Los árboles luchan de pie

Arbolito presenta su DVD “Mil colores”, filmado en el Haroldo Conti, y le pone el cuerpo a la idea de generar memoria resignificando espacios con la vida. También en esta entrevista: la independencia en la música, las discográficas y las lógicas comerciales. “Sabemos que cada disco es generador de movimiento, no somos una banda mediática”.

– Ser independientes es una elección.

Arbolito promedia los cuarenta años. Llegan con instrumentos en mano de una nota que incluyó acústico. Piden licuados y gaseosa en un bar de Flores y esperan poder ir a la sala cuando terminen la charla y los vasos. “Muchas veces hacemos más cosas por fuera de la música, es más: últimamente nos está costando mucho ensayar”.

Ser independiente es poner el cuerpo.

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 En el año 1826, el gobierno de Bernardino Rivadavia contrató al oficial prusiano Rauch nada menos que para matar indios. Su misión era limpiar la pampa bonaerense de los ranqueles, esos hermosos indios que poblaban estas zonas con absoluta libertad. 

El vindicador – Arbolito

 Arbolito fue parido por la Escuela de Música Popular de Avellaneda, después de egresar en 1997. Un año después, el grupo de pibes que había decidido llamar a su banda con el nombre del indio que degolló al Coronel Rauch, editó su primer demo: un cassette llamado “folklore” y se subió a su emblemática chata para salir a hacerse escuchar. Pasaron 17 años, 7 discos y un reciente DVD grabado en vivo: “Mil Colores”. Suenan cada vez más fuerte.

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– ¿Ser independiente es siempre una elección?

– Es una necesidad también. Si estás esperando que venga una compañía a producirte, te podés pasar la vida esperando y frustrándote, pensando que eso es lo mejor que te puede pasar. Nosotros desde que arrancamos nos propusimos hacer las cosas nosotros. En un momento vino una compañía y quiso trabajar con nosotros y estuvo buenísimo, fue una experiencia de cuatro años, dos discos, aprendimos un montón.

– ¿Por qué decidieron volver a ser independientes?

– Sobre todo por los tiempos. Cuando estás en una empresa que es mucho más grande, en donde hay muchos más artistas y muchos de esos generan más guita que vos, los tiempos quedan demasiado rápidos. Nosotros no paramos nunca, todo el tiempo generamos y por ahí hay momentos en que la compañía tiene otros intereses, otros tiempos sobre todo. En una compañía internacional el que toma las decisiones no sabes quién es, ni dónde vive, ni si vive. Con la crisis del 2011, en las discográficas hubo un gran quilombo. Estábamos a punto de grabar “Acá estamos” (salió en 2012), con los demos, viendo el productor artístico. Estaba todo bien con la compañía y de arriba vino la orden: “éste año no se hace nada, hasta nuevo aviso”. El nuevo aviso no sabés hasta cuándo es y nosotros ya estábamos con la necesidad de sacar un disco. Sabemos que cada disco es generador de movimiento, no somos una banda mediática.

– ¿Qué es ser una banda mediática?

– Una banda que tenga presencia en los medios todo el tiempo. Nosotros tenemos acceso a los medios, por mucho tiempo de trabajo, porque fuimos generando esos contactos, pero ese acceso llega porque hicimos tal cosa: sacamos un disco, hacemos un DVD, lo presentamos en el Opera, momentos puntuales. Sabemos que necesitamos de los discos para poder seguir. Aparte de que tenemos las canciones y queremos ir renovando, todo el tiempo tenés ganas de ir renovando.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

– ¿No ser una banda mediática también es una decisión?

– Lo mediático tiene que ver más con lo comercial. Ahora estamos haciendo una nota para un medio, venimos de hacer otra, valoramos mucho que los medios se interesen cuando hacemos algo y quieran contarlo. Lo otro es poner plata en las pautas para que suenen tus canciones, que es lo que pasa con los grupos mediáticos: prendés una radio y suena un tema, cambiás de radio y está el mismo tema, prendés la tele y está el video. Eso no es porque son unos capos del mundo, es por un arreglo comercial. Eso es lo que a nosotros nunca nos salió – dicen entre risas.

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Salí a mirar solo de curiosidad y ahora estoy enloqueciendo, ya sé que estas rejas me cuidan de todo pero me ahogan también. 

2015 – Arbolito

 Arbolito decidió desde un principio fusionar los ritmos latinoamericanos – como chacarera, huayno, saya, zamba, candombe – con los que atravesaban su cotidianeidad – rock y reggae por ejemplo –. ¿Qué pasó con esas mezclas? No les cabía ninguna etiqueta. “Cuando empezamos, porque éramos muy rockeros para el folklore, en las peñas no nos dejaban tocar. Porque tocábamos charango y quena en los lugares de rock decían: éstos son unos maricones del folklore. Tuvimos que inventar un camino, equiparnos con sonido y con una camioneta, conseguir espacios que no tenían nada que ver con los espacios de los dos estilos que hacíamos”.

