“¿Qué es eso que llamamos vida?”

María Sonia Cristoff nos invita a adentrarnos en su mundo creativo: “una misma materia hecha de lectura y escritura”. Desde los márgenes de los géneros, sospecha de la velocidad y celebra la ambigüedad: “en el sentido de salir de las clasificaciones, que son otro modo de manipular los cuerpos y las vidas”.

“Callar puede ser una forma de hacer hablar al otro”.

Inclúyanme afuera

Oxímoron. Ret. Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador.

– Me parece una de las figuras que más atenta contra lo diáfano. Me interesa la posibilidad de generar cierta perplejidad. Creo que es fundamental la mirada extraña ante lo cotidiano. La otra cosa que genera es detenerse, y yo detesto la velocidad. También genera sospecha, te hace volver la mirada sobre el lenguaje. Me interesa ese trabajo. No volverlo más preciosista o desgarrado, sino volverlo muy consciente. Y me interesa el humor, el oxímoron te abre a un humor sutil. También la ambigüedad que implica, porque me parece otro de los modos de la libertad. Modos abiertos de pensar la vida, de estar en el mundo. Ambigüedad en el sentido de salir de las clasificaciones, que son otro modo de manipular los cuerpos y las vidas.

María Sonia Cristoff es una escritora trelewense – “me fascinan los gentilicios patagónicos” –, radicada en San Telmo y autora de Falsa Calma (2005), Desubicados (2006), Bajo Influencia (2010) e Inclúyanme afuera (2014). También compiló Idea crónica, literatura de no ficción iberoamericana (2006) y Pasaje a Oriente, crónicas de viaje de escritores argentinos (2009). Alguna tarde de un verano que se aferra con las uñas al calendario, Cristoff llega a un bar tradicional por Parque Lezama y pide un agua y un café. Está algo cubierta de más para la temperatura. “Estuve trabajando y no salí en todo el día. Los primeros momentos son difíciles, como volver de un adormecimiento”. El abrigo hace las veces de escudo frente a esta ciudad que siempre te choca de trompa. Y también frente a las cámaras: “Tengo fobia a las fotos, así que espero que sea rápido”. Y así, mientras se reconcilia con la cotidianeidad urbana, levanta la bandera: “Vos verás…”.

Maria Sonia Cristoff.
Maria Sonia Cristoff.

 

– ¿Qué te atrae del encierro?

– Como modo de trabajar me parece inevitable. Cada uno encuentra su escena favorita a pesar suyo. Me encantaría ser como Aira que trabaja en los bares, porque me encantan los bares de Buenos Aires. Pero no, necesito encerrarme hasta dentro de mi propia casa. Solamente puede entrar mi gran asistente, que es mi perro. Hasta cierro los postigos, prefiero que haya baja luz, no ver demasiadas cosas por la ventana. Esa cosa romántica de escribir mirando un lago, no me va. Yo si miro nada, mejor. Igual me armo lugares en dos minutos. Viajar a otros lugares para encerrarme es una de las cosas que más me gusta. Y después en mi escritura, es cierto que es tema de todos mis libros. Podríamos decir el “aislamiento” como tema, que por ahí suena menos neurótico. En general, los trabajos de un escritor son como variaciones sobre ciertos temas, ¿no? Ese sin duda es uno.

– En tus novelas también hay una especie de traslado para luego aislarse…

– Es cierto, en Desubicados, al zoológico, en Bajo influencia, están las caminatas y en Inclúyanme afuera, es más claro, hay toda una mudanza. Creo que es porque me interesa mucho la escenografía de lo narrado, no por una pretensión descriptiva, sino porque me tomo el lugar donde las cosas ocurren casi como una presencia más, te diría un personaje más. No pongo mucho énfasis en la descripción de personajes, o en lo que se llama “creación de personajes”, me parece que los personajes suceden, son más bien como fuerzas. Entonces ahí sí el lugar para mí es un personaje crucial.

– ¿Cuándo empieza una novela?

