“Si no hay justicia, hay escrache”

Julieta Colomer es una fotógrafa argentina que militaba en H.I.J.O.S y era parte activa de la Mesa de Escraches Popular. Por las imágenes de este mecanismo de pedir justicia, expuso en el Museo Reina Sofía, de Madrid, y participó de charlas sobre la resignificación del espacio público. A su vuelta, invita a la reflexión sobre nuestra historia reciente y la compara con la realidad española.

Para la mayoría de los turistas que llegan a Madrid, el Museo Reina Sofía es lo segundo que se ve de la ciudad. A no ser que te subas a un taxi o a un auto particular para ir hasta donde te alojes en la capital de España, lo más probable es que – hayas viajado en avión o en tren o en colectivo – termines en la estación de trenes de Atocha, en pleno centro madrileño. Enfrente de Atocha está el Reina Sofía, uno de los museos más famosos y modernos de Europa. Allí duerme el Guernica de Picasso –la obra en la que el pintor español ilustra la salvajada de los bombardeos a esa ciudad durante la Guerra Civil – y varias otras joyas de Salvador Dalí y Joan Miró, entre otros. Mientras se recorre el primero de los cuatro pisos del Museo a las apuradas, porque la cita con la piel de gallina para ver el Guernica no se puede posponer demasiado, se pueden encontrar montones de obras seductoras que demoran el encuentro con Pablo Picasso. Exposiciones inesperadas. Por ejemplo: fotografías de los escraches que inventó H.I.J.O.S –Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio- en la década del 90’ para generar condena social en los vecinos de los represores, que sacaban a pasear su impunidad por los barrios mientras los amparaban los indultos, la leyes de Obediencia Debida y el Punto Final y, también, su apariencia de ancianos vecinos. “Si no hay Justicia, hay escrache”, era la consigna.

Negativos positivos.
Negativos positivos.

Las fotos son de Julieta Colomer, una fotógrafa argentina que militaba en H.I.J.O.S y era parte activa de la Mesa de Escraches Popular. “Es groso tener las fotos ahí. Son fotos que han estado en la calle, en centros sociales comunitarios, en predios que tomaron las asambleas post 2001. Han estado en La ideal en Villa Urquiza, en la casa de Cucha Cucha, que fue la casa que tomó la asamblea de La Paternal, en la olla de Callao y Corrientes. Post 2001, en la etapa de los cacerolazos, se había armado una especie de colectivo grande que unió a fotógrafos y documentalistas que se llamaba Argentina Arde. Y ahí hicimos muestras de fotos en la calle”, cuenta Julieta, a su regreso de Madrid, luego de pagarse el pasaje para ver sus fotos colgadas en las paredes del Reina Sofía y participar de distintas charlas. Las fotos estaban ahí porque formaban parte de una de la exposición que armó Marcelo Expósito, un español artista y activista social. A la muestra se la llamó Playgrounds,  porque trataba la resiginficación del espacio público, y se exhibió hasta finales de septiembre pasado. “Las fotografías de Julieta muestran la experiencia de los escraches desde dentro, a diferencia de otras visiones de tipo más periodístico o reportajista, constituyen documentos excepcionales de esa experiencia histórica vista desde su interior”, explica Expósito desde Barcelona.

-¿Cómo eran esos escraches de H.I.J.O.S?

-Los escraches apuntaban a la condena social. Fueron en su mayoría entre el 98’ y el 2006. Se laburaba dos meses en el barrio para construir ese consenso y esa condena social en los vecinos. Tenía diferentes partes. Primero una situación más cerrada, en la que H.I.J.O.S investigaba los legajos que conocía de militares y ahí empezaba la averiguación de si la dirección que figuraba en los legajos era actual. Después de ahí –cuenta Julieta Colomer- se trataba de pensar cómo sacarle la foto, porque lo interesante era hablar con el vecino pero también mostrarle que el tipo al que escrachábamos ya no era un joven, sino que la mayoría de los genocidas ya eran personas mayores, que pasaban como vecinos de tercera edad, y en muchos casos ya no se reconocían porque los legajos de la CONADEP son de hace mucho tiempo. Y al final, una vez que ya estaba el operativo hecho, se invitaba a la gente al domicilio para hacer el escrache al represor.

