La negra y azul

Déborah Dixon fue una de las voces de la emblemática banda femenina Las Blacanblues, que compartió escenario con Pappo, La Mississippi y Los Redondos en los 90′. De Costa Rica a París y de ahí a Buenos Aires, pasando por Madrid, viajamos por las raíces de su canto.

Como dice el bolero: tenía que ser así.

Déborah Dixon larga esa sentencia sentada en un bar de Las Cañitas, mientras se toma una limonada con jengibre para cuidar su garganta, su herramienta de laburo. La frase casi profética es para graficar una carrera que apareció por sorpresa, gracias a un volante de clases de canto negro que encontró tirado en el suelo porteño, y que luego fluyó como los grandes amores. Porque 40 años atrás, antes de dejar Costa Rica, nadie podía predecir que la mayor de siete hermanos haría pie en Buenos Aires para ser pionera y referente de la movida del blues local. “Cantar no es algo que yo tenía pensado hacer de chica. Para nada. Yo me orientaba a lo humanístico. Estudié francés, me dediqué a las letras. Y artísticamente hablando me gustaba más lo que tuviera que ver con las decoraciones. De muy chiquita me gustaba bailar, ese era mi sueño de chiquitita tal vez”, explica.

-¿Y la voz no estaba ya ahí?

– Estaba, pero no era lo que más me atraía. Cantaba en las guitarreadas, en cuanta fiesta había, cantaba los mismos cuatro temas. Eso en Europa sobre todo, pero en Costa Rica ya algo cantaba. ¿Qué temas? En francés la mayoría. Y después cuando fue el golpe de estado de Pinochet cantaba los Quilapayún, Violeta Parra.

Déborah Dixon.
Déborah Dixon.

– ¿A qué edad te fuiste de Costa Rica?

– A los 18. Me fui a estudiar francés. Yo quería hacer la carrera de Letras. Había hecho el bachillerato en un colegio francés. Como se ve que era medio nerd de chiquita pedimos una beca entera y me la dieron. Me gustaba mucho leer, tenía facilidad con el idioma. Estaba habilitada para entrar a una universidad en Francia. Después no seguí, nunca terminé.

-¿Cómo era estar a los 18 en París?

– Fue descubrir el mundo. Imaginate que Costa Rica es un país muy pequeño. Me encontré con una ciudad. Yo ya era fanática de la cultura francesa. Me encantaba la literatura y creía conocer a los franceses. Pero en París estaba todo. Era un lugar donde uno podía hacer lo que le daba la gana, no un pueblo chico donde todos saben lo que hace el otro. Fue una experiencia increíble. Vivía primero con unos negros de Estados Unidos que venían a estudiar. Eso fue intenso. No es fácil entrar, como turista o como estudiante extranjero. Era más fácil relacionarse con gente de todo el mundo que con los franceses.

De aquellas guitarreadas en las que su voz sólo se oía entre los latinoamericanos exiliados en París, Dixon pasó a un escenario en Gualeguaychú, Entre Ríos, para cantar ante más de 150 mil personas. Fue en abril del año pasado, en el concierto más multitudinario del Indio Solari, en el que cantó el Blues de la Libertad. “Fue tremendo. Muy fuerte. Desde ahí arriba ves un mar de gente, que es mejor no mirarlo porque si no es intimidante. Toda la previa estuve re nerviosa. Pero después fue todo bien. Cuando me sentí sostenida por los músicos y lo ví al Indio arengando desde las bambalinas, ya está. Me daba cosa porque nunca pasó que el Indio dejara el escenario para alguien. Ahora no sólo eso: era una mina encima. Y hay gente que por ahí dice ‘yo vine a ver al Indio, loco’. Y al contrario. Eso se sintió enseguida. Para mí fue una prueba de confianza. Un reconocimiento. Un honor, total”. Blues de la Libertad, el tema que compusieron Solari y Skay Belinson en el disco Luzbelito y al que Deborah le puso el alma en Gualeguaychú, bien podría ser un oxímoron. Es que el blues es el género que representa a los esclavos africanos que llegaron a América del Norte y al Caribe entre el siglo XVII y XIX. Quizás así se entienda porque la voz de Deborah Dixon conmueva: de su garganta salen 400 años de historia.

Aunque no suene lógico, a 11 mil kilómetros de su familia, en París, conectó con sus ancestros. “Tenía amigos estudiantes que eran de África. Ahí conocí el racismo más descarado. Hay en todos lados, en Costa Rica también. Pero esa cosa de que te maltraten porque sos de otro país o de otro color ahí lo viví en carne propia. Fue muy fuerte para mí. Yo estaba ávida, averiguaba”, recuerda. A mediados de los 70, hubo un libro que después fue serie y que luego fue furor. Una moda que nació en Estados Unidos y después se globalizó. La novela se llamó Raíces. Narraba la historia de un personaje africano que nació en Gambia, África, en 1750 y que fue llevado como esclavo hasta Estados Unidos. “El libro contaba toda la historia de cómo un negro estadounidense volvió sobre su identidad hasta saber cuál era su origen. Fue una revolución. Todos empezaron hacer el camino de regreso para llegar a África y saber de dónde venían. Mi familia también se dedicó eso, pero llegó hasta un punto, hasta las islas del Caribe. De ahí en más tenés que tener mucha suerte para saber desde dónde llegaban. En Brasil se sabe que los negros llegaban de tal lado. Pero en Centroamérica era más complicado, llegaban de todos lados. Yo sé que tengo una tatarabuela que venía de Bahía, de Brasil, que después apareció en Cuba y se casó con un jamaiquino y vinieron a Costa Rica después”.