– Empieza una novela para mí, no sé, te diría, día por medio. ¡El tema es cuántas de esas sigo! Tengo muchos cuadernos de ideas, ojalá fuera tan prolífica escribiendo como tomando nota. Tomar nota es una de mis fascinaciones. Generalmente tengo un millón de ideas, supongo que le debe pasar a todo el mundo. La verdad es que ninguno de los libros que terminé empezó igual. Falsa Calma, por ejemplo, es el primer libro que yo saqué a la luz, pero para nada el primero que escribí, porque ahí encontré una clave. Con lo que escribía antes me pasaba que me sentía asfixiada por tener que contar una historia. Siempre contar una historia para mí es como una especie de pesadilla, pero no porque me cueste, sino porque en un momento me empieza a resultar tan poco interesante. Sin embargo, creo que es algo que ocurre, que cuando uno se pone a escribir, siente el peso de narrar una historia. En un momento eso estalló. Creo que lo único que tengo de borgiano es el hartazgo de narrar historias, y de Aira. Los dos son grandes en ese sentido, en varios otros también, pero tienen esa pesadez de contar una buena historia de modo decimonónico, aunque es algo del siglo XX también. Esa narrativa me empezó a agobiar. Y en esa época yo estaba leyendo muchos relatos de viajeros y empecé a  dejar entrar otros materiales. Ahí estuvo la clave por la que siguió Falsa Calma.

– ¿Cuál es el lugar que le das a esas escrituras paralelas cuando escribís?

– Crucial. Un poquitito demasiado. ¿Viste que hay ciertos escritores que cuando se ponen a escribir se resisten a leer a contemporáneos u otras cosas sobre el tema? Una línea de escritura que tuviera como temor al contagio. Para mí es al revés, ¡contágienme! Pero básicamente porque creo que en esa especie de mezcla y torbellino que se arma cuando uno lee es donde hay más potencial creativo. En cuanto a la experiencia de escribir en sí, me parece que las lecturas son fundamentales, y en ese sentido soy alguien que si tuviera que votar, voto por los lectores. Tengo una relación con la lectura muy adictiva, desde chica. Soy también muy abierta, todas las cosas que por ahí no puedo ser en la vida cotidiana, lo soy como lectora. A mí me gusta muchísimo la preparación de la novela, no porque tenga un fervor investigativo, sino porque entro en ese mundo. Me gusta mucho entrar en un mundo. Lo que más me gusta de escribir es eso. El otro día leí una definición de Mariana Enríquez, que me pareció extraordinaria, decía: “Para mí la escritura es un lugar a donde ir”. En paralelo, doy clases, corrijo textos que no me interesan en lo más mínimo, o sea, hago todo el berenjenal de cosas que hace un escritor argentino para sobrevivir. Pero una de las cosas que no puedo hacer cuando escribo es eso de “escribo 45 minutitos, 1 hora y sigo con otra cosa”, no. Yo entro, ¿entendés? Tiene algo como de droga, de entrada en un estado, una experiencia extrasensorial. Son como rituales, es una misma materia hecha de lectura y escritura. Lo que me gusta es tener un mínimo de tres horas y en esas horas por ahí solamente leo o tomo notas. La cosa es que se me va armando alrededor de ese tema una biblioteca personal del libro.

– Y en Inclúyanme afuera a todo eso lo dejaste entrar, con el “Cuaderno de notas” que se entreteje a la novela.

– Sí, se me cruzó y me pareció una linda idea. Obviamente que después tuve que trabajar la estructura de las notas, no es que las copié de mis cuadernos realmente, la trabajé para hacerla entrar en la novela  e hice un trabajo de collage, que es otra cosa que me gusta mucho, al revés del continuismo, de la novela clásica. Entonces las coloqué en lugares donde me parecía que podía abrir más sentidos de lo que se estaba leyendo. Me encantó escribir esas notas. De hecho ahora voy a empezar una serie que se llama “La serie de las novelas anotadas”, porque me encantó eso. Aunque ahora me doy cuenta que ya en Bajo Influencia  hay bastante de novela anotada, parece que la serie ya había empezado antes y era yo la que no me había dado cuenta. Me siento muy identificada con la definición del bricoleur, del recolector. Es un método de composición que me interesa.

