Una obsesión llamada gol

Por El pibe de los pasegol.


Me obsesioné con el gol el día en el que pateamos 43 veces al arco sin poder embocar la pelota en la red. Me acuerdo a la perfección de cada detalle de ese mediodía de otoño: no hacía frío pero corría una brisa molesta, el césped estaba en condiciones espantosas y mis jugadores venían de una noche larga en la que había abundado el alcohol. Lo único novedoso en la escena era la brisa molesta porque todo lo demás formaba parte del panorama habitual. Para mi sorpresa, a contramano de la lógica, jugamos un buen partido. No sé si habrá sido por los despliegues de la madrugada pero lo cierto es que los muchachos parecían inspirados. Hacían cosas que casi nunca les salían: se la pasaban entre ellos, se la sacaban a los rivales y gambeteaban cada tanto a los que se les paraban enfrente. No voy a decir que estaba emocionado porque ya sería una exageración pero tampoco miento: una pequeña dosis de esperanza se había filtrado en mi cabeza. No era para menos. Después de semanas de equivocarse a cada paso, después de una serie dolorosa de derrotas, el equipo amagaba con acercarse  al triunfo. El tema es que había que meterla y eso era una dificultad mayúscula para nosotros.

El nueve fue el primero que intentó. Tenaz como es, probó tres veces en diez minutos pero la pelota ni siquiera se arrimó a los palos. Pensé que era cuestión de no resignarse. Supuse, en un argumento más científico que futbolístico, que la mejor manera de que la falta de eficacia no se volviera una barrera que nos impidiera el triunfo era insistir e insistir hasta que la regla de la probabilidad cayera por fuerza de la perseverancia. Así que esperé mientras los muchachos no se detenían en su embestida hacia el arco de enfrente. Calculé que la explosión iba a llegar antes de lo esperado. Un bombazo del puntero izquierdo reventó el travesaño algo después del cuarto de hora y el rebote le cayó mansito al ocho, que entró al área atacando el espacio. Mi garganta ya se arremangaba. Pero no. Un pozo, un pozo de mierda, complicó las cosas y tuvimos que empezar de nuevo. Habíamos practicado definición en la semana y, como suele ocurrir, en el entrenamiento se metían todas. No ocurría lo mismo en el partido. De derecha y de zurda, por arriba y por abajo, todas se iban afuera. Terminó el primer tiempo y mi asistente me dijo que habíamos pateado 19 veces. Lo peor de todo es que el arquero de ellos había sacado la misma cuenta: ni siquiera la había tocado.

“¿Y qué mierda les digo ahora?”, me pregunté cuando caminaba para el vestuario. Mi intranquilidad era evidente y nuestra falta de precisión, también. Podía alentarlos e invitarlos a seguir igual. Aunque la verdad es que, si seguíamos así, íbamos a terminar 0 a 0. Podía también tomar un atajo más agresivo, reputearlos por dejar escapar las chances y que sintieran el rigor del técnico en la espalda. Tampoco me pareció productivo hacerlo porque hubiera sido cometer una injusticia: estaban jugando realmente bien. De pronto, desfiló delante mío un rubio y se me vino a la memoria Guti, el talentoso del Real Madrid, que en una tarde de boca suelta dijo: “Cristiano está obsesionado con el gol y debería relajarse”. De alguna forma, yo, que no era ni portugués ni goleador, me sentía como Ronaldo porque mi cabeza estaba empezando a no poder pensar en otra cosa. El esfuerzo por encontrar una fórmula para convertir me desgastaba lo sesos y lo peor es que no lograba construir ninguna receta que dejara afuera de la escena al azar. Dicen que cuando uno no sabe lo mejor es callarse y eso hice. Me limité a afirmar con grandilocuencia una verdad tan cierta como inútil: “Vamos, chicos, si seguimos haciendo las cosas bien, vamos a tener muchas posibilidades de ganar”.

Sí, por supuesto que había suplentes. Los fui metiendo con la esperanza de que no estuvieran contagiados de los que ya estaban en cancha. Sin embargo, la secuencia –tocábamos, pateábamos, errábamos- se repetía una y otra vez, generando un fastidio como el del tránsito de Corrientes un lunes por la mañana. Arranqué a caminar para calmar los nervios. De un lado al otro, siempre pegado a la raya. “No te hagas el Bielsa”, me decían los que miraban desde atrás del alambrado. Yo no me hacía una mierda. Amagué con putearlos para liberar algo de tensión pero me pareció al pedo. Me iban a tomar más de punto todavía. Agarré una ramita del suelo y la usé para dirigir las indicaciones. Duró poco: fue tal la calentura porque el nueve se movió tarde a buscar un buscapié al primer palo que la rompí contra una piedra que me oficiaba de asiento. Quedaba cada vez menos para el final y nosotros no abandonábamos. A veces a los empujones y otras veces con algo de claridad, íbamos para adelante. El único miedo era que el reloj cantara basta.

