La muerte de los ídolos es una fiesta

La banda española “La Pegatina” está de paso por Buenos Aires presentando su nuevo disco Eureka! Tras una década en la música, afirman que la gente ya no quiere ídolos, sino sentirse parte del equipo.

Ellos, hoy en Buenos Aires, son Romain, Ruben y Adriá, pero del otro lado del avión son también Axel, Ferran, Ovidi y Sergi. Todos son La Pegatina y como acostumbran arrancaron el viaje en musculosa y lo terminaron con pullover. Lo molesto de armar y desarmar infinitamente las valijas pierde importancia porque los de acá y los de allá, ellos y todos, no se imaginan haciendo ninguna otra cosa de sus vidas. Ellos hace diez años hicieron su all in a ellos mismos.

“Está difícil pensar en otra cosa que La Pegatina, es el 120% de nuestra vida”. El porcentaje es determinante desde hace un tiempo, desde que Romain y Axel llegaron desde Francia para sumarse y el equipo entero sintió la responsabilidad de ganar dinero con la música, principalmente para que ellos puedan quedarse. “A partir de ahí repartimos las faenas y cada uno dejó lo que estaba haciendo para sentarse única y exclusivamente en el grupo. Uno para que no muriera el proyecto porque nos gustaba y otra para que no muriera a nivel económico, para que pudiera seguir y la gente pudiera mantenerse”.

Convencidos de “el que no arriesga no gana”, montaron una pequeña empresa musical donde cada uno hacía funcionar una totalidad: La Pegatina. “El problema es que a muchos les pasa que les gusta mucho el grupo y tienen muchas ganas de tirarlo adelante, pero como no les da dinero se tienen que dedicar a otra cosa y esa otra cosa al final no les deja dedicarse a la música”. Prefirieron romper el molde sin saber si funcionaría. Hoy, lo siguen prefiriendo.

“No, esto no creemos que triunfe”, le respondieron en la primera discográfica a la que llevaron su material. La respuesta se convirtió en un empujón que los obligaba a buscar la forma de hacerlo diferente. “Ahí empezó a moverse la lógica dentro de nosotros y lo que dijimos fue ‘seguro que nosotros podemos trabajar como trabajan ellos’”. Sin frenos, grabaron su primer disco y averiguaron qué era lo que las productoras hacían y ahora ellos estaban por hacer. “Empezamos a trabajar nosotros como si fuéramos la gente que tenía que trabajar para nosotros, pero regalando el disco”.

¿Regalarlo? “Si nosotros hemos hecho el disco para que lo escuchen no para tenerlo en casa, pues entonces vamos a regalarlo y la gente ya vendrá a los conciertos y ahí empezamos con esta lógica”. Hoy con más de 45.000 discos vendidos – mucho más de lo que se requiere en España para ser disco de oro – demostraron que la descarga gratuita no excluye que la gente vaya y elija comprarlo.

–          ¿Por qué creen que funciona?

–          Se demuestra que hay una nueva forma de hacer, que está basada en el hecho de que la gente no quiere tener ídolos, sino que quiere tener a los músicos como amigos, entonces necesita formar parte del equipo. Los seguidores forman parte de nosotros. Entonces, se descargan la música pero luego quieren colaborar y te compran una camiseta o se compran el disco o van a un concierto. O simplemente se lo pasan al de al lado y también es una forma de colaborar, de compartir. Forman parte del equipo, es una forma diferente de entenderlo.

Los seguidores y la banda arman un equipo que trasciende las fronteras y ya lleva recorridos 15 países con más de 700 conciertos encima. China es una de las experiencias más flasheras que les tocó transitar, después de que el Gobierno aprobó las letras de sus canciones, llegaron sin que haya Google, ni Facebook, ni Twitter, ¡NI YOUTUBE!, y se entendieron sin que prácticamente no se hable inglés y a pesar de que las señas para comunicarse sean bastante diferentes. Todo eso no impidió que en la calle los frenen para las fotos, que en el show se enloquezcan y que ahora estén planeando una nueva gira.

–          Con experiencias así, ¿cómo hacen para seguir corriéndose de la figura de ídolo?