“Magnetic Shoes es el resultado de una serie de caminatas que Francis Alÿs hizo utilizando unos zapatos especialmente diseñados: les incorporó imanes para que, durante los trayectos, se les quedaran adheridos los objetos metálicos que hubiera tirados en la calle. Los objetos como portavoces de la ida urbana: de sus prácticas, sus fragmentos, sus desvelos, sus despojos. La elocuencia de los restos”

Bajo influencia.

– ¿En qué sentido te distanciás de la figura del “escritor profesional”?

– No pasa tanto por la frecuencia de publicación: Aira escribió una novela por año, pero me parece que eso es parte de una estética y merece todo el respeto. Por ahí más que a la frecuencia, me refiero justamente a todo lo que Inclúyanme afuera se opone. La vida como un sistema de producción. Me parece que hacer algo ligado al arte tiene que ver con tener espacios de libertad, si tu propio modo de hacer implica una superproducción, maravilloso. Qué se yo, Woody Allen también hace una película por año y no por eso me deja de parecer un gran cineasta, por más que ahora me tenga re podrida. El tema es cuál es el vínculo de cada uno con lo que hace. Esta novela, tiene una pregunta acerca de ¿qué es eso que llamamos vida? No es casual que los embalsamados o los taxidermizados tengan un lugar tan central. Me pareció que eran modos de entrar a cuestionar eso. Qué es lo que llamamos vida y cómo está coercionada por sistemas varios. Por eso el personaje siempre está reaccionando contra eso y haciendo sabotajes.

Imágenes: NosDigital.
Imágenes: NosDigital.

– ¿Siempre hay una pregunta central en las novelas?

– Bueno, en Bajo influencia la pregunta era: ¿cuál es el lugar del artista hoy? Sobre la espectacularización de la cotidianeidad, los sistemas de producción, la marcha del mundo que coloca a los artistas en otro lugar. En general, los protagonistas de mis novelas están en franca discordia con la institución. El museo, las galerías, el zoológico.

– Y aparecen también las “micro-revoluciones”.

– Creo que son como pequeñas líneas de fuga, que para mí solo pueden ser individuales. Sería interesante que uno mirara para el costado y se encontrara con muchos cómplices haciendo lo mismo. Y tal vez los hay. Esto también está relacionado con qué hace que una novela tenga un carácter político. A mí me parece que ya es suficiente con que se plantee indagar en un problema. En contraposición a contar una historia. En Inclúyanme afuera todavía es más fuerte. Mara, la protagonista, hace dos sabotajes contra las manipulaciones discursivas y un segundo sabotaje sobre las manipulaciones sobre los cuerpos. Advertir esos niveles de manipulación me parece lo suficientemente interesante y político. Ella también tiene una forma de hacer las cosas como kamikaze, porque en cada uno de estos momentos hay algo de hartazgo frente a las formas institucionalizadas de la política. En algún punto también hay – es un poco peligroso porque las lecturas coyunturales son horrendas – una vinculación con el pequeño instante de esperanza que tuve con el 2001, uno siempre espera que se arme alguna forma que sea otra. Y quizás en la novela hay una nostalgia de un orden distinto que no se armó.

“Estoy hablando de la libertad de la que dispone un escritor a la hora de definir – o tal vez la palabra sea transitar – su propia poética, una libertad que se parece más bien a un campo minado, a un terreno siempre en tensión, en pugna, una trampa tendida por la cualidad indómita del lenguaje”.

Falsa Calma

– A nivel lengua trato de trabajar la distancia, en un tono al que llamo “coloquialismo austero”. La “lengua diáfana”, dicen muchos cuando leen mis novelas… No estoy de acuerdo. Pero hay veces que los trabajos sutiles con el lenguaje no se notan. Me interesa la austeridad, no demasiado evidente. El escribir también es ese arte entre estar totalmente imbuido y a la vez distante. El modo de escribir quizás sea más inconsciente, mientras que la corrección es consciente, son mecanismos que ya puedo controlar más. Me gusta la materialidad del texto, me interesa mucho ver si esa coma justo ahí suena o no suena, no me siento agobiada. Me gusta experimentar esa distancia.

