“Es complicado encontrar la humanidad de cada historia”

Marina Glezer es actriz, de treintipico, nacida en Brasil en tiempos de exilio. Comprometida en la lucha por el aborto legal, encontró en la actuación su espacio de militancia. Pero hay algo aún más primario: “No hay nada que me importe más que los vínculos reales, el amor. Ese es mi compromiso, en el trabajo como en la vida”.

Marina Glezer está de entre casa, relajada, con cara de sueño, porque está filmando a la noche y durmiendo poco. El hijo – no más de nueve años – está con una amiguita, que Marina dice que es la novia, pero enseguida se sonríe y aclara que, en realidad, el hijo quiere que sea la novia, y se vuelve a sonreír mirándolos mientras los chiquilines se ríen y se tiran a la pileta una y otra vez. Así avanza el tiempo y la conversación, entre chapuzones, pedidos de antiparras y un cálido mediodía que da a entender que todo está bien. Habla bajito, se ríe en detalle, su cara es recontramil expresiva sin siquiera mover una línea. Es que ahí hay algo especial, una sensibilidad: cada palabra tiene su emoción, su gesto. Así, el género de la entrevista parece un tanto ridículo y todo aquello no es más que un genuino interés por saber quién está enfrente, porque da la sensación que es valioso, incluso un placer, para miles de otros.

Ella, para los que no la conocen, es actriz. Pero no es de las que salen seguido en la tele ni en los prime time, aunque si buscan un poco también le van a encontrar trabajos ahí. Pero, en esencia, ella es de otros lugares, más oscuros, más necesarios. Es, por ejemplo, La Pelu, de la peli “El Polaquito”, que pueden ver en youtube si quieren y lo van a agradecer: una de esas historias necesarias, que habla del regenteo de pibes que piden guita en la calle y en las estaciones, de la trata, de la cana, del aborto y, en definitiva, de la vida que tienen que pasar los pibes que son pobres y están solos con su alma contra el mundo.

Marina Glezer.
Marina Glezer.

Nació en Brasil y eso puede resultar extraño. “Yo soy argentina, igual”, dice como aclarando algo obvio. “Brasil fue una circunstancia”. Fue en San Pablo, en 1980. A los tres años, sus padres, argentinos, decidieron volver. Cierran las cuentas. Falta preguntar y conocer para empezar a desandar a Marina Glezer.

– Volviste al país en 1983, con la democracia, ¿se puede deducir de ahí por qué naciste en Brasil?

– Exacto. Nací en Brasil por una causalidad: mis viejos estaban exiliados. Vivieron 8 años en San Pablo. Se fueron porque mi papá era parte del brazo político de Montoneros, mi mamá estudiaba cine y le cerraron la facultad, desapareció un amigo muy cercano a ellos, que era el Bebe Dalessio. Y bueno, por esa desaparición fueron buscados, le dieron vuelta la casa y mi vieja estaba embarazada de ocho meses de mi hermana mayor, Luciana. Primero se fueron a Uruguay, donde nació ella, estuvieron un mes en Montevideo y se fueron a San Pablo. En Montevideo no estaban seguros tampoco, y en San Pablo se armó como una comunidad de exiliados. Fueron años, paradójicamente, de mucha felicidad, de mucho bienestar y buen pasar económico,  compartiendo hogar con cierta alcurnia intelectual exiliada de Argentina – el hermano del Bebe, Alfredo Dalessio, María Brown, León Ferrari y Alicia, su mujer -. Pero al volver, en el 83, fue muy fuerte, porque llegaron a la realidad, y acá mis viejos se separaron y la vida no les fue tan fácil. Lo único que recuerdo de toda la familia junta son esos primeros años en San Pablo.

– ¿Qué te acordás?

