Obsesión por la memoria

Mayra Martell es una fotoperiodista mexicana obsesionada con documentar las modalidades de la desaparición y la violencia en América Latina. Desde su trabajo con las madres de niñas y jóvenes desaparecidas en Ciudad Juárez definió su objetivo: “es una forma de narrar la historia de lo sucedido desde una perspectiva emocional y cotidiana para las futuras generaciones”.

La ropa de todos los días, una foto de la infancia, una lista de metas a corto y largo plazo, la cama – tendida, siempre, en una espera infatigable –, el mechón de pelo de bebé, unos stickers de princesas en la pared del cuarto. Colecciones de objetos que no alcanzan a representar lo que evocan: la ausencia. Y el dolor que produce. Las que faltan en las fotos, recuperadas en estas huellas de vida: Erika Carrillo, Elena Gudían Simental, Neyra Cervantes, María Elena García, Ana Azucena Martínez, María Guadalupe Pérez Montes, Paulina Luján, Diana Noraly Piaga Reyna, Griselda Muroa López, Jazmín Chavarría Corral, Cinthia Jacobeth Castañeda Alvarado. El total trepa a 72 chicas, de entre 9 y 21 años al momento de su desaparición en Ciudad Juárez, México. Sus historias son el eje del trabajo “Ensayo de la identidad” de la fotógrafa mexicana Mayra Martell.

Diana Noraly Piaga Reyna, 16 años. Desapareció el 27 de febrero del 2009, trabajaba en una maquila en el turno de la mañana. Foto de la pared de su cuarto. Mayra Martell.
Diana Noraly Piaga Reyna, 16 años. Desapareció el 27 de febrero del 2009, trabajaba en una maquila en el turno de la mañana. Foto de la pared de su cuarto. Mayra Martell.

– Cuando las madres ven el trabajo es muy triste, de pronto acarician las fotos en donde aparecen las pertenencias de sus hijas. A las muestras siempre llevo un libro de anotaciones y después se los muestro. Cuando ven las cosas que escriben los que vieron las fotos, se emocionan, se alegran de que se conozcan las historias de sus hijas. Las fotos no buscan ser “las grandes fotos”, cobran sentido porque son algo de alguien, retratan objetos de personas que no están. El  trabajo es nombrarlas: esta es la historia de esta chica y ella no está. Siempre lo pensé como un acompañamiento para las madres. Son mujeres que están solas, no hay una organización social que las una, están solas en manos de asesinos.

Mayra Martell nació y creció en la misma Ciudad Juárez que hoy documenta con su cámara. Cuando trabajaba como periodista en la sección de Cultura de un diario, el fotógrafo tuvo trillizos y la cargó con la responsabilidad de las imágenes. Mayra, que hasta el momento “no era buena en nada”, encontró ahí un lenguaje para expresarse y comunicar. A los 19 años, se había ido de Juárez, a estudiar; seis años después, en el 2005, cuando volvió, la ciudad estaba empapelada con fotos de chicas desaparecidas. Ella tomó nota de las direcciones en los afiches y comenzó a tocar sus puertas.  “Tiene ventajas haber crecido ahí para hacer el trabajo, yo soy re malandra, me he movido ahí desde muy chica, sé por dónde ir, creo que por eso he zafado tanto. Digo zafar porque en diez años de trabajo me topé con un montón de problemas, con la policía siempre encima, estuve detenida dos veces. Incluso problemas con las personas involucradas en las desapariciones”. Tras una década de trabajo continuo, Mayra afirma –desolada- que Ciudad Juárez no cambia: “Ahora, estaba haciendo un documental sobre los reporteros de prensa de Nota Roja – similar a nuestra sección Policiales – y me contaban que en un turno de 8 horas podían llegar a documentar 32 asesinatos. Imagínate el grado de violencia. Y las mujeres son las principales víctimas. Es jodido, porque entonces surge esto de para qué hacemos lo que hacemos si todo sigue igual. Pero la verdad es que estamos aquí y toca hablar de lo que pasa. Es una forma de narrar la historia de lo sucedido desde una perspectiva emocional y cotidiana para las futuras generaciones”.

De la galeria Ficheras de Mayra Martell.
De la galeria Ficheras de Mayra Martell.