“Callar es también una disciplina del cuerpo”.

Inclúyanme afuera

“Cada novela encierra un sistema de pensamiento”

El escritor Guillermo Martínez parece tener la fórmula para una buena novela: originalidad, resolución técnica y calidad de la prosa. En esta entrevista también habla sobre el rol de los concursos, la lógica de las librerías-vidriera, su relación con la matemática y el género policial.

La lluvia se adivina en el olor del aire. Un segundo piso, un cielo apenas gris que se cuela por la ventana, un hombre sentado a la orilla de una taza de té vacía. Guillermo Martínez mira hacia afuera y me espera. Doy los últimos pasos que me separan de un saludo casi tímido, que se desdibuja en la humedad de esta tarde de martes. Durante el rato que sigue, acompañados por el repiquetear insistente de las gotas contra el vidrio, recorreremos su devenir por el mundo de las letras, su mirada del panorama literario actual y sus búsquedas como escritor.

El escritor surgió a partir de la lectura. “Creo que casi todos los escritores tienen una relación inicial muy fuerte con la lectura. En mi casa, en particular, mi papá era un escritor amateur (en el sentido que nunca se preocupó por publicar en su vida) pero a la vez, era muy consecuente, muy dedicado, entonces lo veíamos escribir prácticamente a diario y era sobre todo un gran lector”. El recuerdo de su padre irá filtrándose por los intersticios de nuestra charla, reapareciendo de a ratos, como una presencia que subyace. Tras su muerte, él y sus hermanos eligieron algunos de sus cuentos que creyeron más logrados y una novela breve, y los publicaron bajo el título Un mito familiar. Guillermo lo recuerda yendo y viniendo de la Biblioteca Rivadavia, en Bahía Blanca, ciudad en la que nació, trayendo a la casa libros diversos. Lo evoca los domingos por la mañana, leyéndoles un cuento a los cuatro hermanos, invitándolos luego a escribir en un certamen literario de entrecasa. “Ése fue el ambiente en el que me crié: un ambiente de lectura, de intercambio de libros, de juntar libros, de películas”.

Guillermo mira por la ventana y habla rápido, su boca se abre apenas mientras las historias ya contadas corren entre sus labios. Cada tanto, se detiene. Dibuja una pausa hasta encontrar la palabra justa, abre un silencio que lo espera sin prisas, hasta que da con la expresión que buscaba y que le permite continuar. Ahora hunde las manos en la memoria de aquellos primeros años, y entre los resquicios de sus palabras van entramándose las novelas policiales, la colección Iridium, Ray Bradbury, los libros de aventura, Agatha Christie, Borges, Julio Verne, la colección Robin Hood, algo de literatura política, Bioy Casares, Dickens, la colección Capítulo de la Literatura Argentina, la literatura fantástica. “Yo leía en un estado como de absoluta inconsciencia en cuanto a autores, escuelas, tendencias. En mi casa había una forma muy ecléctica de leer”. Y en ese contexto, entre las paredes de una casa que inevitablemente imagino impregnada del olor profundo que respiran los libros viejos, Guillermo empezó a escribir. “En esa época escribí unos primeros cuentos más ambiciosos en cuanto a extensión, temática, etcétera, que fueron germen de lo que luego sería un libro de cuentos que escribí entre los 14 y los 19 años, que se llamó ‘La Jungla sin bestias’, con el que gane un premio de cuentos, el premio Roberto Arlt”.

