“No solo las mujeres deben defender a las mujeres”

En la semana del #NiUnaMenos, Natalia Gherardi, del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género, analiza las principales problemáticas en relación al acceso a la Justicia y los derechos de las mujeres. 

Cuando la dominación de los varones sobre las mujeres impuesta por el sistema patriarcal – y reproducida por la mayoría – excede a lo simbólico y los efectos del círculo de la violencia alcanzan a traspasar los cerrojos de lo doméstico, algunas víctimas llegan a las instituciones para reclamar justicia. En el mejor de los casos, logran iniciar procesos de denuncia largos y costosos, emocional y materialmente, que no siempre culminan en fallos libres del sesgo machista. A otras, les cuesta la vida.

– Necesitamos un enfoque de derechos humanos en la Justicia, que implica un enfoque de género. Pero eso no se traduce simplemente en incorporar juezas mujeres. Promovemos la participación social y política de las mujeres porque eso es lo que requiere la democracia, porque va a constituir un Poder Judicial más diverso, más rico, con debates más sustanciosos, pero de la misma forma que necesitás más personas de pueblos indígenas, de distintas clases sociales, de personas con discapacidad… El enfoque de género, por otra parte, se lo tenemos que reclamar a todas las personas, no esperar que sean solamente las mujeres las que defiendan a las mujeres. Se trata de que seamos una sociedad plural, democrática y respetuosa. Y eso nos lo debemos todos.

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Natalia Gherardi es la directora del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA), una ong creada hace diez años con el objetivo de documentar cuáles son los problemas en el ejercicio de derechos de las mujeres, a partir de reconocer una brecha entre el derecho en los libros y el derecho en acción. Quizás no sorprenda, pero los ejes problemáticos de la agenda de trabajo después de una década siguen siendo los mismos: violencia contra las mujeres, derechos sexuales y reproductivos, trabajo y políticas de cuidado, y participación social y política de las mujeres. El eje transversal: el acceso a la Justicia.

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Natalia Gherardi es la directora del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género.

– El acceso a la Justicia se define como la posibilidad de transformar una situación identificada como una vulneración de derechos en un reclamo, a través de mecanismos institucionales existentes. Eso requiere, primero, que se pueda identificar y ahí entra en conflicto toda la gran naturalización que hacemos respecto de las condiciones de vida: la vivienda es la que tenés, el trabajo es como es, la relación de familia es la que hay, el vínculo afectivo siempre fue así… Esa naturalización impide actuar para exigir responsabilidades y buscar cambios. En ese sentido, hay que reclamar al Estado mayor alfabetización jurídica. Una vez que se logra eso, tenés que saber adónde reclamar, conocer los mecanismos institucionales. Y no tienen por qué ser solamente judiciales, pueden ser administrativos, que en general están muy subutilizados, a pesar de ser más accesibles para la gente que un tribunal.

– ¿Por dónde pasa esa dificultad en el acceso?

– Las reparticiones judiciales del país no están cerca de todas las personas. Por ejemplo, la provincia de Jujuy tiene tribunales en San Salvador de Jujuy y en San Pedro de Jujuy, si estás en la Puna o en las Yungas, olvidate. Las posibilidades de acceso están claramente más limitadas. Y no hace falta ir a Jujuy, si mirás la provincia de Buenos Aires, encontrás los mismos obstáculos. En principio son subjetivos, como decíamos, de conocimiento y de percepción, de la vulneración del derecho. También de desconfianza en el Poder Judicial, pero en general de las instituciones del Estado. Y después hay obstáculos objetivos muy concretos y tangibles, como la distancia geográfica, los horarios, los costos económicos, salvo excepciones vos no podés entrar a la Justicia si no vas de la mano de un abogado o abogada. Por otra parte, los tiempos de la Justicia son eternos y no hacen más que exacerbar esos costos económicos, esa desconfianza, etc. Finalmente, si lograste atravesar todo eso y llegaste a una sentencia, tenés que poder ejecutarla, hacerla efectiva, que es otro proceso, otra dificultad en muchos casos.

– Y en general, ¿cómo se inicia ese camino de reclamo y búsqueda de justicia?

– Primero hay que decir que la violencia física es la consecuencia de la discriminación, de la sujeción, de la dominación, de la desvalorización de las mujeres. Que otras personas imponen para las mujeres y que las mujeres aprendemos para nosotras mismas. Porque las mujeres también aprenden eso, se socializan en ese paradigma, construyen su subjetividad y su personalidad sobre la base de esas ideas. Dicho esto, ante situaciones de violencia, una fracción mínima llega a la denuncia. Hace poco, el Gobierno de la Ciudad hizo con nuestra colaboración la primera encuesta sobre violencia contra las mujeres y ahora estamos analizando los resultados. El 87% de mujeres que sufrieron una situación de violencia no buscó ayuda.

– ¿Las que denuncian a dónde van?

– A las comisarías. Es tremendo. Por un lado, no es sorprendente, porque son la repartición del Estado más descentralizada, la que está más cerca de casi todos los hogares. Y después está el imaginario social de que la comisaría está ahí para defenderte. Ahora lo que sucede cuando llegás a la comisaría es otra historia. Nuestro consejo, sobre todo en la Ciudad de Buenos Aires que hay otros espacios, siempre es “no vayas a la comisaría”. Se han hecho esfuerzos para entrenar y capacitarlas, pero eso no es suficiente porque está lleno de testimonios de personas que son maltratadas, violentadas, revictimizadas. De todas formas, más allá de que sostenemos que hay otros lugares más adecuados, no hay que descartar ese trabajo en las comisarías porque la gente va a seguir yendo ahí. Otro de los hallazgos es que ante el problema de la falta de campañas sostenidas, la gente no sabe, no conoce la ley, no conoce los lugares, los números de teléfono. Y eso también es responsabilidad estatal.