– Me acuerdo de estar con mucha gente, viviendo de a muchos, en el departamento de la placita, me acuerdo de un puente, de los sabores de la comida, los gustos. Fui volviendo varias veces, necesitaba mucho ver la casa donde había nacido, necesitaba recuperar algo de lo vivido allí. Tampoco tenía recuerdo material, porque se nos perdió todo, necesitaba recomponer algo de esa identidad primaria. Fue una ruptura muy fuerte volver al país, devastado después de años de dictadura. Un contraste inmenso: de lo que fue un exilio maravilloso a volver a un país donde faltaban 30 mil.

– Qué contradicción lo del “exilio maravilloso”, ¿no?

– Claro, es una paradoja muy loca, pero en definitiva supongo que es la única manera de sobrevivir a tanta desgracia. No puedo dejar de pensar ni un minuto lo que hubiera sido vivir acá en esos momentos. Para empezar hubiera estado desaparecida, no tengas dudas. Por cuestionadora, por petardista, por metebomba, a nivel verbal, no necesariamente de facto. Mis viejos tampoco tenían una militancia política a ese nivel, no eran guerrilleros. Eran intelectuales de izquierda que militaban en el contexto, como yo ahora: No estoy afiliada a ninguna agrupación, pero desde mi lugar, desde mi trabajo, milito y apoyo a los que sí las tienen y con los que me siento identificada.

– Decís que militás desde tu trabajo, sin embargo alguna vez dijiste que buscarle un fin ideológico a todos tus papeles es uno de tus mayores defectos.

– Es un problema. Trabajo siempre al servicio de directores que quieren contar sus historias. En cine sobre todo, actúo para que el trabajo de todo un equipo se note bien. Pongo el cuerpo al servicio. Pero no todas las historias tienen detrás un fin ideológico. Es mi mayor defecto, porque no siempre las historias comulgan con la igualdad de derechos, la posición más equitativa, más justa, de ser mejores personas. Es muy complicado encontrar la parte más humana a las historias, su humanidad.

– Eso más que un defecto parece una conciencia crítica…

– Es defecto porque me encuentro cuestionando constantemente. Realmente siento que las historias tienen una cuota de machismo, ideología política de verdad absoluta. Estar en un lugar tan crítico no me permite jugar el juego. Eso no les gusta a las personas, les gusta que las cosas sean más piramidales. Me cuesta encontrar algo con lo que me sienta cómoda en ese sentido.

– ¿Esto te hacer decir mucho que no?

– No, muy por el contrario. En estos momentos no soy una actriz selectiva, siempre peleé mucho por los trabajos que hice, fui en busca. No es que me salen miles de ofertas y elijo. La tele se me resiste y yo me resisto a la tele. Después en el cine y en el teatro, a veces me tensa defender todo el tiempo la posición de tener una responsabilidad como actriz. Me parece que hay que relajar, ponerse al servicio de lo que se quiera contar: no soy más que un conducto, como letras, que salen despedidas de una historia. Hay veces que las historias se tratan solo de algo personal del director, autorreferencial, que no transforma y que queda ahí. Buscarle una idea a algo que no la tiene, que solo tiene fin comercial, no tiene sentido. No todo tiene un mensaje ni un criterio estético que tenga que ver con la transformación colectiva y social, y uno tiene que trabajar como cualquier mortal.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

– ¿Es como ser un bicho raro ser una de las denominadas “actriz comprometida”?

– Yo no soy una actriz comprometida, soy una persona comprometida: cuido a mis amigos, hijos, marido y la gente que quiero con un nivel de apasionamiento y afectuosidad y crudeza muy honesta, y a mi trabajo también. Ese es mi compromiso en la vida, no hay nada que me importe más que los vínculos reales, el amor, en el trabajo como en la vida. En términos absolutos lo único que me importa es vincularme con las personas, y me cuesta mucho desvincularme cuando elegí quererlas. Soy un peón de obra en construcción: todo aporta a que eso se transforme. Es lo que siento cada vez que me pregunto cómo llegué hasta acá: 34 años,16 años de casada, dos hijos, 16 películas. Cómo sostengo esto… Tomo decisiones y por eso soy feliz, pero también pesa, porque el trabajo es constante, no descansás nunca.

