Entre la calle y la ley

A un año de la sanción y reglamentación de la Ley de Identidad de Género, un recorrido por su impacto en la vida cotidiana de las personas trans. El mayor desafío: la inserción laboral y el reconocimiento de la diversidad por el resto de la sociedad.

Tener un nombre es un derecho más que primario de todo ser humano, un modo de reconocerse y obtener reconocimiento. Cuando a una persona se la llama por un nombre que no coincide con su identidad de género, se vulneran sus derechos. La ley viene a subsanar esa violación. Pero, ¿qué hay detrás de un nombre? En su artículo segundo define:

“Se entiende por identidad de género a la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo. Esto puede involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios farmacológicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que ello sea libremente escogido. También incluye otras expresiones de género, como la vestimenta, el modo de hablar y los modales.”

Las identidades trans desordenan la pretendida homogeneidad de concordancia entre sexo, género y orientación sexual. Evidencian el carácter construido y cultural del género al tiempo que introducen la crítica al sistema binario hombre – mujer que excluye, por estructura, al diferente.

“Esta ley nos hace sentir orgullosas; significa que hay un estado que por lo menos nos reconoce y no nos expulsa”, dice Carla Morales desde la barra de Casa Brandon, en donde trabaja. Sabe que el proceso será largo y que las nuevas generaciones serán las beneficiadas, en primer lugar, porque las familias sentirán que no están solas y les será más posible acompañar a sus hijas e hijos trans. “Así, con contención, podremos seguir estudiando, acceder a un trabajo digno y a una vida social más plena”, agrega entusiasmada. Con las mismas ganas, porque “dar de comer tiene que ver la energía”, acaba de pasar fuentes de papas fritas y ensaladas para atender al grupo que eligió el lugar para recibir el fin de semana. Ese es su trabajo y es también su lugar de militancia, su modo de ejercer, de “ir a los hechos, no solo de decir que se puede, sino también, hacerlo”. Sabe que ella tiene una oportunidad negada para la mayor parte de sus compañeras y está decidida a no desaprovecharla.

El problema es qué sucede mientras ese largo proceso del que habla Carla culmine. Aunque el verdadero problema, es qué pasa con las vidas de todas las personas trans que quizás no lleguen a ver ese proceso cerrar. La comunidad travesti, transexual y transgénero de nuestro país se encuentra entre una de las poblaciones más vulneradas históricamente. La realidad de este colectivo está atravesada por un contexto de persecución, exclusión y marginación. Las personas trans no gozan de igualdad de oportunidades y de trato en ningún ámbito de la vida social e institucional; la mayoría de ellas vive en extrema pobreza, privadas de derechos económicos, políticos, sociales y culturales. A pesar de las condiciones en las cuales desarrolla sus vidas, el colectivo trans ha dado muestras de perseverancia y a través de su intervención en la política ha producido cambios significativos, aportando nuevos conceptos, experiencias y marcos jurídicos, construyendo políticas sociales y comunitarias, generando antecedentes importantísimos en la justicia. Hoy, finalmente el Estado reconoce a esta porción de la población y comienza a generar políticas públicas dirigidas a esta comunidad. Sin embargo, debe también desarticular los mecanismos institucionales de discriminación que operan contra las personas trans y que han legitimado mecanismos socio-culturales de fobia por estigmatización, criminalización y patologización

Soledad Cutuli es antropóloga y escribe su tesis sobre las formas de organización de las travestis de Buenos Aires. “Siempre se las aborda de una manera exotizante, pero ellas son madres, militantes, hermanas, vecinas, tías, y también, si querés, prostitutas, y un montón de cosas más que componen sus vidas y suelen estar solapadas”, dice y añade que entre todo lo que hacen, está por ejemplo, el haber demandado esta ley. La inserción laboral, si bien no es imposible, sí es muy difícil. La exclusión del trabajo formal supone, por añadidura, la falta de acceso a vivienda, crédito, y, sobre todo, obra social. Al decir de Cutuli, “ellas son perspicaces y siempre encuentran alternativas” a la trama de marginalidad a las que se las somete, que implica una expectativa de vida tan baja, que las que llegan a viejas “tienen el aura de sobrevivientes”.