–          Lo bueno que hemos tenido es que hemos ido creciendo poco a poco, no hemos tenido un boom de golpe que de repente te encuentras que te para la gente por la calle. Entonces, no hemos sentido el agobio ese de ‘nos están mirando’. Se quita el mito del ídolo inaccesible por el que se busca la vida para acceder y de esta forma es más natural todo. Creo que la naturalidad es uno de los fuertes que tenemos y hace que la gente nos sienta como amigos, como compañeros suyos.

De todos esos que forman La Pegatina desde abajo del escenario ellos prefieren empaparse y los temas se vuelven universales. “Han traído el sol”, les dicen cuando llegan con la fiesta hecha música esperando explotar. Sin embargo, los ritmos que defienden fueron muchas veces menospreciados: “Ahora es la moda de la música indie y cuando se habla de música indie es la música independiente, es el folk, el pop y hay gente que acaba despreciando a la música mestiza. A veces, porque dicen que es facilona o que es fácil hacer música divertida. Me parece a mí que es todo lo contrario, hacer música divertida es como hacer el payaso, es muy difícil hacer humor, hacer algo triste o dramático le sale a todo el mundo. Poner fuerzas para hacer algo alegre u optimista a veces es complicado”.

Esa conjunción de ritmo, fuerza y fiesta parió a Eureka!, el último material de la banda que busca revertir ese preconcepto que posterga prestarle atención a la alegría. Durante un año laburaron las canciones para que cualquiera que lo escuche lo note: “Podrán decir que no les gusta, pero no podrán decir que no hay un trabajo detrás”. Las letras hablan de las giras, de poner a la banda como prioridad y de la hipocresía: “La hipocresía humana, individual, que luego al final se trasforma en algo colectivo y es el gran mal que ha jodido a todo, porque al final todo lo que pasa con la política, con la corrupción, con la avaricia, la ambición de la gente, esto viene por la hipocresía. Probablemente en el mundo del artista se ven cada día continuamente esas hipocresías; y hasta contigo mismo, que a veces necesitas estar por encima de todo”.

Ellos, que se suben más de cien veces por año al escenario para hacer música y justificar todos los cansancios que genera la gira continua. Ellos, hoy en Buenos Aires, pero con seguidores en todo el mundo, con canciones en siete idiomas, con festivales multitudinarios coreándolos, con pedidos de fotos y autógrafos en casi todos los cafés que se toman. Ellos sostienen que lo fundamental es “sentirte bien con uno mismo y creer en lo que haces a nivel personal, y a nivel colectivo estar bien con el prójimo, todo lo demás son las guindas de los pasteles”. Ellos ¿se creen exitosos? “No es éxito, es trabajo bien hecho, son los frutos del trabajo”, dicen.

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Rock, familia y autogestión

La Escuela del Desaprender se fue de gira y NosDigital se subió al micro. Lejos del mito del descontrol, una banda de rock que se sostiene desde el compartir y la horizontalidad.

– ¿Qué es para ustedes la autogestión?
– “La autogestión para nosotros es algo que no elegimos, sino que es una obligación”.

Obligación un poco impuesta que estrecha los caminos para las bandas under. Obligación un poco elegida más allá de las puertas que se cierran o se abren. Obligación que por fuera de los límites que la establecen no deja de ser realidad. La autogestión es ante todo arremangarse y estar dispuesto a la construcción, así lo viven, haciendo.

Diego, baterista de “La Escuela del Desaprender” da la respuesta en plural unificando su voz con la del resto que conforma el equipo: Gastón (Voz), Gonzalo (Guitarra), Dieguito (Guitarra y voces), Juani (Bajo) y Damián (Saxo y armónica). Juntos desde hace unos años edifican desde la música encarnada en un rock potente y directo un grupo de pertenencia.

El micro espera donde las cosas empiezan a surgir, en Valentín Alsina, en el medio de una calle que marca el principio del fin de semana. Extremadamente temprano para un sábado y para el rock, los únicos que agitan son los que el fernet los delata como girosos. El resto se refugia en el mate y en las colchas. Los músicos terminan de subir los instrumentos al micro. El manager – puteada de por medio – tilda nombres en una lista. Todos laburan. Alguien pone primera y se anticipa la partida hacia Rosario.

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Primero fue una combi, después fue otra combi, después un bondi y una combi y terminó siendo un micro larga distancia y salió. No lo podíamos creer”.