De limonada con jengibre.
De limonada con jengibre.

-¿A vos qué te cambió conocer tus raíces?

-Me apasiona. Mi mamá es muy cultora de eso. Nos intercambiábamos cartas larguísimas hablando de eso: lo que escribía, la música, libros, lecturas, lenguas, todo. Es como que nos dábamos cuenta de algunas cosas. Ah, esto debe venir de tal lado. También descubrís las desgraciadas diferencias entre los mismos negros. Si tenés la piel más clara, más oscura. Eso es histórico, más en Francia: si viniste de la Martinica o la Guadalupe sos más claro entonces no se llevan bien con los africanos más puros.

-¿Y el blues también tiene que ver con eso entonces?

-De antes. El jazz, el blues, toda esa música tiene que ver con lo que se escuchaba en mi casa. Era mucha música en inglés porque en Costa Rica los negros, que somos minoría en la población, llegamos de Jamaica. En Costa Rica no hubo esclavitud, los norteamericanos trajeron a fines del Siglo XIX a los negros para construir el ferrocarril. Eran asalariados, una especie de semiesclavitud. Llegaron a la costa del Caribe por las plantaciones de las bananeras y a construir el ferrocarril. En todo América Central pasó algo parecido. Por eso toda la costa tiene poblaciones negras instaladas. En nuestro caso, como llegábamos de Jamaica se hablaba ese inglés jaimaiquino que, mezclado con el español, arma un patois, como un dialecto. Inglés como lo habla alguien cuya lengua materna es yoruba, vas aprendiendo lo mezclás con el idioma del lugar, en español o portugués o francés. Eso lo metés en la coctelera y sale el patois. Mi papá, que era panadero, solo hablaba en eso. “Un vigilante ese wachiman”, como que te diga eso, imposible de entender para alguien que no es de acá.

Deborah Dixon llegó a Buenos Aires en 1984, en plena primavera de la democracia. No vino hasta acá buscando la ruta de sus ancestros. Lo hizo persiguiendo un amor, el mismo que ya la había llevado ya por Madrid y por Bogotá. “Fue muy fácil convencerme de venir a Buenos Aires porque todos los argentinos que conocí hablaban con mucho amor de Buenos Aires. Los argentinos en cualquier lado del mundo que estén no dejan sus costumbres: toman mate, hacen empanadas, cantan sus canciones, todo. Yo nada que ver. Ustedes no se desarraigan. Yo no tenía que estar comiendo arroz y frijoles para sentirme bien. En esa época que yo vine era muy fácil llegar para un extranjero. No era como ahora que está el quilombo con los países limítrofes, si sos bolita y todo eso. Yo estaba feliz, todos me preguntaban de dónde era, qué hacía acá”.

-¿Y qué hacías acá?

-Venía a seguir a mi marido, sin ninguna vocación a desarrollar. Trabajaba como secretaria, en oficinas. ¡Un tiempito fui secretaria de Moyano! Me anotaba en las agencias de empleos y encontraba rápido trabajo porque hablaba tres idiomas y tenía buenos antecedentes. Y uno de los trabajos temporarios fue ahí en el Sindicato de Camioneros. Habré estado dos meses. Hasta que me salió otro trabajo mejor, creo. No me acuerdo. Pero después cuando lo vi por televisión a este señor que devino en un tipo súper importante de la política argentina me di cuenta de que trabajaba para él. ¡Me hubiera llenado de plata! En un momento me cansé de ser secretaria: los tipos te gritan, mandonean, es feo. Me pelée con un tipo en una empresa, me fui y decidí terminar el profesorado de francés en la Alianza Francesa. Di clases, hice traducciones.

Del francés no tuvo tiempo de cansarse. Los tiempos se aceleraron al máximo hasta que la empezaron a llamar la Dama del Blues. Es que desde que dejó salir su voz, Deborah no sólo compartió escenario con el Indio (con quien además grabó la Piba del Blockbuster, en el primer disco solista del ex redondo): también con los Ratones, Dancing Mood, Fito Paez, Pappo, La Mississipi, Joaquín Sabina y más. “Ese apodo me lo puso una vez un periodista. A mí me tienen encasillada con el blues, pero yo canto de todo. Menos folclore y tango, que me encanta pero no sé cantar. Te tiene que pasar algo. Como los japoneses que vienen acá y son más tangueros que los tangueros. Y eso que muchos de los tangos los conozco desde chica como boleros. Cuando vine acá me enteré de que son tangos”. El camino para llegar hasta allí parece haber estado trazado por el destino –“si uno cree en los destinos”, aclara-. Una tarde de fines de los 80, al salir de su trabajo, encontró un volante que anunciaba clases de canto negro. Ahí conoció a Cristina Guayo que le presentó a su propia voz y también las de Cristina Dall, Mona Fraiman y Viviana Scaliza. Juntas formaron Las Blacanblus, una banda pionera, con sello femenino, que deslumbró en la época en que el blues estuvo de moda en Argentina, junto a Memphis, la Mississippi y otras bandas.