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¿Qué pasa cuando ante la expresión más extrema de la violencia machista, el femicidio, el proceso judicial no hace más que reproducir las desigualdades? En los fundamentos de un fallo de hace dos años de un tribunal oral de la provincia de Buenos Aires, se leen las razones por las que un hombre que violó y mató a una compañera de trabajo, es condenado por homicidio pero no por violación:

“Sin perjuicio de que se ha probado adecuadamente que en el contexto en que se desarrollaron los acontecimientos analizados, esto es un domingo a la mañana en la que únicamente el imputado y la víctima se encontraban en el interior de la fábrica en cuestión, que gritos calificados como desesperados fueron escuchados, cuanto menos por tres testigos, que en el torso y rostro del acusado se observaron lesiones de naturaleza defensivas, que algunas de las prendas de la víctima estaban rasgadas –especialmente pantalón y remera-, que también desgarro del material textil se advirtió en la bermuda del imputado a la altura de una de sus piernas, que restos de goma espuma –posiblemente provenientes del colchón hallado en el taller- se evidenciaron entre las nalgas de la víctima, como así también que se halló antígeno prostático en la vagina de la damnificada, siendo que la pericia de adn practicada determinó que no puede excluirse al imputado del perfil genético obtenido de la muestra biológica en cuestión, y que todo ello pareciera que acredita un tramo de la hipótesis acusatoria –justamente el del abuso sexual-; lo cierto es que la joven víctima además de presentar desfloración de antigua data no evidenció lesiones genitales de ninguna naturaleza”.

– ¿Cómo se trabaja para desarticular el machismo en la Justicia?

– Hay que trabajar en la formación de la profesión jurídica, con un eje transversal en los derechos humanos, que es algo que no sucede en todas las universidades. También hay que trabajar en los mecanismos de selección, diversificar la integración del Poder Judicial, mejorar la meritocracia a la hora de los nombramientos. Pero creo que nos falta trabajar mucho en la rendición de cuentas, y en ese sentido, desde el 2009 tenemos un Observatorio de Sentencias Judiciales. El Congreso se manifiesta a través de las leyes que se publican en el Boletín Oficial, el Ejecutivo se manifiesta a través de decretos, dictámenes y resoluciones que se publican en el Boletín Oficial, y el Poder Judicial se manifiesta a través de las sentencias y no las conocemos. Salvo las de las cortes superiores, en general no accedemos a las sentencias. Con internet eso empezó a cambiar y se empezó a circular la información de otra manera. Entonces nosotras empezamos a recopilarla, para analizarla y calificarla. La sentencia es la que nos dice lo que el derecho es, tiene el enorme poder de analizar el derecho en su aplicación a casos concretos y resolver acerca de las vulneraciones de derechos de las personas. El derecho se hace carne en esa aplicación. Y algunas de las sentencias inaceptables que se dieron a conocer en los últimos momentos nos muestran eso, qué pasa cuando se da publicidad a una sentencia y se exige rendición de cuentas.

Gherardi se refiere, por ejemplo, al accionar de los jueces Daniel Piombo y Benjamín Ramón Sal Llargués, que integran la sala I del Tribunal de Casación Penal de la provincia de Buenos Aires, por una sentencia que emplea argumentos revictimizantes y estigmatizantes a un niño víctima de violencia sexual.  En el fallo, atenuaron una condena por abuso sexual gravemente ultrajante por considerar que un niño de seis años demostraba una familiaridad y una precoz “elección sexual homosexual” y por haber sido abusado por otras personas en ocasiones previas a la violación. La difusión de esta sentencia condujo al repudio social y a la decisión de iniciar un jury de enjuiciamiento. El 1 de junio, el juez Piombo presentó su renuncia.

Otro proceso judicial que generó denuncias sociales fue el de Yanina González, una mujer de 23 años con retraso madurativo. Ella estaba embarazada de seis meses cuando su novio, Alejandro Fernández, golpeó hasta matar a Lulú, la nena de dos años que ella había tenido con otra pareja. Yanina se había negado a tener relaciones sexuales con él. En vez de investigar un femicidio vinculado, Carolina Carballido Calatayud, de la Fiscalía Especializada en Género de Pilar, decidió acusar a Yanina de “abandono de persona” por la muerte de su nena. Tal como testimonió, Yanina pudo llevar a su hija a un centro de salud recién al día siguiente porque su pareja la había encerrado en una habitación bajo amenazas. Tras un año y medio de prisión domiciliaria, Yanina fue absuelta y recuperó la libertad.

– El caso de Yanina es paradigmático acerca de lo mal que puede funcionar un mecanismo especializado. No es cuestión de crear algo para llenar el casillero y cumplir. Es más fácil poner títulos y crear cosas nuevas que hacer que funcionen. Entonces primero pensemos dónde están los nudos problemáticos, cuáles son las necesidades… La Provincia de Buenos Aires creó las fiscalías especializadas en género, pero no hubo una preocupación seria por quién las integra, con qué equipos de trabajo, con qué formación, con qué mirada, con qué rendición de cuentas. Si no hay nada de eso, claramente el título de fiscalía de género no te lleva muy lejos. Desde ELA, junto con otras organizaciones, se hizo un pedido de informe a la Procuradora General de la Provincia de Buenos Aires, la Dra. Carmen Falbo, para que dé cuenta de cuáles son los procedimientos y/o mecanismos destinados a garantizar la idoneidad y probada experiencia en la lucha contra la violencia de género de las personas que se han designado al frente de estas fiscalías especializadas.

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En Argentina, no existen datos oficiales sobre los femicidios, la expresión más brutal de la violencia machista contra las mujeres por el hecho mismo de ser mujeres. Desde hace años, La Casa del Encuentro coordina el  “Observatorio de Femicidios en Argentina Adriana Marisel Zambrano”, que releva los femicidios registrados por los medios de comunicación. El año pasado esta cifra escaló a 277. En los siete años desde que se creó el observatorio, se registraron 1808 femicidios.

