Residentes enajenados

El hilo se corta por lo mas delgado. En el sistema de Salud de la Ciudad, los jóvenes que arrancan en la profesión son los más vulnerables y los mismos que, involuntarios reproducen su propia enfermedad. 

Albert Camus escribió en su novela más célebre, El extranjero, la historia de un hombre apático, Mersault, distante de su familia, incapaz de entregarse al amor, que no reconoce las instituciones y descuida los límites entre la vida, la muerte y la libertad. Extrañado, indiferente, displicente, impasible, Mersault es un extranjero frente al mundo, no se adapta a los valores sociales ni la sociedad lo entiende; no encuentra apoyo en una mujer que lo quiere, en un amigo que lo busca, comete un asesinato indeseado y termina preso por una justicia que juzga, más que esa muerte, su vida extraña.

¿Qué tiene que ver El extranjero con esta nota?

La salud pública, como el estado moderno que describía Camus, es una gran productora de individuos extrañados: pone a los profesionales a funcionar en automático. Juego perverso: ¿Es más importante la salud del paciente que la salud de quien lo atiende?

Un error en la matrix, o un despertar fogoneado por los tiempos electorales, llevó el 7 de agosto a más de 4 mil médicos porteños a repudiar frente a la Legislatura el recorte presupuestario y el vaciamiento que, denuncian, está haciendo el Gobierno de la Ciudad en la salud pública. En aquella “marcha blanca”, paisaje de guardapolvos, el mundo desde los residentes se hizo sentir: a pesar de las amenazas con auditorías en los lugares de trabajo, de los horarios insómnicos, los jóvenes fueron mayoría entre los 4 mil.

Otra asociación literaria podría incluir, por ejemplo, alguna novela de Kafka: el hombre enfrentado – ínfimo- a la burocracia del estado.

Una más: en la película Las 12 pruebas de Asterix, este galo y su compañero Óbelix tienen que sortear una serie de pruebas que, según César, romano, los pondrán en ridículo. Pelean con maestros de las artes marciales, ganan carreras a velocistas, burlan a un hipnotizador egipcio, escapan de los placeres hipnotizantes de unas sacerdotisas… y al final, ya superadas las otras, se les depara la decimosegunda y última: entregar un papel en un edificio público. Asterix y Óbelix suben y bajan escaleras, la gente los manda para cualquier lado, los pasillos se duplican, nunca está la persona indicada… Finalmente, exhaustos, al borde de la locura, logran entregar el papel, no sin antes confesar que fue la prueba más difícil de toda la cruzada.

Los residentes de los hospitales hacen algo mucho más difícil que todo esto: lidian con la sensibilidad de la vida.

Pero no cobran el sueldo o lo cobran tarde, trabajan muchas más horas de las que deberían, hacen trabajos que no les corresponden, son maltratados, ninguneados, su trabajo en la salud es insalubre.

Los personajes de esas historias ficticias que trazaban un perfil del individuo moderno son, hoy, en Argentina, los trabajadores precarizados atrapados entre el estado, las empresas y los sindicatos que, en teoría, debieran discutir esas condiciones, pero que en esto y sólo en esto parecieran hacer tablas.

En teoría, la teoría y la práctica siempre coinciden; en la práctica, no.

Son los más jóvenes del sistema de salud pública, son los más comprometidos y son el futuro.

Al mismo tiempo que trabajan están aprendiendo una especialización: y la están aprendiendo como el culo.

Son estudiantes recibidos de la carrera de medicina o especialidades como psicología, bioquímica, psiquiatría y hasta trabajadores sociales, que tienen que cumplir cuatro años de residencia en hospitales y centros de salud porteños.

Trabajan, no es que miran a los que trabajan: trabajan a la par que cualquier otro profesional del hospital y a veces hasta más.

El trabajo les requiere tiempo exclusivo: es decir, no llegan a trabajar de otra cosa. Aparte, no olvidemos: tienen que estudiar para especializarse.

Reclaman varias mejoras, pero una urgente y tan elemental como la propia ley lo impone:

 “Solicitamos al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires el cumplimiento del pago a mes vencido de todos los residentes a cargo”, piden en una solicitada que busca firmas.

Traducción: que les paguen a fin de mes.

Todavía hoy, residentes que ingresaron a la salud el 1 de julio, no cobraron un peso.

En otro volante que repartieron el día de la marcha frente a la Legislatura, completan:

-Ampliación de los cargos de residencias

-Pago a los concurrentes de acuerdo a carga horaria

-Pago extra de las guardias

-Eliminación de las guardias para las residencias no médicas

-Franco postguardia

-Supervisión permanente y efectiva

-Seguro de mala praxis a cargo del empleador

-Estabilidad laboral post residencia

-Por una ley de Residencias para todas las disciplinas en Salud

¿Qué quiere decir todo esto?

Algunos residentes han logrado curarse del síndrome de El extranjero y, aunque su vida resulte kafkiana, están acostumbrados a sortear las 12 pruebas de Asterix.

Si la historia de Mersault era la de un hombre solo, soltero y solitario, esta no.

Hablando en serio: desde hace meses un grupo de residentes se viene juntando y organizando. Lograron condensar en esas consignas un sinfín de anécdotas diarias, que ponen al margen la pasión con que hacen el trabajo.

O quizá es esa la cuestión central: la pasión de estos jóvenes residentes que apuestan a la salud pública y la discuten y la defienden y la quieren mejorar.

Paula y Nacho son dos personas. Son jóvenes de veintipico. Son médicos. Trabajan de residentes.

Para ellos es fácil volcar los pedidos en anécdotas. Basta memorar una situación de horas, a lo sumo día atrás. Pero eligen dar una discusión profunda y molesta, no conformista, una discusión y un pedido que involucra la vida de sus pacientes y la de ellos. La de todos.

¿No es eso la salud pública?

Nacho arranca sin vueltas: “Estas situaciones de exposición ignorada de manera adrede por nuestros representantes evidencian el atentado en nuestra formación sanitaria, estimula la preferencia por el servicio privado para nuestro desarrollo. Siguiendo este camino, si las raíces crecen en macetas elitistas ¿no terminan floreciendo sólo para algunos?, si los médicos son “obligados” a invadir el servicio sanitario privado, ¿te imaginas la estructura de salud dentro de 20 años? Aquello que debe ser un derecho, como lo es la salud, explotado como una empresa donde los pacientes sean clientes, el mejor hospital pase a ser aquel que brinde wi-fi con enfermeras mucamas y médicos especialistas en relaciones públicas”.

Nacho y Paula son parte de las voces que hacen frente al modelo neoliberal de salud pública, que quedó en bolas con la Metropolitana en el Hospital Borda, pero que viene trabajando menos ruidosamente – pero no menos violenta- desde hace seis años atrás. Y que hace que la situación de residentes y concurrentes hoy toque un límite.

