Una obsesión llamada gol

Por El pibe de los pasegol.


Me obsesioné con el gol el día en el que pateamos 43 veces al arco sin poder embocar la pelota en la red. Me acuerdo a la perfección de cada detalle de ese mediodía de otoño: no hacía frío pero corría una brisa molesta, el césped estaba en condiciones espantosas y mis jugadores venían de una noche larga en la que había abundado el alcohol. Lo único novedoso en la escena era la brisa molesta porque todo lo demás formaba parte del panorama habitual. Para mi sorpresa, a contramano de la lógica, jugamos un buen partido. No sé si habrá sido por los despliegues de la madrugada pero lo cierto es que los muchachos parecían inspirados. Hacían cosas que casi nunca les salían: se la pasaban entre ellos, se la sacaban a los rivales y gambeteaban cada tanto a los que se les paraban enfrente. No voy a decir que estaba emocionado porque ya sería una exageración pero tampoco miento: una pequeña dosis de esperanza se había filtrado en mi cabeza. No era para menos. Después de semanas de equivocarse a cada paso, después de una serie dolorosa de derrotas, el equipo amagaba con acercarse  al triunfo. El tema es que había que meterla y eso era una dificultad mayúscula para nosotros.

El nueve fue el primero que intentó. Tenaz como es, probó tres veces en diez minutos pero la pelota ni siquiera se arrimó a los palos. Pensé que era cuestión de no resignarse. Supuse, en un argumento más científico que futbolístico, que la mejor manera de que la falta de eficacia no se volviera una barrera que nos impidiera el triunfo era insistir e insistir hasta que la regla de la probabilidad cayera por fuerza de la perseverancia. Así que esperé mientras los muchachos no se detenían en su embestida hacia el arco de enfrente. Calculé que la explosión iba a llegar antes de lo esperado. Un bombazo del puntero izquierdo reventó el travesaño algo después del cuarto de hora y el rebote le cayó mansito al ocho, que entró al área atacando el espacio. Mi garganta ya se arremangaba. Pero no. Un pozo, un pozo de mierda, complicó las cosas y tuvimos que empezar de nuevo. Habíamos practicado definición en la semana y, como suele ocurrir, en el entrenamiento se metían todas. No ocurría lo mismo en el partido. De derecha y de zurda, por arriba y por abajo, todas se iban afuera. Terminó el primer tiempo y mi asistente me dijo que habíamos pateado 19 veces. Lo peor de todo es que el arquero de ellos había sacado la misma cuenta: ni siquiera la había tocado.

“¿Y qué mierda les digo ahora?”, me pregunté cuando caminaba para el vestuario. Mi intranquilidad era evidente y nuestra falta de precisión, también. Podía alentarlos e invitarlos a seguir igual. Aunque la verdad es que, si seguíamos así, íbamos a terminar 0 a 0. Podía también tomar un atajo más agresivo, reputearlos por dejar escapar las chances y que sintieran el rigor del técnico en la espalda. Tampoco me pareció productivo hacerlo porque hubiera sido cometer una injusticia: estaban jugando realmente bien. De pronto, desfiló delante mío un rubio y se me vino a la memoria Guti, el talentoso del Real Madrid, que en una tarde de boca suelta dijo: “Cristiano está obsesionado con el gol y debería relajarse”. De alguna forma, yo, que no era ni portugués ni goleador, me sentía como Ronaldo porque mi cabeza estaba empezando a no poder pensar en otra cosa. El esfuerzo por encontrar una fórmula para convertir me desgastaba lo sesos y lo peor es que no lograba construir ninguna receta que dejara afuera de la escena al azar. Dicen que cuando uno no sabe lo mejor es callarse y eso hice. Me limité a afirmar con grandilocuencia una verdad tan cierta como inútil: “Vamos, chicos, si seguimos haciendo las cosas bien, vamos a tener muchas posibilidades de ganar”.

Sí, por supuesto que había suplentes. Los fui metiendo con la esperanza de que no estuvieran contagiados de los que ya estaban en cancha. Sin embargo, la secuencia –tocábamos, pateábamos, errábamos- se repetía una y otra vez, generando un fastidio como el del tránsito de Corrientes un lunes por la mañana. Arranqué a caminar para calmar los nervios. De un lado al otro, siempre pegado a la raya. “No te hagas el Bielsa”, me decían los que miraban desde atrás del alambrado. Yo no me hacía una mierda. Amagué con putearlos para liberar algo de tensión pero me pareció al pedo. Me iban a tomar más de punto todavía. Agarré una ramita del suelo y la usé para dirigir las indicaciones. Duró poco: fue tal la calentura porque el nueve se movió tarde a buscar un buscapié al primer palo que la rompí contra una piedra que me oficiaba de asiento. Quedaba cada vez menos para el final y nosotros no abandonábamos. A veces a los empujones y otras veces con algo de claridad, íbamos para adelante. El único miedo era que el reloj cantara basta.

“43”, gritó mi asistente cuando el árbitro adicionó tres minutos. “¿43 qué?”, le contesté, al borde de la locura. “43 veces ya pateamos al arco”, respondió sin perder la compostura. “¿Por qué no se van vos y los 43 tiros a la reconcha de la lora?”, repliqué en un estado de delirio absoluto. Me resigné a esperar el pitazo. Tiramos un centro más, por las dudas. A la marchanta, sin ningún destino. Fue llovido, casi a la altura del punto del penal. Ninguno de los nuestro alcanzó a saltar. Uno de ellos, sí. Se perfiló para rechazar y todo. Pero el boludo calculó mal, la peinó y la pelota se le metió al arquero contra un rincón. No me acuerdo de nada más. Cuentan los testigos que me zambullí contra el pasto, que lloré desconsoladamente durante un buen rato y que me abracé con la piedra en la que estaba sentado. Y dicen, además, que repetía como un maniático “por fin, bendito gol, por fin”.

En tus manos

Por El pibe de los pasegol.

Quiero que queden claras las cosas de entrada. Por ahí sea muy dura la forma pero prefiero no faltar a la verdad: el hijo de puta no tenía manos. O, si las tenía, se ocupaba de esconderlas bien escondidas debajo de los tres palos. Le pateaban al cuerpo y la pelota se le escabullía como si tuviera jabón en los guantes; le tiraban un centro y era incapaz de poner los puños para mandarla a la concha de su madre; los rivales ponían un pelotazo profundo y él se quedaba petrificado en la línea como implorando que apareciera alguna divinidad a sacarlo del apuro. Y eso no es todo. La historia es peor de lo que pinta. Habíamos decidido tratar de salir jugando siempre, con los centrales bien abiertos, con el cinco retrasado y con los laterales casi en la mitad de la cancha. La indicación para todos era que, cuando los presionaran, tenían que tocar con el arquero. Pero dársela al arquero era exactamente lo mismo que tirarse desde un precipicio. Sí, no exagero: en el primer partido del torneo, el dos nuestro se la dio redondita y el muy hijo de puta demostró que, además de faltarle las manos, le habían desaparecido los pies: quiso controlar para pasar, la pelota se le fue larga y sacamos del medio. Traté de tomármelo con calma pero, en ese momento, si hubiera tenido un espantapájaros, lo habría puesto en su lugar. Y como ese hay decenas de ejemplos que justifican la descripción. Cualquiera podría decirme “sacalo y punto” pero las cosas no siempre son tan fáciles como puede parecer en la teoría.

Hay un tema fundamental que no aclaré: esto era un equipo de amigos y, como buen equipo de amigos, el criterio principal de evaluación no era el rendimiento deportivo sino la perseverancia para soportar derrotas sin claudicar. Y en este aspecto –para nada menor en nuestra realidad- el hijo de puta era irreprochable. Cuando había entrenamiento, era el primero que llegaba y el último que se iba. No faltaba nunca. O casi nunca. Una vuelta, tenía a la abuela internada con un problema cardíaco y nos pidió perdón una decena de veces por no haber podido ir a practicar. A mí me daba vergüenza aclararle que por más que se esforzara iba a seguir siendo un desastre pero, al mismo tiempo, me conmovía su compromiso hacia la causa sin arreglo de unos cuantos muchachos entusiastas. La situación era complicada porque echarlo era una inmoralidad que jamás me perdonaría pero dejarlo como titular era una usina de pesadillas que me arruinaban el sueño no menos de un par de días por semana. El dilema andaba entonces sin solución y el correr de las fechas empujaba la coyuntura al límite porque la chance del descenso se volvía cada vez más real. Ahora entenderán un poco mejor por qué no era tan sencillo eso de “sacalo y punto”.

Ese sábado nos enfrentábamos al partido clave, al que iba a señalar un antes y un después. Un adversario digno de respeto, sobre todo porque contaba con dos delanteros rapiditos para el contragolpe. Nos juntamos como siempre en la semana. Por supuesto, ahí estuvo él para entregarnos hasta la última gota de sudor. A esa altura, yo ya no sabía ni qué pensar ni qué hacer. Por un lado, hubiera pagado para que le agarrara angina y no pudiera ir el sábado; y, por el otro, creía injusto que no estuviera en la cita más esperada después de haber dado el máximo de su capacidad. Se apareció en la canchita con el pantaloncito naranja que solía usar. Elongó como si fuera una bailarina clásica, se vendó los dedos como si después fuera a tapar alguna pelota y escupió la parte interna de los guantes al mejor estilo Mono Burgos. Antes de arrancar, tomé el coraje que no había tenido a lo largo del torneo y le pedí que habláramos a solas.