Los escraches de H.I.J.O.S fueron el instrumento para combatir la impunidad que encontró esta agrupación formada en 1995 por hijos e hijas de las víctimas del Terrorismo de Estado de la última dictadura militar argentina. En la Mesa de Escrache, además de militantes de H.I.J.O.S, había gente que se acercaba por las suyas: grupos de arte callejeros, alumnos de centros de estudiantes de los secundarios, gente del Sindicato de Motoqueros, o asambleístas de los barrios que estaba por pasar o por los que ya había pasado el escrache post 2001. Todo el laburo que le ponían a marcar la casa donde vivía un genocida con su familia, ante la indiferencia y el desconocimiento de la gran mayoría de los vecinos previo a que el escrache pasara por allí, tenía su fruto una vez que dejaban la zona. “Nos enteramos de varias situaciones en las que se tuvieron que mudar después de que pasamos, porque la familia no soportaba la presión de ser marcados. Sobre todo las esposas de los represores. Nos enteramos de algunos que se suicidaron. También hubo algunas reacciones de vecinos que acompañaban. Me acuerdo que en Villa Urquiza hicimos un escrache a un médico y laburamos con un jardín maternal. Al otro día del escrache, desde el jardín fueron y le tiraron pañales todos cagados. Nos encontrábamos ese tipo de reacciones”, cuenta Julieta, comunicadora social y fotógrafa de la Cooperativa La Vaca, para la que también realizó junto con Graciela Daleo, sobreviviente de la ESMA, un noticiero radial quincenal sobre los juicios de lesa humanidad que se están desarrollando en los tribunales federales de todo el país.

Imagen: NosDigital
Imagen: NosDigital

Además de testimoniar con su cámara el momento en que el escrache se hacía carne, o sea cuando se realizaba la movilización de vecinos a la puerta del escrachado, Julieta junto a otros compañeros de la Mesa de Escraches se encargaba de la inteligencia previa para generar ambiente y conciencia en el barrio. Así lo cuenta: “El operativo de sacarle la foto al represor era bastante complicado porque no podía abrirse demasiado. La mesa de escrache era un espacio heterogéneo y esa información la manejaba solamente H.I.J.O.S. Era un momento tenso el de la foto. Hubo uno que nos paranoiqueó mal. Habíamos ido con cinco compañeros en una especie de operativo clandestino que armábamos y ya de por sí era todo muy raro. Vivía en un pasaje muy chiquitito, tuvimos que pasar varias veces para ver cuál era la casa, eso ya nos botoneó un poco. Pero hicimos toda la movida para lograr que el tipo asomara la cabeza a la calle, porque necesitábamos sacarle la foto. Por lo general lo que hacíamos era llevarle una carta disfrazados, la idea era que saliera él, no su mujer ni un hijo ni ningún otro. Y no era fácil. Logramos que este tipo saliera y cuando le estoy por disparar la foto desde adentro de un auto, veo que me sacan una foto a mí desde la casa, de un piso de arriba. Entonces ahí fue como no entender nada. Fue decir dos palabras y subirnos todos al auto y nos fuimos. Mucha paranoia porque no sabíamos cómo se había filtrado. Nos dio miedo. Nunca nos había pasado”. La anécdota sirve para entender el laburo previo que había detrás de esos escraches y para comprobar que eran necesarios no sólo para construir condena social por la memoria de lo que esos genocidas habían hecho 30 años atrás con sus padres, sino porque muchos de los escrachados seguían en actividad. Y con poder. “El escrache ese se hizo dos años después. Fue muy raro porque era a un tipo que seguía en actividad, fue médico, obstetra de la brigada de San Justo, entregó bebes. El tipo nos jodió durante varios meses todo el laburo. Apenas llegábamos al barrio, la Mesa de Esraches hacía un mapa y durante los dos meses previos al escrache organizaba cine debate, charlas, volanteaba las plazas, todo para informar. También escribíamos una carta que la repartíamos por debajo de la puerta a los vecinos, para explicar por qué el escrache, quién era el escrachado en cuestión que vivía en ese barrio. A las pocas semanas el tipo escribió su propia carta, hablando bien de él a sus vecinos y diciendo que nosotros éramos violentos, vengativos. Hicimos pintadas y las encontramos al otro día todas tachadas. Eso fue una pelea en el propio territorio. Y una muestra de que el tipo seguía activo, operando. Hasta el momento uno no se imaginaba eso: que todavía mueve groso, que no es ningún boludo, que tiene su aparato. Para nosotros eran todos viejos que estaban retirados”.

