La legalización de la precariedad

Avanza en la Legislatura porteña un proyecto de excepción para parcelar las villas del sur y dar títulos de propiedad, mientras las leyes de urbanización no se cumplen. Los bloques K y del Pro apoyan el proyecto y el mercado inmobiliario ya se prepara para entrar en juego.

El gobierno porteño tiene un plan, y un Plan para la Comuna 8: Villa Soldati, Villa Riachuelo y Villa Lugano. Lo llaman Plan Maestro, pero los vecinos lo conocen como Plan Nefasto.

El proyecto ya está aprobado por la Legislatura porteña -con los bloques kichneristas y del Pro a favor- en una primera lectura y fue sometido a una audiencia pública. Ahora debe recorrer una serie de comisiones y luego está a sólo una segunda revisión, con votación, para ser aprobada.

El Plan Maestro – nombre colonizado de los Master Plan que denomina a las obras públicas de envergadura-, luego de ser modificado y achicado en diciembre del año pasado, tiene tres ejes: la instalación de una Villa Olímpica, la conformación de un Distrito del Deporte (zona libre de impuestos para las empresas relacionadas con ese rubro) y el parcelamiento de las villas en la zona sur.

Este tercer eje conlleva la entrega de títulos de propiedad a los dueños de casas en las villas lo que, a la ligera, parece positivo, pero que en las entrañas del proyecto tiene olor a cloaca sin urbanizar.  Lo cuenta el abogado Jonatan Baldiviezo, abogado especialista en temas inmobiliarios e integrante del Colectivo por la Igualdad. “Para parcelar, la ley actual exige muchos requisitos; entre ellos que las casas tengan permiso de obra por ejemplo. Como las que están fueron construidas de forma informal, no cumplen con nada de eso. Entonces como el gobierno para entregar títulos de propiedad primero tiene que parcelar, necesita una ley que le de excepciones para hacerlo”.

Esta es esa ley. Las casas de las villas no cumplen con ningún requisito necesario para existir legalmente dentro de una parcela determinada. No tienen las condiciones de ventilación o luz, en el mejor de los casos, para que el Estado permita un permiso de obra.  Esta ley garantiza esa excepción, dice que los planos de obra sólo deben mantener el contorno perimetral y no interno. “Esta ley da tantas excepciones que el gobierno ahora sí puede ir a parcelar y por ende entregar títulos de propiedad. Antes no lo podía hacer porque tenía que realizar todos los pasos de urbanización e infraestructura que permitan llegar al título de propiedad”, aclara Baldiviezo y profundiza: “El Plan hace que se salteen esos pasos y al saltearlos se desliga de la responsabilidad de urbanizar, ya que ninguna cláusula de la ley indica que el estado se hace cargo de los servicios públicos”.

lugano (4 de 8)Precariedad legalizada

Con las escrituras y títulos de propiedad la situación de precariedad en los barrios quedaría legalizada. “Este proyecto no va a garantizar una solución habitacional para todos, solamente a los propietarios, no resuelve el hacinamiento porque no van a dar más casas y deja de garantizar toda la cuestión de infraestructura, lo que es servicios públicos”, resume el abogado y se acomoda para desenmascarar la metodología del gobierno porteño: “El procedimiento que hace es más lento, a tiempo del mercado, que es este: si urbanizamos estos terrenos los perdemos definitivamente; para no perderlos, no urbanizamos, entregamos títulos de propiedad y de acá a muchos años vamos a terminar siendo propietarios de esas tierras. Si el Estado urbanizara, al prestar servicios públicos, la tierra valdría mucho más”.

El proyecto tuvo dos etapas. En la primera, un proyecto original era muy grande y tocaba todas las áreas de la Comuna 8. De todo eso sólo quedaron los tres ejes – Villa Olímpica, Distrito del Deporte y villas-, y  se agregó la venta de 70 hectáreas de la Comuna 8 para crear un fondo destinado a la urbanización de las villas. Sin embargo, los proyectos ya vigentes no tienen curso y, en el caso particular del Plan, no existe ninguna cláusula concreta sobre cómo urbanizar ni mencionaba costos. En resumen, se perdía tierra que podía ser utilizada para urbanización y se perdían espacios verdes y tierras públicas. Ese fondo, se plantea, era manejado por la Corporación Buenos Aires Sur, que el Estado creó en el 2001. Es decir: al ser del Estado la corporación, una vez que tiene los inmuebles puede venderlos sin pasar por la Legislatura. El proyecto nuevo elimina todo lo que es venta de tierras, deja de hablar de urbanización en cualquier término y habilita la entrega de títulos.

Ya hay antecedentes de esta política. En la villa 6, cerca, y la villa 19 en Dellepiane y General Paz, que tienen sus leyes particulares, se entregaron títulos de propiedad y a las familias hacinadas se les entregó el título en condominio: “Con el proceso de urbanización tendrían que entregarle una a cada una. A los inquilinos no se les entrega ningún título y se deja de invertir en infraestructura”, puntualiza Baldiviezo y coloca la frutilla de la torta: “La única obra grande que van a hacer es la Villa Olímpica donde hay espacios verdes funcionando como humedales. Si construyen ahí, se corre riesgo de que se inunden los alrededores”. Es decir, las villas.

Los vecinos

Diosnel y Gisela viven en la Villa 20 pero ahora están en puntos muy distantes de la ciudad. Diosnel camina los pasillos estrechos del barrio donde vive hace 30 años. Gisela está sentada en una silla de plástico, abajo de la “Carpa Villera” montada al lado del obelisco para reclamar, entre otras banderas, la urbanización definitiva de todas las villas de la Ciudad. Su reclamo está amparado, desde el 2005, en las leyes Nº 148, Nº 403 (Villa 1-11-14), Nº 1333 (Barrio Ramón Carrillo),  Nº 1770 (Villa 20),  Nº 1868 (Villa 21-24), Nº 3343 (Barrio Carlos Mugica, ex villa 31-31bis).

“Cloacas, luz, vereda, vivienda, la verdad que faltan muchas cosas en el barrio”, enumera Gisela mientras se acomoda en su asiento. Al mismo tiempo Diosnel señala hasta dónde le entra el agua en su casa cuando llueve: “Nos inundamos con agua sucia”. Rato antes de llegar a su casa, Diosnel cruzó por un puente sobre las vías que construyeron luego de la muerte de varios nenes atropellados por el tren. Ese paso les costó una semana de huelga de hambre a él y al padre de uno de los chicos.

“Acá hay una ley que dice que se tienen que hacer 1600 viviendas solamente para la gente de la villa 20, y eso no va a cubrir ni una cuarta parte de la necesidad de los inquilinos, y ni siquiera eso hicieron”, dice Diosnel y esa es su explicación de por qué la gente ocupó el predio pegado a la villa 20: porque desde el 11 de agosto del 2005 que salió esa ley hasta ahora “no pusieron un sólo ladrillo en el barrio, y la gente necesita la vivienda ahora”.

Diosnel y Gisela tienen bronca: “Al gobierno no le interesa como vive un villero, apuesta en invertir en otros lados antes que en una villa. El Plan Maestro no soluciona nada, le puede solucionar al gobierno para facturar ellos, pero al barrio no le soluciona nada”, redondea la mujer, se levanta y recorre la carpa que alberga desde hace dos semanas a seis personas en huelga de hambre. Diosnel: “no les conviene urbanizar las villas, porque así como nos tienen nos pueden usar como ellos quieren, por la necesidad”.

La figura de Diosnel se recorta en la puerta corrediza que separa a su casa del pasillo; no se escucha lo que habla porque un torneo de voley y los nenes jugando completan al silencio. A medida que se acerca, sus palabras se aclaran y está diciendo – repitiendo- que desde el 2005 en que salió la ley, no se hizo nada. Que por eso le llaman el Plan Nefasto del gobierno nacional y provincial, “porque los dos bloques le dieron la primera aprobación”. Diosnel hace una pausa y su sentencia se escucha ahora clarita: “Es el plan que nos quiere dejar excluidos totalmente de tener una vivienda digna”.

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Emergencia en salud

El gobierno porteño despidió a 1.500 trabajadores de la salud en lo que va del año, mientras que los profesionales que quedan siguen trabajando en condiciones precarias y con sueldos congelados. La historia ejemplo del Gutiérrez, donde los médicos trabajan con miedo.

03042014-DSC_0007En el hospital de niños Ricardo Gutiérrez, los trabajadores tienen miedo: en cualquier momento puede aparecer otra lista negra. Trabajan y miran para todos lados porque desconfían: saben que los están vigilando. En el Gutiérrez, ubicado en Sánchez de Bustamante 1300, los despedidos llegaron a ser poco más de 100, pero contando los 33 hospitales públicos que dependen del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, los desplazados fueron más de 1.500. A estos trabajadores del SAME, médicos y suplentes de guardia, especialistas y residentes les dijeron que eran muchos para la misma tarea, de un día para el otro, sin advertencias previas y sin un telegrama de despido: afuera. Pese a que la  Justicia dictó una medida cautelar para frenar la resolución 1657 que impulsó el macrismo, la medida sigue vigente y genera temor en los médicos que continúan trabajando en forma precarizada.

Cómo se trabaja

Salas destartaladas, precarias y antiguas. Largos pasillos con poca iluminación y señalización. Falta de insumos y de medicamentos básicos. Goteras y lugares improvisados para atender pacientes por no tener instalaciones adecuadas. Mientras los trabajadores del Hospital Gutiérrez trabajan en un edificio inseguro, tienen el salario congelado desde hace dos años por una mala liquidación de paritarias y no tienen la garantía de la continuidad laboral.