“Ahora cuando me miro al espejo, me reconozco, me digo, ahí estoy, soy Gabriela”. Todavía se emociona cuando lo cuenta, es que hace apenas dos años se animó a asumir su identidad y, a los cuarenta y dos, enfrentó, en el edificio en el que trabaja como encargada, la mirada y el prejuicio del vecindario. Se siente una leona, una mujer maravilla, por haberse jugado por lo que es. La emoción se respira en cada letra, la intensidad de la experiencia traspasa la palabra en la que se materializa. “Cuando voy al almacén y me preguntan: señora, ¿qué va a llevar?, me reafirmo y enorgullezco de mi transformación”. Claro que el proceso no fue fácil y aún sufre las consecuencias. Hoy su sueldo está reducido en casi un 50%; la administración, por presiones de algunos integrantes del consorcio le quitó las horas extras. “Se resisten porque les da miedo y atacan para defenderse de lo que no conocen”, dice Gabriela, después de haber tenido que denunciar el caso por discriminación, amenazas e insultos.

Nombre, identidad, aspecto, acceso, trabajo, una red de posibilidades que, por presencia o por ausencia, marcan tantas vidas; en el caso de las personas trans, un número no cuantificado. A pesar de la ausencia de datos oficiales, a partir de “Cumbia, copeteo y lágrimas. Informe nacional sobre la situación de las travestis, transexuales y transgéneros” de Lohana Berkins y la encuesta piloto realizada por el INDEC y el INADI en La Matanza el año pasado, se conoce que el 80% de las personas trans ejercen la prostitución, más del 80% no culminó sus estudios secundarios, el 34% vive con VIH/SIDA y la esperanza de vida es de 35 años.

La ley de identidad de género da existencia a las personas trans e instala la necesidad de ir más allá. Tener un documento con el nombre propio es un primer y enorme paso. Para Soledad Cutuli, salud, educación y más políticas públicas que regulen el cotidiano es lo que debe venir. Gabriela Toledo cree que a la sociedad le falta delicadeza en el trato y sabe que mientras llegue el cambio cultural que ratifique la ley, ella debe seguir viviendo y que falta mucho por cambiar. Carla Morales tiene vínculos con varias organizaciones y partidos políticos, pero se define como inorgánica en su militancia, porque considera que lo mejor que puede hacer es llevar y traer de un lado al otro, decir lo propio a los demás, no limitarse bajo una sola bandera, sino “aprender de la otredad”. Cutuli da un paso más y declara: “ojalá mis hijos tengan compañeras y compañeros trans en el colegio, eso enriquecería el aula”.

Cutuli, Morales y Toledo coinciden en el papel fundamental de los medios de comunicación para lograr el reconocimiento y la aceptación de la sociedad, sin estigmas, en la integralidad de toda persona. Para ponerse a tono con una lucha que avanza a pasos implacables. Y muestra de ello son, por ejemplo, la Escuela Cooperativa Textil de Trabajo Nadia Echazú, creada en 2007 por y para personas trans, con el fin de generar un espacio laboral alternativo a la prostitución. La cooperativa, cuyo nombre recuerda a la activista por los derechos de travestis y transexuales fallecida en 2004, fue un acto de militancia viabilizado por la lucha sostenida de su presidenta, Lohana Berkins. Por otra parte, el año pasado comenzó a funcionar el Bachillerato Popular Mocha Celis, que se presenta como “un proyecto educativo dirigido, sin ser exclusivo, a travestis y transexuales, con el objetivo de conseguir mejores condiciones y oportunidades laborales que reviertan la situación de prostitución y promuevan la organización en torno a cooperativas de trabajo autogestionado”. En este caso, el nombre se lo debe a la militante trans que, sin saber leer ni escribir, murió víctima de violencia de género policial. El Canal Encuentro produjo en el 2011 un ciclo de cine sobre diversidad sexual; conducido por Marlene Wayar, analizó la violencia, los crímenes por odio, las fobias y también la necesidad del respeto a las diferentes identidades. Wayar es también la directora de El Teje, la primera revista en América Latina producida desde una identidad travesti. También hace dos años se estrenó la película “Mía”, ópera prima de Javier Van de Couter. Cuenta varias historias que se encuentran alrededor de una chica trans que vive en la “Aldea Rosa” del cirujeo y la prostitución mientras sueña con la moda, un hogar y la maternidad. Al director, consciente de que para muchas de las chicas que participaron del elenco, la plata que cobraron fue su primer sueldo por un trabajo digno, no le preocupa si su filme se destaca más por su costado militante que artístico. Emprendimientos de economía social, proyectos de educación popular y producciones culturales; las distintas facetas de un movimiento plural que viene pujando desde hace décadas por una democracia real, que lucha no solo por derechos sexuales, sino también por derechos sociales y de ciudadanía.

