Una noche de Totoras

Nos subimos a la combi de la banda de cumbia que rompe prejuicios y no deja a nadie sin bailar. De La Bombonera al Four Seasons, los músicos platenses suben y bajan de escenarios con un profesionalismo vertiginoso y cronometrado. 

Hoy hay cuatro. Mañana hay cuatro. El domingo libre. Alguien festeja, dice ser la noche para coger. El lunes se ensaya. El martes otra vez al escenario. Y así. ¿Se aburren? Todos, de a uno, en un camarín, en medio del show, en la combi, en la calle, responden: ¡No!

*

¿Cómo fue la charla? Un día, en algún lugar se dijo: el 12/12/12 se festeja el día del hincha de Boca, papá. Y seguro escabiaron en honor a eso. Y seguro hubo asado. Y ese humo de olor a chori y porro se repite, dos años después, en la fiesta que por primera vez se hace en el Alberto J. Armando.

12/12/14
12/12/14


Para llegar hay que caminar cuadras con veredas que suben y bajan entre fanáticos, carbones callejeros, gargantas extasiadas, botellas cortadas, cariocas que giran y agites de brazos que quiebran muñeca como solo en la cancha pasa. En el medio de ese mundo excitado, dos calles que llevan Valle en su nombre se tocan la esquina: ahí hay un portón designado para el encuentro que resulta ser mágico: nuestros pies y la combi blanca llegan en el mismo momento. “Arriiiiibaaaa”, se escucha del otro lado de las ventanas. Son las 19.30 horas del viernes, Los Totora llegan a la Bombonera.

Juan Ignacio Giorgetti, tecladista y uno de los fundadores de la banda tiene puesto jogging que parece jean y dice que cuando se aviven, va a ser el gol de la moda. También dice: “Llevamos una vida bailando”. Una vida de 12 años parida en La Plata y vivida en el barrio entre pelotas de futbol y bancos del secundario. Hace cuatro años, a sus ocho, explotó masivamente y eso se llevó todas las burbujas de todas las copas de todos los brindis. ¿Entonces? Tuvieron que profesionalizarse. Juani recuerda empezar a trabajar en la puntualidad, la estética, la prolijidad arriba y abajo del escenario. Un egreso prematuro del ascenso a la A.

Media cuadra después del portón, estamos bajando de la combi. Una chica reparte cintas naranjas para las muñecas que habilitan bajar escaleras de cemento y entrar por una puerta que tiene pegada una hoja A4 y anuncia con marcador: Camarín.

En una mesa: galletitas, varios sabores de té, café y leche. Contra la pared, una heladera llena de bebidas frías: ninguna con alcohol. Algunos se cambian de ropa. La grilla del día está encastrada con pre-ci-sión. Hay que subir: todos están listos. Diez minutos antes de las ocho de la noche, Los Totora entran a un pasillo de paredes blancas y escaleras. Bajan, caminan, vuelven a subir. ¿Algo va a sonar más fuerte que la tribuna? Lo que no es amarillo y azul es piel desnuda. Cuando las zapatillas pisan el césped, se avalanchan los gritos por inercia. Salen a la cancha y juegan como viven. Pasaron cinco minutos de las ocho de la noche. El cielo se oscurece. Los Totora suben al escenario en manada, toman por asalto los instrumentos y agitan: “Vamos a bailar cumbia”.

En la Bombonera.
En la Bombonera.

La cancha: estallada. Los periodistas: filmando con sus celulares. La hinchada: enfiestada. Ari Paluch: agitando abajo del escenario. Chechu Bonelli: también. Cacho Laudonio, el ex boxeador que con su traje murguero en los partidos recibe a los jugadores, palpitando bandera en mano. Las boquitas: moviendo las caderas entre los músicos. La letra canta que alguien se vuelve loco y parece ser horóscopo del momento. Los doce músicos bajan y vuelven a subir para tres temas más.  Son las 20.40 horas cuando Los Totora dejan definitivamente el escenario igual que subieron: sus cuerpos están intactos, todo alrededor está encendido. Juani aclara: “No es por fríos, es intentar ser lo más profesionales”. Caminan otra vez el césped. Desde el otro lado del alambrado le piden fotos y pasto. Cinco minutos después otra vez la mesa con té y galletitas.

