Techo para todos

La resistencia de cuarenta familias en el edificio ex Padelai. En plena Buenos Aires el derecho a la vivienda digna es justicia por mano propia.

“El Estado otorgará los beneficios de la seguridad social, que tendrá carácter de integral e irrenunciable. En especial, la ley establecerá: el seguro social obligatorio, que estará a cargo de entidades nacionales o provinciales con autonomía financiera y económica, administradas por los interesados con participación del Estado, sin que pueda existir superposición de aportes; jubilaciones y pensiones móviles; la protección integral de la familia; la defensa del bien de familia; la compensación económica familiar y el acceso a una vivienda digna.”

Artículo 14 bis, Constitución Nacional Argentina.

Fotos: NosDigital

El artista Roberto Jacoby fue invitado por el gobierno a hacer una muestra llamada “Peronismo”.

Motivaron la convocatoria una serie de declaraciones de Jacoby en las que manifestaba cierta afinidad por el kirchnerismo. Parecía un buen momento para capitalizar su enorme trayectoria al servicio de una causa política.

Sobre este tema, es decir, sobre arte y política, Jacoby ya había dicho demasiado. Lo había dicho todo. Fue en Brasil cuando lo invitaron a una megaexposición que se llamaba, justamente, “arte y política”. Corría octubre del 2010 y la veda electoral por elecciones presidenciales.

La intervención de Jacoby fue una foto gigante: una foto de Dilma Roussef gigante.

La obra fue tapada con un manto negro por los organizadores, cumpliendo la restricción de la veda.

Jacoby lo había logrado. Su obra estaba terminada.

Con una mediasonrisa, parado al lado de la foto tapada, dijo: “Esto es lo que pasa con el arte y la política”.

Para la muestra “Peronismo” Jacoby pidió usar el Congreso Nacional. Le dijeron que por supuesto. Entonces hizo otra ampliación: una ampliación del artículo 14 bis de la Constitución nacional, incluido por Perón en la reforma del ’57, donde se consagran muchos derechos sociales básicos. Uno de ellos, el acceso a la vivienda digna.

Jacoby empapeló el Congreso con la letra del artículo 14 bis completo.

Duró pocos días. Del gobierno no lo llamaron nunca más.

Otra vez Jacoby, su arte, lo había dicho todo.

00 537La historia del edificio del ex Padelai, actualmente ocupado, es un caso emblemático de cómo se generan las políticas de exclusión en la Ciudad de Buenos Aires.

Desde los ’90, la ocupación del edificio oscila entre vecinos agrupados en una cooperativa, con problemas de vivienda irresueltos, y la concesión del predio por parte de la Ciudad; la diferencia la explica un contrato de propiedad del edificio que cada parte asume a su favor.

La carga social del ex Patronato de la Infancia se remonta a 1892, cuando nace como una institución filantrópica dedicada a dar auxilio a niños desamparados y en situaciones de riesgo y vulnerabilidad. Allí funcionaron un hogar, una escuela, un jardín, un hospital hasta 1970 cuando fue abandonado el lugar.

Ocho años más tarde los edificios fueron cedidos a la Municipalidad de Buenos Aires y, sin dárseles uso, fueron ocupados en la década siguiente por familias del barrio sin vivienda.

Durante la intendencia de Carlos Grosso se inició una gestión con una cooperativa para que las familias que vivían en el Padelai pudieran poseer la propiedad de los edificios.

La versión más pornográfica del tironeo sucedió en 2003 cuando, con la excusa del no cumplimiento del contrato, sesenta familias fueron desalojadas a palazos y gases por el gobierno de Aníbal Ibarra.

Seis años más tarde, durante la gestión del PRO, ocurriría algo no menos violento: la cesión de uso gratuito por treinta años del predio al Centro Cultural de España en Buenos Aires que la Legislatura votó en tiempo récord: seis días. La única condición que establecieron, que presentaran plazos para realizar las obras y la línea de la programación cultural, nunca se cumplió. Al menos fueron consecuentes: la actividad que le dio el CCEBA al centro cultural fue nula. Todavía hoy pueden verse gigantografías del lado de afuera que intentaron barnizar la vacuidad del lugar, nunca remodelado.

A principios del 2012 el CCEBA sinceró que no podrían construir y sostener el centro, argumentando deficiencias presupuestarias, aunque lo que desnudaron fue el sinsentido mismo de la cesión.

00 519“Con los ocupas no podemos”, ampliaba un comunicado emitido desde la embajada, aunque se desconocen los misterios semánticos por los que los españoles nunca fueron signados con el mismo mote por los medios masivos de comunicación.

Para ajusticiar esa interpretación, la Cooperativa de San Telmo aclara que tiene las escrituras y el certificado de dominio, nacidas de ese preacuerdo con la intendencia de Grosso.

En mayo del 2012 las familias volvieron a entrar al edificio, que había sido abandonado otra vez más.

Sus intenciones no son caprichosas: ofrecieron entregar la escritura a cambio de las viviendas necesarias. La burla del gobierno porteño fue proponer diseminarlos por algún lugar de la provincia de Buenos Aires; la cooperativa no aceptó: “Los chicos van a la escuela acá en el barrio, a una cuadra hay un centro de salud integral, no nos pueden sacar del lugar de donde somos”, explica Teresa, vecina. También aclara que su historia no le enseñó a confiar su fe a las promesas de los gobiernos de turno.