El último escrache de H.I.J.O.S fue hace ocho años, en 2006. “Fue el más difícil que nos tocó hacer: a un comisario que estaba en actividad”, recuerda Julieta. Pero el final no tuvo que ver con eso, sino con el momento histórico que se vivía en la Argentina. En 2003, al asumir Néstor Kirchner, lo primero que hizo fue anular las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. “Fue un paso necesario e importante. La primera vez que un gobierno constitucional daba respuesta al reclamo histórico de los organismos de derechos humanos. Por ese entonces en la Mesa de Escrache se agudizó una discusión que había surgido años antes y que nos interpelaba a pensar qué entendíamos por Justicia. Existía una diferencia muy sutil pero tajante entre la idea de concebir el escrache como herramienta capaz de presionar para lograr el juicio y castigo y había otra idea que lo entendía como una construcción desde abajo y entre los vecinos: la construcción de condena social. A mi modo de ver ambas propuestas podían convivir pero no fue posible llegar a un acuerdo y la discusión terminó con la salida de H.I.J.O.S de la Mesa de Escrache. Esta situación complicó los mecanismos para seguir investigando a los genocidas. Por eso, ya a fines de 2006, se hizo cada vez más difícil la construcción de los escraches”, explica Julieta, de 40 años. Fue ahí cuando los inventores del escrache dejaron de hacer escraches. Una modalidad que replicó rápido en varios puntos de Sudamérica. Y que el año pasado migró a España. Acaso por eso también estuvieron esas fotos colgadas en las paredes del Reina Sofía. “Los escraches han migrado a España en los últimos años, no como una reivindicación de la memoria, sino como una herramienta de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), con un apoyo social amplísimo. De hecho, los escraches practicados a los políticos responsables de la violencia sobre la población resultante del estallido de la burbuja inmobiliaria y la emergencia habitacional, han contribuido a señalizar con nombres y apellidos a los políticos cómplices del genocidio financiero, provocando con ello su fuerte deslegitimación”, cuenta Marcelo Expósito, el artista que armó la muestra en el Reina Sofía, quien divide su tiempo entre Barcelona y Buenos Aires.

La PAH es un movimiento social surgido en 2009, en Barcelona, que agrupa personas con dificultades para pagar la hipoteca o que se encuentran en situación de ejecución hipotecaria. En España, la subida del precio de la vivienda acompañada de un buen pasar económico, en lo que se conoció como burbuja inmobiliaria, provocó que sacar una hipoteca para vivienda fuera casi tan sencillo como ir al quiosco. Pero la burbuja un día explotó: desde la crisis económica que se desató en 2008, con el aumento del desempleo a más del 25%, se ha vuelto imposible para más de 350 mil familias pagar las hipotecas. Son los desahuciados, como se los llama en España, donde a los desalojos se los conoce como desahucios. Son los que se quedan sin la vivienda pero continúan con la deuda con el banco a cuestas aunque no disfruten del calor del hogar por el que deben pagar. “Los escraches efectuados por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca están estrechamente vinculados a los escraches argentinos, aun con las diferencias sustanciales en sus objetivos. También en el Estado español –cuenta Marcelo- se apela a la sociedad civil, se le reclama a la gente tomar posición. Son una apelación a la justicia desde abajo, sin ejercicio de violencia ni venganza, pero contundente en su condena social de los cómplices de violencia contra la sociedad civil”.

Durante su estadía en Madrid, Julieta Colomer dio una charla en el Patio Maravillas, un colegio que llevaba siete años cerrados hasta que se lo ocupó para transformarlo en el centro comunitario más grande de la capital española, junto con miembros de la PAH. “Ellos tuvieron la experiencia del 15M que fue similar al 19 y 20 de acá. El escrache que replicó allá, o que ellos tomaron, no es de víctimas de del franquismo sino que tiene que ver con un motivo económico. Tiene esas diferencias. Para algunos de allá, para otros no, pero sobre todo para las víctimas del franquismo que siempre remarcan que en España no se mira nunca al pasado, que no se ha hecho nada por esas víctimas, son importantes esas diferencias”, cuenta.  Marcelo Expósito retoma esos contrastes: “Aun así, desde hace quince años se desarrolla en todo el Estado español un potente movimiento por la recuperación de la memoria histórica, que si bien no ha hecho uso de la herramienta de los escraches, sí lo ha hecho de acciones contundentes con la continuada localización y exhumación de tumbas NN donde se encuentran todavía los más de cien mil desaparecidos fruto del crimen de Estado en los primeros años del franquismo. La influencia que el movimiento histórico por los derechos humanos argentino ha ejercido sobre este movimiento por la recuperación de la memoria histórica en el Estado español, ha sido enorme”.