En el primer piso del micro se vuelve a agarrar la lista y preguntar por los que faltan. Hay que hacer tres paradas antes de agarrar la ruta. El pibe que sube último tiene que recorrerlo entero para encontrar el único asiento vacío. Hay que anotarse en una lista con nombre, apellido y documento, la cuestión es organizada. De a ratos, para pedirle el apellido a alguno, los llaman con su apodo de Facebook y se presentan ahí mismo. Para varios es la primera vez que viajan con la banda y ni siquiera se conocen, pero todos se saludan y ninguno queda fuera de la charla.

El viaje se empieza a tejer como una telaraña de relaciones casi naturales, nada es forzado, todo fluye y se aleja del imaginario del micro con la banda y las heladeras llenas que viajan cómodos para llegar a destino y bajar con lentes negros y capuchas que escondan las ojeras. De esas cosas que vemos en películas no pasa nada. Mezclados están la banda con su familia, muchos con sus mujeres, novias, incluso el padre de alguno comparte el viaje y están también sus propios seguidores. Las energías se perciben diferentes porque no hay escalafones que marquen quién está arriba del escenario y quién está abajo, el fernet rota de mano en mano y toman todos juntos del mismo vaso, todo se vuelve circular, compartido.

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A nosotros nos interesa que la gente, más allá del show, nos conozca cómo somos y también conocerlos a ellos. Por ejemplo, tenemos en la sala un lugar atrás que era un parque lleno de pasto que lo cortamos y ahí tiramos un par de parrillas y hacemos choriceada. Viene la gente, se juntan ochenta personas, ponemos música con todos los músicos ahí y la pasamos bárbaro. La idea es que la gente te conozca de otra manera, que puedas relacionarte con ellos”.

Todos mezclados y con lluvia, se llega a Rosario. Algún que otro dormido entrega la plata del viaje, algo así como $200 por cabeza, lo mismo que algunas grandes empresas te cobran sólo por llevarte. La guita queda en un segundo plano, no es un viaje para sacar un rédito económico, se cubren solamente los gastos necesarios para que la música llegue.

Desde los parlantes, el rock que se desprende de un pendrive que la banda había preparado empieza a dejarnos manijas. Da la sensación de que pensaron cada detalle; por eso, cuando bajamos del micro, la carne del asado está sobre la mesa larga de la casa que nos espera y el fuego ya está prendido. Los músicos son los primeros en agarrar la sal, empezar con las preparaciones previas al asadito y repartir las bebidas. El almuerzo culmina el compartir. Sentados juntos está el pibe con la remera estampada con el logo de la banda contando cómo llegó hasta ahí y quizás el mismo cantante es el interlocutor de la charla.
Se tejen relaciones y la red va haciendo que te sientas parte de un mismo grupo. Son lazos horizontales, todos con igual importancia para sostenerlas. Cuando se dejan los cubiertos la charla sigue, algunos cantan retruco, improvisan una zapada y caldean las gargantas para la espera.

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La idea es dar la comunión entre todos, por eso siempre recalcamos lo de la familia desaprendida. Nos interesa eso, no lo que es el show de la banda arriba y el público abajo. Si no hubiera escenario, nos gustaría estar ahí metidos tocando en el medio”.

Camino al show el pen drive ya no suena, esta vez suena el disco de La Escuela y una corriente enciende los cuerpos. Aparecen las banderas y alguien de la banda le dice al que tiene en la mano la bolsa con las remeras que reparta una a cada piba, ninguna se queda sin el logo pintado en el pecho mientras otra vez los músicos son los que cargan los instrumentos.

Todo lo cosechado durante el día se hace carne. La energía fluye sola, va, rebota y vuelve retroalimentada. La fiesta abajo es una continuidad de lo que pasa arriba del escenario. Todo se vuelve una misma sintonía cuando el rock estalla desde las remeras hacia ellos. Los vínculos quedan sellados y parecen poner en marcha el micro de regreso con la energía compartida de un grupo que se afianza. La estructura formal de un recital se diluye, los unos y los otros se comen el escenario y lo desaparecen. La banda sigue creciendo. Siempre a lo ancho, siempre horizontalmente.

escuela del desaprender