Seis años sin Luciano

Un mediodía de sábado de enero hay miles de personas que caminan por las calles de Lomas del Mirador. Caminan bajo un Sol que quema por este barrio en el que se vio por última vez hace exactamente seis años a Luciano Nahuel Arruga. Este año ya no se marcha por su aparición. En octubre último se encontró su cuerpo enterrado en una tumba NN del Cementerio de la Chacarita, después de cinco años y nueve meses de búsqueda constante. “A Luciano lo mató la Policia y lo despareció el Estado”, dice la bandera principal de la movilización. Por eso acá marchan miles de personas. Caminan desde la plaza Luciano Arruga hasta el destacamento policial donde a Luciano lo fajaron varias veces por negarse a robar para la Bonaerense. Allí, ahora, luego de cinco años de lucha, funciona un espacio para la memoria. El destacamento se mudó a tres cuadras por disposición el Intendente Fernando Espinoza. Hasta ahí también se camina. Camina Vanesa Orieta, la hermana de Luciano, camina y les grita a los ratis que a su hermano lo mató la Policia. Se sigue caminando. Vanesa explica que por donde pasa la movilización ahora, la Comisaría 8va de La Matanza, funcionó un centro clandestino de detención en la última dictadura militar. También caminan, escuchan y cantan que a Luciano lo mató la Policia la madre de Facundo Rivera Alegre y del Kiki Lezcano, la hermana de Walter Bulacio, el hermano de Matías Bernhardt, familiares de Sergio Abalos y Ezequiel Demonty, camina la columna de H.I.J.O.S, camina Pablo Ferreyra, el hermano de Mariano. “Los casos siempre van a estar relacionados por la impunidad policial. ¿Qué importa si no son los 30 mil de la dictadura”, dice Vanesa mientras sigue caminando. Hasta que en Emilio Castro y General Paz ya nadie camina. Ahí, en la colectora de la General Paz donde un testigo vio el 31/1/09 que un patrullero de la Bonaerense estaba estacionado con las luces apagadas a la misma hora que un auto atropellaba a Luciano, que cruzó la General Paz de una manera desesperada, como si estuviera escapando de algo. Algo, para la familia y para todos los que están acá, es la Policia. Acá donde Luciano murió hace seis años ya no se camina. Se habla, se escucha, se piensa, se siente. Se sacan conclusiones. Sin Luciano no hay Nunca Más.

Pablo Pimentel, presidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de La Matanza. [Ver entrevista a Pimentel].

Es importante haber estado acá para mantener la coherencia que tenemos muchos hace tiempo en la Argentina que es reclamar por los derechos humanos de todos, sin distinción de clase ni religión ni edad ni condición social. Hoy recordamos el flagelo que sufrió un joven que representa a muchos jóvenes de la Argentina, de una condición pobre, muy pobre, que no tuvo derechos. No tuvo derecho a ser respetado por los policías que lo reclutaban para robar. Y la familia no tuvo derecho a acceder a los instrumentos que tiene el Estado para que se supiera el paradero de él. El Estado fue obligado por un habeas corpus, que había sido rechazado anteriormente, para poner a disposición de la familia todos los elementos que haya en este caso. Al mes de eso, con las huellas digitales que se tomaron en la primera detención, dieron con el cuerpo de Luciano. Se hubieran ahorrado cinco años de dolor de toda una familia. La figura de Luciano ha crecido tanto que ha pasado su persona, va a quedar en la historia como la bisagra que de vuelta la página para que todos los casos de impunidad que han quedado del pasado, del presente y de los que vengan no exista más. ¿Cómo? Con un pueblo organizado, una familia que reclama y una Justicia independiente de cualquier poder político, económico y mediático que obre de manera justa, en tiempo y forma. Si habría sido así, hoy no estaríamos acá reclamando. Esto es porque el Estado no funciona y porque si bien han pasado 30 años de democracia la Policía no ha cambiado, no se ha formado en una cultura de seguridad democrática basada en la filosofía y el respeto de los derechos humanos de todos, inclusive los de los policías como trabajadores.

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Viviana Alegre, mamá de Facundo Rivera Alegre, joven desaparecido en febrero de 2012 en Córdoba. [Ver nota sobre el caso de Facundo Rivera]

Hoy somos todos Luciano. Es el ejemplo de la total impunidad, de la connivencia policial, política y judicial. Yo soy Viviana, la madre de Facundo Rivera Alegra, que en febrero va a ser tres años de desaparecido. Nosotros vivimos la misma situación en Córdoba con mi hijo, por eso estamos acá. Y para acompañar a Vane que siempre ha estado muy presente. Y eso es lo más importante: que nos acompañemos, porque esta es una lucha colectiva y de esa manera vamos a salir y a lograr la Justicia que nuestros hijos merecen.

alegre

Vanesa Orieta, hermana de Luciano Nahuel Arruga. [Ver entrevista a Vanesa]

Como hermana de Luciano considero que hoy es importante estar porque estamos hablando de una desaparición forzada, de una muerte que intentó ser silenciada al enterrar a Luciano como NN en el Cementerio de la Chacarita. Tenemos que estar acá porque desde el poder judicial y político, y desde los medios también, se intentó desvirtuar la escena instalando que se había tratado de un simple accidente de tránsito. Tenemos que estar acá porque hay muchos familiares que vienen a denunciar la violencia por parte de las diferentes fuertes de seguridad y es nuestro deber acompañarlos porque están solos, porque no tienen acompañamiento judicial, no tienen acompañamiento político porque los grandes medios lo que hacen es ensuciar la figura de la víctima. Esta problemática es grave, ya se han llevado la vida de muchos pibes por gatillo fácil, ya se han desaparecido muchos pibes y cada vez son más. A medida que podamos entender el significado de esta lucha vamos a empezar a entender el riesgo que corremos en esta democracia sino abrimos los ojos y nuestras bocas para gritar que no queremos más casos de violencia institucional en manos de la Policía.

vanesa

Tamara Bulacio, hermana de Walter Bulacio, joven asesinado por la Policía en 1991 después de un recital de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota.

Es importante estar hoy acá porque es un chico más que desapareció. Como sociedad tenemos que reflexionar en eso. Más allá de tener un hermano que pasó por lo mismo, que murió a causa de gatillo fácil hace más de 20 años, lo tenemos que hacer para que el sistema cambie, para denunciar estos casos. Si no salís a la calle para denunciar esto que pasa, ellos aprovechan el silencio. No hay que callar. Hay que salir y luchar. Hoy otra no queda.

tamara bulacio

Iara Carmona, 20 años, víctima de abuso policial desde los 11 hasta los 15 años por el exmarido de su madre, un policía de la Bonaerense. [Ver entrevista a Iara] 

Me parece importante porque todas las causas son importantes, más allá de la mia. Y la manera de sostenerla es esta. Hay que estar, participar, pedirle a la gente que se sume. Es más que nada hacerse escuchar, que se difunda el caso. Es una manera de hacer justicia, justicia social. Desde cantar, acompañar, o darle un abrazo a la familia es una manera de contener a los seres queridos como el Estado y la Policia no lo hacen. Está bueno sentir el respaldo de la gente. El caso de Luciano me moviliza en especial. Es un pibe como yo. Yo bailo en la murga de La Matanza, donde hay compañeros que eran amigos de Luciano. Si bien todas las causas son importantes me llega desde un lugar especial, aunque la impotencia y la importancia es la misma en esta como en todos los casos de violencia policial.

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Angélica Urquiza, madre de Jonathan Kiki Lezcano, asesinado el 7/9/09, a los 17 años, junto a Ezequiel Blanco (25), por Daniel Santiago Veyga, exagente de la Federal. [Ver nota sobre el caso de Kiki Lezcano] 

Es importante porque se cumplen seis años de la desaparición de Luciano. Hay que apoyar a la familia para que este caso sea visibilizado. A mí también me mataron un hijo, tres meses después que a Luciano. Por eso me mueve estar acá también. Porque es la manera de solidarizarse de corazón a corazón con la hermana, con la madre, con todos los que han sufrido como me tocó a mí.

kiki lezcano

Nora Cortiñas, presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo (Línea Fundadora), madre de Carlos Gustavo Cortiñas, desaparecido el 15 de abril de 1977.

Es importante porque la memoria es la que nos lleva a que busquemos toda la justicia. No hay que perder la memoria, hay que estar en la lucha permanentemente, eso es lo que nos va a llevar a la verdad y a la justicia. Hay que seguir. Esta es otra etapa en la que ya sabemos que pasó con Luciano, ya tenemos su cuerpito. Es otro camino el que hay que recorrer, pero con la misma bandera de no a la impunidad, en el caso de Luciano y en todos los casos donde haya una injusticia.

cortiñas

————Mirá más fotos de la marcha acá————

En Río Negro el gatillo fácil no para

A Pablo Vera lo mató un Policía con un tiro en la nuca. A su familia, la reprimieron y hasta la detuvieron. Su pareja llegó a tener una hemorragia por los golpes. Fue en General Roca. En esa provincia, ya hubo más de 120 casos .

Pablo Vera tenía 23 años, un hijo, una pareja y poco para comer. “Tranquila, total siempre zafamos”, le decía a la mamá cuando las papas escaseaban. El 25 de septiembre de 2014 había ido a bailar. A la mañana, en las calles Rodha y España, en el centro de Fiske Menuko (oficialmente llamado General Roca), en Río Negro, murió por un disparo policial en la nuca. Jorge Villegas, el autor del balazo, dice que lo encontró robando un auto. Declaró que hubo un forcejeo y, en el intento de darle un culatazo, se apretó el gatillo.

Vera vivía con su madre, compartía la tenencia de su hija con Paola, su novia, porque no les alcanzaba para tener una vivienda en común. Trabajaba lavando autos. Hacía también trabajos de albañil y de chacra. Nada de eso contó el diario Río Negro ni ningún otro diario ni canal de televisión. Tampoco apareció su cara más que en alguna remera que se cruzara por la cámara en las manifestaciones. Sí publicó Río Negro una entrevista con la hija de Villegas, que lamentó la muerte y dijo que el padre no tenía intenciones de matar y que no le haría mal a nadie: “Él hizo lo que tenía que hacer en su trabajo”.

El policía rionegrino, según su familia, estaba de vacaciones, cerca del retiro. Salió de civil y prefirió, siguiendo su versión, sacar el arma para evitar el robo. La bala se disparó a 15 centímetros de su nuca, por donde entró, y salió por la barbilla. El cuerpo de Pablo Vera tenía rasguños y golpes en diferentes partes del cuerpo.