Es que de manera indiscriminada, el Gobierno de la Ciudad sacó el 31 de octubre, cuatro días después de las elecciones, la resolución número 1657, firmada por la ministra de salud de la Ciudad, Gabriela Reybaud, con la que comenzó el conflicto. “Dijeron que éramos muchos médicos y que había que hacer un recorte, pero ni siquiera se fijaban en qué área trabajaba cada médico: primero quisieron echar a todos los delegados y luego fueron desmantelando áreas de trabajo. Redujeron personal y la cantidad de horas de suplencia de guardia que puede hacer cada médico”, dice Silvia de Francesco, dermatóloga y presidenta de la Asociación de Profesionales del Hospital Gutiérrez. Y Carlos Morana, que trabajaba haciendo suplencias de guardia, agrega lo que le dijeron desde el gremio oficialista del Hospital cuando fue a reclamar por su trabajo: “Me comentaron que no tenía que venir más, que no me tenía que quejar porque era un ñoqui como todos mis compañeros que se fueron y que iban a impedir que siga robando”. Nunca le llegó ninguna carta de despido ni ninguna compensación económica.

La metodología estaba clara y cualquiera podía ser víctima de uno de los despidos que llevaron a que se siga desmantelando el hospital que ocupa una manzana y que recientemente un grupo de artistas le pintó murales de dibujos animados y películas infantiles que le sacan sonrisas a los niños que llegan para ser atendidos. En el lapso desde que se quiso emitir la resolución se cerraron programas del SAME que atendían casos de violencia de género, problemas de adicciones, juego patológico, tabaquismo y violencia familiar. Sumada a estas pérdidas, más de 30 suplentes de guardias se quedaron sin trabajo y 40 más tuvieron que reducir la cantidad de horas de trabajo semanal. “En el día a día se hace todo más complicado así. Somos menos médicos, en un lugar que no tiene las condiciones dignas para trabajar, con un salario nefasto y encima no sabemos cuál será nuestro futuro laboral. Es insólito”, se queja de Francesco.

¿Qué significa que se achique el plantel de médicos?

  • Que otros profesionales tengan que hacer hasta guardias de 48 horas para suplantar la falta de profesionales.
  • Que todos lleguen más cansados, más agotados y que se termine explotando a los residentes, quienes son los que menos cobran; el Gobierno de la Ciudad piensa que están haciendo una beca, según contestan desde el organismo a los residentes que se quejan del exceso de horas de trabajo.

La receta neoliberal

A comienzo del año, la jueza Patricia López Vergara ordenó frenar esa resolución y que se diera marcha atrás con los 1.500 despidos en toda la Ciudad. En el Gutiérrez, sólo diez pudieron recuperar sus puestos de trabajo y otros diez, en forma arbitraria y de un día para el otro, los perdieron. “Nuestro primer paso fue asesorarnos legalmente y no tienen ninguna potestad para sacar gente sin siquiera poner un telegrama de despido. No sabemos qué va a pasar, pero intentaremos que todos recuperen sus lugares”, cuentan desde la Comisión Interna del Hospital, desde donde planean medidas de fuerza.

Dentro del Hospital, los trabajadores del Gutiérrez saben que sólo se pueden defender entre ellos. El gremio oficialista responde a lo que ordene el Gobierno de la Ciudad  e intentó sumariar a todos los médicos que realizaron el pasado 26 de abril una marcha contra la resolución y los despidos. Pese a la amenaza y a saber que todas las asambleas que realizan son vigiladas, consiguieron una audiencia pública con el Gobierno de la Ciudad para tratar el tema de la salud pública, pero nadie que responda a Mauricio Macri se acercó. “Son invisibles, siempre nos controlan y donde deben estar, no actúan. Hay un recorte salvaje, está claro que acá hay un vaciamiento de la salud pública y no hacen nada al respecto”, cuenta Laura Schargrodsky, médica clínica y miembro de la Filial Gutiérrez de Médicos Municipales. Y de Francesco agrega: “Esto pasó siempre, pero con Macri vino el achicamiento, sobre todo después de la última elección. En el Moyano tuvieron que cerrar programas con asistentes sociales, el Álvarez está quemado desde hace dos años y no hacen nada. Acá saben que faltan recursos, médicos y no hacen nada”.

Tanto en salud como en educación, el problema de vaciamiento hacia lo público se repite. Ninguneo hacia los profesionales, desprecio, precarización y condiciones deplorables a la hora de trabajar. “Estuvimos apoyando en la lucha de los maestros y ellos nos ayudan a nosotros porque creemos que esta es una pelea conjunta contra una idea de un Gobierno que quiere tener lo público bien lejos de lo privado”, reflexiona Schargrodsky.

Dentro del hospital Gutiérrez, cerca de una sala de juegos oxidada y a metros de una sala de Terapia Intensiva con paredes gastadas y cuartos que no debieran pasar controles sanitarios, talaron cuatro árboles sin permiso y están empezando a construir –reconstruir porque ya lo habían intentado y habían fracasado dos años atrás – la sala de padres Ronald Mc’Donald para contención de los familiares de los internados. Esa parte del terreno, como si todo fuera parte de una broma de mal gusto, la cedió especialmente para esa finalidad el Gobierno de la Ciudad, que desde hace diez años no realiza reformas en el lugar. “Esa empresa que quieren poner acá es una multinacional que tiene principios que van en contra de la salud que le queremos dar a los niños que atendemos, pero está claro que desde el Gobierno de la Ciudad se llevan mejor con lo privado que con lo público”, dice de Francesco, mientras con sus compañeros empiezan a armar las próximas marchas contra los despidos y por salarios más dignos para los trabajadores de la Salud. Continuará.

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Desalojando Buenos Aires

El 2013 tuvo cifras récord de desalojos de viviendas y este año arrancó con todo contra el espacio público y predios tomados en la zona desatendida de Lugano. Historia y datos para entender por dónde viene la mano.

El desalojo es el síntoma de una serie de políticas mal contenidas, el último recurso, correr atrás de la pelota.

La moda de desalojar hoteles familiares, casas tomadas y predios ocupados crece año tras año, cuando en 2006 fue ya decretada la “emergencia habitacional” en la Ciudad; hoy el desborde es evidente: cerca de 500 familias ocupan un predio lindero a la Villa 20, como respuesta a las urbanizaciones mal planteadas y razones infinitas.

Los que tienen coronita

Mientras tanto, en Ciudad Gótica más del 23% de las viviendas particulares se encuentran deshabitadas; pensemos en Puerto Madero. Las comunas 8 y 9 de la zona sur tienen el déficit más alto pero también una gran proporción de parque habitacional deshabitado. Sobre ellas el gobierno porteño avanza con un “plan maestro” que significa vender una serie de terrenos al desarrollo inmobiliario, so pretexto de igualar el desarrollo del norte con el del sur. “Pero detrás de esos buenos principios”, explica Jonatan Baldiviezo, abogado especializado en temas inmobiliarios, “lo que se hace en la práctica es privilegiar a propietarios o emprendimientos inmobiliarios. Se lleva el Metrobús, el subte, se instalan los polos tecnológicos, de las artes, del deporte, que son extensiones para la instalación de nuevos emprendimientos comerciales”.

Ejemplo: los polos (tecnológico en Parque Patricios, Audiovisual en Chacarita, etc.) son delimitaciones en un sector de la ciudad donde residen empresas que gozan de beneficios económicos: “Tienen exenciones impositivas de 10, 20 años, no pagan ingresos brutos, ni derecho a la construcción”, dice Baldiviezo. Aparte de este oasis fiscal en pleno Buenos Aires, el desarrollo prioritario de estos proyectos dejan relegados las construcciones residenciales, que son acaso las que urgen.

La entrada del mercado a las villas

En este momento, Jonatan habla desde la ocupación de la Villa 20, la cual junto a su agrupación Colectivo por la igualdad y como representante de Abogados ambientalistas está ayudando a organizar. Cuenta que son 500 familias en igual cantidad de lotes, un predio que se extiende de la Villa 20. “Es la única villa que tiene un banco de tierras para la urbanización”, dice Baldiviezo. Justamente esa promesa incumplida es uno de los detonantes de la ocupación masiva, según una lógica que explica también la toma desalojada del Indoamericano en 2010. Baldiviezo: “Nosotros entendemos que urbanizar es poner servicios públicos, integrar al barrio, solucionar la vivienda a los inquilinos, otorgar propiedades… El PRO dice que no lo puede hacer, entonces lo que busca es dar títulos de propiedad, que es el último paso”. Al parcelar las villas y dejarlas en deterioro, lo que se habilita es la entrada especulativa del mercado sobre esos terrenos: “Para que el mercado ingrese tiene que haber propiedades en las villas. Es el proceso lento de sacarlos, para que el mercado las compre a precios bajos y  que luego sea el mercado el que vaya urbanizando”.

Este tipo de maniobras dejan desprotegidos sobre todo a los inquilinos, que no se agarran ni de los títulos de propiedad: “Entonces la única forma que ven es tomar la tierra”, explica sobre la ocupación de Lugano. “Este predio quiso ser vendido en el plan maestro, los vecinos lo defendieron porque son su promesa de urbanización, y hace años que es un cementerio de autos”.

Los desalojados como nueva clase social

La responsabilidad no es sólo del gobierno municipal cuando de entender las fluctuaciones de las migraciones se trata: el éxodo del campo hacia la ciudad producido por un monocultivo que precisa escaso trabajo, y tecnologización de las tareas; las oportunidades aparentes o reales que parece brindar la city; acaso los propios desalojos aparentes o reales de las propias provincias.

El gobierno de la Ciudad se manda la parte; no sólo en el tema vivienda; los desalojos a manteros en la vía pública muestra también que la idea de sacarlos, de desplazarlos no contiene una segunda respuesta. Es decir, en forma de las preguntas que se hacen estos trabajadores: “Si nos sacan de la calle, ¿a dónde vamos a ir?”

En el caso de las viviendas el Gobierno porteño ofrece la opción de un subsidio habitacional que consta de seis cuotas de 450 pesos con opción de extender a cuatro cuotas más; según el programa de Atención de Familias en Situación de Calle son 3.500 los beneficiarios del plan que cumplen con todos los requisitos; muchas personas lo solicitan pero no acceden a cobrarlo.