Nicolás Giorgetti sube a la combi con un té recién hecho. Se sienta entre los últimos asientos. Hasta allá llegan todos los chistes que se pueden inventar con el trío: té – 30° grados – viernes a la noche. Él dice: “Soy como Mirta”, entre risas. Es rubio, como la señora de los almuerzos, está encargado del bajo y dice tener hambre. Son las nueve de la noche. Fantasea con un pastel de papa en el catering del próximo show. Claro: no sucederá. Nico es hermano de Juani y de otro de los Giorgetti: Santiago, al mando de los timbales. En el garaje de su casa fueron los primeros ensayos. Luego vinieron los discos; los primeros tres editados de manera independiente: “Nunca vas a dejar de bailar” (2009), “Encontrándonos” (2011), “Y ahora Vivo” (2012); y el último bajo el sello de Warner Music: “Sin Mirar Atras” (2013).

El tráfico hace lenta la llegada a una fiesta empresarial en la otra punta de la ciudad. En el camino, los músicos, el manager y el conductor hablan de futbol, de redes sociales, del Chavo, de los Simpson y se pasan de asiento a asiento videos bizarros de esos que se viralizan por internet. Nada los hace más grupo de amigos como cuando llegan las anécdotas que relatan cómo se enteraron que Papa Noel no existe. Uno vio al tío cambiarse y se lleva los: “Naaaaaa” de la noche.

Juan Quieto dice: “Esto sigue siendo un juego, pero terminamos económicamente redituados”, y recuerda que desde sus 7 años, también jugando, se sentía cantante.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

El viaje duró 45 minutos. En los camarines no hay pastel de papa pero sí comida y bebidas: acá tampoco hay alcohol, todavía queda mucha noche que bailar. A las 22.30 horas, vuelven a subir al escenario. El público es totalmente diferente. Las mujeres están de vestiditos y tacos sacándose selfies. Los pibes de camisa piden tragos en la barra. Los Totora ponen en práctica toda su profesionalidad, salen a escena sin que nada ni nadie los perturbe y aceitan uno tras otro los temas con precisión mecánica. “Son años de ensayos y conocernos”, dirán más tarde. Luego el ritual que se va a repetir en la noche: suben chicas a cantar y al tema siguiente suben los muchachos. No hay un público que les guste más que otro, aclaran y eso hace, para Juan, que no se aburran: “Todos los shows son diferentes y todos los públicos también”.

Otra vez en la combi, el tema de charla es la comida y fantasean: “Cuando seamos famosos vamos a pedir en los camarines hamburguesas con queso y un microondas”. Estamos camino a un lujoso hotel. ¿Les cabe la etiqueta de cumbia cheta? Nico cree que el rótulo llegó en los últimos años, antes ya habían recorrido muchos escenarios. “No entramos en el circuito de la bailanta”, dice e intuye que quizás por ahí viene la mano. No entraron porque en el propio circuito que armaron, ese donde diciembre estalla de noches con shows uno tras otro, se sienten más cómodos.

De combi.
De combi.

Diez minutos antes de la media noche entramos al Hotel Four Seasons. Lo cheto desaparece cuando tienen que discutir con el encargado de la entrada, en la piel solo les queda el barrio. “Somos esto, pibes re normales”, va a decir Juani en el ascensor mordiendo puteadas, y a eso le atribuye generar empatía en todos los escenarios. Directo al segundo piso salimos a la cocina, Los Totora saludan a cada uno que se cruzan, desde el dueño de la empresa que los contrata y más tarde viene a pedirles una foto, hasta el señor de limpieza que dice que piensa llamarlos para el festejo de los 15 años de su hija. “Obvio, papá” responden.

El camarín sí es cheto. El catering abundante y variado incluye jamón crudo, panes ricos, empanadas, quesos, y por primera vez en las heladeras hay alcohol, pero las gaseosas ganan otra vez, nadie abre más que una birra chica.

Media hora más tarde caminan la cocina entre los postres que llevan pistacho y llegan al salón de sillas recubiertas de blanco y mesas llenas de copas de diferentes tamaños. El promedio de los que esperan es de 50 años. Los hombres bailan sin dejar sus sacos y corbatas. Las mujeres mantienen la pose con vestidos hasta el piso, tetas paradas y dolorosos taco aguja. El ritual de compartir el micrófono se repite y como por arte de magia la fiesta se enciende. Contra el pronóstico prejuicioso, es el lugar que más se enfiesta de la noche. Cuando quieren despedirse desde abajo le piden a los gritos “Márchate Ahora”, el tema propio corte de su último disco. Se lo piden varias veces, a la banda que también supieron etiquetar como la de los covers. Los prejuicios –no siliconados- se vuelven a caer.