Mirá –le dije-, estamos en confianza así que te voy a decir todo lo que se me cruza por la cabeza. Jamás en mi puta vida vi a una persona atajar tan mal. Saqué la cuenta y perdimos por tu culpa el 74 por ciento de los puntos. Además, no nos salvaste ni una sola vez. Si yo me guiara por tu rendimiento, te tendría que echar a la mierda. Pero la verdad es que, también jamás en mi puta vida, vi a un tipo que le pusiera tanto empeño a este juego. Y eso, en una sociedad egoísta y repleta de oportunistas, es algo que merece todos mis respetos. Así que el sábado vas a ser titular. Pero, por favor, por lo que más quieras, usá las manos. Aunque sea esta vez. Terminé de hablar y estaba al borde de un ataque de nervios. Levanté los ojos. Me miró serio, como sin acabar de comprender por qué le había dicho todo lo que le había dicho. Está bien, señor –respondió-. Le agradezco la sinceridad. Sé que no vengo bien pero desde chiquito me enseñaron a no abandonar cuando las cosas no me salen. Me tengo fe para este fin de semana. No les voy a fallar ni a usted ni a los pibes.

Ni bien se interrumpió la charla, volvió lleno de confianza a deslomarse en un ejercicio que le exigía una reacción con la que no contaba. Voy a ser franco con ustedes porque ya les avisé que no quiero faltar a la verdad: no me sobraban esperanzas y su confianza en sí mismo solamente hacía crecer todavía más mis pesadillas. Por un instante, me sentí Pancho Villegas en su diálogo con un flojísimo arquero colombiano. “Pibe, las que van cerca del palo está bien, las que entran arriba en el ángulo también, las de rebote puede ser, pero las pelotas que van afuera no me las meta en el arco”, fue lo que le dijo aquel técnico argentino a ese muchacho que le sacaba canas verdes. Aunque me ganaba la resignación, en el fondo aguardaba que sucediera un milagro que lo volviera figura por un rato. Él era, sin lugar a dudas, el que más se merecía terminar el campeonato como ídolo. Pero no era nada sencillo: estábamos en manos de un tipo sin manos. Y eso nunca es la mejor opción.

Y finalmente llegó el sábado. Y definitivamente llegó la hora de la verdad. No venía mal la cosa. El hijo de puta atajó dos o tres tiros seguidos y eso nos mejoró la autoestima. Más de uno creímos que capaz era nuestro día. De hecho, hasta la media hora del segundo tiempo, era empate clavado. Ninguno de los dos equipos había hecho nada para justificar un destino de sonrisas. Pero el árbitro inventó una falta a 32 metros de nuestro arco y el panorama se nubló de repente. El capitán de ellos se paró como si fuera Cristiano Ronaldo pero no estuvo ni cerca de parecerse al portugués. Le dio bombeado y sin mucha fuerza. Apenas un cachito contra el palo izquierdo. Cuando la pelota salió disparada desde su botín derecho, temí lo peor. Y lo peor es que lo peor ocurrió. El hijo de puta voló con todas las ganas y con toda la convicción. Voló tanto y tan bien que se pasó de largo. Sí, insólito: se pasó y su intento de rechazar con el talón fue inútil. Tan inútil como los bochazos que tiramos después tratando de evitar la tristeza. Me agarré la cabeza y me mordí los labios y le pegué a la tierra e insulté en mil idiomas. Me pregunté también por qué la realidad no se parecía a Hollywood. Y supliqué mirando al cielo que alguien me respondiera por qué la suerte no me recompensaba por el gesto noble que había tenido en el último entrenamiento. No llegué a ninguna conclusión. Eso sí, de algo estoy seguro: la próxima vez voy a pensar mejor a la hora de elegir entre combatir el egoísmo y poner a un tipo que la agarre cuando le patean.

“No por ser jugador de fútbol sos más que nadie”

Diego Milito estaba en la Cuarta división de inferiores cuando la síndico Liliana Ripoll anunció que Racing Club había dejado de existir. Sintió una enorme tristeza y todavía lo recuerda. El tiempo lo hizo ganar dos títulos con el equipo, pero antes estudió dos años de Economía en la Universidad Kennedy. Como referente, le preocupa que los pibes piensen más en irse a Europa que en la pasión del día a día.  Cómo pensó su carrera el ídolo de La Academia.

Cuando el Inter ganó la final de la Champions League con dos goles suyos, en 2010, alguien aventuró a decir que era un crack, pero le faltaba venderse mejor.

Venderse mejor: construir una imagen de lo que uno es, incluso, a veces, sin ser ese algo; entender que es más importante lo que se dice de uno que lo que uno es.

Diego Milito, sentado en una platea de la cancha de Racing, frente a un Cilindro vacío, confirma la teoría de la venta cuando el grabador se prende y enuncia -formando parte de un nosotros que casi nunca usan las estrellas-: “Nuestro club tiene mucho margen para mejorar”.

Podría hablar del equipo, podría hablar de él, podría decir que está feliz de ser campeón o que esto no lo soñó nunca, pero hay cosas a las que Diego Milito renuncia, aunque no ande muy preocupado por venderlas en tarros de humo.

No es una metáfora: podría llevar vida de héroe, pero prefiere no usar capa.

Podría creerse divo y decir que no da entrevistas, pero pidió que le pusieran los pedidos en una lista y que las fueran haciendo todas, aunque la nómina de pendientes marque 28, entre las cuales figuran el portal de Laureus Award -conocido también como el premio Oscar del deporte, que se entregará el 15 de abril en Shanghai- y una radio barrial de Buenos Aires.

Podría ser el rey de la farándula, pero por política propia nadie reconoce a su esposa en el supermercado.

– ¿Dónde estabas y qué estabas haciendo el 4 de marzo de 1999 cuando la síndico Liliana Ripoll anunció en los medios que Racing Club había dejado de existir?
– Estaba en Cuarta división. Salíamos de entrenar, en el predio de la UOM, que era donde practicaban las inferiores en ese momento. Lo recuerdo perfectamente ese día. Fue un día muy triste para todos.

– ¿Te parecía real?
– Me parecía extraño. Realmente era extraño que un club tan grande con tanta convocatoria pudiera llegar a desaparecer. No me cabía en la cabeza que Racing desapareciera.

– Parecía una etapa difícil para los pibes en Racing. Albano Bizarri, que vivía en la pensión, contó que había un gallo que usaban para despertarse y que un día no cantó más porque tuvieron que comérselo.
– Eran días difíciles. Por eso hoy valoro tanto cómo estamos, cómo están las divisiones inferiores, que tengan de por sí un lugar físico para entrenarse, como es el Tita. Que tengan un lugar en el club te permite dimensionar lo que fue aquello, porque yo estuve acá en etapas muy difíciles. Recuerdo la anécdota del gallo. Yo no vivía en la pensión, pero estaba todo el tiempo con los chicos y sabía todo lo que estaba pasando.

– ¿Cuánto te formó como persona haber estado en esa etapa?
– Mucho. Yo digo que de todo se aprende, de todo vas creciendo y vas valorando muchas cosas. Si bien he sufrido bastante estas cosas en inferiores, también me han hecho valorar. Eso te marca y te hace crecer.

– No sólo jugaste en la época de la quiebra, también estuviste en el gerenciamiento.
– Yo siempre rescato el trabajo de Fernando Marín acá y me parece que está a la vista. Hay que pensar en lo que era el club en esa etapa. Cuando llegó él empezamos a tener un lugar físico donde entrenar y a tener los sueldos al día.

Diego Milito.
Diego Milito.

– ¿Hablás con tus compañeros de ahora sobre lo que fue esa época?– De vez en cuando sale alguna charla. Pero nosotros siempre apuntamos a más. Creo que tenemos margen para seguir mejorando como club.

– ¿Cuánto de tu amor por Racing tiene que ver con haber estado en la época de la quiebra donde el club no tenía nada?
– Todo viene desde antes, desde chico. Imaginate que yo recorro el club desde los ocho años. Mi amor arranca cuando yo jugaba en infantiles y terminaban los partidos y me quedaba comiendo asado en los quinchos. Más allá de todos los problemas que hemos atravesados, el amor nunca lo perdés.

– ¿El amor te hace jugar distinto?
– Yo siempre fui de una determinada manera. Este club es especial para mí porque es el club donde nací y tengo un sentimiento especial, pero una vez que entrás en la cancha ya no pensás en muchas cosas y pensás en jugar bien. Soy profesional.

– Hace unos días, en una entrevista con el diario El País, decías que los pibes están perdiendo la pasión.
– No me gusta generalizar porque hay muchos chicos que toman esto como lo tienen que tomar. Me da esa sensación: los pibes jóvenes no toman esto con la pasión con la que me lo tomaba yo. Yo tenía 18 o 19 años y lo tomaba con una pasión. Hoy los chicos no lo toman de la misma manera. No consumen fútbol, por ejemplo, y yo me la pasaba viendo fútbol.

– ¿Y por qué es así?
– Es una cuestión del mundo que va cambiando y de todas las distracciones que uno puede tener.

– ¿Qué distracciones?
– De internet, de las redes sociales que antes no existían y uno tenía más tiempo para ver fútbol y no había tanto para distraerse. Tal vez el mundo está cambiando y uno quizás deba cambiar con el mundo e ir acostumbrándose. Yo estoy hecho a la antigua, pero creo que también está bueno volver a lo de antes y vivir para esto que, en definitiva, es lo que uno quiere.