El juez y ex policía Gustavo Quelín le dio a Villegas el beneficio de la excarcelación y se pidió vacaciones. El juez Maximiliano Camarda lo reemplazó y avaló la decisión. “La justicia, que debería estar investigando por qué un policía mata a un pibe por la espalda, que debería estar asegurando que los ´compañeros´ de Villegas no entorpezcan la investigación, lo único que hace dotar de privilegios al policía, liberándolo infundadamente”, argumentan los familiares de Vera. Se apoyan en los cercanos casos de Daniel Solano -desaparecido después de armar un paro contra la empresa Agro Cosecha, visto por última vez en un boliche del que lo sacaron policías-, Atahualpa Martínez Vinaya, Matías Casas, Braian Hernández  y Gustavo Gutiérrez  en Neuquén, todas víctimas cuyos allegados fueron amenazados. Gutiérrez muerto postamenazas para que no declarara en el juicio por Braian. Se apoyan en el caso de Jon Camafreitas, cuyo homicida condenado, policía, está prófugo. Saben que en Mendoza el 60 por ciento de los casos de gatillo fácil terminan impunes, y que eso es una realidad que también llega a Río Negro y a todo el país

El 28 de noviembre, la Cámara I –Stadler, Gauna y Tobares- confirmó la excarcelación. Los familiares y amigos de Vera se manifestaron. En un comunicado difundido por www.zumbido.com.ar, los familiares insisten en el por qué de la necesidad de que Villegas esté detenido: “Son los policías los que más posibilidades reales tienen de fugarse durante el proceso. Y ni hablar de la posibilidad que tienen de poner trabas en la investigación. Y el entorpecimiento en la investigación es aún más probable si el imputado está libre, como Jorge Villegas. Es esto lo que motiva amenazas, allanamientos ilegales y actitudes intimidatorias por parte de la corporación policial hacia la familia y amigos de Pablo, que hasta el momento es la única movilizada en la búsqueda de pruebas que acrediten que se trató de un fusilamiento y no de un ´forcejeo´ ni una ´legítima defensa´”. La respuesta al pedido fueron 50 heridos y 24 horas de detención a 24 manifestantes -catorce jóvenes mayores de edad, seis menores y cuatro mujeres, entre ellas una embarazada de 8 meses-, sumada a 48 horas más, ilegales, para todos los que fueran varones mayores. Sumado, para todos y todas, torturas, privación ilegítima de la libertad, maltrato físico y psicológico, manoseo, vejacionesamenazas sobre los hijos.

La abogada de los Vera, Victoria Naffa, aseguró que los golpes fueron tanto en el momento de la detención, como en la comisaría 21. Adentro, “lxs hicieron desfilar unx por unx para seguir pegándoles”. A Paola, la pareja de Vera, le cuesta caminar. No puede girar el cuello ni levantar los brazos. Está con hemorragia ginecológica. Narra: “Sobre la calle Maipu, yo ya me estaba subiendo a la camioneta, a mí me agarraron de los pelos y me sacaron arrastrando. Me pegaban patadas y piñas, sobre todo en los ovarios y las patadas más fuertes eran allá abajo”. Su hijo de trece años también fue detenido. Paola escuchó cómo lo torturaban mientras la amenazaban con que lo iban a matar. “El médico forense nos revisó así nomás, nos hizo levantar un poco la remera y no quiso ver todos los golpes. Cuando fuimos a hacer la denuncia a la fiscalía se reían de cómo caminábamos, se burlaban”.

Además, por las torturas a los detenidos ilegalmente, responsabilizan al fiscal Garrido y al ministro de Gobierno de la provincia, Di Giacomo, por haber rechazado el hábeas corpus presentado.

El juez Camarda, además, dio la orden de no permitir el ingreso a los Tribunales a Pedro Villegas, trabajador de un juzgado de instrucción, que se solidarizó con la familia.

En la provincia de Río Negro hay más de 120 casos de gatillo fácil desde que se restauró la democracia. En la provincia está desaparecido Daniel Solano desde hace más de tres años. En la provincia hubo una causa armada para dejar impune el asesinato policial de Atahualpa Martínez Vinaya. En la provincia se permitió que hubiera detenidos ilegales, algunos sin ser registrados, hace menos de un mes. 

“Un pivito inocente justo paso por ay”

A Carlitos Quiroz lo mataron al confundirlo con uno de los pibes de las barriadas pobres de Pergamino que andan en robos de poca monta.  La perpetua para el policía Fernández rompió con la impunidad policial.

Canchita de tierra, esas de arco sin red. Ahí estaba jugando Carlitos Quiroz, 15 años, junto a amigos de la misma edad, el 20 de octubre de 2009, cuando alguien más grande cortó el partido. Era Mauro Mena, conocido ladrón del barrio Newbery, que llamó a Carlitos. “Le dice ´vení, que te tengo que contar algo´ y Carlitos ´no, pará´. Y este Mauro le decía ´no seas cagón´. Y Carlitos, para no ser menos, va. De ahí para adelante los chicos no saben qué es lo que hablaron”, relata su padre, Carlos.

A las 13:47 la Justicia rastrea que Mauro Mena manda este mensaje a un número desconocido: “Venite vo en 1 mi… en el camino ay un pqete en la caye y yo d pue te mando i papele”.

La respuesta llegaría pasadas las 14: “Yo ya lo dje fíjat loco no m boludies, lo dje ahí con la gita ahora los papeles”.

A las 14:46, Mauro dice: “ay voy yo a pata”.

Entre las 15:05 y las 15:10 un ciclista que pasaba por un descampado lindero al Club Banco Provincia, encuentra el cuerpo ensangrentado de un chico: zapatillas nike, pantalón de gimnasia con las tiras blancas, chomba deportiva del Valencia.

Era Carlitos.

Tenía un disparo en la garganta.

Ya estaba muerto.

A las 15:17 Mauro Mena escribe el último mensaje: “puto a ora te vas a quere matar por q me isiste una camita el que agarraron es un pivito inocente justo paso por ay y le dije q le dava 100 peso y fue”.

Vista de la ciudad de Carlitos. Fotos: NosDigital.
Vista de la ciudad de Carlitos. Fotos: NosDigital.

La secuencia

La historia había comenzado al mediodía, cuando camioneros que se encontraban en Pergamino por cuestiones laborales denuncian en la Comisaría 2 el robo de los papeles de sus vehículos. Parados a la vera de la ruta, en horario de almuerzo o siesta, los camiones son blanco fácil para los ladrones de poca monta, que ven la de hacerse unos pesos robando pertenencias y pidiendo un rescate a cambio de la devolución.

Ese martes 20 de octubre al mediodía, el ladrón Mauro Mena se comunica para negociar la devolución de los papeles por un arreglo de $400 y da instrucciones para el intercambio. La secuencia, que siguen los mensajes de texto, planeaba citar a los camioneros en un camino de tierra que conecta con la ruta.

Los camioneros vuelven a informar a la policía esta novedad del rescate. Según la investigación, los oficiales Jorge Alberto Conde y Daniel Alberto Fernández recomendaron a los camioneros negociar con el ladrón un pago mientras ellos montaban un operativo para detenerlo en el momento del cobro. Los camioneros dejaron, así, un sobre en un descampado junto al campo deportivo del Club Banco Provincia.

Ahí entra en escena Carlitos Quiroz, la carnada que Mauro Mena había elegido por si sucedía exactamente esto: que fuera, en vez de los camioneros, la policía.

Carlitos Quiroz levantó el sobre, y en seguida fue abordado por dos hombres arriba de un auto particular: eran los policías de la Bonaerense. La versión policial dice que el chico intentó sacar un arma, y la versión policial corregida dice que Carlitos intentó escapar. Sin embargo, a Carlitos no se le encontraron armas ni la documentación robada, y la bala que le dio muerte ingresó por su cuello, de frente, con dirección de arriba hacia abajo: fue un fusilamiento.

Los policías volvieron a la seccional, dejando a Carlitos ahí tirado. No dijeron nada, hasta que el fiscal de turno Guillermo Villalba ordenó una serie de averiguaciones que derivaron en la detención de los dos. En seguida se determinó que el operativo policial no había sido informado a la comisaría ni a la fiscalía, que se dio fuera de la jurisdicción de la 2°, y que los policías iban de civil y en un auto particular.

La condena

Los policías Conde y Fernández, junto con el titular de la seccional Eduardo Ledesma, fueron desafectados de sus cargos por el Ministerio de Seguridad. Sin embargo, faltaba mucho para lograr una condena.

Los diarios habían titulado “Falleció un menor de un disparo y fueron detenidos por el hecho dos policías. El confuso episodio ocurrió en…”.

Paralelamente, el 14 de noviembre de 2009 ocurrió la “desaparición” de la familia Pomar, justamente camino a Pergamino, caso que ocupó las mayores planas de los medios provinciales y nacionales. Se dijo desde que Los Pomar se habían escapado del país, hasta que habían sido inducidos por extraterrestres.  Sin embargo, habían volcado en la ruta y el auto se escondía atrás de un arbusto…

El caso de Quiroz no mereció la atención ni de los medios ni de gran parte de la sociedad pergaminense. “El discurso dominante hace referencia a la inseguridad y el reclamo de más fuerzas de seguridad”, cuenta Fausto Nascimbene, uno de los integrantes del Colectivo Militante por los Derechos Humanos que acompañó a la familia Quiroz. “Un correlato de lo que aparentemente la sociedad está pidiendo y el aumento de la marginalidad es un combo peligroso”.

Carlitos Quiroz, cuatro veces hermano, vivía en uno de los barrios más postergados de Pergamino, el Newbery. Su futuro se jugaba todas las fichas a ser jugador de Douglas Haig, equipo para el que jugaba desde los 5 años.

Monsanto juega en el mismo equipo que Carlitos.
Monsanto juega en el mismo equipo que Carlitos.

Su caso reactivó al Colectivo Militante de Derechos Humanos, que se había formado para presionar por condenas de los juicios de lesa humanidad cometidos en dictadura. “Pergamino no estaba acostumbrado a un juicio de estas características”, dice Fausto en relación al caso de Quiroz. El juicio de Carlitos supuso un nuevo desafío: denunciar la violación vigente de los derechos humanos hoy.

Se sucedieron movilizaciones, denuncias, visitas a despachos y hasta un escrache en la casa del policía Conde. “Íbamos viendo que la causa se dirigía a condenar sólo a Fernández, cuando sabíamos que Conde era el que había hablado con los camioneros y montado el operativo”, explica Fausto sobre las razones de esta condena social, no judicial.

Las presiones desde el otro lado no tardaron en llegar: “Tuvimos una intimidación. Llamaron a mi casa y me pasaron una llamada grabada de nosotros mismos, como que nos estaban pinchando el teléfono”, cuenta Fausto. La denuncia fue anexada a la causa de Carlitos y se intimó al Departamento de Investigación provincial a que dé explicaciones sobre el asunto.