– ¿Te planteas mucho el “que hubiera pasado si”…?

– Me re pasaba. Pero ahora se me fue un poco, conviviendo con hijos varones. Los hombres son personas muy divinas y muy lineales, y las mujeres somos muy hermosas y muy vacilantes, y el péndulo se me instaló en un registro mucho más cortito, sigo siendo oscilante, pendular, pero veo la vida de una manera más lineal también, si no, no hubiera sido posible convivir con ellos.

Justo cuando dice esto, se acerca a saludar su marido, Germán Palacios, actor también, protagonista, entre otros laburos, de la mítica serie “Tumberos”, a la que trilladamente hace referencia quien le hace las preguntas a Marina al momento de presentarse. Él devuelve con buena onda y Marina le exige en complicidad: “Trae plata, Parodi”. El más chiquito tiene cuatro, cuenta Marina, y ahora está en un taller de cocina. Vuelve a mirar para el lado de la pileta y con felicidad en la cara dice: “Le re gusta”, mientras el hijo sigue chapoteando con su amiga del cole.

– Entonces, que vos seas denominada como una actriz comprometida es más un defecto ajeno que una virtud propia…

– Claro, no creo que sea una cualidad ni una virtud. Soy una persona informada, nada más, con valores y comprometida con los vínculos de la vida. Leo el diario, camino la calle, hablo con los vecinos. Por ejemplo, que yo sepa qué le pasó a Luciano Arruga no es porque sea una actriz comprometida. Es porque escucho al periodista Julio Leiva, que está en el tema desde el minuto cero.

– ¿Y qué opinión te formaste sobre su muerte?

– El problema sigue siendo la policía y su lógica persecutoria hacia los pobres. Es terrible. Hay que denunciarlo y acercarse para ver cómo se puede cambiar.Y la verdad, qué hermana se echó Arruga. Esa es una mina que te corre el eje: qué importo yo si hay personas como Vanesa Orieta.  Jamás perdería ese registro, por más fama que pueda llegar a tener. Ese es el compromiso: el actor que no deja de ser persona, que no se vende.

– ¿De dónde baja el mensaje de la frivolidad?

– Y, mirá, los responsables de mi fuente de trabajo suelen decir que los actores no deberían hablar de política, expresar sus ideas, y yo digo, que a mí, que comunico, me interesa mucho la opinión pública, me interesa saber lo que piensa el artista que me gusta seguir. Yo no me voy a callar la boca porque la fuente de trabajo lo diga. Nos quieren más quietitos, pero yo apuesto y creo que eso algún día va a cambiar. La idea también es no bardear al pedo, eso lo aprendí con los años. Yo tenía como un estigma de “quilombo al pedo”, y lo vas aprendiendo a cambiar y apaciguar. Si estoy trabajando para determinado medio no voy a salir a matarlo porque sí, pero no voy a dejar de opinar de las cosas que siento y pienso. Si hay algo que me pone contenta en la vida es que lo que digo, lo que hago, lo que pienso y lo que siento, vayan de la mano.

– A todo esto, Marina, ¿para qué sirve el arte?

– El arte es una parte fundamental de la vida. Es muy canalizador: hacerlo, verlo, consumirlo. Estar cerca de gente que puede expresarse es maravilloso, me pasa con la música, con un buen libro. Lo que pasa es que el arte tiene la fuerza de correrte el eje. Sin eso sería todo muy aburrido.

– ¿Algo te puede correr el eje para mal?