Trabajo digno, ya a esta altura, resuena como reclamo, como necesidad, como derecho. Como la base de la que partir para poder despegar, para constituirse con plenitud, para alcanzar la integralidad inherente a toda persona. Al igual que entre las mujeres, entre las personas trans se reproduce la discusión acerca de la prostitución: reglamentar o abolir. Gabriela Toledo no pasó por ese lugar, cuando asumió su identidad tenía un trabajo y desde allí da pelea, para vivir su vida, dice. Carla Morales antes de trabajar en Brandon, tuvo una parrilla y diferentes trabajos, entre ellos en la cooperativa Nadia Echazú. Cree que el trabajo dignifica y entiende que si la prostitución es un trabajo, debe ser fiscalizado, mientras no se pueda sacar a quienes están en la calle, como prostitutas, clowns, gente que hace venta ambulante. Morales afirma que toda persona debe tener derecho a elegir su camino y poder hacer un aporte a una obra social y llamar para pedir un turno como cualquiera que trabaja. Lohana Berkins, desde su conocida postura abolicionista, no se cansa de repetir que no conoce a nadie que mande a sus hijos a hacer cursos de especialización en prostitución. Si hay un reclamo consensuado entre todos los sectores es que lo que deben eliminarse sin más son las causas que provocan que la prostitución sea el único medio de subsistencia para tantas. Para Cutuli, la categoría trabajo digno tiene potencialidad estratégica, retórica, para conseguir resultados para la vida de todos los días, cuyos matices exceden el reclamo llevado al Estado. “Imaginate decirle a una trava: vos no sos digna porque no tenés un trabajo digno, inmediatamente te va a dar mil argumentos por los cuales se considera absolutamente digna. Hay, por eso, dos planos, el de lo político y el de lo cotidiano, creo que se van a producir modificaciones en forma progresiva que hagan surgir otras formas de ser travesti sin pasar por la prostitución”. Para muchas de ellas, trabajar y salir a prostituirse son la misma cosa. Soledad Cutuli cuestiona: ¿cómo no llamar trabajo a la principal fuente de ingresos?

Una pregunta surge insoslayable; ¿quién es el cliente de las travestis? ¿Quién consume esos cuerpos? Si el consumidor de sexo heterosexual está invisibilizado por una trama social que lo protege, el de sexo trans pareciera no existir. Ningún hombre admite su práctica. La hipocresía de la sociedad se manifiesta al extremo. Berkins, en declaraciones al momento de la media sanción de la ley, enfatizó la problemática de la violencia, dado que entiende que a mayor avance le corresponde una mayor resistencia, que puede devenir en travestofobia. Se rebela a estar confinada en el mundo prostibulario y considera que la verdadera transformación se dará cuando a ellas las lleven por la vida reconociéndolas como pareja. Por eso Carla Morales, además de diseño textil en la UBA, estudia las relaciones afectivas de las chicas trans y la forma en que el varón que gusta de ellas, asume su lugar. Plantea la necesidad de que ese chico pueda hablar y decir: “Mamá, no te presento una novia mujer biológica, te presento una novia trans”. Para ella, se impone empezar a hablar de la salida del closet de estos varones, porque la represión se vuelve violencia y se llega, en muchos casos, al crimen de odio.

“Hace un tiempo atrás comencé un viaje hacia mi adentro, un trabajo de auto aceptación, donde el aprendizaje es aún constante y una de las tantas riquezas alcanzadas es la paz conmigo misma, una paz que excede todo conocimiento”; así comenzaba la carta que Gabriela Toledo envió a cada unidad del edificio en el que trabaja, el día antes de abrir la puerta como Gabriela. Líneas que se entrelazan con el reclamo de Carla Morales de ser escuchadas con voz propia y de reconocer y aprender del diferente, de todo otro y otra. Sobre su trabajo con el grupo de la cooperativa Nadia Echazú, Soledad Cutuli declara, contundente: “No se me ocurriría nunca darles consejos, yo aprendo de ellas e intento aportar a la academia sus saberes”.