Paula Osorio lleva más de 3 años haciendo la residencia en el hospital Pedro de Elizalde. Además, trabaja en una clínica privada. Es decir: su vida es prácticamente trabajar.

¿Alguien podría decir que esta joven no está dispuesta a hacer su trabajo? O peor, ¿decir que no trabaja?

La Ley de Residencia permite que los concurrentes, que son los no rankeados en los cargos de residencia, ni siquiera cobren. Sobre la residencia también plantea un confuso límite entre el trabajo, el estudio y la combinación en la especialización: confusión usada siempre a favor del empleador. Así hay normativas que abarcan a todos los profesionales del hospital, menos a los residentes, como si no fueran trabajadores: “Además de las vacaciones se plantearon 10 días por stress para todos los profesionales. Después dijeron que en realidad era para todos menos los residentes. Y a residentes que se los habían dado, les dijeron: no, no te correspondía”, cuenta Paula. Estas diferencias también toman la forma de maltratos o chicanas por parte del personal de planta y directivos de los hospitales.

Según una encuesta realizada por la Subcomisión de residentes de 2011, el 64% de los residentes que participaron dijeron haber sufrido maltratos, “identificando a los responsables principalmente al personal de Laboratorio, Enfermería y de Guardia. Además un 26% refirió recibir maltrato por parte de residentes de otros servicios y un 26% por parte de residentes superiores”.

Estos resultados -que para nada pretenden buchonear a sus colegas, sino al contrario: reclamarle que no sean ellos tan buchones- surgen de la primera encuesta realizada a residentes y concurrentes sobre su trabajo y el proceso de formación. Encuestadores y encuestados eran los mismos, los residentes, en otro ejemplo de extranjerización del modelo.

Ignacio Prieto, residente del Argerich, integró aquella Subcomisión que promovió la encuesta. Cuenta: “Iniciamos haciendo un diagnóstico de situación. Debido a la carga laboral propia de cada residencia, nos demoramos unos meses… Incluso las conclusiones están sesgadas, ya que la mayoría de las residencias más sometidas no pudieron participar”.

La encuesta logró sin embargo la participación del 66% de los residentes y concurrentes, es decir 172 de un total de 267, de 28 especialidades destinadas a la salud.

Eran 28 preguntas que interrogaban sobre la formación, las guardias, la integración a la institución, los maltratos y la participación y organización. Algunos resultados que acerca Ignacio y retratan el lado más oscuro de las residencias:

-La mayoría de los encuestados sostiene que su formación puede mejorar con la participación de otros profesionales;jefes de residentes, profesionales de planta y otros residentes.

– El 78% considera necesario el día post-guardia.

– Más de la mitad de los encuestados refiere no conocer a los directivos del hospital.

– El 40% realizó traslados en ambulancia en algún momento de la Residencia/Concurrencia, y el 56% no lo hizo. En relación a ello, el 74% manifiesta que no fueron preparados para realizar dichos traslados.

– Al ser consultados sobre la posibilidad de contar con un espacio para mejorar las condiciones de la Residencia/Concurrencia, una amplia mayoría (97% de los participantes), refirió que lo utilizaría.

Sobre este último tema, referido a la participación y la organización, Ignacio mete la autocrítica: “¿De quién es la responsabilidad de crear estos espacios? ¿Nos apropiamos y sostenemos los espacios que actualmente existen (Subcomisión de RyC, asambleas, jornadas) para problematizar y buscar soluciones conjuntas a las dificultades que se pudieran presentar en el trabajo?”.

La respuesta parece ser que no.

La pregunta parece demostrar que, algunos, sí.

Un edificio del hospital Durand. Un aula. Diez residentes, una concurrente. Asamblea.

A veces son más y a veces menos, depende de los relevos en las guardias y de los horarios mismos: muchos no pueden acercarse porque están trabajando. El nivel de participación también depende del “momento”: en junio cuando entran residentes, en agosto cuando todavía no cobraron un peso, y así.

Paula es residente hace 3 años y contando: “Una vez por año tenés un montón de gente nueva que hay que darle toda la discusión de vuelta. Es un trabajo de hormiga y de formar todo el tiempo la discusión y el espacio”.

Se elabora un temario y se establecen prioridades: el cobro del sueldo es el tema más urgente.

Luego lo que ya están acostumbrados a llamar “la situación laboral en general”. Algunos puntos: especialidades que no precisan guardias (“hay especialidades como trabajo social o bioquímica que no precisan guardias, pero está naturalizado”, cuenta Paula), los maltratos, los traslados en ambulancias. “No nos corresponden, y menos sin una supervisión”.

Los concurrentes, un paso atrás, dicen: seguro de mala praxis a cargo del empleador, ART, obra social.

Se habla de tratar un nuevo proyecto de Ley de Residencias. Se mantuvieron reuniones con asesores de legisladores. Disconformidad: “Se planteó una hora menos de trabajo, no se cubre ni un reclamo de los que estamos haciendo”.

Se pasan las firmas reclamándole al Gobierno de la Ciudad que “pague a mes vencido”.

Se van anotando los pedidos más urgentes y las formas de darles cauce. Se acuerda una reunión con Kumiko Euguchi, la coordinadora de capacitación del Ministerio de Salud del gobierno porteño.

Se desliza una frase: “Mejorar el sistema de salud para los que vienen”.

Paula no está acá por otra cosa: transita el último año de residencia. “No sé si voy a seguir en el sector público porque en el Gobierno de la Ciudad es muy difícil, hay muy pocos concursos de planta permanente”. Otro juego perverso: en vez de abrir cargos de planta, que formalicen el trabajo contratado de los residentes, se abren más residencias precarizadas.

La estabilidad laboral post-residencia es otro de los pendientes: en general los médicos se quedan sin trabajo tras la residencia y encaran un camino de competencia entre muchos para pocos cargos, con las clínicas privadas siempre mirándolos con ojos sugerentes. “Pero en las clínicas en general se trabaja en negro o facturando, no es trabajo estable tampoco. En general es por hora, como monotributista, y a veces terciarizado”, desidealiza Paula.

Entonces la asamblea: “El sistema de residencias esta injerto en un sistema de salud. Queremos un sistema de salud que sea más justo, para los que trabajan y para los que lo usan. Luchar dentro de la residencia es algo más en el camino de construir un mejor sistema de salud. El día que no seamos más residentes lucharemos desde otro lado”.

En esos otros lados: psiquiatras, bioquímicos, neurólogos. Abogados, periodistas, anestesiólogos. Canillitas, kioskeros y amas de casa.

El día que tengamos un accidente o una fatalidad, no va a aparecer un helicóptero a llevarnos a la clínica Los Arcos. Va a venir Paula y nos va a atender Nacho.