– Hay gente que no le gusta que la cambien de lugar, que nunca se descubren los hombros, ni en invierno ni en verano. En algún punto me da ternura la persona que niega y evita ese tipo de arte. Es porque sabe que si lo ve, se la cree. El teatro es transformador, es lo más lindo. La incomodidad también es hermosa, replantearse por qué te ponés tan incómodo puede llegar a destapar traumas muy primarios. Yo creo que nunca se te puede correr el eje para mal, de todos modos no soy de moralizar: las cosas son.

– ¿Dirías que el mundo es un drama o una comedia?

– Siento que se trata del lugar desde el que lo mires: el mundo es las dos cosas. Es una comedia dramática, si querés, depende del lugar. Lo cierto es que a mí me cuesta verle el lado cómico. No es que coma pensando en los famélicos ni en los pibes de la calle, pero no me olvido nunca de eso. Y me cuesta vivir sin pensar ellos y sabiendo que podría haber un mundo más justo, que no está en mí, que soy una ínfima partícula de vacío en una atmósfera infinita, pero si pasara por todos, sería distinto. No hablo de caridad, hablo de política.

Marina, una mujer que respira paz, estuvo últimamente en las portadas de los medios empresariales y masivos porque decidió el 4 de noviembre de 2014 contar que a los 18 años había abortado. Escribió una carta pública titulada “Yo aborté” y la publicó en sus cuentas de Facebook y Twitter. Ya lo había contado anteriormente en diferentes entrevistas, y no generó la repercusión que ahora sí. Siempre valiente, lo hizo con detalles, abriendo el corazón y, claro, exponiéndose a la crueldad psicomediática.

En el 2003, cinco años después de haber abortado, casi diez años antes de esta carta, se estrenó “El Polaquito” y Marina hizo, como ya se dijo, de La Pelu: una piba de la calle, raptada por una red de trata, que se prostituye en la estación de Constitución para El Rengo, el tipo que la explota. La Pelu queda embarazada de algún cliente y El Rengo la hace abortar en la villa para que pueda seguir prostituyéndose.

– ¿Qué te significó La Pelu?

– La Pelu es todo en mi vida. Fue poder sacarme el mote de “la mujer de”, y pasar a ser “la mujer del Polaquito”. Nunca creí que me iba a pasar lo que me pasó después de hacerla, realmente fue una experiencia muy heavy. A nivel personal, es un antes y un después.

– La Pelu, en condiciones de muchísima más marginalidad, también atraviesa por la experiencia de un aborto ¿Fue catártico el personaje?

– Totalmente. Hago catarsis todo el tiempo de mis propios dramas, traumas y angustias. Yo tenía que salir a declarar que no era una chica de la calle. Se lo creyeron. Como que había algo de mí que sí era de la calle, y es verdad, en algún punto tengo eso. Fue aprender a vivir esa crudeza, entender desde el lado de la marginalidad. Todavía hoy paso y los pibes, los trapitos, los limpiavidrios, me dicen “¡qué hacés Pelu!”. Esa película le da un marco más heroico a esas historias.

– Cuando te llegó el guión, ¿no dudaste?

– No, para nada. Porque el aborto no es algo solamente que haya vivido yo. Le pasó fácilmente a seis mujeres con las que tengo trato, que se embarazaron, no lo desearon y abortaron.

– ¿Qué te llevó a contarlo de esa manera?

– A mí me encanta escribir y es una de mis maneras de expresarme. Lo hice por algo que recontra repetí ya: tendría que ser un derecho igualitario, es una deuda de la democracia, que todas las mujeres tengan el mismo derecho. Hoy, las pudientes lo hacemos bárbaro y las que no tienen guita se mueren. Es muy concreto y muy real.  Después podemos discutir lo más filosófico, debatir mil horas acerca de la vida y la muerte, pero mientras, que promulguen la ley de interrupción voluntaria del embarazo y que el Estado rija para todas igual. Es clarito.

– Los medios calificaron a tu testimonio de polémico.