– La falta de estadísticas es un tema que repetidamente mencionamos en todos los espacios, es sumamente importante porque no tenemos idea de la dimensión del problema en Argentina. Agradezco el trabajo enorme que hace La Casa del Encuentro desde hace años para que tengamos alguna mínima idea, pero al mismo tiempo me desespera que el Poder Ejecutivo nacional no le despierte la necesidad de contar con un dato oficial. Cuando se hablaba de la posibilidad de tipificar el femicidio penalmente algunos decían “para poder tener estadísticas”. Eso no es necesario, podrías construir estadísticas si te interesara, sin necesidad del tipo penal, y el ejemplo que siempre damos es el de los accidentes de tránsito: sabemos cuánta gente muere en accidentes de tránsito, pero no hay un tipo penal específico, en general es un homicidio culposo. Sin embargo porque nos interesa conocemos el dato. Claramente acá no nos interesa.

– ¿Cuáles son las expectativas para la convocatoria “Ni una menos”?

Espero que sea una marcha masiva. Los carteles, las fotos, las réplicas de los dibujos e ilustraciones, estuvieron bien porque se masificó de una manera impensada, pero espero que todo eso se transforme en compromiso efectivo, en presencias, diversas y múltiples, no las mismas mujeres de siempre. El desafío es pasar del estupor, de la enorme preocupación que generan estas muertes violentas, a la acción y ahí con distintos grados de responsabilidad. El Poder Ejecutivo es el número uno sin duda, el Poder Judicial también. Y para la sociedad en conjunto espero que sea un punto de inflexión para reflexionar sobre las formas en que sostenemos las violencias cotidianas y después nos espantamos de la violencia extrema. Si se naturaliza la sumisión, la humillación, la subordinación de las mujeres, si se sostiene el acoso sexual callejero, en los espacios de trabajo y educativos, si se sostiene la falta de educación sexual integral y en derechos humanos desde la niñez para transformar esa socialización tan heternormativa y patriarcal, nada va a cambiar. Espero que sea una posibilidad de reflexionar colectivamente para que cada uno/a asumamos las responsabilidades que nos tocan. Nos toca a todos.

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Sin aborto no hay #NiUnaMenos

– Estamos trabajando para exigir la vigencia de las causales de aborto que están hoy, y eso no es renunciar a la legalización del aborto, son dos líneas de trabajo simultáneas. Debemos continuar exigiendo que las niñas, adolescentes y mujeres que tienen derecho al acceso a un aborto legal puedan ejercerlo en los términos que determinó la Corte Suprema hace ya tres años. Hay que leer bien las causales, no son muy restrictivas. El inciso primero del artículo 86 del Código Penal dice que el aborto es no punible en caso de riesgo para la vida o para la salud, y son dos cosas distintas. No dice riesgo insuperable, inminente ni grave. La salud, en la normativa argentina, es salud integral. No hay ningún motivo para leer la salud en ese inciso de una manera más restrictiva que en el resto del ordenamiento jurídico. Es un argumento parecido al del segundo inciso, ¿por qué leer el acceso al aborto en caso de violaciones solo para mujeres con retraso mental? No hay nada que autorice esa interpretación restrictiva. No estamos negando la necesidad de la legalización completa, pero las resistencias que hay hoy en día en el sistema de salud para garantizar el acceso al aborto legal, van a seguir ahí así se legalice, entonces hay que empezar a trabajar ahora. La falta de decisión política de los Ejecutivos obviamente no ayuda, hay una indeterminación. A nivel nacional hay una decisión de no hablar del tema, de sacarlo explícitamente de la agenda. Y los provinciales tienen situaciones diversas según el impulso que se le haya dado al acceso a la salud desde un enfoque de derechos, que incluya el acceso al aborto legal.

Yo salí con una piba que era arquera

A esta altura, me parece insólito habernos querido sin haber hablado nunca de Messi. Dirán que esta es una escupidera para justificar un fracaso amoroso, pero juro que en los últimos días cambié mi manera de pensar. Durante dos años, gasté insomnios analizando hasta las teorías más rebuscadas de un gurú de Mozambique para entender por qué me había dejado. Tuve acidez, dolores de próstata, una operación y hasta un ridículo microdesgarro abdominal. Leí a Marx, a Aristóteles, a Sartre, a Nietzsche, a mi carta astral y a una biografía berreta de Atila el Huno, por si aparecía alguna respuesta. Pero la culpa, la verdadera culpa, apareció un tiempo después, una noche en la que jugué con ella al tutti-fruti vía internet, cuando ya no estábamos juntos. Esa noche hubo una revolución. Como si fuera el momento en que dios dejó de ser dios y dios pasó a ser la ciencia. Esa noche, por culpa de Monetti, el arquero de Gimnasia, dejé de preguntarme por qué me había dejado y empecé a preguntarme cómo nos habíamos querido sin haber visto, al menos una vez, juntos, un partido de fútbol.

El sábado previo a que dejáramos de estar juntos, se jugó uno de los mejores partidos de la historia. Quizás, el mejor partido del mejor equipo del mejor deporte. Ese 28 de mayo de 2011, nos despertamos juntos, como si nada. Ella no hablaba de fútbol y yo, tampoco, le preguntaba qué pensaba. ¿Cómo puede ser que dos personas se despierten juntas sin hablar de algo increíble que va a suceder esa misma tarde? En serio. Porque ni las mujeres, que tienen verdaderamente un cerebro más como para calcular todo tipo de estrategias y de pasos a seguir, podían imaginar esa tremenda demostración de belleza que dio esa tarde el Barcelona de Pep Guardiola cuando le ganó 3-1 al Manchester United de Alex Ferguson, en el mítico Wembley, y se quedó con la Champions League.

Y yo, que soy un machista que intenta no serlo, que estoy consumido por una sociedad donde los padres se frustran cuando el médico dice que va a ser nena porque piensa que no van a poder jugar a la pelota, cometí el mayor de mis errores en la vida de pareja: no la invité. Y me perdí de todo porque, probablemente, ella ya sabía que iba a dejarme y yo ya sabía que el Barsa iba a ser campeón de la Champions League. Pero, vamos, ¿quién puede dejar a alguien después de ver con ese alguien ese partido del Barcelona?