– En eso de las distracciones, algo que aparece es que al jugar en Primera a los pibes les cambia el reconocimiento en la calle.
– Entiendo eso. La palabra justa para este deporte, en general, es el equilibrio . No sos un fenómeno cuando hacés cuatro goles ni sos un fracasado cuando errás un gol bajo el arco. Hay que tener equilibrio. Cuando hablo con los chicos, trato de inculcarles que tengan equilibrio. El esfuerzo es lo más importante de todo.

– Tu carrera está llena de momentos de mucho esfuerzo.
– A mí me ha costado todo mucho y aprendí a valorar las cosas. En cada lugar donde estaba, en cada minuto en Primera división, en Europa, en un club grande de Europa o en la Selección. Se aprenden a valorar esas cosas y yo creo que los pibes de hoy se saltean etapas que hacen que se pierda la valoración.

– ¿Eso quita cierto sentido de pertenencia con los clubes?
– Puede ser. Es verdad que hoy los chicos piensan en quemar etapas o irse antes de lo debido. Yo tuve la suerte de irme en el momento justo de maduración. Creo que todo tiene una maduración. Europa no es fácil, pero desde acá parece más fácil de lo que es. Entonces muchos no se acomodan y terminan volviendo a los seis meses. Hoy los chicos, muchos, están pensando más en una transferencia que en jugar. Y, bueno, es el ambiente donde vivimos.

– ¿Sentís que te ayudó haberte ido a Europa a los 24 años?
– Sin duda. Fue fundamental porque me fui a una edad hasta diría grande. Uno ya tenía cierta madurez. Yo ya había jugado en la Selección argentina, tenía cinco años en Primera división.

– ¿Con qué soñabas cuando arrancaste a ser jugador?
– Fui un tipo que fue poniéndose plazos cortos o sueños cortos. Obviamente, cuando uno eligió ser jugador de fútbol quería llegar a Primera, pero no más que eso. Siempre lo tomé como una pasión esto. Lo fui desarrollando paso a paso sin ponerme objetivos largos. Me ha costado mucho llegar a Primera División. Me aferré a eso y traté de dar lo mejor, construyendo mi carrera.

– Eras un pibe, ¿quién te ayudaba a pensar estas cosas?
– Siempre fui de aferrarme mucho a mi familia. Imaginate que por ese entonces mi hermano ya jugaba en Primera y en la Selección y eso ayudaba a pensar. Siempre me aferré a sus consejos. A consejos de mis padres, de no aflojar. No aflojé y acá estoy.

– ¿Qué decían tus papás?
– Se fue dando todo de manera muy natural y esa es la suerte que tenemos mi hermano y yo de tener dos padres que jamás especularon con sus hijos ni con si llegaban a Primera ni con si llegaban a la máxima competición. De hecho, nos hicieron terminar el secundario y yo empecé hasta una carrera universitaria. Obviamente disfrutan de que los dos podamos haber llegado, pero sin ninguna presión. Ellos querían que nosotros estudiáramos y que pudiéramos disfrutar el deporte.

– ¿Qué estudiaste en la universidad?
– Arranqué ciencias económicas, hice dos años y después tuve que dejar. En la Universidad Kennedy. Me gustaba. Mi tío es contador, mi tía también, mi abuelo también y me gustaba y agarré por esa rama. Empecé los dos primeros años y cuando arranqué a jugar en Primera terminé dejando.

– ¿Y nunca más pensaste en seguirla?
– No. Con la carrera de jugador ya se me hacía más difícil seguir.

– ¿Y a qué compañeros escuchabas en ese momento?
– A mí me gustaba escuchar a los grandes. Yo no era de recibir muchos consejos, pero sí escuchaba mucho. Tuve la suerte de compartir entrenamientos con Teté Quiróz, con Claudio Úbeda o con el Chelo Delgado, que en ese momento eran referentes.

– ¿Y vos te ponés en ese rol de referente?
– Por edad, sí. Obviamente, cuando puedo trato de comentarle algo a los chicos, pero simplemente contando lo que uno vivió. Es una ayuda para que se equivoquen lo menos posible.

– Decías que los pibes a veces están más pensando en Europa que en otra cosa, ¿pudiste hablar con ellos sobre este tema?
– No, todavía no me ha pasado de estar en esa situación. Trato de no meterme porque es la vida de ellos y tienen que decidir con los que tienen que decidir. Si me vienen a pedir un consejo, encantado se los daría. También a veces meterse en ciertos temas es difícil.

– ¿Qué referentes te marcaron a vos?
– El Ratón Ayala es uno de los tipos que me ha marcado. Por lo que representa, por lo que fue, porque compartí equipo en Zaragoza y en la Selección. Y, después, obviamente, con Javier Zanetti, que además de que tengo una amistad y muchos años de compartir vestuario, sé lo que es como ejemplo, como profesional.

– ¿Uno se forma como líder o nace como líder?
– Es un poco natural. Es más una cuestión de experiencia, de edad y de haber vivido muchas cosas en el club.

– ¿Te es difícil hablar con los pibes o te es sencillo?
– El mundo ha progresado y uno se debe ir aggiornando. Hay que entender algunas situaciones y poder ponerse a la altura de los más chicos. Tampoco uno es el dueño de la verdad. Lo importante es tratar de hablar con ellos, de ver cómo piensan, de ver cómo hablan, todo ha evolucionado, los chicos hablan de una determinada manera. Pienso que hay que volver a la pasión de antes. Ver fútbol. Que vean a los rivales, que sepan contra quién van a jugar, qué características tienen. O por lo menos yo lo hacía en ese momento. Yo sabía a quién tenía enfrente. Yo no sé si los pibes lo hacen hoy. Y es muy importante porque es un poco sacar ventaja y otro poco tener la pasión por lo que uno hace. A mí me gusta el fútbol. Me gusta ver partidos. Consumo mucho fútbol, me gusta lo que hago.

– Para ser alguien que jugó un Mundial, que salió campeón dos veces con Racing, que ganó una Champions League, tenés un perfil muy bajo, ¿cómo lográs que la vida íntima sea íntima?
– Yo lo llevo muy normal. Siempre fui así. No me preocupo demasiado. Yo hago la vida que siempre traté de hacer. No me fijo demasiado. Me gusta ser como soy, natural, descontracturado. Sigo yendo a ver a mi hijo jugar al fútbol, me gusta ir al cine, pero hago una vida normal. Si me piden un autógrafo, está lindo, pero no estoy preocupado por la exposición.

– ¿Cómo llevás el hecho de ser ídolo?
– Mirá, a mí me alcanza y me sobra con el cariño que me da la gente. No me pongo ni a pensar en eso. No me preocupa en lo más mínimo ser ídolo. Lo más importante es el cariño de la gente. No hay que pensar más allá de eso.

– Pero, de repente, tenés un chico que está enfermo y se te acerca como buscando una solución en un saludo tuyo.
– Es algo, algo, algo, algo (repite y piensa) loco. Pero uno trata siempre de ayudar y estoy encantado de hacerlo. Me ha pasado y hay que hacerlo con responsabilidad y con pasión porque podés despertar en otro, con un autógrafo, algo lindo.

– ¿Hay algo que te quedaste con ganas de hacer en tu carrera?
– La verdad es que no me puedo quejar. Soy un eterno agradecido a este deporte por todo lo que me ha dado. He cumplido la mayoría de los sueños que tengo de chico. Sería injusto de mi parte pedir algo más. Obviamente, hubiera querido estar con algunos jugadores o con algunos entrenadores. Pero de todos los compañeros y de todos los técnicos aprendí mucho.

Enmudecido estoy

Por El pibe de los pasegol.

El tipo sabe. Yo eso no lo discuto. Pero, en el momento, lo que dijo me pareció una barbaridad. Una barbaridad tan insoportable que pensé en no volver a escucharlo en mi vida. ¡Diez partidos! No uno, no dos, no tres. No: diez partidos llevábamos sin ganar. Cualquiera se puede imaginar lo que fue la fiesta posterior al triunfo y cualquiera también se puede imaginar lo que fue el desahogo del gol, que llegó a poco del final, como para que el grito de todos nosotros retumbara hasta el infinito y más allá. Hasta ahí, lo lógico. Lo que no cualquiera se puede imaginar es lo que ocurrió a la salida de la cancha, en esas cuadras que venían siendo en los últimos tiempos el escenario de la tortura de saberse derrotado. Aunque cueste creerlo, reinaba el silencio. El absoluto silencio. Ni los demás ni yo hablábamos. Sencillamente, no podíamos. Parados en esa popular desvencijada y sudorosa, era tanto lo que habíamos exigido las gargantas que a ninguno le quedaba un hilo de voz para continuar con la algarabía. Pero a él sí. Él sí que hablaba. Y cómo. La voz del hincha de la tribuna se escuchaba clarita, potente e indignada. Y cada vez más cerca de mi oído derecho. Me alcanzó, me agarró del hombro y me frenó. Vos no, decime que vos no estás contento, no me podés fallar en ésta, soltó casi suplicando.

Fallar en qué, viejo loco. No lo dije así pero se lo merecía. Se lo recontra merecía. Una vez, por fin, habíamos ganado. Una vez solamente. Porque yo no soy de los que pide ganar siempre. Pero cada tanto no viene mal una alegría. Sin embargo, al tipo no le importó nada mi sonrisa y me la destruyó. Apenas en un par de minutos. La trampa, sentenció. Hacer trampa es una mierda y ser cómplice de la trampa es, todavía, peor. No es que a las reglas haya que respetarlas por el hecho de que sean reglas. Lo que hay que defender es a las reglas justas. Eso, defender lo que es justo, es lo que nos vuelve personas. Y acá hubo una mano que vimos todos. ¿O vos te creés que la pelota le pegó en la cabeza? Le respondí con un gesto desganado, con alguna tibia esperanza de que todo terminara ahí. Claro que había visto –lo habíamos visto todos, por cierto- que el héroe nuestro la metió con la mano cuando el centro con rosca desde la izquierda le pasó por delante de la nariz. Pero el árbitro no se dio cuenta y ya está. Palo y a la bolsa. Y milagro. Nos ayudaron una vez, solté con las cuerdas vocales al borde de estallar. No es tan serio, amigo. Todos queríamos ganar y nos salió después de mucho tiempo.