Ese conocimiento que dice que el disfraz es no mostrarse como lo que se es, que apela a la aceptación, a la posibilidad de mostrar todo un abanico de capacidades que van mucho más allá de una esquina o una peluquería, a permanecer en la educación formal y acceder a los servicios plenos de salud, a no ser invisibilizadas tras una máscara de necesaria femineidad, a ser y a devenir. A un año de la sanción y reglamentación de la Ley de Identidad de Género, los estigmas sociales sobre el travestismo en nuestro país siguen atravesados por la violencia física, la represión policial y los insultos discriminatorios, reforzando los estereotipos negativos en identidades trans. Violencia física relacionada a la represión policial, las dificultades en el acceso a la justicia y las barreras para ingresar al mercado laboral formal dan cuenta que todavía en Argentina existe una marca de la violencia física y simbólica que vulnera a las personas trans en sus derechos económicos, culturales y sociales; en sus derechos humanos, en su derecho a ser y existir.

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Marcas de fuego

La Semana Afro, organizada por el INADI en la última semana de abril, nos sirvió para repensar el rol del arte en la lucha contra la discriminación y en la visibilización de identidades diversas. Un movimiento cultural que crece y abre una grieta en un sistema que excluye y segrega.

Entre el lunes 22 y el domingo 28 de abril, en el Centro Cultural La Pecera de la Luna, tuvo lugar la Semana Afro en Villa del Parque (Comuna 11), organizada desde el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI). Las actividades incluyeron disciplinas diversas vinculadas con la cultura afro, desde la proyección de un documental y la exposición de una serie de pinturas hasta espectáculos de percusión, canto y danza, que se inscriben en la voluntad de la institución de organizar eventos de difusión que contribuyan a visibilizar las prácticas racistas actuales, promoviendo el diálogo entre identidades culturales diversas para dar lugar a una sociedad más igualitaria.

La negación e inferiorización de la alteridad ha estado presente en nuestro país desde el instante de su nacimiento, acompañando la construcción de la identidad nacional, que implicó que aquellos grupos no asimilables a la idea de “ciudadano ideal” inscripto en el paradigma eurocentrista, indígenas o afrodescendientes, fueran considerados salvajes y sometidos a la invisibilización o incluso el aniquilamiento. En este sentido, en la apertura del evento, Julia Contreras, directora de Promoción y Desarrollo de Prácticas contra la Discriminación, comentó que el mito popular de la Argentina como “crisol de razas” implicó el despojamiento de las particularidades culturales, en virtud del borramiento de las diferencias y de la completa homogeneización de la Nación.

Dos siglos más tarde, el racismo continúa operando. Así lo manifiestan desde la Agrupación Afro Xangó: “Todavía seguimos enfrentando este Capitalismo Racial que ha implicado una continuidad en la dominación étnico-racial y opresión económica en los afrodescendientes y africanos/as y que también ha incluido a varios sectores de la población que no responden al modelo hegemónico, clasista, eurocentrista, burgués y blanco al cual enfrentamos en nuestras realidades cotidianas.” Sin embargo, aunque no cabe duda de que queda aún mucho sendero por caminar, desde Xangó reconocen que actualmente la región del Mercosur, y en ella la Argentina, se encuentra sumergida en la búsqueda de un modelo más integrador, que recupere la pluralidad de identidades y de valores. “Necesitamos que efectivamente se produzcan políticas específicas que impacten en nuestra comunidad, como modo de generar un piso que permita igualdad de trato y oportunidades más allá del color de la piel. Porque es allí donde se enmarca y se hace carne la diferencia.”

La Semana Afro nos sirve entonces de excusa y disparador para empaparnos la piel de tambor y de candombe y repensar el rol del arte en la lucha contra la discriminación y en la visibilización de la propia identidad. En este contexto conversamos con Egle Almada, que coordina desde el INADI la Comuna 11 y estuvo a cargo de la organización de las actividades. “Los espacios como el INADI son interesantes porque van trabajando temática por temática, pero en realidad lo que tenemos que trabajar es que se comprenda que todos somos iguales. Con diferentes cosmovisiones y diferentes creencias, respetables cada una. Hay gente que está muy excluida. Los afrodescendientes tienen problemas todavía para llegar a la universidad, no tienen fácil acceso al trabajo. No circulan como cualquier otro. Y las oportunidades tienen que ser para todos: afro, boliviano, peruano.” Egle reflexiona acerca de las raíces de la segregación, y encuentra la causa fundamental en el miedo. “Yo creo que la gente no sabe que discrimina. Creo que la estructura social ha generado miedo, y el miedo ha generado la separación. El capitalismo no genera una estructura social comunitaria; ha fragmentado. Y a esto le ha sumado el miedo desde todos lados: el miedo a dejar de pertenecer, el miedo a que te asalten, el miedo a que el otro es un posible enemigo.” La discriminación se alimenta entonces del establecimiento de arquetipos acerca de lo lindo, lo bueno y lo socialmente aceptado. Y todo aquello que crece y se mueve por fuera de esos lineamientos, es empujado a la periferia e invisibilizado: “En Chacarita tenés por ejemplo un playón donde vive mucha gente humilde. Pero está dentro de un muro, entonces vos pasás por ahí y eso no está, no existe. Es una pared.”