Imágenes: NosDigital.
Imágenes: NosDigital.

-Yo creo que nos favoreció. No era común. Pero yo pienso que el tema del machismo existe en todos los aspectos de la vida, en la sociedad. Lo que yo sé es que se valoraba lo que hacíamos artísticamente y porque de alguna manera nos ayudaron a mostrarnos gente como la de La Mississipi, que nos hacían tocar delante de ellos. Ellos tocaron todos en nuestro primer disco. Pappo siempre nos contaba que la que lo hizo descubrir a Las Blacanblus fue una novia que tuvo. Y él decía que fue la primera vez que lo hicieron llorar. Cuando nos presentó dijo “ahora cállense y escuchen a estas chicas”. Y todo eso fue respeto. La Negra Poly también nos ayudó. Tocamos con los Redondos en Huracán. Después las cosas normales de la vida de cualquier mujer: yo además de todo eso, tenía que criar a mis niños. Los llevaba al colegio a la mañana temprano y todos me decían “qué vida que tenés”. Como con mala onda. Sobre todo los padres, los tipos me lo decían. Mi marido viajaba y yo llevaba a los niños. Entonces como me acostaba tarde se me notaba. Y me miraban como “vos vivís de noche”. Hasta que una vez en el colegio me defendió otro padre: “a ver si entienden que ella trabaja de esto, que al público le gusta lo que ella hace y aparte está ahora trayendo a los hijos al colegio. A ver si ustedes se bancan eso”. Hay mucho prejuicio. Mucho: “Ah, sos músico. Qué bueno. ¿Y de qué laburás?”.

-¿Cómo fue que te animaste a cantar? De tu primera clase hasta que te subiste al escenario fueron un par de años.

– Blues, Gospel, todo eso empecé a cantar. Yo era la única que no me dedicaba a la música de las blacanblus. Ellas la tenían clarísima y querían eso. Surgió la posibilidad de empezar a tocar aquí y allá. Y aparecieron unos padrinos grosos que nos ayudaron. Cristina es la culpable de todo, es quien hizo que yo me diera cuenta de la voz que tenía. Yo no lo sabía, para nada. Yo pensaba que no, pero de a poco te vas liberando en las clases de canto. Yo estaba feliz. Le empecé a hacer caso, ella me recomendaba tomar clases de técnica con una mina del Colón que hizo que si yo tenía una voz así (hace un gesto corto con los dedos) pasara a tener una así (ahora el espacio entre los dedos es mayor). Cristina de entrada me decía “vos tenés que dedicarte a cantar”. Y fue así

Marcas de fuego

La Semana Afro, organizada por el INADI en la última semana de abril, nos sirvió para repensar el rol del arte en la lucha contra la discriminación y en la visibilización de identidades diversas. Un movimiento cultural que crece y abre una grieta en un sistema que excluye y segrega.

Entre el lunes 22 y el domingo 28 de abril, en el Centro Cultural La Pecera de la Luna, tuvo lugar la Semana Afro en Villa del Parque (Comuna 11), organizada desde el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI). Las actividades incluyeron disciplinas diversas vinculadas con la cultura afro, desde la proyección de un documental y la exposición de una serie de pinturas hasta espectáculos de percusión, canto y danza, que se inscriben en la voluntad de la institución de organizar eventos de difusión que contribuyan a visibilizar las prácticas racistas actuales, promoviendo el diálogo entre identidades culturales diversas para dar lugar a una sociedad más igualitaria.

La negación e inferiorización de la alteridad ha estado presente en nuestro país desde el instante de su nacimiento, acompañando la construcción de la identidad nacional, que implicó que aquellos grupos no asimilables a la idea de “ciudadano ideal” inscripto en el paradigma eurocentrista, indígenas o afrodescendientes, fueran considerados salvajes y sometidos a la invisibilización o incluso el aniquilamiento. En este sentido, en la apertura del evento, Julia Contreras, directora de Promoción y Desarrollo de Prácticas contra la Discriminación, comentó que el mito popular de la Argentina como “crisol de razas” implicó el despojamiento de las particularidades culturales, en virtud del borramiento de las diferencias y de la completa homogeneización de la Nación.

Dos siglos más tarde, el racismo continúa operando. Así lo manifiestan desde la Agrupación Afro Xangó: “Todavía seguimos enfrentando este Capitalismo Racial que ha implicado una continuidad en la dominación étnico-racial y opresión económica en los afrodescendientes y africanos/as y que también ha incluido a varios sectores de la población que no responden al modelo hegemónico, clasista, eurocentrista, burgués y blanco al cual enfrentamos en nuestras realidades cotidianas.” Sin embargo, aunque no cabe duda de que queda aún mucho sendero por caminar, desde Xangó reconocen que actualmente la región del Mercosur, y en ella la Argentina, se encuentra sumergida en la búsqueda de un modelo más integrador, que recupere la pluralidad de identidades y de valores. “Necesitamos que efectivamente se produzcan políticas específicas que impacten en nuestra comunidad, como modo de generar un piso que permita igualdad de trato y oportunidades más allá del color de la piel. Porque es allí donde se enmarca y se hace carne la diferencia.”