También, en una de las sesiones del juicio, en medio de un ambiente caldeado, uno de los amigos de Carlitos intenta escrachar a Fernández y a Conde; “entonces un policía lo agarra del cuello, y se pudrió todo”. Gases lacrimógenos, palazos y corridas alrededor del tribunal pergaminense.

El revuelo finalmente dio sus frutos: el policía Fernández, autor del disparo, fue condenado a cadena perpetua en 2011, y Jorge Conde a 1 año y 8 meses, en calidad de cómplice del operativo ilegal.

La condena a Conde pareció insuficiente, pero la perpetua para Fernández rompió con la impunidad policial en un caso clave de Pergamino. Fausto: “Lo anecdótico del caso se vuelve parte del sistema cuando vemos que los pibes de las barriadas pobres siguen siendo perseguidos por la policía”.

Pregunten, que dolor sobra

Francisco Núñez fue el sábado 20 al evento #YoYLaYuta de NosDigital, en MU. Punto de encuentro, a contar su historia: a su hermano lo mató la policía y a él le armaron una causa para que su familia se callara y dejara de investigar. Estuvo preso y fue torturado física y psicológicamente. Aún así, se animó a una entrevista abierta con 50 personas. 

Como todavía le duele, cuando se le hizo la entrevista abierta, dejó que su papá, Omar, contestara las preguntas del público. Cuando veía que Omar se olvidaba algo, lo tocaba y se lo recordaba. Todos los invitados ya habían recibido un volante introductorio:

A DIEGO LO MATÓ LA POLICÍA. A SU HERMANO LE ARMÓ UNA CAUSA JUDICIAL PARA CALLAR A LA FAMILIA

 Diego Núñez murió fusilado por Pablo Alberto Carmona el 19 de abril de 2012, un policía de la Federal, en el barrio de Caballito. La versión oficial trató de hacer creer que Carmona le dio un solo tiro. Tenía cinco. Dos en la cabeza, de arriba hacia abajo, de adelante hacia atrás. El cuerpo estuvo desaparecido dos días, porque no usaron el celular de Diego para llamar, ni tampoco le tomaron las huellas.

Cuando su familia empezó a pedir justicia, le armaron una causa judicial por homicidio al hermano de Diego, Francisco. Lo acusaron de querer fugarse, cuando no sabía que tenía orden de detención en su contra. Preso, lo torturaron física y psíquicamente. 

Pese a que la causa de Diego quedó rezagada, Francisco salió en libertad después de un juicio en el que nada se podía probar en su contra.

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Francisco estaba en silencio y tomaba un agua. No estaba incómodo, pero no iba a hablar. Escuchaba atentamente cómo su papá, narraba, para unas 50 personas, en el evento #YoylaYuta, el último sábado, organizado por NosDigital, su terrible historia. Cada vez que su viejo hablaba, el living de Mu Punto de Encuentro permanecía en silencio.

Una entrevista abierta, donde preguntan distintas personas del público que se juntó entre mesas, más que dolorosa.

[pregunta un joven de rulitos]

– Omar, ¿cómo empezó esta historia?
– Diego recibió disparos de arriba hacia abajo que le destrozaron los pulmones y el corazón. Les cuento esto para que lo vean en contraposición con lo que dijo esta persona, Pablo Carmona, este hijo de puta. En la parte de arriba de la cabeza, con la deflagración de  los disparos, se le quemó la cara como si le hubiera salpicado aceite caliente de arriba hacia abajo. Lo tengo filmado, no por morbo, sino porque sabiendo que Diego tenía un Nextel nuevo por su cumpleaños, lo encontramos como NN. Había un ocultamiento bárbaro. Todo lo que nos decían era mentira. La forma como lo encontramos es parte del ocultamiento. El Nextel tenía registro como para que se comunicaran con nosotros. No tuvieron intención de avisarle a nadie. A los chicos se los entierra en bolsas negras. Los gendarmes lo encontraron en cuclillas. Aún así ni el juez ni el fiscal pudieron ver que eso fue una ejecución.

(Aunque así leído vaya rápido, cada una de estas palabras a Omar le cuestan y las dice cansadamente)

Tocamos puertas de la justicia. Nos encontramos con el mismo relato. Los gendarmes nos hablaban de enfrentamiento. “No, pero él tenía un arma”, decían. Se la plantaron en la mano derecha, y Diego es zurdo. Mostramos las fotos. Con todas las pruebas en contra, este hombre ni siquiera tuvo una prisión preventiva.

Empezó el acoso, las preguntas: si éramos cartoneros, matrimonio igualitario, buenos, qué éramos. Nos sentíamos humillados. Inclusive, esto lo digo porque tengo a mi hijo afuera de la cárcel, en el Ministerio de Justicia nos preguntaron qué hacían nuestros vecinos.

Yo necesito justicia por mi hijo, no ser buchón.

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[pregunta un joven de anteojos]

– ¿Qué les preguntaban?
– Todo lo que pasaba en el vecindario. Era una pibita, por eso no le contesté como debía, pero yo no iba a salir a buchonear porque me mataron a un hijo.

La cosa es que empezamos a ir al Ministerio y, en realidad, no solucionábamos nada. Después volví a ir cuando empezó el acoso con Lucía [la mamá de Diego y Francisco]. La intentaron secuestrar dos veces. Venían a llevársela sin mostrar la chapa, sin orden. “No, del juzgado Nro 6”, contestaban, y punto. Tal es así que estuvieron hablando que sí, que no. Me visto, me tiro en la silla [Omar anda en una silla de ruedas] y salgo para afuera. Les pedí toda la documentación, les dije que a la tercera vez que la vinieran a buscar y ella no fuera podían llevársela. “Más vale que andes bien documentada porque si no, donde te enganche la vas a pasar mal, y cuando se nos ocurra vamos a venir con una orden de allanamiento y te vamos a revolver toda la casa”. Está bien, cuando tengas la orden de allanamiento, vení y revolvé toda la casa.

Después volvieron a venir. “Pero venite hasta el coche así puedo apoyar la carpeta”. Como somos recuperadores urbanos, teníamos una pila de unos 15 palets. “Apoyá ahí”, le dije. Le tomamos la patente al Fiat Siena. Cuando se dieron cuenta de que no iba a poder ser, se fueron. Después vinieron una segunda vez con la misma [historia]. Decían que Lucía tenía una causa por usurpación y por estafa. Pero ella cuando perdió el documento y la requirieron desde Nextel, le pidieron la firma y dijeron que Lucía no tenía nada que ver, que no era ella.

“No vayan solos ni a comprar el pan”, les decía a Lucía y Francisco. Él trabajaba en Puerto Madero. Como es una zona de andar en auto y no hay mucha gente caminando, yo le decía que no me gustaba que laburara ahí.  Mis hijos empezaron a reprocharme que estaba paranoico. Después empezaron a preguntar por Francisco, porque había habido un episodio en su vereda. Estefanía, la pareja de Fran, escuchó que pasaba algo y se preocupó por si había alguno de nosotros ahí. Francisco fue a ver qué pasaba, pero no llegó a salir porque la mujer salió al balcón y vio que no teníamos nada que ver. “Fran, dejá, vení”, le gritó. Entonces Franicsco ni salió. La onda en los conventillos es quedarse adentro. Eso lo sabe la Justicia. Vinieron los bomberos, levantaron a la persona. Después vino el SAME, después Prefectura. Francisco, solo por lo que dijo la mujer, estuvo preso un año y tres meses. Con solo eso. Esa fue la prueba en su contra. Entonces vemos mucha injusticia, mucha impunidad.

[pregunta un señor de 60 años]

– Yo quiero volver al hecho de Diego, qué pasó esos días con Diego desaparecido, como NN.
– Yo hace 21 años que estoy en silla de ruedas. Visito regularmente las guardias de hospitales, entonces tengo muchos conocidos. Cuando pasó lo de Diego, les pedí a un par de amigos que nos averiguaran si Diego estaba en algún hospital. Diego no había llegado a las 8 de la mañana y a las 6 él ya solía estar.

[pregunta una señora de 50 años]

– ¿Y los amigos que salieron corriendo avisaron algo?
– Los amigos tenían miedo de avisar. Después empezaron a aflojarse. Después viene una persona y avisa: “Me parece que Diego, cuando salió con los amigos, tuvo un episodio en Caballito. Me parece que lo lastimaron”. Al no encontrarlo en hospitales, preguntamos en comisarías. En la 24, nos dijeron que iban a hacer averiguación de paradero enseguida. Nos pareció raro, porque debiera pasar así, pero no pasa. Los enfermeros personalmente y el sindicato hicieron una red telefónica, empezaron a llamar a los hospitales y no estaba. Nos dijeron que en el Santojanni había una persona herida que había ingresado a la noche. Mi hermano fue, pero no era Diego.

Ahí me di cuenta que lo había matado la Policía. Diego ya había votado, entonces estaba empadronado. La Policía no se había interesado en buscar. Había unas ganas de ocultar, había involucramiento. El 21 a la mañana lo encontramos gracias a que este sargento de la morgue de la Ciudad tuvo la gentileza de fijarse.

A Diego le decían esto no, aquello no. Por ahí me tenía como un padre castrador y por ahí murió diciendo “Tenía razón mi viejo”. Le decía “No matarás”, porque después es muy difícil limpiarse.

Para que no pierda esa virtud de pibe, le reprochaba que no hiciera ciertas cosas. El alma no se limpia con un pañuelo. Lo quería salvar de eso.

Cuando se peleaba con los pibes, siempre ganaba. Cuando los amigos estaban en problemas, “vení Dieguito”. “Dieguito” le decían por esa cuestión: tenía un metro ochenta y noventa kilos. En el fondo él era un pibe muy inocente.

Cuando lo encontramos, la discusión con los gendarmes era que le tenían que hacer el pedido al juez. Cuando lo hacen, le decían Diego Ariel. Como seguramente les faltaba tiempo para seguir ocultando cosas, no lo pudimos retirar a la mañana. El juez a la tarde se volvió a equivocar. Firmó un acta que decía que el cuerpo no se podía cremar y tenía que quedar bien definido dónde se iba a enterrar. Nosotros somos católicos, no lo íbamos a cremar.

“¿Cómo no lo identificaron?”, le preguntamos. “Porque tenía mucha tinta en las manos”. Nunca tuvo, ni mucha ni poca. Nunca tuvo tinta. Hoy con la tecnología, y estando empadronado, hubiera dado quién era. Todo eso decía que seguían ocultando. Después, con esa discusión, fuimos a la morgue. Llevamos una cámara. Lo filmamos. Casi nos meten presos por filmar. “No, acá no se puede filmar”. Ya habíamos filmado. Después, otro apriete. La casa velatoria nos decía que lo teníamos que velar a cajón cerrado.