Pero cabría preguntarse en este contexto hasta dónde el otro nos es realmente ajeno. “Vos caminás y parecemos todos blancos, pero esta no es la realidad, uno se olvida que hay otra realidad, y que esa otra realidad está adentro nuestro.” Egle cuenta que desde el centro cultural barrial que coordina, invitaron a todos los inscriptos a bucear en su historia personal, a hundir las manos en sus raíces, y que muchos descubrieron así lo inesperado. “La gente empezó a averiguar y empezó a entender que no somos europeos. Es empezar a investigar tu familia. No sabés la cantidad de chicas que se dieron cuenta que eran nietas de indígenas o de afrodescendientes. Se fueron dando cuenta que somos de acá. Que no es verdad que somos de allá, y que esto lo podemos hacer mierda porque total volvemos a Europa, eso no es verdad.”

La Semana Afro pretendió generar un espacio de reflexión y de lucha, motivando a la participación y la escucha desde la realización de acciones culturales. “La idea fue hacer una semana donde los que de verdad son los hacedores de la cultura afro puedan expresarse; ir juntando gente que no es afrodescendiente con los afro, y hacer un espacio común y con corazón.” Pero este evento no es un caso aislado, sino que se inscribe en un panorama más amplio de visibilización de la identidad afro a partir de la cultura.

En este punto, vale la pena abrir el juego y sumar la voz enérgica de Cecilia Benavidez, bailarina y docente de danza afro, más ‘indiecita’ que ‘negrita’ como ella misma se define en una sonrisa amplia, que nos invita a desandar el transcurso de las últimas décadas para proporcionarnos su lectura de la situación actual:“Cuando yo empecé a bailar, hace veinte años más o menos, no se hablaba de esto. Primero que no había negros en la calle, no los veías, como sí pasa hoy. No se hablaba, no se veía, no había música en referencia a eso, no existía.” Hoy, en cambio, lo afro indiscutiblemente salió de las sombras y circula, se mueve, resuena. “Hoy sí ya hay libros que hablan de la importancia del negro en la construcción de nuestra identidad. Se habla, está dicho. Entonces no estamos ni como hace cinco años atrás”. Cecilia vincula este avance con la cantidad cada vez mayor de investigadores volcados al estudio de esta cultura, a los muchos docentes negros que pasaron por Buenos Aires, y a los numerosos hacedores de cultura que, como ella, se apasionaron por lo afro y decidieron apostar a explorarlo en profundidad. “Nos enamoramos, nos conmovimos con eso y con la historia de donde eso venía, nos sentimos identificados con parte de esa historia, porque nuestra historia también tiene desarraigos y tristezas, y familias que se rompieron, y estructuras de pueblo que fueron desarmadas.”

Entonces nos sumergimos junto a ella en el universo de la danza y de la percusión, intentando captar sus dinámicas y aunque sea rozar con la punta de los dedos aquello que habita en su trasfondo. “Hay algo que te pasa por el cuerpo, te atraviesa, y no lo podés parar. El tambor es eso. Hay algo en nosotros que resuena, porque es concreto, porque es una vibración, porque cuando vos entrás en contacto con esa vibración te provoca una satisfacción y un bienestar.” Hay algo circular, de conjunto, de encuentro con el otro. El tambor late como late el corazón de nuestra madre mientras habitamos sus entrañas. Quizás en esa familiaridad descanse algo de la magia. Pero hay algo más detrás de las vibraciones y de los cuerpos que se contraen. “Accedés a un mundo, porque no es sólo movimiento, es todo un lenguaje. Hay comida, hay literatura, hay vestimenta, hay relato, hay estética: desde la pintura, desde los colores.” Lo afro es una cosmovisión, explica Cecilia, un entramado complejo que necesita ser penetrado. Comprender lo que subyace permite otra vinculación con el acto de bailar. “Y está cerca tuyo, no está lejos, no necesitás ser un erudito para hacerlo. Eso es maravilloso. El relato, la leyenda, la simbología, la significación. Bailar con significación potencia todo, potencia la relación entre las personas, es así.”