La Semana Afro nos sirve entonces de excusa y disparador para empaparnos la piel de tambor y de candombe y repensar el rol del arte en la lucha contra la discriminación y en la visibilización de la propia identidad. En este contexto conversamos con Egle Almada, que coordina desde el INADI la Comuna 11 y estuvo a cargo de la organización de las actividades. “Los espacios como el INADI son interesantes porque van trabajando temática por temática, pero en realidad lo que tenemos que trabajar es que se comprenda que todos somos iguales. Con diferentes cosmovisiones y diferentes creencias, respetables cada una. Hay gente que está muy excluida. Los afrodescendientes tienen problemas todavía para llegar a la universidad, no tienen fácil acceso al trabajo. No circulan como cualquier otro. Y las oportunidades tienen que ser para todos: afro, boliviano, peruano.” Egle reflexiona acerca de las raíces de la segregación, y encuentra la causa fundamental en el miedo. “Yo creo que la gente no sabe que discrimina. Creo que la estructura social ha generado miedo, y el miedo ha generado la separación. El capitalismo no genera una estructura social comunitaria; ha fragmentado. Y a esto le ha sumado el miedo desde todos lados: el miedo a dejar de pertenecer, el miedo a que te asalten, el miedo a que el otro es un posible enemigo.” La discriminación se alimenta entonces del establecimiento de arquetipos acerca de lo lindo, lo bueno y lo socialmente aceptado. Y todo aquello que crece y se mueve por fuera de esos lineamientos, es empujado a la periferia e invisibilizado: “En Chacarita tenés por ejemplo un playón donde vive mucha gente humilde. Pero está dentro de un muro, entonces vos pasás por ahí y eso no está, no existe. Es una pared.”

Pero cabría preguntarse en este contexto hasta dónde el otro nos es realmente ajeno. “Vos caminás y parecemos todos blancos, pero esta no es la realidad, uno se olvida que hay otra realidad, y que esa otra realidad está adentro nuestro.” Egle cuenta que desde el centro cultural barrial que coordina, invitaron a todos los inscriptos a bucear en su historia personal, a hundir las manos en sus raíces, y que muchos descubrieron así lo inesperado. “La gente empezó a averiguar y empezó a entender que no somos europeos. Es empezar a investigar tu familia. No sabés la cantidad de chicas que se dieron cuenta que eran nietas de indígenas o de afrodescendientes. Se fueron dando cuenta que somos de acá. Que no es verdad que somos de allá, y que esto lo podemos hacer mierda porque total volvemos a Europa, eso no es verdad.”

La Semana Afro pretendió generar un espacio de reflexión y de lucha, motivando a la participación y la escucha desde la realización de acciones culturales. “La idea fue hacer una semana donde los que de verdad son los hacedores de la cultura afro puedan expresarse; ir juntando gente que no es afrodescendiente con los afro, y hacer un espacio común y con corazón.” Pero este evento no es un caso aislado, sino que se inscribe en un panorama más amplio de visibilización de la identidad afro a partir de la cultura.

En este punto, vale la pena abrir el juego y sumar la voz enérgica de Cecilia Benavidez, bailarina y docente de danza afro, más ‘indiecita’ que ‘negrita’ como ella misma se define en una sonrisa amplia, que nos invita a desandar el transcurso de las últimas décadas para proporcionarnos su lectura de la situación actual:“Cuando yo empecé a bailar, hace veinte años más o menos, no se hablaba de esto. Primero que no había negros en la calle, no los veías, como sí pasa hoy. No se hablaba, no se veía, no había música en referencia a eso, no existía.” Hoy, en cambio, lo afro indiscutiblemente salió de las sombras y circula, se mueve, resuena. “Hoy sí ya hay libros que hablan de la importancia del negro en la construcción de nuestra identidad. Se habla, está dicho. Entonces no estamos ni como hace cinco años atrás”. Cecilia vincula este avance con la cantidad cada vez mayor de investigadores volcados al estudio de esta cultura, a los muchos docentes negros que pasaron por Buenos Aires, y a los numerosos hacedores de cultura que, como ella, se apasionaron por lo afro y decidieron apostar a explorarlo en profundidad. “Nos enamoramos, nos conmovimos con eso y con la historia de donde eso venía, nos sentimos identificados con parte de esa historia, porque nuestra historia también tiene desarraigos y tristezas, y familias que se rompieron, y estructuras de pueblo que fueron desarmadas.”

Entonces nos sumergimos junto a ella en el universo de la danza y de la percusión, intentando captar sus dinámicas y aunque sea rozar con la punta de los dedos aquello que habita en su trasfondo. “Hay algo que te pasa por el cuerpo, te atraviesa, y no lo podés parar. El tambor es eso. Hay algo en nosotros que resuena, porque es concreto, porque es una vibración, porque cuando vos entrás en contacto con esa vibración te provoca una satisfacción y un bienestar.” Hay algo circular, de conjunto, de encuentro con el otro. El tambor late como late el corazón de nuestra madre mientras habitamos sus entrañas. Quizás en esa familiaridad descanse algo de la magia. Pero hay algo más detrás de las vibraciones y de los cuerpos que se contraen. “Accedés a un mundo, porque no es sólo movimiento, es todo un lenguaje. Hay comida, hay literatura, hay vestimenta, hay relato, hay estética: desde la pintura, desde los colores.” Lo afro es una cosmovisión, explica Cecilia, un entramado complejo que necesita ser penetrado. Comprender lo que subyace permite otra vinculación con el acto de bailar. “Y está cerca tuyo, no está lejos, no necesitás ser un erudito para hacerlo. Eso es maravilloso. El relato, la leyenda, la simbología, la significación. Bailar con significación potencia todo, potencia la relación entre las personas, es así.”