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– ¿Quién es el arquero de All Boys?
– El que es gordo. Cambiasso.
– ¿El de Olimpo?
– Champagne.
– ¿Y el de Gimnasia?
– El de Gimnasia es Monetti y es un fenómeno. Anda muy bien.

Los sabía todos. Apenas trastabilló con el de Godoy Cruz, que yo no sabía y secretamente busqué en internet. Nunca, jamás, tuvimos un momento más romántico que ese. Hacía más de dos años que no nos dábamos un beso y, aún así, esto era lo mejor que nos había pasado. Jugar al tutti-frutti con arqueros no estaba siendo simplemente un detalle lúdico. No era una competencia de eruditos en algo. Era una discusión filosófica sobre para qué sirven las relaciones de pareja.

Pensé, primero, en mi papá, un adicto al fútbol, y en mi mamá, una persona que odia el fútbol, y me pregunté: ¿cómo puede durar un amor treinta años sin hablar de fútbol? ¿De qué hablan cuando van a cenar? ¿Qué piensa ella de él cuando lo ve emocionado frente al televisor mirando al Getafe contra el Almería? ¿Qué piensa él cuando ve al Bayern Munich y mi mamá pasa por al lado pidiéndole que la ayude a ordenar la casa?

Empecé a rastrear caso por caso.

Encontré un amigo que me contó que su mujer se había levantado de una siesta dominguera y lo puteó por no haberla despertado para que vieran el Real Madrid-Barcelona, el día del 3-4, con Messi metiendo el penal sobre el final del partido, en lo que fue una pena leve, porque apenas se perdió los primeros veinte minutos y el resto lo vieron juntos, abrazándose en cada maravilla de los catalanes.

A otro lo vi confesar, frente a su grupo de amigos, algo que realmente le dolía. Lo dijo así, de esa forma, anunciando que iba a decir algo duro y dejándole el suspenso que merecen esas cosas que cuestan sacar del cuerpo. Lo aclaro acá, para darle un contexto que él naturalmente no tuvo que darle a sus amigos: él es hincha de River y banca a muerte a Ramón Díaz. Tanto como para decirle Ramor, en vez de Ramón. Pero él, un militante de alta gama de las ideas de ese entrenador, demostró una puntada que lo golpeaba y que todos le respetaron. Dijo, casi con vergüenza: “Mi mujer no banca a Ramón”. Y se hizo un silencio. Se oyó, desde lejos, como si fuera un ruido que venía de otro continente, un oh. Y, aúnque todos hubieran querido gritar ooooooooooooooooh, apenas fue oh, porque ese grupo de amigos es muy respetuoso de las tristezas de los otros.

Pero un amigo me comentó un caso con una envergadura todavía más compleja. Lo escuché tremendamente compungido en el momento en que admitió que más de una vez había estado cerca de divorciarse por culpa de Marcelo Bielsa. Sonará extraño, claro, que Bielsa, un tipo que anda en jogging por la vida, que tiene los anteojos colgados con un hilo, que no se peina, que camina al lado de una cancha haciendo segmentos de tres metros que vuelve a recomenzar sin razón, pueda destruir una pareja. Pero no se trata de una cuestión sexual, aunque el sexo sea una buena respuesta a todo. Ella es bielsista, él no y esa diferencia ideológica, en esa casa, cuesta más que la elección del colegio primario al que irá su hijo.

Pensarlos como psicópatas no sólo es un error sino que es una discriminación de género. ¿Por qué si hay grupos de amigos que se matan entre menottismos y bilardismos no va a haber parejas que se reprochen lo mismo? ¿Por qué si un país como Brasil hace una magnánima apuesta política para un Mundial no va a haber razones de divorcio que digan, en vez de adulterio, “prefiere jugar de contra”? ¿Por qué los besos lindos son los que se dan bajo la luna y no los que se construyen, desordenadamente, en una avalancha por un gol en el último minuto en un clásico?

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Sólo siete horas tenían para estar en Río de Janeiro. Faltaba algo menos de cinco meses para el 15 de junio y para que Lionel Messi, a las 19, contra Bosnia, devolviera al Maracaná a esa vida mundialista que abandonó el 16 de julio de 1950, el día del Maracanazo. Cuatro amigas estaban de paso y tenían que hacer tiempo para tomarse un avión que las devolviera a Buenos Aires. No era una decisión cualquiera. Un promedio de tres millones de turistas pasa, por año, por esa impactante ciudad brasileña y había poco tiempo para recorrerla. El Pan de Azúcar, el Cristo Redentor, el Corsódromo, Copacabana, Ipanema y el Parque Nacional de Tijuca. De las cuatro amigas, tres decidieron ocupar el día comprando ropa y suvenires. Otra, bien temprano, se tomó un colectivo y, sola, se fue a ver el estadio.

“¿Adiviná quién?”, me preguntó Ella y yo me reí y me llené de amor y de locura y después me sentí un ridículo sonriendo en mi cuarto, solo, mirando a través de una pantallita de una red social por donde iba pasando ese relato.

Hubo una época en el cine argentino en que con canciones de Palito Ortega se solían filmar películas o series donde una pareja corría por el pasto, con el vestido flotando en el aire, con las manos apretadas, con el sol brillándole alrededor. Cursi o no, vaya uno a saber por qué, ese sol, aunque esté forzado, no sé, suele dar ganas de besar. Y yo pensé lo mismo. Pero no en cualquier momento. No con una canción ni con una película. Fue cuando ella me dijo: “¿Sabés las ganas que yo tenía de tirarme en ese arco?”