Mientras repasa sus proyectos, Mayra recurre una y otra vez a esa expresión “estás ahí y te toca”, como quien asume una responsabilidad, un compromiso, pero también como quien no se anda con demasiadas vueltas a la hora de actuar. Para describir lo que la mueve a seguir una historia la palabra que emerge es obsesión: “Cuando elijo un proyecto es porque me interesa y me obsesiono con el tema, quiero saber qué pasa, entonces voy. Así funciono. Mariel, una fotógrafa con la que crecí, me decía: ‘Mayra, yo he conocido gente que convierte su trabajo  en una obsesión, pero para vos, tu trabajo es la obsesión misma’. La obsesión me da todo, es mi eje”. Y desde ese lugar se involucra con la gente, no como fotógrafa, sino de persona a persona, se compromete emocionalmente en cada historia: “Yo no lo separo. No es que cumplo un horario, me meto de lleno. Al fin y al cabo uno tiene que entender que nunca hay que desvincularse. El hecho de haber compartido momentos tan importantes te va a unir a esas personas toda la vida, porque te llevaste un documento de ellos, estuviste en un momento de su vida, todos somos conexión de los otros, ¿dónde empieza uno y termina el otro? En todos los trabajos, creo que se ve que estoy ahí”.

Con ese espíritu forjó sus vínculos con “las madres de Juárez”: “me han ayudado mucho, fueron muy protectoras conmigo y me formaron de cierta manera”. En 2010, un hecho obligó a Mayra a “salirse” de Juárez y tuvo que interrumpir el contacto por un tiempo. Marisela Escobedo Ortiz, amiga de Mayra, fue asesinada frente al Palacio de Gobierno de Chihuahua, mientras realizaba una protesta para reclamar justicia por el asesinato de su hija. El disparo fatal en la cabeza fue capturado por una cámara de seguridad, cuya grabación se transmitió en los noticieros. La hija de Marisela, Rubí Marisol Frayre Escobedo, había sido asesinada en el 2008, a sus 16 años, por su novio, Sergio Barraza Bocanegra, quien estuvo cuatro años prófugo. Marisela venía denunciando amenazas por parte de la familia de Barraza, que estaría involucrada en el cártel “Los Zetas”. En el 2012, la Justicia mexicana identificó y procesó al autor material del asesinato de Marisela, José Enrique Jiménez Zavala, y ese mismo año, el presunto autor intelectual de su muerte y asesino de su hija, Sergio Barraza Bocanegra, murió en un enfrentamiento con militares en el estado de Zacatecas.

– Estos diez años me requirieron un trabajo muy grande a nivel emocional. Hace unos meses terminé de tomar conciencia de cuánto me ha afectado, es muy fuerte, desde estar en funerales, cuando encuentran los cuerpos, estar con presuntos homicidas, estar con las madres… Es mucho. Incluso ahora que se están llevando a cabo algunos juicios, llenarse de una información de terror, conocer cómo fueron los últimos momentos de esas chicas, se sabe que hasta las metían en la cárcel, las llevaban para los reos. Las madres están muy mal, por supuesto que querían la verdad y justicia, pero todo este terror las sobrepasa.

Mayra ha documentado otras modalidades y escenarios de la desaparición y la muerte. En su trabajo hay una pregunta omnipresente: “¿Qué es la ética para mí? Es algo que siempre estoy pensando. En el momento estoy ahí y siento que tengo que hacer la foto, porque la gente tiene que ver lo que está sucediendo. Me pasa de estar con la cámara en situaciones terribles y tengo que estar momento a momento redefiniendo los límites. Trato de ser lo más respetuosa posible, no saco la foto y me voy, realmente acompaño y soy parte del proceso. Entonces hay veces que tengo que bajar la cámara”.

Otro de sus proyectos fue documentar al pueblo saharaui tras la ocupación de su territorio por parte de Marruecos en 1975. A partir de un trabajo en los campos de refugiados en Argelia y otro en territorio ocupado, Mayra intentó aportar a la reconstrucción de la memoria de lo que fue la huida forzada de su propia tierra y las desapariciones que el Estado marroquí continúa perpetrando al día de hoy.

Campamento de refugiados Smara. Mayra Martell
Campamento de refugiados Smara. Mayra Martell

Incluso en Argentina, realizó un trabajo junto con la Fundación María de los Ángeles, a cargo de Susana Trimarco, madre de la desaparecida Marita Verón. El proyecto consistía en hacer un taller con chicas recuperadas de redes de trata: “La idea era enseñarles a usar la cámara y que documentaran un poco su vida. Era muy impresionante que cuando ellas sacaban fotos de su casa, en las recámaras, eran muy parecidas a las mías. Muy fuerte, la misma toma, parecían de mi serie. Y muy gratificante a la vez trabajar con la vida y no con la muerte. Un poco de calorcito, el hecho de que ellas hayan podido volver, aunque sin borrar todo el terror por el que pasaron. Me gustó mucho la experiencia”.

