“No me siento fracasado en ningún aspecto”

Roberto Ayala fue capitán de la Selección durante 14 años y eso le valió algunos elogios pero también unas cuantas críticas. Ahora, como manager de Racing, analiza qué es el éxito y el fracaso en la vida y en el fútbol: “Ser fracasado es no disfrutar de lo que uno hace, renunciar a mis valores. Yo sentía que cuando perdía, perdía la oportunidad de llegar a la gloria”. Y da algunos tips del puesto de central que tan bien conoce: “si no hablás, es muy difícil que te pueda ir bien. Hablar te potencia muchísimo, suple la técnica”.

Roberto Fabián Ayala es el central argentino por excelencia de los últimos 20 años. Ninguno se destacó de semejante manera a nivel mundial. Sin embargo, en un café del barrio de Devoto parece un vecino más. De chomba blanca, luminosa a los rayos del sol, de shortcito deportivo y zapatillas sport. Se acercan muchos pibes a sacarse fotos y él, con paciencia, espera que el flash salga de las cámaras que sostienen los ansiosos padres de las criaturas. Ídolo del Valencia, referente de la Selección argentina, se fue del país en 1995, cuando jugaba en el incipiente River de Ramón. Volvió al próximo milenio, en el 2010, a la Academia Racing Club, donde se retiró y culminó su inmensa carrera.

-¿Qué cambio en 15 años?
-La pasión sigue siendo la misma. Yo extrañaba lo que se vivía en un partido de acá. Allá es más frío, más distante. Van a la cancha como van al teatro. No hay esa pasión, ese fanatismo. El circo bueno que se da en el fútbol argentino es lindo. Después está el circo malo, lo que se da en los estadios, la violencia. Respecto el juego, ha cambiado. Cambiaron las generaciones, el jugador piensa distinto. No digo que sea para peor, pero la comunicación dentro del campo entre jugadores es distinta. Tienen otra actitud, han crecido con otras cosas. Son más metidos para dentro, difícilmente se pueda expresar.

-¿El fanatismo no se exacerbó?
-Hay menos paciencia. El hincha no la tiene. Es resultado inmediato y nada más. Y si bien el fútbol es eso, hoy es ganar, ganar y ganar como sea. No ver los caminos, ni la manera, ni el cómo vamos a ganar.

-¿Y quiénes establecen el cómo sea?
-La gente. A mí me tocó volver a Racing en un momento delicado, con el promedio apretado. Yo volvía como referente. La gente estaba esperando a ver qué iba a hacer, cómo iba a jugar. Lo mismo el periodismo y los compañeros. En esa evaluación, uno puede apostar por un jugador, pero eso puede fallar.

-¿Cuánto te fuiste era tan distinto?
-Las presiones existían. Pero si no ganabas no iba más allá la cosa. Hoy ves cosas tremendas. El caso de Independiente, por ejemplo. No sé qué efecto puede provocar en el futbolista ese tipo de expresiones del entorno.

-¿Y técnicamente que cambió?
-Antes los planteles tenían dos o tres referentes. Hoy cuesta encontrarlos. Se van muy temprano. Duran muy muy poco. Es complicado, los equipos solían guardar a los que eran del club para que ayuden a crecer a los más jóvenes. Hoy con Centurión ya se habla de una posible venta, de que se puede ir… Y yo lo que quiero es que crezca, que tenga sus 100 partidos en primera, que pueda rendir deportivamente en Racing y después sí, ser vendido. Lo económico también hay que mirarlo, hay que mantener un plantel, lógicamente.

-¿Vos no te fuiste muy joven a Italia?
-Me quedó el gusto amargo de irme de ese River, podría haberlo disfrutado un poco más. Era un placer jugar ahí. River era un club para disfrutar. Me fui porque me acercaron la oferta, querían negociar y aceptamos. En su momento me sentaron en la mesa, me comentaron la opción y uno decidió de manera consensuada.

-¿Qué significa ser número 2? ¿Es el que más queda pegado al error?
-Aprendí que un acierto o un error te deja para siempre en la historia de los mundiales. Te repiten en la previa de cada nueva edición. En tu país y en todos lados. Lo pasan y lo pasan. Son las reglas del juego. Y el central en esa lógica la tiene más difícil. Lo que se repiten son los goles, no los cruces. Entonces, siempre aparece el acierto del atacante y el defecto del defensor. Hoy la carencia de los chicos en ese puesto es que hablan muy poco. Me parece que si no hablás en ese puesto es muy difícil que te pueda ir bien. Hablar te potencia muchísimo, suple la técnica muchas veces. Podés rendir muy bien si sabés ordenar y hablar. Hoy eso cuesta más. Y eso nace de la personalidad de uno, ser referente, llevar adelante una idea.

-¿La técnica no es un valor primordial en el puesto?
-Si la tenés y bien usada, bienvenida. Pero si la tenés y la usas mal, no va. Hay que saber cuáles son los momentos para desarrollar la técnica en el puesto. Yo sabía que no podía entretenerme mucho con la pelota, a mí me gustaba arriesgar con los pases de salida. Poder romper líneas desde el fondo. Poder saltear alguna etapa y evitar la transición por atrás. No es fácil destacarse, no es fácil ser un ídolo jugando de central. La vista va al que termina la jugada, al habilidoso. Solo dos centrales ganaron un balón de oro en la historia del fútbol. Es difícil valorar el puesto. En el mejor momento de mi carrera, en el 2004, quedaba relegado de todas maneras. Aunque hayamos ganado muchas cosas.

-Hay muchos capitanes centrales, ¿por qué?
-Por esa voz de mando que hay que tener. Por eso los arqueros también la tienen, muchas veces. Pero el central está en el campo, ve todo desde el fondo. Son cosas que coinciden porque son funciones de liderazgo.

-¿Y qué tiene que hacer un capitán?
-Capitán sos en cada instante. Tenés que estar en las necesidades del grupo, adentro y afuera de la cancha. Tenés que tomar responsabilidades, hablar con el presidente, negociar con representantes. Ser mediador y al mismo tiempo justo y correcto. Estás bajo la lupa de manera constante.

-Es casi un sindicalista…
-Prácticamente, te convertís. Tenés que negociar y asumir funciones que no tienen nada que ver con jugar el fútbol. Pero te comprometés y ya lo tomás de manera personal, porque el grupo te toma confianza y ahí ya no podés fallar, no querés fallarles. La hacés una guerra tuya. Son particularidades de nuestro fútbol, en Europa se preestablecen los premios antes del campeonato y no se habla más del tema. No existe el reclamo.

-El capitán es el que levanta la copa y el capitán del fracaso…
-Sí, para lo bueno y lo malo. La satisfacción enorme de levantar el trofeo es inigualable. Y para lo otro también hay que estar, tenés que cargar con eso. Son las reglas. A mí nunca se me hizo pesado. Nunca me sentí más responsable de una derrota por ser capitán. La derrota es compartida. Aunque después me gustaba salir a hablar en las malas, pero sabía que no era el capitán de ningún fracaso.