La búsqueda los llevó a clubes, salones y muchas plazas. Poco tiempo atrás quisieron volver a tocar en Parque Lezama que les sirvió de escenario durante años. ¿Tocaron? “Ya era imposible con todas las trabas que había”, la más significativa: el pedido de un seguro por espectador, recuerdan. “Hay una política de abandono, hasta que se llega a poner re contra feo y una vez que está horrible se cierra. Se pone lindo y se enreja. Es parte de la política de cerrar” y agregan: “El problema no es tanto la reja en sí. El tema es que enrejan y no pasa más nada en el parque”.

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Pañuelos van vuelta y vuelta a la vida, yo con ellos me voy a volar, un solo andar en busca de justicia, que la duda no gane a la verdad. 

Pañuelos – Arbolito

 Arbolito quería hacer un DVD, se juntaron con el director y, papel y lápiz en mano, bocetaron la idea. Querían un escenario circular para poder mirarse como en un ensayo, la gente iba a estar alrededor y las cámaras con cada uno de ellos para mostrar la relación que tienen con sus instrumentos. La búsqueda de lugares los llevó hasta el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, ubicado en el predio de la Ex ESMA. En febrero de este año hicieron el show, de ese vivo nació “Mil Colores”.

– No es un espacio cualquiera, tiene toda una carga histórica y una carga actual. Nosotros fuimos varias veces y a medida que pasa el tiempo uno ve la transformación del espacio. Sin dejar de ser un espacio donde pasaron cosas muy feas, la idea es que eso no se olvide pero resignificándolo, tratando de que lo cope la vida. Un poco lo que nos pasó a nosotros fue eso. No fue una decisión casual ni ligera, lo charlamos, lo hablamos, teníamos nuestras dudas de qué pasaría estando ahí, grabando ahí. Creo que nos sentimos de una manera especial, esos mil colores es parte también de eso. El lugar fue tomando color, hay mucha vida, mucha juventud estudiando, haciendo cosas artísticas y todo el tiempo también recordando.

– Nosotros, que hace casi 18 años que estamos, hemos acompañado desde el principio, estado en los escraches, en las fiestas de HIJOS cuando recién se juntaban, en la primer librería de las Madres, festivales, la vuelta, todo el tiempo acompañando. Nos sentimos parte de la transformación que está pasando, es algo que cuando seamos viejos vamos a sentir el orgullo de haber formado parte del momento histórico, como banda y como persona, el momento histórico donde se transformó ese lugar de mierda en algo lleno de vida.

De eso se trata Arbolito, de seguir poniendo el cuerpo: “Nos gusta tocar, estar, compartir, aprender”. Les gusta la vida.

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Arbolito son: Ezequiel Jusid (voz, guitarra acústica y guitarra eléctrica), Agustín Ronconi (voz, flauta traversa, quena, charango, violín y guitarra), Diego Fariza (batería y bombo leguero), Andrés Fariña (bajo eléctrico y coros) y Pedro Borgobello (clarinete, quena, guitarra y coros). Ellos presentan el 9 de noviembre a las 20.00hs, “Mil Colores” en el Teatro Ópera (Av. Corrientes 860).
www.arbolitoweb.com.ar

La libertad de la música propia

Ángela Parodi y Julieta Lizzoli son las protagonistas del ciclo “De la raíz a la copa”, que se hace los segundos viernes de cada mes en Jalapeña. Cada fecha, el repertorio de un compositor clásico. Reflexionan sobre el valor de la música popular, la relación de los jóvenes con el foklore y los vericuetos de la música independiente.

No me ufano por esto / siento que crezco / a pesar del machete / reboto fresco. Así dicen los versos de “De la raíz a la copa” (Pepe Nuñez – Juan Falú), canción que nombra el ciclo protagonizado por Ángela Parodi (voz y bombo) y Julieta Lizzoli (piano y voz). Versos que bien podrían referirse a la música popular, que resurge, se expande y actualiza como esas plantas que crecen en las grietas del hormigón, y llenan de vida el más concreto de los espacios. También como estas dos mujeres, que exploran la libertad y el compromiso de una música propia, de un decir nuestro y un sentir de todos. Una vez por mes, desde mayo a octubre, recorren el repertorio de autores clásicos en el escenario de Jalapeña, un espacio nuevo, emplazado donde funcionara el mítico Empujón del Diablo. Se trata, entonces, de elegir una herencia, reactivarla y conservarla con vida.

Julieta: – La música popular fue lo primero que hubo acá en mi casa, que mi mamá me hacía escuchar cuando era chiquita. Pero de todo, Mercedes Sosa y, bueno, Fito Páez, ¿crecimos en los 90’, no? Aun cuando comencé mi educación musical formal y me puse a estudiar música académica, el folklore siguió estando… y después me llegó el tango.

Ángela: – En mi caso, cuando me volqué al canto, me dije que quería algo que realmente pudiera expresar y que sea mi lugar. Me parece que, en este momento en el que el folklore está más aceptado, hay que aprovechar. Porque si ves a alguien joven haciéndolo, te va a llegar más. Y está bueno que se construya esa cultura de acá, con el folklore, el tango, la murga. Rescatar lo que es propio. Quizás en el ámbito académico lo que más se valora es la complejidad, pero te tiran un poema de Yupanqui y te cagan… Te sella la boca, andá a decir algo así.