“¿Encontraron una enfermedad gravísima? ¿Tuberculosis? Te voy a explicar. Nosotros consideramos que un cuerpo congelado aguanta suficiente para velarlo a cajón abierto”, le dije. El juez me importaba tres carajos. Lo sacamos de la bolsa negra, le compramos y pagamos la mortaja. Hicimos el velorio.

[pregunta un joven de 25]

– ¿Cuándo fue la primera vez que vieron el cuerpo?
– En la morgue, porque abrieron la bolsa de plástico en la que estaba y me lo mostraron. Diego no tenía ninguna mancha de tinta en las manos.

Después todo el tema de la autopsia, pareciera que la hubieran hecho con un cuchillo sierrita, porque estaba todo rasgado, como si lo hiciera alguien macabro.

El 22 de abril, día de mi cumpleaños, tuvimos el entierro de Diego [llora]. El mes de abril es el de más cumpleaños de la familia…

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Seguimos, se involucran organizaciones sociales: el bachillerato La Pulpería, donde asistía Diego. Dentro de las discusiones que teníamos, lo primero que discutimos es que decía que yo iba a trabajar con la política. Así como me ven, a Néstor Kirchner le llevé una carta a la Casa Rosada porque creía en construir el país de la forma más pacífica posible. Entonces le decía a las organizaciones que para darle visibilidad al caso, se tenía que ver desde el sentimiento familiar y desde la política. Para que no pasaran otros casos y darle algo positivo. Para que empecemos a cambiar la realidad, porque hay una… Por más que digamos que somos todos iguales, la realidad dice que hay mucha desigualdad en los barrios. Los pibes sufren mucho maltrato por el solo hecho de ser pibes, ser rebeldes. Todo eso lo puse sobre la mesa. Trabajamos en busca de la verdad y la justicia para encontrar algo positivo.

Lo que costó mucho fue la discusión sobre el tema de que lo nuestro trasciende a la bandería y el partidismo. Es trascendental para nosotros. A partir de ahí, lucha, lucha, lucha. El primer mes, fuimos un montón de organizaciones y nos juntamos en la Corte Suprema pidiendo que se derogara la absolución.

[Levanta el vaso de agua, que tiembla poco] Yo estoy nervioso en este momento, pero tomo agua tranquilo. El abogado de Carmona temblaba. [Agita el vaso] Llegaba un momento en que agarraba el vaso con dos manos. Fue la primera vez que vi un testigo falso. Logramos la no absolución de este tipo [Pablo Carmona]. La investigación iba para largo.

Cuando Francisco es detenido, hicieron la reconstrucción del hecho. Nosotros de nuevo andamos como pelotudos de aquí para allá. El juez no vio otra cosa: ¿Por qué la justicia tenía tanto interés en que a Francisco le pasara algo? El sufrimiento, cosa que nosotros anduviéramos preocupados por él. Un miércoles, le dije a Francisco que no se le ocurriera levantar el resguardo físico. Se lo decía en Lavalle y Talcahuano [Servicio Penitenciario Federal]. Ya sabíamos que nos iban a acusar, pero no pensaba en esto. Lo llevaron, lo empezaron a drogar. “¿Sos boludo? Te dije que no levantaras el resguardo físico”, le dije.

[pregunta un joven bien alto]

– ¿El resguardo físico qué implica?
– Nosotros no estábamos ni enterados de la causa. El resguardo físico es eso. Ante el recurso de amparo, la policía, la justicia no le podía hacer nada por más que fuera un magnicida, que así lo trataban. Entonces, cuando me encuentro con él… Habíamos ido a Devoto. Resulta que no estaba en Devoto, estaba en Ezeiza. Cuando llegamos a Ezeiza encontramos a una persona totalmente golpeada, totalmente ultrajada, totalmente drogada.

No podés dar un diagnóstico psiquiátrico o psicológico si no la conocés no drogada. El psiquiatra dijo que Francisco llegó ahí con una angustia leve. Francisco tenía dos marcas [se señala el cuello] de incitación al suicidio. Tenía puñaladas en los brazos. Tenía acá [se señala la nuca] picana. Conozco las marcas que dejan las picanas. Lo pinchaban con un palo para que subiera y bajara escaleras. Lo estaban picaneando. Estaba todo golpeado. No nos conocía. Decía: “yo no tengo familia”. No quería estar con nosotros porque no nos conocía. En esos primeros 5 días hubo un par de noches que durmió en un patio. Él dice que eran policías los que lo torturaban físicamente. No hubo apremios ilegales, hubo torturas. No un cachetazo… Durante cinco días y cinco noches, [si hacés eso] estás torturando. El juez no vio por qué hubo tanto empecinamiento de la policía en que le pasara algo. Él decía que era Robledo Puch. “Discúlpenme que tuve problemas con 9 mujeres”. Francisco no sabía quién carajo era Robledo Puch. Yo creo que muy pocos acá saben quién es Robledo Puch. [Es un asesino serial, la persona imputada con más delitos graves en la historia de Argentina]

Ahí conoció a un pibe, [José Luis] Orellana, que estaba pronto a salir, pero hicieron que se ahorcara. Felizmente íbamos todos los días a pelear que no lo drogaran. Por eso Francisco pudo ir, descolgarlo y reanimarlo. El pibe revive. Estaba inconsciente. Francisco también fue inconsciente. Si el pibe llegaba a estar muerto, olvídate. [Lo hubieran incriminado a Francisco]

Le volvió a pasar lo mismo en Marcos Paz, pero otro pibe se ahorcó y murió.

Diego también estaba de joda frente de casa y cuando se prendió fuego el banco de Alte. Brown y Suárez, rompieron la ventana y entraron. Al único sobreviviente de la familia lo rescató Diego. Los pibes querían sacar más gente y la policía y los bomberos no los dejaron. Con gorra o sin gorra, drogados o no, los pibes eso fueron los que los sacaron. Esos.

[pregunta una joven de 20 años]

– ¿Cómo fue que salió Francisco?
– Sale absuelto.

[Le pide a Lucía, su mujer, el papel que lo acredita y lo lee]

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[pregunta un joven que toma un café con leche]

– ¿La causa de Diego terminó?
– No.

– ¿No hubo fallo?
– No. Ni siquiera con todas las pruebas en su contra. En la reconstrucciónd el hecho, Diego anteponía su brazo izquierdo en forma de defensa. Y tenía roturas en la ropa y lastimaduras en la piel por los disparos en corta distancia.

[pregunta un joven de barba roja]

– ¿Cómo recordás, Francisco, esos días en la cárcel?
– [Habla Francisco por primera vez] Es bastante difícil acordarse. Es triste.

– ¿Y la situación en que vos estabas dopado, recordás algo?
– Algo. No mucho. Estuve muchos días sin saber quién era y sin poder caminar, por los golpes.

 

Le agradecemos a Francisco, invitamos a los lectores a que repliquen la historia y la Familia Núñez se pone a hablar con un integrante de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre.

Aplausos. 

“3 a 0”

En Bariloche, la pertenencia a una clase social delimita la relación con la policía. En la ciudad más desigual de Río Negro, a los que viven en las zonas pobres la policía los reprime y hasta mataron a tres pibes. Los que viven en las zonas ricas aplauden a la policía que reprime ¿Lo más patético? En una manifestación de los adinerados, se festejó como el resultado de un clásico la cantidad de asesinados.

Todos los escritores de policiales negros se van a dar la cabeza contra la pared. Cuando Carolina Alak, militante de la Multisectorial contra la represión, me contó la anécdota, no podía creer que no se me hubiera ocurrido antes de que realmente sucediera. Es una historia dentro de todo lo que pasa en esta ciudad con una vista hermosa, con un aire limpio, silenciosa sin contar las bocinas de algunos turistas, sin más fábricas que de chocolate –a la vista-, con casas de piedra y de madera, con un gigante lago, con montañas enfrente –porque la mirada no se escapa del Lago Nahuel Huapi y la nieve en los picos de esa cordillera-, con pastos verdes, con nieve en invierno…

 

Es la Suiza argentina.

 

Es Bariloche, la ciudad de Río Negro con mayor brecha social. En una misma localidad, con los mismos servicios, viven los más ricos y los más pobres. Marina Schifrin, abogada en casos de derechos humanos, da su explicación a lo que parece inexplicable: “Bariloche es una ciudad muy especial. Si no conocés las 34 hectáreas, el Alto, y la parte rica de los Kilómetros, no entendés cómo es y por qué pasa lo que pasa”.

 

El Alto: la periferia a donde se va la gente a la que el campo no le da de comer.

34 hectáreas: un barrio al fondo de El Alto, de lo más pobre y más marginal.

Los Kilómetros: una zona rica, muy rica, que va desde el centro de Bariloche hasta el famoso y costoso hotel Llao Llao.

 

Esa polarización social genera más que esa anécdota que me contó Carolina y que me sigue picando en la cabeza: generó a los pibes.

 

Los pibes no sólo no tienen una plaza donde jugar, tampoco tienen un lugar en la ciudad adonde ir. No se los tiene en cuenta para nada. Es así: son “los negros de El Alto”. Durante el menemismo, fueron los pibes cuyos papás no tenían laburo, los pibes que comían en comedores. “No tienen la cultura de que pertenecen a la sociedad, de que tienen derechos. Son pibes difíciles”, dice Margarita, compañera de Alak en la Multisectorial. No bajan a laburar, no bajan a estudiar. Cuando bajan, saben que les van a hacer quilombo. Especialmente, la policía.

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Bariloche genera sus ingresos del turismo, pero no todos sus habitantes viven de eso. “Aunque ande bien la temporada, no alcanza para todos. Si no anda bien, ni te cuento. Por eso hace falta esta policía”, adelanta Carolina. “La sociedad de Bariloche es tan particular. Es tan difícil esta sociedad, tan nazi, tan fascista en muchos aspectos”, sigue. “Esta policía” hace cosas como la que relata Susana, otra militante de la Multisectorial: “El hijo de una amiga mía, que estudia filosofía y letras, en la parada del colectivo, vino un cana, lo agarró de atrás, `negro, a dónde vas´ y lo desfiguró. El chico no entendía nada”.

Todo esto no sucede porque sí: hay un reclamo del sector social que vive en el centro y en los Kilómetros para que los tengan disciplinados. La policía y los organismos –supuestamente- de seguridad están respondiendo a ese reclamo social.