El escrache español tiene el mismo fin que el que inventó H.I.J.O.S pero una impronta bien distinta. “Tiene que ver con la época también. Es una situación un poco más virtual. Hay mucho tuiteo, redes sociales. Pero ellos han logrado con los escraches frenar algunos desalojos. Y el tema de los desalojos es bestial: hay gente que se quedó sin la casa pero además tiene la deuda por 20 años. Es tremendo –cuenta Julieta- eso generó mucha rabia y canalizó en el escrache. Allá se señala a los diputados que frenaron la ley que ampara los desalojos. Lo que pasa es que la sociedad española no logró calar el escrache porque no les gustó eso de señalar con el dedo, de buscar condena social. No está bien visto a nivel social. Por supuesto que sí en los jóvenes. Y hay algunas excepciones: cerrajeros  que les tocaba ir a desalojar y se negaron”.

Este asesino vive en nuestro barrio. Julieta Colomer.
Este asesino vive en nuestro barrio. Julieta Colomer.
Frente a la casa del torturador. Julieta Colomer.
Frente a la casa del torturador. Julieta Colomer.
En el barrio. Julieta Colomer.
En el barrio. Julieta Colomer.
Conozca a su vecino. Julieta Colomer.
Conozca a su vecino. Julieta Colomer.
Condena social. Julieta Colomer
Condena social. Julieta Colomer
Juicio y castigo. Julieta Colomer.
Juicio y castigo. Julieta Colomer.
Redoblante. Julieta Colomer.
Redoblante. Julieta Colomer.
Stencil en la calle. Julieta Colomer.
Stencil en la calle. Julieta Colomer.
Torturador suelto. Julieta Colomer.
Torturador suelto. Julieta Colomer.
Verdad justicia memoria. Julieta Colomer
Verdad justicia memoria. Julieta Colomer
Volante. Julieta Colomer.
Volante. Julieta Colomer.

Documentar la vida en común

Azul Blaseotto, artista y comunicadora, caracteriza su trabajo como documentalismos. Repasamos desde su investigación con una cooperativa de astilleros en Dock Sud al nacimiento en Berlín de su heroína de historia Frau K. Sus últimas obras tienen a la dictadura del 76’ como protagonista: “La historieta que armé de los juicios es sobre cómo Frau K entra a los tribunales y se enfrenta a mirar a Videla. Es sobre el trayecto hasta encontrarte con el horror cara a cara”

Fotos: NosDigital

El verano colorea las sombras de los árboles en esta tarde de miércoles, mientras cruzo la calle y entro en el bar. La encuentro enseguida, en la que según me cuenta mientras nos saludamos es su mesa preferida, justo al lado de la ventana abierta, desde donde el sol entra sin pudores y la esquina se abre ante los ojos como un paraguas recién estrenado. Por un instante imagino una postal de una Buenos Aires lejana. Desde esta máquina del tiempo, Azul Blaseotto nos recibe con una sonrisa que extiende entre pequeños sorbos de café para contarnos más acerca de su manera particular de comprender el arte y ponerlo en práctica.

A Azul se le bambolean los rulos mientras cuenta que se formó en la Escuela Nacional Prilidiano Pueyrredón, donde se especializó en el área de pintura recibiendo una enseñanza que define como muy tradicional. Mientras habla, entre sus comisuras se curva la sombra de un paréntesis, y Azul apunta que no todo podía aprenderse en la Escuela Nacional. “Estaba un poco quedada en el tiempo en cuanto a cómo aproximarte a tu propia producción. Estaba orientada a que fueras pintor, a que pintaras de una manera determinada, con ciertos materiales, y una de las metas principales era entrar a una galería.” Llegada a este punto, Azul traza en el aire una línea divisoria entre este modo de hacer arte y el suyo. “Con el tiempo yo me di cuenta de que no me interesaba primordialmente vender en una galería, porque no me interesa producir objetos para decorar nada, sino que me interesan más bien los procesos comunicativos y vivenciales de compartir con el otro.” Esta atracción por el universo de lo interpersonal irá filtrándose en el transcurso de toda nuestra charla mientras abordamos algunos de sus trabajos más significativos.