Lo cierto es que más allá de estas ayudas que no ayudan a nadie, el año pasado la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia realizó un análisis sobre el presupuesto para vivienda del período 2008-2012: “Para todo el período los gastos de los programas de vivienda representaron porcentajes significativamente menores a los asignados originalmente por la Legislatura. En 2010, por ejemplo, la Legislatura destinó un 2,6 por ciento del presupuesto general pero en el gasto real realizado por el Ejecutivo implicó sólo un 1,5 por ciento”. Esta diferencia la explican las subejecuciones del presupuesto que permiten al gobierno reasignar recursos que en principio estaban destinados a una cartera, hacia otra por motivos que deben explicar. Estos acomodos significaron partidas por casi mil millones.

El Instituto de la Vivienda de la Ciudad (IVC) no construyó una sola casa en el período 2010-2013, según estadísticas de la propia Dirección de Estadística y Censos de la Ciudad. En cambio, en los bosques de Palermo pueden verse camionetas ploteadas con promotoras con calzas negras publicitando al IVC. “El IVC está totalmente desguazado, sólo tiene infraestructura con personal transitorio, y todas sus competencias se pasaron en la práctica al ministerio de hábitat e inclusión social”, cuenta Baldiviezo.

De aquella Ley de Emergencia Habitacional sancionada en 2006, quedó nada. La creación de un fondo presupuestario para programas habitacionales nunca fue reglamentada; y el artículo que suspendía los desalojos a inmuebles públicos fue vetado por el ejecutivo del Gobierno de la Ciudad.

Se hizo uso en cambio de una medida aprobada en 2001 que permite ejecutar un desalojo antes de que sea dictada una sentencia judicial: “desocupación inmediata”.

En este contexto se cuentan 2.300 familias con sentencia firme de desalojo en la Ciudad de Buenos Aires, según el Programa de Atención a Familias en Situación de Calle.

La manta corta

¿Cuál es el negocio? La ciudad del club de amigos no sólo aplica derecho de admisión a los que no les caen bien – la política patovica- , sino que hace sus negocios gracia a la famosa “burbuja inmobiliaria”.

En los últimos años se ha ido incrementando el precio de las propiedades, al punto que triplica el índice inflacionario del resto de los bienes.  Según un informe de la Dirección de Estadísticas y Censos de la Ciudad de Buenos Aires, entre 2002 y 2005 la superficie construida creció un 600%, y el metro cuadrado aumentó a razón de un 35% anual. Este proceso de valorización del suelo urbano está impulsado por el dinamismo que tomaron el mercado de la construcción y la actividad inmobiliaria, guiados por una lógica especulativa, cuyos protagonistas guardan estrechas relaciones con algunos funcionarios porteños.  Acreditada está la de Nicolás Caputo, íntimo de Macri y ex asesor del gobierno, dueño de la firma CAPUTO S.A. que consigue licitaciones para construir llamativamente seguido. Telemetrix, Altote, Mediterránea, American Traffic, Instalectro e IRSA son otras de las empresas que viven ganando licitaciones que habilitan a construir en suelo porteño.

El abogado Baldiviezo explica: “La lógica de la expansión de la especulación inmobiliaria en la Ciudad presiona sobre la recuperación de los predios que están en manos populares o que no tienen cierta seguridad en la tenencia. Los proyectos de desarrollo tienen bien determinadas hacia qué áreas van a impulsar y hacia dónde se van a orientar: fue Palermo, Belgrano y ahora es la zona sur con San Telmo y La Boca, que es donde casualmente hay la mayor cantidad de desalojos”.

 

 

 

Los indeseados

Cientos de trabajadores callejeros de la Ciudad están siendo desplazados y criminalizados. Entre ellos, la comunidad senegalesa denuncia el atropello de la Metropolitana y pregunta: “Si nos sacan de la calle, ¿dónde vamos a ir?”

En el angosto pasillo de entrada del conventillo ubicado en Sarmiento 2835, a tan sólo cuatro cuadras de la Plaza Miserere de Once, todavía quedan recuerdos del brutal allanamiento de la Policía Metropolitana, pese a que ocurrió hace un mes. Vidrios rotos, una puerta forzada y un cartel rojo con letras blancas con la palabra “clausurado” le dan la bienvenida al hogar que todavía comparten Nar, Thierno y Macoeou, tres senegaleses que llegaron al país hace más de cinco años con la ilusión de mejorar su calidad de vida y dejarle un mejor pasar económico a sus familias, que aún los esperan en África. En la madrugada del 28 de enero, en vez de tener la esperanza de progresar, temieron por sus vidas y por sus sueños: oficiales de la fuerza que responde a Maurico Macri ingresaron a su hogar y, a punta de pistola, los obligaron a firmar documentos que no entendían porque no hablan español.

senegalDesde hace más de un año, el PRO intenta desalojar constantemente a los manteros y puesteros de la Ciudad y sobre todo a los que ocupan la Avenida Pueyrredon en el barrio porteño de Once. Entre los perjudicados están los más de 3.500 senegaleses que, en su gran mayoría, trabajan de la venta callejera de relojes, bijouterie, billeteras, cinturones y anteojos de sol. Casi todos no hablan español y se comunican en wolof, una de las lenguas oficiales de Senegal. Otros, en francés o en inglés; unos pocos manejan el castellano a la perfección. En este último grupo está Abdoulay Gothe, representante de la comunidad africana en Buenos Aires, quien vive y trabaja en Córdoba, pero continúa en Buenos Aires a la espera de alguna respuesta por lo que están padeciendo sus compatriotas. Él, mientras mostraba parte por parte los lugares del conventillo, recibía los saludos de todos sus compañeros que llegaban hasta la puerta y le preguntaban cuál iba a ser el próximo paso a seguir. “Nos tratan como si fuéramos delincuentes y sólo somos gente trabajadora. Nos discriminan por ser inmigrantes, por ser negros. Yo me pregunto: ¿de dónde venían los primeros inmigrantes que llegaron a la Ciudad? Extranjeros somos y seremos todos”, se lamenta el hombre que, en el marco de uno de los reclamos, le planteó en la cara a Macri todas las problemáticas y no recibió ni siquiera una palabra de devolución por parte del Jefe de Gobierno; ni siquiera se animó a mirarlo a los ojos.

Además de ingresar a la fuerza con una orden judicial firmada por el Juzgado Penal, Contravencional y de Faltas Nº 4, que está comandado por Graciela Dalmas, los efectivos policiales se llevaron parte de la mercancía que tenía la pequeña habitación del conventillo. Ingresaron, a las 5 de la mañana, encapuchados, armados y con una pequeña cámara de video que filmó todo el operativo. Todo, salvo cuando los obligaron – a punta de pistola – a firmar el documento que corroboraba que no había existido ninguna disconformidad en el allanamiento, según contaron los propios protagonistas que vieron cómo corrían la filmadora para que no tomara la imagen que los apuntaba para que firmaran. Nar dormía en un colchón del dormitorio y Thierno en el entrepiso en  el momento del ingreso de los oficiales que los apuntaron, mientras que Macoeou se estaba bañando. A él ni siquiera lo dejaron terminar de ducharse ni cambiarse: rompieron vidrios del baño y en toda la inspección se mantuvo desnudo.

“Es una injusticia más allá del color de piel que tengamos. Yo por cualquiera de ellos daría mi propia vida, pero lo que no entiendo es cómo la gente en este país ha votado a un Gobierno que hace este tipo de cosas y por qué no reaccionan para defendernos”, se pregunta, con indignación, Abdoulay. Lo cierto es que ellos mismos sienten la discriminación en las marchas que realizan y en los propios medios de comunicación, que o los vuelven invisibles o los responsabilizan. “Hace poco otro grupo de gente que protestaba por diferentes razones a las nuestras quemó un patrullero y el diario Clarín, el mismo que festeja que nos quieran desalojar, nos culpó cuando no tuvimos nada que ver”, agrega.

A los tres, la policía les robó – porque en el acta no figuran como incautados – dinero y los teléfonos celulares en los que guardaban, entre otras cosas, las fotos familiares y recuerdos de su Senegal natal. Mustafá, presidente de la Asociación de Residentes Senegaleses en Argentina, fue quien los acompañó desde el primer momento para denunciar estos hechos. Él es otro de los que habla español a la perfección y se contactó con organismos de Derechos Humanos del país para denunciar los hechos violentos que sufrieron. “Es una vergüenza que nos hagan esto. Los humillaron y los hicieron temer por sus vidas con un nivel muy grande de agresión. Por suerte muchas entidades ya nos dieron su apoyo en esta lucha constante”, dice y agrega que tanto el CELS como la Defensoría del Pueblo de la Ciudad les brindaron solidaridad y quedaron a su disposición.

En la oscuridad del diminuto espacio que separa al pasillo de la habitación del conventillo, todavía quedan marcas del ingreso de la Policía. Puertas rajadas, bolsos abiertos, ropa tirada, mantas por todo el dormitorio y un fuerte olor a humedad encierran el pequeño espacio en el que viven tres personas que todavía no pueden creer lo que les tocó vivir en el país en el que soñaban tener un futuro mejor.  Ellos son sólo un pequeño grupo dentro del macro objetivo macrista de desalojar a todos los puesteros callejeros. Ellos prácticamente no hablan español, pero entienden a la perfección la ideología y la mecánica de la Metropolitana. Ellos, que intentan trabajar de algún otro oficio y no reciben ofertas por la discriminación que sufren día a día por su color de piel, se levantan a las siete de la mañana para ganar el dinero que necesitan para pagar sus alquileres y mandar dinero a su país, pero el Gobierno de la Ciudad intenta desalojarlos e impedirles trabajar. “Si nos sacan de nuestros trabajos: ¿A dónde vamos a ir? ¿Qué vamos a hacer de nuestras vidas en el país? Lo único seguro es que si nos dejan sin trabajo se les vendrá un problema muy grande”, asegura Abdoulay.