Su recuerdo nos invita a pensar el rol de los concursos en el ingreso de los autores nóveles al mundo de la literatura. “Los concursos literarios tienen ese costado interesante, como una especie de señal del mundo de que uno va por buen camino, qué se yo, de que hay una posibilidad allí y adelante”. Guillermo retrocede hasta el año 84, cuando vino a vivir a Buenos Aires, y evoca un panorama complejo para quienes comenzaban a escribir. “Imaginate que habría tres editoriales grandes en ese momento. Estaba Sudamericana, Emecé y no sé si había otra más grande. Había unas pocas editoriales, y todas con un catálogo ya constituido y con muy poco ánimo de apostar a autores desconocidos, jóvenes, etcétera”. La situación distaba mucho de la actual, observa, en la que las pequeñas editoriales proliferan, multiplicándose así las chances de publicar un primer libro, aunque sea de un modo más o menos artesanal. “En aquella época si vos no publicabas en Planeta, Sudamericana o Emecé, no había modo de que te reseñaran”. Y los que publicaban en las grandes editoriales, explica, eran aquellos que tenían contactos editoriales, amistades en los medios, o algún nombre en el periodismo cultural. “En ese sentido, los premios literarios para mí fueron providenciales, me dieron la oportunidad de comunicar al margen de todo esto, que yo no conocía”.

Hoy, en los concursos, le toca estar del otro lado. Pregunto cuál es su visión respecto a la producción contemporánea. “Bueno, depende, no muy alentador en cuanto al promedio diría yo, pero siempre hay alguna excepción. La literatura es una excepción en general, ¿no?”. El promedio de novelas que están bien, dice, es de dos o tres en cien. “Y a veces lo que es peor es que la que está bien, está bien de una manera chata, es una novela libre de errores pero nada más que eso”. Premiar novelas simplemente correctas resulta para él decepcionante. Sin embargo, destaca una vez más, la literatura se nutre de excepciones y por supuesto que las hay. Evoca un concurso del Fondo Nacional de las Artes en el que dos novelas fueron premiadas. “Estaban muy bien las dos. Y las dos se publicaron, pero lamentablemente no paso demasiado. Tampoco es que ganar un premio catapulte automáticamente a un autor, ¿no?”

Del tejido de sus últimas palabras desprendo una idea: la publicación. Qué sucede cuando uno publica un primer libro y no pasa nada. “Yo creo que lo difícil, la verdadera prueba para un escritor no es la publicación del primer libro, sino lograr sobrellevar la decepción que casi siempre lo acompaña. Decepción en el sentido de que justamente un primer libro a veces cuesta años. Hay antesalas, hay esperas, hay aplazamientos y luego se publica, y en general se publica en condiciones desfavorables”. En el fluir de su discurso, la librería comienza a tomar la forma de una interminable carrera de obstáculos. “El libro no va a las vidrieras, ahora en las vidrieras de las librerías muchas veces no hay libros, entonces bueno, hay que superar los CDs de la vidriera, las novedades de los tanques de cada editorial que están en las primeras mesas, en la segunda mesa aparecen los libros de autoayuda, en la tercera mesa los de literatura infantil, y claro, van quedando. Es un golpe entrar en una librería y encontrar el libro por el que vos estuviste trabajando durante años, quizá metido por orden alfabético o en un stand del fondo”. Y sin embargo, rescata en esta suerte de dialéctica que creo percibir como constante en su discurso, cuando hay un libro bueno se produce a su alrededor un cierto runrún. “Los escritores y los editores tienen una parte muy desagradable en cuanto a envidia, rencor y resentimientos, pero también son en general buenos lectores. Los comentarios suelen dar en el blanco y hay algunos libros que, a pesar de todo, se hacen ver”.

