“La gente de la pampa sojera busca emigrar”

En épocas en donde tanto se habla y se comenta de modelo, nos sentamos con el economista Julio Gambina a que explique, luego de haber publicado ¨Afloran los límites del modelo”, qué es lo que entiende por ello. La soja, las estatizaciones, la ecología, las mineras y la vida humana en medio de todo.  

Escudando una foto del Che y un retrato de Rosa de Luxemburgo, Julio Gambina (http://juliogambina.blogspot.com.ar/), presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, acaba de firmar un documento del grupo de Economistas de Izquierda titulado “Afloran los límites del modelo”(http://www.rebelion.org/noticia.php?id=147522). En su oficina porteña, despliega su acento sanjuanino para invitar a María Elena Saludas, coordinadora nacional de la Asociación por una Tasa a las Transacciones financieras especulativas para Ayuda a los Ciudadanos (ATTAC http://attacargentina.com.ar/), a sumarse a esta charla sobre el monocultivo de soja, el modelo de desarrollo y producción que implica, y sus alternativas. 

-¿Dónde nace la relación entre la economía y la ecología?

Fotos: Nos Digital.

JG: El modelo de desarrollo y producción agroexportador extractivista tiene como un elemento central la depredación de los bienes comunes y la naturaleza en toda América Latina y el Caribe, junto con su población. Por eso no se puede separar economía de ecología. La disciplina de la economía nace como economía política. Es una disciplina de análisis del modelo productivo de desarrollo capitalista que nació junto con él y se instaló a nivel mundial. Hago estos comentarios porque cuando uno piensa en América Latina y el Caribe, tiene que entender que es un territorio funcional a la acumulación originaria del capital que se desarrolló entre el siglo XIII y el XVIII. No puede pensarse, por lo tanto, al capitalismo desde el origen sin la destrucción de la población y sus recursos. Esa destrucción es fundacional a la revolución industrial europea. Estamos viviendo ahora una época en que de nuevo América Latina, incluso los países emergentes –que es una denominación que hacen los organismos financieros internacionales para señalar países que ofrecen condiciones de alta rentabilidad a los capitales externos-  vuelve a ser funcional al capitalismo desarrollado: Europa, Estados Unidos y Japón.

-Dice que vuelve a ser funcional. ¿En algún momento dejó de serlo?

JG: En los últimos 150 años, el principal insumo del modelo productivo ha sido el petróleo. Hay una crisis energética que supone el estancamiento del stock de reservas hidrocarburíferas. La tendencia es a que se agoten, por el consumo depredador. Por eso los principales ideólogos del capitalismo piensan en un capitalismo verde. Lo ecologista había aparecido como una reivindicación de izquierda en la década del ’60 o ’70, cuando empezó a notarse el tema de afectación de la naturaleza por parte del modelo productivo. Lo que hay ahora es que la clase dominante a escala mundial se está apropiando de ese discurso verde. La discusión de los ’70, de la alianza verde-roja, por la que surgió el ecosocialismo -la ecología política, una vinculación de marxismo con defensa del medioambiente-, fue apropiada por la clase dominante. El capitalismo verde alude a una concepción que hay, planteada por Barack Obama en la cumbre de Copenhague en diciembre de 2009, de que ellos se van a encargar de compensar el problema que genera el modelo productivo contemporáneo, es decir la contaminación del aire y del agua, la tala de bosques… “Lo vamos a compensar con bonos de carbono”, dicen. No proponen cambiar el modelo productivo para que no se sigan afectando los recursos naturales, sino frenar el desarrollo productivo del resto de los países del mundo y que ellos mismos lo compensen. A partir de ahí lo incorporan al mercado especulativo de los bonos del carbono para contrarrestar la crisis climática. Para nosotros no hay crisis climática, sino un resultado del mismo modelo. El planteo de la economía verde está muy asociado a la explotación de los recursos naturales. Si uno mira cierta topografía de la Argentina con la expansión de la soja, ve que se está tornando cada vez más verde. Ya no es por pasturas del ganado, por ejemplo, sino por este monocultivo. La economía chaqueña, sustentada en la economía del algodón, hoy está invadida por la soja, por ejemplo. Los lugares que no penetró son los que tienen minerales como recurso principal, como San Juan.

-¿Son incompatibles soja y minería en un mismo territorio?