Y tirarse no a dormir la siesta. Tirarse porque Ella, ahora, es arquera. Estudia los movimientos de Iker Casillas –del Real Madrid-, mira entrenamientos de Peter Cech –del Chelsea- por YouTube, aprecia a Sebastián Saja y banca a Sergio Romero para la Selección. Mira por televisión a Alejandro Saccone, un exarquero devenido en comentarista. Juega los sábados en dos equipos: uno en cancha de cinco y otro de nueve. Todavía no se anima al arco de once, pero no falta tanto para que lo haga. Cuando su equipo pierde, como cualquiera, se enoja, pero sigue y no falta ni a los entrenamientos ni a los partidos.

Todo eso no existía cuando nosotros salíamos. Ella, como muchas otras Ellas, descubrió el fútbol tarde y, como todo amor tardío, el contratiempo la obliga a una pasión desaforada para recuperar el tiempo perdido. A su papá nunca le gustó el fútbol. Y su mamá no podría aguantar dos segundos viendo un partido. Y sus hermanas se aburren con la pelota. Y el colegio y los clubes de barrio y la televisión y la vida le explicaron que el fútbol era para hombres, injustamente para hombres.

Como nenes que lo dicen abiertamente, como viejos que no lo dicen porque les da vergüenza pero que por adentro lo sienten, Ella quiere jugar en el Barcelona. Hincha por el Barcelona porque le gusta, como a los buenos ojos, el buen fútbol. Hincha porque los ojos son ojos siempre, estén en el cuerpo donde estén, sean del sexo que sean, y cuando el Barcelona no le pudo ganar al Atlético Madrid por la ida de los cuartos de final de la Champions League, me dijo que estaba triste. Como yo, que estaba triste, porque me perdí lo mejor de ella.

Vietnamita

Fotorreportaje del día a día de las mujeres en las zonas rurales de la península de Indochina. En lo cotidiano: trabajo con desigualdad de género. 

De los mercados flotantes del delta del Mekong hasta las tierras montañosas de Lao Cai, donde la niebla lo esconde todo, el recorrido serpenteante por Vietnam depara infinidad de realidades bien distintas donde la mujer es protagonista.

Nos escapamos de las grandes ciudades. Los dos centros económicos, Hanoi y Ho Chi Ming City -aquella Saigón survietnamita proyanqui- fueron salteados, suponiendo que allí nos aguardaban otras relaciones de género. Ni más justas ni lo contrario. Solamente otras. Elegimos. Con cada paso se lo hace.

En las zonas rurales, de lo que los argentinos llamamos Interior pero en otros lares así no se entiende, la mujer trabaja en promedio la mitad más que los hombres y aún así está bien alejada de manejar la economía familiar. Para ellas están resguardadas los trabajos en casa y con los chicos, que se sumen a los por entero productivos.

Recién en 2006 la Asamblea Nacional aprobó la Ley de Igualdad de Género. Eso se nota y se hace notar. El arraigo que tiene la preponderancia masculina en el quehacer diario de las comunidades queda en cada mirada y en cada disparo de la cámara.

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Entre la calle y la ley

A un año de la sanción y reglamentación de la Ley de Identidad de Género, un recorrido por su impacto en la vida cotidiana de las personas trans. El mayor desafío: la inserción laboral y el reconocimiento de la diversidad por el resto de la sociedad.

Tener un nombre es un derecho más que primario de todo ser humano, un modo de reconocerse y obtener reconocimiento. Cuando a una persona se la llama por un nombre que no coincide con su identidad de género, se vulneran sus derechos. La ley viene a subsanar esa violación. Pero, ¿qué hay detrás de un nombre? En su artículo segundo define:

“Se entiende por identidad de género a la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo. Esto puede involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios farmacológicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que ello sea libremente escogido. También incluye otras expresiones de género, como la vestimenta, el modo de hablar y los modales.”

Las identidades trans desordenan la pretendida homogeneidad de concordancia entre sexo, género y orientación sexual. Evidencian el carácter construido y cultural del género al tiempo que introducen la crítica al sistema binario hombre – mujer que excluye, por estructura, al diferente.

“Esta ley nos hace sentir orgullosas; significa que hay un estado que por lo menos nos reconoce y no nos expulsa”, dice Carla Morales desde la barra de Casa Brandon, en donde trabaja. Sabe que el proceso será largo y que las nuevas generaciones serán las beneficiadas, en primer lugar, porque las familias sentirán que no están solas y les será más posible acompañar a sus hijas e hijos trans. “Así, con contención, podremos seguir estudiando, acceder a un trabajo digno y a una vida social más plena”, agrega entusiasmada. Con las mismas ganas, porque “dar de comer tiene que ver la energía”, acaba de pasar fuentes de papas fritas y ensaladas para atender al grupo que eligió el lugar para recibir el fin de semana. Ese es su trabajo y es también su lugar de militancia, su modo de ejercer, de “ir a los hechos, no solo de decir que se puede, sino también, hacerlo”. Sabe que ella tiene una oportunidad negada para la mayor parte de sus compañeras y está decidida a no desaprovecharla.

El problema es qué sucede mientras ese largo proceso del que habla Carla culmine. Aunque el verdadero problema, es qué pasa con las vidas de todas las personas trans que quizás no lleguen a ver ese proceso cerrar. La comunidad travesti, transexual y transgénero de nuestro país se encuentra entre una de las poblaciones más vulneradas históricamente. La realidad de este colectivo está atravesada por un contexto de persecución, exclusión y marginación. Las personas trans no gozan de igualdad de oportunidades y de trato en ningún ámbito de la vida social e institucional; la mayoría de ellas vive en extrema pobreza, privadas de derechos económicos, políticos, sociales y culturales. A pesar de las condiciones en las cuales desarrolla sus vidas, el colectivo trans ha dado muestras de perseverancia y a través de su intervención en la política ha producido cambios significativos, aportando nuevos conceptos, experiencias y marcos jurídicos, construyendo políticas sociales y comunitarias, generando antecedentes importantísimos en la justicia. Hoy, finalmente el Estado reconoce a esta porción de la población y comienza a generar políticas públicas dirigidas a esta comunidad. Sin embargo, debe también desarticular los mecanismos institucionales de discriminación que operan contra las personas trans y que han legitimado mecanismos socio-culturales de fobia por estigmatización, criminalización y patologización