Momento de encarar lo ineludible. Pregunta gastada pero inevitable, me disculpo, y por primera vez él sonríe con todos los dientes, anticipando con certeza hacia dónde voy. Hablamos de matemática, y el recuerdo de su padre vuelve a aparecer en primer plano. “Fue muy curioso, casi un accidente en mi vida.” Cuenta que durante su paso por el colegio secundario nunca pensó que acabaría estudiándolas. Pero su padre quería que hiciera una carrera que le permitiera vivir, y él eligió ingeniería electricista. “Y mientras empezaba la carrera, que tenía mucha matemática, descubrí algunas ideas muy interesantes y cercanas a la filosofía que tiene la matemática: la definición de infinito, las paradojas lógicas, la lógica como materia, algunas ideas de álgebra, la definición de límite en análisis”. Entonces Guillermo comprendió que nunca sería ingeniero. Pero algo en la formación que había adquirido lo impulsaba a pensar que tampoco quería estudiar literatura. “Hay un modo de estudiar en matemática, una profundidad, que yo no encontraba en las otras disciplinas. Las otras disciplinas son más bien de erudición, hay algo horizontal en el modo de conocer, y a mí me interesó esta especie de ahondamiento que hay en la matemática”. Entonces decidió especializarse en el ámbito de lo matemático que considera más vinculado con las humanidades, y se doctoró en Lógica. “Quedé como muy agradecido a este accidente, porque me dio una manera diferente de ver y de pensar”.

En la ventana empañada se dibuja la curva de un paréntesis, y Guillermo aprovecha para derribar el prejuicio de que sus estudios condicionaron su modo de escribir. “Estar expuesto a la matemática no me hizo cambiar. Siempre digo que si yo quitara de la solapa de mis libros que soy matemático, no creo que nadie pudiera detectarlo”. Excepto por Crímenes Imperceptibles, acota, que sí toma de la matemática los ámbitos, los personajes, el conocimiento. “Yo nunca sentí que estuviera escribiendo como un matemático. Siempre doy el ejemplo de Hemingway: en sus cuentos se pueden ver una cantidad de detalles de cómo pescar con mosca, la pesca en el río, los aparejos, y nadie diría que escribe como un pescador, ¿no es cierto?”. El oficio de los escritores sería entonces solamente una herramienta más en la construcción de la verosimilitud. Observo que quizás pueda vincularse con la matemática la claridad de su escritura. “Bueno, yo diría que siempre fue la clase de prosa que a mí me interesó. Para mí la matemática enseña que la claridad y la simplicidad no tienen por qué ser superficiales. Puede haber profundidad en lo simple también, ¿no?”. En este sentido, para Guillermo es necesario evitar elevar cualquier prejuicio estético a la categoría de axioma. “Cada novela crea un mundo y requiere sus propias herramientas, su propio tono. Lo que es general a todas las novelas que uno escribe será lo que algunos llaman el estilo, o el mundo, o lo que sea. Mi experiencia hasta ahora siempre ha sido así: cada novela me lleva a una especie de sistema de pensamiento diferente, a una escritura diferente”.

La que se abre entonces es una puerta para ingresar en el universo de su producción, explorando cuáles son esos elementos que subsisten. “Yo creo que siempre aparece una línea teórica relacionada con un problema vinculado con el conocimiento. Y por, otro lado, eso está encarnado en una situación dramática, me interesa mucho que mis novelas tengan un costado de crescendo dramático y un momento de quiebre. Es la parte humana y la parte teórica; coexisten esos dos mundos”. Guillermo también señala una constante en cuanto a los vínculos emocionales entre sus personajes. “Me señalaron, sobre todo con mis primeras novelas, el contrapunto que hay entre dos personajes, uno que suele tener algo así como una superioridad intelectual o una dominación sobre el otro, y el intento del otro por superarlo o derrotarlo en algún punto”. Por otro lado, explica, siente un interés hondo por encarar temáticas con un costado atemporal. Es decir, problemas que en ninguna época encuentran buenas soluciones, grietas que no cierran, dilemas humanos: la búsqueda de conocimiento, la reparación de la sociedad respecto a la víctima de un crimen, el crimen mismo. “Y todo lo que puede llevar a un crimen, ¿no? Eso es algo que en cada época se ve de una forma diferente, pero es algo que está latiendo, una especie de pequeña capa de civilización, que ante cualquier fricción un poco violenta, salta”.