-¿Qué es el fracaso en el fútbol?
-No ganar.

-¿Y para vos qué es el fracaso?
-(Hace un silencio enorme) Es una palabra que me resulta muy ajena. No me siento fracasado en ningún aspecto de mi vida. Ser fracasado es no disfrutar de lo que uno hace, es el día que no te vaya de frente, el día que renuncie a mis valores. Yo sentía que cuando perdía, perdía la oportunidad de llegar a la gloria. Nada más.

-¿Y qué es la gloria?
-Poder haber hecho una carrera de 20 años en un alto nivel. Poder haber sido 14 años el capitán de la selección. El reconocimiento de la gente, que no me identifica con clubes, me identifica con la selección. En el día a día del futbolista te encegueces por los objetivos, pero eso pasa. El ambiente del fútbol mide el éxito según las victorias, no según la trayectoria.

-¿Qué es un manager en el fútbol argentino?
-En mi caso es sólo una opinión futbolística más. Puedo llegar a tener una visión de las cosas que un dirigente que no sabe ni vivió el fútbol no tiene. Pero no significa que sea la verdad, es una opinión más entre tantas otras, pero especializada. Y sobre todo no hay que hacer ruido. Es un trabajo sin ruido. Sin meterse en lo económico ni mediático. Lo disfruto, me gusta y me entusiasma día a día. Veo fútbol, vivo fútbol. De otra manera, en otros ambientes.

El Ratón jugó en Ferro y en River, en Parma y en Milan, en el Zaragoza y en el Valencia. Grandes, chicos y medianos. Su carrera entiende de diferencias e historias disimiles.

-¿Cómo se da la desigualdad entre los clubes?
-A nivel infraestructura la desigualdad es abismal. En el Milán yo no me tenía que ocupar ni de los muebles de mi casa. Había que entrenar, descansar y rendir el domingo. Pero existen múltiples realidades de clubes a nivel mundial. Si existe desigualdad y diferencia es porque en algún momento alguien hizo mal las cosas en el club, alguien gestionó mal. Y eso no perjudica solo al futbolista, sino a todos los que trabajan ahí.

-¿Las grandes instituciones tienen que ser necesariamente de los grandes equipos ganadores?
-No es una cuestión de plata solamente, es de administración y maximización de los recursos disponibles. Se puede. Lo cierto es que hay que querer mejorar e invertir trabajo. A veces hay poco pero está muy bien usado.

“Perdimos 20 años por querer copiar a Europa”

Ramón Cabrero tiene 65 años, es el coordinador de inferiores de Lanús y el único técnico que salió campeón de Primera con ese club que ahora está de nuevo en la pelea del título. Es, además, un español que conoció la nieve haciendo el servicio militar con el franquismo, que jugó una final de Copa de Europa para el Atlético de Madrid y un hombre al que vale la pena escucharlo hablar de fútbol y de la formación de los pibes durante una hora.”Yo creo que por arriba del fútbol argentino está sólo el brasilero”, dice.


Ramón Cabrero nació hace 65 muy lejos de acá, de Arias y Guidi, Lanús, corazón del sur del conurbano, donde está parado ahora. Él es cantábrico, de España, pero un barco lo trajo hasta aquí junto a su familia a los 4 años. Aunque haya nacido allá y vivido en Albania o Medellín, este es su pago: acá conoce cada rincón y por eso pide apurar la nota para cumplir con el asado que se hace a fuego lento en los quinchos del club. Pero la prisa no distrae a Ramón, que habla con la tranquilidad de haberlo visto casi todo.

-Haciendo un poco de archivo nos encontramos con que usted hizo el servicio militar español durante el franquismo.
-Hice 45 días en Victoria, que era al lado de San Sebastián. Era la instrucción, como le decían allá. Fue en el año 73. Como yo soy español, y nunca me hice ciudadano argentino, lo tuve que hacer. Lo hice con mucha gente más grande, de entre 27 y 35 años más o menos, que eran los que pedían prórrogas. Fueron 40 días donde no podías salir. Apenas hacía un año que había llegado a España. Gracias a eso conocí la nieve ahí en Victoria. Un metro de nieve. Yo jugaba en el Atlético de Madrid.

-¿En esa época era muy distinto el fútbol europeo del que se jugaba acá?
-Era distinto el fútbol. El Atlético en ese momento era un equipo muy potente, estaba encima del Barcelona y más o menos como el Real. Salimos dos veces campeones y perdimos una final de Copa Europa con Bayern Munich. Pero había una distancia a nivel de fútbol: era más lento, con menos marcas. El fútbol cambió como cambió todo.

-Y si le dan para ver un partido de esa época o un partido de ahora, ¿cuál mira?
-Eran cosas distintas. Yo soy de los que piensan que los buenos jugadores juegan en todas las épocas. Hay algo que es muy sencillo: si me dan un buen jugador, lo más seguro es que a tirarse a los pies y a correr le puedo enseñar rápido. Ahora, enseñarle a jugar es muy difícil. No va a aprender nunca. Por eso lo que importa es que el jugador sea bueno, lo demás se adapta. Hoy Ángel Clemente Rojas, por decir uno bueno de mi época, jugaría brillantemente.

-¿Pero hoy todos tienen que correr y tirarse a los pies?
-No. Riquelme no corre ni se tira a los pies. Y juega bien. Te tenés que adaptar al ritmo. Jugar como hace treinta años, es imposible.

– Y el fútbol español de ese momento, ¿qué tanto se parecía al de ahora?
-Era similar. Todavía en el fútbol argentino no había llegado el cambio. Era la época que nosotros creíamos que en el fútbol europeo se corría más, se entrenaba más. Y no había nada de cierto. En el año 75, cuando agarra César –por Menotti- la Selección, el fútbol argentino empezó a cambiar. Y el cambio estuvo cuando los jugadores se empezaron a ir afuera. Yo en el 71 me fui a España cuando no se iban muchos. Y el fútbol europeo era más profesional. Entonces los que se iban afuera y hablaban con sus ex compañeros notaban una gran diferencia en lo profesional. Y eso empezó a cambiar, el fútbol argentino empezó a tener menos mañas y ser más profesional.

-Perfumo el otro día se quejaba de que en esa época los hacían mirar mucho fútbol español por videos y decía que así se desprestigiaba el fútbol argentino.

Fotos: NosDigital
-Ese fue el gran defecto del fútbol argentino en la década de los 70: creer que el fútbol europeo era superior. Brasil nunca lo copió y siempre fue el mejor. No entraron en eso de pensar eso que pensábamos nosotros, sobre lo físico y qué se yo. A Brasil le metían tres y ellos decían que te metían cuatro. Ese era el lema en los 70. Ahora ya no le metés tres a Brasil, eso lo corrigieron. Uno de los grandes atrasos del fútbol argentino fue querer copiar a los europeos. Cada uno tiene su estilo. Y de repente cuando uno va a Europa se da cuenta de que el jugador argentino es muy admirado. Yo cuando jugaba en Newell´s vivía con Marito Zanabria en el mismo departamento. Salíamos a correr al parque y, a veces, cuando te podías esconder atrás de un árbol lo hacías. Eso ya no lo podés hacer. Hoy si te escondés para no hacer un ejercicio, tus compañeros te cagan a putedas.