– Yo no soy una polémica actriz, yo me rompo el alma para ser actriz. ¿Soy polémica porque aborté? No es polémico, es debatible. Son diferencias muy grandes. Es muy peyorativo el mote de polémico. Fui bastante maltratada, ellos la publicaron, la expusieron y no se hicieron cargo del rebote, de lo que me vino después. En algún punto los like y los unlike les vinieron bárbaro a costa de mi pellejito. Pero no me importa, hay algo de eso que resbala, me rebota. Aprendí a caminar livianito.

– ¿Qué comentarios recibiste?

– Tremendos. Muy crueles. Llegaron a decirme: “Ya que vos mataste a ese bebé los defensores de ese bebé vamos a matar a tus hijos”. Se me estrujan los ovarios de nuevo. De esos, cientos de miles, insultos, agresiones. Ojo, no más que los positivos. Yo creo que si se hace un plebiscito este país promulga la ley. Eso saco de esta última experiencia. De todas maneras, me sorprendió lo que pasó, fue fuerte. La gente que me quiere me banca y eso es lo que me alcanza. No hice nada en contra de nadie.

– ¿Nunca te pesó en tu dolor de aquella situación tener que llevar adelante esta causa?

– No, al contrario. No lo siento como un deber por lo que viví yo. Es un deseo de querer comprometerme con eso y mil cosas más también.Yo promuevo el derecho de igualdad por la interrupción voluntaria del embarazo. Y no me genera dolor, siento que el día que se promulgue, que sé que no está lejos, en el próximo mandato presidencial espero, saldré a festejar. Está cerca. Es una cuestión de tiempo, como el matrimonio igualitario. Todo esto yo lo dije en 2002, en la primera nota que me hizo Clarín. Dije: hay que despenalizar el aborto y la marihuana. Nunca más me hicieron una nota – se ríe-. Y dije lo de la ley de medios también, pero no lo pusieron. Está en Internet.

– ¿Cuáles son las principales barreras hoy?

– No está en la agenda política de los principales mandatarios, ni en la de Cristina ni en la de Mauricio. La Iglesia también es una barrera, tenemos un Papa argentino, es todo muy complicado. La verdad que la Iglesia… qué historia, muy pesada: sigue cargando con muchas muertes a cuestas. Pero es cuestión de tiempo, yo lo voy a ver, voy a ver cómo este país promulga la ley.

Marina bosteza, y se le van cerrando los ojos de a poco, sin nunca perder el ángel, hable de lo que se hable. Ya son como las dos de la tarde, filmó hasta las 5 de la mañana y durmió hasta las 8. Necesita una siesta para volver a filmar a la noche la nueva película de Alejandro Agresti, que protagonizará junto a Alejandro Awada. Además, se va haciendo la hora de almorzar, los chicos tienen hambre, salen de la pileta, tiene que ir a buscar al más chiquito al taller de cocina y ya está bien de preguntas por hoy.

“Escribir es un acto erótico”

Tununa Mercado no niega los recuerdos de Córdoba en los 50, del exilio a Francia con Onganía, del Mayo del 68, del regreso a Argentina, del segundo exilio a México en el 76 y del regreso definitivo a Buenos Aires. Trabajó en La Opinión, se casó con Noé Jitrik y recibió el Premio Boris Vian. Con más de 70 años, abre las puertas del libro de su vida.

En la calle Viamonte, a la altura de Callao, se esconde un paréntesis de la ciudad. Pocos han subido, pero dicen que en lo alto de un edificio, testigo diario del vaivén sincronizado de la rutina céntrica, hay una mujer. No es sencillo llegar. Tras cruzar algunas puertas y avanzar por un pasillo solemne, se toma un ascensor de hierro, que parece no caber en el hueco por el cual debe ascender. Pero antes de llegar, el recorrido se detiene. Los escalones anuncian que ese último trayecto deberá hacerse a pie. Del otro lado de la puerta que ya logramos vislumbrar, se adivina ella, sentada al piano, improvisando alguna melodía sobre una partitura de Bach.