Hospitales

“No vamos a ser cómplices del caos”

Los trabajadores del Hospital Garrahan están decididos hace tiempo a no transar con el sistema de desabastecimiento humano que se quiso perpetuar. Los trataron de “terroristas sanitarios”, los denunciaron por coacción agravada, pero se bancaron todo para continuar con dignidad la atención de uno de los hospitales más complejos de Latinoamérica.

-Con sus 30 años de experiencia, ¿no le pareció rutinaria la situación que se vivió el 27 de julio de 2005 en la huelga que hacían los trabajadores del Garrahan?

-Sí

-¿Y siempre hace denuncias como esta?

-No

-¿Entonces?

IMG_0959Entonces, la inspectora del Ministerio de Trabajo, Iris Moyano, confesó lo que los cuatro trabajadores del Hospital Garrahan sentados en el banquillo venían denunciando sobre la causa que los llevó al juicio oral y público: “Con una mezcla de impunidad e ignorancia, la inspectora dice que ella hizo la denuncia porque se lo ordenó la viceministra de Trabajo de la Nación (NdeR: Noemí Rial)”, cuenta uno de los procesados, el enfermero Eduardo García, y lo traduce según la altura que merece la anécdota: “Es decir: el Poder Ejecutivo denunciando a los delegados que encabezamos una huelga por mejoras salariales, condiciones de trabajo y en defensa del hospital público”.

La causa que procesó por coacción agravada (amenazas) a Eduardo García, Gustavo Lerer (bioquímico, delegado general ATE Garrahan), Adriana Agüero (enfermera) y Marcelo Mansilla (técnico de laboratorio) llegó a su fin el viernes pasado con la justicia de su absolución y la injusta confirmación de que todo fue armado. “Ya estaba demostrado, cuando Gines Garcia (ministro de Salud en ese entonces) nos dice terroristas, ahí está interviniendo el ministerio directamente. Cuando el ministro Tomada dice que no se cumplen las guardias mínimas cuando no están reglamentadas; cuando Nestor Kirchner dice que hay que avanzar sobre el tema y al otro día vienen ocho patrulleros y un juez”. Aunque para Gustavo Lerer ya estaba desnudo el interés del gobierno en criminalizarlos, la confesión de la inspectora Moyano en el juicio terminó de sellar toda sospecha, suposición y denuncia. Hoy esta causa se convierte en un caso testigo de cómo accionan los funcionarios del Estado en contra de los trabajadores que se organizan para reclamar mejores condiciones, y el rol que cumple la Justicia.

Cómo se armó la causa

-En 2005, los trabajadores del Garrahan entraron en paro tras catorce años sin aumentos salariales. Agrega Lerer: “Fue eso y la defensa del hospital público, el pase a planta de todos los tercerizados y la puesta en condiciones del resonador magnético”.

-Todas las semanas, inspectores del Ministerio de Trabajo pasaban a verificar que se estén cumpliendo las guardias mínimas en el hospital. Dice Lerer: “En realidad, las guardias mínimas no estaban reglamentadas o estaban reglamentadas a favor de la patronal: decían que tenía que haber siete trabajadores cuando ése es el número habitual de la guardia, es decir que no si trabajan esos compañeros no pueden hacer huelga”. El enfermero Eduardo García descree que ese fuera el fondo del problema: “En realidad los inspectores venían a marcar a quienes hacíamos la huelga”.

-El 27 de julio del 2005, cuatro meses después de comenzada la huelga, llegaron al hospital los inspectores Sergio Neira e Iris Moyano a hacer su rutina. “Nosotros no los conocíamos entonces les preguntamos quiénes eran. La inspectora Irirs Moyano empezó a gritar e hizo todo un teatro y salieron derecho a la Dirección del Hospital”. El día pasó como si nada. Cinco días después les llegó una notificación del juzgado que avisaba el inicio de una causa por “coacción agravada” (amenazas). “Si a vos te hicieron una amenaza y temes por tu vida, lo lógico es que salgas del hospital y vayas a la fiscalía a notificarlo, no que recién te acuerdes cinco días después”, interpreta Lerer. Mansilla  fue acusado de sacarles fotos a los inspectores, lo cual no es un delito; a Eduardo García le incriminan haber pecheado a la inspectora, “cosa que nunca ocurrió”. Y a Gustavo Lerer y Adriana Acuña los imputaron por mover la manifestación a la puerta de la Dirección y cantar el repertorio musical habitual por esas fechas: “Atención, atención, estamos defendiendo la salud de la Nación”.

IMG_1065-Pero ése no fue el único intento de desarmar la huelga: “Tres días después”, relata García, “denuncian a las enfermeras por abandono de persona, y una semana antes el ministro de Salud Ginés González García nos trata de terroristas sanitarios. Fue el momento de mayor ataque”.

-La huelga duró cuatro meses más, ocho en total, y terminó con un aumento del 50% a favor de los trabajadores del hospital. “Pero no pudimos conseguir nuestro objetivo que era 1800 para el que menos ganaba, nos dimos cuenta que hace falta todo un sindicato para lograrlo”, lamenta Lerer a pesar del histórico logro. Eduardo lo complementa sobre esta cuestión de cómo y quiénes negocian el tironeo: “Para eso necesitamos un verdadero plan de lucha en el no vengan los sindicalistas a decirnos lo que necesitamos, porque mejor que los trabajadores no lo sabe nadie”.

-La causa por “coacción agravada” contra los cuatro trabajadores obtuvo “falta de mérito” en la primera instancia y otra sentencia los consideró “sobreseídos”. Sin embargo, durante la segunda mitad del 2012 se reactivó en sintonía con otras causas de distintos juzgados del país que procesan a al menos veinte sindicalistas y delegados de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE). En todos los casos se trata de causas armadas alrededor de antiguas protestas y que ya habían tenido – como la del Garrahan- sentencia en otras oportunidades. Un caso testigo de esta práctica lo representa el secretario general nacional de ATE, Julio Fuentes, que acumula 54 procesamientos en su contra, 6 juicios orales y 53 absoluciones; la única que le queda comenzó a dirimirse el pasado 18 de marzo y estudia una causa iniciada en 2002 en la que Fuentes ya fue sobreseído.

¿Por qué pasa esto?

Una pregunta que puede resultar ingenua porque no tiene explicación o su respuesta es muy obvia. En este caso, la sensación de Eduardo García puede resultar una síntesis de qué quiere lograr el Estado cuando judicializa una protesta: “Fuimos al juicio a contar lo que nos parecía una locura: por qué estábamos sentados ahí. Aunque políticamente uno lo puede entender, emocionalmente es muy fuerte sentarse solito en la silla, frente al tribunal del poder judicial, el Estado en su magnificencia, los jueces, la Policía, señalándonos como si fuéramos delincuentes”.