El universo de creencias, valores e historias que gatean bajo la superficie de lo visible no siempre es tomado en cuenta, y esta operación de vaciamiento oculta un trasfondo político e ideológico. Así lo piensa Egle: “El problema es el sistema. No importa si es macrista o kirchnerista, esos son tonos dentro de un mismo sistema capitalista. Y en lo que es cultura, después de leer, y ver, y trabajar, mi sensación es que el sistema fue detectando lugares de libertad en la sociedad, y se los fue apropiando. Una de las últimas reservas que tenía la sociedad era el arte. En el arte la gente se expresa, es libre, el inconsciente tiene la posibilidad de volcar.” Y con el objetivo de cercenar lo genuino se amasa la industria cultural. Como le pasó al circo, dice, le pasa ahora al arte afro. “La industria cultural generada dentro de un ministerio cultural amasa cultura-chorizo, diseñada, hecha en fábrica, que parece un shopping cultural.” Es necesario continuar generando entonces espacios que preserven la libertad y el sentido comunitario de las cosas. “Al arte nada lo va a poder matar. Aunque el sistema genere boludeces, el que haga arte, va a hacer arte. Y es así. El que encontró la manera de sublimarse a través del arte, ya no vuelve para atrás.”

Cecilia también se apropia de esta problemática y la aborda a partir de la importancia de lo sensible. “Nosotros, los hacedores de la cultura (bailarines, músicos, docentes) debemos resaltar cada vez más algunas cosas que tienen que ver con la sensibilidad. En los estratos de gestión me parece que falta mucho ese trabajo, de los mismos gestores e inclusive de los intelectuales. En la necesidad de que eso tenga un formato, de que pueda ser entendido, de que pueda llegar a esos lugares de gestión, se van perdiendo esos rasgos de sensibilidad.” A pesar de que cree que es mejor esa simplificación a que no suceda nada, destaca la importancia de no trabajar solamente sobre el relato teórico, sino de también dejarse atravesar el cuerpo. “Todo el tiempo tenemos que construir los aspectos sensibles. Yo a vos puedo decirte quién es Xangó, y eso es necesario, puedo decirte cuál es su color, cuáles son sus elementos, decirte que es el fuego, resignificar ese fuego dentro de este contexto, decirte cuál es su movimiento, cuál era su aspecto, cuál era su rol social. Todo eso es necesario, pero si yo no trabajo sobre lo que te pasa a vos o no genero la instancia de que a vos ese fuego te atraviese, algo me faltó.”

En la otra orilla de la industria cultural podríamos situar las manifestaciones del arte afro más puro, aquel que pretende conservar las formas originales, y niega cualquier variación sobre las mismas. “Tal vez no necesitemos mostrar sólo el candomblé a rajatabla, que en algún momento lo hicimos, bailar las danzas cubanas tal cual son, y acercarnos lo más que se puede a esa cultura. Claro que es necesario eso. No sería posible si no. Siempre hay algo de papá y mamá, siempre. Pero después uno construye otros caminos.” Así dice Cecilia, que cree en la importancia de una búsqueda guiada por las propias inquietudes a partir de la apropiación del lenguaje, dejándose penetrar por aquello que conmueve y que invita a crear una construcción propia: bailar para uno mismo, bailar la propia historia. “A mí me parece que es necesario, porque si no es dejarlo en un folclore vacío de sentido. A mí no me interesa bailar como las bailarinas del ballet folclórico. Me encanta, las admiro, las estudio. Igual que a las bailarinas de candombe.  Ahora: yo soy argentina, de clase media trabajadora, docente, mujer, madura, y vivo en esta Buenos Aires, con este contexto social, con todas las cosas que nos pasan a las mujeres en este contexto social. Entonces: yo puedo contar algo partiendo desde quién soy yo.” Claro que para eso, explica, toma muchísimos elementos de lo afro: la gestualidad, la relación con el cuerpo, la mitología, las leyendas. Pero no existe algo así como una técnica precisa acerca de cómo se debe bailar el afro. “Es de la gente, es popular, es como enseñarte a bailar cumbia. Y eso lo que tiene de maravilloso es que te da la posibilidad de que alguien te enseña el camino, pero la construcción la hacés vos, y sos responsable de tu construcción. Eso es generar diversidad.”