No nos espera, pero tampoco se sorprende al vernos.

IMG_7906

Nos invita a pasar y al cruzar el marco de la puerta, la percepción del tiempo y el espacio se trastoca. Lleva los labios rojos, el pelo de un negro imposible y la vivacidad en cada destello de luz que refracta en sus ojos. La casa rebosa expresiones de vida: paredes-bibliotecas cubiertas de libros que parecen a punto de caerse a cada paso; cuadros, adornos, muebles con anécdotas escondidas en cada pliegue; objetos que acusan más recuerdos de los que el cuerpo puede llevar sobre sí; en la cama, algo de ropa desordenada que espera por ser guardada; dos patios de plantas frondosas que hacen confundir Buenos Aires con… ¿quién sabe dónde?; una gata gorda que se presta al mimo. Pero sobre todo esta mujer. Que en sus setentas, no acusa noticias de cansancio ni aburrimiento alguno.

Vinimos a hacerle una nota. Antes de empezar, se calza unos zapatos acordonados y se sienta al sillón. Pero la primera pregunta la hace ella: ¿Cómo se les ocurrió entrevistarme?

Tununa Mercado nació en la ciudad de Córdoba en 1939, el año en que se desató la Segunda Guerra Mundial. Como tantos otros, dirá ella. Pero ella no será como tantos otros: cuenta que sus padres estaban en Buenos Aires ese septiembre y su madre quedó muy perturbada por la noticia de la guerra. “No sé si me quiso decir que yo nací perturbada”, reflexiona, seria. No cabe duda que la calma no predominó aquellos años. De padre abogado y político de las filas del Partido Demócrata – “que poco se parece al reaccionario de estos días, por aquel entonces era progresista, liberal en el buen sentido” – y madre escribana, la política fue algo presente desde muy temprana edad. Una presencia que atravesaría su vida: los recuerdos del peronismo y las convulsiones de Córdoba en la década del 50’, el primer exilio a Francia con el Golpe de Onganía, el seguimiento de los acontecimientos de Mayo del 68, el regreso a Argentina y la lucha por los derechos humanos, la solidaridad con Chile en el derrocamiento de Salvador Allende, el segundo exilio a México con el 76, y el regreso definitivo a Buenos Aires en el ocaso de los 80’. Y siguen… No más está decir que cuando terminara la práctica de piano que interrumpimos, Tununa planeaba ir a Tribunales, a defender la Ley de Medios. Aclara: “La posición es siempre estar alerta, en esa línea de denuncia, en verse implicado en lo que sucede en el país”.

El vínculo con las letras también se gestó desde chica. Recuerda la biblioteca de la casa familiar, la máquina de escribir de la madre, y también la “mini pinacoteca” que sus padres armaron con la obra de artistas cordobeses del momento. Una vida intensa, dice. Tras terminar el magisterio en la escuela donde cursó desde la primaria, se inscribió en la Universidad de Córdoba – donde conocería a su futuro y actual esposo, Noé Jitrik – para la carrera de Letras. “Una niña que quiere estudiar Letras… digamos que era una carrera para elegir, estaba en el horizonte de posibilidad”.

IMG_8035-2Desde ese entonces, ha trabajado en redacciones periodísticas en Argentina y en México, con amplio desarrollo en el periodismo cultural, la crítica de arte y las reseñas bibliográficas, y ha publicado siete libros que le valieron el reconocimiento de ser considerada una de las escritoras argentinas más destacadas de las letras contemporáneas. Ante todo, Tununa es una narradora que pareciera hincar la pluma en la experiencia propia, en lo vivencial, pero con una hondura poética que desborda cualquier noción mundana de “lo real”; quizás justamente sacude porque parece nombrar las cosas en su realidad más íntima, más real que lo real. Con un trabajo constante sobre la memoria, entendida como ese libro abierto, factible de ser rescrito y reactualizado a partir de cada perspectiva. Desde una sensorialidad abierta y suspicaz; desde su posición suelta, holgada; desde la risa franca, de las que no pueden posarse para la cámara; pero sobre todo desde el placer que atraviesa cada aventura en la que se embarca, Tununa se entusiasma en su imaginario reflexivo y comparte, nos regala palabras.