Soledad Cutuli es antropóloga y escribe su tesis sobre las formas de organización de las travestis de Buenos Aires. “Siempre se las aborda de una manera exotizante, pero ellas son madres, militantes, hermanas, vecinas, tías, y también, si querés, prostitutas, y un montón de cosas más que componen sus vidas y suelen estar solapadas”, dice y añade que entre todo lo que hacen, está por ejemplo, el haber demandado esta ley. La inserción laboral, si bien no es imposible, sí es muy difícil. La exclusión del trabajo formal supone, por añadidura, la falta de acceso a vivienda, crédito, y, sobre todo, obra social. Al decir de Cutuli, “ellas son perspicaces y siempre encuentran alternativas” a la trama de marginalidad a las que se las somete, que implica una expectativa de vida tan baja, que las que llegan a viejas “tienen el aura de sobrevivientes”.

“Ahora cuando me miro al espejo, me reconozco, me digo, ahí estoy, soy Gabriela”. Todavía se emociona cuando lo cuenta, es que hace apenas dos años se animó a asumir su identidad y, a los cuarenta y dos, enfrentó, en el edificio en el que trabaja como encargada, la mirada y el prejuicio del vecindario. Se siente una leona, una mujer maravilla, por haberse jugado por lo que es. La emoción se respira en cada letra, la intensidad de la experiencia traspasa la palabra en la que se materializa. “Cuando voy al almacén y me preguntan: señora, ¿qué va a llevar?, me reafirmo y enorgullezco de mi transformación”. Claro que el proceso no fue fácil y aún sufre las consecuencias. Hoy su sueldo está reducido en casi un 50%; la administración, por presiones de algunos integrantes del consorcio le quitó las horas extras. “Se resisten porque les da miedo y atacan para defenderse de lo que no conocen”, dice Gabriela, después de haber tenido que denunciar el caso por discriminación, amenazas e insultos.

Nombre, identidad, aspecto, acceso, trabajo, una red de posibilidades que, por presencia o por ausencia, marcan tantas vidas; en el caso de las personas trans, un número no cuantificado. A pesar de la ausencia de datos oficiales, a partir de “Cumbia, copeteo y lágrimas. Informe nacional sobre la situación de las travestis, transexuales y transgéneros” de Lohana Berkins y la encuesta piloto realizada por el INDEC y el INADI en La Matanza el año pasado, se conoce que el 80% de las personas trans ejercen la prostitución, más del 80% no culminó sus estudios secundarios, el 34% vive con VIH/SIDA y la esperanza de vida es de 35 años.

La ley de identidad de género da existencia a las personas trans e instala la necesidad de ir más allá. Tener un documento con el nombre propio es un primer y enorme paso. Para Soledad Cutuli, salud, educación y más políticas públicas que regulen el cotidiano es lo que debe venir. Gabriela Toledo cree que a la sociedad le falta delicadeza en el trato y sabe que mientras llegue el cambio cultural que ratifique la ley, ella debe seguir viviendo y que falta mucho por cambiar. Carla Morales tiene vínculos con varias organizaciones y partidos políticos, pero se define como inorgánica en su militancia, porque considera que lo mejor que puede hacer es llevar y traer de un lado al otro, decir lo propio a los demás, no limitarse bajo una sola bandera, sino “aprender de la otredad”. Cutuli da un paso más y declara: “ojalá mis hijos tengan compañeras y compañeros trans en el colegio, eso enriquecería el aula”.

Cutuli, Morales y Toledo coinciden en el papel fundamental de los medios de comunicación para lograr el reconocimiento y la aceptación de la sociedad, sin estigmas, en la integralidad de toda persona. Para ponerse a tono con una lucha que avanza a pasos implacables. Y muestra de ello son, por ejemplo, la Escuela Cooperativa Textil de Trabajo Nadia Echazú, creada en 2007 por y para personas trans, con el fin de generar un espacio laboral alternativo a la prostitución. La cooperativa, cuyo nombre recuerda a la activista por los derechos de travestis y transexuales fallecida en 2004, fue un acto de militancia viabilizado por la lucha sostenida de su presidenta, Lohana Berkins. Por otra parte, el año pasado comenzó a funcionar el Bachillerato Popular Mocha Celis, que se presenta como “un proyecto educativo dirigido, sin ser exclusivo, a travestis y transexuales, con el objetivo de conseguir mejores condiciones y oportunidades laborales que reviertan la situación de prostitución y promuevan la organización en torno a cooperativas de trabajo autogestionado”. En este caso, el nombre se lo debe a la militante trans que, sin saber leer ni escribir, murió víctima de violencia de género policial. El Canal Encuentro produjo en el 2011 un ciclo de cine sobre diversidad sexual; conducido por Marlene Wayar, analizó la violencia, los crímenes por odio, las fobias y también la necesidad del respeto a las diferentes identidades. Wayar es también la directora de El Teje, la primera revista en América Latina producida desde una identidad travesti. También hace dos años se estrenó la película “Mía”, ópera prima de Javier Van de Couter. Cuenta varias historias que se encuentran alrededor de una chica trans que vive en la “Aldea Rosa” del cirujeo y la prostitución mientras sueña con la moda, un hogar y la maternidad. Al director, consciente de que para muchas de las chicas que participaron del elenco, la plata que cobraron fue su primer sueldo por un trabajo digno, no le preocupa si su filme se destaca más por su costado militante que artístico. Emprendimientos de economía social, proyectos de educación popular y producciones culturales; las distintas facetas de un movimiento plural que viene pujando desde hace décadas por una democracia real, que lucha no solo por derechos sexuales, sino también por derechos sociales y de ciudadanía.

