diez años jugué cinco temporadas, arranqué en 1935. No sé hasta cuando voy a llegar”. Encima, no sólo recrea la Primera del fútbol de acá: también juega según el orden cronológico los Sudamericanos –la vieja Copa América- y los Mundiales. Y cada vez que termina una fecha escribe en una hoja de cuaderno los resultados, las posiciones y los goleadores, como si fuera el diario del lunes. Por eso es que le lleva tanto tiempo. “Es de los mejores percusionistas del país, es increíble que vengan a hacerle una nota por esto. Tendrían que ver la dedicación que le pone cada vez que encuentra un ratito libre”, nos dice la mujer en el living, antes de despedirnos. Lo increíble, creemos, no es sólo el hobby: es que ese sea el hobby de uno de los mejores músicos del país. Pero Rubén Lobo tiene una explicación:

-Para mí era inalcanzable ver los jugadores de acá cuando era chico. Iba a verlos a River, Boca, Independiente en Tucumán cuando hacían partidos amistosos. Hubo muchos partidos que yo había escuchado que fueron históricos. Entonces ahora me hago la ilusión de que lo puedo ver, que ese fútbol que no ví, esos jugadores que no ví están ese partido que estoy jugando ahora.

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El misterio de Dancing Mood

Hugo Lobo, creador del fenómeno musical Dancing Mood, entiende que parte de la magia está en ser y buscar ser diferente en la expresión artística. La historia y el espíritu de la fusión de géneros que da baile y ritmo semana a semana a un público que se renueva y se multiplica sin por qué.  

IMG_4612Tiene puesta la camiseta de Atlanta, lentes negros y gorra. Chivita y un aro grande que le cuelga del lóbulo izquierdo. Pantalón de jogging y una cinta en la muñeca izquierda, de esas que te dan libre acceso cuando levantás y mostrás el brazo. Es jueves y, como desde hace meses, del otro lado de Ciudad Cultural Konex, en la vereda, la calle Sarmiento al 3100 está repleta. Hay fila para entrar y hay también muchos panes rellenos, heladeritas con bebidas y pibes esperando a otros pibes que vienen a la fiesta.

El cielo amenaza pero el patio al aire libre está colmado. Una pareja cercana a los cincuenta años se abraza bajo el paraguas cuando empieza a garuar. El público explota y casi a modo de ritual los brazos se agitan hacia el cielo. Dancing Mood está en el escenario: 14 músicos toman forma de fusiones ahí arriba.

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Hugo Lobo es creador y trompetista de Dancing Mood, la orquesta que desde 1999 propone el baile. De familia de músicos, sus primeros pasos musicales fueron a los cinco o seis años, aunque recuerda estar con la música al lado desde que nació.

IMG_4771–       ¿Está bueno que los pibes entren a la música de chicos?

–       La música a los chicos los ayuda en todo sentido, en la coordinación, en la atención. Motrizmente hablando también, el ejercicio de dominar un instrumento y leer una partitura a la misma vez. El sentido de proyección y de grupo. Escuchar, ser parte de un ensamble y de una orquesta, tiene un montón de factores que a un niño le sirven para toda la vida, más allá de que quiera ser músico o no. Desarrolla muchísimo intelectualmente a los pibes.

Hugo está convencido de esto: forma parte de la orquesta infantojuvenil “Vamos los pibes”. “Está enfocada en ayudar a los pibes con problemas en todo sentido. Laburamos con 15 colegios de Villa Crespo. Nos mandan chicos que tienen problemas de conducta, de educación, problemas en la casa, problemas con la alimentación, económicos. Es gratuita. Funciona en el Centro Cultural Osvaldo Miranda, en el Club Atlanta. Los pibes meriendan y tienen clases de música todos los días, del instrumento que ellos elijan, y ensayo de orquesta y de lenguaje musical una vez por semana”, cuenta.

–       Más allá de la orquesta, desde tu programa de radio o redes sociales también compartís música, libros, películas.

–       Me gusta compartir ese tipo de cosas, tanto la música como la lectura, y lo hago con el programa de radio. Poder enseñar a los chicos y a pibes grandes también. Me parece copado. Tuve la suerte de que mucha gente lo pueda hacer conmigo. Maestros con los que aprendí: ellos me mostraban música, cine, de todo un poco. Creo que compartir lo que a uno le gusta, el conocimiento que uno tiene o una emoción, o algo que te puede transmitir una película, un libro o un disco está bueno. Calculo que algunos flashean con eso, a mí me gusta que lo hagan conmigo y está bueno hacerlo con la gente.

–       ¿Cómo te sentís cuando te toman como referente?

–       Desde mi lugar, para mí es un flash, pero tengo los pies sobre la tierra. Sigo estudiando y compartiendo los conocimientos que aprendo. Primero me da vergüenza, me causa gracia, pero por otro lado, cuando miro para atrás, el calendario, la carrera de Dancing Mood, mi carrera como músico, creo que sin querer uno fue haciendo un montón de cosas y que un pibe joven te tome como referente se va dando solo. Ahí uno lo toma con un poquito más de seriedad, pero siempre la primera impresión es rara.