El hospital, hoy

Lejos de estar en condiciones ideales, los trabajadores del Garrahan aceptan que luego de la protesta de 2005 la situación salarial mejoró, sobre todo para aquellos con antigüedad en el hospital. “Lo que no cambió es la situación de los tercerizados, que son las empresas de limpieza y mantenimiento fundamentalmente, a quienes el hospital les paga una fortuna y ellos tienen flexibilizados a los trabajadores”, cuenta García. Para graficarlo llama a un joven vestido de azul: “Mirá, logramos que él se reincorporara al trabajo ya que la empresa lo había echado con otros dos compañeros”. El joven asiente. Más tarde revela que su sueldo es de 3.500 cuando el Hospital paga a la empresa contratista más de 7 mil por cada empleado.

IMG_1125Otro tema es la falta de personal, lucha que se encaró en aquél 2005. “En ese momento había 700 enfermeros y hoy son 1200: eso te da una pauta de eran necesarios”, cuenta Lerer. “Los nuevos ganan cinco mil quinientos… Del total hay 200 a la noche. El año pasado se revelaron y les tuvieron que dar el 20% de plus nocturno, cuando históricamente les pagaban el diez”, sentencia como ejemplo de cómo se consiguen las mejoras.

Javier Medina, encargado de la oncología pediátrica del Garrahan a la tarde, denuncia que desde hace meses su área pasó a ser “polivalente” y ahora recibe otras patologías: “Uno de los efectos en pacientes oncológicos es la baja de las defensas, y ahora están trayendo pacientes potencialmente infectados que pueden contagiar y los juntan. En un tiempo era un sector exclusivo pero ahora el Concejo (dirección del hospital) nos dijo que “la bajada de línea es internar”, relata.  El tono que al parecer se da en las oficinas del Concejo roza las escenas de El Padrino: “Una directora nos dijo s`i yo te traigo a mi hijo y no lo internas yo te pego un tiro´ “, apunta Sandra sobre la mezcla de pacientes.

Sandra Ruiz es enfermera de emergencias y trabaja en la guardia del Garrahan. Relata su experiencia: “Después de padecer muchos años con chicos internados en camas en el pasillo pudimos entablar una lucha y ganarla. La guardia tiene una capacidad de 33 camas  y el año pasado llegamos al tope de la tolerancia: 30 chicos internados en los pasillos, es decir el doble del permitido, siendo siempre la misma dotación de enfermeros que es un promedio de diez porque nunca estamos todos”.

“Entonces nos dimos cuenta que estábamos siendo cómplices de la mala atención; las enfermeras no estudiamos para atender mal a los pacientes, estudiamos para calmar el dolor, para contener a la familia, pero en la vorágine que había acá en la guardia estábamos dejando chicos en los pasillos, madres durmiendo en una silla, no había frazadas para cubrirse en invierno… Nos íbamos en pleno caos, y al otro día volvíamos y encontrábamos el caos que habíamos dejado. Decidimos decirle  `así no más´  pero nunca dijimos que no íbamos a atender a los chicos porque somos seres humanos, tenemos hijos, pero no queríamos ser cómplices de la mala atención que había”.

IMG_1061“Primero salimos a pedir ayuda, a decir que no dábamos abasto. Tuvimos reuniones con la gente del Concejo, con la jefa de enfermería, y lo único que recibimos fue indiferencia, amenazas, y hasta de una forma irónica alguien del Concejo nos dijo que se vengan los niños del mundo entero´. Nos dijeron que si no nos gustaba teníamos la puerta abierta para salir a otra área del hospital. Nos pusimos firmes y pudimos trabajar el año pasado como corresponde. Pero no estamos durmiendo en los laureles porque ahora ya se avecina la época de invierno y va a volver a pasar exactamente lo mismo; vienen muchos pacientes del conurbano, del interior del país, todos vienen con muchas historias de vida que incluye desnutrición, mucha pobreza, padres desocupados, y eso es parte de nuestro trabajo”.

Luisa Pérez trabaja en el área de internaciones del hospital, analiza: “El sistema de salud en general no funciona. El padre que llega acá ya pasó por dos hospitales, una salita y un sanatorio privado. Muchos de ellos tienen obra social pero llegan acá y como ven una buena respuesta al problema de su hijo deciden no irse. Uno se pone en el lugar de padre y lo entiende porque uno tiene hijos y sabe que busca lo mejor para su hijo, pero eso es a raíz que funcionan mal todos los hospitales del conurbano e inclusive los de Capital. Antes  se decía que venían solo los de zona sur, pero ahora no, ya se recorrieron toda la Capital. Prefieren arriesgarse a estar en un pasillo…”.

Gustavo Lerer explica los problemas de la superpoblación: “Perjudica al paciente y perjudica al profesional porque no hay lugar, si uno tiene un paro no entra el carro de paro, la movilidad del enfermero para poder asistirlo, ese hacinamiento colabora en las infecciones cruzadas. Esto responde a normativas internacionales, no lo estoy diciendo yo”.

Propuestas:

-Sandra: “Si aumenta la cantidad de pacientes, que aumente también la cantidad de enfermeros”.

-Lerer: “Mientras acá está lleno hasta el techo, los sanatorios están todos vacios. Que usen esos sanatorios y lo pague el Estado. Y que mejoren las atenciones primarias para que no lleguen acá en el límite”.

Las camillas del Garrahan, su espacio, contemplan la posibilidad – nunca definitiva- que al paciente lo acompañe un familiar. En este caso, siempre, una madre o un padre. En la dimensión de esta nota cabe aclarar que el Hospital Garrahan es un hospital que atiende casos de enfermedades severas de niños. Pasar por los pasillos arroja una serie de imágenes imborrables para cualquiera, sin embargo rutinarias para estos médicos. “Esas cosas las vemos en el día a día. Y por eso nosotros, trabajadores, que defendemos a hijos de trabajadores, no queremos ser cómplices de toda esta currada”, dice Sandra sobre la naturaleza burocrática que los tiene atrapados entre los recursos del Estado, el Concejo mafioso del hospital y la sonrisa de los niños que esmeran el trabajo de los profesionales del Garrahan y lo alzan, a pesar de todo, todos y todas, como uno de los hospitales de complejidad mejores de Latinoamérica.

Que quede claro a gracias a quiénes y a pesar de qué.

Asamblea permanente de locura

El hospital Alvear es un psiquiátrico al que le faltan psiquiatras. Echaron, además, al director y los médicos entraron en paro. Aquí, la triste historia de una mina que quería una media, de un pibe que quería puchos, de un doctor desesperado y, sobre todo, de una sociedad que sigue funcionando como si la salud fuera un negocio.