JG: Son incompatibles por la disputa del uso del agua, que a su vez le quitan a la agricultura familiar. Los recursos naturales involucran en un mismo nivel de gravedad la explotación minera y la sojera. Se ha generalizado la extensión sojera por el carácter del desarrollo agrícola en Argentina, pero al minero hay que prestarle atención porque es reciente, producto del pacto Argentina-Chile del año ’96. Sin embargo, crecientemente van a aumentar las inversiones transnacionales, del mismo modo que avanzaron en el ciclo sojero: la dominación que tienen las trasnacionales de la alimentación y biotecnología en el paquete tecnológico. El tema no es tanto el pequeño propietario de tierra donde se planta soja, sino precisamente el paquete tecnológico requerido para que avance el proyecto sojero. Por eso el problema hay que verlo integralmente: la producción, la distribución –que incluye la privatización de los ferrocarriles, y las terminales privadas de puertos-  y exportación. El ciclo completo está manejado por corporaciones transnacionales.

MS: Cuando hablamos de modelo de producción y distribución tenemos que agregarle consumo. Las personas ya no son ciudadanos sino consumidores. Con el planeta finito que tenemos, este nivel de consumo es imposible de sustentar. Por eso cuestionamos también que se hable de desarrollo sustentable en el marco de este modelo. El alimento pasa a ser una mercancía más. Se especula en bolsa quién fija el precio de la soja, el trigo y el maíz. Todo pasa a ser una mercancía, hasta, en consecuencia, la vida del hombre. Es imposible continuar con este ritmo de crecimiento, si hay exclusión. Hay gente que tiene que venirse del Chaco, de Formosa, de Salta, porque sus tierras son tomadas para poder, en el caso de Argentina, cultivar soja. El debate pasa también por poner en cuestionamiento el actual modelo de consumo, absolutamente irracional, en el mundo entero.

JG: El planteo ideológico que se difunde es “Aprovechemos este momento. El mundo pide soja, démosle soja”. La producción es la que determina las condiciones de consumo. China, que está incorporando una cantidad enorme de población a la producción, está modificando la dieta alimentaria. Por eso, buena parte de la soja que importa es para consumo de animales que serán consumidos por ellos en su cambio de dieta.

-¿Cómo afecta al productor este ciclo de consumo?

JG: Lo que defienden los principales centros ideológicos de las clases dominantes de la Argentina es aprovechar este momento bajo las condiciones de organización de la producción: concentración de la tierra, del paquete tecnológico. Quienes exportan son un pequeño grupo de transnacionales, igual que quienes manejan el paquete tecnológico. El productor con la cosecha ya no genera sus propias semillas, sino que vuelve a necesitar ese paquete tecnológico que le venden. Se financia con los pooles de siembra, que tienen la forma de profesional de pueblo que le sobra el dinero e invierte. El tema no son los pequeños fideicomisos, sino los gigantescos pooles de siembra que manejan lo principal de la producción.

-¿Regionalmente, cómo se piensa el problema?

MS: Está instalado en el sentido común que este modelo es redituable. La soja en sí no es mala, sino el monocultivo en el poder de las transnacionales. Como los gobiernos de toda América están de acuerdo con eso, todo, hasta la infraestructura, está en función de la extracción de materias primas.

JG: El esquema de este modelo que se hace en el marco de un programa que defienden las corporaciones transnacionales y los principales estados capitalistas del mundo es la liberalización de la economía mundial para que haya fronteras abiertas para el capital, las mercancías y los servicios; no las personas. Por eso la Iniciativa para la Integración de Infraestructura Regional de Sudamérica hay que entenderla como  un mecanismo de inserción subordinada de América Latina y el Caribe en la economía mundial. El Mercado Común del Sur está especializado en la división internacional del trabajo como el lugar donde se produce la soja del mundo. Paraguay y Uruguay tienen incluso, proporcionalmente en cuanto al terreno cultivable, más soja que Argentina y Brasil.

-El gobierno habla de industrializar la ruralidad.