Mayra en Buenos Aires.
Mayra en Buenos Aires.

Colombia fue también escenario de su trabajo. Sobre ese proyecto, escribió: “Estiven es uno de los cientos de jóvenes llamados ‘falsos positivos’: desapariciones a manos del ejército colombiano, luego declaradas como bajas de guerrilleros en combate. Por cada guerrillero (positivo muerto), los soldados recibían incentivos económicos, días libres y ascensos. Así, empezaron a secuestrar varones de 15 a 30 años, en los barrios más pobres de Colombia. Los enviaban a diferentes partes del país (la mayoría a Ocaña, una ciudad norteña), los asesinaban y los presentaban como guerrilleros muertos”. Mayra retrató a las madres desenterrar con sus propias manos los cuerpos de sus hijos de las fosas comunes.

Cruzando fronteras, Mayra descubre una misma trama de violencia institucionalizada y se propone documentarla, para así dotar de nombres, caras e historias a una realidad en gran parte naturalizada. En la fotografía encuentra un modo de narrar la historia y dejar así un testimonio para el futuro, cargado de la vivencia y la emoción del “estar ahí”.

Femicidios de macho y policía a la vez

“Mamá, el oficial Sánchez me amenaza, me dijo: ´a esa petisa Rosa Yamila Gauna le voy a hacer boleta´”, ella misma comentaba. Con 15 años, fue detenida en la casa de una amiga en el barrio Villa Cabello de Posadas, Misiones. Con un despliegue de patrulleros de la comisaria 7ma, la policía provincial arrestó a Rosa. Se la llevaron arrastrando y de los pelos, vinculándola con un homicidio. La detención era ilegal por ser menor de edad, más allá de eso, en los papeles los policías cambiaron los motivos del arresto: disturbios en la vía pública. La Comisaría de la Mujer adonde fue encarcelada disimuló el incendio en la celda que acabó con su vida. La culparon a ella acusándola de prender fuego un colchón, “hubo una negligencia policial al dejar que haya ingresado con un encendedor”, declaró la ministra provincial Claudia Gauto. El Juzgado de Menores ordenó una pericia al sospechar que el incendio procuró eliminar evidencias de un abuso sexual. La oficial a cargo, Verónica Leonor Gutiérrez, y la jefa de guardia, María Elizabeth Viedma, fueron acusadas de homicidio culposo e incumplimiento de los deberes de funcionario público. Rosa fue detenida el 22 de diciembre de 2006, hoy la causa no tiene resolución civil ni penal.

Las armas del Estado se ensangran con femicidios. Familiares, vecinos, parejas, exparejas. Matarlas por ser mujeres. Embadurnados de grotesco poder. De macho y policía a la vez. Durante 2014, La Casa del Encuentro recopiló 18 muertes perpetradas por agentes de las fuerzas de seguridad estatales atendidas por los medios de comunicación. Una cada 20 días y seis horas. 3 cada dos meses.

Prisión perpetua al policía Ernesto Fabián Casas, por asesinar de un disparo en la cabeza a su pareja Mariana Romero, de 15 años de edad, madre de su pequeño hijo.

A la entrada del colegio de sus hijos en Viedma, el cabo de la policía provincial Walter Cóceres asesinó de 6 balazos a su ex esposa Yanina De Yulis, cabo primero de la misma fuerza.

Asesinó a su madre. Policía de Chubut hasta 2007, Gabriel Ignacio Alvores, femicida de Teresa Sofía Arias a fuerza de golpes y cuchillo.

En Orán, Salta, Javier Rodríguez, cabo de la policía salteña, de 25 años, se suicidó creyendo haber matado a su novia, Jésica Valverdi y al amante, el cabo David Sánchez. Para Jesica la bala no fue mortal.

Yamila Gómez de 21 años fue asesinada en Fontana, Chaco, de 50 puñaladas por Héctor Merino, cadete de la escuela de policía e hijo de otro policía.

La oficial subinspectora Viviana Valeria Gómez fue madre apenas 10 días antes de ser asesinada de 8 disparos por Ángel Rafael Borile, teniente de la Policía Bonaerense, integrante del Comando de Patrullas. De Ituzaingó se fugó a Paraguay. Fue apresado por la Interpol cuatro meses después.