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En una tarde-noche en mitad de la semana, y también en medio de dos de las fechas del ciclo, pedimos permiso a los instrumentos y nos dedicamos por un rato a las palabras. Pero la música se cuela por todos lados; estamos en la casa de Julieta, rodeadas por un teclado, equipos de sonido, partituras y más. Antes de tocar juntas y mucho antes de dar entrevistas, Ángela y Julieta se conocieron. Y lo hicieron en la carrera de folklore del Conservatorio Superior de Música “Manuel de Falla”, que dicen “es todo un tema aparte” (y lo será). La música las encontró de nuevo en el verano, cuando Ángela tenía un ciclo en la Peña del Colorado y un día su guitarrista se fue de vacaciones. Fue así que la llamó a Julieta para que la acompañara y descubrieron algo que conservan como oro: la comunicación el escenario.

Julieta: – Esa viene siendo la herramienta para llevar adelante un ciclo en el cual te tenés que aprender doce temas nuevos por mes. Es el elemento que nos permite improvisar, más allá de las cosas pautadas, y también recuperar lo lúdico.

Ángela: – Es un poco la idea general de la música popular. Porque en la música mal llamada “clásica”, digamos, la música académica, todo está súper pautado y estudiado y tenés la partitura, que si te movés de ahí, está mal. Entonces, intentamos reivindicar todos estos elementos propios de la música popular que son los que nos gustan a nosotras, que por ahí está medio bastardeada. Los autores son una excusa, quedan afuera un montón, pero mechamos tres muy conocidos y tres desconocidos para el público que no escucha específicamente folklore, y la idea es llevarlos al lugar que creemos deberían tener, pero tampoco quedarse en una visión tradicionalista. Nos gusta entreverar, sacar algo de otro estilo. Estudiamos música de muy chicas y hemos hecho de todo: rock, jazz, ella toca tango… y nos gusta mezclar.

Hablar de comunicación les queda chico. Cuando empieza la música, se funden en una interpretación sincera y generan un clima de abrazos, de miradas y risas cómplices, de manos repiqueteando contra las mesas, de palmas que se unen en su solo aplauso. Entre ellas y el público la distancia es de apenas unos centímetros que levantan el escenario, porque en cada cuerpo resonante vibra su canto y su música. Termina el espectáculo y se integran entre las mesas, comparten un vino y hasta se bailan una chacarera. Una vez más, de lo que se trata es del encuentro. Y a esos fines, las peñas son el lugar privilegiado, y se han convertido en los últimos años en uno de los espacios de socialización predilectos entre los y las jóvenes.

Ángela: – Es que es muy accesible, a todos nos gusta salir, tomarnos un vino, comer una empanada con amigos. Y que la gente empiece a bailar está buenísimo. Está muy bueno bailar cumbia, pero bailarte una chacarera o dos pasos de tango es muy importante.

Julieta: – Y la milonga ni hablar, tenés que abrazar a alguien que ni conocés y tratar de caminar con él. Yo hace dos años y medio voy a la misma milonga todos los jueves, y es como una familia. Es un valor que los jóvenes puedan encontrar un espacio de pertenencia y de relación con la cultura.

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La observación obligada, casi obvia, tiene que ver con que son dos mujeres interpretando a compositores varones y surge la reflexión en torno a las representaciones de género en el folklore argentino tradicional. Recuerdan la fecha de julio, con repertorio de Peteco Carabajal, en la que compartieron escenario con un cuarteto de cuerdas, integrado por tres mujeres y un varón. Destacan que se eligieron porque les gusta tocar juntas, no por el hecho de ser mujeres. Pero a la vez señalan que hace diez años era inimaginable, que es una realidad que antes no existía.

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La apertura fue con temas de Atahualpa Yupanqui; le siguieron Peteco Carabajal, Chacho Muller y Pepe Núñez. Aún restan dos fechas del ciclo, el 13 de septiembre el repertorio será de Juan Falú y contará con su presencia como invitado, y el 11 de octubre, le tocará a Raúl Carnota. Dicen que eso que empezó como una idea loca en una charla de patio y mates se pasó volando, y no paran de pensar en lo que se viene, que seguro será mucho. Admiten que el desafío de preparar un repertorio mes a mes las mantuvo activas y les funcionó, pero es una rueda que nunca termina.

Julieta: – El balance es de mucho aprendizaje, de mucho crecimiento en el vínculo entre nosotras como músicas, como personas. La vida de las dos está totalmente atravesada por el ciclo y viceversa. Nos acompañamos mucho. Es una especie de piloto de lo que puede llegar a ser un proyecto más grande. Es un desafío tremendo, dadas las condiciones de vida de ambas, de los proyectos distintos, es mucha carga. Nosotras no tenemos representante, nos encargamos de todo. Quizás de afuera, parezca que es subirse al escenario, tocar un par de temas y listo. Pero hay que ocuparse de acordar las fechas, los invitados, los ensayos. La verdad es que la nueva destreza que tiene que tener el músico hoy en día que se quiere autogestionar es todo lo que tiene que ver con la administración y la difusión.