Me miró como se mira a alguien que no quiere afrontar un problema. Pero no me dejó escapar. ¿Vos te pensás que a mí me da lo mismo el resultado de los partidos?, indagó sin tiempo a que yo intuyera la respuesta. No, para nada. Yo me levanto y me acuesto soñando con el siguiente triunfo. Cada vez que perdemos, sufro por mis nietos, por mis hijos y por mí –en ese orden-. Y eso me duele horrores. Pero no tengo ningún derecho a creer así nomás en lo que sale en los diarios o en lo que repiten algunos de mis amigos del barrio. Si la moda hoy es evaluar por los resultados, no hay porqué evaluar por los resultados. Yo, y a mucha honra, todavía estoy convencido de que los modos valen. Y la trampa está afuera de los modos que me hacen feliz y por eso no grité el gol. Terminó el speech justo en el momento en el que algunos monos de alrededor lo empezaban a putear con una disfonía indisimulable. Amargo, le decían. Sos de la contra, le enrostraban. No le importó al viejo. Nada le importó. Me atrevería a sostener, incluso, que le chupó un huevo cada uno de los insultos.

Me pegué a su espalda para evitar una tragedia. No estaba seguro de estar de acuerdo ni con él ni conmigo ni con nadie. Pero la reacción masiva de esos con los que me había estado abrazando hasta hacía unos minutos arrancaba a fastidiarme. El hincha de la tribuna desafiaba lo establecido, pensaba con su cabeza, y la intolerancia se le venía encima para ahogarlo en una paliza. Empezó a acelerar y apuré el paso para no perderlo. ¿Está bien?, le pregunté algo agitado y con culpa. Sí, pibe, aseguró. Cómo no voy a estar bien si ganamos después de diez partidos. Y, de yapa, tengo la garganta impecable y la sensación de que la próxima vamos a festejar con un golazo del 10. Te lo aseguro.

Sin volver a dirigirnos la palabra, seguimos caminando. La calle, a esta altura, estaba otra vez enmudecida.

TODAS LAS VIOLENCIAS

El 30 de noviembre, en la cancha de Rosario Central, periodistas que cubrían el partido entre los locales y Racing fueron agredidos. El caso es uno más de tantos. Cada vez que sucede uno, se pregunta quién es el responsable. Este análisis propone abordar las distintas violencias del mismo acontecimiento.

Pará en esa foto de ahí. Dejala ahí, no pases más. Dejala ahí que la idea no es contar una historia ni ahondar en perfiles criminales de barrabravas apodados con nombres de superhéroes del tercer mundo. Dejala ahí que esto no es una novela ni tampoco un caso que nadie contó.

Dejala ahí porque la idea es hacer una radiografía de todas las violencias que aparecieron en el entretiempo del partido entre Rosario Central y Racing, en el Gigante de Arroyito, el 30 de noviembre de 2014, cuando desde tres sectores distintos de la cancha se agredió el palco de prensa.

Dejala ahí que esto es para ampliar la discusión. Porque, cuando aparece alguno de estos casos de violencia en el fútbol, el mundo se pone el traje de Sherlock Holmes y quiere culpables.

“El problema son los violentos de siempre”, se dijo alguna vez para culpar a las mafias organizadas a las que se denomina “barra brava”.

“El problema son los que los bancan”, se dijo para referenciar a los dirigentes que apañaban a esas barras.

“El problema es el negocio de la Policía”, se dijo para responsabilizar a los encargados de dar seguridad al espectáculo.

“El problema lo tiene que solucionar el Estado”, dijeron Daniel Angelici y Rodolfo D’onofrio, presidentes de Boca y de River, en el programa Línea de Tiempo de la TV Pública.

“El problema es la intolerancia”, se dijo para culpabilizar a la rivalidad.

“Tenemos que lograr que un referí cobre bien”, llegó a decir Cristina Kirchner en un acto donde trató el tema de la violencia en el fútbol.

¿Entonces quién?

¿Nadie? ¿Algunos? ¿Todos?

Dejala ahí la foto, entonces, que vamos a buscar quién fue.

Incidentes 2

Violencia de la barra

Una hora y media antes de que arrancara el partido. El palco de prensa se separaba del resto de la platea por medio de un acrílico. “Acá se va a pudrir todo”, les dijo un muchacho vestido enteramente con ropa de Central –pantalón largo y camperita del club, todo oficial- a un periodista rosarino y a uno porteño, que había viajado para ver el partido. El muchacho andaba con otro muchacho vestido igual.

Dejá ahí la foto: ¿cuál era el sentido de anunciar lo que iba a ocurrir?

Media hora antes de que arrancara el partido, se pararon de espaldas al césped, mirando hacia el palco de prensa y, cada uno con un celular en la mano, clavándole los ojos a los periodistas, actuaba de Gestapo, tratando de divisar “hinchas de Racing”, con toda una pose que iba de la mano del primer aviso que uno de ellos hizo.

Dejá ahí la foto: ¿Cuál era el sentido de demostrar públicamente, con esa pose, que había una cacería de hinchas de Racing y que, además, eso se le estaba avisando a alguien? ¿A quién se le avisaba? ¿A los tipos que encabezan la popular, que se hacen llamar Los Guerreros, que dentro del estadio se les permite tener pintadas que los reivindican, aunque alguno de ellos hayan tenido acusaciones penales?

Hora del partido. Sale Rosario Central a la cancha y empiezan a sonar bombas de estruendo, prohibidas, con historial de sanciones, por ejemplo, a Vélez, al que le suspendieron la cancha por esto. Arriba del palco de prensa, en un pasillo separado por rejas, aparece el mismo muchacho. Un minuto después, explota una bomba de estruendo arriba del palco.

Entretiempo del partido. El mismo muchacho aparece tirando botellas llenas y piedras hacia el palco de periodistas. Otras 200 personas hacen lo mismo. No todos parecen identificados como barras. Muchos sí. Les pegan a los periodistas, se roban mochilas, micrófonos y tablets, elementos de trabajo.

Dejá la foto ahí, ¿los plateístas de Central decidieron robar, de repente?

Dejá la foto ahí, ¿fueron los plateístas?

Dejá ahí, ¿fue la barra? ¿quién sabe cómo sus miembros llegaron a la platea baja en el entretiempo?

Algo se sabe: estaba anunciado, organizado.

Violencia de la Policía

En el mismo momento en que el muchacho anunció que se iba a pudrir todo, se puso en aviso a los periodistas de esta situación y los periodistas hablaron con miembros del Departamento de Prensa de Rosario Central. Se informó que esto podía pasar y, desde el club, aseguraron tomar cartas en el asunto. De hecho, algunos miembros de ese Departamento –no todos- se acercaron a hablar con los periodistas para solucionar la situación para que todos pudieran trabajar tranquilos. Se desconoce cómo decidieron construir el operativo, pero se acercaron cinco policías a “cuidar” la zona.

En el entretiempo, los pupitres de prensa fueron rodeados: por delante del acrílico, se agredía; desde la platea alta, donde se tiró la bomba de estruendo, se agredía; desde la popular ubicada a la derecha del palco, se agredía.

Cinco policías. Uno, incluso, luego de que, desde la platea alta, se tirara pis hacia los periodistas, se rió. Nunca se pararon delante del acrílico, ni arriba.  Apenas al costado. 400 policías tenía en total el operativo. Uno de ellos declaró frente al reclamo de un periodista que pedía seguridad: “Estamos desbordados”.

Los periodistas decidieron abandonar el sector, dejar sus trabajos, abandonar sus transmisiones. No tenían hacia dónde ir. Un oficial preguntó:

– ¿Quieren quedarse o quieren irse?
– Queremos tener seguridad.

La Policía no supo – o no quiso- resolverlo y la decisión la tomó un miembro de seguridad de Racing: “Lleven a la gente al vestuario visitante”. La gente, unas 30 personas: integrantes del Departamento de Prensa de Racing, dirigentes menores de Racing, periodistas de medios nacionales, periodistas partidarios, periodistas que hasta querían que Racing perdiera, hinchas de Racing que habían conseguido su entrada.

En la puerta del vestuario visitante, recibió al grupo alguien que se autoidentificó como uno de los responsables de seguridad del espectáculo. “No pueden estar acá”, afirmó.

– Queremos ver al presidente de Central, ¿dónde está?
– Está con el presidente de ustedes.

¿De ustedes? ¿Qué ustedes? ¿Con Cristina Kirchner? ¿Los periodistas por qué debieran tener presidente? Si Víctor Blanco es el presidente de Racing, ¿por qué sería el presidente de los periodistas?

A los periodistas se los mandó a la calle sin que nadie los custodiara. No pudieron terminar con su trabajo. La Policía no los cuidó de lesiones y no mostró soluciones. Pese a haber estado notificada, nunca actuó. “Estamos desbordados”, argumentaban.