Hoy se mantiene latente una orden de desalojo que busca sacarlos del edificio.

Pero ninguna propuesta atiende las necesidades de las familias, que van proyectando su vida ahí adentro. Hasta van arreglando al edificio del tiempo y proyectan una feria cultural a cargo de organizaciones sociales del barrio.

Hoy viven más de cuarenta personas agrupadas en una cooperativa, y veintitrés chicos.

Pablito o el chico que quería salir

Pablito tiene once años y una fantasía: salir; atravesar la puerta y salir a la calle.

Si Pablito anda dando vueltas cerca, hay que estar atentos. La salida no se puede descuidar. Si no lo sigue la madre, el que está por ahí nomás le tira del brazo. Pablito, no.

Pablito agacha la cabeza y vuelve (hace que vuelve), y apenas puede gira y corre hacia la puerta de nuevo. Pero todos conocen el número.

Pablito no puede andar solo afuera. Tiene un retraso madurativo.

Y si bien nunca salió solo, no se sabe qué misterio lo atrae.

Quizá sea el reflejo de las corridas del día de la represión, la imagen de la violencia, cuando todavía era un nene.

Quizá sea un trastorno provocado por la vigilancia permanente en la puerta, a cargo de la Policía Metropolitana, que de noche duerme en el zaguán del edificio.

O por ahí es que Pablito, simplemente, todavía, no se siente en casa.

00 531El sueño de Verenice o la niña que contaba amaneceres

Verenice, nueve años, duerme sólo de día. De noche no pega un ojo.

Verenice va al colegio sin dormir, vuelve a almorzar, hace una tarea, juguetea y a la hora nomás le agarra sueño; se duerme a la tarde y se levanta a eso de las diez, once de la noche. Y así.

Son las seis de la tarde y tiene cara de cansada. Su madre se asombra que no esté durmiendo, pero dice “mejor, así duerme un rato a la noche”.

Le pregunto cómo hace ella para dormir y vivir. “Trabajo a la noche, entonces intento dejarle la puerta cerrada si se queda sola, pero ella sale igual, no sé cómo”. Verenice nos lanza una mirada desobediente.

Ríe. Tararea una canción y se pone a bailar bajo la sombra que aporta la galería.

“Le encanta estar acá y en el jardín”, cuenta su madre. Cuenta que Verenice, cuando se escapa del cuarto, viene al jardín. Se queda bajo la luna sola. “Le gusta ver el amanecer”. Y se va al colegio.

Psiquiatras, médicos y psicólogos no han podido corregir su sueño. Según los especialistas, Verenice sufre una extraña patología. “Todo un tema” prefiere definir su madre.

Este cuento dice que Verenice cuenta amaneceres. Un, dos, nueve años de amaneceres. Cuenta uno más cada día porque no sabe cuántos más habrá. Ahí, en ese patio que tanto le gusta.

La mirada de Teresa

A Teresa también le gusta el patio. “El fin de semana me gusta ir ahí”, señala un cuerpo del edificio, “bien arriba, y sentarme a ver el jardín”.

Lo dice y miramos como reflejo. Miramos el jardín. Pablito, Verenice y otros chicos corretean. Más allá se ven dos piletas pelopincho. Dos arcos de futbol que imaginan una cancha. Y mucho verde.

“Me encanta mirarlo cuando estoy tranquila, es lo más lindo que tiene el lugar. Imaginate que yo nunca tuve esto”, dice Teresa. Me imagino. La veo en una habitación, una, con sus cinco nenes. La veo sin marido. Imagino una televisión prendida, o una radio.

Y me corta el pensamiento el canto de un pájaro.

Teresa no lo dice por confort. Sólo que no está acostumbrada a los hidromasajes, un sillón vibrador y no consigue la última versión del ipod touch. Entonces lo dice para trazar la paradoja que define su vida: su miedo a que un día la echen, le peguen y la dejen en la calle, sin jardín.

Donde los destinos van

Apoyados por organizaciones barriales y eventualmente por partidos políticos (“estaban los del Movimiento Evita pero se fueron porque los ascendieron de puesto a los chicos, y no podían venir más”), las familias resisten.

Resisten en el silencio que hay un día de semana cualquiera y bien de día, mientras los grandes trabajan y los chicos estudian.

Resisten la noche y el frío. El invierno.

Viven resistiendo desde que los gobiernos de turno eligieron no hacerse cargo de los más carenciados y a) patear ese problema a las provincias, b) dar soluciones provisionales, c) pegarles, d) regalarles un edificio a los españoles, e) no hacer nada.

Todo eso sucedió con las familias que viven en el ex Padelai y muchas otras que se ven obligadas a ocupar espacios abandonados para hacer justicia el artículo 14 bis y poder desplegar eso que los fundamentalistas llaman “vida” y a lo que el peronismo agregó “digna”.

No sabemos bien qué es, pero tiene la sonrisa de un niño.