Ángela: – Y más con todo lo que ofrecen las redes sociales y la tecnología, tenés que estar todo el tiempo poniéndote al día. Mismo con el sonido, la peña tiene sus equipos y todo, pero tenés que ser el fletero de tu piano, tenés que ser tu propio representante, manejar la convocatoria, que para eso Facebook nos sirve un montón, sacar fotos y ponerlas lindas para subirlas, filmar los videos, que por suerte tenemos a alguien que nos ayuda, pero después los tenemos que editar, subirlos. Es un montón de tiempo que le aplicás a eso, pero es tiempo en que no estás pudiendo ensayar. Después llegás al escenario y decís ‘uy, hubiera usado esas horas para preparar mejor esto’. Pero en lo artístico, estamos tan acostumbrados a ocuparnos de todo, que parece que querer contratar a alguien que diseñe los flyer, se ocupe del sonido o de armarnos una página web son pretensiones mundanas. Pero si vos hacés un laburo que te requiere estudio y un montón de dedicación, está bueno que se reconozca eso, que se valore.

El paso que sigue es una fecha a fin de año con “los mejores momentos del ciclo”, en donde interpretarán dos o tres temas de cada uno de los compositores que fueron recorriendo en el año. El formato será diferente. Estará pensado como un espectáculo y se va a hacer en un teatro, esperan seguir contando con invitados y ensanchar un poco el escenario, para salir de un plano tan íntimo. Y se apuran en decirlo: lo que verdaderamente esperan es poder grabar, quizás el año que viene.

Ángela: – Para hablar de una grabación, necesitás mínimo 20 mil pesos, y esa es plata que tenés que tener vos, no la vas a hacer tocando. Hay subsidios del Fondo Nacional de las Artes, pero dan para tres o cinco discos…así que imagínate. Está la Ley de Mecenazgo, también hay préstamos, pero no se da abasto. Está lo del crowfunding. Todo esto te dice que los artistas están necesitando guita, no es que esperamos que nos la den así nomás, pero no hay cómo gestionar ese dinero que se necesita para producir las cosas. Lo mismo con los espacios para tocar. Estaría buenísimo que los espacios estuvieran en mejores condiciones, yo entiendo que son lugares privados, pero se gasta plata para un montón de cosas, subsidios y eso… la verdad es que se tendrían que valorar más y poner a punto esos lugares.

Y hablando de público y privado, de la puesta en valor de la cultura, mientras tenemos esta charla, el Manuel de Falla se cae literalmente a pedazos.

Ángela: – Nuestro conservatorio ahora está en asamblea permanente, pero estuvo por cerrar, porque no había ni papel higiénico; está bien lo podemos llevar, pero si no hay plata para eso es porque no hay nada. Se había dado de presupuesto anual cero, ¿entendés? Al final, les dieron 90 mil pesos, y yo, que no entiendo de esas cosas, sé que no alcanza para nada. No es fácil, eso se traslada, si desde las instituciones estamos así, lo independiente imagínate.

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Las raíces de la emoción

Bruno Arias hace rato dejó de ser el eco de un nombre que retumbaba por lo bajo y se convirtió en una voz singular y renovadora del folklore argentino. Mientras continúa con la presentación de su tercer disco, Kolla en la ciudad, el cantautor jujeño habla de raíces y de la reivindicación de los pueblos originarios. En medio de tanto ruido, una voz que canta su verdad.

 

Me lo encontré frente al Obelisco, defendiendo con su guitarra una causa que es de todos. Lo reconocí a la distancia cuando salí al caos del centro desde la línea verde, que creo que es la D. Vi desde el otro lado de la eterna avenida una bandera flamear, imponente frente a cualquier cartel luminoso que nos quiera ganar la atención. Él estaba parado justo ahí, bajo la bandera, frente al Obelisco, sosteniendo con el corazón la imagen del cartel que tenía a su izquierda. Estaba festejando y reivindicando a la Mujer Originaria (con mayúscula) en su día. Fue la primera vez que lo vi a los ojos, hace unos pocos días, cantando para el que corría de traje y zapatos y tenía la suerte de descubrirlo.

Me quedé pensando en su voz y fui en su búsqueda algunas tardes después. Bruno Arias, con la misma humildad que brillaba en la calle, se sentaba con un plato de ñoquis delante en un bar de una de las tantas esquinas porteñas, para regalarnos un almuerzo/merienda. Promediaban las 17.00 horas, de charla y sonrisas. Mientras él comía y nosotras lo interrumpíamos porque nos ganaba la ansiedad, jugué una vez más a descubrirlo mientras todo él se regalaba en anécdotas. Lo agarramos a la salida de otra entrevista, que forma parte de una gira radial previa al concierto que se avecina en Groove, y que lo iba a llevar unas horas después nuevamente a la misma radio. Mientras calculan cuánto de la tarde les queda liberada, fantasean con una peli 3D para flashearla o con una siesta que los haga descansar después de una larga (verdaderamente larga) noche de composición que los encontró a la mañana todavía con la guitarra en la mano.  Parece ser que de noche se compone más lindo; sin ruidos y con vecinos del edificio que no se quejan mucho, se ponen a crear.