-¿Y hoy en qué estamos?
-A nivel local el fútbol argentino es malo. Es lamentable. Al fútbol lo juegan los jugadores y acá los mejores no están. Si se juega un clásico River-Boca, deberían estar los 22 mejores del país ahí pero debe haber jugadores que se deben pellizcar y decir ‘la pucha, estoy jugando en River o en Boca’. Los buenos jugadores se van, no duran. ¿Lamela cuánto jugó? Cuatro meses. El hincha de River no pudo ver a Lamela, como pasó con Saviola, Aimar, con todos.

-El problema es estructural, del sistema, no es que no surgen los jugadores.
-Tampoco es estructural. El problema es la plata. Si mañana vienen y le dicen al presidente de Lanús: “¿cuánto vale Pizarro? te pongo siete millones de dólares”, chau Pizarro. Como fue chau Leto, chau Acosta, chau Salvio, chau Blanco.

-Pero esos jugadores, por ejemplo, acá hacían una diferencia bárbara y en Europa no están en un primer nivel.
-El jugador argentino es muy preciado. Se adapta. Tiene personalidad. Yo estuve en Colombia, en Atlético nacional. El jugador colombiano es muy buen jugador, pero le falta ese plus de personalidad y de querer ganar que tiene el futbolista argentino. Yo creo que por arriba del fútbol argentino está solo el brasilero. Históricamente fue así. No por casualidad los dos mejores jugadores de la historia del mundo nacieron acá, que son Maradona y Messi. Creo que perdimos veinte años queriendo copiar algo que para mi no había por qué. Ya después, con los medios de comunicación, con los jugadores que se iban y venían, ya adquirió una identidad propia porque se dieron cuenta que allá no se entrenaba más ni se corría más como se pensaba. Cuando yo fui pensé que me iban a matar entrenando. Y entrenábamos menos que acá.

-¿Y en las Inferiores también existió eso de tratar de imitar a Europa?
-No. En las Inferiores fuimos, somos y vamos a ser por veinte años más un ejemplo. El fútbol argentino en Inferiores es el mejor del mundo, no hay con qué darle. No hay europeo, no hay colombiano, no hay brasilero, no hay con qué darle. El campeonato de fútbol juvenil de Argentina es único.

-¿Por qué?
-Porque todos los equipos compiten. Venís a ver la novena de Lanús contra la novena de River y ya vienen de tres años de infantiles, de competir a los 14 años y todavía les falta llegar hasta la cuarta. Si vos vas a España que juega el Real Madrid contra el Barcelona, por poner un caso, novena división no existe. En Colombia empiezan a jugar a partir de los 16 años entre los de ahí nomás, los de cerquita. Yo estuve en Medellín y jugaban solo los cuatro de equipos con un colegio de acá, con una escuela de allá y le meten siete u ocho goles. No hay competición.

-¿Pero sirve para formar a un jugador competir a los 14 años?
-Sin competición no podés formar un jugador. A ver: si acá, que trabajamos muy bien las juveniles, jugamos con el Colegio Don Bosco, le metemos 10 goles. Ahora, si jugás con River es distinto.

-Pero es criticable que a los 14 años se piense en un resultado y no en jugar.
-Eso es otra cosa. La competencia te da categoría, te hace crecer al jugador a un buen nivel. Ahora, que le des más importancia al resultado que al jugador es un tema más amplio y hay mucha gente que dice que no lo hace pero lo hace. Yo he escuchado decir que lo que les importa es que los pibes lleguen a primera bien formado y después se agarran a trompadas los directivos, los técnicos, los jueces, todos porque quieren ganar. Es más amplio el tema, pero si hay algo bueno en el fútbol argentino son los campeonatos juveniles que tenemos.

-Pero los dirigentes miden los trabajos de inferiores de acuerdo a los resultados de las categorías.
-A ellos lo que les importa es si ganamos. Te dicen que lo importante es sacar jugadores, pero es mentira. Lo digo yo porque acá lo puede o decir. Es contraproducente. Pero se instala tanto, que si pierden un par de partidos, se quedan sin el puesto el coordinador y el técnico. Y viven de eso. Entonces lo que vos querés es ganar antes que nada. Acá hemos tratado de cambiarlo, pero no es tan fácil. La prioridad es que jueguen en Primera la mayor cantidad de chicos.

-¿Cómo se maneja que haya familias que piensen a pibes de 14 años que juegan a la pelota como su motor económico?
-En el club tenemos 60 contratos de 5 mil pesos entre la novena y la cuarta división. Somos uno de los cuatro o cinco clubes que se manejan así porque si no le hacés un contrato a un pibe que juega bien viene cualquiera y te lo roba. Ya es una inversión. Muchos de esos chicos, aunque parezca mentira, son el sostén del hogar. Son pibes de 14, 15, 16 años y no tienen por qué mantener una familia. Debería ser distinto, porque sino crecen demasiado rápido

-El laburo en inferiores para los formadores se vuelve más exigente entonces.
-Tenés que tener la posibilidad de poder trabajar bien. Este club hace siete años no tenía nada que ver con esto que se ve. No había canchas buenas, era un desastre. Nosotros ahora tenemos pensión, vestuario, buenas canchas, buena ropa, hotelería, psicólogo, colegio particular, todo lo habido y por haber hay que dárselo al jugador. Obvio: si no juega bien, no sirve. Pero para que juegue bien vos le tenés que dar todo eso porque no es lo mismo para un jugador que viene de afuera o que viene creciendo. Esto es un trabajo ciego, que nadie lo ve. La gente prefiere gastar 500 mil dólares en un jugador que ponerlos en inferiores, porque nadie se entera que hiciste dos canchas nuevas. Lanús invirtió mucho dinero del que ganó en las inferiores. Y este club se hizo grande por sus inferiores: en los últimos años vendió por 60 millones de dólares.

-Zubeldía dijo hace poco en una entrevista que las camadas que vienen después del año 81 tienen más dificultades a nivel intelectual.
-Tampoco te tenés que ir del otro lado y decir yo voy a formar un profesional para que sea un fenómeno de pibe si no llega a la Primera de Lanús. Nosotros estamos formando jugadores de fútbol, ayudándolos, complementándolos para que sea un chico educado, que vaya al colegio y otras posibilidades que si no fuera por el club ellos no las tendrían. Todo lo otro, es relativo. Acá el contexto es difícil porque de donde nosotros sacamos la mayoría de los chicos, que es por los alrededores de acá, no tienen realidades muy fáciles. Si están en la pensión están mejor que en su casa porque una prioridad para el club es que vayan al colegio: aunque repita 17 grados tiene que seguir yendo. Ahora, la realidad es que si tenés uno que todos los domingos hace tres goles y no va al colegio, el presidente del club te va a decir que tiene que jugar. Todo es elástico. Ha pasado: el Toto Salvio si no iba al colegio jugaba igual.