JG: En las aceiteras, por ejemplo, hay trabajo, pero es mínimo porque está todo muy mecanizado. El principal tema es que no es una producción difusora de fuerza de trabajo. A solo modo de ejemplo, en el Chaco, una extensión de 60 hectáreas que producía algodón en el ciclo productivo anterior involucraba como fuerza de trabajo, en distintos momentos del año, 40 personas. Hoy esa misma extensión de tierra, prácticamente no requiere fuerza de trabajo. Es un mecanismo expulsor de fuerza de trabajo. Movimientos como Paren de Fumigar tienen que ver con que poblaciones cercanas a la pampa sojera buscan emigrar porque las fumigaciones afectan las condiciones de desarrollo. A partir del paquete tecnológico que implica el uso de pesticidas, herbicidas, que incluso dependen del petróleo, no hay necesidad de desmalezar -la cosechadora levanta la cosecha y atrás suyo, viene la nueva siembra directa-. En función de los precios internacionales, también se arruinan los suelos porque los productores no rotan los cultivos para recuperar los nutrientes de la tierra. La creciente producción de soja es una exportación de tierra y de agua, no solo sale el poroto y el aceite. Algunos explican que América Latina está fuera de la crisis porque hay mucho crecimiento. Es un error. El fuerte crecimiento está ligado a los altos precios de las materias primas necesarias para el desarrollo de los países centrales. El ajuste materializado en América Latina en los ‘70 y los ’80 es el que se está haciendo ahora en Europa. Se está cerrando el ciclo del ataque del capital al proteccionismo keynesiano.

 -¿No puede ese crecimiento ser un recurso de las ideas de izquierda?

JG: Los que dominan el paquete tecnológico de base de este desarrollo productivo son transnacionales. Se ve muy claramente en la Argentina que lo que creció durante el crecimiento de la economía, fueron las remesas de utilidades. En la década del ‘90 lo más importante era el pago de intereses y capitales de la deuda y, en menor medida, las envíos al exterior. A ese modelo lo definen como especulativo de valorización financiera. En los últimos diez años, lo principal no es el pago de intereses y capitales, sino las remesas de utilidades al exterior. Ambos terminan con la salida de capitales. Quienes dominan el ciclo productivo contemporáneo siguen siendo las corporaciones internacionales. Venezuela le propuso a América Latina crear Petroamérica para encarar una fórmula de desarrollo compartida. No tuvo mucho éxito. Solo respondieron los países del Petrocaribe, dieciocho países del Caribe y Centroamérica, cuyo peso es minúsculo. El principal comprador del petróleo venezolano sigue siendo Estados Unidos. En América del Sur, Brasil tiene PetroBras, que actúa como una transnacional más. La expropiación de Repsol en Argentina supone discutir cuál es la política económica que se lleva adelante y quiénes son los beneficiados y quiénes los perjudicados. Se trata de pensar en función de qué se explotan los recursos naturales, y cómo se tiene en cuenta a los intereses de los campesinos, trabajadores, pueblos originarios. El crecimiento de América Latina actual no está resolviendo una mejor calidad de vida de la población.

“Una clase social no se cuestiona a sí misma, y el Gobierno responde a la suya”

En otra edición del ciclo de entrevistas a economistas, Rolando Astarita, docente en diferentes universidades, pensador contemporáneo y escritor, se sienta con NosDigital. Vinculando siempre lo pragmático con el marxismo, dice tener ideas “minoritarias y marginales”. Habla acerca del modelo K, sus límites, las medidas que tomó el Gobierno, el capitalismo, la situación social argentina y otorga conclusiones respecto a cómo ve hoy el movimiento sindical en nuestro país. Así critica, cuestiona y se enfrenta con quienes dicen ser la izquierda argentina hoy en día: ¿Esto es ser “progre”?

-¿Qué podría decirnos acerca del modelo económico de la Argentina?

Fotos: Nos Digital

-Las medidas de Kirchner para salir de la crisis fueron nulas. No hubo ninguna medida cualitativamente distinta a lo que se venía haciendo. La idea de que aquí se planificó una estrategia a largo plazo de desarrollo capitalista no la creo. Más bien fueron respuestas a grandes crisis macroeconómicas, y a partir de ahí se fue elaborando todo esto sobre la marcha. Esto ha sido un producto de la crisis del 2001, pero a su vez se inscribe en una alternancia que hemos vivido en las últimas décadas de tipo de cambio alto o tipo de cambio bajo. Dólar alto o dólar bajo, básicamente. Una constante a partir de la crisis de fines del ‘74.