“Después hay otra cosa. Los policías de acá salen de los mismos lugares de donde salen estos pibes. Son sus vecinos. A los 9 meses de una instrucción paupérrima, salen a laburar con el arma. De haber tenido una infancia, adolescencia y familia en común, hace que tengan una bronca con alguno y se desquitan con el arma”, hipotetiza Carolina.

La exDefensora del Pueblo de Río Negro, Ana Piccinini, denunció 120 casos de asesinatos por la policía de Río Negro. Durante su gestión, encontró “no menos de una decena de casos de ahorcados” en cárceles o en comisarías. En Bariloche, en particular, el 17 de junio de 2010, la policía mató por la espalda a Diego Bonefoi, un pibe de El Alto que se había metido con la persona equivocada. Los barrios respondieron con una pueblada ( Ver: El día en que Bariloche fue toda sangre). La policía, con una larga y durísima represión. Mató a dos jóvenes más, Sergio y Nicolás, que ni estaban participando, sino que vivían ahí. Desde ese momento, algunas organizaciones de derechos humanos se fortalecieron. Se formó la Multisectorial contra la Represión. Recibieron 20 casos, similares al de Diego, que quedaron en la nada.

 

Carolina sigue detallando: “En la calle o adentro de los calabozos. La ‘maldita policía’ actúa en todos lados. Uno de los casos más conocidos es el del Titi Albarracid. Estaba con una bandita de amigos tomando una cerveza en una esquina, cayó la cana y lo mató. No hay condenados. Otro es el de Jorge Pilquiman: lo sacó la cana de un boliche del centro y lo encontraron tres días después ahogado en los Piletones del Puerto San Carlos, frente al Centro Cívico”.

 

Carina, la pareja de Sergio, uno de los asesinados en la represión de 2010, también lo ve como algo de todos los días: “Siempre se ve a los policías correr a los pibes”.

 

Mario Cayún vive en El Alto. El día de esa represión, dentro del shopping del centro, iba a pagar la boleta de luz, pasó por el baño, se encontró con un agente del BORA –Brigada de Operaciones de Rescate y Antitumulto- que, antes de cualquier diálogo, lo agarró, le pegó, sacó un arma, le gritó “Tirate o te quemo” y le quebró un brazo, mientras se sumaban más policías. Cayún empezó a entender qué pasaba y se asustó porque ya había habido tres asesinados. Le intentaron fracturar las manos, los pies, las costillas. Vio a otro pibe que salía detenido. Pedía, entre gemido y gemido, asistencia médica. “Callate nena, ¿querés que te escuchen todos?”. Lo esposaron mientras él pedía que tuvieran en cuenta su fractura. A la gente que pedía los nombres de los policías, la empujaban y la echaban. Lo subieron al patrullero, lo llevaron a la Comisaría Segunda de Bariloche, lo pusieron contra la pared, le levantaron el brazo fracturado, le siguieron pegando y le sacaron el celular y la plata, que nunca le devolvieron.  “No podía entender tanta violencia sobre los jóvenes. Yo no era el único golpeado”, declaró Mario. El médico que lo revisó hizo que lo llevaran al hospital, pero la ambulancia tardó muchísimo en llegar. En el hospital lo amenazaron con seguir dándole por malandra, por negro, por bocón, por maricón.

 

Los médicos le dijeron que lo tenían que operar. No importó. Lo llevaron a la Comisaría 27. “Vos ya tenés una bala en la cabeza”, le advirtieron ahí. “Si a vos te gusta tirar piedras, bancátela”, le seguían imputando, sin que él tuviera nada que ver con la manifestación. Bajando del patrullero, le golpearon la cabeza contra el auto y siguieron jugando con su brazo. Le sacaron las zapatillas y la campera y lo tiraron en el calabozo. Desde el calabozo, Cayún vio cómo se buscaban en la televisión, se sentían famosos, se mandan mensajes de texto, se llamaban: “Lo veían como un juego”.

 

“Con un tiro en la nuca, no vas a poner más resistencia”, le seguían diciendo mientras le seguían pegando. Su cuerpo ya respondía solo, del dolor que tenía. Temblando de frío, con el brazo fracturado, cuando lo sacaron de la celda, pensó que lo iban a matar. Lo querían sacar sin campera ni zapatillas. Lo llevaron en un móvil, sin decirle a dónde iba. Volvió a la Comisaría Segunda. Un agente de ahí, le dijo a otro de la 27: “Lo hubieran dejado por ahí, ¿qué hacemos con él? Asamblea Permanente por los Derechos Humanos está reclamando. Si lo ven así, ¿qué hacemos?”. Según cuenta, en todo momento se divertían con lo que hacían, tenían una sonrisa en la cara. “Dale boludo, firmá”, le decían, cuando Mario quería leer el papel que le daba la libertad. Finalmente lo dejaron en el hospital.

 

Carolina Alak sabe que el negocio más frecuente en El Alto es el de las armas y las drogas. Son ellos, los policías, los que lo manejan. No tienen pruebas porque ese circuito está cerrado. “Deberían investigarlo, porque las denuncias están hechas desde las escuelas, los organismos de derechos humanos, la iglesia de Pan de Esperanza. Hay denuncias anónimas en una línea telefónica gratuita”, argumenta. Los pibes hacen el relato y después pagan diezmo. En la cagada que se manden, tienen que dar parte. Se roba y tenés que dejar porcentaje. Se vende droga, se deja una parte. Si se retoban, el destino es el de Diego Bonefoi o Titi Almonacid.

 

La anécdota que concluye esta nota, la que después de saber esto, sigue resultando increíble, muestra que la represión ya es una institución más, política de Estado, pero también está arraigada en la sociedad. Después de los reclamos por justicia por las tres muertes, los vecinos del Centro y de los Kilómetros, los ricos, organizaron una contramarcha. “No sabés las barbaridades que nos decían a nosotros. Nos insultaban de una manera… Si a nosotros nos generaba calentura, imaginate  a los pibes de los barrios. ‘3 a 0’ les decían los policías”, dice Carolina. Los manifestantes que defendían los asesinatos de la policía también la vanagloriaban. Mandaban a los chicos a sacarse fotos con los uniformados, los subían a los coches como en desfile militar. “¡Les tiraban rosas!”, se indigna Margarita, de la Multisectorial.

 

Los barrios periféricos y el propio centro estuvieron militarizados. Los policías pedían documentos en la calle, sin motivos, andaban con armas largas. Ya había pasado eso después del asesinato de un remisero.

 

La abogada Marina Schifrin piensa que el Estado tiene una policía que no puede trabajar, que no hay democracia posible con esa institución, por sus métodos, por sus criterios, por su educación. “Si lo llaman democracia, tienen que empezar de cero”, reflexiona, y describe los métodos judiciales para que todo quede en nada: “Entre ellos se encubren. Ellos son los que hacen los expedientes preventivos. Al menos, cuando los delitos los cometen los policías, debería haber otra institución que investigue”. El objetivo de los policías son los pobres. “Los que no son pobres, sí son jóvenes. Es una forma de disciplinamiento. Los que piden más policía, están más inseguros cuando se cumple su pedido. Crece la violencia. Por los expedientes que yo conozco, hay cada vez más casos de violencia después de averiguación de antecedentes. Carlos Báez, por ejemplo, murió quemado el 4 de enero en el Penal 3”, analiza. Báez pasó 10 días, desde aquella navidad de 2012 en que los guardias reprimieron, internado por quemaduras. El oficial principal, Hugo Almendra, fue desplazado. Su reemplazante, Manuel Poblete tuvo que admitir que la cárcel estaba en pésimas condiciones.

 

Entre todo eso, en Los Kilómetros de Bariloche, el camino al cerro Llao Llao, está el súper hotel donde se hizo la cumbre de la Unasur en 2009, con todos los presidentes. Ahí, donde el acceso al lago Nahuel Huapi está bloqueado por súper casas, ahí, funcionan cervecerías caras, muy caras, súper cervecerías. En esas cervecerías pitucas, hay trabajadores y hay patrones. Carolina me contó eso que me resulta sumamente literario, de otro planeta, inentendible. Los trabajadores cierran los locales y, claro, vuelven a sus casas. No se suben a sus autos, corren la tranquera, saludan al ovejero alemán que ladra y muerde a quien se acerque, salvo a ellos, entran el  auto, cierran la tranquera, le dan un pico a una mujer inalcanzable y se acaloran un rato cerca del hogar, whisky en mano. No. Se toman el remís que les paga la cervecería, se bajan frente al lago, difícilmente usan su tiempo en buscar a Nahuelito, giran para la derecha y empiezan a subir. Cansados, cabizbajos, pensando por dónde pasar para que no les pase otra vez. Cruzan la avenida principal. En invierno esquivan algún grupo de egresados. Se tapan y se abrigan para combatir a la nieve. Se guardan las manos en los bolsillos, buscando un poco menos de frío. Siguen subiendo. Llegan a la Avenida Brown, que no se ve desde el centro. Empiezan a ver la cordillera de atrás de Bariloche. Más gris, marrón y blanco, si hay nieve. Y ven azul. No es el lago. Son uniformes.

 

-Documentos- les dirán, y les darán una buena paliza todos los días.

 

Increíble ya no resulta esto. No es eso lo que Dashiel Hammet, Raymond Chandler, ni más acá, Ricardo Piglia, jamás pensarían. La dueña de una de las cervecerías no podía aguantar ver que sus empleados llegaran golpeados. Habrá dudado ella -a diferencia de nuestros escritores- un tiempo de la versión sobre los azules. Hasta que la repetición se transformó en verdad para ella. Levantó el teléfono.

-Tengo hechos unos carnets de mis empleados. Si voy a la comisaría, ¿podría firmarlos, jefe, para que, por la madrugada, cuando vuelven de trabajar, no sean golpeados por los oficiales?

 

El comisario de Playa Serena firmó.

 

El día en que Bariloche fue toda sangre

El 17 de junio de 2010, el cabo Sergio Colombil mató de madrugada a Diego Bonefoi. La ciudad se movilizó y la policía, con órdenes de más arriba, decidió reprimir con balas de plomo. Mataron a Nino Carrasco, que iba a lo de su novia, y a Sergio Cárdenas que miraba esa locura desde un paredón. Ahora, a esas familias, les arman causas.

 

Diego Bonefoi

Diego Bonefoi se había metido con un pez gordo. Tenía 15 años. A las 4.30 de la madrugada del 17 de junio de 2010, parece que estaba jugando a la pelota con amigos en el barrio Boris Furman, del Alto barilochense, allá arriba donde ya no se ve el Lago Nahuel Huapi, ni turistas, sino carencias. El cabo Sergio Colombil hizo lo que los transas esperaban: ejecutó a Diego por la nuca con su arma reglamentaria.

 

A las 5, en la primera pericia que se hizo sobre la plaza, no había un arma.