El universo de creencias, valores e historias que gatean bajo la superficie de lo visible no siempre es tomado en cuenta, y esta operación de vaciamiento oculta un trasfondo político e ideológico. Así lo piensa Egle: “El problema es el sistema. No importa si es macrista o kirchnerista, esos son tonos dentro de un mismo sistema capitalista. Y en lo que es cultura, después de leer, y ver, y trabajar, mi sensación es que el sistema fue detectando lugares de libertad en la sociedad, y se los fue apropiando. Una de las últimas reservas que tenía la sociedad era el arte. En el arte la gente se expresa, es libre, el inconsciente tiene la posibilidad de volcar.” Y con el objetivo de cercenar lo genuino se amasa la industria cultural. Como le pasó al circo, dice, le pasa ahora al arte afro. “La industria cultural generada dentro de un ministerio cultural amasa cultura-chorizo, diseñada, hecha en fábrica, que parece un shopping cultural.” Es necesario continuar generando entonces espacios que preserven la libertad y el sentido comunitario de las cosas. “Al arte nada lo va a poder matar. Aunque el sistema genere boludeces, el que haga arte, va a hacer arte. Y es así. El que encontró la manera de sublimarse a través del arte, ya no vuelve para atrás.”

Cecilia también se apropia de esta problemática y la aborda a partir de la importancia de lo sensible. “Nosotros, los hacedores de la cultura (bailarines, músicos, docentes) debemos resaltar cada vez más algunas cosas que tienen que ver con la sensibilidad. En los estratos de gestión me parece que falta mucho ese trabajo, de los mismos gestores e inclusive de los intelectuales. En la necesidad de que eso tenga un formato, de que pueda ser entendido, de que pueda llegar a esos lugares de gestión, se van perdiendo esos rasgos de sensibilidad.” A pesar de que cree que es mejor esa simplificación a que no suceda nada, destaca la importancia de no trabajar solamente sobre el relato teórico, sino de también dejarse atravesar el cuerpo. “Todo el tiempo tenemos que construir los aspectos sensibles. Yo a vos puedo decirte quién es Xangó, y eso es necesario, puedo decirte cuál es su color, cuáles son sus elementos, decirte que es el fuego, resignificar ese fuego dentro de este contexto, decirte cuál es su movimiento, cuál era su aspecto, cuál era su rol social. Todo eso es necesario, pero si yo no trabajo sobre lo que te pasa a vos o no genero la instancia de que a vos ese fuego te atraviese, algo me faltó.”

En la otra orilla de la industria cultural podríamos situar las manifestaciones del arte afro más puro, aquel que pretende conservar las formas originales, y niega cualquier variación sobre las mismas. “Tal vez no necesitemos mostrar sólo el candomblé a rajatabla, que en algún momento lo hicimos, bailar las danzas cubanas tal cual son, y acercarnos lo más que se puede a esa cultura. Claro que es necesario eso. No sería posible si no. Siempre hay algo de papá y mamá, siempre. Pero después uno construye otros caminos.” Así dice Cecilia, que cree en la importancia de una búsqueda guiada por las propias inquietudes a partir de la apropiación del lenguaje, dejándose penetrar por aquello que conmueve y que invita a crear una construcción propia: bailar para uno mismo, bailar la propia historia. “A mí me parece que es necesario, porque si no es dejarlo en un folclore vacío de sentido. A mí no me interesa bailar como las bailarinas del ballet folclórico. Me encanta, las admiro, las estudio. Igual que a las bailarinas de candombe.  Ahora: yo soy argentina, de clase media trabajadora, docente, mujer, madura, y vivo en esta Buenos Aires, con este contexto social, con todas las cosas que nos pasan a las mujeres en este contexto social. Entonces: yo puedo contar algo partiendo desde quién soy yo.” Claro que para eso, explica, toma muchísimos elementos de lo afro: la gestualidad, la relación con el cuerpo, la mitología, las leyendas. Pero no existe algo así como una técnica precisa acerca de cómo se debe bailar el afro. “Es de la gente, es popular, es como enseñarte a bailar cumbia. Y eso lo que tiene de maravilloso es que te da la posibilidad de que alguien te enseña el camino, pero la construcción la hacés vos, y sos responsable de tu construcción. Eso es generar diversidad.”

En esta misma línea lo piensa Egle. “Me parece que lo que ahora nos toca a muchos es generar ese espacio del afro entre todos. Lo que está sucediendo, que me parece muy interesante, es que hay como una red de artistas, de gente joven, que han sido muy bien formados, que hoy están haciendo cosas que tienen más que ver con la danza-teatro, con la utilización del ritmo, son fieles al ritmo, pero han hecho su apropiación. Porque vos ves bailar a una brasilera y es hermoso. Llegan a lugares donde están extasiadas, pero nosotros no somos eso. Entonces nosotros estamos pudiendo hacer una síntesis desde el arte.” Quizás de eso se trate, la valoración de lo otro y su incorporación a lo propio. Mezclar, fusionar, dejarse invadir y crear a partir de eso. “Hay gente que está laburando esto de apropiarse, de sentirlo y de que le resuene. De poder contar lo que les pasa a ellos con esto. De incorporarlo a su historia personal. Eso es lo que hace un artista, se cuenta a través del arte.”