En esta misma línea lo piensa Egle. “Me parece que lo que ahora nos toca a muchos es generar ese espacio del afro entre todos. Lo que está sucediendo, que me parece muy interesante, es que hay como una red de artistas, de gente joven, que han sido muy bien formados, que hoy están haciendo cosas que tienen más que ver con la danza-teatro, con la utilización del ritmo, son fieles al ritmo, pero han hecho su apropiación. Porque vos ves bailar a una brasilera y es hermoso. Llegan a lugares donde están extasiadas, pero nosotros no somos eso. Entonces nosotros estamos pudiendo hacer una síntesis desde el arte.” Quizás de eso se trate, la valoración de lo otro y su incorporación a lo propio. Mezclar, fusionar, dejarse invadir y crear a partir de eso. “Hay gente que está laburando esto de apropiarse, de sentirlo y de que le resuene. De poder contar lo que les pasa a ellos con esto. De incorporarlo a su historia personal. Eso es lo que hace un artista, se cuenta a través del arte.”

Terminó la Semana Afro, pero los tambores siguen repiqueteando, y los cuerpos siguen y seguirán contorsionándose al borde del ritmo. Lo que queda por caminar es mucho, y falta una organización más profunda a través del acuerdo entre las partes involucradas y del trabajo en conjunto: la gestión, los intelectuales, las comunidades afrodescendientes y los hacedores de la cultura. Pero no debe perderse de vista el camino que va quedando por detrás, las huellas sobre la tierra, lo que se ha conseguido. Dice Cecilia: “La verdad es que desde que yo empecé a bailar y a conectarme con esto, hay otra cosa. Hay otra realidad, hay otro lugar y pasan otras cosas. Que no alcanza, que necesitamos más, sí. Pero yo siempre creo que es mejor hacer que no hacer. Siempre es mejor generar instancias, aunque lo que se muestre a lo mejor no sea lo que más nos gustaría que fuera. Que se haga. Que suceda. Que aparezcan cosas. Que nos pensemos.” 

La felicidad del Bachi Trans

El 19 de marzo se iniciaron las clases en el Bachillerato Popular Mocha Celis, primera institución educativa para personas travestis, transexuales y transgénero. Aquí, la historia de un espacio en el que uno de los grupos más discriminados de la sociedad se desarrolla, aprende, toma decisiones y, haciendo todo eso, resiste, con los libros abiertos, a la exclusión del sistema.

A las 12 del mediodía del lunes 19 de marzo empezaron las clases en el Bachillerato Popular Mocha Celis, el primer bachillerato popular para personas travestis, transexuales y transgénero. Hubo una actividad conjunta entre profes y estudiantes, que culminó en un aplauso general y emocionante. Al mediodía siguiente, y gracias a la difusión boca en boca, ya se habían acercado a sus aulas tres chicas más que las que habían ido en la jornada inicial. Se sentaron en la mesa con sus compañeras, se hicieron un par de bromas, porque con algunas ya se conocían de antes, abrieron sus cuadernos y carpetas, escucharon la clase mientras tomaban mate, tuvieron Inglés y, a las 17, se fueron. El miércoles y el jueves, otras nuevas compañeras se sumaron.

El éxito de convocatoria del Mocha se debe, en gran parte, a las condiciones, formas y modalidad que ofrece de cursada. Es una experiencia transformadora en un doble sentido. Primero, porque es un Bachillerato Popular –un Bachi-, y ya eso implica hablar de construcción colectiva del conocimiento, de que no existen saberes más valiosos que otros y de que las decisiones que competen a la cursada se toman en una asamblea de la que participan tanto docentes como estudiantes. Segundo, porque hallar una oferta educativa para uno de los grupos de gente más vulnerables del país es toda una novedad, una hermosa noticia. Discriminadas y excluidas en todos los ámbitos en que se desenvuelven, en estas aulas las travestis encuentran un ambiente en el que poder desarrollar todo su potencial como seres que aprenden, incorporan, dan, se prestan, se conmueven, ríen, juegan y, haciendo todo eso, además, resisten.