Pero ahora sus palabras dejan una puerta abierta, y nos apresuramos a atravesar el umbral para conocer más acerca de su modo de comprender el arte. “Hay una concepción de que el arte no es comunicación, de que el arte es expresión. Con eso yo no me identifico. En realidad, hago arte justamente porque me interesa comunicarme y comunicar ciertas cosas. Qué cosas: cuestiones puntuales que tienen que ver con lo político, lo social y lo cultural.” Siguiendo esta línea, Azul trabaja en proyectos que surgen a partir de temas que despiertan su atención, realizando en primera instancia una investigación artística en el territorio en el que el tema en cuestión se desarrolla.

Entonces, para que comprendamos en profundidad su modo de trabajar, Azul esboza los pormenores de un proyecto iniciado en el 2005, fundado en la investigación de dos astilleros de Buenos Aires. “En ese momento, era muy interesante el clima que había, porque con la crisis del 2001 todos los astilleros del país habían cerrado, quedando en pie sólo dos: uno estatal, que era y es el Astillero Río Santiago, y otro que se había puesto en pie en el Dock Sur en el 2003, levantado por un grupo de trabajadores que decidieron entrar a ese astillero abandonado y formar una cooperativa.” Se detiene a explicar el gran contraste que existía entre ambos (mientras el primero empleaba 3700 personas, el segundo sólo contaba con 35 empleados) y apunta que aunque en un primer momento su intención fue investigar cómo funcionaban dos economías tan diferentes en un país económicamente arrasado, su interés fue desplazándose progresivamente, de modo que “terminé trabajando mucho más y haciendo un seguimiento hasta el día de hoy con el astillero de la cooperativa.”

El trabajo consistió fundamentalmente en un relatoevo fotográfico que la artista fue realizando en visitas frecuentes al astillero (que se extendieron durante alrededor de dos años) y en el armado de una película. “Yo tengo muy presente esa cuestión interpersonal. Me interesa mucho eso. Por eso fui al astillero dos años a sacar fotos, y a veces no sacaba ninguna foto, y lo único que hacía era estar ahí. En realidad para mí la obra del astillero no son todos esos ensayos fotográficos, ni siquiera la peli, sino el haber estado con ellos todo ese tiempo, y poder haber decidido con ellos cómo mostrar esas fotografías.” Se trató de un proceso complejo, que implicó no solamente compartir la cotidianeidad de los trabajadores y conversar con ellos, sino también reflexionar en profundidad acerca de qué era lo que buscaba transmitir con su obra. “Cuál era mi objeto. Si la cara de ellos, si ellos con el lugar, si la atmósfera. Al final se fue armando todo: era una narración lo que me interesaba. No la imagen en sí misma, sino el relato del día a día de personas que tienen un lugar de trabajo precario, unas condiciones de trabajo precarias, y que a pesar de todo lo llevan adelante. Era eso.”

Además de las fotos, algunas de las cuales fueron expuestas en el Palais de Glace, sobre un soporte en forma de barco que fue también realizado en el astillero, Azul grabó lo que posteriormente se convertiría en una película. Aquí, sin embargo, se permite dibujar una pausa para aclarar que “suena muy grande hacer una película: en realidad lo que hice fue ir a grabar durante dos o tres días, todo el día, y me llevé ese material a Alemania, esperando tener las herramientas tecnológicas y hacer seminarios de cine para poder establecer un guión y cortar la peli.” Señala que su modo de producción fue inverso al de las películas de verdad, donde a partir de la idea se busca una locación y se filma: “Lo mío fue exactamente al revés. Y ahí entra en juego lo artístico de tener una materia en bruto, que eran esas horas de grabación, y ver qué podía hacer con eso.”

El viaje a Alemania fue el siguiente paso importante para ella. Azul evoca los tres años que pasó en Berlín realizando un posgrado en arte-contexto como una de las mejores experiencias de su vida, aunque tiene cuidado de destacar que consistió también en un proceso de desarraigo muy duro y difícil. “Me quedé sin mi contexto social y político, entonces no sabía de qué iba a hablar. Al principio busqué unos astilleros en Alemania, por la inercia. Pero no me dejaron entrar a ninguno, no existen astilleros que sean fábricas recuperadas, no existen astilleros como cooperativa. El trabajo no era un problema en ese momento en Alemania, entonces con eso no iba a poder comunicar nada.” Define su impresión inicial como la de haber llegado a un planeta desconocido, donde reinaban el trabajo y el orden social. Las nuevas circunstancias y el malestar resultante la llevaron a concentrar sus preocupaciones en atravesar el día a día de vivir en un lugar ajeno, expresándose en un idioma que, aunque hablaba, no era el suyo.