Faltan minutos para la una de la mañana, otra vez están en los camarines. Se abre un champagne por primera vez y se comparte. Tienen que hacer tiempo. El grupo de amigos les sale por todo el cuerpo: se tiran chistes y papelitos molestos de silla a silla, hablan de la fiesta que se acaba de armar del otro lado de la cocina, y uno de los músicos se arma una cama sobre la alfombra.

“A todos en algún momento de nuestras vidas nos gusta la cumbia pero algunos no quieren admitirlo. Es nuestra música popular como antes era el tango. En todo el país se escucha cumbia”, asegura Juani. Eso hace que bailen en la bombonera, en el evento empresarial y en el Four Season. ¿Por qué con ellos lo menean? “Porque somos pares”, contesta.

Mientras en la puerta del hotel algunos fuman un pucho, otros se sacan fotos para las redes sociales, Juan le pregunta a un chofer por el modelo de auto que maneja y la madrugada sigue bailando. Hace más de ocho horas que empezó su noche. Vuelven a subir a la combi. Nos vamos, nos vamos acostumbrando a hacer el show más largo…

La muerte de los ídolos es una fiesta

La banda española “La Pegatina” está de paso por Buenos Aires presentando su nuevo disco Eureka! Tras una década en la música, afirman que la gente ya no quiere ídolos, sino sentirse parte del equipo.

Ellos, hoy en Buenos Aires, son Romain, Ruben y Adriá, pero del otro lado del avión son también Axel, Ferran, Ovidi y Sergi. Todos son La Pegatina y como acostumbran arrancaron el viaje en musculosa y lo terminaron con pullover. Lo molesto de armar y desarmar infinitamente las valijas pierde importancia porque los de acá y los de allá, ellos y todos, no se imaginan haciendo ninguna otra cosa de sus vidas. Ellos hace diez años hicieron su all in a ellos mismos.

“Está difícil pensar en otra cosa que La Pegatina, es el 120% de nuestra vida”. El porcentaje es determinante desde hace un tiempo, desde que Romain y Axel llegaron desde Francia para sumarse y el equipo entero sintió la responsabilidad de ganar dinero con la música, principalmente para que ellos puedan quedarse. “A partir de ahí repartimos las faenas y cada uno dejó lo que estaba haciendo para sentarse única y exclusivamente en el grupo. Uno para que no muriera el proyecto porque nos gustaba y otra para que no muriera a nivel económico, para que pudiera seguir y la gente pudiera mantenerse”.

Convencidos de “el que no arriesga no gana”, montaron una pequeña empresa musical donde cada uno hacía funcionar una totalidad: La Pegatina. “El problema es que a muchos les pasa que les gusta mucho el grupo y tienen muchas ganas de tirarlo adelante, pero como no les da dinero se tienen que dedicar a otra cosa y esa otra cosa al final no les deja dedicarse a la música”. Prefirieron romper el molde sin saber si funcionaría. Hoy, lo siguen prefiriendo.

“No, esto no creemos que triunfe”, le respondieron en la primera discográfica a la que llevaron su material. La respuesta se convirtió en un empujón que los obligaba a buscar la forma de hacerlo diferente. “Ahí empezó a moverse la lógica dentro de nosotros y lo que dijimos fue ‘seguro que nosotros podemos trabajar como trabajan ellos’”. Sin frenos, grabaron su primer disco y averiguaron qué era lo que las productoras hacían y ahora ellos estaban por hacer. “Empezamos a trabajar nosotros como si fuéramos la gente que tenía que trabajar para nosotros, pero regalando el disco”.

¿Regalarlo? “Si nosotros hemos hecho el disco para que lo escuchen no para tenerlo en casa, pues entonces vamos a regalarlo y la gente ya vendrá a los conciertos y ahí empezamos con esta lógica”. Hoy con más de 45.000 discos vendidos – mucho más de lo que se requiere en España para ser disco de oro – demostraron que la descarga gratuita no excluye que la gente vaya y elija comprarlo.

–          ¿Por qué creen que funciona?

–          Se demuestra que hay una nueva forma de hacer, que está basada en el hecho de que la gente no quiere tener ídolos, sino que quiere tener a los músicos como amigos, entonces necesita formar parte del equipo. Los seguidores forman parte de nosotros. Entonces, se descargan la música pero luego quieren colaborar y te compran una camiseta o se compran el disco o van a un concierto. O simplemente se lo pasan al de al lado y también es una forma de colaborar, de compartir. Forman parte del equipo, es una forma diferente de entenderlo.