Terminó la Semana Afro, pero los tambores siguen repiqueteando, y los cuerpos siguen y seguirán contorsionándose al borde del ritmo. Lo que queda por caminar es mucho, y falta una organización más profunda a través del acuerdo entre las partes involucradas y del trabajo en conjunto: la gestión, los intelectuales, las comunidades afrodescendientes y los hacedores de la cultura. Pero no debe perderse de vista el camino que va quedando por detrás, las huellas sobre la tierra, lo que se ha conseguido. Dice Cecilia: “La verdad es que desde que yo empecé a bailar y a conectarme con esto, hay otra cosa. Hay otra realidad, hay otro lugar y pasan otras cosas. Que no alcanza, que necesitamos más, sí. Pero yo siempre creo que es mejor hacer que no hacer. Siempre es mejor generar instancias, aunque lo que se muestre a lo mejor no sea lo que más nos gustaría que fuera. Que se haga. Que suceda. Que aparezcan cosas. Que nos pensemos.” 

Marcas de fuego

La Semana Afro, organizada por el INADI en la última semana de abril, nos sirvió para repensar el rol del arte en la lucha contra la discriminación y en la visibilización de identidades diversas. Un movimiento cultural que crece y abre una grieta en un sistema que excluye y segrega.

Entre el lunes 22 y el domingo 28 de abril, en el Centro Cultural La Pecera de la Luna, tuvo lugar la Semana Afro en Villa del Parque (Comuna 11), organizada desde el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI). Las actividades incluyeron disciplinas diversas vinculadas con la cultura afro, desde la proyección de un documental y la exposición de una serie de pinturas hasta espectáculos de percusión, canto y danza, que se inscriben en la voluntad de la institución de organizar eventos de difusión que contribuyan a visibilizar las prácticas racistas actuales, promoviendo el diálogo entre identidades culturales diversas para dar lugar a una sociedad más igualitaria.

La negación e inferiorización de la alteridad ha estado presente en nuestro país desde el instante de su nacimiento, acompañando la construcción de la identidad nacional, que implicó que aquellos grupos no asimilables a la idea de “ciudadano ideal” inscripto en el paradigma eurocentrista, indígenas o afrodescendientes, fueran considerados salvajes y sometidos a la invisibilización o incluso el aniquilamiento. En este sentido, en la apertura del evento, Julia Contreras, directora de Promoción y Desarrollo de Prácticas contra la Discriminación, comentó que el mito popular de la Argentina como “crisol de razas” implicó el despojamiento de las particularidades culturales, en virtud del borramiento de las diferencias y de la completa homogeneización de la Nación.

Dos siglos más tarde, el racismo continúa operando. Así lo manifiestan desde la Agrupación Afro Xangó: “Todavía seguimos enfrentando este Capitalismo Racial que ha implicado una continuidad en la dominación étnico-racial y opresión económica en los afrodescendientes y africanos/as y que también ha incluido a varios sectores de la población que no responden al modelo hegemónico, clasista, eurocentrista, burgués y blanco al cual enfrentamos en nuestras realidades cotidianas.” Sin embargo, aunque no cabe duda de que queda aún mucho sendero por caminar, desde Xangó reconocen que actualmente la región del Mercosur, y en ella la Argentina, se encuentra sumergida en la búsqueda de un modelo más integrador, que recupere la pluralidad de identidades y de valores. “Necesitamos que efectivamente se produzcan políticas específicas que impacten en nuestra comunidad, como modo de generar un piso que permita igualdad de trato y oportunidades más allá del color de la piel. Porque es allí donde se enmarca y se hace carne la diferencia.”

La Semana Afro nos sirve entonces de excusa y disparador para empaparnos la piel de tambor y de candombe y repensar el rol del arte en la lucha contra la discriminación y en la visibilización de la propia identidad. En este contexto conversamos con Egle Almada, que coordina desde el INADI la Comuna 11 y estuvo a cargo de la organización de las actividades. “Los espacios como el INADI son interesantes porque van trabajando temática por temática, pero en realidad lo que tenemos que trabajar es que se comprenda que todos somos iguales. Con diferentes cosmovisiones y diferentes creencias, respetables cada una. Hay gente que está muy excluida. Los afrodescendientes tienen problemas todavía para llegar a la universidad, no tienen fácil acceso al trabajo. No circulan como cualquier otro. Y las oportunidades tienen que ser para todos: afro, boliviano, peruano.” Egle reflexiona acerca de las raíces de la segregación, y encuentra la causa fundamental en el miedo. “Yo creo que la gente no sabe que discrimina. Creo que la estructura social ha generado miedo, y el miedo ha generado la separación. El capitalismo no genera una estructura social comunitaria; ha fragmentado. Y a esto le ha sumado el miedo desde todos lados: el miedo a dejar de pertenecer, el miedo a que te asalten, el miedo a que el otro es un posible enemigo.” La discriminación se alimenta entonces del establecimiento de arquetipos acerca de lo lindo, lo bueno y lo socialmente aceptado. Y todo aquello que crece y se mueve por fuera de esos lineamientos, es empujado a la periferia e invisibilizado: “En Chacarita tenés por ejemplo un playón donde vive mucha gente humilde. Pero está dentro de un muro, entonces vos pasás por ahí y eso no está, no existe. Es una pared.”