“Tuve muchas experiencias vinculadas con el lenguaje y con el querer ser ‘como ellos’, entre comillas. Quería hablar de manera que no se notara que era extranjera.” En ese proceso, Azul se dio cuenta de que había encontrado un posible tema de trabajo: qué es lo que sucede cuando uno es sapo de otro pozo. No desde el racismo, aclara, porque nunca lo sintió así. “Me interesaba tratarlo desde el lugar de ser siempre ‘el otro’. De que a pesar de que hables el idioma perfecto, no pertenecés a ese grupo porque no tenés una historia común. Es muy difícil de explicar, y en un punto por eso me puse a dibujar. No existía ese pasado. Imaginate una sociedad donde no hay Tinelli, no hay Susana Giménez, no hay peronismo, no hay fábricas recuperadas, no hay 2001, no hay Menem, no hay Capusotto, no hay Trapero, no hay Mafalda. Son referentes que te faltan. Entonces, por ejemplo, desde el lado del humor es muy difícil decir algo divertido. Te empezás a quedar un poco muda, y eso es tremendo.”

Ese fue el tema del trabajo que presentó en Berlín: qué le sucedía a la gente como ella, pero que no era ella. “Si bien dibujé cosas que me pasaban a mí, quería ver si a otra gente le pasaban también. Entonces empecé a hacer entrevistas, a charlar, porque quería dibujar otras historias que no fueran las mías.” Y en ese contexto, mientras Azul entrevistaba a otros estudiantes universitarios del Tercer Mundo, en su imaginación fue amasando los simpáticos contornos de Frau K, heroína de la historieta que realizó como trabajo final de su posgrado y que constituye una crítica al sistema universitario berlinés. “Quería salirme de mí. Que no fuera tan subjetivo, y al mismo tiempo que no fuera tan científico. Yo no era una investigadora neutra. Las entrevistas eran bastante charladas, y pensé que en realidad las podría llevar adelante un personaje que no fuera yo. Frau K me gustaba porque es una especie de súper heroína loca; es una nena, con casco de astronauta y que se llama K.” Y entonces quizás mis cejas se hayan arqueado apenas, en un movimiento incipiente pero certero, porque Azul abre los ojos y la sonrisa bien grandes y se apresura a aclarar que “no tiene nada que ver con nuestro contexto, ahora me re cagaron. Kunst (arte), Kreativität (creatividad), Kultur (cultura), Kritisch (crítica), Kontext (contexto). La letra era todo eso. Y ella era un personaje que hacía una crítica cultural en un contexto determinado.” Además, señala, buscaba cierta resonancia con el Herr K de Brecht, protagonista de una suerte de fábulas con constantes referencias sociales que pretenden llamar al lector a la reflexión. “Me gustaba hacer para los alemanes un personaje que fuera femenino y que les despertara eso, porque Frau K quería hacer eso: contar pequeñas historias y decir ‘esto está mal’, ’esto es muy feo’, y dejarlos pensando.”

Es evidente que autora y personaje se cayeron muy bien, porque cuando Azul volvió a Argentina, Frau K no dudó en acompañarla. La pregunta entonces casi viene sola: quiero saber qué hace la niña astronauta por nuestros pagos. Azul, que todo lo sabe sobre ella, cuenta que “está dando vueltas y reinventándose todo el tiempo. Básicamente hace crítica cultural en este contexto artístico. Entonces habla, tiene diálogos por ejemplo con Antonio Berni, con Marta Traba, o con Valeria González. Hay un fanzine de Frau K donde se encuentra en un colectivo 33 con Antonio Berni y con un ex combatiente de Malvinas, y entre los tres tienen toda una discusión. Eso hace acá. Rescata distintas voces, charla.” Y adelanta entre sonrisas que quizás próximamente se encuentre con Carlos Gesell y Carlos Marx en un balneario de la costa argentina, para discutir acerca de economía y ecología.