 

A las 9.15, delante del juez apareció. Desde hacía media hora estaba el grupo de represión de la policía, el BORA, en la comisaría 28, a metros de la casa de Diego. Su familia todavía no sabía que había muerto.

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A las 10.30, la policía acribilló el frente de la casa de Diego. 15 minutos después, empezaba a arder el barrio. El comisario general Jorge Villanova se reunió con el mayor Argentino Hermosa en la 28. Desde ahí, al Centro Cívico a juntarse con el ministro Larreguy y con el secretario de Seguridad, Cufré.

 

A las 12.55, quedó detenido el tío de Diego. 5 minutos después empezaron los disparos de ithacas del BORA y los gases lacrimógenos.

 

A las 14, las concentraciones se multiplicaron. La policía también. Había oficiales de toda la provincia de Río Negro, hasta de Viedma, que queda en la otra punta. Había del Servicio Penitenciario. En horas, Bariloche estaba militarizada. Había policías en todas partes. Las autoridades, en cambio, se fueron a El Bolsón. “Con una llamada por teléfono, paraban todo. Nunca tuvieron esa voluntad”, razona Carolina Alak, de la Multisectorial contra la Represión en Bariloche.

 

Durante la represión, hubo dos muertos más: Nicolás “Nino” Carrasco y Sergio Cárdenas. Una chica todavía tiene una bala alojada en el brazo.

 

Por el fusilamiento de Diego, Colombil está preso, pero nunca se investigó quién hizo aparecer el arma que Diego no llevaba cuando lo mataron.

 

Los asesinos de Nino y de Sergio siguen impunes. Ni siquiera se sabe quiénes son. Ni verdad, ni justicia. Los primeros días no se pidieron las escuchas para saber quién ordenó reprimir con balas de plomo. “El fiscal tiene que investigar y no lo hizo. El juez debe intervenir para que se investigue y no pidió las escuchas. Esas escuchas eran vitales para poder procesar a los realmente responsables, a los jefes de la policía, al Ministro de Seguridad, que era Larrieguy y al Gobernador, que era Miguel Saiz. Todos estaban. Todos sabían lo que estaba pasando. La cana no se maneja sola, recibe órdenes”, explica Marina Schifrin, abogada de la familia de Nino. También apunta a los jueces: “Cuando hay interrogatorios, no interpelan. Queda solo la versión de lo que quieren decir los policías. ‘No me acuerdo dónde estaba’, ‘Yo no fui’. Como disparaban con itakas, no quedan rastros del arma homicida. Todo lo que se identificó fue por peritos que trabajaron bien. Nada salió de testimoniales. Por lo menos habría que llevarlos al falso testimonio. Pero ni eso hacen. Los jueces se asocian a las hipótesis de armas tumberas. Un solo testigo lo dijo. Lo consiguieron, lo dijo y el juez solo investiga eso”.

 

Nicolás “Nino” Carrasco

 

-¿Serás vos el que mató a Nino? –piensa Carmen Curaqueo, la madre de Nino, y saluda al policía que la acompaña en su trabajo. Es inspectora de tránsito. Los conoce. La conocen. Vaya adonde vaya, llega llamando a alguien para avisar dónde está. Si tuviera los medios, se iría de Bariloche.

 

Vecinos del Alto se juntaron de todos lados a apedrear a la comisaría 28, querían prenderla fuego. A medida que la gente se enteraba de los muertos y heridos, subía y la represión recrudecía. El día siguiente, todavía no terminaba.

Carmen ese día trabajó hasta las 2. Abel, el marido, la pasó a buscar y le dijo lo que había pasado.

 

-Mataron a uno de los Bonefoi.

-¿Cuál será?

-Uno de los que iban a buscar al Negro –decía Abel, por Nino.

-No hay que dejarlo salir.

 

Carmen lo agarró a Nino.

-Vos no andes metiéndote ahí, por algo lo habrán matado.

-Vos siempre hablando de más.

-Por más que haya hecho lo que sea, no tendrían que haberlo matado.

-Lo único que te digo es que vos no te metas ahí.

 

Como Carmen tiene hermanos adolescentes, se fue a lo de su hermana, a cuatro cuadras. Le dijo que tuviera cuidado. Cuando salía, se encontró con Nino, que se iba a lo de la novia, en el barrio 28 de abril, más arriba, más lejos del centro.

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-No pasa nada, petisa- le dijo. Nino medía como dos metros.

 

Carmen nunca pensó que la policía iba a encerrar a los chicos, ni que la situación fuera tan grave. Pero sí. Les hizo una emboscada, y tiró al montón con balas de plomo.

“Hirieron al Nino”, gritaba un chico. Carmen salió corriendo.

 

-Me falta el aire.

-Te dije que no vinieras por acá-  y le dio una cachetada.

 

Tenía solo un huequito. Carmen le dijo que no tenía nada, que debía ser el miedo. Lo entraron a una casa. Llamaron a una ambulancia. La policía no la dejaba pasar.

 

Fueron al hospital de Elfrein. Nino estaba herido de gravedad. Había perdido mucha sangre. Lo iban a operar. Tenía cuatro impactos de bala en la espalda, uno en la pierna, otro en el estómago, otro en el riñón  y el letal en la aorta. Murió.

 

El cuerpo quedó en la morgue del hospital. Para poder retirar el cuerpo, le decían los médicos a Carmen, tenía que hacer la denuncia en la comisaría 18va. Lo iban a velar con Diego. Ella no quería saber nada. Echaba la culpa de la muerte de Nino a la “mala crianza” que daban los Bonefoi. “Yo lo sentía así”, dice Carmen, que después tuvo que aguantar que hubiera una marcha a favor de la policía porque “mataron a tres negros de la villa”. Lo primero que dijeron los medios fue que a Nino lo mataron porque andaba robando, no que fue durante la represión.

 

La mano dura fue la que puso la mordaza. Desde la muerte de Nino, los intentaron ensuciar: que son una familia conflictiva, que Gaby, el mayor de los hermanos, anda robando, con el menor lo mismo. “Al no tener uno los recursos ni los medios nos cuesta mucho acceder a la Justicia. Ya pasaron cuatro años y todavía no tenemos nada. Está peor que la primera vez, que primero sí pasaban cosas. Pasó por los tres jueces que hay en Bariloche. Los abogados lo dejaron de lado porque están trabajando para el Estado”.

 

El ensucie se intentó hacer con allanamientos.

 

De los cuatro allanamientos que les hicieron, el primero llegó el 18 de octubre, un día antes del día de la madre y del cumpleaños de Nino. Había habido un robo en los Kilómetros. Carmen vio un auto abandonado a la vuelta de su casa y le avisó a la abogada para que estuviera atenta. Ya sabía cómo funciona la policía. Planta un auto como supuesta prueba para hacer lo que quiera hacer. Efectivamente, se hizo el allanamiento. Revolvieron todo. Buscaban plata, una cámara fotográfica, celulares. Miraban papel por papel, como para molestar. Como no tenían nada, no encontraron más que el altar que Gaby había hecho para Nino.

 

-Ah, este es el que mataron.

-Sí, este es el que mataste- y Gaby le dio una piña. El policía respondió con otra piña y el juez Lozada paró la pelea.

 

Por la calle, a Ricardo, el menos de los hijos de Carmen, le dicen: “Vos vas a terminar como tu hermano”. Una de esas veces terminó apedreando solo a una comisaría. Rompió un vidrio y le hicieron una causa. La de Nino, mientras tanto, no avanzó.

 

En la octava marcha, alguien tiró una bomba a la comisaría, que se prendió fuego. Involucraron a Ricardo y a Gabriel. Ricardo estaba tocando el bombo. Gabriel estaba con Carmen, así que ella sabe él tampoco que fue.

 

“La muerte no se investiga, esto sí”, reclama otra vez. “Aparte, ¿cómo sabemos que no fueron ellos mismos? Yo no sé si Nicolás un día va a tener justicia. He ido a un montón de lugares. Todos dicen que van a ayudar: Derechos Humanos de Nación, la Presidenta, los que se acercan. Queda en palabras”, explica Carmen.

 

Otro día, en junio de este año, por dar otro ejemplo, cuando el hermano de Carmen entraba a la casa, lo agarró la policía y lo golpeó. Tomaban carrera para patearlo. Le reventaron un riñón.  “Yo, como tengo experiencia con la policía, sé que te maltratan”, explica. Fue sola a la comisaría. Afuera había policías con escudos, desafiando. Una policía le repitió la amenaza que había recibido Gaby: “Vos seguí jodiendo y vas a terminar como tu hijo”.

 

-Soy la hermana de Luis Curaqueo. Lo detuvieron. Quiero saber por qué y quiero ver cómo está- se presentó Carmen en la comisaría. Recién en ese momento dejaron de pegarle a Luis.

La callaron, mientras ella acusaba de haber matado a Nino a quien fuera que la encarara. “Yo no maté a nadie”, le respondía uno por uno.

 

“¿Qué iba a pasar si yo no llegaba? ¿Iba a pasar como con Titi Almonacid –la policía lo mató por estar tomando cerveza en una esquina en febrero del 2000-?”, se pregunta Carmen.  Cuando llegó la abogada Marina Schifrin, pidió que lo mandaran al hospital. Como estaba detenido por averiguación de antecedentes, hasta que no los averiguaron, no lo largaron.

 

En Río Negro hay más de 120 casos de gatillo fácil, según denunció la exDefensora del pueblo, Ana Piccinino. Carmen se empezó a interiorizar cuando a Nino le dio una de las balas de la represión del Alto post asesinato de Diego Bonefoi. “Desaparecen y se sabe que fueron policías. Salen de boliches y los detienen. Son varones de los barrios a los que agarran. Será la forma de vestirse”, resume.

 

A Nino eso ya no le pasaba. Era grande, tenía 27 años. Dice que nunca había tenido su familia problemas con la policía, excepto “correteadas cuando salían”. Ya naturaliza muchas cosas: “Por ahí los chicos andan a deshoras de la noche y los mandan a sus casas o los golpean un poco. Por el trabajo que yo tengo, también vi cómo golpean a los pibes. Nunca pensé que me iba a tocar a mí. Uno le decía no te metas con tal, no hagas aquello. Tal vez si te juntás con aquel van a decir que sos igual. Cuando pueden aprovechar y golpear a alguien, lo hacen. Las familias no denuncian. Por miedo”.