Me subo al 105 camino a Paternal, desde el microcentro, es uno de los días del quilombo de los no-subtes y hay autos y motos y otros colectivos atascados, que no avanzan, que parece que no avanzan, que tardan de 5 a 7 minutos en hacer una cuadra, posta, y eso que no estoy tan apurado, no como este señor, seguramente, un señor que vocifera y gesticula nerviosamente, fuertemente, y propone a los pasajeros de todo el bondi “prender fuego la ciudad”, y no es por alimentar ninguna locura pirotécnica, menos quiero alimentar su fachismo, tampoco me interesa hacer, todavía, una revuelta popular, pero en este momento, así, en caliente, estoy completamente de acuerdo.

La ira generalizada tiene explicaciones políticas, sociales, culturales, religiosas, ambientales, regionales, científicas, semiológicas, culinarias y, sobre todo, horarias: son las 7 de la tarde y todo el mundo sale de trabajar.

Es el momento exacto, si es que puede precisarse, en que abandonamos la razón para dar rienda suelta a nuestras pulsiones, y está bien que así sea, no digo para “quemar la ciudad” ni llevar a cabo necesariamente algún tipo de acto violento, anárquico o facho, que para el caso es lo mismo, si la cosa es “quemar todo” aquí no hay política que valga, no hay políticos que valgan, y digo que está bien que así sea porque detenerse a pensar las cosas un poco cansa, cansa bastante, y estamos cansados, parados, volviendo del laburo arriba de este 105 que no avanza.

Los viajantes no responden ante las proposiciones pirotécnicas del señor, proposiciones que no son golpistas, todavía, porque en ningún momento habla de política, o de poder, sólo es su furia desenfrenada, nadie responde aunque, de esto estoy seguro, muchos lo ayudarían, bastantes lo alentarían, no pocos lo avalarían y casi ninguno objetaría nada, si lo hiciera.

Es “el” momento para quemar la ciudad, ni un día, ni una hora, ni un minuto después, pero el señor no tiene en su maletín barriles de gasolina ni dinamitas en su bolsillos, quizá ni siquiera fume y no tenga fuego a mano, así que eso, quemar la ciudad, no podrá ser ahora.

Ahora, en unas horas, cuando llegue, en cambio, es el día de recorrer el hospital psiquiátrico Don Torcuato de Alvear, donde deberían ir muchos de estos locos de bondi, sobre todo hoy, y cualquier día, todos, cualquier día, deberíamos una vez en la vida.

A priori el Alvear es un Borda de tamaño reducido, donde la internación no es la circunstancia predominante. Es un hospital psiquiátrico de atención full time, con Hospital de día y una guardia de noche, sectores administrativos concretos donde se dan, por ejemplo, los certificados de discapacidad, y es una eminencia en atención psiquiátrica y de salud mental en la ciudad.

Imagen: NosDigital

Tanto que contiene, además, dos centros de internación donde residen hombres y mujeres, en proporciones menos superpobladas que en el Borda y el Moyano, con una lógica distinta también, pero con parecidas realidades y las mismas charlas que reciben al visitante.

Tenés 2 pesos? – Empieza pidiéndome una joven, no más de treinta, que fuma en la puerta de la guardia. Recuerdo la regla número 1: no convidar dinero a pacientes psiquiátricos. Adivino la segunda pregunta: cigarrillos.

Se da y aquí no hay reglas sino vicios en juego y ganas de convidar. Pero no tengo cigarrillos.

Lamento decepcionarte, le digo, pero si querés podemos charlar, sigo, como para cortar la lógica a la que someten a estos pacientes en el trato con el Otro. Sí, vení, sentate, y me hace una palmadita a su lado, en la puerta de la guardia del Alvear.

Tengo la duda si plantarme como periodista o dejar fluir la charla, conectar por donde pinte, dejar que el momento sea, que sea ella, y yo, y me pregunto hasta dónde puedo cambiar eso deliberadamente, si en verdad ser periodista no se trata de esto, de vivirla y no impostarla a la realidad, no forzarla, no dirigirla, no preguntar para el caso, quizá tan sólo provocar la situación y que lo que vaya pasando se acerque a un registro y no a un relato.

Ella no sabe por qué estoy acá, y no me lo pregunta. Yo tampoco le pregunto por qué ella está acá. No sabemos quiénes somos ni por qué estamos hablando.

Mi amiga tose, fuma, tose. Le digo que le va a hacer mal. No le importa y me explica por qué me pidió plata: para cortarse el pelo y comprarse unas medias. Quiere unas medias largas y negras, para ponerse con “la” pollera. ¿Vos decís que me va a comprar las medias? Quién? Un tipo vino y recién me dijo que me iba a comprar las medias. Dónde? A esta hora? Sí, ahí, en frente, en el Carrefour. Ah, claro… Pero hace cuánto fue esto? Y, hará veinte minutos… Ah, ah, entonces sí, si te dijo que sí va a venir, quedate tranquila…

No sé si le miento, no sé si este tipo que le prometió las medias va a volver, solo, con las medias, no sé si tal tipo existe o si lo dijo “todo que sí” como quienes se creen cuerdos dicen que hay que decirle a los locos.

Mi amiga descubre al tipo pasar, me codea, es ése, ¡eh! Vas a ir? Le pregunta. El tipo va acompañado de una mujer, va saliendo, y le asiente con la cabeza, señala el Carrefour, mi amiga se entusiasma, le dice, se anima: negras!!! El tipo vuelve a inclinar el cuerpo en señal que sí.

Sale del Alvear.

Mi amiga me dice que vea, que lo vea a ver si cruza la calle.

Lo veo, lo sigo con la mirada.

Cruza la calle (el Carrefour está en frente). Va, va, va. Va hacia a la izquierda (a la izquierda está la entrada). Va, va, va. Pasa la entrada. No entra. Sigue. ¡Se pasó! No, no…

Y??? me exige mi amiga. Y no, che. Se fue, siguió de largo.

Se encoge de hombros, no dice ni mu. Está acostumbrada.

Le saco charla para olvidar la traición. Ahí sí me salta el preguntón pero desde la intuición natural para romper el momento y, de paso, ir conociendo(la) un poquito más: dice que la tratan bien, que le dan un plato de comida “así” (separa las palmas un metro), y que el Alvear es “de los mejores”. Pero que también hay peros y, si no toma la medicación, no la pasa nada bien, o, mejor dicho, se la hacen pasar mal.

También cuando se pelea con otros pacientes o con los enfermeros.