-De todo este tiempo que lleva acá, ¿qué jugador piensa que es el emblemático de los chicos de Lanús?
-Lo más importante del club es el fútbol infantil porque si vos vas a buscar jugadores de afuera por más que pongas plata y todo, no lo vas a poder traer si juega muy bien a cierta edad. La inversión la tenés que hacer en el fútbol infantil: ir a buscar a los barrios y traerlos. Cuando Lanús sale campeón, Pelletieri, Archubi, Acosta, Blanco, Fritzler, Valeri, todos venían del fútbol infantil. Desde los 10 años. Ahí está la formación, siempre fueron buenos jugadores, pero se pulen. Se hace muy difícil conseguir un jugador de 16, 17 años que sea bueno como Valeri. Y también es muy difícil traer un chico del interior, aunque a veces los vamos a buscar, de 10 u 11 años porque se le hace difícil vivir acá. Se vuelven rápido.

-Ahora Lanús está peleando de nuevo pero sin tantos chicos surgidos del club. ¿Cambió la planificación o no surgieron tantos talentos?
-Hay una idea equivocada del equipo del 2007. Pasó lo mismo que ahora, quizás un poquito más. Jugaba cuatro o cinco chicos y después jugaba Bossio, Graieb, Ribonetto, Hoyos, Velázquez, Sand. En este equipo también juegan algunos chicos. Pasa que algunos se olvidan que Marchesín salió hace dos años. O Pizarro, Balbi, Izquierdoz, Benítez. Hay chicos que están jugando y tres son titulares. En 2007 fue parecido. El mix es lo más importante para un equipo: jugadores grandes con jóvenes que le den la frescura.

-Está jugando bien Lanús, como en aquel año. ¿Ve algo parecido?
-Creo que con Vélez vamos a pelear hasta el final. Somos un equipo que en este sprint final viene en alza, intenta jugar y juega bien. Guillermo y Gustavo encontraron un mediocampo que realmente maneja los partidos. Lanús te de la sensación de que te gana. Incluso cuando no juega bien. Y eso en el fútbol es muy importante. El otro día estaba viendo el partido e iba 0 a 0, iban sólo veinte minutos, y desde arriba la sensación que te daba era que el partido lo ibas a ganar.

-Juega con la pelota, que no es poco.
-Agarró un momento donde tiene un mediocampo que pega bien la vuelta, que juega pelotas entrelíneas, que siempre hay uno destapado. Tiene jugadores en muy buen nivel como Pizarro, Pereyra. Dentro de lo que hay, está bien. Creo que la gran virtud de un técnico es saber elegir los complementos. En un mediocampo no tienen que jugar los cuatro mejores sino los que se complementen. Y eso a veces aparece sin darse cuenta. Nosotros salimos subcamepones en el año 2006 jugando con Archubi de tres y Leto de carrilero. Era insólito, pero andaban muy bien. Hacían un surco por ese lado.

-Después de tanto tiempo en el mundo del fútbol, que alguna vez lo ha cansado, ¿por qué sigue trabajando en esto y no se dedica a descansar o a otra cosa?
-No me cansé del fútbol, me cansé de dirigir Primera. Por eso estoy acá: porque estar acá es parte de mi familia. Si yo me quiero ir 15 días a Europa le digo al presidente del club que me voy 15 días. Si me quiero quedar 20 días en Mar del Plata en verano me quedo. Esto es un premio que creo habérmelo ganado. Acá disfruto: estoy a diez cuadras de mi casa, vengo a la mañana, miro fútbol, doy mi opinión, trabajo tres o cuatro horas por día. Con Primera es más difícil. Tomé esta decisión pensando en la tranquilidad.

-¿Y en Primera ya no tiene ganas?
-Hace poco estuve muy cerca de Huracán, porque el presidente me quería, me había hecho una oferta buena pero no se concretó. Yo nunca digo que no. Tiene que ser algo que me sirva mucho, que me convenza mucho y que me convenga mucho económicamente. A esta altura de mi vida si trabajo en primera es por dinero. Ya he padecido mucho a los 65 años.

“El fútbol necesita cinco años más de Román”

De diez: nos juntamos con Miguel Caneo, uno de los pocos que todavía juegan al ritmo que quiere y no al que impone el ambiente. Elogiado por Riquelme -nada menos-, el capitán de Quilmes defiende a los número 10: “Las presiones de ganar ya y como sea está matando a los enganches. Los técnicos no tienen tiempo de bancar a un jugador y entonces los camuflan como doble cinco o en un costado”.

Minutos después de escuchar su nombre en la voz de Román Riquelme, Miguel Caneo se sentó en una de las mesas de un bar de Caballito para otorgarnos su tiempo y dar su versión de los hechos. Pero no pudo con su genio. No supo evitar que fluya lo que tiene en su sangre, fútbol, y, fiel a su costumbre, paró la pelota, pensó y ejecutó. “La presión por ganar ya y como sea está matando a los enganches”, dice el tipo que, según Román, el presidente del gremio, “es uno de los mejores del fútbol argentino”. Pasen y vean, traigan sotana que juega Caneo.

-Ahora sí, sos el último 10 del fútbol argentino.

-No, no creo que sea así (sonríe). Primero que nada, creo que el fútbol argentino, por cómo está, necesita que Román jugue por cinco o seis años más. Y, además, creo que hay muchos enganches. El tema es que las presiones de ganar ya y como sea está matando a los enganches. Los técnicos no tienen tiempo de bancar a un jugador o, como mínimo, al esquema. Entonces, no se los utiliza en sus puestos. Los ‘camuflan’ y los ponen de doble cinco o por un costado y así no brindan lo que pueden en su rol de enganche.

-Decís que hay, ¿a quién ves?

-El tema es que son muy pibes todos y están saliendo. El chico (Lucas) Mugni de Colón me parece que tiene muchas condiciones. Juega bien y tiene buen pie. (Leandro) Paredes, como dijo Román, tiene muy buen pie y buena técnica, aunque yo creo que es menos organizador de juego y más revulsivo. Y no mucho más… A mí me gusta (Diego) Valeri, es muy inteligente y, si bien no juega de 10 clásico, tiene todo para hacerlo. Y el Pipi Romagnoli. Se decía que era un ex jugador y en el último torneo, cuando las papas quemaban, la rompió.

En la mesa de café, como en la cancha, Caneo mueve los dedos y la cosa funciona. Se juega como se vive, dicen. Bueno: él tiene su ritmo y no lo negocia por nada del mundo. Tiene ese delay que traemos todos los que nacimos y nos criamos en el interior. Él, que dio sus primeros pasos -y pases- en General Roca, Rio Negro, hace ya 29 años, sabe del tema. Y, en la vorágine que le toca vivir, transforma ese momento para pensar y, contrariamente a lo que muchos creen, limpia el panorama con lucidéz. “Hay que hacer un stop y llevar calma”, reflexiona.

Imagen: NosDigital¿Por qué debería seguir jugando Román, cómo está el fútbol argentino?