Nos enredamos entonces en los vericuetos del policial y sus formas diversas. Crímenes Imperceptibles propone una reactualización del policial de enigma clásico: la inteligencia y el análisis predominan sobre la acción en una sucesión de crímenes vinculados con una serie matemática. Guillermo cuenta que en una ocasión le preguntaron por qué la novela estaba situada en Inglaterra. “Lo que yo dije es que era muy difícil pensar en una novela policial del género de la novela clásica inglesa, de intriga, en Argentina, porque la investigación policial no es confiable en Argentina. Uno tiene una especie de primer elemento de inverosimilitud, que es que no puede confiar en las pistas o en la parte documentada que suministre la policía. No logran ni siquiera preservar la escena del crimen, sacar las huellas, no puede hacerse nada, nada bien”. Entonces, concluye, un policial clásico acá empezaría siempre como una suerte de paso de comedia.

Sin embargo aquella pregunta fue disparadora, y abrió el desafío de pensar una novela policial que sí transcurriera en el país y superara el desafío de que si hay un crimen sin resolver en la Argentina, todos saben que el culpable es la policía. “Entonces se me ocurrió esta variante que aparece en ‘La muerte lenta de Luciana B.’, que es que la policía interviene (si no interviene la policía en una serie de crímenes también es inverosímil), pero se abstiene de investigar, porque hay una sospecha de corrupción alrededor de este crimen de un preso que salía a robar para la policía”. De este modo, en la novela la policía aparece con todo su aparato, pero no profundiza en las sospechas de Luciana porque ya ha encontrado a su criminal. “Y el lector sabe que ese criminal no es la verdadera mente detrás de los crímenes. Entonces aparece el verdadero investigador, que es el narrador, el que puede cotejar las versiones, ¿no es cierto? Se me ocurrió esa variante como puede haber otras; yo creo que todo es una cuestión de pensar sobre el asunto, y dar con una variante que permita también escribir una novela policial de intriga aquí”.

Pedimos la cuenta, y con la tormenta en la ventana nos sumergimos en las profundidades de sus búsquedas como escritor. Guillermo destaca tres elementos cruciales de los que se sirve para juzgar como lector, y a los que aspira al momento de escribir. “La cuestión de la originalidad: que la idea que está por debajo sea una idea que a mí me parezca novedosa, interesante, que sea una vuelta de tuerca con respecto a las cosas que ya se han dicho sobre eso. La cuestión de la resolución técnica: yo lo llamo la maestría en la ejecución, encontrar la mejor manera de contarlo y tomar todas las decisiones que tienen que ver con el punto de vista, la extensión, el tono con el que vas a contar, desde qué momento vas a contar. Y finalmente la cuestión de la escritura: la textura de la prosa, el cuidado en las palabras, una cierta belleza que tiene que haber, una cierta elegancia”. Las tazas vacías quedan sobre la mesa como el recuerdo de las palabras que pronunciamos. Nos despedimos en la puerta. Guillermo y su paraguas negro se hunden bajo una cortina de lluvia cada vez más gruesa.

Las 5 del domingo

¿Qué? ¿Quiénes? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué?
Distintas historias en la voz de sus protagonistas.
Las 5 del Domingo en Vámonos de Casa

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– Asesinaron por defender su territorio a de Miguel Galván, militante del Movimiento Campesino de Santiago del Estero (MOCASE) e integrante de la comunidad originaria Lule-Vilelas- 14 de octubre del 2012

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-La historia de las ruinas de un Centro Clandestino de Detención oculto en Valentín Alsina- 7 de Octubre del 2012

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– Cuatro estudiantes de colegios secundarios tomados vinieron al programa y nos contaron qué piden. Además, ¿cómo los tratan los medios? ¿Y los funcionarios públicos? ¿Hacia donde apunta la educación pública?- 30 de septiembre del 2012

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-6 años sin Jorge Julio López. Hablamos con su hijo, Rubén- 23 de septiembre del 2012
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-La extrema posibilidad de desaparición que sufre el Policlínico Bancario- 9 de septiembre del 2012
[audio:http://www.nosdigital.dreamhosters.com//wp-content/uploads/2012/01/Programa-22-Las-5-del-domingo-Policlinico-Bancario.mp3]
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