En otro sector, minutos después. Uno de los policías, en la huida, apuntó a otro periodista. A ese periodista los hinchas de Central lo corrieron hasta el estacionamiento.

En la jerga se diría, “parece que los entregó”.

Los entregó una fuerza que no depende de la barra, ni de Central: depende del Estado. Es decir: violencia institucional.

Violencia cultural

Aunque los propios periodistas fueron los agredidos, las crónicas del acontecimiento se narraron diciendo que los agredidos fueron “periodistas partidarios”. Partidarios se le dice a los que toman partido: periodistas que cubren la información de un club. Pertenencen, de alguna forma. En este caso, serían Racing.

Serían de Racing era el argumento para agredir a esos periodistas. Que, además, vale aclararlo, no todos eran partidarios, si es posible hacer esa diferenciación.

La violencia, anunciada, entregada, en la cancha de Rosario Central hacia el palco de prensa se fundamentó en la misma razón por la que no van hinchas visitantes a las canchas: hay un problema con el distinto. En el medio de las agresiones verbales y físicas, también se deducía por los gritos que la intolerancia no era por ser de otro equipo sino también de otra ciudad. En este caso, por ser porteño. En otra geografía, podría ser por no serlo.

Porque a lo organizado por la barra, a lo entregado por la Policía, a la falta de asunción de responsabilidad política por parte de los  dirigentes que fueron avisados de algo que no quisieron resolver, se le suma la agresión natural de hinchas que consideraban una ofensa tener allí hinchas de Racing.

Algunos plateístas, de la alta y de la baja, reaccionaron agrediendo, también. “¿Por qué no dicen que fue offside el gol?”, gritaban, en referencia al 1-0 de Racing que marcó Gastón Díaz, en posición inhabilitada. Eso se volvió proyectiles. De la platea de enfrente tampoco toleraron que el equipo visitante hiciera un gol y sus jugadores lo festejen: Luciano Aued fue a abrazar a Diego Milito después de que el capitán convirtiera su primer gol en Arroyito. Aued terminó de festejar mientras el médico de Racing le vendaba la cabeza, que se le había abierto por un piedrazo que le tiraron desde la platea baja de Central. Tres días después, a Aued todavía le dura la herida y la bronca. De la popular alta tampoco se bancaron ir abajo en el resultado y que el equipo visitante tuviera arquero: a Sebastián Saja, el 1 de Racing, le tiraron una botella de Fernet Branca vacía, que el arquero agarró desde el césped con incredulidad. Todo parece cotidiano. Pero es una botella de vidrio, de una bebida alcohólica que está prohibida en los estadios y  que vuela desde una tribuna.

Ser de otro club supone ser objeto de agresiones. Es, claro, una forma de discriminación: una no-aceptación de las características del otro.

Dejá la foto ahí, ese tipo que tira el proyectil, además de accionar porque la policía lo deja, además de que organizadamente la barra armó la agresión, tiene un problema con el otro: es hinchífobo.

Explicame vos

Por El pibe de los pasegol.

Explicame vos. Explicame vos, que se supone que sos joven y que tenés las neuronas despiertas. ¿Cómo puede ser que eso se haya transformado en esto? Si era lo más hermoso que teníamos, si era el placer más grande de la semana. Pensé. Pensé rápido cómo hacer para salir de esta situación. Porque ya me la veía venir. Vienen miles y miles de tipos a ver a este equipo de mierda pero el hincha de la tribuna siempre se la agarra conmigo. No sé si me verá cara de bueno, o de boludo, pero la cosa es que hace catarsis conmigo. Yo trato de esconderme a la salida, de caminar pegadito a las casas grises y gastadas que enciman la vereda, de buscar las sombras de los árboles que le hacen frente al tenue alumbrado público. Pero no hay caso. Siempre me encuentra. Es como si sus ojos de viejo tuvieran la capacidad de detectar el malhumor que me atrapa después de cada derrota. Sí, a esta altura es obvio: habíamos perdido de nuevo. Sí, en este momento ya no hay dudas: no solamente habíamos perdido sino que habíamos jugado muy mal otra vez. Y, como si fuera poco, debía soportar una catarata de palabras durante las cinco cuadras que me quedaban para llegar a la parada del bondi.

Lo corté. De una. A ver si tenía la suerte de que no tomara carrera. No tengo la menor idea, le dije. Miré su rostro y me di cuenta de que mi respuesta daba igual. Que le daba igual: si le hubiera expuesto la teoría de la oferta vertical de pases al cuadrado, no me hubiera escuchado; si le hubiera contado que la culpa la tenía la astróloga del barrio que anunció que nos iba a ir mal mientras no creyéramos en la reencarnación del perro de Walter, tampoco me hubiera prestado atención. Él la hacía más fácil: preguntaba, contestaba y exigía que fuera yo el que me concentrara en sus argumentaciones. Para no contradecirlo, lo hice. Total, ya habíamos perdido y la chance del descenso me estaba martillando el cerebro. No me canso de plantearles el tema a los pibes de tu edad, me anunció. Si nosotros somos capaces de dejar a nuestras novias y a nuestros hijos, a nuestros amigos y a nuestras obligaciones, por ver un partido, es porque algo de eso que pasa en la cancha nos atrae. ¿Nunca te preguntaste por qué sos capaz de perderte unas tetas, una película, una comida o hasta el ruido del mar por una pelota?

Esta vez no caí en la trampa de su pregunta retórica. Y lo dejé avanzar con comodidad por un terreno que sentía muy suyo. ¡El juego, nene! ¡Lo lindo que es el juego, nene! Partículas de su saliva golpearon mi oreja y me entraron ganas de cagarlo a trompadas. Pero lo noté tan apasionado que ni me gasté. El fútbol es eso, prosiguió. Cuando éramos pibitos y nos pasábamos las tardes en los potreros, soñábamos con gambetas, con goles, con pases, con la jugada perfecta. A ninguno se le ocurría llegar a la canchita del barrio soñando con una patada o con revolear la pelota a la reverendísima mierda. Ni el más burro lo pensaba. Y ahí estaba la clave. El fútbol era ese rato en el que la ilusión copaba la escena, en el que todos queríamos ser el mejor y en el que ser el mejor no incluía ni la mezquindad ni la especulación ni la devoción por el resultado. El fútbol, por decirlo de alguna forma, era la antítesis del aburrimiento porque el que reinaba, aunque no lo pronunciáramos en estas palabras, era el deseo de belleza.

Lo entendí. Perfectamente. A mí, mucho más joven que él, me pasaba algo parecido. Cuando yo era un nene, ya casi no quedaban potreros pero el espíritu era el mismo. Ir a jugar no era otra cosa que la posibilidad concreta de inventar sin andar calculando los costos de la derrota. Era la intención de imitar al diez de mi equipo y, al mismo tiempo, de caminar desde la canchita hasta mi casa puteándome entre sonrisas con los amigos de toda la vida por ese toque que nos había quedado a mitad de camino. El hincha de la tribuna observó mi gesto cómplice y decidió lanzar la estocada decisiva. Vos me entendés, entonces. Podemos ganar o perder, podemos jugar mejor o peor, pero nunca deberíamos olvidarnos de que lo importante del fútbol se esconde en esa rendija en la que se mezclan la valentía y la estética, el compromiso y la elegancia, el orden y la aventura. Y, a veces, me da la sensación de que todos los que deambulamos por este circo nos creímos y nos creemos el cuento equivocado.

El colectivo pasó justo a toda velocidad por la avenida y lo alcancé a parar antes de que se fuera. Al hincha de la tribuna lo saludé levantando apenas la ceja derecha y guiñándole el ojo izquierdo. Me senté y lo vi irse sin apuro, buscando algún otro compañero ocasional con quien poder seguir reflexionando sobre las explicaciones que el fútbol nos da cada día.

“Todo es contar el antes y el después”

A los 21 años, Jonathan Calleri trabaja de ser el 9 de Boca. Luego de toda una vida en All Boys, el club de su barrio, el de sus amigos, le llegó el salto a un club grande con el que él ni fantaseaba de adolescente. Van cuatro meses de una aventura que ya le cambió unos cuantos hábitos pero no las ideas. Acá las cuenta.

Los viernes al mediodía en Boca se almuerza comida de McDonald’s. Un cuarto de libra con queso y unas papas fritas para cada cronista, camarógrafo o fotógrafo que se acerque al entrenamiento para ver los 30 minutos que permite el cuerpo técnico. Con una mención en Twitter de algún periodista o un chivo al aire, la empresa yanqui se da por satisfecha. Luego de esa media hora, en Casa Amarilla no se ven futbolistas: pasan médicos, hombres de seguridad, cancheros, gente de prensa del club, los tiracables que laburan para los móviles de tele. “No, ese es Carrizo, Pachi Carrizo”, le dice un vigilante a otro cuando pasa –por fin- un futbolista rumbo a uno de los consultorios de kinesiología. Con tanta cara conocida dentro del club se le hace difícil descubrir a los nuevos jugadores hasta a los que cuidan la seguridad. “Esto es como un Estado”, define un médico que lleva mucho tiempo en La Bombonera.

En medio de todo ese mundo, a los 21 años, Jonathan Calleri trabaja de ser el 9 de Boca. Luego de toda una vida en All Boys, el club de su barrio, Floresta, el mismo barrio y el mismo club de sus amigos, le llegó el salto con el que él ni fantaseaba de adolescente, cuando soñaba con ser Pablo Solchaga. Van cuatro meses de una aventura que ya le cambió unos cuantos hábitos pero no las ideas. Acá las cuenta, pensando cada respuesta pese a que se desconcentre y siga con la mirada el desfile de personas que es el Centro de Alto Rendimiento de Boca, el más evolucionado del país.