-¿Cómo es esto?
-La política de fin del 2002 estaba basada principalmente en tipo de cambio alto, es decir, una moneda muy depreciada. Resalto que la recuperación económica se basa en la explotación de la clase trabajadora. Digo esto porque ahora el Gobierno menciona que la receta argentina frente a las crisis es tal o cual y, en realidad, la receta ha sido abaratar el costo de la mano de obra (en términos de dólar) lo que permitió que se recupere muy rápidamente toda la industria. Y las exportaciones industriales mejoraron, pero no son nada extraordinario. Y, por otro lado, se aprovechó mucha capacidad ociosa que había en cuanto a capacidad de producción y el hecho de que en los ‘90 había habido una renovación del parque industrial. Aclaro, es un error creer que eso no pasó.

-¿Qué problemas conlleva este modelo? ¿Qué límites contiene?
-Bien, este tipo de desarrollo basado en la precarización del trabajo. Permite aumentar la competitividad en el mercado mundial, y las empresas que producen bienes tranzables mejoran rápidamente su rentabilidad. Pero hay empresas de servicios que quedan con sus tarifas mucho más atrasadas, con una tasa de rentabilidad más baja y un aumento de competitividad que no se basa en un verdadero desarrollo de fuerzas productivas. Los marxistas llamamos a este desarrollo “bien extensivo”, esto quiere decir que no es un desarrollo de alto capital por obrero.

-¿Había otra forma de salirle a la crisis? ¿Ha escrito algo sobre eso?
-Yo lo que traté de explicar en dos capítulos de mi último libro: cuando la moneda se empieza a apreciar por suba de los precios internos, suben los servicios, como está anunciado para el año que viene, los salarios también, se generan crecientes presiones inflacionarias. Hay dos salidas: la que intentó la Alianza con Cavallo el último año y medio de mandato, bajar precios y salarios, lo cual es un proceso terrible porque a medida que bajan precios y salarios se contrae la inversión y estás en un espiral descendente cada vez peor. Fracasó, vino el corralito y después el ajuste sobre los salarios se hace hizo vía devaluatoria. Hoy, en esta coyuntura, si el Gobierno devalúa se acelera la inflación. En condiciones extremas esto termina en alta inflación. En esas condiciones el mercado no puede funcionar. En términos marxistas diríamos que deja de funcionar la ley del valor, la moneda desaparece y se remplaza por el dólar.

-¿Tiene que ver esto con las medidas de control de cambio que se están tomando?
-Lo que hacen hoy es una receta intermedia, es decir, van frenando el tipo de cambio para que no se acelere la inflación y al frenar el tipo de cambio, se les está revalorizando la moneda. Entonces no hay salida aquí. La situación para el Gobierno no es grave todavía, no es el 2001, pero se le está complicando lentamente.

-¿Todas las salidas son críticas?
-Sí, sobre todo para el trabajo son terribles. Toda crisis implica que el capital recupere su rentabilidad desvalorizando enormes sumas de capital, default, quiebras, etc. y,  desvalorizando el trabajo, aumentando los ritmos de producción y bajando los salarios. Por eso nunca hay una salida de una crisis que no la pague la clase trabajadora. Si fuese posible que la crisis la pague el capital yo no sería socialista. Soy socialista justamente por eso.

-¿Cómo entiende el panorama económico-social en nuestro país?
-Hoy hay una costumbre  de hablar de los grupos y esto da la sensación de que son tres o cuatro o cincuenta grupos concentrados. Y no es así. El sistema capitalista es una clase social que explota a la trabajadora y que vive del trabajo de los obreros. Este puede ser el dueño de una empresa de veinte obreros, de los cuales tiene cinco en negro, la mujer tiene una chica que le limpia la casa también en negro, sin vacaciones. Estos días que el Gobierno estuvo interesado en controlar el intercambio de dólares. Mandaron cantidad de inspectores. Los inspectores no se mandan a la infinidad de lugares donde se está sobreexplotando a trabajadores y todo el mundo hace la vista gorda. Insisto, hay un interés de clase aquí que quiere mirar para otro lado. Que hagan inspecciones en casas de cambio, pero también háganlo en la infinidad de lugares donde el trabajo en negro y la falta de seguridad social es masiva. Los “prestamos en el acto”, por ejemplo, son cosas usurarias. Chupasangres de la clase trabajadora. Son una red de medianos financistas, no es solamente el Chase Manhattan, es una red de clase capitalista. Y eso nadie lo cuestiona. Porque una clase social no se cuestiona a sí misma, y el Gobierno responde a ellas. Por eso el discurso “progre” dice que el problema es el FMI, el problema son los grandes grupos. Hay que ser crítico de ellos, pero también de lo otro.