Pero cabría preguntarse en este contexto hasta dónde el otro nos es realmente ajeno. “Vos caminás y parecemos todos blancos, pero esta no es la realidad, uno se olvida que hay otra realidad, y que esa otra realidad está adentro nuestro.” Egle cuenta que desde el centro cultural barrial que coordina, invitaron a todos los inscriptos a bucear en su historia personal, a hundir las manos en sus raíces, y que muchos descubrieron así lo inesperado. “La gente empezó a averiguar y empezó a entender que no somos europeos. Es empezar a investigar tu familia. No sabés la cantidad de chicas que se dieron cuenta que eran nietas de indígenas o de afrodescendientes. Se fueron dando cuenta que somos de acá. Que no es verdad que somos de allá, y que esto lo podemos hacer mierda porque total volvemos a Europa, eso no es verdad.”

La Semana Afro pretendió generar un espacio de reflexión y de lucha, motivando a la participación y la escucha desde la realización de acciones culturales. “La idea fue hacer una semana donde los que de verdad son los hacedores de la cultura afro puedan expresarse; ir juntando gente que no es afrodescendiente con los afro, y hacer un espacio común y con corazón.” Pero este evento no es un caso aislado, sino que se inscribe en un panorama más amplio de visibilización de la identidad afro a partir de la cultura.

En este punto, vale la pena abrir el juego y sumar la voz enérgica de Cecilia Benavidez, bailarina y docente de danza afro, más ‘indiecita’ que ‘negrita’ como ella misma se define en una sonrisa amplia, que nos invita a desandar el transcurso de las últimas décadas para proporcionarnos su lectura de la situación actual: “Cuando yo empecé a bailar, hace veinte años más o menos, no se hablaba de esto. Primero que no había negros en la calle, no los veías, como sí pasa hoy. No se hablaba, no se veía, no había música en referencia a eso, no existía.” Hoy, en cambio, lo afro indiscutiblemente salió de las sombras y circula, se mueve, resuena. “Hoy sí ya hay libros que hablan de la importancia del negro en la construcción de nuestra identidad. Se habla, está dicho. Entonces no estamos ni como hace cinco años atrás”. Cecilia vincula este avance con la cantidad cada vez mayor de investigadores volcados al estudio de esta cultura, a los muchos docentes negros que pasaron por Buenos Aires, y a los numerosos hacedores de cultura que, como ella, se apasionaron por lo afro y decidieron apostar a explorarlo en profundidad. “Nos enamoramos, nos conmovimos con eso y con la historia de donde eso venía, nos sentimos identificados con parte de esa historia, porque nuestra historia también tiene desarraigos y tristezas, y familias que se rompieron, y estructuras de pueblo que fueron desarmadas.”

Entonces nos sumergimos junto a ella en el universo de la danza y de la percusión, intentando captar sus dinámicas y aunque sea rozar con la punta de los dedos aquello que habita en su trasfondo. “Hay algo que te pasa por el cuerpo, te atraviesa, y no lo podés parar. El tambor es eso. Hay algo en nosotros que resuena, porque es concreto, porque es una vibración, porque cuando vos entrás en contacto con esa vibración te provoca una satisfacción y un bienestar.” Hay algo circular, de conjunto, de encuentro con el otro. El tambor late como late el corazón de nuestra madre mientras habitamos sus entrañas. Quizás en esa familiaridad descanse algo de la magia. Pero hay algo más detrás de las vibraciones y de los cuerpos que se contraen. “Accedés a un mundo, porque no es sólo movimiento, es todo un lenguaje. Hay comida, hay literatura, hay vestimenta, hay relato, hay estética: desde la pintura, desde los colores.” Lo afro es una cosmovisión, explica Cecilia, un entramado complejo que necesita ser penetrado. Comprender lo que subyace permite otra vinculación con el acto de bailar. “Y está cerca tuyo, no está lejos, no necesitás ser un erudito para hacerlo. Eso es maravilloso. El relato, la leyenda, la simbología, la significación. Bailar con significación potencia todo, potencia la relación entre las personas, es así.”

El universo de creencias, valores e historias que gatean bajo la superficie de lo visible no siempre es tomado en cuenta, y esta operación de vaciamiento oculta un trasfondo político e ideológico. Así lo piensa Egle: “El problema es el sistema. No importa si es macrista o kirchnerista, esos son tonos dentro de un mismo sistema capitalista. Y en lo que es cultura, después de leer, y ver, y trabajar, mi sensación es que el sistema fue detectando lugares de libertad en la sociedad, y se los fue apropiando. Una de las últimas reservas que tenía la sociedad era el arte. En el arte la gente se expresa, es libre, el inconsciente tiene la posibilidad de volcar.” Y con el objetivo de cercenar lo genuino se amasa la industria cultural. Como le pasó al circo, dice, le pasa ahora al arte afro. “La industria cultural generada dentro de un ministerio cultural amasa cultura-chorizo, diseñada, hecha en fábrica, que parece un shopping cultural.” Es necesario continuar generando entonces espacios que preserven la libertad y el sentido comunitario de las cosas. “Al arte nada lo va a poder matar. Aunque el sistema genere boludeces, el que haga arte, va a hacer arte. Y es así. El que encontró la manera de sublimarse a través del arte, ya no vuelve para atrás.”