 

Sergio Cárdenas

 

Sergio se había pedido vacaciones para poder ver el Mundial. Trabajaba todo el día en el Hotel Llao Llao. La mañana del 17 de junio jugaba la Selección. Carina, su mujer, la madre de sus dos hijos, estaba laburando. La llamó después de ir a festejar, diciéndole que la  esperaban para almorzar. El barrio ya era un caos, pero Sergio y Carina recién se enteraron cuando llegaron a su casa. Vieron un partido más y cerca de las 17, la llamó su hermana y le contó: “Hubo quilombo, mataron a uno de los Bonefoi. Están a los tiros, acá entraron los gases, no se puede respirar, pasame a buscar”. Salieron a buscarla. Cuando llegó tomó dimensión de la represión en las calles Onelli y Sobral, en el Alto. Estacionaron el auto y él se quedó mirando al lado del auto. Ella fue a lo de su hermana, dejó a su hija e inmediatamente se acercaron por la ventana a avisarle que le habían dado a Sergio y que se lo habían llevado al hospital. “Fue así, al toque. Después me enteré que un amigo pasó y le dijo de ver lo que pasaba más cerca, ahí en un paredón al lado de un portón negro que tiene marcas de balas. Él giró, le dijo a un chico que se fuera y cuando se dio vuelta, cayó. Murió en el acto”, cuenta Carina.

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Desde entonces, también le allanaron la casa intentando involucrarla a ella y a su familia en otras causas que, como con los Carrasco, avanzaron más que las de la muerte.

 

-¿Le pasó a Sergio que al ir al Centro con sus amigos, que lo parase la policía…?

-Pasa que Sergio era más grande, tenía 29 años, teníamos una familia, no boludeábamos en la calle. Pero nunca tuvo problemas.

-¿Y en el barrio se veía ese accionar la policía?

-Sí, siempre se ven a los policías correr a los pibes.

Relatos salvajes

Jonathan intentó escapar y un vecino quiso ayudarlo, pero se desmayó por la sangre en los pulmones. Con él, estaba Matías, que está preso en José C. Paz porque lo acusan de matar a Brian, su hermano. También Maju, tiene cuatro tiros en el cuerpo y está internada. Las víctimas.

Jonathan saludó a su hermana Yoana, que estaba por comer, y salió 20.30 de su casa, éste último jueves 7 de agosto. Se compró un arroz con pollo y se sentó en un umbral. Maju, Matías y Brian pasaron en una Suran azul que los vecinos habían visto tirada y completamente abierta, con llave puesta, desde hacía dos días, frente a la escuela de Chilavert y Larraya, y la levantaron para dar una vuelta. Hicieron una cuadra, desde Larrazábal y Barros Pazos hasta Larraya, y la Brigada de Investigaciones los persiguió a los tiros limpios, sin prender sirena ni dar la voz de alto. Antes de las 21, se escuchó una balacera. El policía Rubén Solanes, Percha, de civil, igual que el Fluence que manejaba, entró al auto y fusiló a Matías, a Brian y a Maju. Matías quedó tendido en el asiento de adelante. Está preso en José C. Paz. Sin condena. Brian quedó agonizando. Murió más tarde. Jonathan bajó con las manos en alto. Percha lo hizo correr y le disparó. Cayó muerto a unas cuadras. Maju, herido y todo, salió corriendo. Le quedó un pulmón muy comprometido. Lo hizo aun sabiendo que los chicos no tenían armas, porque nunca respondieron los balazos. “Ahí está el arma”, dijo un policía, señalando una bolsa de arroz con pollo que había comprado Yoni.

Jonathan

Yoni se entregó. Estaba Matías tirado en el piso, mientras le estaban pisando la cabeza. “Corré”, le dijeron Percha y el Mario “Indio” Chaves. Yoni salió corriendo y le tiraron. Siguió corriendo. Le dieron en la espalda. Corrió dos cuadras, se metió en un pasillo. Un vecino sacó a los policías a los escopetazos. Logró que no avanzaran más hacia Yoni, que en el pasillo cayó desmayado por la sangre en los pulmones.

Media hora después lo encontró su mejor amigo, en ese pasillo oscuro. La madre de Yoni lo llevó al hospital. Cuando murió, la policía no quería que la familia entrara a la sala a verlo. “No querían que viéramos que también habían entrado otros tres chicos de Soldati asesinados por la policía en ese barrio”, dice Rosa.

“Es el jefe de la banda”, dijeron en la tele. La madre, cuando lo recuerda, no lo puede creer. Se agarra la cabeza. Cuenta cuando lo ponía en penitencia y Yoni se ponía a hablar con los amigos desde la ventana. Cuenta cuando se ponía a jugar con el perro, como un chico. Cuenta cuando iba a pescar pescaditos mínimos, que ni se podían comer. Cuenta que le tenía miedo a las armas. “Se subió al auto para hacerse ver. Es un adolescente”, se explica la hermana.

Brian y Matías

La policía culpa a Matías de matar a Brian. Eran hermanos. Se llevaban bien.

Brian quedó agonizando en el auto. Lo tiraron en los asientos de atrás. A Matías lo sacaron del auto, ya fusilado, herido. Le pisaron la cabeza contra el piso. Lo metieron en el auto de nuevo para que viera cómo estaba Brian. Desde entonces, no puede hablar más. Está herido, pero en la cárcel de José C. Paz. Aunque legalmente tiene que ir primero a una comisaría, después a una alcaidía y, recién con la orden del juez, a la cárcel. Pero ya está en la cárcel. Ahí, los presos decían que le iban a pegar. “No. A este no, que está reservado”, respondieron los guardias.

La familia teme que lo maten.

Maju

Con cuatro tiros, dos en los hombros y dos en las piernas, Maju corrió una cuadra y se metió en un pasillo. Se metió en la casa de un vecino, lo que le evitó que el Indio lo rematara. Está internado, con un pulmón comprometido.

-¿Por qué no retiraron antes la Surán?- le preguntó Rosa, hermana de Yoni, al comisario de la 52, porque sabe que en la 20 y en villas de Soldati, hay autos de alta gama, abiertos, como la Suran, con la llave puesta. “Son señuelos”, dice Rosa. “A los pibes que se suben, se sienten con derecho a matarlos”. También teme que mezclen esa Suran, con otra, robada a una señora dos días después, que apareció en el barrio y que la policía quemó. Si hacen pasar una por otra, limpiarían las pruebas. En la comisaría 36, la comisaria Carrizo le dijo al padre de Yoni que el coche era rojo. Le dijo también que Yoni tenía un arma en la cintura. Los médicos, cuando llegó al hospital, no la encontraron.

Los casquillos son todos de pistolas 9mm. Sin embargo, la policía intenta instalar que fue un problema entre bandas y armó una causa diferente para cada chico, para que las familias no pudieran trabajar juntas. Las familias saben que no.

Las pericias no dan cuenta de armas de los chicos, pero un vecino vio cómo el Indio o el Percha tiraba una remera adentro de la Suran, donde sospecha que había un arma.

En Cruz y Lafayate, los policías “armaron el espectáculo para Crónica” –dice Rosa-, mientras Brian moría. Hasta ahí, empujaron el auto, cuyo motor no respondía porque había sido acribillado por las balas policiales.

La familia de Brian cortó avenida Cruz. Cuando pasaban patrulleros, les tiraban piedras, de la bronca. La gendarmería respondía con balas de goma.

Los portavoces de la policía confunden todo. La comisaría 36 tiene un discurso. La de Robos y Hurtos, otro. Dan el apodo de un chico por otro.

Solanes pasó por el santuario que le armaron a Jonathan, bajó de su Fluence gris y pateó una de las sillas que cortaban la calle de Larraya y José Barros Pazos. Acostumbra pasar, pedirles fuego a los chicos, para marcar la cancha, y verles la cara de cerca.

El miércoles posterior, volvieron a pasar, como siempre. Eran cuatro. Se bajó uno a desafiar: “A ver quién viene. Tengo una bala para cada uno”.

El guapo del barrio es un asesino

En la villa 20 de Lugano, Jonathan se subió a un auto que llevaba dos días abierto y con las llaves puestas, un policía lo frenó, señaló una bolsa donde había un arroz con pollo, gritó “ahí está el arma”, disparó y lo liquidó. Ese oficial se llama Rubén Solanes. Camina libre por la calle.

Hay un policía que se hizo muy conocido en la villa 20 de Lugano. Se anda haciendo el guapo por el barrio. Se llama Rubén Solanes. Se hizo rumorear que había dejado el barrio después de que los familiares de sus incontables víctimas hicieran públicas las denuncias. Se dijo que había estado preso. Estuvo detenido con sus excompañeros. Pero, por todas las descripciones, volvió y se hizo notar. No dejó de usar los “trofeos”, lo que les robaba a sus perseguidos. Desde la División de Robos y Hurtos de la Brigada de Investigaciones, se pasea en su Renault Fluence gris. Baja de su auto y prepotea. Camina sin uniforme, porque no lo necesita. Y mata.

En la masacre a Jonathan Mareco, Braian, Matías y Majo, persiguió al auto donde iban. Sin sirena, a los tiros. Podía ser un ladrón. Era un policía. Bajó cuando pararon, se acercó al Suran donde iban, abrió una puerta y los fusiló. Sabía que estaban desarmados. Si no, no se metía así nomás. Sabía que era impune, si no, no hacía esa barbarie. No murieron ahí. Con su compañero, “El Indio”, persiguió a Jonathan y Majo disparándoles. Jonathan murió después de tambalearse una cuadra y caer desmayado en un pasillo oscuro donde se iba a esconder. La sangre marcó el camino por donde media hora después lo encontró su mejor amigo. Murió en el hospital. Majo corrió en otra dirección. Lo ayudaron abriéndole la puerta de una casa, en otro pasillo oscuro. Está peleándola en el hospital. Braian moriría al poco tiempo. Quedó en el auto agonizando. A Matías, su medio hermano, lo metieron en la Suran para ver cómo había quedado Braian. Está preso en José C. Paz, sin paso por comisarías ni alcaidías. Está casi sin habla por lo que vivió, porque vio la muerte.

“Yo los conocía de nombre. Son los de la Brigada, escuchaba. Si había pibes robando, Solanes les sacaba las cadenitas, los celulares”, contextualiza Yoana, hermana de Jonathan, otra de sus víctimas fatales. “Son sus trofeos”, dicen en el barrio. “Si te fijás, andan con una cantidad de cadenas de oro colgando. ¿El sueldo de policía les alcanza para eso?”, marca Rosa, otra hermana de Jonathan. Son sus trofeos, y los enrostran. A un amigo de Jonathan lo había agarrado fumando un porro y lo tiró al piso y le empezó a dar patadas. El pibe pensaba que lo iban a matar.

Con otros tres compañeros suyos, se paseó por el santuario que hicieron los amigos de Jonathan y pateó una silla. Otro día, uno de los cuatro invitó a pelear a los chicos. “Tengo una bala para cada uno”, les dijo, mientras los insultaba.