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Bruno habla lento, como pensando profundo todo lo que dice y nos traslada de la mano de su voz hasta sus primeros acercamientos con la música, que poco tienen que ver con un instituto o academia. En la casa de “La Yuli”, de sus pagos de Jujuy, lo que verdaderamente importa está mucho más cerca de los sentimientos: “La Yuli es otro mundo de la bohemia jujeña, puedo estar días contando cosas y anécdotas muy particulares que tiene que ver con el arte. Para sintetizarte lo que es la Yuli, es una casa donde se aprende a mamar los sentimientos, a cantar con el corazón en la garganta; si no tenés corazón para cantar o no transmitís nada, ni agarrés la guitarra. Vos tenías que distinguirte en algo, vos tenías que dar algo en esa rueda y tenías que emocionar”. Hace un parate y deja ver algunos de sus recuerdos en sus ojos entrecerrados. “¿Viste cuando escuchás algo y se te pone la piel de gallina? Bueno, en la Yuli sucedía eso, cualquiera, hasta el más desafinado, te ponía la piel de gallina. Cuando entrabas en la onda de la Yuli, en la sintonía de la bohemia a flor de piel es como que ahí es la verdad, no podés mentir, no podés firuletear con la guitarra, ni hacerte el técnico cantando, ahí es la verdad de lo que sos”.

Bruno descubrió su verdad cantando y con su gente en la garganta llegó a Buenos Aires en el año 2002: “En Jujuy soy uno más, aunque ahora soy el cantor del pueblo, digamos, y para muchos un referente; por más que yo siento que recién estoy comenzando a proyectarme y a concretar cosas que vengo generando desde hace años con sueños, con utopías, con anhelos”. La charla se interrumpe porque suena el celular, es un mensaje de un fan que le tira buena energía, aunque no le gusta admitirlo, no se siente cómodo en la posición de que la gente lo idolatre. Para Bruno los que merecen adulación son muy pocos, entre ellos nombra algunos, al Che, a Felix Diaz, a Mercedes Sosa… De la nada, la conversación nos lleva a otro terreno y nos cuenta cómo un día le escribió una carta a Mercedes y se la llevó hasta la casa con dos temas grabados en un CD virgen.  Unos días más tarde recibía su respuesta, una llamada que lo invitaba a cantar juntos.

La anécdota que le ilumina el rostro se frena de repente, un pibe le ofrece tres pares de medias a un precio irresistible, él elige un par, el blanco y le agradece. Segundos más tarde llegan las risas al mirar con más atención el tamaño de los soquetes. “Le faltan cuatro dedos”, sentencia sonriendo.

Volvemos a retomar la charla y desde Jujuy llegamos a Buenos Aires donde los sueños se fueron materializando y en el año 2005 salió al ruedo su primer disco, “Changuito volador”: “Tiene que ver más con lo ligado a  lo que es la infancia, mostrando lo que es el ritmo más representativo de Jujuy,  el bailecito, y dando una mirada más paisajista que tiene que ver con los recuerdos, con las vivencias”. Bruno Arias se afirma en su música y su perfil se delinea cada vez más. En su segundo disco, “Atierrizaje”, la intención se hace todavía más sólida: “Tiene que ver más con volver a la tierra, cantar desde un lugar más profundo, ya no importa la voz ni el virtuosismo del instrumentista, sino que es la canción y la letra, respetar el género más que nada. Toma más protagonismo la canción que el canto”.

El objetivo de reivindicar los pueblos originarios, su tierra y sus voces se hace carne en su tercer disco, “Kolla en la Ciudad”: “Más que nada, el mensaje del disco es que el reclamo que hay en todo Latinoamérica es el mismo, y la idea es unir esa punta en una sola canción, en una sola voz. Siempre el mismo reclamo, por más que haya distancia es el mismo, porque uno ve un documental de México y cuando viaja al Chaco se da cuenta que sus originarios tienen las mismas necesidades y los mismos pedidos, por más que sea otro tiempo, otro espacio u otro momento histórico”. Su compromiso lo llevó a tocar en el Monumento a la Mujer Originaria, donde tuve la suerte de ver la chispa de sus ojos por primera vez,  y a sumarse a infinidad de otras luchas a lo largo y ancho del país.

Abandonamos la mesa del bar para salir a la calle, es hora de las fotos. Aunque empieza a bajar el sol, vemos que se intimida al momento de posar en plena peatonal porteña, hace chistes, sonríe y le juega un poco a la cámara para sacudirse la vergüenza. Entre bromas le pido que abra un poquito más los ojos achinados, “No sería yo”, me contesta casi instantáneamente. No importa el escenario, Bruno entrega el corazón en donde quiera que lo haga, frente al Obelisco, en Groove o en la calle Florida delante de un lente que lo observa y tira flashes, siempre logrando la magia de hacer que su energía llegue hasta la gente y vuelva duplicada.

Con la libertad entre las manos

Facundo Ramírez se mueve inquieto entre la música clásica, la actuación y la música popular. Próximo a su presentación en el Viejo Mercado junto a Yamila Cafrune, habla sobre la disciplina, la pasión y la sorpresa: “Pero sobre todo, que uno conserve la libertad intacta para dejarse llevar por eso”. Un grande, arriba y abajo del escenario.