Cecilia también se apropia de esta problemática y la aborda a partir de la importancia de lo sensible. “Nosotros, los hacedores de la cultura (bailarines, músicos, docentes) debemos resaltar cada vez más algunas cosas que tienen que ver con la sensibilidad. En los estratos de gestión me parece que falta mucho ese trabajo, de los mismos gestores e inclusive de los intelectuales. En la necesidad de que eso tenga un formato, de que pueda ser entendido, de que pueda llegar a esos lugares de gestión, se van perdiendo esos rasgos de sensibilidad.” A pesar de que cree que es mejor esa simplificación a que no suceda nada, destaca la importancia de no trabajar solamente sobre el relato teórico, sino de también dejarse atravesar el cuerpo. “Todo el tiempo tenemos que construir los aspectos sensibles. Yo a vos puedo decirte quién es Xangó, y eso es necesario, puedo decirte cuál es su color, cuáles son sus elementos, decirte que es el fuego, resignificar ese fuego dentro de este contexto, decirte cuál es su movimiento, cuál era su aspecto, cuál era su rol social. Todo eso es necesario, pero si yo no trabajo sobre lo que te pasa a vos o no genero la instancia de que a vos ese fuego te atraviese, algo me faltó.”

En la otra orilla de la industria cultural podríamos situar las manifestaciones del arte afro más puro, aquel que pretende conservar las formas originales, y niega cualquier variación sobre las mismas. “Tal vez no necesitemos mostrar sólo el candomblé a rajatabla, que en algún momento lo hicimos, bailar las danzas cubanas tal cual son, y acercarnos lo más que se puede a esa cultura. Claro que es necesario eso. No sería posible si no. Siempre hay algo de papá y mamá, siempre. Pero después uno construye otros caminos.” Así dice Cecilia, que cree en la importancia de una búsqueda guiada por las propias inquietudes a partir de la apropiación del lenguaje, dejándose penetrar por aquello que conmueve y que invita a crear una construcción propia: bailar para uno mismo, bailar la propia historia. “A mí me parece que es necesario, porque si no es dejarlo en un folclore vacío de sentido. A mí no me interesa bailar como las bailarinas del ballet folclórico. Me encanta, las admiro, las estudio. Igual que a las bailarinas de candombe.  Ahora: yo soy argentina, de clase media trabajadora, docente, mujer, madura, y vivo en esta Buenos Aires, con este contexto social, con todas las cosas que nos pasan a las mujeres en este contexto social. Entonces: yo puedo contar algo partiendo desde quién soy yo.” Claro que para eso, explica, toma muchísimos elementos de lo afro: la gestualidad, la relación con el cuerpo, la mitología, las leyendas. Pero no existe algo así como una técnica precisa acerca de cómo se debe bailar el afro. “Es de la gente, es popular, es como enseñarte a bailar cumbia. Y eso lo que tiene de maravilloso es que te da la posibilidad de que alguien te enseña el camino, pero la construcción la hacés vos, y sos responsable de tu construcción. Eso es generar diversidad.”

En esta misma línea lo piensa Egle. “Me parece que lo que ahora nos toca a muchos es generar ese espacio del afro entre todos. Lo que está sucediendo, que me parece muy interesante, es que hay como una red de artistas, de gente joven, que han sido muy bien formados, que hoy están haciendo cosas que tienen más que ver con la danza-teatro, con la utilización del ritmo, son fieles al ritmo, pero han hecho su apropiación. Porque vos ves bailar a una brasilera y es hermoso. Llegan a lugares donde están extasiadas, pero nosotros no somos eso. Entonces nosotros estamos pudiendo hacer una síntesis desde el arte.” Quizás de eso se trate, la valoración de lo otro y su incorporación a lo propio. Mezclar, fusionar, dejarse invadir y crear a partir de eso. “Hay gente que está laburando esto de apropiarse, de sentirlo y de que le resuene. De poder contar lo que les pasa a ellos con esto. De incorporarlo a su historia personal. Eso es lo que hace un artista, se cuenta a través del arte.”

Terminó la Semana Afro, pero los tambores siguen repiqueteando, y los cuerpos siguen y seguirán contorsionándose al borde del ritmo. Lo que queda por caminar es mucho, y falta una organización más profunda a través del acuerdo entre las partes involucradas y del trabajo en conjunto: la gestión, los intelectuales, las comunidades afrodescendientes y los hacedores de la cultura. Pero no debe perderse de vista el camino que va quedando por detrás, las huellas sobre la tierra, lo que se ha conseguido. Dice Cecilia: “La verdad es que desde que yo empecé a bailar y a conectarme con esto, hay otra cosa. Hay otra realidad, hay otro lugar y pasan otras cosas. Que no alcanza, que necesitamos más, sí. Pero yo siempre creo que es mejor hacer que no hacer. Siempre es mejor generar instancias, aunque lo que se muestre a lo mejor no sea lo que más nos gustaría que fuera. Que se haga. Que suceda. Que aparezcan cosas. Que nos pensemos.” 

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