Trabajo digno, ya a esta altura, resuena como reclamo, como necesidad, como derecho. Como la base de la que partir para poder despegar, para constituirse con plenitud, para alcanzar la integralidad inherente a toda persona. Al igual que entre las mujeres, entre las personas trans se reproduce la discusión acerca de la prostitución: reglamentar o abolir. Gabriela Toledo no pasó por ese lugar, cuando asumió su identidad tenía un trabajo y desde allí da pelea, para vivir su vida, dice. Carla Morales antes de trabajar en Brandon, tuvo una parrilla y diferentes trabajos, entre ellos en la cooperativa Nadia Echazú. Cree que el trabajo dignifica y entiende que si la prostitución es un trabajo, debe ser fiscalizado, mientras no se pueda sacar a quienes están en la calle, como prostitutas, clowns, gente que hace venta ambulante. Morales afirma que toda persona debe tener derecho a elegir su camino y poder hacer un aporte a una obra social y llamar para pedir un turno como cualquiera que trabaja. Lohana Berkins, desde su conocida postura abolicionista, no se cansa de repetir que no conoce a nadie que mande a sus hijos a hacer cursos de especialización en prostitución. Si hay un reclamo consensuado entre todos los sectores es que lo que deben eliminarse sin más son las causas que provocan que la prostitución sea el único medio de subsistencia para tantas. Para Cutuli, la categoría trabajo digno tiene potencialidad estratégica, retórica, para conseguir resultados para la vida de todos los días, cuyos matices exceden el reclamo llevado al Estado. “Imaginate decirle a una trava: vos no sos digna porque no tenés un trabajo digno, inmediatamente te va a dar mil argumentos por los cuales se considera absolutamente digna. Hay, por eso, dos planos, el de lo político y el de lo cotidiano, creo que se van a producir modificaciones en forma progresiva que hagan surgir otras formas de ser travesti sin pasar por la prostitución”. Para muchas de ellas, trabajar y salir a prostituirse son la misma cosa. Soledad Cutuli cuestiona: ¿cómo no llamar trabajo a la principal fuente de ingresos?

Una pregunta surge insoslayable; ¿quién es el cliente de las travestis? ¿Quién consume esos cuerpos? Si el consumidor de sexo heterosexual está invisibilizado por una trama social que lo protege, el de sexo trans pareciera no existir. Ningún hombre admite su práctica. La hipocresía de la sociedad se manifiesta al extremo. Berkins, en declaraciones al momento de la media sanción de la ley, enfatizó la problemática de la violencia, dado que entiende que a mayor avance le corresponde una mayor resistencia, que puede devenir en travestofobia. Se rebela a estar confinada en el mundo prostibulario y considera que la verdadera transformación se dará cuando a ellas las lleven por la vida reconociéndolas como pareja. Por eso Carla Morales, además de diseño textil en la UBA, estudia las relaciones afectivas de las chicas trans y la forma en que el varón que gusta de ellas, asume su lugar. Plantea la necesidad de que ese chico pueda hablar y decir: “Mamá, no te presento una novia mujer biológica, te presento una novia trans”. Para ella, se impone empezar a hablar de la salida del closet de estos varones, porque la represión se vuelve violencia y se llega, en muchos casos, al crimen de odio.

“Hace un tiempo atrás comencé un viaje hacia mi adentro, un trabajo de auto aceptación, donde el aprendizaje es aún constante y una de las tantas riquezas alcanzadas es la paz conmigo misma, una paz que excede todo conocimiento”; así comenzaba la carta que Gabriela Toledo envió a cada unidad del edificio en el que trabaja, el día antes de abrir la puerta como Gabriela. Líneas que se entrelazan con el reclamo de Carla Morales de ser escuchadas con voz propia y de reconocer y aprender del diferente, de todo otro y otra. Sobre su trabajo con el grupo de la cooperativa Nadia Echazú, Soledad Cutuli declara, contundente: “No se me ocurriría nunca darles consejos, yo aprendo de ellas e intento aportar a la academia sus saberes”.

Ese conocimiento que dice que el disfraz es no mostrarse como lo que se es, que apela a la aceptación, a la posibilidad de mostrar todo un abanico de capacidades que van mucho más allá de una esquina o una peluquería, a permanecer en la educación formal y acceder a los servicios plenos de salud, a no ser invisibilizadas tras una máscara de necesaria femineidad, a ser y a devenir. A un año de la sanción y reglamentación de la Ley de Identidad de Género, los estigmas sociales sobre el travestismo en nuestro país siguen atravesados por la violencia física, la represión policial y los insultos discriminatorios, reforzando los estereotipos negativos en identidades trans. Violencia física relacionada a la represión policial, las dificultades en el acceso a la justicia y las barreras para ingresar al mercado laboral formal dan cuenta que todavía en Argentina existe una marca de la violencia física y simbólica que vulnera a las personas trans en sus derechos económicos, culturales y sociales; en sus derechos humanos, en su derecho a ser y existir.

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El mundo a través de nuestros ojos

Movidos por un espíritu transformador, un grupo de jóvenes cuestionadores de las miradas impuestas y las fórmulas extranjeras, conformó el colectivo Santa Conciencia. La hebra que atraviesa este tejido de sueños y reflexiones es la identidad latinoamericana. El 9 de diciembre, en el Centro Cultural Adanbuenosayres, convocan por tercer año consecutivo a un encuentro para pensar la región, desde los procesos comunes hasta las experiencias múltiples. El lenguaje privilegiado para intercambiar saberes será el arte, en sus diversas manifestaciones y rescatando la creatividad de lo lúdico.

“Los latinoamericanos producen, no son espejo, no son producto ni residuo europeo, sino que son gente que hace, produce, crea sentido. Nos reivindicamos como gente activa, como Latinoamericano activo, que puede hacer” ¡LATINOAMÉRICA VIVA! De eso se trata la propuesta, de movernos, ir, escuchar, participar, intervenir, conocernos, reconocernos.