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Lugano de segunda

Diosnel Pérez llegó a Lugano en el 87 y construyó las primeras casas de lo que hoy es la Villa 20. Desde entonces, vio pasar gobiernos municipales y nacionales de todos los colores: ninguno urbanizó. Él sigue repartiendo constituciones de la Ciudad para mostrarles a sus vecinos que tener calles asfaltadas, tendido eléctrico, agua potable y sistema de cloacas es un derecho consagrado.

Diosnel Pérez fue de los primeros vecinos en ocupar las tierras que hoy son la Villa 20, en el barrio de Lugano, allá por 1987. “No fue fácil. De noche construíamos y después venía la montada a destruir lo que habíamos hecho. Pero los caballos se cansaron y nosotros no”, resume sobre esos tiempos posteriores a la dictadura. Todavía sale a repartir constituciones de la Ciudad para mostrarles a sus vecinos que la vivienda digna es un derecho: está consagrada en el artículo 14 bis. Recuerda que, antes de empezar a militar, él mismo creía que valía menos por ser extranjero. “La villa no está incluida dentro de la Ciudad. Somos parte de Buenos Aires y no se reconoce. La no urbanización colabora con la discriminación”.

 

Los servicios y Mirtha Legrand

Por más que estén capacitados para un trabajo, si en el casillero de dirección ponen Manzana 7, Casa 18, tienen menos chances. “Ni la justicia reconoce nuestras direcciones”, sigue Diosnel. Las ambulancias no entran. El agua que toman está contaminada. Se cruzan caños de cloacas y de agua porque cada uno lo construye como puede. Si se pincha uno, ya se mezcla todo. El único momento en que va Edesur a solucionar un problema es cuando se quema el transformador: situación límite. El cable que sale de la tierra ya es trabajo de los vecinos. Diosnel: “Todos los servicios los hicimos nosotros”.

Desde el 11 de agosto de 2005, la ley 1.770 le exige al Instituto de Vivienda de la Ciudad (IVC) hacer 1600 viviendas donde hoy hay un cementerio de autos. “Con 1600 viviendas acá no alcanza para nada: somos 40 mil habitantes”. Los fallos de la justicia se repiten a favor de la urbanización, pero el Estado nunca aplicó.

La respuesta más concreta del estado fue en un almuerzo de Mirtha Legrand: Michetti manifestó el interés de su gobierno por la urbanización aportando datos sobre las fachas de casas pintadas de colores. Para peor, dijo sobre la 31: “Lo que ha sucedido en otros lugares del mundo con esto es que como esos terrenos son muy apetitosos para el sector privado y el sector inmobiliario, lo que termina pasando es que el sector inmobiliario compra esos lugares y la gente puede comprarse con ese dinero una casa en la ciudad o cualquier otro lugar. Y ese lugar puede integrarse al puerto o hacer un sector de barrios para clase media”.

Quizá esta postura explique, mejor que cualquier rosca, por qué no se urbanizan las villas.

 

Las formas de la ley

Junto con la ley 1.770 se aprobaron dos más: el levantamiento de un Polo Farmacéutico a manos de la tercera cooperativa más grande del mundo, Cooperala; y la construcción de un hospital. La única que se cumplió fue la del Polo. El hospital se completó solo en una de las tres etapas; quedó poco más grande que una salita de salud. Abre de lunes a viernes, hasta las 16 y no tiene guardia. Si pasa algo a la madrugada, hay que salir a pedirle auto a algún vecino – porque, de nuevo, las ambulancias no entran- e ir a un hospital a siete kilómetros. “Si esperás a la ambulancia, te vas a morir. Los vecinos ya están acostumbrados”, sabe Diosnel.

-No se puede urbanizar si la gente sigue tomando casas- repiten los funcionarios.

-La gente necesita vivienda hoy- explican los vecinos.

Y así reaparece el “Parque” Indoamericano -y sus tres muertos durante la represión conjunta de la Policía Federal y la Metropolitana-. “Ningún gobierno se ocupa de crear una política seria de vivienda”, sigue Diosnel. “Y ahora menos. En las 70 hectáreas libres acá en la Comuna 8, el Estado quiere hacer una villa Olímpica, en vez de casas”.

 

Habladurías

Y mientras tanto, escuchan que no pagan impuestos.

-¿No? Cada vez que compro azúcar, pago. Cuando se inunda, se inunda no con agua de lluvia, sino con la cloaca que sube. Los servicios los hicimos nosotros mismos. Hasta la escuela estatal dentro del barrio usa los servicios que nosotros construimos, así como da de beber agua contaminada, así como no tiene un patio y tiene entre 37 y 40 chicos por aula. ¿Por qué en la zona Sur tenemos que sufrir tanto? Esa escuela sirvió para mucha propaganda al gobierno de Mauricio Macri. La misma en la que a una chica se le cayó toda la cerámica del lado del inodoro.

 

Las formas del Estado

En ese mismo barrio pasan cosas como esta:

http://www.youtube.com/watch?v=SJbBuJ1U5AM

Una detención, un policía que no quiere dar la cara, otro que viene para pegar y se va. Otros no fueron filmados. Otros estuvieron desaparecidos durante meses, como Kiki Lezcano y Ezequiel Blanco (http://www.nosdigital.com.ar/2013/07/yo-soy-kiki-lezcano-y-nadie-me-va-a-callar/).

 

Desesperanza y razones

“Nunca se va a terminar de urbanizar. Primero porque no les conviene a los gobiernos. Las empresas que trabajan de limpiar los pisos ciegos perderían más o menos 100 millones de pesos anuales. Y esas empresas son amigas de los gobiernos de turno. Es mucha plata la que perderían”, analiza Diosnel. La empresa beneficiada es Panizza, relacionada, según el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), con los operativos ilegales de la Unidad de Control del Espacio Público contra gente en situación de calle: “…un grupo de 13 personas que se trasladaban en un camión de recolección de residuos con la inscripción “Panizza” les sacaron los carros con todo lo que habían recolectado quitándoles así mismo su documentación, todo lo cual fue destruido”.

El Informe de la UCEP: http://www.cels.org.ar/common/documentos/INFORME_FINAL_UCEP_.pdf

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

A toda costa

El Gobierno de la Ciudad apunta a cambiar el perfil de las costaneras, imponiendo carritos de comidas a gas en comodato de alquiler: por qué sí y por qué no, en la voz de los afectados. A pocas cuadras, la experiencia autogestionada de los feriantes y músicos de Defensa reclama lo mismo: que los dejen trabajar.

Atrás de los altos edificios y antes del pasto creciendo dentro del agua, el Gobierno de la Ciudad apunta a cambiar el perfil de las costaneras Sur y Norte imponiendo una serie de carritos de comida a gas – sacando las clásicas parillas a carbón-, obviamente amarillos y todos iguales, que serán emplazados sobre la calle al lado de unos canteros, dejando libre el paso por la ancha vereda, hoy copada también por manteros.

La imagen de los candidatos Gabriela Michetti y Diego Santilli comiéndose un chori junto a Mauricio Macri, además del ridículo, puede recordarnos esta iniciativa.

Ir por una bondiola a costanera Sur en tiempos electorales resulta entonces una experiencia periodística.

El paisaje

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

El paisaje en Puerto Madero está cambiando de a poquito. Ese país aparte que construyó el menemismo y que emergió como espacio nuevo para unos pocos, fue tomado por asalto por carritos de comida y manteros que todos los días, y en especial los domingos, llenan de gente de todos lados al exclusivo barrio.

El paisaje dominguero reúne a familias, parejas y amigos que caminan el corredor gastronómico en busca de un choripán, una cerveza o quizá alguno de los productos que ofrecen los manteros, los nuevos anfitriones de fin de semana.

Venden de-to-do: anillos, caretas de Hulk, mates, yerberos artesanales, camisetas de fútbol, pulseras, un plato de pizza inédito con las porciones marcadas y desmontables (¡de modo que uno puede llevarse su porción con una maderita abajo!), pantalones de fútbol, pelotas grandes y chicas, cuadros, marcos para cuadros, juegos de play, alpargatas, y tantas cosas como manteros haya.

Uno de ellos dice no saber nada del reacomodamiento y asegura que, todavía, desde hace un mes, no se les acercó nadie de Ciudad ni la policía. “Esto es trabajo”, dice, “¿por qué nos deberían sacar?”. Dicen que la inocencia es la verdad en su estado puro.

Manteros, puesteros y ambulantes conviven en la costanera Sur de una sola manera: trabajando.

Los removidos

A unos pasos de la enorme oferta que sorprende desde el suelo, junto a varias mesitas, Sandra vende dos bondiolas completas y hace una prueba de calidad en forma de invitación: “Si les gusta vamos a seguir estando pero allá” – señala hacia el lado de Retiro – “porque nos van a cambiar de lugar”.

El “van a cambiar” en tercera persona e imperativo queda flotando en la conversación. ¿Es por los cambios de carrito que está haciendo el gobierno porteño? “Sí, acá van a poner un carrito nuevo, pero a nosotros nos corren al fondo y el traslado me lo tengo que pagar yo”. Sandra calcula que para desoldar el carro y llevarlo a cuatro cuadras gastará 10 mil pesos.

No es el primer palo en la rueda que le pone este gobierno a Sandra. Su cara – que de algún lado me resultaba familiar, ahora me doy cuenta- la vi en la tele, cuando estuvo encadenada en este mismo lugar a otro puesto porque lo querían correr.

Fue el 17 de septiembre del 2009 cuando, a la 1 y media de la mañana, aparecieron agentes de Espacio público junto a unas topadoras con la orden de remover ciertos locales que, decían, tenían las licencias vencidas. Sandra, encadenada, gritaba en el video: “Tengo todos los papeles en regla. Me lo dieron como medida cautelar, hasta que se den los nuevos permisos puedo usarlo libremente”.