La risa se apaga y el clima cambia cuando Azul cuenta que hace un tiempo Frau K asiste también a los juicios a los responsables de la última dictadura. “La experiencia de los juicios es tremenda. Estás muy expuesto mientras vas y dibujás. Pensar cómo mostrar esos dibujos me generó mucho respeto, porque estás dibujando a Nora Cortiñas, o a gente de HIJOS, o a fiscales de la Nación. O estás dibujando también a militares condenados a cadena perpetua, y a otros que salieron. Hay un miedo, un temor y un respeto que son difíciles de manejar. Estás muy empequeñecido y muy expuesto a todo.” Por este motivo, la artista decidió retrotraerse un poco y colocar en el lugar de los hechos a su heroína. “La historieta que armé de los juicios es sobre cómo Frau K entra a los tribunales y se enfrenta a mirar a Videla. Es el trayecto del espacio físico que hay que atravesar para encontrarte con el horror cara a cara, desde un lugar de público asistente, no como una persona implicada, ni como testigo ni como familiar. A Frau K le interesa contar esas historias de gente que desapareció y gente que fue finalmente acusada, después de que pensaron que se iban a morir en paz y que nadie los iba a escrachar en la puerta de su casa.”

En esta línea de búsqueda de memoria y reparación histórica se inscribe también el último trabajo de Azul, realizado junto a Eduardo Molinari, ue consiste en la muestra El Hotel (expuesta en Montevideo y en Berlín) y el libro del mismo título que la acompaña. Éste último fue presentado en diciembre de 2012 en La Dársena, espacio cultural ideado y dirigido por ambos artistas desde 2010, ubicado en el barrio de Almagro. Azul cuenta que tanto la muestra como el libro surgieron a partir de una investigación realizada en el Archivo de Fotografía de la Municipalidad de Montevideo en torno al Hotel Carrasco, antiguo hotel de la ciudad que fue concesionado por el Estado Municipal de Montevideo a una cadena hotelera y a una cadena de casinos, posteriormente restaurado y que será próximamente reinaugurado como un importante hotel internacional. Tras la investigación, descubrieron que “en ese hotel se habían reunido antes del golpe, en el ‘74, las cúpulas militares de toda Latinoamérica. Fue la onceava reunión de los Ejércitos Americanos, de la cual participó también Estados Unidos, y fue el germen de la Operación Cóndor. No surgió ahí, pero sí se charló en esa reunión la manera de ejecutar un plan regional para la exterminación de la subversión.”

El recorrido por algunos de sus proyectos más importantes deja traslucir un borroneo consciente de las fronteras que dividen las prácticas artísticas. En la producción de esta artista, la fotografía, el dibujo y la escritura son lenguajes para comunicar y expandir el debate acerca de temas específicos. “Hace mucho que el artista dejó de ser el pintor o el fotógrafo. Son límites disciplinarios que te impiden sacar de cada lenguaje lo que vos necesitás. Me parece que está bueno tomar lo que uno necesita de cada disciplina, y trabajar a partir de eso. Un poco como cocinar, ¿no?”, propone Azul divertida mientras se relame recordando el arroz con pasas de uva que preparaba su abuela. Más allá del lenguaje, lo que subyace es lo que se pretende transmitir. “Me di cuenta de que me interesaban los documentalismos. Documentar ciertos momentos, instancias, personajes. Me di cuenta de que podía sacar fotos pero al mismo tiempo podía dibujar, y eso me daba otro tiempo para retratar lo que quería retratar. Entonces me fui metiendo cada vez más por el camino de lo documental. Al día de hoy trabajo con las dos cosas: con fotos y con dibujos, investigando qué documentalismo se puede hacer.”

Sentir justicia

Fuimos a la presentación del libro “Acá se juzgan genocidas. Dibujos, crónicas y fotos”, síntesis del trabajo militante, artístico y académico. Con la idea de hacer públicos los juicios que, ninguneados por los medios, suelen quedar dentro de las paredes de Tribunales, esta obra recorre experiencias disímiles y subjetivas e invita a participar y hacerse presente en este momento histórico que nos pertenece a todos y todas.

“Esta manera de mostrar los juicios tiene que ver con exponer a los acusados ante la sociedad, la historia y el mundo, como lo que son: violadores, torturadores, apropiadores de niños. Y además, ponerles ese peso encima, con una cara reconocible, porque son los mismos que hoy tienen toda la verdad, para que las Madres como Taty sepan qué pasó con sus hijos, nosotros recuperemos a nuestros hermanos, y que este pueblo pueda, por fin, saber qué pasó con cada uno de los desaparecidos. Es una verdad necesaria para el colectivo, no es algo de cada madre o de cada hijo, sino que es algo que nos constituye como sociedad”. Contundente, Giselle de H.I.J.O.S. cierra su espacio de micrófono en la presentación del libro “Acá se juzgan genocidas. Dibujos, crónicas y fotos”. Este “manifiesto colectivo” es un testimonio  de la permanente, inagotable y creativa búsqueda de la verdad, la persecución de la justicia y la construcción de la memoria colectiva.