-Está cada vez menos vistoso, se trata de ganar como sea. Se corre más de lo que se juega, hay muchos intereses externos, muchas presiones… Esa locura se transmite a la cancha y por eso el fútbol que toca ver.

-¿Qué es ganar cómo sea?

-Es olvidarse de jugar, no importa cómo lo hagas. Si jugás bien o no, da igual. En ese terreno no existen dos toques seguidos, no existe una pared. Y, ojo, como sea te podés salvar una o dos veces en el campeonato pero nada más. A lo largo del campeonato te va a abandonar. Lo que perdura es el buen juego y la regularidad en él, eso te lleva a ganar campeonatos y trascender en el tiempo. El tema es si todos juegan al como sea…

-¿Qué es lo que lleva a que se viva así y, por ende, se juegue así?

-La presión y los intereses externos, que van de la mano. Uno sale a la cancha y siempre quieren que ganes como sea, no podes perder y si lo hacés sos el peor. Son muy extremistas los hinchas del fútbol. Sería bueno hacer un stop, llevar más calma para que todos tengan la posibilidad de ir a la cancha, alentar al equipo y disfrutar en familia del fútbol. Y también hay intereses privados. Hoy un representante puede arruinarte la carrera. Felizmente yo he tenido suerte.

-¿Y la prensa deportiva, mediática, en qué grado influye?

-También lleva su parte. Hay veces que al fútbol lo analiza gente que no está capacitada, que no entiende de qué se trata. El análisis es muy básico, se basan en opiniones personales que puede tener cualquier persona. Y muchas veces uno escucha a algunos periodistas meter cizaña con cosas que no tienen nada que ver y condicionan la mirada de la gente. El hincha consume eso y después putea por

cualquier cosa.

-Por ejemplo…

-Las peleas internas, por ejemplo. Es imposible llevarse bien con todos. Pasa todo el tiempo. Imaginate que son 30 jugadores compitiendo para que sólo jueguen 11. Vos sabes que hay 20 que están afuera y que quieren jugar. Después vos podés tener un buen grupo o afinidad con ciertos jugadores. Lo importante es que el técnico sepa controlar eso y, lo más importante, que en la cancha todos tiren para el mismo lado. Pero diferencias hay en todos los grupos. Eso no dificulta hacerse amigos. Yo tengo muchos amigos: Pablito Jeréz, Chiche Arano, Pancho Cerro, Damián Leyes, Walter Noriega de Colombia, Gabriel Peñalba y el Pocho Lavezzi, que fue mi concubino por un par de años.

-¿Cómo fue eso?

-Él estaba en un selectivo de Boca, tuvo un altercado con Griffa y se fue. Tenemos el mismo representante y me preguntó si podía irse a vivir conmigo, yo ya había dejado Casa Amarilla. Y bueno, mientras él jugaba en Estudiantes de Buenos Aires vivimos juntos.

-¿Cómo es tu relación con los medios?

-Buena, de respeto, no soy demasiado amigo pero trato de ir manejándome bien. En Boca, cuando era pibe, no me gustaba hablar. En parte me daba vergüenza y, mayormente, creía que había gente mayor que tenía mucho más que decir que yo. Eso me perjudicó. Si hablás con la prensa tenés un puntito más. Con el tiempo aprendí el juego, los medios tienen la posibilidad de hacer bajar o subir a un jugador.

Lo dice con conocimiento de causa. Ya no es el pibe de 18 años que Carlos Bianchi defendía a capa y espada de los (viles) plateístas. Pasaron casi 10 años y todavía dura el sufrimiento de ese pesado cartel que le colgó del cuello durante un tiempo: “Roto”, rememora.

Imagen: NosDigital

-¿Por qué te fuiste a jugar a Colombia?

-Sinceramente, te miento si te digo que me imaginaba jugando allá. Pero después de mi primer paso por Quilmes -2004-2005-, estuve un tiempo en Colo Colo y cuando llegué a Godoy Cruz me rompí los ligamentos. Estuve más de un año sin jugar y acá nadie me quería dar una chance. Todos decían que estaba roto, que no podía jugar y agarré las valijas y me fui. Fue una experiencia inolvidable y mi renacer futbolístico.

-¿Cómo era tu vida allá?-Muy tranquila. Fue un cambio rotundo. Venía de vivir en Buenos Aires y Santiago de Chile, dos ciudades con ritmo vertiginoso, y pasé a habitar un pueblito como Tunja. A veces ni concentrábamos. Imaginate, no había nada para hacer y a las ocho de la noche hacía un frío terrible, nos quedábamos todos adentro. Fue genial. Guardo mis mejores recuerdos.

-¿Por qué te volviste?
-Tenía un desafío personal: quería demostrar que podía jugar en el fútbol argentino, que tenía las capacidades futbolísticas y físicas para hacerlo. Cuando salió la oferta de Quilmes -2009, en el receso de verano de la B Nacional, el Cervecero marchaba quinto a cinco puntos del último lugar en la promoción por el ascenso- venía de ser goleador del campeonato, campeón con el Boyacá Chicó -el primer título del club en su historia-, el mejor extranjero de la liga. En ningún lugar iba a estar mejor que ahí pero no lo dudé ni un segundo y me vine. Ni siquiera me convenía en lo económico.

-¿Cumpliste con el desafío propuesto?

-Sí. Cuando llegué al país me decían que ya no podía jugar, que había estado en un fútbol mediocre, me miraban de reojo y creo que pude revertir esa opinión, jugar bien al fútbol y, sobre todo, tener continuidad.

-¿La próxima meta es tener otra chance en Boca?

-La veo muy difícil. Hoy sólo pienso en dejar a Quilmes en Primera y cumplir los tres años de contrato que me quedan. Obviamente me queda esa duda de qué hubiese pasado si me hubieran dado cinco o seis partidos de continuidad pero no me quedó rencor. Creo que tuve la posibilidad de jugar en el club del que soy hincha, cumplir un sueño y lo guardo como eso, como un buen recuerdo. No descarto nada pero es muy difícil, más que es Boca, un equipo con muchas figuras y jóvenes que quieren demostrar. Sería bueno que le den lugar a eso.

Como papá Miguel Angel, mediocampista histórico del Deportivo Roca, el pibe decidió ser futbolísta. Aquellos años le dejaron las primeras enseñanzas, esas que lo acompañan hasta hoy. “Viví en una cancha desde los cinco años, nunca me imaginé ser otra cosa que futbolista. En la cancha del Deportivo di mis primeros pasos y me formé como futbolista pero creo que la forma de jugar la traigo desde la cuna, la tengo incorporada. Uno se va formando, es cierto, pero lo siente así de chiquito. A mí me gusta el buen fútbol y no es por lo que ví, sino por lo que sentí. Además, tuve profesores que siempre respetaron eso, que se preocupaban por la técnica y el juego y que me ayudaron a crecer”, explica.

-¿Hoy ya no se trabaja la técnica?