– Siempre hubo una inclinación a escribir, pero no era consciente de que podía ser escritora. Incluso, era una facilidad que yo no advertía, no me daba cuenta. Ya cursando en la Universidad, tenía raptos de escritura, de un carácter más literario. En los 60’ empecé a pensar y a escribir algunos cuentos. No como un designo claro de un oficio, mi relación con la literatura es una, que es haber estudiado, trabajado sobre libros, eso sería lo literario. Lo otro es una dimensión diferente, la de la escritura, que si lo hago, si escribo, no es en relación con la literatura como para sellar una carrera, es una facilidad como cualquier otra. Es una distinción reciente, la de literatura y escritura, porque me doy cuenta que no tengo lo que todo escritor tiene que es estar al día de lo que se publica, estar en el negocio de la literatura, no peyorativamente, sino estar en esa administración de un mundo, que es la carrera de un escritor. Yo no, no tengo esa inscripción… Lo he descubierto hace poco, yo creo que hace dos o tres días. Tengo faltas muy grandes, carencias, escritores importantes a los que no los he leído, no ha sido un mandato. Diría que soy una lectora ociosa, o si se quiere no estoy apremiada. Más bien leo en una marcha mía personal, y la literatura ha venido a partir de intereses de índole filosófica, política, a veces literaria. Suelo decir que estoy fuera del círculo, por eso me sorprende cuando soy incluida. Hasta con mi propia obra… No estoy en un canon literario específico, y sin embargo sé que mis libros despiertan interés en determinados lectores.

Una alteración sutil, pero persistente, se adivina en su mirada cuando empieza a contar sus recientes “descubrimientos” literarios, con ese fervor difícil de transmitir que surge a partir del contacto con las hojas de un libro que nos atrapó. “Ahora estoy verdaderamente encantada con unas poetas. Son libros pequeños… Uno de Mónica Sifrim, otro de Alejandra Correa, otro de María Malusardi. El último que leí es el primer libro de una escritora que se llama Flavia Soldano, es brevísimo, a veces es una sola línea en una página, pero es de un corte, de una profundidad, toca zonas muy fuertes, muy comprometidas con el ser, la persona, el cuerpo.” También se muestra apasionada cuando habla de sus lecturas sobre la historia de la Revolución Rusa y la Unión Soviética, al punto de que es un mundo que ya se le ha vuelto familiar, del cual reconoce los personajes, los lugares, los acontecimientos como si se tratara de recuerdos propios. “No soy trotskista, pero tengo una gran admiración por todo ese período, y la figura que rescato es la de León Trotsky, porque fue víctima del estalinismo. En México, íbamos mucho a su casa. Ahora se cumplió otro aniversario de su muerte y parece que hubo un homenaje. Todos los años se produce una evocación en torno a su figura. Además fue un escritor extraordinario, su autobiografía ‘Mi vida’ es también uno de los libros que he leído recientemente”.

Ese goce que destila su expresión cuando habla de los mundos que abren las letras es una constante en el modo de estar y de ser de Tununa. Y sobre todo en el modo de escribir. Uno de sus libros que ha provocado mayor eco, por el cual recibió el Premio Boris Vian, es “Canon de Alcoba”, publicado por Ada Korn Editora y reeditado por Seix Barral y Planeta. La obra parece erigir un templo de lo sensorial, a partir de la cotidiana relación sensual con las cosas.  “Ya a esta altura creo que se ha ido decantando que yo considero que escribir es un acto erótico, porque es un compromiso total, la palabra no es algo ajeno al cuerpo, a las emociones, a la vida en su totalidad. En ese sentido, pienso que el acto de la escritura es un acto de eros. También es cierto que hay textos con una temática más vinculada a la cuestión erótica, pero también a las relaciones humanas vinculadas al encuentro amoroso. En ese sentido, algunos de mis textos podríamos llamarlos eróticos… En tanto producen una excitación en el otro, una perturbación amorosa, de los sentidos”.