Los seguidores y la banda arman un equipo que trasciende las fronteras y ya lleva recorridos 15 países con más de 700 conciertos encima. China es una de las experiencias más flasheras que les tocó transitar, después de que el Gobierno aprobó las letras de sus canciones, llegaron sin que haya Google, ni Facebook, ni Twitter, ¡NI YOUTUBE!, y se entendieron sin que prácticamente no se hable inglés y a pesar de que las señas para comunicarse sean bastante diferentes. Todo eso no impidió que en la calle los frenen para las fotos, que en el show se enloquezcan y que ahora estén planeando una nueva gira.

–          Con experiencias así, ¿cómo hacen para seguir corriéndose de la figura de ídolo?

–          Lo bueno que hemos tenido es que hemos ido creciendo poco a poco, no hemos tenido un boom de golpe que de repente te encuentras que te para la gente por la calle. Entonces, no hemos sentido el agobio ese de ‘nos están mirando’. Se quita el mito del ídolo inaccesible por el que se busca la vida para acceder y de esta forma es más natural todo. Creo que la naturalidad es uno de los fuertes que tenemos y hace que la gente nos sienta como amigos, como compañeros suyos.

De todos esos que forman La Pegatina desde abajo del escenario ellos prefieren empaparse y los temas se vuelven universales. “Han traído el sol”, les dicen cuando llegan con la fiesta hecha música esperando explotar. Sin embargo, los ritmos que defienden fueron muchas veces menospreciados: “Ahora es la moda de la música indie y cuando se habla de música indie es la música independiente, es el folk, el pop y hay gente que acaba despreciando a la música mestiza. A veces, porque dicen que es facilona o que es fácil hacer música divertida. Me parece a mí que es todo lo contrario, hacer música divertida es como hacer el payaso, es muy difícil hacer humor, hacer algo triste o dramático le sale a todo el mundo. Poner fuerzas para hacer algo alegre u optimista a veces es complicado”.

Esa conjunción de ritmo, fuerza y fiesta parió a Eureka!, el último material de la banda que busca revertir ese preconcepto que posterga prestarle atención a la alegría. Durante un año laburaron las canciones para que cualquiera que lo escuche lo note: “Podrán decir que no les gusta, pero no podrán decir que no hay un trabajo detrás”. Las letras hablan de las giras, de poner a la banda como prioridad y de la hipocresía: “La hipocresía humana, individual, que luego al final se trasforma en algo colectivo y es el gran mal que ha jodido a todo, porque al final todo lo que pasa con la política, con la corrupción, con la avaricia, la ambición de la gente, esto viene por la hipocresía. Probablemente en el mundo del artista se ven cada día continuamente esas hipocresías; y hasta contigo mismo, que a veces necesitas estar por encima de todo”.

Ellos, que se suben más de cien veces por año al escenario para hacer música y justificar todos los cansancios que genera la gira continua. Ellos, hoy en Buenos Aires, pero con seguidores en todo el mundo, con canciones en siete idiomas, con festivales multitudinarios coreándolos, con pedidos de fotos y autógrafos en casi todos los cafés que se toman. Ellos sostienen que lo fundamental es “sentirte bien con uno mismo y creer en lo que haces a nivel personal, y a nivel colectivo estar bien con el prójimo, todo lo demás son las guindas de los pasteles”. Ellos ¿se creen exitosos? “No es éxito, es trabajo bien hecho, son los frutos del trabajo”, dicen.

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Nada tienen los periodistas que celebrar

La profesión está vapuleada por la sangre. Más que un Día de la Libertad de Prensa, México tiene la urgencia de asegurarles la vida. Con 105 muertes en los últimos trece años, no puede haber ninguna fiesta.

 

Teodoro Rentería Arróyave firma lo que no querría firmar. No sólo no es un delirio: es tan real que duele. Es 10 de junio y nadie reparte tequilas o cervezas para brindar. Genera impotencia. Impotencia, dice la RAE, es la falta de poder para hacer algo. Y es impotencia. Pero qué quieren que haga. Si él, Presidente fundador y honorario de la Federación de Asociaciones de Periodistas Mexicanos (FAPERMEX), vicepresidente de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP), tiene la obligación de decirlo: en el Día de la Libertad de Prensa, no puede haber fiesta.

Desde 2000, 105 no es fiesta.

Desde 2000, 105 son los comunicadores asesinados.

Desde 2000, 105 son los que ya no hablan.

105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105. 105.

Hasta que se vuelvan 106.