Entra otra persona al hospital, le abren la puerta de entrada los guardias, y mi amiga se levanta para hacer el ritual: plata, cigarrillos. Nada otra vez. Mientras, yo saco mi anotador, anoto furtivo las palabras/ideas de mi amiga dichas al viento minutos antes antes y que el THC empuja hacia el agujero negro de mi memoria. Vuelve y me ve anotando, me dice qué hacés y me dice que parezco su psicólogo, “que anota todo”. Lo guardo rápido.

Está acá hace pocos meses. No le preguntó por qué ni nada sobre su vida porque no pinta.

En cambio surge una proposición indecente, un pedido concreto permitido según estos minutos de confianza. Es cuando vuelve el “tema medias”: quiere estrenar una pollera y necesita unas medias de las largas y negras, de ser posible. Talle 5. No ves? Es que engordé por tomar tanto mate.

Juntos combinamos la mejor manera de juntar los 18 pesos, ayuda mediante, billetera rosa que saca, y la promesa que yo iría al Carrefour y volvería con las medias. Es el tiempo condicional según ella, porque ya la cagaron un par de veces.

18 pesos, un Carrefour en frente y una misión imposible para el sexo masculino: comprar medias largas y negras talle 5.

No sé si soy Tom Cruise pero si quiero ponerlo a prueba es este el momento de ayudar a mi amiga.

Voy saliendo del Alvear, los guardias me abren, giro la cabeza y la veo ahí, sentada, en la puerta de la guardia, esperando que yo vaya y vuelva, que vuelva. Que vuelva por las medias, por la guita y por que sí.

Grita: Talle 6!! Paso memoria: medias largas, negras y talle 6.

Un Carrefour se abre a mi paso y sus góndolas infinitas. Encuentro el sector de la ropa más rápido de lo que merece esta crónica y tanteo las prendas, los atuendos, hay calzones entonces no, estoy en la parte de hombres, entonces debe ser allá, sí, donde estan esos corpiños y ahí, enfrente, ahí están las famosas medias. Empiezo a ver los colores: negras, negras, sí. Hay negras. A ver, talle 6… no. Negras no. Otro color? No hay, tampoco. Negras talle 5, entonces: nada. A ver otros modelos… Sí, acá, negras pero talle 3 y no, estas salen 50 mangos. Vuelvo a las de 18 pé. Negras no hay talle 5 ni 6. Otro color? Eh… no. A ver, no hay talle 6. Ni 5. Hay hasta el 4 pero no hay negras. Hay color piel oscuro, y talle 4, nada que ver. Uf… qué mierda hago. Pasa una señora: señora, disculpe, me ayudaría. Sí. Se ríe. Le comparto mis inquietudes y contextualizo la situación, como para no quedar travesti. Se pone de ejemplo y me pone en el aprieto de decirle qué talle me parece que es ella, como para comparar. No tengo ni idea pero le digo 2, para quedar bien, un número intermedio, qué se yo, vieja, ayudame y no te hagas la linda. Ay… gracias, me dice, uf, pero yo soy 3. Me parece que mi amiga es igual que usted, digo, de caderas, a lo sumo un poquito más. Bueno, entonces llevale un 4 para estar seguro, porque 5 y 6 no existen.

El talle 5 y 6 de medias largas no existen.

Cómo se lo digo a mi amiga.

Le entrarán éstas otras?

Termino haciéndole caso más para sacarme de encima su incomprensible coqueteo, aunque es el precio que pago por las cosas en que me meto. Me voy. Gracias, chau.

Caja, pim, pum, pam, salgo. 18 pé unas medias largas color piel oscuro talle 4. Nada que ver con lo que me pidió pero bueno, es lo que hay.

Llego a la puerta, los guardias me abren, ya me conocen. Tardé bastante, unos 25 minutos. Qué estará haciendo mi amiga.

Sentada. En la puerta de la guardia. Expectante. Con un amigo. No hablan.

Le llego y no le doy las medias hasta explicarle las condiciones del cambio de planes, las razones por las cuales le traje unas medias color piel y no negras y talle 4 en vez de 6 o 5. Me mira sorprendida pero entiende, extiende la mano. Se las doy y las mira; el compañero de al lado se ríe.

Se llama Elvio. Se ríe y después se vuelve serio y analiza la situación. Un extraño le fue a comprar medias, y volvió, ergo es confiable como para que me compre cigarrillos.

Y fui de nuevo nomás…

Pero a mí me interesaba mi amiga, no andar haciendo mandados. Los guardias se ríen porque me ven salir y volver otra vez.

Vuelvo con los Marlboro común y mi amiga sigue examinando las medias. Se la ve bajoneada. Elvio sigue riendo, agarra los cigarros. Mi amiga: esto es un talle 1. No! Cómo. Mirá, talle 4, fijate que te tiene que entrar. Mi amiga me muestra el agujero por donde habrían de caber sus caderas, sin estirar. Elvio se ríe. Mirá, esto se estira así y después se va elastizando a medida que lo usás. De última le cortás un poquitito acá y le cosés, para que te quede más grande aún.

Se tranquiliza. Claro, dice… Sos una masa.

A todo esto todavía ni entré a la guardia, ni al hopistal. En esta puerta siguen pasando cosas, y más ahora que ya me desconsideraron como delivery boy. Ahora pasan tres tipos más, tres pacientes se ve, que saludan a Elvio y no a la mía. Qué hacés, Elvio. Mirá, este es Cannigia, tira Elvio, que está acá adentro de tanto tomar merca. El tal Canni no se ríe y le da la mano, me da la mano, ignora a mi amiga y sigue con tres más, por el jardín del Alvear. Se va yendo y recuerda, el Canni: Eh, saludalo a este que mañana se va. A dónde? A su casa, le dan el alta. Ehh, chau loco, vení, saludame, dame un abrazo.

Vuelvo a mi amiga que había vuelto a examinar las medias. Pero ahora sonríe y me dice: “Te re cagaron. Yo con 20 pesos me compro unas Cocot”. Se ríe y me río. Terminamos acordando que los del Carrefour son todos chorros y re botones.

Me voy a dar una vuelta, le digo, así conozco un poco el hospital. Dale.

Antes de despedirnos: Cómo te llamás? Jésica, y vos?

Entro a la guardia, que tuve a metros durante una hora sin entrar, y un hombre me encara: Che, el hospital está en paro? Va nervioso. Dos tipos salen detrás calmándolo, diciéndole que espere, que ya lo van a atender. Me doy cuenta que soy la única persona después de él en esa guardia, y sus dos compañeros que lo calman.

Se ve que están atendiendo a alguien, y desde hace rato.

Tengo entendido que no, le contesto, y que aunque estuviesen de paro la guardia funciona igual, que se quede tranquilo que lo van a atender. Sus acompañantes me agradecen la respuesta con la mirada cansada.

La guardia es un cuadrado vacío de 5×7, con unos asientos pegados a la pared, sin recepción, y ahora a las 20 y pico sin médicos a la vista. Voy al baño.