Tiene el puesto hace ocho años, y desde entonces que no ha podido lograr que le den una habilitación definitiva. En el 2006, por orden del juez Gallardo, se anotó junto a otros puesteros en un registro que otorgaría las licencias, “pero a los 2 meses me bajaron y no me dijeron más nada”. La causa de Sandra por la habilitación del puesto recorrió 10 juzgados. “Hasta que cayó, gracias a dios, en el del juez Gallardo”. Gallardo aplicó una medida cautelar que le permite a Sandra seguir trabajando hasta tanto no le otorguen la licencia definitiva, como decía en el video.

Sin embargo, aquella vez el gobierno logró llevarse el carro de Sandra, las mesas, las sillas y hasta una heladera llena de comida. “Fue un robo”, define Sandra, que asegura que cada vez que cruza hacia su Avellaneda ve los restos de su carro tirados abajo del Puente Pueyrredón.

“Chiche Gelblung me mató”, cuenta sobre las repercusiones de la encadenada. “Dijo que yo no tenía permiso de nada”, dice, señalando a una de sus hijas, que acomoda las mesas. “Después en el colegio le decían al nene que yo era cualquier cosa”.

Sandra tiene tres hijos discapacitados, uno de ellos con epilepsia, cuya cura con medicamentos demanda casi 6 mil pesos mensuales. Cuestiones como ésta contempló el juez Gallardo al aplicar la medida preventoria que protege la fuente de trabajo. “Por eso yo no podía dejar el carro”, explica Sandra. “Esa semana trabajábamos de día y a la noche, tipo 7, nos hacíamos un guisito y nos quedábamos a dormir adentro del carro”, cuenta. Hoy el puesto lo trabaja toda la familia de Sandra, incluyendo cuñados e hijos discapacitados.

El de esta familia es uno de los tres puestos que serán removidos, acaso por el lugar estratégico que ocupa (el primero a la derecha entrando por Belgrano), y por no quedarse sumisos ante las directivas de Espacio Público, que empieza a desplegar su negocio en costanera: los nuevos carros serán otorgados en comodato a quienes los trabajen para que, mes a mes, paguen una cuota de 6 mil pesos según un contrato de 5 años.

Sandra muestra el plano que le dieron para su reubicación: inentendible. “Tengo que contar los árboles, cuando acá toda la vida nos guiamos por los postes de luz”, dice. “Si gasto 10 mil pesos y no es el lugar que me corresponde, ¿qué hago?”. No hay forma de dar respuesta, metros más allá o más acá prometemos volver por otras bondiolas completas. Seguimos caminando.

costanera sur

La princesa

En el puesto de al lado El Parrillón, dos policías charlan con Valeria, la encargada, y se van sorprendentemente con las manos vacías.

Decir que Valeria prácticamente nació entre choripanes no es una exageración: a su padre se lo conoce como el “Zar del choripán”. Según este reino de los embutidos, Valeria por descendencia vendría a ser la Princesa del chori.

“Quieren poner carros de acero inoxidable, que cuestan como 200 mil pesos cada uno”, cuenta sobre los detalles de los nuevos puestos. “Muy PRO”, define, “muy yanqui”.

Sin embargo, Valeria, que no tiene la urgencia del traslado, dice llevarse “bien” con la dirigencia de Espacio Público y lo resume en una frase, tan resignada como cierta: “Hay que convivir”.

La Princesa, con la perspectiva que le dan los años y la fama en el rubro, y sin urgencias de reubicación, hace una lectura positiva de estos cambios: lo ve como un paso hacia la “regulación” y un orden que deje en paz a los puesteros con temas de licencias, salubridad, coimas, aprietes. Para Valeria lo primordial es trabajar: tiene dos hijas, una de 5 llamada Alma que se lleva todas las anécdotas. “Todavía tiene chupete, y cuando le digo que lo deje va y me trae la caja de cigarrillos. “Ves, mamá, acá dice que no podés fumar. Si vos no lo dejás ¿por qué yo tengo que dejar el chupete?”. Así Alma logra mantener la negociación, y seguir chupeteando. Valeria se ríe: “Es artista, le gusta pintar, hacer teatro, telas… Por eso le tuve que pagar un colegio especial”. Su otra hija también se inclinó por el arte: “No sé de dónde me salieron si yo vendo chorizos en el medio de la calle”.

Valeria resume sobre la adaptación a estos cambios: “En una de esas en unos meses pasás y me ves con delantal y gorrito amarillo”. Con una media sonrisa cierra la idea.

Prioridades

costanera surApenas cruzamos, antes del Faena, vemos una construcción de los años 20 donde funciona la sinagoga Beit Jabad Puerto Madero. Además de una casita hay un amplio jardín cercado, y en este momento un auto Audi.

Tal predio fue cedido en 2007 por el entonces jefe de gobierno Jorge Telerman a la asociación israelita argentina Tzeire Agudath Jabad, mediante un permiso de “uso gratuito e intransferible” por el término de 5 años.

Quizá esta pequeña reseña marque una paradoja sobre las prioridades de los gobiernos, como fue en el caso del ex Padelai en San Telmo: http://www.nosdigital.com.ar/2013/04/techo-para-todos/

A pocos metros se alza el Faena Arts Center con un largo cartel que cuenta: “El Faena Arts Center está situado en el corazón de un antiguo molino que antaño alimentó a la Europa de la posguerra y que hoy vuelve a nutrir al mundo a través de la cultura”.

La metáfora del molino – uno de los más grandes molinos de trigo del país- quizá sea otro de los símbolos de los cambios de este barrio y a quienes benefician.

La Feria

Caminamos de espaldas al humo de las parrillas, a pocas cuadras, a lo largo de toda Defensa se erige la feria y la movida cultural más grande de la Capital. Desde el bajo viendo hacia la autopista no se distingue el empedrado de San Telmo: hay tanta gente que se ven sólo las cabecitas, como en un recital o una cancha de fútbol.

Todos los domingos, cientos y cientos de feriantes arman los puestos y dejan un corredor callejero y peatonal. Se venden tantas cosas que incluso muchas no tienen términos que las evoquen, pero sí clientes.

¿Cuántos puestos de trabajo generará esta movida autogestionada?

Pasamos sobre un teatro improvisado, escucho risas. Un hombre está visiblemente terminando su show, tiene una gorra en la mano y dice: “Piensen en el teatro callejero, en cuánto vale su diversión, y en cuánto gastarían si van al teatro a ver a Carmen Barbieri…”. Las carcajadas cierran la reflexión, que va en serio.

En una de las calles que salen hacia la izquierda nos encontramos con Naty Menstrual, sentada en un sillón que tiene incorporado en el apoya brazo un cenicero, frente a su puesto. Nos habla de un licuado de banana y leche que quiso tomar en un bar, pero que no lo logró, porque primero le dijeron que no tenían sorbete, después que no tenían hielo, después los mandó a cagar. Su capacidad de contar anécdotas se interrumpe por un turista que mira el puesto repleto de remeras y zapatillas pintadas por ella y algunas copias de su libro. Aunque dice no hablar inglés, mientras nos alejamos, los vemos en una charla fluida. Hay que vender porque hay que comer.

Más allá, una comparsa avanza. La gente baila, los turistas filman. Los interceptamos justo en la calle que en la que todos los domingos desde las 18 hs toca Jamaicaderos (desde hace años, a pesar del gobierno porteño: http://www.nosdigital.com.ar/2013/07/la-calle-es-nuestra-y-la-fiesta-tambien/)

Alejandro está con su saxo a un costado, esperando que pase la comparsa para volver a tocar: “Hay que convivir”, dice sobre los códigos callejeros que dan lugar a todos, con la misma frase que usó la Princesa del chori.

Cuando la comparsa pase, quizá se le ocurra a Alejandro una versión reggae del tango Sur de Homero Manzi y Aníbal Troilo:

“La esquina del herrero, barro y pampa,

tu casa, tu vereda y el zanjón,

y un perfume de yuyos y de alfalfa

que me llena de nuevo el corazón.

Sur,

paredón y después…

Sur,

una luz de almacén…

Ya nunca me verás como vieras,

recostado en la vidriera

y esperándote.

Ya nunca alumbraré con las estrellas

nuestra marcha sin querellas

por las noches de Pompeya…

Las calles y las lunas suburbanas,

y mi amor y tu ventana

todo ha muerto, ya lo sé…

Nostalgias de las cosas que han pasado,

arena que la vida se llevó

pesadumbre de barrios que han cambiado

y amargura del sueño que murió”.

 

 

 

La Comunicación hace la fuerza

Los socios de Comunicaciones se mandaron una gesta tremenda: aguantaron el interés que tenían Daniel Hadad, Mauricio Macri y Hugo Moyano para quedarse con su club, un pulmón estratégico de la geografía porteña. Ahora el club revivió: se disfruta en las parrillas de la primavera, que arrancó con un triunfo sobre Barracas Central, el club de Moyano.Y cuatro chicas nos cuentan por qué el barrio entero salió a poner el pecho por Comu: “Si te sacan el club te borran la historia de tu vida. Es una cuestión de identidad. Es como si te sacaran los años de la infancia”.

Entrar al club, ahora, es distinto.

Hay pelotas rodando, botines chillando contra el cemento, remeras transpiradas, gritos de gol de un montón de nenes y nenas que disfrutan de una tarde de sol en un club. En su club. De repente, es fácil perderse. Comunicaciones con gente es otra cosa. La imagen de la desolación ya no existe y, a veces, cuesta un poco recordar cómo eran esos caminos vacíos con tanta pelota y tanta gente yendo de aquí para allá.

Incluso, piden los carnets. No se ven sonrisas más grandes que cuando los relucen, los muestran y dicen sin decir: “Sí, soy socio, este club es mío y voy a pasar”.

El miércoles 22 de Agosto hubo un fallo a favor de la apelación de Asociación Civil. El club no va a ser de Moyano, como se había sentenciado a fines del año pasado. Vuelve a ser de los socios por tres años más. El salvataje llegó: consiste en una prórroga para levantar la maldita deuda y terminar con la angustia de una buena vez.