Pero ese no es el eje de las discrepancias. A esta altura, al sol nadie lo tapa con las manos. Aunque, a veces, se le borronean los mensajes. La Comisión Nacional de Derechos Humanos de México saca un comunicado en el que anuncia que los muertos son 84. En un listado preciso que se encuentra en www.fapermex.mx, figuran 105 más una incorporación de 23 nuevas personas, que no aparecen en las nóminas oficiales: son 10 trabajadores de prensa, 9 familiares, 3 amigos de comunicadores y 1 civil, a quienes se los incorpora a esta lista a pesar de las concepciones de el ex presidente mexicano Felipe Calderón, quien planteaba que estos casos eran de “daños colateral”.

Pero, aún así, esa diferencia de números no es la que genera la mayor rabia: el 91 por ciento de los 143 casos son impunes, tan sólo 27 fueron los que llegaron a la Justicia y sólo en 12 se ha dictado sentencia.

“Honduras, México y Siria son ahora los países más letales para el periodismo”, escribía hace unos meses Ernesto Carmona, Presidente de la Comisión Investigadora de Atentados a Periodistas (CIAP). Lo hacía un año después de que Irina Bokova, directora de Unesco, anunciara que el 2012 había sido “el año más mortifero para el periodismo”. Janis Karlins, subdirector de Comunicación e Información de la organización, planteaba que “los países que desgraciadamente encabezan la lista de naciones en donde más periodistas se asesinan son México (…) y Honduras que tiene el triste honor de encabezar, por un lado, el número más grande per cápita de asesinatos de periodistas y, por otro, ser el país donde más se asesina per cápita en el mundo (92 homicidios por cada 100.000 habitantes)”.

Y, en eso, caben una serie de preguntas de las más difíciles: ¿la muerte es política? ¿la muerte es ideológica? ¿las muertes, estas muertes, son mafiosas? ¿las mafias son política? ¿las mafias son ideología? ¿las mafias son partes necesarias del sistema?

Con buenas intenciones de debate, Mariano Tenconi Blanco, en el primer número de la interesante revista argentina Don Julio, realiza una entrevista con una de las mejores plumas de este planeta. El periodista y escritor Juan Villoro lo espera en Colonia Coyoacán para hablar de Menotti, de Bilardo, de Guardiola, de Mourinho y del Barcelona. Es vox populi que Villoro es mucho más que amable. Por eso, adentrado en la charla, el entrevistador se anima a enunciar una pregunta de la que no espera recibir un cachetazo. Valioso cachetazo que termina siendo un gran logro del periodista:

– El periodismo es otro de tus oficios, y hay un debate en la Argentina sobre el periodista que defiende al monopolio y a los grupos económicos, y el periodista que tiene ideología partidaria y milita desde su rol de periodista.

– No puede haber periodismo indiferente. Todo periodismo, en menor o mayor medida, es militante. El periodista no puede ser ajeno a la realidad y debe pronunciarse ante ella. (…) México es el país más peligroso para ejercer el periodismo. Tiene otros enemigos, como el crimen organizado y sobre todo en las zonas donde se conecta con el poder. No te mata un capo de la droga, te mata el político al que puedes poner en evidencia o el empresario que lava el dinero. No los malos, sino los que parecen buenos. Esos serían, entonces, los tres jinetes del apocalipsis para el periodismo.

 

Dice Villoro, involucrando dos elementos centrales: el pueblo y el poder. La sociedad y los funcionarios. La gente y el crímen. El individuo y las mafias. Todos y las mafias. Todo porque todos son parte de la realidad. Porque todo, en cada paso, es política.

“Nada tienen los periodistas que celebrar”, dice el comunicado de la FAPERMEX. A Teodoro Rentería Arróyave no lo desencaja del todo porque desde 1983 anunciana lo mismo. A México, en sí, no lo desencaja del todo, porque lleva más de una década sintiéndolo. A todos, claro, los que no descubrieron hace poco que el periodismo siempre fue militante, tampoco los sorprende.

“Nadie será libre mientras haya peste”, escribió Albert Camus en La Peste. Junio tuvo, también, el día del periodista en Argentina. Acá, allá, donde sea: la libertad es una deuda pendiente.

En la fiesta de las mafias, no hay fiesta.periodistasmexico

El amor y el odio están del mismo lado

Los derechos humanos sobre arena movediza son la ley del derrame al revés.

Se hunde el amor a la vida en el odio al hambre,

al frío,

a la desocupación,

a la indiferencia.

La realidad está en todos lados.

En el día y también en la noche, que siempre deja ver.