Se dice del destino que es una fuerza sobrehumana que nos acecha y se ríe de toda tentativa por escaparle a nuestra vida augurada. Como si al final del camino nos esperara una risa de arrogante satisfacción que nos mira fatigados por haber intentado renegar del mapa. En el otro extremo de la cuerda retorcida disputa el azar, que se esmera por convencernos de lo casual, lo inconexo y lo inesperado. En ambas visiones extremas, quedamos como chiquitos; en un caso, esperando llegar a una meta casi-divina y, en el otro, entregados a la mera circunstancia de un caos aparente que vomita sobre nosotros. Para los que encuentran consuelo en un orden trazado, hay quienes se ofrecen a leer tu destino y aseguran que está representado en una línea vertical que divide en dos la palma de la mano. Es justamente en las manos, donde Facundo Ramírez sintió el cosquilleo del arte por primera vez, en esos dedos que disparaban música. Hay algo de magia en crear sonidos que parecen brotar desde el silencio de los surcos de la piel. Desde su temprano descubrimiento vocacional hasta el día de hoy, su historia ha dado unos cuantos vuelcos. Planes que se torcieron, caminos que se bifurcaron, puertas que se dibujaron en el medio de la nada. Podría parecer, sin conocerlo, que la vida le fue pasando. Pero con la amabilidad de sus manos, la urgencia de su palabra y sus silencios cargados de potencia, Facundo estalla la esquemática oposición azar-destino y de pronto, son nuestros pasos y nuestra forma de estar en el mundo los que van trazando ese recorrido. Pero con lápiz, para borrar cuando haga falta. Frente a los giros inesperados, hay algo certero: “Es necesario que haya un espacio para la sorpresa. Pero sobre todo, que uno conserve la libertad intacta para dejarse llevar por ello. Porque si no, te pueden pasar millones de cosas y no te vas a enterar. Si no hay libertad, no hay nada”. Es vehemente y por momentos, mientras habla, se acelera el decir y nos genera vértigo mientras seguimos el hilo de su discurso.

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Faltan unos minutos para que estemos charlando, sentados en los sillones de cuero contiguos al solemne piano negro. Afuera, en la Plaza Dorrego, una pareja de tango inaugura la pista frente a los escasos comensales de este mediodía soleado, casi extranjero en este agosto. Tras algunos timbres y un pasillo largo, de muros macizos, llegamos a esa puerta que él atraviesa a diario desde hace 22 años. Nos empezamos a acomodar en esta sala, en la que, adivinamos, debe pasar varias horas del día. Al lado de los sillones, pero del otro lado del piano, una partida de ajedrez congelada en el monitor de una computadora. Después, me contará que juega bastante y que le hace muy bien: “Cuando me harto de estar mucho tiempo en el piano y me saturo, me siento en la computadora a jugar al ajedrez… Porque la música tiene una desventaja que es que aunque no esté sentado ahí (señala al piano con la cabeza) sigo escuchando; en los músicos, las cosas suenan en la cabeza, no es una película muda que ves pasar las notas. Y con el ajedrez consigo abstraerme un poco de eso”. Dice no tener fórmulas para trabajar, que intenta distraer la rutina y que lo angustia la sensación de que todos los días vayan a ser de la misma manera. Se confiesa ave nocturna, y lo imagino escribiendo en el piano bien entrada la madrugada, en este ambiente de luz tenue que no distingue entre momentos del día.

Facundo iba a ser un concertista clásico. Después, un compositor de música contemporánea, un actor de la “avant-garde” argentina, y más tarde un pianista y (aunque él no lo afirme) cantante de música popular. Pero esas no fueron las proyecciones de un adolescente demasiado soñador. Él fue todo eso; o, mejor dicho, lo sigue siendo. Al fin y al cabo, siempre estuvo claro que era un artista: “Desde muy chiquito, supe lo que quería; me di cuenta muy tempranamente dónde tenía colocado el deseo. Y siempre fui un apasionado de la vida”. De a poco, entre recuerdos y palabras nos dibuja una ventana hacia esa casa de la infancia, que él define como una sala de ensayo, lugar de encuentro entre artistas amigos de su padre, Ariel Ramírez, pianista y compositor clave de la música popular argentina. El cruce posterior de ese niño, que vivía arriba del piano y que se fue a Europa a estudiar música clásica, con la música popular, Facundo lo entiende como “un reencuentro con una parte de mi vida que siempre estuvo ahí pero que yo estaba como espectador, y ahora soy protagonista. Pienso: qué suerte que la vida da estos giros inesperados”. Aclara tantas veces como puede que eso no estaba en sus planes, él ya tenía las cosas más o menos resueltas: era un pianista clásico, componía música contemporánea y ya había empezado su carrera de actor de la mano del maestro Miguel Guerberof, en quien luego reconocería a su gran compañero en el teatro y a uno de sus maestros en la vida. No parecía quedar demasiado espacio en la agenda. Sin embargo, no acusa a ningún tipo de azar ni plan divino: “Hubo responsables. Uno, Zamba Quipildor, que apenas volví de Europa me pidió que toque con él los villancicos de Navidad, de mi papá y Félix Luna, en el Monumento a la Bandera. Yo le dije que no sabía tocar música popular, y él me dijo que aprenda”. Con sus apenas más de 20, vio en estas propuestas la variable del trabajo y la posibilidad, en definitiva, de tocar.