IMG_7996-2En el compromiso de “puro placer” que mantiene con su escritura, Tununa se ha movido sin distinción entre lo periodístico y lo narrativo. “Me considero periodista, ahí me formé. Fue mi ganapan durante muchísimo tiempo”. En la Argentina, antes del exilio, trabajó en La Opinión de Timerman, y una vez en México, colaboró con distintos medios. Entre ellos, un semanario de actualidad política mexicana, fundado por Martín Luis Guzmán, en el cual Tununa se ocupaba de la sección de política internacional. Otra de las experiencias fundamentales de esos años fue su participación en Fem, la primera revista feminista en México, integrada por referentes como Alaíde Foppa, Elena Urrutia, Marta Lamas y Elena Poniatowska, entre otras. “Era una dirección colectiva, un trabajo muy interesante, significó entrar en México de una manera más viva, más real, con la problemática del feminismo mexicano. Participábamos mujeres de distintos campos y tenía un carácter monográfico. Al comprometerme con ese grupo, a pesar de ser extranjera, me sentía parte de un proyecto que tenía una serie de líneas, la despenalización del aborto fundamentalmente, y acompañar las luchas políticas del país de aquel momento. Una experiencia interesante, para mí fue un aprendizaje”. Su compromiso con la liberación de las mujeres se escurre de sus renglones y desborda los márgenes. Ha dicho, alguna vez, que la literatura es el camino de la verdadera libertad. También ha sido invitada a reflexionar en distintas ocasiones sobre la situación de las escritoras y, una vez más, analiza: “Hay como una especie de agremiación de las escritoras en la medida en que no siempre fueron bien tratadas por la crítica. No quiere decir que no se las considera, pero pienso que se les exige ser lo máximo para darles un lugar, y no es fácil terminar con esa discriminación. Hace 30 años era más radical, ahora siento que cada cual hace lo que puede, mi tendencia es a estar muy presente en la literatura de mis amigas y de las mujeres en las que creo”.

Por la comisura derecha de nuestros ojos, se cuela una vez más el piano, súbitamente silenciado con nuestra inesperada aparición. Tununa empezó a tomar clases hace poco, aunque está vinculada al fenómeno de la música desde el regreso a la Argentina, cuando la oferta de conciertos abundaba. Hace un tiempo, se tomó con sorna la propuesta de un músico conocido de tomar clases con él. “Por qué no venís a verme” / “Pero yo ya no puedo ponerme a estudiar música”. Pero fue. Y fue bárbaro, dice. “Es una experiencia que no creo que muchos la hagan, porque todo lo que se emprende es con un rédito, uno estudia-para… y ahora no se trata de eso, a los 73 años no se puede sentarse al piano por primera vez, es como una audacia. Pero empecé a tener una experiencia personal, con el sonido, con las notas, no es un método, es más espontáneo. Trabajamos con tres partituras, a partir de las cuales aprendo a colocar los dedos, independizar las manos. Ya en esa exploración yo puedo improvisar, hice un pequeño fragmento, que el maestro le puso ‘Invenciones 1’, y ahora esto haciendo ‘Invenciones 2’. Hay como una coherencia en lo que yo invento”.

Antes de finalizar el encuentro ya nos preguntamos si salir no será aún más difícil de lo que fue entrar. O más bien, si es que no nos queremos quedar. Mientras nos levantamos y nos sacudimos algún escalofrío perezoso del cuerpo, Tununa nos mira curiosa:

–  ¿Qué vas a hacer con todo esto?