El sargento ayudante de la Comisaría 45 de Tartagal, José Chilo, asesinó con 3 balas a su ex pareja, Claudia Serralta, madre de cuatro hijos de entre 3 y 9 años.

Romina Ríos fue encontrada con un disparo, calcinada, con golpes y fracturas dos días después de que su madre intentara denunciar su desaparición. “Debe estar con algún noviecito”. El policía Miguel Ortiz ya la había asesinado con su arma reglamentaria.

Impregnado por el mismo sistema de poder patriarcal, más del setenta por ciento de las denuncias por violencia de género son desestimadas de alguna forma por las fuerzas de seguridad estatales. Dándole de comer a femicidas, golpeadores, violentos y a aquellos que solo por falta de puntería no terminan asesinando. Se repiten los asesinatos con denuncias previas por violencia desatendidas. ¿Estás segura que querés denunciarlo? ¿Fue una discusión y estás exagerando?

“Si hacía la denuncia en una comisaría, las pericias a ella se las tenían que hacer los mismos compañeros de esta persona”, cuenta la mamá de Iara Carmona. Él trabajaba en la Policía Científica. Fue pasado a disponibilidad, pero como ésta caducó y la causa no estaba aún en juicio, él volvió a actividades. Iara fue abusada desde los once hasta los quince años por el exmarido de su mamá, Marcelo Cuello, un policía de la bonaerense. “Este es un juego de nosotros, no se lo podés contar a nadie”. Mientras la violaba, dejaba el arma arriba de la mesa de luz y la miraba continuamente.

La calle gritó

Las y los miles y miles y miles y miles y miles que marcharon hoy.

Las que marchan todos los días.

El hashtag.

La calle.

Los carteles en la marcha con el hashtag.

Las fotos de la gente en la calle.

 

Córdoba, Mar del Plata, El Bolsón.

Uruguay, Miami y Chile.

Los partidos de izquierda.

Florencia de la V.

El kirchnerismo.

Susana Giménez.

Mauricio Macri.

Cecilia Pando.

La Metropolitana.

Marcelo Tinelli.

Vos.

 

La madre, la hija y la nieta.

Chicos y chicas.

Chicos y chicas trans.

Señoras con bastón.

Bebés con chupete.

El bombo y la bandera.

Gente vendiendo.

Gente comprando.

El Congreso.

 

Un padre que pide ayuda para escribir el nombre de su hijamuerta en un cartel, porque le tiembla el pulso.

 

Los nombres de las víctimas que ya no están.

Los familiares de las víctimas.

Las víctimas que están.

¿Algún victimario?

 

Cámaras de fotos.

Cámaras de tevé.

Celulares con cámara.

Una torre de sonido.

Discursos.

Análisis.

 

Periodismo.

Comunicación.

 

Nos tiembla el pulso.

 

Unapalabra. Dos palabras. Tres palabras más. M u c h a s.
“Los hechos realmente históricos no necesitan ningún tipo de énfasis”.

No más palabras.

La calle ya gritó:

Ni una menos.

“Vos, de acá no te movés”

A Mariana Llamazare la encontraron unos chicos que jugaban al fútbol, sin vida y desnuda. Un prófugo y su grito, un policía y una vecina representan en esta historia la naturalización de la violencia del hombre sobre la mujer. 

Era domingo 9 de marzo, estaban reunidas en la casa de una amiga de Mariana Llamazare y el plan era salir.

Ella se había vestido para la ocasión: camisa gris rayada, jeans, zapatillas negras y rosas.  Pero como la llovizna no paraba, la previa se transformó en la noche casi entera.

Cerca de las 4, tomó la decisión: se iba. Pasaría por lo de Gastón, que le quedaba de paso a su casa, en Paisano al 2200, del barrio San José, de Florencio Varela. Dos, tres cuadras.

La lluvia ya era poca. Salió.

Al otro día

Mariana no llegó el lunes 10 a la casa y la madre se empezó a preocupar. La buscaron en la casa de los amigos y nadie la había visto después.

Recién horas después una vecina dijo que la recordaba a media cuadra de la casa de Mariana, en la calle Agrelo, forcejeando con un tipo como queriendo sacárselo de encima. Pero pensó que era el novio y le pareció “natural”.

Escuchó que él decía: “Vos, de acá no te movés”. No lo vio bien porque estaba de espalda. Gastón – su amigo- sí lo vio. Desde la casa lo reconoció. Y dio el nombre, o el apodo, de El Carrero.