Estamos en el aula 108 dela Facultadde Filosofía y Letras, y desde una de las paredes nos miran los alumnos, docentes y no-docentes de esta facultad, desaparecidos por la dictadura. A la hora de hacer uso de la palabra, los disertantes se cuidan de usar palabras como “alegría” o “felicidad”, difícilmente compatibles con la temática que nos convoca; en cambio, prefieren hablar de “satisfacción” para referirse a los frutos de la persistente batalla, que no cesará hasta que el último genocida, el último cómplice, esté condenado. El libro que hoy se presenta es una nueva ofensiva en esta batalla, y es obra de un año de trabajo colectivo entre H.I.J.OS., las Facultades de Filosofía y Letras y Ciencias Sociales (UBA), el IUNA (Instituto Universitario Nacional de Arte), Cátedra Libre de Derechos Humanos (UBA), Cátedra de Fundamentos de Diseño Gráfico para Editores (UBA), Pasajeros de Edición, y Cátedra de Diseño Gráfico I, II y III (UBA).

En el marco de un proyecto de H.I.J.O.S. para incitar a la gente a acercarse a los juicios, y ante la imposibilidad de filmar o sacar fotos en la mayoría de los juzgados, surgió la convocatoria a estudiantes de distintas facultades para retratar las audiencias con dibujos, crónicas y ensayos. Es lo que hace a este libro tan particular; más teñido de sentimientos, gestos, actitudes y emociones que de análisis y voces expertas. Este esfuerzo de valernos de nuestra (otras) armas no es del todo frecuente en las mencionadas unidades académicas, de puertas pesadas y ventanas cerradas, por lo que es un evento digno de celebrar. “Todos, hasta el más sencillo, el más humilde, el más pacífico, poseemos armas – afirma Julio Flores, decano de Artes Visuales IUNA – Un arma es el dibujo. Recordaba la historia de las artes visuales en la lucha por los derechos humanos. La primera tarea fue ver cuánto espacio ocupan 30.000 desaparecidos. Si se los pone pie con cabeza acostados en calle Rivadavia y se empieza en Plaza de Mayo, llegamos General Rodríguez. El siguiente paso fue verles las caras, y decir ‘no son todos iguales, no es una masa’; son cada uno, con su historia. Lo tercero fue preguntarnos por los culpables. Ese es el orden en el que está armado el libro. Lo cuarto, alcanzar una justicia cierta. Y yo agregaría que lo quinto es que quede grabado en la memoria para siempre.”

El micrófono gira y le llega el turno a Taty Almeida, referente de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora e invitada de honor en esta presentación. El espíritu de “Acá se juzgan genocidas” se vuelve tangible en Taty, mucho más viva, fresca, fuerte y compleja que cualquier conceptualización ensayística. Y así lo demuestra su sonrisa, que esta noche no escatima en dientes para hablar de los 35 años de las Madres, para agradecerle a los H.I.J.O.S. y para hablar de este libro que “parece chiquito, pero es tan importante”. A sus palabras, breves pero llenas de energía, respondemos con un extendido aplauso, de esos que involucran todo el cuerpo y calientan las manos.

Otra reflexión es la de Matías Cordo, subsecretario de publicaciones de FYLO: “Es una obra de una riqueza excepcional, que está dada justamente por su carácter de mosaico auténticamente colectivo de miradas, expresiones, trazos y textos, que incluyen no sólo el contenido sino cada aspecto del libro: desde el diseño hasta la selección de cada elemento de las cubiertas y del interior que lo conforman. Es también la experiencia de chicos que nacieron después del 83 y que van a ver los juicios, escuchan las declaraciones de los testigos, están presentes, ven las reacciones de las personas, tanto por la parte defensora como por la parte acusadora, lo cual también es bastante impresionante y, en ese sentido, el libro cumple el objetivo de tratar de romper con esa idea de la indiferencia, de eso que pasa que no nos involucra como sociedad, que es un discurso sostenido por algunos sectores y, la verdad, no resiste el mínimo análisis. Cualquier persona expuesta al relato de lo que pasó no puede permanecer indiferente”.

 

Bajo la consigna de que “los juzga un Tribunal, pero los condenamos todos”, la convocatoria a participar de los juicios históricos a los responsables de los crímenes de lesa humanidad sigue abierta. Para hacerlo, solo basta que te presentes con tu DNI. Podés seguir el calendario en www.hijos-capital.org.ar