Por la senda victoriosa de un club con gente alegre que juega a la pelota se ve a los costados de ese camino, y bajo la luz del día que todo lo refleja, un pasto desbordante y verde furia se encima sobre el paso. Si se sigue por esos parques crecidos y descuidados, pruebas materiales de lo hecho por el fideicomiso en los últimos doce años, se encuentran las mesas, también rotas. Sobre una de ellas hay un montón de cosas: un termo, algunas mochilas, un par de bolsos, cartas, juegos de mesa, comida. En unas reposeras, a los pies del mate y el bizcocho, disfrutan de su momento cuatro mujeres. Cuatro socias.

Laura Díaz, de 25 años, morocha, piba de club, hermosa y pasional. Socia desde que nació. Va a la cancha todos los domingos. A la popular, nunca platea. Cristina Bulcano, la mamá de Laura, socia de “toda la vida”, la verborragia por Comu casi que no la deja hablar. Nadie pregunta su edad. Se muestra contenta y satisfecha. Marta 1, no quiso decir su apellido, socia desde los 12 años. Ya es abuela. Nadie, como corresponde, pregunta su edad. Al principio no quiere hablar mucho pero luego se abre y dice lo que sintió en los últimos años. De pelo rubio y bien arreglado no deja el termo en ningún momento. Marta 2, tampoco no quiere decir su apellido. “Nosotras somos las Martas de Comunicaciones”, dicen. Pelirroja. Sus nietos también van al club. Amante de las charlas y juegos en esas reposeras, en esos pastos, en esas mesas pero, sobre todo, en ese club que es Comunicaciones.

Contestan todas juntas, se interrumpen. Van construyendo todas juntas la misma respuesta: Comu es de sus socios.

¿Cómo vivieron los últimos doce años de quiebra y fideicomiso?, les preguntamos.

“Ay, no, no, por favor, no hablemos de eso”, ruega Cristina. Su hija la interrumpe y dice: “Me acuerdo hace 10 años, un verano, vine con la bici, como todos los días, y el club estaba cerrado. Llegué y no había nada. Por un mes y medio estuvo cerrado. Eso para los socios fue terrible. Sin nuestra pileta, sin nada. Tenía 15 años y me puso muy mal”. Los primeros golpes de la quiebra rompieron en los lugares más cotidianos. “Hacía fútbol femenino y danza jazz, esas actividades desaparecieron”, dice la nostalgia de Laura. Las Martas se funden en una sola voz: “Sentimos mucha tristeza. Qué te parece. Todo se iba destrozando, poniendo sucio. Cada vez peor. Pero las reposeras y el mate siempre estuvieron. No nos movieron. Aguantamos acá afuera. Tomando solcito, claro”. Se ríen entre ellas y se festejan los chistes, pero se ponen serias cuando tiene que recordar la razón de tanta resistencia: “Queremos el club para nuestros nietos, para poder seguir viniendo”. Laura vuelve a romper todo con su pasión y deja en claro que significaron los años de quiebra: “Cuando ví Luna de Avellaneda para mi fue Luna de Agronomía. Lloraba desconsolada. Fue tal cual lo que nos pasó. Todavía no puedo creer que ya pueda hablar de esto en pasado. Estos 12 años fueron eternos. Venía al Club porque lo amo. Porque si ves las instalaciones, no hay otra razón más que esa: el amor y la pasión. Vengo y la paso bien: es mi casa, no importa cómo esté”.

Sin importar la cronología de los hechos, rebobinan y se ponen a recordar sus historias de juventud y de la infancia. Cristina toma la memoria: “Yo acá viví mi juventud, desde los 13 años. Hacíamos gimnasia, teníamos amistades, nos metíamos a la pileta…”. Los primeros novios, le insinúa alguien de la mesa. “Yo también fui joven…”, dice, muriéndose de risa. Sigue: “Después asocié a mi marido y mis hijos se criaron acá. Nuestra vida como familia se fundó en Comu. Nací en Agronomía. Pensaba: si me sacan al club qué hago… Ahora, mi hijo me dijo: este verano no nos vamos a ninguna parte, el verano lo pasamos en el club”. Marta 1 toma la posta y dice que es socia desde los 12 años, que siempre usó la histórica pileta, pero que nunca hizo deporte. Se ríe. “No, para nada, deporte jamás”, vuelve a decir. “Siempre mate nosotras. Charlamos con las chicas, hacemos reunión social. Cuando estamos solas jugamos al rummy, jugamos”. Marta 2 no la deja terminar y retoma:” Sí, y al burako también. Charlar y jugar y tomar mate. Siempre juntas. No necesitamos psicóloga nosotras…”. Para qué, si somos las chicas del mate y del burako de Comunicaciones”, dicen las dos en un coro lleno de risas.

Lo que más contentas las pone es hablar para atrás. Sentir que ya están en otro lugar. Pero, ahora, ¿hacia dónde va Comunicaciones? ¿Qué tienen que hacer para no dejar pasar estos nuevos tres años como los últimos doce? De a poco, como pueden, lo van contestando. Empiezan las Martas, otra vez, al unísono: “Recuperamos las esperanzas, estamos muy contentas. Ahora tiene que perdurar”. Laura entiende que se tienen que empezar a arreglar las cosas de a poco: los parques, los quinchos, las parrillas, las mesas, las canchas, la tribuna. Que vuelva danza jazz. “Comu es mi vida, lo quiero ver bien. Es mi casa. Rato libre que tengo me vengo al club. No puedo entender los fines de semana sin el club. Es todo. Acá me siento bien, lo amo. Me siento cómoda”. Laura deja de hablar y piensa y vuelve a decir: “Sí, estamos felices. No saben lo que fueron las últimas semanas. Terribles, muy deprimentes”. Consideran que la toma del club fue clave. “A partir de ahí nos empezaron a escuchar”, dice Cristina.

Agradecen todas juntas los gestos de esos hinchas de otros clubes, que en el fútbol son rivales de toda la vida, pero cuando vieron que lo que peligraba era un club dejaron las camisetas de lado y dijeron todos: “Vamos Comu”. “Muchas gracias a todos”, dicen todas juntas.

Y, entonces, hay una idea que empieza a surgir en ese mismo instante. Laura es la encargada de exteriorizarlo en las palabras más barriales y simples y bellas: “Después de esto empecé a entender. Entendés que un club es más que un equipo de fútbol. Es esto: el mate, la parrilla, el parque. Las amistades, también la familia. Esto debe ser un inicio porque si le pasa a Comu le puede pasar a cualquiera. Hay que solidarizarse siempre con el socio de otro club que pasa por estas situaciones. Agradecemos mucho a los que nos apoyaron. Si le pasara a otro club, ahora, yo estaría tan mal como si fuera Comu. Los apoyaría, lucharía con ellos. Porque ahora lo entiendo: lo que hay que defender es la idea del club. Si te sacan el club te borran la historia de tu vida. Es una cuestión de identidad. A mí me sacás todo, los años de mi infancia. Es el sentimiento. Los colores, el nombre. Estuvimos por perder el club entero”. Las palabras dejan mudos a todos. Después de un silencio, su mamá retoma la palabra: “El club es para los socios. No para empresarios. El socio se tiene que involucrar, defender sus derechos y solidarizarse con los demás clubes de barrio. Fijate que a nosotros nos querían cambiar los colores… No, pará, estamos todos locos, no jodamos. Querían poner verde y blanco: de Excursionistas, encima, una locura”. Laura se ríe.

Imagen: NosDigital

¿Y cómo pudieron confiar, entonces, alguna vez, en el salvataje que prometía Macri, un símbolo de la lógica empresarial en los clubes? “Estábamos desesperadas”, arranca primero Laura. “Nos desilusionó mucho, nos traicionó. Pidió que lo votáramos, lo votamos y después desapareció del mapa. Nos dio mucha bronca. Jugó con nuestra pasión, con nuestro sentimiento”, dice Cristina. Al poco tiempo de aquel engaño el juez de la causa, Fernando D´alessandro, le dio el club a Hugo Moyano, para hacer la Mutual de Camioneros. Laura arremete contra él: “Moyano decía que acá no había socios. Que era un club fantasma. Nos dieron por muertos. Y la gente de afuera lo pensó, se lo creyeron. Pero los socios siempre estuvimos. El símbolo fue la toma”.

Otros de los símbolos sucedió el primer sábado de septiembre. El Cartero jugaba su primer partido de local después de la gloriosa noticia del salvataje. ¿Contra quién? Contra Barracas Central. Sí, justo el club que maneja Moyano, el equipo al que le dicen el Camionero. Es decir: un club que iba a ser el futuro de Comunicaciones. Las banderas y los cánticos se tornaron lucha. Durante todo el partido se escuchó: “Comu es de su gente, la pasión no quiebra”. Ganó Comunicaciones. Fue 1-0. Algunos dijeron que fue la victoria simbólica más importante de la historia. Lo que sí todos dijeron fue que el triunfo había sido otro, semanas atrás, cuando Comunicaciones siguió siendo de su gente y de nadie más.

Las chicas lo disfrutaron más que nunca. Estuvieron ahí, por lo menos Laura y Cristina. “Las que vamos somos cuatro o cinco mujeres. Nunca platea, jamás. Siempre popu, al lado de los trapos y los bombos. Nos encanta ir juntas. Recuerdo un montón de cosas. Desde los tres años hasta ahora.” Es como ir al lugar en donde las cosas pasan, dicen madre e hija, con la sonrisa del triunfo grabada en el rostro. ¿Y las Martas? ¿No van a la cancha? “Noooo, estás loco. No nos importa el fútbol. A nosotros nos interesa algo mucho más grande: ser socias”.

Mientras se toman las fotos se generan los diálogos más insólitos. Las Martas son un estallo. El fotógrafo empieza a dar indicaciones y el show empieza.

-Agarrá el mate, Marta, cómo vamos a salir sin el mate- dice Marta 1.

-Bueno, qué se yo, Marta, nunca nos sacaron fotos a nosotras-

responde Marta 2, aunque a esta altura ya se confunden.