-Se perdió el trabajo en inferiores. Hay chicos que son buenos técnicamente sólo por naturaleza. Me parece que la locura de la Primera ya se vive en inferiores. A los 12 o 13 años jugábamos por diversión, más allá de que era una competencia y queríamos ganar. Hoy ves que a esa edad los padres ven la posibilidad de salvarse y putean en la cancha o que los profesores exigen resultados más que ver el progreso del chico en la enseñanza. Si de seis categorías ganaste en cinco, está bien, no importa cómo lo hayas hecho.

-Hablás con criterio de técnico, ¿te gustaría serlo?

-Sí, ya estoy haciendo el curso.

-¿Tenés algún modelo a seguir?

-Tomé cositas de todos los entrenadores que tuve pero soy de los que cree que, en definitivas, uno se forma solo y a la hora de dirigir prima la idea propia. Los que me marcaron fueron Carlos Bianchi y Claudio Borghi. Por el primero tengo un cariño especial, es el que me hizo debutar y el que confió en mí desde el inicio. Y el Bichi me mostró que se puede confiar en el jugador y la importancia de escuchar a los dirigidos.

-¿Tus equipos van a jugar al cómo sea?

-(Sonríe) No, espero tener los jugadores como para llevar a cabo el fútbol que me gusta a mí.

-¿Sólo depende de los futbolístas?

-El técnico tiene su importancia, es cierto, pero el que decide es el jugador, es el único que cambia la cuestión.

-¿En tu equipo también te pondías de capitán?

-Sí, por qué no.

-¿Qué significa serlo?

-Para mí fue siempre un motivo de orgullo el hecho de representar a una institución, con la que me siento tan representado como es Quilmes. Es una responsabilidad muy grande, no se si hay un manual, un ejemplo, de cómo ser capitán. Hay de todos los tipos. Uno trata de estar pendiente de lo que pasa adentro y afuera de la cancha. Desde lo más mínimo e indispensable hasta lo más grande y complejo. Desde ver cómo anda un compañero si uno lo ve un poco caído hasta ir a pelear los sueldos con los dirigentes.

-¿Cómo es negociar con Aníbal Fernández?

-Bien, normal. Es una persona que tiene buena palabra, no te deja hablar mucho pero hasta ahora, dentro de todos los inconvenientes que ha tenido el club y el fútbol argentino, hemos tratado de tener una buena relación, de que ellos cumplan y nosotros hacer nuestro trabajo.

-¿Les jode que se hable que son beneficiados porque él sea el presidente?

-Eso es una pavada. En todo lo que hemos logrado nunca nos hemos sentido favorecidos. En el último ascenso, por ejemplo, éramos los que menos chances teníamos de ascender de los que estaban ahí arriba -en la última fecha del último torneo de la B Nacional, Quilmes estaba cuarto a dos puntos del puntero- y se dieron los resultados. Tan simple como eso. Ganamos ocho de los últimos 12 partidos y ascendimos. La verdad es que yo no le doy importancia a lo que dicen y no nos influye en lo más mínimo.

Fin de las preguntas. Es el momento de las fotos. El 10 de Quilmes baja las escaleras con dificultad, renguea hasta la puerta de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, evidenciando que su tobillo parece una pelota de tenis, tal como enseñará más tarde, y pregunta cuándo se publicará la nota. Aunque, se rectifica: “Bah! No importa. Mi mamá me va a avisar”, dice y rie. “Creo que tiene un alerta en la computadora para detectar cada vez que salta mi nombre. Recorta la nota y me las muestra”, confiesa.

Imprimiéndose en 3, 2, 1…

“Nunca creí en los líderes por imposición”

Sebastián Saja, referente de Racing, explica qué significa ser capitán en el fútbol argentino. “Acá cumplimos un rol más importante que en otras partes de mundo: te tenés que preocupar porque tus compañeros cobren el sueldo, tenés que hablar con los dirigentes, hay que tener capacidad para que haya 30 jugadores a gusto”, asegura. De Aerosmith a Leo Mattioli, del Ché y Fidel a Messi, de su viejo a Bielsa, del triunfo al fracaso, de Centurión a Michelini, de Dan Brown a la Play, de la prensa al ritmo de la gente, el Chino cuenta cómo se forma la personalidad de un verdadero líder.

-¿Uno nace capitán o se hace capitán?
-Se nace. No es algo que se haga forzado o se quiera imponer por decisión de uno. Uno actúa como le sale. Yo me empecé a dar cuenta de mi personalidad cuando era chico. No me gustaba perder, me enojaba con mi viejo cuando se ponía a patearme al arco y me hacía un gol. Cada vez que la metía, lo quería cagar a palos. Es un proceso. Cuando te rebelás contra algo, te vas dando cuenta de tu temperamento. Siempre fui de reaccionar, desde chico lo llevo.

-¿Cómo se prepara un líder para ser líder?
-Yo creo que es algo natural. Es bueno cuando es natural. Cuando uno actúa como es, eso hace que llegue a ser capitán o uno de los referntes dentro de un grupo. Yo nunca creí en los líderes por imposición. Lo que sí, ser líder tiene muchas responsabilidades. Quizás la cosa viene por ahí, por prepararte para cuidar mucho más tus acciones. Tenés que ser un ejemplo.

-¿Qué hace un capitán?
-Bastantes cosas. Primero, tiene que dar el ejemplo en cuanto al entrenamiento, respetar los horarios, la disciplina. Hay que tener capacidad para organizar treinta jugadores para que todos estemos a gusto. En el fútbol argentino, además, los capitanes cumplimos un rol mucho más importante que en otras partes del mundo. Acá te tenés que preocupar porque tus compañeros cobren el sueldo, tenés que hablar con los dirigentes, tenés que resolver inquietudes más grandes. Afuera esas cosas no existen. El capitán es simplemente la imagen del equipo, es el lugar que ocupa dentro de la cancha. Acá, se busca más lo que transmite fuera de la cancha.

-¿Y vos sentís eso como parte del oficio o pensás que te gustaría simplemente dedicarte a atajar?
-Yo asumo las responsabilidades que tengo como jugador. Disfruto de poder hacerlas. Sobre todo, acá en Argentina. Afuera, capaz, te preocupás menos. Asumo esa responsabilidad y está bueno: me gusta ordenar y tratar que las cosas estén bien.

Imagen: NosDigital

– ¿Por qué afuera no?
– Donde yo tuve la experiencia más prolongada fue en Grecia y, ahí, el tema del idioma fue una barrera muy grande. Vos tenés que hablar y la verdad es que no podés. Después en Brasil, en el Gremio, tuve mucha continuidad, estuve un año, pero pasó algo natural: cuando llegás a un club, tenés que respetar los lugares que te toca ocupar. En Racing yo me acomodé en el lugar que me dieron mis compañeros y, poco a poco, el espacio fue apareciendo. Por ahí llegaste a otro club, otro ocupa ese lugar y uno lo acepta. Acá se fue dando naturalmente.