Desde ese entonces, no paró. Más de dos décadas, dos discos lanzados (“Ramírez por Ramírez” y “Nosotras, nosotros”) y dos en preparación: “Ya grabé los Estudios para Piano, de mi papá, que son piezas prácticamente desconocidas. Así que los estudié y les agregué algunas cositas; además, el repertorio de mi viejo no tiene secretos para mí, entonces pienso lo que él hubiera hecho. Y ahora el 11 y 12 de septiembre grabo las Estaciones Porteñas de Piazzolla con un ensamble de 25 cuerdas y Gabriel Senanes dirigiendo. En ese caso, hice toda una revisión de los arreglos para piano.” De a poco, se nos revela otra de sus vocaciones: la del arreglador. “No puedo hacer música popular si no le doy mi propia manera de tocar las cosas. En público, me gusta tener una mirada sobre los temas que hago, aunque sea sencilla, pero tener un mapa, un recorrido.” Se aparece un puente y lo cruzamos. Del otro lado, corre el año 2008 y Facundo lanza “Nosotras, nosotros”, que lleva el nombre de la canción del brasilero Geraldo Azevedo. Es un trabajo muy experimental, con zambas sin ritmo de zambas y chacareras con toques bien modernos, nutridas de esa mixtura de tradiciones que coexisten en Facundo. En este disco, se revela como cantante, como un gustoso del decir y amante de la palabra. Una obra por la diversidad, que celebra lo múltiple y lo divergente.

En ese 2008, en el lanzamiento del disco, fue que Facundo se encontró con el actor José Sacristán y le obsequió una copia. Tres años después compartirían un año de gira, 90 presentaciones y caminarían todo el país con Antonio Machado. Para Sacristán, a quien en adelante se referirá como Pepe, solo tiene palabras de admiración, gratitud y, sobre todo, amistad. “Eso fue una fiesta, fue increíble. Gracias a que teníamos una gran química desde todo punto de vista. Fue lo que pasó con Pepe. Artísticamente, estamos en la misma dirección, nos unen las mismas cosas; abajo del escenario también: la pasión por la política, por los vinos, por comer, por compartir con amigos, por acostarse tarde, por el cine, por los libros.” En 15 días prepararon “Caminando con Machado” y fue la vuelta de Facundo a la música clásica que, sin tiempo de sobra para preocuparse, lo hizo con mucha naturalidad. “Hubo algo que trascendió lo meramente virtuoso de intérpretes. Pepe tiene una grandeza… mirá que conozco el tema, yo me crié entre artistas, conocí grandes arriba del escenario, que abajo más o menos. Es difícil que los grandes artistas arriba del escenario sean grandes personas abajo, pero bueno, tampoco es una condición necesaria, capaz un tipo es genial arriba y abajo tiene sus bemoles, como todos.” Es palabra de un experto.

Suena el teléfono y prefiere no atender. Su presencia se expande por fuera de los límites de su cuerpo y parece acrecentarse en cada uno de sus silencios. Piensa lo que dice y no despliega un discurso masticado para el grabador; Facundo dialoga y elige las palabras con tanto cuidado como el repertorio de su próximo trabajo. Hablamos de “Folklore”, el espectáculo que está presentando junto a Yamila Cafrune, acompañados por el guitarrista Fabián Leandro. “Lo que le propuse a Yamila fue hacer un repertorio tradicional, zambas, cuecas, huaynos que estén en la memoria de la gente. Por supuesto, hay algunas perlitas que no se acuerda nadie, pero en general es un repertorio amable, para que la gente se identifique, que se reencuentre con su propia historia a través de las canciones”. Parece que aquellos que lo trajeron hacia la música popular, tuvieron un buen augurio. Y ya no se puede demorar más el nombre de quizás, la mayor de las responsables: Mercedes “La Negra” Sosa. “Fue de las personas más importantes artísticamente, me cambió la vida. Al principio, tenía algo muy maternal conmigo, después construí una relación de amigos. Nos hicimos profundamente amigos, una relación tan libre de todo, bueno… ella era una mujer libre. Ella y Miguel Guerberof me hicieron el artista que soy. Vivían con una intensidad, con una pasión, con un vértigo, eran seres apasionados, estaban enamorados de vivir, como yo. Ellos me transmitieron ese fervor. Tiene que ver con el deseo, las ganas van y vienen, el deseo no”.

La tarde se nos escurrió y nos toca enfrentar a lo que queda del día. Hace unos minutos confesó que lograr armonía entre las tareas cotidianas y el escenario le resultó complicado. Mientras salta de un ambiente a otro y se alista para la calle, me dice que intenta reflejar los mejores aspectos de su vida a las cosas que parecen menos relevantes, y así, lograr que cobren importancia. Casi en el marco de la puerta, me pregunta si se pondrá una bufanda. Le digo que no. Que es un día hermoso.

Facundo Ramìrez y Yamila Cafrune presentan “Folklore” el 9 de septiembre a las 20hs. en el Teatro del Viejo Mercado (Lavalle 3177)

“Cantar la verdad de tu pueblo”

Con esa contundencia hablan los integrantes de “Inti Huayra” sobre su camino en la música y en el arte como “defensa del amor”. Fuimos a la segunda edición de La Fiesta de Mamá Chabela, donde la banda fue una de las protagonistas. Arriba y abajo del escenario se entreteje un espacio de unión, de encuentros y de fusión de ritmos.

