DΔDƎLOS ΔTIUQZƎM

Por La chica que corre el bondi.

Soledad llegó temprano. Era sábado, de medio día, en la avenida Bullrich 55, cerca de la esquina Cerviño. El sol de primavera le sonrojaba las mejillas. Buscó un cigarrillo en el bolsillo delantero de su cartera con correa larga. Estar ahí la ponía nerviosa. Lo prendió compulsivamente, aspiró profundo llenando de humo sus pulmones, repitió y recién después, exhaló. Se puso en la fila pensando en su abuelo. Pensó en la reconstrucción que hizo entre una frase y una foto amarillenta en Jerusalén. Pensó que ni siquiera tenía claro en qué pensar, pero quizás, un escenario parecido al de la foto percudida los acercaría.

¿Documentos? –

¿Cédula está bien? –

Sí, ¿viene sola? –

Sí –

*

De Palermo.
De Palermo.

Isa llevaba puesto un traje gris que le quedaba grande. Isa significa Jesús, dijo cuando recibió al grupo en la entrada –tras entregar la cédula– de la Mezquita más grande de Latinoamérica. Eso también dijo Isa, la más grande acentuó. Soledad la había escuchado nombrar por su madre como la de Palermo, pero el nombre era mucho más largo: Centro Cultural Islámico Custodio de las Dos Sagradas Mezquitas del Rey Fahd. Eso, extrañamente, no lo dijo Isa, el guía del lugar.

*

Soledad volvió a leer el mail en su celular: “Las visitas se suspenden por lluvia. Les recordamos que el Centro Cultural Islámico Rey Fahd es un lugar religioso, por lo tanto se ruega vestir ropa recatada para ingresar (es decir, sin escotes pronunciados, ni ropa por encima de las rodillas)”. Miró el cielo radiante y pensó que quizás el traje notoriamente grande de Isa buscaba lo recatado de la ropa suelta. O quizás sólo le gustaba así. Tenía en lo alto de la pantalla un sobre cerrado. Era un mensaje de su hermano: “Te busca mamá. Dónde fuiste? Dejate de joder con eso del abuelo, no sabemos ni si es el de la foto”

Fotos y velo.
Fotos y velo.

*

Vamos a recorrer el patio del colegio, el centro de idiomas y la Mezquita –

La voz de Isa la sacó del titubeo. Soledad caminó junto al grupo. Atravesaron el pasillo que unía la oficina de informes donde registraron sus datos con el primer patio. Bordearon la fuente con forma de estrella simétrica ubicada en el centro. Soledad caminó junto al grupo por la pasarela de goma negra sobre las cerámicas del piso para no resbalarse. Una señora de vestido floreado le llamaba a atención, la foto la había encontrado en la casa de su abuela después de que falleció, ordenando cajas. Un joven posaba en Jerusalén. Nunca le pudo preguntar a su nona si era a él a quien había dejado cuando vino de adolescente embarazada a Argentina. La foto tenía atrás una frase, en árabe, que no se llegaba a leer. Las letras empezaban sobre el margen derecho e iban hacia la izquierda. El resto de la historia era una construcción de suposiciones que Soledad desarrolló y que al resto de su familia le parecía una locura.

El Centro Cultural Islámico Rey Fahd.
El Centro Cultural Islámico Rey Fahd.

La señora le daba seguridad, decidió que la visita guiada la haría cerca de ella. Por una puerta en forma de arco casi cuadrado –bajo otro arco semicircular– llegaron a un hall y luego al patio del colegio.

Isa señaló las instalaciones educativas a la derecha, las oficinas administrativas y un sector de alojamiento que no se utiliza al frente, y algunas palmeras que antecedían al pasto a la derecha. Soledad se sintió pequeña en la inmensidad del espacio a cielo abierto que una mujer buscaba capturar en la pantalla del celular.

Funciona jardín de infantes y primaria. Si Dios quiere va a empezar a funcionar colegio secundario también –

“Si Dios quiere”, Isa lo repetía continuamente.

Las instalaciones educativas que acaban de mirar desde el patio cuentan con dos colegios, leyó Soledad: uno para hombres y otro para mujeres, un jardín de infantes, una biblioteca –con capacidad para más de 10.000 libros– y un salón para comer.

150 alumnos en total, dijo Isa. Soledad pensó ¿nada más?

*

Volvieron a pasar por el hall, a la derecha: los salones que conforman el centro de idioma árabe. Isa se apoyó sobre el escritorio frente a los pupitres, veinte aproximadamente. Parte del grupo quedó parado, bordeando las paredes decoradas con cartulinas que mostraban el alfabeto, números, días de la semana, meses. Intentó identificar entre las palabras de la pared alguna similar a las de la foto. No pudo, le parecía imposible aunque Isa decía que se podía aprender fácilmente, que era difícil sólo al comienzo.

El Corán es el último libro revelado por Dios el altísimo, dijo Isa. Y agregó: fue revelado por el ángel Gabriel en árabe. Por eso es sólo sagrado en ese idioma, existen traducciones pero no son sagradas y aunque en el grupo se lo preguntaron varias veces –excesiva cantidad de veces creía Soledad- Isa lo repitió siempre sonriendo.

*

Estaban de nuevo en el primer patio, junto a la fuente de estrella simétrica. El agua se retroalimentaba en el centro. Desde ahí Isa señaló los dos minaretes desde donde se llama al rezo, cada uno con una medialuna que con sus puntas señala la orientación hacia donde debe hacerse la oración. Los arcos cuadrados y semicirculares rodeaban la edificación sobre las puertas de vidrio decoradas con formas geométricas. El patio, este también, era de grandes y cuadradas dimensiones. Soledad cerró los ojos, intentó imaginar al señor de la foto mirando el minarete. Apretó los párpados con fuerza.

Musulmán es todo aquel que se somete a la voluntad de Dios –

Interrumpió su concentración Isa y agregó: Paz y bendiciones.

*

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

En sentido opuesto al centro de idiomas, las puertas conducen a la mezquita. El salón previo a la zona de rezo era, nuevamente, un enorme hall rectangular. Ahí se dejó el calzado, el piso estaba frío, todavía no habían llegado las alfombras. Por una de las puertas centrales Isa entró, primero, al espacio completamente alfombrado. La luz se colaba por la cúpula vidriada en el centro del techo y dibujaba formas. Las paredes blancas y las columnas relucían. Sobre la alfombra varios tomos de Corán, traducidos y no, y cajas con pañuelos descartables. A Soledad le parecieron necesarias cuando sintió el nudo en la garganta. Varios minutos antes la llamada al rezo del mediodía se había hecho escuchar. Isa se apuró a despedir el grupo. Algunos le agradecieron mientras buscaban nuevamente su calzado. Soledad se puso las zapatillas rojas y blancas y se asomó por una de las puertas para ver cómo rezaban. La capacidad del lugar era para mil quinientos orantes. Soledad los contó: junto a Isa había tres más, y su abuelo, pensó, aunque no podía verlo.

Reflejo en vos.
Reflejo en vos.