Baño de hospital público, donde el papel higiénico es una utopía y un inodoro que, gracias, no está cagado. Siempre es revelador del lugar, de quienes pasan por allí y de lo que allí pasa – estoy hablando de cualquier lugar, de cualquier lugar que tenga un baño- leer las paredes. Literalmente: leer las escrituras, los graffitis, las consignas, los carteles, los ofrecimientos, las proclamas, el fanatismo, las ideas que hay en las paredes de los baños. En este caso, dos, entre tantas:

-La libertad no se consigue, la libertad se construye

-Abogado: te saco en 48 horas. Teléfono…

Vuelvo a la sala. Se metieron Jésica, Elvio y hablan con el tipo que esperaba, mientras sus compañeros también miran. Miran, todos, ahora veo, a Jésica mostrando las medias, seguramente pidiendo opiniones sobre si le entrarán.

Paso, mejor que saque sus conclusiones. Voy hacia el jardín, que rodea esta guardia y conecta todos los sectores del Alvear. Una especie de jardín en “U” que tiene, en el centro, la guardia, y rodeando a la “U”, si el espacio de la letra es la calle, el llamado hospital de día en el arquero, al costado izquierdo la farmacia y al derecho los centros de internación de hombres, por un lado, y de mujeres, por el otro.

Me siento a anotar algunas cosas que pasaron y que van pasando por mi cabeza: Hay algo más indeseado que un hospital? Sí, un hospital psiquiátrico. Y algo más, aún? Sí, un hospital psiquiátrico de noche.

Van a ser las 9 y Jésica justo pasa por delante mío: se va a comer. Che, gracias. Yo creo que me van a entrar las medias. Sellamos nuestro gusto en conocernos con un abrazo.

Vuelvo a la guardia ya que el resto del hospital está cerrado. Noto que en la puerta está el recorte de un diario noticiando el paro de este hospital “en defensa de su director”; adentro nomás hay un cartel que convoca a “todos los trabajadores del Alvear” a trazar un “plan de lucha”, que data del 24 de julio.

El hombre que esperaba y me preguntó sobre el paro antes, recién ahora, 25 minutos después de esa pregunta, entra. Sale dos mujeres, una que acompaña a la otra. Era una médica la que la atendía y la que atiende ahora a este hombre.

No queda nadie más en la guardia, por ahora, nadie para atenderse.

Sí resuenan voces y gritos que vienen del teléfono público de afuera, que está solicitado en este horario nocturno.

Escucho una charla de un minuto reloj que pasa un parte brevísimo sobre nada, digamos, una charla forzada como para decir algo y no nada, como para hablar con alguien y no estar solo, aunque sea un ratito, un minuto reloj.

Hola, sí. Acá, salí a dar una vueltita, ya me voy al sobre… No, es que ya se hizo todo, no hay nada más para hacer… Jugó Argentina hoy, no? Sí, juegó Argentina contra Alemania… Bueno, chau, chau.

Golpea la máquina, por las dudas, a ver si se equivoca y le devuelve las monedas.

Ahora una señora mayor, grande, sesenta y pico, que me pide que le lea una tarjeta de teléfono ilegible, pero lo logro, pero no se puede comunicar. Me agradece igualmente.

Y otra señora que viene del fondo, de la residencia.

Habla la tía. Sí, desde el colegio. Empezó Mc Donald´s, o no? Uh, qué boludo… siempre hace lo mismo. Como que se arrepiente… Pasame con tu abuelo. Que hacés pá. Qué comiste? Mañana no vengas porque compré cigarrillos. Aparte hay paro acá, no dejan entrar a nadie. Sí, hace un montón de días que hay paro. Quedate tranquilo. Sí, sí, un beso a todos.

El contacto de Juan Panelo circuló por la web como vocero de una de las filiales de Médicos Municipales, uno de los gremios de la salud, justamente el mismo que aparecía en la crónica pasada en el Argerich con unos carteles que hablaban de paro gremial en caso de no cumplir con una serie de promesas. Ya en la nota pasada los propios médicos del Argerich se sorprendían al ver a los Municipales reclamando por la salud, ya que “estaban con Macri”. Ahora veo, sus pedidos se dirigían al Ministerio de Salud directamente, pasando por alto la relación municipal, aunque también otras voces hablaban de un alejamiento del ministro de Salud del GCBA, Lemus.

Como sea, le pido a Panelo que me ayude a desentrañar este mareo político, gremial y concreto sobre el alerta en la educación pública. Le pregunto entonces si los Médicos Municiples juegan para Macri: “Lamentablemente”. Entonces corrije su descripción de “vocero de una de las filiales de MM” a “jefe de consultorios externos y de dirección ambulatoria” del hospital Torcuato de Alvear.

¿Por qué pararon el viernes 17?

En nuestro hospital lo que ocurre es que, con la excusa de un problema de funcionamiento de la guardia, dicen que la gestión del director no es la adecuada y entonces se lo saca de su cargo con un forzamiento de la jubilación, desoyendo el fuero gremial. Hay modos de hacer las cosas, y si alguien hace una mala gestión hay un modo administrativo de destituirlo del cargo. Aparte es lógico ese mal funcionamiento de la guardia porque se está expidiendo gente con notas desde el 2011. Esta semana vino la comitiva de la viceministra del GCBA y la secretaria de salud para explicarle al director que se tenia que retirar y nosotros le mostramos todos los papeles de todos los pedidos que hubo en ese sentido.

¿Qué reclaman?

Lo que necesitamos es gente, no insumos ni quirófano. Necesitamos gente en especialidades. Una guardia sin psiquiatras, sin enfermeras no pueden funcionar, no hay personal… Esto no es solo en los hospitales, va de la mano de lo que esta pasando en el Borda con este intento de realizar un centro cívico en un luigar esencial, lo mismo en el hospital Gutierrez. Se considera a la salud como un mal negocio y no se lo entiende como una obligación, un derecho estatal.

¿Qué otras faltantes hubo durante la gesión de este gobierno municipal?

Hemos tenido épocas muy difíciles en cuanto a la farmacia, pero ahora está funcionando bien, hay gente atenta a que no le falte nada. Imaginate que para un hospital psiquiátrico es esencial para los tratamientos, que son carísimos… Acá lo que necesitamos ahora son psiquiatras, psicólogos, enfermeros sociales…

¿Cuál fue el problema de la guardia que desató el desplazamiento del director?

La excusa era que la ambulancia no había salido una vuelta. Pero la ambulancia puede salir cuando hay un medico que pueda salir. Y la guardia es un hervidero. Yo invitaría al ministro a que venga a estar un cuarto de guardia viviendo lo que es eso. Nuestra ambulancia era la única que cubre todas las emergencias psiquiátricas de toda la capital federal y recién hace un año se agregó otra.