– ¿Acá en Racing se dio naturalmente o se dio por necesidad?
– Puede ser que yo haya sido capitán por una necesidad. Había muchos chicos jóvenes en el plantel. El capitán era Yacob, que tenía muchos años en el club pero 24 años. El grupo necesitaba gente de experiencia. Aunque eso no quiere decir que para ser capitán haga falta tener 30 años. Capaz algunos tienen 22 y lo hacen muy bien. Y tenés algunos de 35 que no pueden manejar nada.

-Racing es un club que vive con euforia, con una presencia de la gente muy grande, con presiones: ¿cómo es manejar este vestuario?
-Siempre hay que ir aprendiendo y adaptarse al lugar en el que estás. Transmitiendo a los compañeros distintos conceptos, explicando cómo tienen que manejarse con la prensa, haciendo lo posible para que nunca entremos en el ritmo de la gente. Racing de local es difícil, administrar la presión es complicado. La euforia que tiene el hincha de Racing de local no es algo sencillo de llevar.

-Mencionás el tema del ritmo de la gente. Vos que sos arquero, que pasás bastante tiempo sin participar del juego, quizás tenés más tiempo para verlo, ¿cómo se definiría esa sensación desde adentro?
-Se nota cuando un compañero tiene la pelota en la mitad de cancha y decide retroceder con la pelota y, por ahí, la gente lo reprueba, y le hace perder confianza en lo que cree. Lo lleva a equivocarse, a que arriesgue en un pase y pierda la pelota. Eso le pasa mucho al equipo. Todo depende del resultado: si vas ganando todo se aprueba, pero si vas perdiendo todo se reprueba.

-¿O sea que desde adentro se siente todo?
-Desde adentro se siente todo. Todo. Tenés que ser muy frío o tenés que tener mucha experiencia para no sentirlo. A mí me pasa mucho. Si yo descuelgo un centro y la gente me grita sacá, sacá, sacá, uno nota el ambiente y es difícil tener la pelota como para mirar bien a quién dársela.

-¿Cómo es explicarle eso a un chico hoy? ¿Sentís que del momento en que vos eras un joven a ahora, los futbolistas cambiaron?
-Son tiempos distintos. No es que cambió el fútbol, cambió la sociedad en sí. Cuando yo jugaba en la tercera de San Lorenzo, me moría de ganas de tener los guantes que tenía en ese momento Oscar Passet. Hoy cualquiera de los de las inferiores tienen guantes de las dos mejores marcas porque se los da su representante. Se pierde la valoración por las cosas. A mí me parece que es importante sentir el sacrificio por las cosas que se tienen. Hoy eso cambió, todos tienen botines impresionantes. Es más, parece que el que no tiene el último celular está mal. Yo si llegaba con un celular a la concentración, siendo pibe, me miraban todos mal. Hoy se perdió ese respeto, pero lo perdió la sociedad. Igual acá en Racing estamos muy contentos con los jóvenes, son muy respetuosos.

-Hace un rato hablábamos de si hacía falta prepararse para ser capitán, ¿vos tenés que ir aprendiendo los nuevos códigos de los pibes?
-Me cuesta tener que decirle a Centurión: “Eh Guacho”, o alguna cosa así. No me sale. Trato de hablarle de la manera que yo creo, pero el lenguaje me cuesta. Uno se adapta. A mí me gustaría escuchar rock en el vestuario, pero a los más chicos les gusta escuchar cumbia o los wachiturros.

-¿Y qué música te gusta a vos?
-A mí me gusta de todo: del Rock Nacional a Internacional. Soy amplio en ese sentido. Desde Aerosmith o Guns N’ Roses, hasta a Diego Torres, Fito Páez o los Fabulosos Cádillacs. El tema es que los pibes me ponen a las ocho de la mañana Leo Mattioli y, bueno, preferiría otra cosa. Los días del partido me banco la cumbia porque hay que estar bien arriba, pero durante la semana es difícil.

-¿Sentís que los pibes te escuchan?
-Sí, siento que me escuchan. Yo, al menos, me quedo con la tranquilidad de que los aconsejé. Ahora, a la vez, te aseguro que ellos se van a equivocar, como todos nos equivocamos muchas veces. El otro día lo agarré a Viola y le dije que una de las cosas que no tenía que hacer era volverse rápido a Argentina, que había que aguantar las adversidades. Y creo que me prestó atención.

-Hace un rato dijiste que había que ayudarlos con el tema de cómo declarar, ¿cómo funciona eso?
-Es que hay que aconsejarlos. Acá en Racing, igual, es un caso muy especial porque están muy bien cuidados, muy organizado y eso nos viene muy bien. Uno debe aprender a manejar el tema de la comunicación. Pero en San Lorenzo, cuando yo era más chico, no era así.

-¿Y vos sentiste que en esa época te equivocaste con los medios?
-Yo cometí infinidad de errores en cuanto a cómo manejarme con la prensa porque cuando uno es joven, a veces, cree que sabe todo y en realidad no sabe nada y uno hace declaraciones de más. Imaginate que si yo fuera joven, ahora antes de jugar con Independiente, declararía: “El sábado ganamos como sea”. Que son títulos que a la prensa le gustan mucho y que los hinchas también quieren escuchar. Pero si después te equivocás, la pagás muy caro y es innecesario. Me acuerdo, en San Lorenzo, una vez estábamos jugando contra Boca y estábamos perdiendo 1-0. Yo fui a patear un tiro libre y no me dejaron, pero igual me quedé al lado de la pelota. Cuando terminó, me tocó hacer los análisis del dóping y cuando salí, declaré: “Acá cada uno hace lo que quiere”. Cuando llegué el otro día, me agarraron un par y me pegaron una lavada de cabeza total.

– ¿Quiénes eran ahí los que te fueron enseñando?
-Estaba Pablo Michelini, el Beto Acosta y también, aunque a mí me toco remplazarlo, Gustavo Campagnoulo. Ellos me iban diciendo cosas. Yo igual pensaba que dijeran lo que me dijeran iba a hacer lo que quisiera y nadie me tenía que decir nada. Pero obviamente me equivoqué. Son muchas las cosas donde te pueden ayudar y cuando vas creciendo te vas volviendo más consciente de eso. Necesitás que te expliquen qué hacer con tus primeros sueldos, no tenés que comprarte un cero kilómetro para quedarte seco de guita. A mí me agarró una vez Oscar Ruggeri, que fue el técnico que me hizo debutar, y vio que yo me había comprado un auto. Cuando llegué al club, me llamó aparte y me pregunto: “¿Y dónde lo guardás” y yo le dije que en la casa de mi viejo. Y él me respondió: primero te tenés que comprar el garaje, después el auto. El problema es que esas cosas son cada vez más complicadas de explicar porque, como decía antes, ahora todo es más fácil. Las necesidades son otras: hoy los chicos suben rápido, los venden rápido y todo dura poco.