– ¿Cuánto sentís que es real en la vida de un jugador de Boca?

– Yo creo que esto es más un sueño que veía bastante lejano. Llegar acá, pasar de estar en un club en el que se hace todo a pulmón a tener todo, ya sea desde las canchas, la ropa, la gente que trabaja, es raro. Llegué a un club donde nunca esperé llegar.

– ¿Cómo es vivir ese sueño en el día a día?

– A mí al principio se me hizo difícil porque era la primera vez que cambiaba de club en mi vida. Yo en All Boys estaba muy cómodo, tenía un grupo más de amigos que de compañeros. Me costó vivir el día a día acá. Ahora se va haciendo más llevadero, disfrutás de venir a entrenar todos los días. Tenés todo: médico, kinesiólogo, gimnasio, cancha, gente que trabaja para vos. Lo que más me impactó fue toda la gente que trabaja para que salgamos a la cancha.

– ¿Y en la calle?

– Ahora está empezando a cambiar. Antes en All Boys tal vez me miraban, pero no me reconocían. Ahora jugando en Boca es distinto. Estás más expuesto a todo. Te tenés que cuidar de las redes sociales, del Instagram, del Twitter. Si salís a comer una noche con tus amigos, te ven, te dicen algo, o si el club anda mal… Tenés que cuidarte de eso. Trato de juntarme más en casas, de no salir tanto.

– ¿Requiere un aprendizaje ser jugador de Boca?

– Sí, no pensaba que era tan así. Pero hay gente que te ayuda, como por ejemplo mi tío –Néstor “Tota” Fabbri, ex defensor de Racing, Boca y la Selección, entre otros, además, su papá también fue futbolista- que me da algunos consejos, de tratar de no estar muy expuesto porque gente de Boca hay por todos lados y te reconocen. Lo tomo con tranquilidad.

Calleri de azul y oro
Calleri de azul y oro

– Alguna vez contaste que en tus primeras notas te costaba hablar o que te excedías contando cosas.

– Quizás me abría mucho al principio. Ahora aprendí, cuando hace falta, a hablar con el cassette, como se dice. Cuando vine a Boca traté de decir lo que me parecía y no me equivoqué. Pero cuando era chico en las primeras notas me explayaba mucho y eso creo que no es bueno. Con el tiempo, y algunos retos o consejos, creo que de a poco fui aprendiendo a declarar. Digo lo que me parece, pero con más sutileza, trato de hablar sin cassette pero con respeto.

– Ser el 9 de Boca es ser muy público, hasta vienen a ver cómo entrenás. ¿Qué te genera?

– Esa es una de las cosas que me sorprendió cuando llegué. La cantidad de gente que viene a verte trotar, porque después de un partido tal vez lo único que hacés es trotar por afuera de la cancha. Y hay gente que te sigue o que te filma. Quince cámaras, cien periodistas. Eso me impresionó mucho.

– Si fueras periodista, ¿vos vendrías?

– Es un trabajo. Seguramente muchos lo hacen por placer o por estudio, otros lo harán por trabajo. Si a ellos les sirve… Nosotros hacemos nuestro trabajo esté o no el periodismo.

– ¿Vos, de chiquito, no soñabas con ser el 9 de Boca y que haya cámaras hasta para verte correr?

– Uno de chiquito sueña con jugar en Boca o en cualquier club. La sucesión es llegar a Primera, jugar en un club grande, después Europa y la Selección. Eso sueña cualquier chico que patea una pelota. Pero viendo mi realidad, que All Boys estaba en la B Metropolitana, que yo ni jugaba en las inferiores, mi meta era debutar en All Boys y mi ídolo era Pablo Solchaga, que era el ídolo del club y el que hacía los goles. Yo quería ser eso. Era lo que me gustaba a mí. Después pasando los años me di cuenta que hice un click en mi vida y podía llegar a ser alguien, de a poco fui entendiéndolo. Hoy estar acá es algo que no pensé.

– ¿Cuál fue el click?

– Después de no jugar por mucho tiempo, que estuve tres años sin que el técnico me tuviera en cuenta. No jugaba porque era chiquito, no me daba la estatura, el físico, la velocidad. Pero veían que podía crecer. Entre los 13 y los 16 habré jugado cinco partidos. Después de eso hablé con mi familia. Estaba entre cambiarme de club o empezar a estudiar. No me cambiaba porque quería a All Boys y porque mis amigos estaban ahí. Estuve cerca de ir a Español, me acuerdo; mi papá me quería llevar porque conocía a alguno y podía jugar ahí. Creo que en la sexta división hice un click. Crecí de repente, me di cuenta que podía jugar. Jugué bien, me subieron. Y así empezó. Tardé mucho en llegar a primera, me subían y me bajaban a reserva todo el tiempo. Hasta que me llegó.

– ¿Qué pensabas estudiar cuando estabas en la duda?

– La verdad es que en el trayecto ese mantuve una charla familiar importante. Mis papás me dieron seis meses más para decidir, como para que yo pensara qué quería. Creo que ellos tampoco veían mucho futuro en mí. Y hacer las dos cosas se me hacía difícil. Ahí me dieron el ultimátum. En su momento quería estudiar para contador, pero cuando fueron pasando los años me tiré para atrás. Me gustaba el profesorado de educación física o periodismo. Era cuarto año. Faltaba un poco para decidir, todavía no sabía bien.

– Dijiste varias veces que ser futbolista es un trabajo. Lo curioso es que es un trabajo desde chico. Vos ya a los 14 tenías que organizar tu rutina en base al fútbol. ¿Cómo ves que un pibe tenga que tomar decisiones tan fuertes a esa edad?

– Yo creo que los compañeros que jugaban conmigo eran técnicamente mejores que yo. Yo tenía distinto del resto la cabeza. Venía de una familia futbolera que ha pasado muchas de esas situaciones, que me decían que esperara, que ya me iba a llegar. Mientras mis compañeros se iban de joda y venían de gira a jugar, yo como un boludo me iba a dormir y jugaba. En ese momento quizá no jugaba bien y los que venían de bailar sí jugaban bien. Pero a la larga todo llega. En esa edad de cumpleaños de 15 o de ir a matiné o a noche, a diferencia de ellos, yo tenía una contención de mi familia que me destacaba más que por mi forma de jugar.

– Al ser de una familia futbolera tal vez te resultaba natural ser futbolista.

– A mí me encantaba, pero yo sabía que iba a jugar en Primera. No sabía si en All Boys o Boca, pero yo sabía que iba a llegar. Esos momentos fueron muy difíciles igual. Me acuerdo de una época que me echaron diez fechas porque le pegué un pelotazo a un árbitro porque no nos cobraron un gol. Nunca me echaron, fue la única. Justo aproveché para ir a cumpleaños de 15 esos seis meses, así que pude disfrutarlo un poco.

– ¿A tu viejo como jugador lo llegaste a ver?

– Muy poco, tengo recuerdos pero ya jugando en ligas. Me dicen que jugaba muy bien pero que le gustaba la joda. Tengo en él el jugador frustrado, entre comillas. No quería que hiciera lo mismo que él, creo que eso repercutió mucho en mí.

– Ser el 9 de Boca debe atraer a más gente que te quiere saludar…

– Pero te das cuenta en el momento que te va bien y te va mal. Cuando hacés un gol en un partido te llegan 100 mensajes de texto y cuando jugás mal, como hace poco con Banfield, tenía tres: mi novia, mi papá y mi mamá. Uno se da cuenta cuando lo hacen por interés o por amistad o por darte buena energía. Cambia, obvio. No es normal ni es lo mismo cualquier club que ser el 9 de Boca.

– Y que se hable mucho más de vos de lo que se hablaba antes en los medios, ¿cómo lo manejás? ¿Mirás los diarios, la tele?

-Todo es contar el antes y el después. Cuando jugaba en All Boys miraba todo, cualquier programa, hasta el Show del Fútbol. Miraba los chismes, decía ‘uy mirá lo que pasa acá’. Leía el Olé. Ahora cada vez que veo Boca o el resumen de Boca, cambio. Trato de ver películas, ni miro canales deportivos. Nunca pensé que me iba a pasar, porque la verdad que me encanta el fútbol, pero trato de aislarme. En las redes sociales también, cualquiera te puede escribir lo que quiera, desde putearte a vos o a tu familia. Eso no me gusta. Trato de no fijarme, de no leer, de no ver tele, sino disfrutar de la gente que me apoya.

– En el Twitter debe ser una tentación poner Calleri en el buscador cuando termina un partido. Debe haber miles de menciones de gente hablando sobre vos.

– Cuando las cosas van bien, te soy sincero, sí. Todo el mundo está con el Twitter y opina. Pero ahora ni tengo Twitter en el celular, trato de no mirar el WhatsApp porque te escribe mucha gente por interés o no sé por qué. Te escriben, te arroban, uno lo busca pero ahora trato de excluirme.

– Vos hace poco viviste el fútbol como hincha, en el Mundial. ¿Cómo fue ese ejercicio de verte de los dos lados en una cancha?

– Era un sueño ir al Mundial, nunca había ido. Estaba cerca, tuve la posibilidad. Fue hermoso. Lo que sentís en la tribuna es impagable. Fui justo contra Irán, cuando hizo el gol Messi, último minuto, con todos los brasileros en contra. Fue una experiencia irrepetible. Yo analizo el partido de los dos lados. Como futbolista, en ese partido sentía cómo la gente puteaba que no le ganábamos a Irán. Pero ahí me olvidé de que era jugador, que iba a jugar en Boca. Callé a la gente después del gol de Messi, porque algunos ya lo puteaban.