“43”, gritó mi asistente cuando el árbitro adicionó tres minutos. “¿43 qué?”, le contesté, al borde de la locura. “43 veces ya pateamos al arco”, respondió sin perder la compostura. “¿Por qué no se van vos y los 43 tiros a la reconcha de la lora?”, repliqué en un estado de delirio absoluto. Me resigné a esperar el pitazo. Tiramos un centro más, por las dudas. A la marchanta, sin ningún destino. Fue llovido, casi a la altura del punto del penal. Ninguno de los nuestro alcanzó a saltar. Uno de ellos, sí. Se perfiló para rechazar y todo. Pero el boludo calculó mal, la peinó y la pelota se le metió al arquero contra un rincón. No me acuerdo de nada más. Cuentan los testigos que me zambullí contra el pasto, que lloré desconsoladamente durante un buen rato y que me abracé con la piedra en la que estaba sentado. Y dicen, además, que repetía como un maniático “por fin, bendito gol, por fin”.

Enmudecido estoy

Por El pibe de los pasegol.

El tipo sabe. Yo eso no lo discuto. Pero, en el momento, lo que dijo me pareció una barbaridad. Una barbaridad tan insoportable que pensé en no volver a escucharlo en mi vida. ¡Diez partidos! No uno, no dos, no tres. No: diez partidos llevábamos sin ganar. Cualquiera se puede imaginar lo que fue la fiesta posterior al triunfo y cualquiera también se puede imaginar lo que fue el desahogo del gol, que llegó a poco del final, como para que el grito de todos nosotros retumbara hasta el infinito y más allá. Hasta ahí, lo lógico. Lo que no cualquiera se puede imaginar es lo que ocurrió a la salida de la cancha, en esas cuadras que venían siendo en los últimos tiempos el escenario de la tortura de saberse derrotado. Aunque cueste creerlo, reinaba el silencio. El absoluto silencio. Ni los demás ni yo hablábamos. Sencillamente, no podíamos. Parados en esa popular desvencijada y sudorosa, era tanto lo que habíamos exigido las gargantas que a ninguno le quedaba un hilo de voz para continuar con la algarabía. Pero a él sí. Él sí que hablaba. Y cómo. La voz del hincha de la tribuna se escuchaba clarita, potente e indignada. Y cada vez más cerca de mi oído derecho. Me alcanzó, me agarró del hombro y me frenó. Vos no, decime que vos no estás contento, no me podés fallar en ésta, soltó casi suplicando.

Fallar en qué, viejo loco. No lo dije así pero se lo merecía. Se lo recontra merecía. Una vez, por fin, habíamos ganado. Una vez solamente. Porque yo no soy de los que pide ganar siempre. Pero cada tanto no viene mal una alegría. Sin embargo, al tipo no le importó nada mi sonrisa y me la destruyó. Apenas en un par de minutos. La trampa, sentenció. Hacer trampa es una mierda y ser cómplice de la trampa es, todavía, peor. No es que a las reglas haya que respetarlas por el hecho de que sean reglas. Lo que hay que defender es a las reglas justas. Eso, defender lo que es justo, es lo que nos vuelve personas. Y acá hubo una mano que vimos todos. ¿O vos te creés que la pelota le pegó en la cabeza? Le respondí con un gesto desganado, con alguna tibia esperanza de que todo terminara ahí. Claro que había visto –lo habíamos visto todos, por cierto- que el héroe nuestro la metió con la mano cuando el centro con rosca desde la izquierda le pasó por delante de la nariz. Pero el árbitro no se dio cuenta y ya está. Palo y a la bolsa. Y milagro. Nos ayudaron una vez, solté con las cuerdas vocales al borde de estallar. No es tan serio, amigo. Todos queríamos ganar y nos salió después de mucho tiempo.

Me miró como se mira a alguien que no quiere afrontar un problema. Pero no me dejó escapar. ¿Vos te pensás que a mí me da lo mismo el resultado de los partidos?, indagó sin tiempo a que yo intuyera la respuesta. No, para nada. Yo me levanto y me acuesto soñando con el siguiente triunfo. Cada vez que perdemos, sufro por mis nietos, por mis hijos y por mí –en ese orden-. Y eso me duele horrores. Pero no tengo ningún derecho a creer así nomás en lo que sale en los diarios o en lo que repiten algunos de mis amigos del barrio. Si la moda hoy es evaluar por los resultados, no hay porqué evaluar por los resultados. Yo, y a mucha honra, todavía estoy convencido de que los modos valen. Y la trampa está afuera de los modos que me hacen feliz y por eso no grité el gol. Terminó el speech justo en el momento en el que algunos monos de alrededor lo empezaban a putear con una disfonía indisimulable. Amargo, le decían. Sos de la contra, le enrostraban. No le importó al viejo. Nada le importó. Me atrevería a sostener, incluso, que le chupó un huevo cada uno de los insultos.

Me pegué a su espalda para evitar una tragedia. No estaba seguro de estar de acuerdo ni con él ni conmigo ni con nadie. Pero la reacción masiva de esos con los que me había estado abrazando hasta hacía unos minutos arrancaba a fastidiarme. El hincha de la tribuna desafiaba lo establecido, pensaba con su cabeza, y la intolerancia se le venía encima para ahogarlo en una paliza. Empezó a acelerar y apuré el paso para no perderlo. ¿Está bien?, le pregunté algo agitado y con culpa. Sí, pibe, aseguró. Cómo no voy a estar bien si ganamos después de diez partidos. Y, de yapa, tengo la garganta impecable y la sensación de que la próxima vamos a festejar con un golazo del 10. Te lo aseguro.

Sin volver a dirigirnos la palabra, seguimos caminando. La calle, a esta altura, estaba otra vez enmudecida.