– ¿Eso se ve en cómo se juega?
– Sí, claro. Por eso se juega como se juega. Los talentos no duran nada. Cuando yo arranqué a jugar, había tipos como Aimar o como Saviola que estuvieron cuatro temporadas antes de irse. Ahora fijate el caso de Viola, que tiene 40 partidos en Primera, ni un torneo como titular y ya se fue. Eso no funciona porque a los pibes los quemás. Tenemos el caso de Centurión, que es un chico con unas condiciones bárbaras, pero para volverse un gran jugador tiene que estar tres o cuatro años en el fútbol argentino para formarse. Pero bueno, las necesidades mandan.

-¿Eso vos lo podés hablar con los pibes?
-Es difícil explicárselo a su familia, sobre todo. Las oportunidades en el fútbol a algunos les pueden pasar dos o tres veces, pero esos son los menos. Capaz que pasa una sola vez y todos temen por eso. Yo trato de hablarles por lo que me ha tocado vivir, lo hago acá y lo hago con mis amigos y con mis sobrinos, pero no es sencillo.

-Para formarte y aprender esto de ser un líder, ¿vos leés algo, mirás series, películas?
-Sí, hace un año que empecé a leer cosas del Ché. Me gusta mucho la verdad. Ahora acá el técnico me pasó otro del Ché y uno de Fidel Castro porque me vio en un avión leyendo cosas de ellos. Son figuras que han trascendido todas las barreras. Uno puede no estar de acuerdo o sí, pero sin dudas son personalidades que enseñan muchas cosas.

-¿Qué es lo que te llama de esas figuras?
-Me quedó muy marcado una historia de cuando ellos ganaron la Revolución. Fidel le tuvo que llevar la familia al Ché sin que se enterara porque no quería gastar la poca plata que tenía Cuba. O cuando el Ché viajaba a Uruguay, y no tenía plata para hospedar la familia, no los llevaba. Cuando uno trasciende la familia por un ideal, es para sacarse el sombrero. O lo mismo con el tema de conquistar un país. Podrían haberse quedado ahí, pero no: decidieron seguir e ir por África y después por Sudamerica. Para mí, llevándolo al fútbol, es como si ganás un Mundial, pensás que ahí se terminó todo, pero siempre hay más cosas por jugar y más partidos por ganar.

-¿Cómo llegaste a interesarte en ellos?
-Siempre me intrigó la figura del Ché. Uno siempre escuchó hablar de él y opinar, pero yo nunca me metía porque no conocía más que lo que me han contado. Pelletieri me acercó un libro, ahora vamos a ver qué fue lo que realmente sucedió. En el Ché yo veo eso de ser un líder positivo, eso de siempre querer más.

-¿Y a los pibes del plantel los ves leyendo eso?
-No, por ahora no, por ahora están jugando a la Play o a las cartas. Yo al principio tampoco leía, pero me enganché con las novelas de Dan Brown, con el Código Da Vinci, y fui encontrando nuevas cosas.

-¿En el deporte ves algún otro líder que vos tomes de modelo?
-Hay muchísimos. En el fútbol me sorprende mucho Messi. Me asombra. No por su personalidad, sino por la búsqueda de superación que él tiene. También veo en eso a Federer o a Nadal. Se mantienen siempre en el máximo nivel y nunca se conforman. Si logras tener la ambición de los grandes deportistas eso es lo que te termina haciendo triunfar o no. Yo no soy un dotado, pero juego en Primera, aunque si yo me propongo jugar en el Barcelona no voy a llegar. Pero el proponérmelo me hace jugar en un nivel un poquito más alto que en una carrera normal. Creo que se puede potenciar muchísimo desde la superación.

-¿En Argentina hay un problema con el concepto de triunfar?
-Sí, es algo bien de Argentina. Nosotros como sociedad somos así. Mirá lo que nos pasó a nosotros en la Copa Argentina. Yo se lo decía el otro día al presidente: si vos me decís que voy a jugar cinco finales más y las voy a perder, te lo firmo, porque es importante llegar. Acá eso no cuenta. Sólo hay que ganar. Vivimos y juzgamos por si alguien salió campeón o no. Parece que al argentino lo único que le importa es salir primero y hace veinte años que no llegamos a una semifinal de un Mundial. ¿Y qué querés, salir campeón si nunca sos siquiera quinto? Eso es lo que pasa acá en Racing: nos piden siempre salir primeros cuando el torneo pasado, capaz, saliste decimoctavo. Todos queremos ser campeones, pero es imposible.

-¿El tema sería que si perdés sos un fracasado?
-Claro. Yo escucho que Boca porque perdió dos finales de tres es un fracaso y me quiero matar. Ojalá yo pudiera jugar la Copa Libertadores. Fracaso es otra cosa, es no haber hecho todo para tratar de obtener un resultado, es si yo vuelvo a mi casa y siento que no di todo.

– Siguiendo con el tema del ser capitán, ¿a vos te gusta, también, participar de la discusión futbolística con el entrenador?
– Me gusta, siempre y cuando, me pidan opinión. Con el técnico y con los dirigentes. Acá en Racing se puede. Muchas veces, cuando terminan los partidos, Zubeldía te pregunta qué te pareció, cómo te sentiste. Él es joven pero su personalidad hace que parezca más grande. Los mayores lo respetamos mucho. Veníamos del Coco, que es más grande, y antes teníamos al Cholo, que era también joven. Pero no cambia mucho, lo distinto son las ideología que tiene cada uno. El fútbol tiene diversos modelos, eso es lo diferente.

-¿A vos qué ideología futbolística te gusta?
-Nosotros crecimos con dos ideologías: el menottismo y el bilardismo. Las dos tuvieron tantos resultados positivos como negativos. Yo digo que para mí hay otra más, que es la de Marcelo Bielsa. Un fútbol más dinámico, más vertical, más moderno quizás.

-Hablando de liderazgo, Bielsa es uno muy particular.
-Sí, pero Bielsa le llega mucho al jugador. Te convence con el trabajo de campo, creo que eso es lo bueno. No te tiene media hora hablando, con el laburo él hace que vos creas en eso. Mirá que él no tiene mucho diálogo con los jugadores, pero les llega igual.

-¿Cómo hacés para llevar todos los temas que requiere ser capitán y no olvidarte de nada?
-Tengo un cuaderno donde anoto todo. Yo vi que lo hacía Michelini, que era un tipo muy ordenado, y se lo copié agregándole cosas mías. Así, por ejemplo, organizamos acá el método del pozo común, que es cuando cobramos algún premio, ponemos de a 50 o 100 pesos para después, entre todos, comprar cosas para el vestuario, como un equipo de música o una máquina de café. Es una forma de acolchonar los gastos y así, después, si vamos a cenar todos, no le sacás plata a un pibe que cobra 5000 pesos por mes.

-Para bancar todos estos problemas, ¿hacés terapia?
-No, a mí es algo que nunca me gustó mucho, aunque considero que es bueno que alguien lo pueda hacer si quiere. Mi terapia es hacer asados los jueves a la noche, en Brandsen.

-¿Sos un buen asador?
-Según mis amigos, soy muy bueno. Aprendí de mi viejo. Cocino al asador, a leña. Me preparo un costillar entero a la cruz. Ahí me logro aislar de todo.