– ¿Ahora hay momentos en que te olvidás de que sos jugador de Boca?

– Sí, totalmente. Todos saben que yo soy hincha de All Boys. Voy a la cancha. Juegan mis amigos y los puteo igual, después nos juntamos a comer y les digo que me enferman. Estuvimos seis meses sin ganar, iba a la cancha y puteaba a mis amigos. En ese momento me ponía del lado del hincha. Fui mucho tiempo a popular pero después empecé a ir a la platea, ahora voy ahí. Del lado del jugador es difícil vivir la situación que pasa el club, que no se le dan los resultados.

– Por todo lo que contás se puede decir que es difícil la relación del público con el deporte. ¿Lo pensás, lo juzgás?

– A mí me gusta. Uno cuando era hincha hacía lo mismo. Yo lo hacía, entiendo a la gente cuando sentís el murmullo adentro de la cancha. La gente va, putea, grita los goles. Es parte del fútbol.

– ¿Se siente?

– Sí. Es increíble. Nunca me había tocado jugar en la Bombonera. Es verdad que late, parece que se cae. Con Vélez fue impresionante. Personalmente no me influye, si me putean o no, me olvido adentro de la cancha. Trato de ser yo y demostrar lo que sé. Después la gente te juzgará o no, pero uno se olvida del afuera cuando está adentro.

– ¿Al psicólogo seguís yendo?

– Van a cumplir cuatro años que estoy con él. Me ayuda mucho en cuanto a las presiones, la visualización, a estar tranquilo antes de un partido. Me acompañó mucho en All Boys y hoy a acostumbrarme a Boca también: las presiones son distintas, hay muchas.

– ¿Cómo te acercaste?

– Justo el profe que ahora está en River con Gallardo, Pablo Dolce, era mi profe en la reserva de All Boys. Una vez hice dos goles y él me llamó, me conocía hace dos días y me preguntó si alguna vez había ido a un psicólogo, me contó que no es para los locos. Me dijo: “Yo conozco a uno que es deportivo, Marcelo Roffe se llama, no tenés que hablar de tu familia”. Yo no tenía problemas, le dije. Y él me explicó que era relacionado al fútbol, para que no me fastidiara. Me pasó el número. Me gustó. Fui una, dos, tres veces. Me hice amigo. Lo recomiendo porque sirve.

– ¿Qué te cambió?

– Aprendí a esperar, a no fastidiarme. A manejar las presiones, la ansiedad. En vez de pensar “no puedo” o bajarme, pensar en los actos positivos, visualizar alguna jugada. Con la cabeza en positivo se puede llegar lejos.

Cuestión de creencias

Por El pibe de los pasegol.

No le creí. En serio. No le creí nada de nada cuando me dijo lo que acababa de hacer. O, más bien, lo creí un delirante. Todavía se podía ir de visitante y yo venía de estar ahí, en el ojete del mundo, en una popular de otra época, con una vista espantosa de la cancha y con un dolor de novela por culpa de un grandote que me apoyaba el talón contra el dedo gordo del pie izquierdo. Pero eso no era ni por asomo lo peor. No. Lo peor es que habíamos sido un desastre, que nos habíamos comido cuatro goles contra un rival ignoto y que las chances de pelear el campeonato parecían esfumarse gracias a la pésima actuación del equipo. A mí, en ese momento en el que buscaba cómo volver a mi casa, solamente me importaba putear y putear a los once tipos que, con o sin intención, con o sin conciencia, se habían cagado en el esfuerzo de todos los idiotas que habíamos hecho decenas de kilómetros para verlos jugar. Si es que a eso se lo puede llamar jugar. Todo eso duró hasta que el hincha de la tribuna me dijo lo que me dijo. Y, sinceramente, me cagó. O, para ser más elegante, me cambió el panorama de ese rato de mi historia.

Me lo crucé de casualidad, en una calle oscura del conurbano, en medio de las explicaciones absurdas a una derrota merecida, con el olor a bosta de caballo de fondo y con la policía escoltando de mala gana nuestra retirada. Como si me hubiera visto acercarme, se dio media vuelta, ni me cantó un hola y me soltó un “le grité que daba gusto verlo jugar. Y creo que me escuchó”. Lo primero que pensé es que estaba loco. Percibió mi cara, no me dejó replicar y empezó su explicación amparado en la calma típica de los que andan seguros de lo hecho. El tema está en el disfrute. Así arrancó. Lo demás es el verso de los que quieren hacer de la vida un cacho de carne. Esto, nene, fue construido por la humanidad para disfrutar. Si no sirve para eso, para encontrar un chiquitito de felicidad, no sirve para un carajo. ¿Pero qué tenía que ver todo eso con la siesta que se habían dormido nuestros cuatro defensores durante los 90 minutos?

Movió la cabeza en signo de reproche, aunque sin un gramo de enojo. Su tenacidad para argumentar no se iba a ver estrangulada por una pregunta lanzada desde el fastidio –razonable, por cierto- por un rendimiento que no era el que se esperaba. Así que, cuando consiguió esquivar a un pibe que se agachó para atarse los cordones justo delante suyo, profundizó la idea que venía mascando desde hacía rato. Todos jugamos para ganar. Nosotros y ellos. El problema es creer que eso es lo único que cuenta y que todo lo demás no tiene sentido. Acá se instaló la moda de que lo estético no vale nada, de que el fútbol es exclusivamente un medio para poder ganar. Y no es así. El juego es un fin en sí mismo porque las maneras elegidas son mucho más que simples instrumentos. En el juego mismo, y no en el resultado final de un partido, se esconde eso que vuelve mágico a esto que nos apasiona. Yo, para ser sincero, no entendía nada. No sabía si el hincha de la tribuna estaba loco o si yo era un ignorante de categoría mundial. Traté de escuchar y de reflexionar en la cortita. Pero no tenía forma de hacer encajar lo de “le grité que daba gusto verlo jugar.”

Se dio cuenta. Y cargó con la precisión justa para dejarme en offside, aunque en este caso mi posición era atrasada, no adelantada. Es fácil regalar elogios en la buena. En la mala, a todos nos cuesta más. Mi mirada seguía girando en el vacío. Esperá un cachito, me dijo. El nueve nuestro hace todo bien. Fíjate que toca de primera cuando hay que tocar de primera, que hace la pausa cuando la jugada lo pide y que siempre va hacia el hueco libre para ser opción inteligente de pase. Tanto entiende de esto que ni siquiera cuando nos hicieron el cuarto dejó de intentar una y mil veces, aunque le devolvieran ladrillazos. Me conmovió esa voluntad de jugar. Así que, un rato antes del final, me fui a esperarlo a la puerta del vestuario y, cuando pasó con la cabeza gacha, como para que no se sintiera tan mal, le dije lo que te conté que le dije.

Hizo silencio para indicar que había terminado y a mí no me quedó otra: tuve que sonreírle al hincha de la tribuna. Y con esa, con la primera sonrisa que largaba en varias horas, empecé a comprender de qué se trataba la cosa. De golpe, mientras la policía nos empujaba otra vez contra la avenida, mientras me iba dando cuenta de que ni siquiera cuando parece que está todo perdido está realmente todo perdido, me dieron ganas de agradecerle al nueve nuestro por ser un fenómeno

¿Coger o jugar a la pelota?

Por El tipo que escribe almanaques.

 

Primera entrega. 

Nos mintieron.

No sólo el expresidente Carlos Saúl Menem cuando dijo que tenía en su biblioteca todos los libros que Sócrates nunca escribió. Nos mintieron todos esos gorditos de lentes con olor a pata que además –caso aparte- te dicen que sos un ignorante porque no sabés apreciar en el cine esos cuarenta y cinco minutos de un corto no tan corto de un tipo que tiene el dedo metido adentro de la nariz y que mira, atentamente, a una paloma –o palomo- que fecunda a otra.

Mentir no significa la inexactitud o la falsedad de un dato. Eso es un facilismo de maestra de jardín de cuarenta años que piensa que sabe todo en la vida y que ya no disfruta de la imaginación de los nenes. Mentir, mentir en serio, significa la organización matemática y social de la mentira.

Mentir es la mentira como abrupta manera de construir poder y hacer daño sin tener que pasar, en el medio, por la disputa de ideas.

De eso, estamos hablando.

En el año 370 antes de Cristo y antes de Maradona, en la Antigua Grecia, es que se cocinó esta gran derrota de la humanidad. Sócrates y Platón, esa dupla de ataque que parece haber caminado siempre por la primavera, tienen mucho más que ver con Juan Román Riquelme y con Martín Palermo de lo que uno cree. Está todo en el libro el Fedro, penúltima fase de la obra de Platón, y un poco aparece en la Séptima Carta.

No sólo por las repercusiones de los dichos de Menem sino por grandes discusiones a lo largo de la historia es que nos hemos convencido de la versión de que Sócrates jamás escribió un libro y que sus pensamientos se encuentran en los textos de Platón. Aunque las versiones de por qué no escribió son muchas, en el Fedro aparece lo que algunos teóricos han querido instalar como “la posta”: “La escritura es inhumana al pretender establecer fuera del pensamiento lo que en realidad sólo puede existir dentro de él”.

Supuestamente, esa es la razón por la cual Sócrates nunca escribió: consideraba que la oralidad era, en definitiva, el único medio válido para expresar ideas. Algunos fanáticos, en esa misma línea, ahora piensan qué pensaría Sócrates del twitter. Zaraza: pura zaraza.