La madre fue a hacer la denuncia al otro día, el martes, a la comisaría 2° de Florencio Varela.

– Averiguación de paradero –dijo el policía que le tomó la denuncia, y siguió aunque Mariana fuera menor de edad, mujer, aunque el novio también la estuviera buscando, aunque solo hubiera que averiguar el paradero. “Seguro que Mariana se fue con algún machito, con algún pibito por ahí. Así hacen las pibitas de hoy”, sugirió además.

– “Mariana nunca fue de faltar tantos días a la casa, avisa dónde está”. Tuvo que explicarle Mercedes, la mamá, a ver si conseguía que se investigara la desaparición de su hija después del forcejeo con un desconocido.

El miércoles volvieron a hacer la denuncia. Empezaron a investigar la policía y el tío de Mariana, y a hacer rastrillaje sin orden de la fiscalía. Encontraron un bolso con ropa y el DNI de El Carrero en la casa de su familia.

El Carrero

A una cuadra de lo de Gastón, se sabe, está la casa del transa. A esa altura la vio el que hoy es el principal sospechoso de la muerte de Mariana, “El Carrero”. Le dicen así porque cartonea, pero parece que no anda con carro. “Le pusieron así nomás”, dice Sandra, la tía de Mariana.

El barrio cuenta que, en sus 32 años, El Carrero mató a su cuñado, violó a una mujer, prendió fuego a un vecino. “Ni la familia lo quiere”, dice Sandra. “Pero quizás lo protejan igual”, se cuida.

“Si lo matan y lo entierran bajo cinco metros de tierra, hacen bien porque se manda sus cagadas”, llegó a declarar la propia hermana.

Pero desde la evidencia del forcejeo con Mariana, no se supo nada más de él.

-Vamos a investigar por qué está suelto- prometió la fiscal Clarisa Antonini, titular de la UFIJ Nº 2 Florencio Varela, que se enteró recién el día 17 y solo porque el tío de Mariana, abogado penalista, la llamó. Fue entonces y sólo entonces que la policía llevó los expedientes a la fiscalía.

El cuerpo

El 20 de marzo, diez días después de la desaparición, convocaron a una marcha. Romina, hermana de Mariana, tuvo que insistir: “No se fue por sus propios medios”. Todavía había que convencer a policías, fiscales, medios, vecinos.

20 días después de la manifestación, no fueron los perros, los caballos, los policías, los fiscales quienes encontraron el cuerpo. Fue un grupo de chicos que estaba jugando al fútbol y se le fue la pelota al descampado de la calle El Gringo, entre El Indio y Santos Vega. Estaba semienterrado, muy descompuesto y con una bolsa con la ropa de Mariana al lado.

La causa hoy la tiene la fiscalía N°4, a cargo de Nuria Gutiérrez y se están haciendo las pericias del cuerpo desnudo.

Ilustración: Facundo Olivares

Dos días en la vida

 

Ailén y Marina Jara están detenidas. Se las acusa de intento de homicidio. Pero, desde el penal de Los Hornos, cuentan otra versión. Una en la que a una de ellas un hombre la acosaba. Durante dos años, la cosa perduró porque ella sabía quién era él y sus vínculos con la Policía. Un día se cansó y le clavó un cuchillo de los que se usan en una casa.

Cuando me acuerdo lo de Ailén y Marina Jara escucho gritos como si yo hubiera estado ahí alguna de las tantas veces: “¡¡No!! ¡Andate porque llamo a la policía! ¡Ya te dije que no! ¡¡No!!!! ¡Saliiiiiiiiiiiiiií!”. Sufrir eso durante dos años de un tipo de tu barrio, que te cruzás todos los días, que hasta hace circular la idea de que es tu novio y vos no querés saber nada sobre él, que encima es más grande, no es un pendejo. Y encima saber quién es, en qué anda y con quién anda…

La última vez venían las dos de bailar. Era tipo 6, 7 de la mañana por el barrio Sanguinetti, en Moreno, el 19 de febrero de 2011. Ya había salido el sol, pero todavía no había nadie en la calle. Este Juan que venía acosando a Ailén, que la última vez había sacado un arma de fuego, se les cruzó. La atacó verbalmente, apuntó, disparó, erró, volvió a disparar. Hasta yo cierro los ojos ahora que me lo imagino. No se escuchó nada. ¡No salió!
Ailén se le fue encima. Se pegaron como pudieron, ella se cayó. Pasó todo en un segundo. Marina, al lado, sacó el cuchillo Tramontina y se lo clavó entre las costillas. Lo había llevado para intimidar si le querían robar las zapatillas, como solía pasar. Él abría la boca, hacía ruidos, le costaba respirar. La pistola quedó en el piso; ellas aprovecharon para salir corriendo hasta la casa.