-Sentate, Martita- dice Laura.

-Esperá que agarró el burako. Es un símbolo- dice una de ellas.

Es difícil no romper en carcajadas. Pero, lo más lindo, quizás, sea que se note a leguas que están contentas, están disfrutando de su club justo en ese instante. Empieza otra vez.

-¿Tienen lectores mayores, che…?- dice la loca del burako.

-En una de esas tenemos suerte, Marta, y embocamos algo- le responde su amiga.

– Nooooo, que mi marido me va a decir: ¿dónde te metiste, Marta?

Se mueren de risa. Ya es imposible distinguir cuál es cuál, pero siguen con su diálogo. Con el monólogo de las Martas.

-Ay, basta, Marta.

-Marta, agarrá el carnet.

-Bueno, dale.

-Pero dejá el burako, Marta.

-Lo dejo o no lo dejo, no te entiendo, Marta.

-No, tenés razón. No lo dejés: nosotras somos las chicas del burako y del mate.

Entonces, vuelven a juntar sus voces: “Somos las chicas de comunicaciones y con esta producción de fotos vamos a competir con Paparazzi”.

Para conocer más sobre toda la resistencia de Comunicaciones:

http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2011/05/el-sentimiento-no-se-remata/

http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2011/11/la-misma-basura/

http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2012/07/club-tomado-por-sus-duenos/

Mucho palo pa’ que aprenda a no crear

Los atropellos del Gobierno de la Ciudad a la cultura no tienen frenos. Políticas de desfinanciamiento, mercantilización del arte y cierres de espacios culturales. Esta vez, la clausura le tocó a San Nicolás Social y Cultural. Para el domingo 5, organizan el Festival de Inspección Popular frente al Ministerio de Cultura.

La puerta es alta y angosta, la siguen algunos escalones y otra puerta. Adentro – y arriba –tantos recovecos como historias se apretujan y se esconden a lo largo de esta casona, típica chorizo. Desde el zócalo, me mira el recuerdo de la risa de unas noches atrás. Sigo. Hoy hay fiesta en las paredes; se celebra un cumpleaños, pero eso yo todavía no lo sé. El patio, corazón de cualquier casa como ésta, está techado, y apenas sopla el frío que afuera se siente hasta lo más hondo del ombligo. Pero ni este patio es como otro patio, ni esta casa es cualquier casa. Acá funciona, desde hace casi un año, San Nicolás Social y Cultural. Un lugar de encuentro y de expresión de artistas de múltiple lenguajes, donde los que se sientan en estas sillas no son espectadores, sino amigos de la casa con participación activa en el devenir de cada noche. Si te encuentra la mañana en San Nicolás, vas a descubrir que es también un espacio de formación, con talleres diarios. Se me mezclan los tiempos y me trabo con la conjugación de algunos verbos. Lo certero es lo que pasó la noche del 19 de junio: “Había un recital de Pablo Dacal, un cantautor que estaba cantando sin micrófono y con la guitarra sin amplificar; había 50 personas sentadas en las mesas, un clima súper íntimo, súper tranquilo. Y bueno, cayeron. Tenían  el flyer del evento y la gacetilla de la difusión impresa. Nos clausuraron”, recuerda Pablo Vergani, uno de los coordinadores del espacio. Como la cultura no duerme, enseguida empezaron a organizar el Festival de Inspección Popular que tendrá lugar frente al Ministerio de Cultura porteño el domingo 5 de agosto desde las 15 hs. “Esa misma noche, empezamos a movernos. Nosotros ya sabíamos cuál era la situación, sabíamos cuál era la política sistemática que se estaba sosteniendo. Sacamos una solicitada en repudio a lo que nos pasó pero también para instalar el tema de las políticas culturales y rebotó en Facebook más de mil veces; fue como toda una efusividad con eso y entendimos que de alguna forma teníamos que canalizarlo en movilización real y que no quedara en compartir una foto o poner ‘me gusta’”, nos dice Pablo. Va a haber música, pintura en vivo, teatro y otras manifestaciones artísticas. El cierre será la clausura del Ministerio por no tener habilitación social.

En la Ciudad de Buenos Aires, se calcula que los centros culturales en peligro de cierre son más de 60. ¿El motivo? No tienen habilitación comercial. ¿La trampa? La legislación porteña no contempla la figura de los Centros Culturales y Sociales en su Código de Habilitaciones y Verificaciones. Deja un vacío legal complejo y obliga a estos espacios a tramitar una habilitación como “café-bar”, “club social y deportivo” o “teatro independiente”. Como dicen desde San Nicolás: Los mismos requerimientos que se exigen para que un bar de Palermo cobre en dólares un plato de fideos con albóndigas y para montar mega recitales en estadios, se reclaman a proyectos autogestionados, de encuentro, cooperativos. “Queremos la habilitación, pero la que nos reconozca en nuestra compleja especificidad, en el tipo de espacio que somos. Ese vacío legal, en vez de reconocerse como falencia, se utiliza estratégicamente para cerrar espacios. Hay prostíbulos que se habilitan como boliches y ante eso se hace la vista gorda; en cambio, a los lugares que escapan a la lógica comercial, con una función social clave, se los clausura sistemáticamente, se los persigue”, nos dice Pablo. Casa Orilla, Espacio Cultural El Puente, San Nicolás Social y Cultural, Casa del Pueblo, Centro Cultural Pachamama (“El Pacha”), Compadres del Horizonte, La Usina Cultural del Sur, Centro Cultural y Social Almagro, Casa Zitarrosa son solo algunos de los espacios clausurados o con orden de desalojo durante la gestión del PRO. Si a esto le sumamos el desfinanciamiento de programas como Proteatro y Cultura en Barrios (con más de 500 talleres cerrados), el desalojo de la Sala Alberdi y los numerosos conflictos con los trabajadores de distintos teatros municipales… ¡qué pobres vamos quedando! ¿Será que no alcanza la plata? Más bien parece lo contrario: hace algunos días se hizo público que en un acuerdo firmado por los ministros de Cultura, Hernán Lombardi, de Desarrollo Económico, Francisco Cabrera y el brasileño Roberto Medina, presidente Dream Factory, el Gobierno porteño accedió a ceder gratis el Parque de la Ciudad para el Festival Rock in Rio y a hacerse cargo de adecuar las instalaciones del parque público.

Para hacerle frente a estas políticas – de negocios – culturales, se conformó el Movimiento de Espacios Culturales y Artísticos (MECA). En el 2011, los 15 centros culturales nucleados en MECA elaboraron y presentaron ante la legislatura porteña dos proyectos de ley: uno para regularizar la situación de los sitios de cultura emergentes y crear la figura de “Centro Cultural y Social” y otro para que se fomente la actividad desde el Estado. A más de un año, no hay novedades. “Te obligan a funcionar a puertas cerradas cuando nuestra lógica es diferente, nosotros queremos ser un espacio abierto, comunitario, al que se pueda acercar cualquiera. Hay todo un circuito de estos espacios, que cada vez son más, pero que en un 90% funcionan a puertas cerradas, para quienes saben dónde queda o a quién preguntarle, y eso atenta contra la lógica de esta movida. Nosotros queremos funcionar a puertas abiertas, difundir las actividades que hacemos. No es la idea ser marginales.” Pero las ausencias también son políticas. En la era post-Cromañón, son muchos los medios de comunicación que se han encargado de vincular la cultura, la inseguridad y la juventud, en vez de enfatizar lo obvio: las relaciones y los acuerdos entre funcionarios del Estado con empresarios inescrupulosos que privilegian el carácter mercantil de la cultura. Pablo agrega: “Es como lavarse las manos, como no son lugares que dejen rédito comercial, para ellos es preferible que funcionemos a puertas cerradas sin habilitación y caer y clausurarnos, que darnos una habilitación que nos corresponda y fomentar económicamente. Pero si está presente un ente gubernamental, ya tienen la responsabilidad. En lugar de hacerse cargo, prefieren esto.”

Pablo todavía se acuerda cuando el año pasado la casa que había sido de su familia por tantos años quedó vacía y su vieja le dijo si no la quería alquilar él. Se acuerda cuando se lo contó a un amigo y enseguida salió la idea del centro cultural; esas primeras semanas de acomodar todo con las manos que se multiplicaban a cada instante. Un año después, los amigos son cada vez más y todos trabajan para el festival del domingo. Dejamos que lo digan ellos: “El domingo 5 de agosto, vamos a demostrar qué es lo que defendemos. La música en vivo, la pintura, el teatro forman parte de nuestro irrenunciable patrimonio. Te invitamos a compartir una tarde disfrutando de todo ello, mientras alzamos nuestra voz para exigirle al gobierno porteño el merecido reconocimiento. Los espacios culturales autónomos no somos comercios y el Ministerio de Cultura de la Ciudad debería saberlo. No vamos a aceptar entrar en su lógica comercial. Mejor, que ellos exhiban su habilitación social.”. Nos vemos ahí.

La crónica de la calle

Activamos, salimos, dimos una vuelta y traemos una historia.
Escuchá las crónicas de la calle de Vámonos de Casa

-El Contrafestejo Cultural por el 12 de octubre: ¡Día de la raza las pelotas!- 14 de octubre del 2012

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– La expectativa y movilización en la Embajada de Venezuela en el marco de las elecciones- 7 de Octubre

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– Festival de arte abierto en la Plaza 25 de Agosto, Chacarita- 30 de septiembre del 2012
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– A 36 años de La Noche de los Lápices los estudiantes volvieron a salir a la calle: siguen escribiendo- 16 de Septiembre del 2012
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– Día de la Mujer Originaria en el Obelisco: festejos y alegría- 9 de septiembre del 2012
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-Emoción en Marcha, muestra fotográfica de danzas aforamericanas- 2 de septiembre del 2012
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– Acto de los 6 meses de la tragedia de Once: 51 + 1 muertos, 700 heridos, ningún procesado – 26 de agosto del 2012
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-Festival Mundial de Tango en el Parque Centenario – 19 de agosto del 2012.
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-El nieto 106, la restitución de la identidad de Pablo Javier Gaona Miranda – 12 de agosto del 2012
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-Festival del Frente Cultural de Artistas del Borda – 5 de Agosto del 2012
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– Exposición de Fotoperiodismo de ARGRA – 22 de Julio del 2012
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Juicio Cromagnon II – 15 de julio de 2012
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Meta balas en vez de goles

Los socios del Club Español conviven con la Policía Metropolitana. Así lo quiso Macri, en lugar de levantar allí un centro deportivo. Los muchachos que patrullan la Ciudad no saben cuidar la identidad de un club que pasó de tener 25 mil socios a 400, que está por descender a la D y por desaparecer.