Mirar para atrás. Implica 15 años de carrera de una banda independiente que apuesta a las fusiones y transita por diferentes costados de la música. “Me gustan los diferentes estilos, yo escucho desde Iron Maiden hasta Los Carpenters, pasando por Mozart. Creo que al que le gusta la música, le gusta la música, en general. Todos los estilos tienen algo bueno. No soy de la idea que se tiene que escuchar un solo estilo. Al que le guste un solo estilo quizás sea un estilista y no le gusta la música. Todo tipo de música tiene que ver con otro estilo siempre. Se influencian mutuamente”, dice Hugo.

–       ¿Te enfrentás con resistencias a la hora de mezclar jazz y cumbia?

–       Sí, de pelotudos. Está lleno, uno tiene que lidiar con eso. Al principio me enojaba, después me cagué de risa. Charles Mingus tiene un disco que se llama Cumbia & Jazz Fusion y es del año 78. Hay muchos músicos ignorantes también. A la cumbia se la encasilla en un solo género: la cumbia villera. Es lo mismo decir que el jazz es Walter Malosetti y nada más. Te puede gustar Walter Malosetti o no, o te puede gustar Damas Gratis o Los Corraleros de Majagual. Si vos sos tan boludo de tener un horizonte musical ahí nomás, para solamente pensar que la cumbia es Damas Gratis y a partir del 2000, bueno, veremos cómo te va con lo que hacés.

–       ¿Siempre pensaste a la música desde esa apertura?

–       Mi viejo es y fue músico y tocó con un montón de géneros diferentes. Siempre en mi casa hubo discos de todo tipo. En un momento tuve una cosa barrabrava de escuchar Ska, pero muy de chico, adolescente, y todo lo que tenía que ver con los Rolling Stones y el rock and roll estaba mal. Hoy en día tampoco me agrada mucho, pero gran parte de mi vida estuve abierto a diferentes estilos. Tuve la suerte de conocer a los músicos que admiro. Los músicos de ska, los músicos de reggae, no escuchan reggae ni ska, escuchan otro estilo de música. Eso hay que dejárselo a los fans y a las bandas, que se arman siendo fanáticos de un estilo y que se parecen entre sí por eso mismo, porque todos admiran un solo género. Esa es la diferencia de la banda que quizás hace ese género pero escucha otras cosas y tiene otras influencias.

–       Desde el público siempre fue aceptado el fenómeno Dancing.

–       Ahora quizás está como de moda que no te guste la cumbia, en vez de estar de moda que te guste. Es cool que no te guste, sos copado si no te gusta, pero bueno son modas que van pasando. Pero nunca tuve mayor problema con eso y de última me chupa un huevo, siempre fui contra la corriente.

–       ¿Ir contra la corriente es una cuestión musical o es así tu vida?

–       De todo un poco. Mi vida tiene que ver con la música, todo está relacionado con eso. En la ideología que usamos en este proyecto también, dentro de la música es bastante inusual que la banda sea independiente, que trabaje como una cooperativa, que cuide los precios de las entradas, de los discos y tener control absoluto de todo. Es ir contra la corriente de los colegas de uno, que están desesperados porque venga alguien y les salve la vida con un sello discográfico, salir en la tele y ese tipo de cosas.

–       ¿Vos crees que Dancing Mood es una banda popular?

–       Popular hasta donde se deja ser. Hasta donde se puede ser, desde la independencia. Popular es Marcelo Tinelli.

–       Más allá de la masividad, decías que Dancing cuida el precio de las entradas, de los discos…

–       Desde ese lado sí, totalmente. Yo me refería a popular masivamente hablando. Para mí es increíble todo lo que pasa con Dancing Mood dentro de la música, con lo que estamos acostumbrados a escuchar y con lo que nos tienen acostumbrados. Sin desmerecer nada, ni a palos, pero Dancing es una propuesta diferente y desde ese lado también, desde el lado de la gente, de lo que es uno mismo, de ir a recitales y saber lo que es pagar una entrada. Darle la oportunidad a la gente de tocar todas las semanas también

–       Pensando en la popularidad como masividad, también hay algo que hace que se sostenga todas las semanas

–       De una, yo siempre digo que el día que se junte toda la gente que viene a todos los ciclos, tocamos en River. Es un fenómeno extraño, porque después tocas en el Luna Park y lo llenás, cagando aceite pero lo llenás, y van ocho mil personas. Y en un ciclo metés veinticinco mil. Tiene su misterio.

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La lluvia es cada vez más intensa. El último tema termina con los músicos al borde del escenario estrujándose los pulmones porque el sonido tuvo que apagarse. Dancing Mood tiene su misterio. La fiesta de torsos desnudos y baile bajo la lluvia le hace de marco.

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