-Mami, era mi vida o la de él.

Esa fue la última vez, pero fue también el principio. A él lo socorrió primero la familia, después la ambulancia, más tarde la policía, que inmediatamente tocó la puerta de las Jara. Se entregaron y entregaron el cuchillo.

-¿Lesiones graves, comisario?- dijo la oficial mientras tecleaba.
-¿Qué lesiones graves? A estas meteles “Homicidio en grado de tentativa”.
Como si hubieran premeditado el hecho. Ellas habían presentado el cuchillo y explicado todo.
-¿Qué arma? El único arma que consta es el cuchillo que le clavaron a tu novio.
-¡¿Qué novio?!

Así lo había presentado él. “Discutimos por cuestiones de pareja y ella me atacó”, dijo en el hospital. Las demás declaraciones que tiene la policía son de testigos que están a favor de él y detenidos por tráfico ilegal de estupefacientes -en el barrio se sabía quién era él y qué relaciones tenía con la policía-. Otro testigo falleció. La Dra. María Celina Bereterbide, defensora, descartó a los testigos de la defensa. En junio les presentó un abreviado según el cual tenían que aceptar la culpabilidad del hecho. No lo hicieron. Mientras tanto, el Juez, Dr. Tomas Barski, del Juzgado en lo criminal Nro. 2 de Mercedes, no saca la causa del cajón. El habeas corpus presentado en enero fue rechazado.

Ellas siguen presas desde ese abril en el penal de Los Hornos, La Plata. Pasaron por un sótano en el que solo tenían agua caliente y alimentos secos que le acercaban los amigos, familiares y desconocidos solidarizados que, desde afuera, intentan difundir el caso. Alguien, sin embargo, les hackea todos los medios de difusión por internet.
Me parecía que si querían abusar de mí, ya ni siquiera me convenía defenderme, pero leí esta carta de Ailén:

Hola. Soy Ailén Jara. Me encuentro privada de mi libertad en la Unidad Nº 18 de los Hornos de La Plata, Provincia de Buenos Aires.

He escrito esta carta en agradecimiento a todos ustedes que desde afuera nos están ayudando, acompañando y sobretodo, apoyándonos. Gracias por eso. Fue lo que nos ayudó y nos ayuda día a día a pelear, y lograr salir adelante.

Hace ya un año y siete meses que estoy acá y no sé hasta cuando estaré. Pero lo que sí sé es que gracias a todos ustedes mis días acá fueron días de lucha y libertad, ya no de tristeza y encierro. Antes era sólo pensar en terminar con mi vida, pero comprendí que hay gente buena que injustamente se encuentra en las mismas condiciones de necesidad que nosotras y es necesario ayudarlas así como ustedes nos ayudan y pelean por nuestra libertad. Gracias, a ustedes que me hacen sentir viva otra vez. Creo que ayudar es vivir.

Lo que no comprendo es a esta justicia que defiende lo indefendible y por eso gente como nosotras, de pocos recursos económicos, terminan pagando con la libertad, mientras otros solo la pagan con billetes. Tampoco comprendo qué es lo que estoy pagando. Pienso que le están quitando tiempo a mi vida en vano!!! Mientras estoy acá hay mucha gente que necesita ayuda y no poder dársela se siente horrible.

Les cuento un poco lo que hago acá para sobrellevar esto, para crecer como persona y para que me ayude a llegar pronto a mi casa… Estudio el tercer año del secundario, estudio un curso de pastas, estudié manicuría por segunda vez para perfeccionarme, trabajo para la panadería, también para visita, voy a clase de teatro y de coro. Paso mis días ocupados para no pensar y encontrarme en esta realidad que vivo todos los días, sobretodo para poder lograr y cumplir con mi meta que es poder ir a la universidad de medicina y poder ser pediatra, salvarle la vida a todos aquellos chicos que lo necesitan y que no tengan que sufrir como sufrió mi hijo y yo a su lado.

Con mi hermana y mis compañeras anhelamos tener nuestra propia biblioteca. Para poder leer durante nuestros tiempos libres…

Gracias!!!

Les mando un abrazo enorme y gracias por las fuerzas que nos brindan día a día. Que Dios los bendiga…

Ailén