Cuando hablás de “excusas” entonces considerás que hay un tema que subyace, un interés político…

Absolutamente político. Las causas exactas te las debo, pero la excusa en sí no tiene ningún sentido. Cambiando el director no se arregla nada, va a seguir faltando gente. Seguramente necesitarán gente afines a sus ideas a su proyecto que desconozco. Sobre todo me da a pensar esto el atencedente que las decisiones de este gobierno no son a favor del hospital publico.

¿Cómo fue y cómo sigue el plan de lucha?

El 10 de agosto paramos para pedir la reincorporación del director y el martes 14 volvimos al paro, pero el 15 por asamblea se decidió volver a las tareas, que el paciente no tiene por qué pagar los platos rotos. Igualmente, en nuestros paros hay asistencia, la urgencia se sigua atendiendo… Ahora estamos en asamblea permanente, movilizados, atentos.

Vuelvo en el 105 ahora en sentido contrario, desandando el camino de la locura, el que llevaba a pasajeros que querían prender fuego la ciudad, y ahora es más tranquilo, es más tarde y hay menos gente, menos autos, se avanza más rápido, pero también, les juro, hay locos, o loquitos, sueltos, de ningún psiquiátrico, como éste que de pronto me sorprende gritando “les tengo bronca”, en referencia a todos nosotros, “les tengo bronca”, repite, rabioso, balbuceando esas palabras para sí mismo, porque no mira a nadie en particular, pero nos habla a todos, y su compañera de asiento se levanta y se va, asustada, o enojada, quién sabe, loca también, y voy yo y me siento a su lado, porque estaba parado y porque estoy loco también.

El tipo sigue, “les tengo bronca”, y mira de reojo a ver si lo miro, si lo estoy escuchando, a ver si reacciono, pero no quiero manijearlo, intento ignorarlo, entonces pasan unos minutos y se empieza a reír, solo, y su risa me contagia, un tipo que pasa de la bronca a la risa, evidentemente, está loco, como yo que me río, y me dice ahora “viste que te hago reír”, y me río más fuerte, y la gente que mira no entiende nada, y le digo eso, “cómo pasaste de la bronca a la risa”, y se pone serio, uf, pero se pone serio para hablar en serio, no serio por enojado, y me dice, “¿sabés qué pasa, loco, que me da bronca”, qué, “me da bronca que estuve laburando todo el día y ahora llego y ¡pum!”, golpea sus manos, una contra otra, haciendo un chasquido, el colectivo mira, “tengo que poner los 700 pesos por el cuartito”, y por qué nos tenés bronca, “porque todos tienen su casita”, y, le vuelve la rabia y despotrica contra todos, pero apenas, se da cuenta, nadie lo escucha, vuelve a callar, se traga la bronca, que es tristeza, que es desesperación, que es injusticia, que es la realidad misma la que lo volvió y lo vuelve loco, trabajar y vivir para pagar el cuartito, porque si hay locos no existimos por que sí.

Estamos en asamblea permanente de locura, movilizados y atentos contra los cuerdos que nos desgobiernan y nos encierran y nos maltratan, contra esos que les chupa un huevo no sólo cómo viajamos sin subtes, libres, al fin, por la ciudad, sino cómo vivimos, cómo nos enfermamos, dónde nos atendemos, con qué, con quiénes, y también por qué nos atendemos, la locura es mucho más que un viaje en bondi, es la tensión que se vive en esta guardia, son las medias que me pide Jésica, los Marlboro de Silvio, la bronca del señor que tiene que pagar el cuartito, es la denuncia que hace Juan sobre la falta de personal, son los días que pasan y pasan hasta que nos volvamos, todos, locos, más locos de lo que estamos, bien locos, tan locos hasta que nos encierren a todos, y no haya, de verdad, en serio, lugares para atendernos, ni insumos para curarnos, ni personal para cuidarnos, tan pero tan locos que no nos parezca loco que haya un hospital sin director, un director sin hospital, que quieran poner un centro cívico en el Borda, que falten insumos en el Argerich pero se instalen televisores con propaganda municipal, que no entendamos por qué los pacientes del Santojanni le pegaron a los médicos, tan locos para creer que la salud pública es un negocio y no un derecho.

Las 5 del domingo

¿Qué? ¿Quiénes? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué?
Distintas historias en la voz de sus protagonistas.
Las 5 del Domingo en Vámonos de Casa

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– Asesinaron por defender su territorio a de Miguel Galván, militante del Movimiento Campesino de Santiago del Estero (MOCASE) e integrante de la comunidad originaria Lule-Vilelas- 14 de octubre del 2012

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-La historia de las ruinas de un Centro Clandestino de Detención oculto en Valentín Alsina- 7 de Octubre del 2012

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– Cuatro estudiantes de colegios secundarios tomados vinieron al programa y nos contaron qué piden. Además, ¿cómo los tratan los medios? ¿Y los funcionarios públicos? ¿Hacia donde apunta la educación pública?- 30 de septiembre del 2012

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-6 años sin Jorge Julio López. Hablamos con su hijo, Rubén- 23 de septiembre del 2012
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-La extrema posibilidad de desaparición que sufre el Policlínico Bancario- 9 de septiembre del 2012
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La crónica de la calle

Activamos, salimos, dimos una vuelta y traemos una historia.
Escuchá las crónicas de la calle de Vámonos de Casa

-El Contrafestejo Cultural por el 12 de octubre: ¡Día de la raza las pelotas!- 14 de octubre del 2012

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– La expectativa y movilización en la Embajada de Venezuela en el marco de las elecciones- 7 de Octubre

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– Festival de arte abierto en la Plaza 25 de Agosto, Chacarita- 30 de septiembre del 2012
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– A 36 años de La Noche de los Lápices los estudiantes volvieron a salir a la calle: siguen escribiendo- 16 de Septiembre del 2012
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– Día de la Mujer Originaria en el Obelisco: festejos y alegría- 9 de septiembre del 2012
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-Emoción en Marcha, muestra fotográfica de danzas aforamericanas- 2 de septiembre del 2012
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– Acto de los 6 meses de la tragedia de Once: 51 + 1 muertos, 700 heridos, ningún procesado – 26 de agosto del 2012
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-Festival Mundial de Tango en el Parque Centenario – 19 de agosto del 2012.
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-El nieto 106, la restitución de la identidad de Pablo Javier Gaona Miranda – 12 de agosto del 2012
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-Festival del Frente Cultural de Artistas del Borda – 5 de Agosto del 2012
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– Exposición de Fotoperiodismo de ARGRA – 22 de Julio del 2012
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Juicio Cromagnon II – 15 de julio de 2012
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