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El calendario marca el día 10 de Mayo y, como todos los segundos jueves de cada mes, hay fiesta en Guardia Vieja 3360. Desde la puerta de Uniclub se ve el Abasto, adentro la tarde se prepara desde temprano para que la segunda edición de La Fiesta de Mamá Chabela sea un éxito. La iniciativa nace de la necesidad de crear un encuentro entre bandas amigas, artistas y público por parte de la banda Mamá Chabela que se puso la organización al hombro y promete grandes noches durante todo el ciclo que se repetirá hasta diciembre.

Guillermo “Guito” Daverio, integrante de la banda y parte de la organización de la fiesta aclara el origen de la idea: “Surge de generar un espacio con continuidad en el que se puedan unir las diferentes expresiones artísticas que tienen que ver con toda la fusión de ritmos latinoamericanos, folklore. Hay un montón de grupos, un montón de artistas plásticos también, que por ahí no pertenecen a un estilo o a algún circuito específico pero que son un montón. Entonces generar un espacio fácil para que la gente pueda ir a verlo, como para el músico que quiera tocar y que se genere una unión aunque sea una vez por mes organizada por nosotros”

La unión se siente, vibra arriba y abajo del escenario y se arma el festejo. Los responsables de que estemos disfrutando esta noche son varios. Entre los invitados está Nicolás Radano, artista plástico que realiza su performance en arena, un verdadero mimo a la mirada, clases de baile, comidas y las bandas Se Armó!, Inti Huayra y, por supuesto, la anfitriona Mamá Chabela que cierra la gala.

 

Para entender un poco más a fondo de que se trata el Folklore Andino, charlamos con los Inti Huayra (Viento del Sol), banda que nació en Jujuy, se fortaleció en Córdoba y recorre todo el país de la mano de sus instrumentos.

Desde chicos, desde la peña, desde la música, hace años que tocan juntos Pachi Herrera  (guitarra, charango, voz, maulincho), Bacha Fiad (percusion) y José Alba (chuli, zanka, quena, flauta de pan, zamponia); en Córdoba se sumó al equipo Ezequiel Lopez (guitarra, voz). Desde entonces, y este entonces es también desde hace tiempo, desde el año 99’ comenzó a rodar la historia. “Todo comenzó de forma muy inocente, sin mucha planificación, no más por ganas de tocar” cuentan.

Si bien su música los ha llevado a tocar en festivales, teatros, escuelas, hogares de ancianos y todo aquel lugar a que se los invite, la banda no duda en afirmar que todas las fechas tienen un compromiso social el cual asumen como artistas. “El compromiso social si elegís el arte es casi una obligación, porque el arte es una manera de expresión de los pueblos. Cantar música popular si realmente es lo que elegís hacer te pone ante el compromiso de cantar la verdad de tu pueblo, de la gente con la que vos convivís y de las cosas que vos ves en la realidad. Las canciones son eso, una manera artística de decir lo que uno está viendo en el mundo, con qué es feliz, con qué no. Entonces yo creo que si realmente asumiéramos todos los artistas el compromiso que el arte como defensa del amor significa todos deberíamos tener un compromiso con nuestra realidad”

El trabajo se siente y contagia. Inti Huayra fabrica con fuertes convicciones las canciones que componen los tres discos, el último de ellos grabado en el año 2010 “Savia”, transmitiendo el mensaje con el que se comprometieron desde hace tiempo.

En la misma línea, con la misma fuerza, llevan adelante el proyecto “Abre Caminos”, conciertos didácticos en escuelas, universidades, hogares, que muestran la música jujeña, los principales instrumentos y sus ritmos. Lo que arrancó como un “vamos y vemos” fue creciendo, se asesoraron, recibieron ayuda de mucha gente que apostó al proyecto y hasta llegó a ser declarado de interés cultural en diferentes provincias. “Tratamos de borrar un poco el folklore como gaucho, empanada, locro, vino y viva la patria. La verdadera esencia del folklore es la creación popular, espontánea y dinámica que sucede en los pueblos a cada instante”. Y agregan: “Lo más lindo de todo esto es haber compartido el espacio de la gente de verdad; nosotros vamos a su lugar, cargamos nuestros monos y caemos en la escuelita. Hola, somos Inti Huayra, nuestro sonidito y esto es lo que traemos”.

El balance del camino recorrido es siempre positivo y por eso apuestan a seguir creciendo con las mismas convicciones. “Si miro para atrás yo veo cuatro changos soñando y los veo hoy en la misma posición. La esencia es exactamente la misma que en el ’99, con muchas cosas en la mochila que son inevitable que pasen si es que estás en la búsqueda de cantar”.

Con la bandera del compromiso bien alta, el sábado 19 de mayo vuelven a tocar después de mucho tiempo en el Comedor Universitario de Córdoba pidiendo justicia por Mariano Ferreyra, un lugar que fue testigo de las luchas del estudiantado cordobés, que son de todo el país en realidad.

Inti Huayra y Mamá Chabela nos emocionan con su música y con su compromiso. Demostrando que hay que seguir creyendo en el arte y en su extraordinaria capacidad de construir puentes hasta lo más hermoso que tienen nuestras raíces.