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Sin fondos, con la deuda apretándole el cuello y con el riesgo de descender a la Primera D, el Club Social, Deportivo y Cultural Español está a punto de desaparecer. Ya no es la institución que llegó a ser la más importante de la colectividad española en Buenos Aires, que tuvo medallistas olímpicos en patín artístico que se criaron en el club. No queda casi nada de ese establecimiento modelo que albergó a 25 mil gallegos. Ni siquiera quedan esos socios: ahora son apenas 400. Son las consecuencias de tres instancias de quiebras, de remates incesantes, del ojo esquivo de la AFA que nunca quiso salvarlo. Es lo que queda de un club que perdió por completo su identidad y que tiene al enemigo cerca, muy cerca. Tiene al macrismo adentro del predio.

Cuando por fin logramos que nuestros pies pisen el club, nos cuesta creer que sea eso. Sólo se ven tres canchas auxiliares de fútbol, otra de baby, un estacionamiento, la histórica confitería donde los fundadores del club juegan a las cartas. Es la resaca que les quedó a los gallegos de ese predio de 14 hectáreas sobre la calle Santiago de Compostela, en el Bajo Flores. Las cinco piletas, una de ellas olímpicas, y sus canchas de tenis, béisbol y sóftbol ya no están. El hockey sobre patines, pese a haber sido subcampeón metropolitano, fue borrado del mapa. El básquet también dejó de existir, porque todas sus categorías perdieron su plaza en la Federación. Los quinchos fueron eliminados, los gimnasios también.

Pero, a pocos metros, todo cambia.

Lo que supo ser parte del complejo deportivo, hoy es el lugar de entrenamiento de la Policía Metropolitana, que pareciera ser más un cuartel militar.
Es la política macrista: de un club social a un centro de formación policial.
Hace años que Mauricio Macri está detrás de los males de Deportivo Español. Exactamente desde el primer pedido de quiebra. Fue en 1998, dictada por el juez Juan Gariboto, debido a los grandes problemas económicos. ¿Quién había hecho el pedido? El actual Jefe de Gobierno. Al poco tiempo de asumir como presidente de Boca, Macri faltó a todos los códigos: su equipo fue el primero en más de 100 años en pedirle la quiebra a otra entidad deportiva. Todo por una insólita suma de 80 mil dólares. Esto surgió después de que les cedieran a préstamo sin cargo y sin opción a jugadores que no eran tenidos en cuenta en 1996 por el xeneize, como el arquero Sandro Guzmán, o el goleador Silvio Carrario, entre otros. Por todos los jugadores que llegaron desde Boca, los gallegos pagaban 500 mil dólares mensuales de contratos, una locura increíble para el club, que lo dejó al borde del abismo económico y que fue el puntapié inicial para su debacle deportiva.

En el año 2000 llegó la segunda quiebra, después de descender a la Primera B Metropolitana. El juez Juan Garibotto decidió el cierre definitivo del club. En ese momento, el reclamo de los socios e hinchas se hizo oír: se encerraron una semana dentro del club para que no se remataran las instalaciones. Por esos días, en los que Racing transitaba una senda parecida, se dictó la Ley de Fideicomiso en Argentina, una ley que indica que los bienes de las sociedades civiles sin fines de lucro no se pueden rematar por un plazo de diez años. Español seguía resistiendo.

El tercer intento venía con un remate inminente de las instalaciones del club. Luis Tarrío Gómez, perteneciente a la peña “La Furia” y uno de los máximos responsables de que el club al día de hoy siga con vida, relata un poco la desesperación que tenían por salvar su club. “Fui a una presentación en la que se juntaba gente importante de los clubes supuestamente para defenderlos de las sociedades anónimas deportivas. Ahí no se mencionaba a Español, que estaba a días de poder morir. Hablé, peleé y a partir de ser escuchado ahí se pudo hablar con el por entonces Jefe de Gobierno (Aníbal Ibarra) y nos salvamos del cierre definitivo”.

En 2003 se salvó la ejecución de los bienes, incluido el Estadio España, por la redacción de la ley de expropiación temporaria, que transformó al club una personalidad jurídica. Así, pasó de llamarse Deportivo Español a Club Social, Deportivo y Cultural Español de la República Argentina. Con la nueva ley se ganó tiempo. Era como sobrevivir, ya que la institución mantenía sus instalaciones embargadas y cerradas hasta la llegada de un nuevo comprador con el que deberían negociar.

Y otra vez apareció Mauricio. El cambio de gobierno en la Ciudad modificó el mapa. El club había sido comprado por la Corporación del Sur, entidad dependiente de la Ciudad por 7 millones de pesos, con competidores como Marcelo Tinelli, empresas vinculadas con Hugo Moyano y el ex presidente de River José María Aguilar, quien tenía pensado armar un complejo deportivo anexo en el predio del Sur de la Ciudad.

La Corporación se había comprometido a absorber la deuda y hacer del club un ámbito abierto a la comunidad. Pero con la llegada de Macri a Bolivar 1, la idea de armar la primera institución deportiva para la zona más humilde de la Ciudad quedó en la nada. Al ex presidente de Boca no le importó que ese haya sido el centro de reunión de la comunidad más numerosa de Argentina durante 50 años, menos le interesó que los vecinos de zona sur tengan un espacio modelo para la recreación y la práctica del deporte. Lo que la Coproración del Sur había comprado para que funcione un centro deportivo, el gobierno del Pro lo convirtió en un espacio destinado al Ministerio de Seguridad de la Nación. Todas esas hectáreas a las que hace un año le apuntaron las cámaras cuando fue la toma del Parque Indoamericano, están destinadas a ser sede de la Policía Metropolitana.

Al entrar allí, a esa especie de guarida militar en donde 500 cadetes se egresan cada año, es difícil imaginar que funcionó una sede deportiva. La pileta olímpica del club está desmantela y utilizada “para entrenar a los cadetes como si fuese una situación de calle”, según la voz de uno de los propios responsables del lugar. Las canchas de tenis pasaron a ser guarderías de perros policías. Las canchas de fútbol, ya sin arcos, son utilizadas como pistas.

Desde allí, desde el mismo predio en donde los cadetes entrenan de marzo a diciembre sin poder prácticamente salir ni siquiera a visitar a sus familiares, se puede ver parte del estadio Nueva España. Se puede ver el dolor de un club que perdió la identidad y que ya no enseña que es más fácil transitar la vida entre gambetas y amagues y gritos. Ahora se puede ver cómo unos tipos vestidos de azul instruyen a otros para ser futuros policías, para detener gente, para apretar el gatillo y después preguntar, para usar las pistolas Taser. Para meter balas en vez de goles. Las instalaciones pertenecen al Gobierno de la Ciudad y Macri tiene la potestad de hacer lo que se le antoje con ellas. Y lo que se le canta al jefe de gobierno es eso: formar agentes para su Policía Metropolitana.

“Hoy el Club no representa a la comunidad gallega, lo que antes era un lugar de fiestas y reuniones para los que somos descendientes de gallegos o gallegos, quedó en la nada”, cuenta Luis Tarrío Gómez. Manuel, uno de los pocos socios que quedan de Español, agrega: “Para nosotros un club es más que lo que representa a nivel deportivo, es un lugar de encuentro, y eso lo perdimos íntegramente de la noche a la mañana”. Hacia adentro del Club, las opiniones con respecto a las decisiones que se tomaron están muy divididas. Están quienes se reprochan haber terminado como terminaron y están los más optimistas, que plantean que al menos se pudo resistir al remate y que se pudieron salvar algunas hectáreas, de donde salen los únicos ingresos del club: de la cuota social y de las Inferiores. Uno de ellos es Tarrío Gómez, que afirma que de no haber sido por la buena voluntad de alguno de ellos, el club estaría totalmente desaparecido.

No desapareció, es cierto, pero agoniza. La Asociación que preside Julio Grondona mira para otro lado mientras hay un club que hace 13 años estaba en Primera, que este año bajó a la C, ahora está por descender a la D y va camino a la desafiliación. Un club que en estos años quebró tres veces a causa de malas administraciones –se recuerda a Francisco Río Seoane, quien está acusado de en 1994 haber quemado vivo a su competido en la elección a presidente el mismo día de los sufragios- y que ahora funciona como sede policial. “A Racing la AFA le dio una mano enorme para que no fundiera, a Español sólo logró mantenerla como afiliación”, cuenta César Francis, director de Todos por el Deporte y uno de los máximos responsables de que Español hoy siga vivo. Grondona vio cómo moría lentamente un club y no hizo nada para evitarlo. “Podría haber comprado el club, el predio y dejar que lo siga usando Español y que mientras se vaya pagando en un préstamo largo, como muchas veces ha hecho, pero no fue el caso, a la AFA se le desapareció un club en las narices”, agrega Francis.

El Club Social, Deportivo y Cultural Español grita ayuda, grita un cambio de timón para que no se pierda lo poco que queda. La frase de César Francis quizá resuma la respuesta de cómo puede cambiar el rumbo para el equipo gallego. “Quizás con otro Gobierno de la Ciudad que comprenda lo que es un club, lo que es la identidad de un club, se pueda salvar a Español”.

Acaso así entiendan el mensaje de que los clubes son de los socios. Y de nadie más.