Ellos lo proponen y nos invitan. Un grupo de estudiantes, en su mayoría de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, que se juntó por el año 2010 con el deseo de cambiar el mundo hoy conforman el “Santa Conciencia”, que lleva adelante todos los años el encuentro “La Niña, La Pinta y La Santa Conciencia” Sí, un nombre un poco irónico que alude a uno de los temas principales de su agenda, la colonización. Lorena, una de esas cuatro idealistas de los inicios, recuerda con sonrisas los primeros tiempos: “Lo que nosotros planteábamos en ese tiempo era construir la identidad latinoamericana, creíamos que teníamos que crear una conciencia latinoamericana. Queríamos ser una especie de Robin Hood, pero no podíamos serlo porque no somos tampoco quienes para decirle a la gente qué es lo que tiene que hacer, pero teníamos esa visión de querer cambiar el mundo”.

Aquel primer encuentro que hoy parece un poco lejano se hizo en el Centro Cultural Los Bohemios, en la Cancha de Atlanta, junto con un colectivo que se llama el MAL (Movimiento Artístico Latinoamericano). Hay cosas que no cambiaron, desde un principio la columna vertebral de la idea fue el enorme y casi inalcanzable tema de lo latinoamericano. “En un primer encuentro lo que hicimos fue una performance, que era un circuito que estaba en la calle y por el que tenías que transitar por el pasado, por el presente y por el futuro. Nuestro pasado era como en los pueblos originarios antes de la colonización, el presente lo tratamos de meter con todo lo que era tecnología: televisores, computadoras colgando y era también interactivo porque pasabas te chocabas y al final podías intervenir en una tela grandísima con algún recorte, dibujo, frase. Y el futuro lo dejamos blanco, esperanzador, era un espacio de proyección”.

El tiempo modificó la dinámica de trabajo y la cantidad de gente que interviene en el proyecto. Para la segunda edición se repensaron las estrategias y se optó por abrir el abanico de participación. “En el segundo encuentro quisimos tercerizar las actividades y llamamos a los artistas que conocíamos y que tocaban algunas temáticas”. Si bien el resultado fue positivo, una vez más “Santa Conciencia”, se sentó a replantear el armado del tercer encuentro y volvió a darle una nueva vuelta de tuerca. Ya no preferían que vengas con tu número, lo hagas, termines y te vayas. Ahora la búsqueda pasa no por sumar, sino por integrar muchos otros colectivos para reforzar la pluralidad de voces y darle fuerza entre todos al grito de su lema “Cultivando la identidad latinoamericana”.

Las chicas que comparten una mesa , una charla y una tarde con nosotros son parte del grupo coordinador, junto a otras seis personas, que se encarga de la gestión integral del evento y que nos aclaran la nueva modalidad de trabajo, modalidad que recalcan es horizontal e igual de participativa entre todas las partes. Entre anécdotas de ediciones anteriores que se cuelan anónimas, nos cuentan cómo junto al resto del colectivo pensaron la fecha de este año: “Desde ese grupo quisimos organizar el encuentro conceptualmente para que no sea simplemente un tercero que viene, aporta lo que ya tiene y se va. Decidimos convocar colectivos de trabajos y establecer ejes temáticos para que cada colectivo o entre colectivos se trabaje y darle así una integración conceptual al encuentro y que haya un trabajo previo para organizarnos mejor entre todo. Estuvimos armando pre encuentros con estos colectivos donde les mostramos cuáles eran los ejes que habíamos pensado, dimos los lineamientos generales, pero abrimos el juego a que en los pre encuentros se tiren ideas y que cada colectivo se interese por un eje particular”.

La idea se completa con el juego y la participación. Ya lo dijimos, somos gente activa que produce y todas las actividades que se ofrecen tienen que ver con lo lúdico, lejos de ser simplemente una bajada de texto. Música en vivo, talleres, teatro, performances, charlas, artes visuales, juegos al aire libre y muchas otras propuestas completan la grilla articulada en los ejes que se desprenden de la casi infinita cuestión Latinoamericana: colonización y neocolonización, educación, pueblos originarios, dictaduras militares en América Latina, género y naturaleza y recursos naturales nos llaman a poner el cuerpo y participar. Cada uno de los ejes se presentará con un video que está haciendo trabajar duro a la comisión de Audiovisuales, una de los tantos grupos de laburo que se articulan para darle forma al encuentro. También hay encargados de golpear puertas y conseguir financiación, ¡tarea de las más difíciles!: “Al principio el que se encargaba de recaudar fondos iba a grandes empresas donde no le pasaban ni cinco de pelota, entonces la nueva estrategia fue ir a los negocios que están alrededor del parque y ahí nos dieron un poco de bola”.

Durante tres intensivos años, “Santa Conciencia” maduró y aunque los ejes principales no cambiaron, hoy a partir de su nombre que puede generar contradicciones, prefiere dejar en claro lo que se quiere lograr compartiendo una jornada: “El objetivo no es generar conciencia, no es que un grupo vaya y dé conciencia o ilumine las cabezas de la gente; no, no es ese el objetivo, sino más bien que se generen espacios de reflexión, nosotros siendo parte de esa reflexión. Es un intercambio horizontal, pretendemos que sea eso”. Lejos de la idea de inyectar conciencia en la puerta mientras vas entrando, lo que se pretende es generar espacios participativos para que entre todos se pueda montar un entramado de ideas que genere que te vayas a tu casa con una nueva noción de la identidad latinoamericana. “Cambiar ese sentido común de que los Argentinos descendemos de los barcos y encontrar algún vinculo, generar empatía con otras manifestaciones culturales nativas. Que descendemos de los barcos es en parte verdad y en parte mentira, es un cincuenta porciento”

En búsqueda de un intercambio verdadero y recíproco, la cita queda hecha para el domingo 9 de Diciembre desde el medio día en el Centro Cultural Adán Buenosayres ubicado en el Parque Chacabuco. Entendiendo que es imposible hablar de un continente homogéneo, pero en búsqueda de reivindicar que sí hay un proceso histórico común  que tuvo experiencias comunes de múltiples maneras pero que sigue una línea que nos lleva a generar empatía entre países, que nos une y nos empuja a repensarnos.