Pero ha llegado la hora. Amparándome en el gran acierto político y teórico que estableció Rafael Bielsa, abuelo de Rafael, primer canciller del kirchnerismo, y de Marcelo, gran entrenador de la vida, cuando presentó, en 1929, el proyecto para que la Constitución Nacional incorporara en sus artículos el Derecho a Rectificación o Respuesta, diré sin filtros lo que tengo que decir.

Es mentira que Sócrates nunca escribió por la razón que plantea Platón en el Fedro. Sócrates, quien supuestamente murió en el 399 A.C. y A.M., no escribió porque en el 407 A.C. y A.M. fue asesinado de un cuchillazo al terminar un asado por una discusión violenta que mantuvo con el señor Platón.

Platón dijo: “Yo declaro que la justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte”. Es ahí donde la humanidad empezó a irse bien a la mierda cuando, en el medio del debate sobre qué era mejor en la vida si coger o jugar a la pelota, ganó Platón, asesinando vilmente a su rival, imponiendo el paradigma de que la penetración es más importante que un gol.

Sócrates fue silenciado vilmente, y hasta se le armó toda una opereta para escribir su destino, pero la injusticia no dura, claro, para siempre. Un informe publicado este último 3 de octubre por la Universidad Tecnológica de Albina, del distrito Marowijne, en Surinam, descubrió una cantidad de huellas que Platón dejó, en sus textos, denostando a jugar a la pelota, favoreciendo el acto de coger. Aunque antes de presentarlos, reproduciremos un mensaje que pidió el rector de la UTA, quien abrió la chance de publicar esta información a cambio de esta aclaración:

“Estos documentos son un punto bisagra en nuestra historia: la historia de las almas sensibles. Es un acto de justicia, claro. Es un acto de reconciliación moral, claro. Es un acto de paz, claro. Pero no es definitivo. Porque Platón no es el único traidor de la historia. De esta historia. Porque esta discusión entre coger y jugar a la pelota la han derivado ciertos grupos machistas en una conversación que quiere instalarse como la decisión de preferir al hombre por sobre la mujer. A esos culpables, los encontraremos para hacerles decir lo que creemos firmemente desde el Observatorio de Toque y de Gambeta sobre Coitos de Surinam (OTGCS): si este mundo fuera realmente justo, el fútbol tendría que haber sido socializado de otra manera y las mujeres no dudarían, ni un segundo, en que la discusión entre coger y jugar a la pelota no es de género. Ellas, en un futuro, definitivamente, romperán las cadenas y también van a preferir jugar a la pelota”.

A continuación, en unos archivos que, me atrevo a decir, superan en importancia a Wikileaks, daremos un pequeño adelanto de una temática que desarrollaremos en el marco del próximo.

~ “Los amigos se convierten con frecuencia en ladrones de nuestro tiempo”.

Análisis: Sin dudas, en este caso, Platón realiza una afirmación compleja a la hora de decidir ir a jugar a la pelota, por ejemplo, un martes a las 11 de la noche. La pareja del jugador, sea hombre o sea mujer, lanza la compleja frase de: “¿Te parece ir a jugar a esta hora?” Y es ahí donde entra este nefasto paradigma que se ha instalado en la moral judeocristiana de este tiempo, con eje en la cultura occidental, que terminar haciendo que el jugador o jugadora deje con uno menos a sus compañeros o a sus compañeras pensando en que está perdiendo el tiempo.

~ “No dejes crecer la hierba en el camino de la amistad”.

Análisis: La Revolución Industrial y los movimientos migratorios del campo a la ciudad y, por lo tanto, de la creación de canchitas con pasto sintético o con cemento, no estaban en los planes de Platón. Para su época, los botines no tenían colores, eran negros de punta a punta y olían a cuero. Siempre se jugaba con tapones altos por una razón clara: el fútbol era sobre pasto. Claro está en esta frase lo que quiere transmitir, a través de una metáfora, Platón: no le metas fútbol a la amistad.

~ “La conquista propia es la más grande de las victorias”.

Análisis: El fútbol se juega, necesariamente, con otros y en equipo. La construcción del hombre y de la mujer individualista no generó más que el pensamiento propio y la pérdida de disfrute de compartir el tiempo con otros u otras de nueve a veintún personas –en caso de futsal, papifútbol, fútbol 7, fútbol 9 o fútbol 11-. El orgasmo, una actividad por demás egoísta, empezó a primar por encima del juego, generando este sistema omnipotente que reina hoy en día.

Estos serán los tres análisis que adelantaremos a la publicación general del informe. Esperamos en los próximos días poder seguir brindando este tipo verdades y de construcciones de la justicia. Aún así, como desde Surinam se entiende que resulta poco como para terminar de descifrar esta historia, se ha cedido una última frase, una que Platón le adjudica a Sócrates y que, según estudios, se habría elaborado antes de la pelea final. Tómese como un regalo y una gran enseñanza.

~ “Para decir la verdad, poca elocuencia basta”.

Análisis: Pelota al piso, fútbol a lo Barcelona y juego a un toque.

 

 

Piel de gallina

Por El pibe de los pasegol.

-Mierda. Mirá cómo estoy.

Eso me dijo el hincha de la tribuna. No estaba al lado mío pero se arrimó, sin aclarar por qué, y empezó con el relato. Que su papá, que su tío, que su vecino y que eso que se transmitía vaya a saber uno cómo. Hasta ahí, lo mío era todo oídos y algo de paciencia. Escaso interés. No es que la cuestión no sea atrapante y no merezca mil estudios científicos pero la verdad es que yo me estaba muriendo de nervios por lo que se venía y no tenía más ganas de consolar la ansiedad ajena. El tema es que me sorprendió. Me agarró desprevenido y me la puso al mentón. De golpe, en medio del torbellino de gritos que envolvía su monólogo, en medio del sudor que impregnaba de aroma varonil la escena, largó lo de la piel de gallina y la congoja se me vino a la garganta. Seré un boludo, quizás, pero hay frases con las que uno se cruza en la vida y que demuestran una altísima capacidad de impacto. Y esa era una.

De lo anterior no me quedó registro. Pero, cuando largó lo de la piel de gallina, arranqué a prestarle atención. No está mal la argumentación, pensé. Al principio, cuando me dijo que la sociedad iba para tal lado y no para el otro, creí que era un chamuyero. Pero me cagó. Lo admito a la distancia, con la frialdad que permite la reflexión. Le di una chance más, de piadoso nomás. Acerqué la oreja y siguió explicándome. En menos de un minuto, me nombró a la dictadura, al capitalismo financiero y a la filosofía liberal que funcionaba como fundamento ideológico de todo esto. Ahí llegué a la conclusión de que tan pelotudo no era. Avanzó en el razonamiento con la certeza de que se había ganado mi respeto. Me repasó, poco antes de que el equipo saliera a la cancha, la potencia que habían tenido en la Argentina los clubes, las sociedades de fomento, los centros culturales, los sindicatos y demás en la construcción colectiva del lazo social. Que esos espacios hacían que la gente se sintiera parte de algo más que de sí misma. Así lo dijo.

A esa altura, yo ya estaba definitivamente interesado en la teoría. Jamás se me había ocurrido algo de todo lo que el tipo contaba. ¿Y entonces?, le pregunté. Hubo un genocidio. Así de seca fue su respuesta. Pero continuó. Los hijosderemilputas no solamente se cargaron a una generación. No. No les alcanzó porque querían más. Fueron por todo y destruyeron el tejido social para reconstruirlo a partir de que lo único que importaba era lo de cada uno. Dale, viejo, no me dejés colgado ahora que me enganché. Mis ojos suplicaban que le diera para adelante. El problema era el entorno: la popular estaba que explotaba y la manga se inflaba lentamente. Pero arremetió otra vez, con la misma potencia que yo esperaba del nueve nuestro. Se las arreglaron para ir borrando las identidades que se habían gestado durante décadas, para ir convenciéndonos de que la vida con los otros no valía demasiado la pena. Y, en ese instante, la mueca. La mueca de la picardía, la mueca del “los cagamos”. Se olvidaron de esto. Se olvidaron o no pudieron. La cosa es que resistimos y que acá estamos, aunque haya tanta mierda manchando la pelota, con este triunfo en la espalda.

Lanzó la frase de una, sin tragar saliva, seguro de su pequeña victoria. Me descuidé mirándole los ojos y me perdí el primer alboroto grande de la tarde. Los nuestros ya estaban pisando el césped, a mitad de camino entre persignarse y levantar los brazos para saludarnos. Por un segundo, me concentré en los colores, realicé mil promesas por si la suerte nos ayudaba esta vuelta y le deseé unas cuantas desgracias al arquero de ellos. Pero el tipo volvió. No quería dejar en el aire la idea. Nos perseguía el pitazo del árbitro pero estábamos obligados a concluir lo que habíamos comenzado. Porque, por si alguno no lo entendió todavía, esa charla nos pertenecía. A nosotros y a más gente que nosotros. Como un goleador con oficio, con el reloj presionando, con la sien latiendo por el calor que emanaba del cemento, el hincha de la tribuna se acomodó para su mejor perfil y definió la jugada: por todo lo que nos tocó pasar, porque todavía sueño con una humanidad más humana, cada vez que el equipo sale del túnel y todos nos unimos en un solo grito, se me pone la piel de gallina. Le dije gracias, lo abracé entre lágrimas y transpiraciones y volví a lo mío. Por suerte, ganamos 2 a 0.