-¿Las retenciones no intentaron ser una medida “progre” fáctica?
-No. El verdadero impuesto progresista es el impuesto a la renta agraria, no esto. Es el impuesto al propietario de la tierra por el que cobra la renta. Esta idea de que en sí mismas las retenciones son algo muy progresistas es relativa. Onganía puso retenciones para subvencionar a la actividad industrial de los grandes grupos. Esto no es otra cosa que distribución de plusvalía que se hace al interior de una clase dominante y no en beneficio de la clase trabajadora. A ver, si yo abarato el pan para que los industriales paguen salarios bajos lo que estoy  generando es una redistribución de plusvalía al interior de la clase dominante. Marx alguna vez dijo que la forma de bajar la renta agraria era aumentando el salario de los obreros rurales. Hoy los obreros rurales están haciendo huelgas para aumentar sus salarios en un silencio absoluto. Aquí ni la sociedad rural, ni el agro, ni la UIA, ni los K, ni el progresismo izquierdista se solidariza con los trabajadores rurales que están pidiendo un aumento de salario porque su paga es muy baja. 

-¿Y hoy cómo ves el movimiento sindical actual?
-Está en calma desde hace años. En este tema tengo bastantes discrepancias con gran parte de la izquierda que plantea casi de inmediato una revolución socialista. Y si muchos piensan que aquí hay una situación prerrevolucionaria, yo no veo nada de esto. El nivel de conflictividad es bajo, sobre todo en los grandes centros industriales, las direcciones sindicales no han sido cuestionadas en ningún lado, sólo en algunos pocos focos. Incluso cuando estalló la crisis en el 2001 una gran parte de la izquierda se creía que había habido una revolución. Iban a las asambleas barriales de Parque Centenario creyendo que iban al Congreso de los soviets. Yo les dije: discúlpenme, aquí yo no veo nada. Porque el obrero como conjunto en el 2001 no estuvo. Yo viví los ’60, y los efectos del Cordobazo se traducían en la aparición de militancia sindical importante que cuestionaba las direcciones burocráticas y las enfrentaba.
Creo que hoy estamos en una lenta etapa de acumulación de fuerzas, de cuidar posiciones cuando se logran, no llamar rápidamente a la huelga, ni a la lucha. Porque aparte de eso creo que muchas veces corremos el riesgo de llevar a la gente a la aventura.

-¿Participa usted activamente en política?
-Ahora no, pero siempre tengo discusiones y diálogo con gente que le interesan estos temas. Tengo un blog, y sé que la gente lo usa como herramienta de estudio, debate y análisis. Yo he militado bastante tiempo en el trotskismo y rompí en los años ‘90.  También hace 13 o 14 años traté de formar un grupo, un embrión político y no tuve éxito. No logré convencer a la gente de algunas de mis ideas. Mis ideas son muy minoritarias y marginales.

-¿Y no se siente representado por nadie?
-No, yo dije que iba a votar al FIT (Frente de Izquierda y los Trabajadores) por ser un frente de izquierda que puede revindicar ciertas ideas de la clase trabajadora, pero realmente no me sentí identificado ni con su programa, ni con su discurso, ni con sus análisis políticos, ni con los métodos que emplea el partido. Mi manera de pensar es muy distinta.

 
Rolando Astarita es docente en la Universidad Nacional de Quilmes, Carrera de Comercio Internacional, y en la Carrera de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. También, desde el segundo cuatrimestre de 2005, dicta “Desarrollo económico” en la Carrera de Economía, Facultad de Ciencias Económicas, de la UBA.
Según él mismo, en sus clases trata de presentar varios puntos de vista alternativos y anima a alumnos y alumnas a ser críticos y a formar sus propios puntos de vista.
 En lo que tiene que ver con su formación intelectual, Astarita se egresó en el Colegio Nacional Buenos Aires en 1969 y desde entonces su formación fue enteramente autodidáctica.
Escribió libros, artículos y algunas notas que están hoy en su página (www.rolandoastarita.com.ar) y en actualiza con cierta constancia su blog (rolandoastarita.wordpress.com), lugar en el que debate, discute e intercambia ideas con sus alumnos, colegas, críticos o cualquiera que lo deseé.