“Yo escuchaba el nombre del famoso Percha”, dice la madre de Yoni. Percha es Rubén Solanes porque a algunos de sus muertos, les tiraba una percha encima. Rubén Solanes, Percha, aunque no coincidieron temporalmente, “es de la escuela del Indio”, dice Angélica Urquiza, madre de Kiki Lezcano, que estaba con Ezequiel Blanco cuando Daniel Veygas y otros policías los mataron. El Indio le decía a Kiki: “Voy a ser tu sombra”. Le decía a Angélica: “Cuídelo, le puede pasar algo malo”. “Si alguna vez trabajaste para ellos, ellos siempre están detrás tuyo”, le dijo un joven al diario El Argentino.

En 2002, Percha fusiló también a dos chicos de 17 años, Daniel Barboza y Marcelo Acosta que estaban fumando porro en las “canchas de los huérfanos”, con toda la gente alrededor: los hizo arrodillar y les disparó. Se animaron a declararlo los que lo vieron desde un monoblock. Por su prontuario, por su fama, por lo que Percha mismo había construido, ya lo conocían.

Hace dos meses, se bajaron tres personas de un auto blanco con vidrios polarizados y empezaron a dispararles a los pibes que estaban ahí. Estaban jugando a la pelota. Uno es el sobrino de Yoana, que recibió dos disparos en la pierna. No puede jugar más al fútbol. Dejó el colegio. Ahora se metió en la droga. Otro chico murió. “La familia es tan humilde que no pudo hacer nada”, se lamenta Yoana, que está segura de que eran los de la Brigada de Robo y Hurtos.

Hasta un compañero suyo fue su víctima, dice Rosa. Uno de los fusilamientos lo había sacudido. No lo aguantaba y se había decidido a hablar. Percha simuló una persecución, se le acercó por la espalda y le disparó en la nuca. Cuando cayó, le pisó la cabeza y le dijo: “¿Viste que no ibas a decir nada?”.

Hay hasta comisarios que dicen tener miedo. ¿Será el miedo lo que hizo que reincorporen a Percha a la Federal después de haber sido condenado por un homicidio simple? ¿Si comisarios le temen, qué queda? ¿De verdad le tienen miedo o son sus mejores herramientas?

A una madre también le pegó un tiro en la cabeza, sigue enumerando Rosa. Ella no paraba de pedir justicia por su hijo asesinado por el Percha.

CORREPI denuncia que en la comisaría 52, cuando él era jefe de calle, practicaban torturas como submarino seco.

En el mismo barrio tres policías federales mataron a Camila Arjona, en 2005, mientras tiroteaban a un joven que se había negado a ir a comprarles cocaína. Es el único caso con condenas. Esta vez, no estaban Percha ni Indio.

Percha es uno de los policías, de la institución que se tome en la Argentina, que se ganaron el apodo de “Mataguachos”, como José Antonio Peloso, de Fiorito, que hace gala de sus muertos y anda mostrando el arma por el barrio, ya retirado. Los mueven de un lugar a otro cuando conviene. Después vuelven.

Más de 3 mil muertos tienen en sus espaldas las fuerzas de seguridad argentinas desde que volvió la democracia. Más de tres mil, sin contar los reales enfrentamientos.

“Se sienten dios porque matan y no pasa nada”, sintetiza Ricardo, hermano de Jonathan Mareco.

“Para la policía acá los pibes son nada”

Palabras con todo el amor y la bronca de la madre de Kafé González. Se cumple un año desde que el policía Horacio Gómez lo mató de un disparo en la nuca.

Por Miriam Pereyra

Hoy 16 de agosto hace 12 meses que murió mi amado hijo. Hoy 16 de agosto es un día en el cual debo hacer un gran esfuerzo para mantenerme en pie… Debí luchar entre quedarme en la cama o levantarme, es un día en que nada tiene sentido para mí. Es un día en que la angustia y el dolor por la ausencia de mi amor me paralizan. Me acosté llorando y así me levante, siento el dolor comiéndome las entrañas, siento bronca, dolor, angustia, tristeza, tristeza, mucha tristeza. Estoy haciendo la misma pregunta de siempre: ¿por qué?, ¿¿por qué??. Pero acá estoy, luchando contra el dolor, contra el miedo de saber que no abrirá mi puerta, que no lo veré llegar con su sonrisa, con su alegría, que el 21 de agosto no me dirá “¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS MAMI!!”. Hoy es un día de lucha, de lucha contra la depresión, de lucha contra las ganas de morir, ¡¡porque hoy quisiera estar muerta!!, hoy mi máscara de fuerte se desarmó, hoy no puedo pintarme una sonrisa. Soy una madre llena de dolor, los recuerdos hoy me castigan sin piedad, los recuerdos de aquel maldito día 16 cuando él murió. Los recuerdos llenos de alegría, de amor, de ternura, de sentir su calor, su voz, su risa, aquel último 16. Nunca más lo olvidaré. No podré festejar mi cumpleaños… ¿¿como podría??, si ese día 21 de agosto también me recuerda el final de la vida de mi hijo. Nadie podría imaginarse el dolor que siento hoy. Recuerdos…recuerdos… destruida, destrozada, recordando a mi amado hijo en un cajón. Recordando a mi amado hijo. Hoy voy al cementerio, porque hace 12 meses que mi amado hijo murió. 12 meses que el policía Horacio Gómez le quitó la vida a mi hijo de 17 años, le disparó en la nuca. Lo mató como si fuera nada para él. Para él era nada, para la policía acá los pibes son nada. Ellos les disparan cuando quieren, los matan cuando quieren, la policía tiene derecho a todo. Somos pobres y yo creo que tampoco existe la Justicia para los pobres. Horacio Gómez mató a mi hijo Walter Alejandro Gonzalez, si la Justicia existiera él tendría que estar pagando por la muerte de mi hijo.

Derechos inhumanos

La historia desopilante del abogado policial que denuncia a los organismos de derechos humanos, la fiscalía que lo avala y la sentencia en suspenso de tres policías que torturaron y mataron a Gabriel Blanco en una comisaría.

Comisaría 2, Barrio San Carlos, La Matanza.

Shhhhh. En la celda de al lado están cagando a piñas a un pibe. Podría ser yo. Hace un rato vino la mujer con la hija. La madre también. Ya le estaban pegando; y él, que quiero ver a mi familia, que quiero ver a mi familia… Por los gritos, en cualquier momento lo matan. Lo metieron esposado y no parece que se las hayan sacado.

No puede más, grita. Lo van a matar. Hay que hacer algo. Nos van a matar a todos.

¿Qué más me pueden hacer?

Le siguen dando, ya no grita, lo van a matar.

¿Qué habrá hecho?

Silencio.

El cuento

“Te vamos a detener y no vas a contar más el cuento. Vas a aparecer en una zanja”, lo callaron a Gabriel Blanco, que tenía entradas en la comisaría por robo. Ya no quería afanar; iba también a un grupo de rehabilitación de adicciones. La policía lo perseguía para que sí siguiera robando: para ellos, con zona liberada.

El 1 de marzo de 2007 convirtieron la amenaza en hechos. Lo detuvieron cuando estaba con su pareja, después de comprarle un regalo a su hermana, que lo había hecho tío. Lo paró la policía, lo puso contra la camioneta, le pegaron a ella y lo metieron en el patrullero. A la medianoche su metro ochenta y sus ochenta kilos aparecieron ahorcados en el calabozo oscuro, sin algunos dientes, cagado a piñas, con un cable de luz que apenas resistía 50 kilos. Como demostraron las pericias, lo ahorcaron ya muerto, para simular el suicidio.

Justicia lenta, justicia rápida

Seis años después del asesinato, el juez de Garantías Raúl Ricardo Alí pidió las detenciones del subcomisario Rubén Darío Suárez, del suboficial Ariel Emiliano Gómez y del oficial Pablo Balbuena por torturas seguidas de muerte. Se hicieron pruebas y contrapruebas, se cambió de fiscal y todavía estaban en actividad.

Las detenciones, cuando llegaron, se hicieron efectivas en el mismo lugar donde trabajaban.

Además se procesó por encubrimiento al comisario inspector Claudio Horacio Javier Ilundayn y el capitán Daniel Omar Dos Santos.

La causa sucia

Alguien dirá: cuánto avanzó la causa. Pero no termina ahí. Cuando se trata de policías, siempre hay un plan b: el abogado de los detenidos denunció que referentes de la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos de La Matanza visitaron a los presos que habían testimoniado en la causa sobre la muerte de Gabriel; y que les habían insinuado que debían señalar a la policía como responsable. Corroboró esto con una nueva declaración de los presos que habían testimoniado 6 años antes, que cambiaron de opinión.

El abogado de apellido Fernández radicó la denuncia contra la APDH, en septiembre. La Fiscalía General donde recayó le dio entidad a la causa y la derivó a una fiscalía descentralizada: esta notificó a Pablo Pimentel, titular de la regional de APDH Matanza, que estaba denunciado por armar una causa contra tres policías. “A los seis meses el fiscal entiende que la denuncia no tenía ningún sentido y la eleva a la Fiscalía General para que le den lugar a la desestimación; pero la Fiscalía se lo rechaza diciendo que era temprana la decisión, y eso es lo que realmente nos preocupa”, cuenta Pimentel.

La otra marcha

La APDH organizó el 28 de mayo un acto y marcha hasta la plaza San justo, frente a la Municipalidad. Reunieron entre 100 y 150 personas. “Contra la impunidad judicial, policial y política”, decía la consigna de esta primera marcha de la APDH-La Matanza en 30 años de historia.

Antes de empezar, un periodista se acercó a Pablo Pimentel y le preguntó si estaba al tanto de la otra movilización.

¿Cuál?

La de los familiares de los policías, al mismo lugar, a la misma hora.

Los gritos

-Todavía no llegó- le mentían a la madre, mientras en la celda le pegaban, esposado.

-Se suicidó porque tenía miedo de volver a la cárcel después de haber recuperado la libertad- argumentó la defensa al juez.

-La Asociación (sic) Permanente por los Derechos Humanos y el Comité Provincial por la Memoria (sic) buscan “obtener declaraciones falsas y agravar la situación procesal” de los oficiales- plantearon en la causa que abrieron contra la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y la Comisión Provincial por la Memoria.

-Sr. Pimentel deje de manipular causas judiciales obteniendo peritajes y declaraciones falsas para lograr la detención de policías y así réditos económicos del Estado que debemos solventar todos- denunciaban los volantes que repartían en la contramarcha.

-Los policías también tienen derechos humanos- culminaban.

 Silencio.

El grito recuerda a Luciano Arruga, Kiki Lezcano y más de 200 desaparecidos en democracia.