El Mocha Celis está en la Mutual Sentimiento, Lacroze 4181, en el quinto piso. Al subir las escaleras del lugar, uno se encuentra con una escuela primaria, una radio comunitaria, una farmacia en la que adquirir medicamentos al costo y varios salones en donde distintas organizaciones sociales realizan sus actividades. El Bachi, por estos días de inicio, recibe a lxs visitantes con ruido de taladro, porque todavía hay algunos arreglos que hacer en el espacio. De eso se trata, justamente; el profesor de inglés, el de matemática, la de historia, varixs estudiantes, todxs ayudan en la construcción del  espacio. Entre los que andan ensuciándose la ropa con trabajo, está Francisco, docente de lengua, que cuenta: “Algunas de las chicas que estudian acá no se animaban a tomarse el colectivo, viajaban en taxi, las que podían. Eso porque se sienten desprotegidas. Pero  el primer día que llegaron, se dieron cuenta de que muchas viajaban en el mismo bondi. ‘Vamos juntas, va a estar lleno de locas’ dijeron entonces y, claro, se lo tomaron todas juntas”.

Es que, al cabo, la unión hace la fuerza. Y en el Bachi lo saben, por eso quieren articular con los otros espacios que existen en la mutual, en el barrio. “Este es el segundo eslabón –dice uno de sus integrantes. El primero es lograr que muchas compañeras logren terminar la primaria. Y el tercero, crear capacidades de empleo”.

Sobre lo primero, es cierto que hay muchas travestis que, ocultando su identidad en una escuela discriminatoria, binaria y heteronormativa, lograron recibirse. Pero también es verdad que más las hay que ni siquiera empezaron. Hacia ese vacío pretende pugnar también el Bachi, una vez que el asentamiento dé paso a la expansión. Sobre lo tercero, las capacidades laborales, la institución ofrece un título en Desarrollo de las Comunidades, es decir cooperativismo. En ese sentido, lo que han logrado las chicas del colectivo trans Nadia Echazú, en Avellaneda (http://coopnadiaechazu.blogspot.com.ar/), es, a la vez, horizonte, guía e incentivo de que sí se puede y de que, otra vez, el juntarse hace a los grandes proyectos.

Todo empezó hace un tiempo, aproximadamente un año, cuando Francisco y Agustín empezaron a convertir en realidad una idea. “Armemos un Bachi”, se dijeron, mientras pensaban la forma de empezar a saldar la enorme deuda –en forma de discriminación- que la sociedad tiene con las travestis. Y arrancaron. Obtuvieron la colaboración de la Fundación Diversidad Divino Tesoro. Entonces, el proyecto comenzó a prender: Pao Lin, Gaby, Miguel y Ezequiel, y otrxs compañerxs y activistas, se sumaron a la construcción del sueño. Y después, llegó la incorporación a la Coordinadora de Bachilleratos Populares en Lucha y al Frente Nacional por la Ley de Identidad de Género. Marlene Wayar, Lohana Berkins y Diana Sacayán, entre otras, se comprometieron con el proyecto. Hoy, hay más estudiantes cada día, lxs docentes y coordinadorxs se cuentan en 25 y  las perspectivas de crecimiento aumentan con cada carpeta que se abre y cada mate que se ceba.

 “La comunidad trans es el último orejón del tarro, las últimas en la escala de discriminación”, comenta Ezequiel. Y razón no le falta: la esperanza de vida, hoy, en 2012, en Argentina, de esas personas roza los 40 años. El maltrato policial, las condiciones vejatorias a las que muchas veces son sometidas, el riesgo de enfermedades contraídas a causa de la prostitución y, por qué no, en un mundo que las aísla, también la tristeza y la soledad abonan a la estadística. “Por eso –sostiene el mismo compañero-,más allá de todo lo que implica la generación de capacidades educativas para muchísima gente que es discriminada, acá lo que buscamos es que todxs nos constituyamos como sujetos de derecho. O, mejor dicho, que cada unx sea lo que quiere ser”. Ése es, al cabo, el objetivo. Un lugar para aprender y sentirse bien. Sentirse bien y aprender, mientras el termo expulsa chorritos de agua caliente y un martillo impacta sobre un clavo. El Bachillerato Popular Mocha Celis está abierto, está en marcha y, con él, el camino hacia un país un poquito más justo. Es lo que todxs, en este quinto piso, desean.

 

Contacto del Bachillerato Popular Mocha Celis

Federico Lacroze 4181, 5to piso.

bp.mochacelis@gmail.com

FB: Bachillerato Popular Travesti Mocha Celis

15-6353-2927

 

La dignidad lustra boliviana

Desde La Paz, Bolivia, se cuela un mensaje de integridad, valor y respeto. Los lustrabotas se organizan para escribir un periódico que refleja los esfuerzos de cada uno de sus días. Se demuestran a si mismos y toda la sociedad que cada trabajo tiene su dignidad de trabajo.

Foto: Nos Digital.

La Paz te recibe dura. Te reclama esfuerzos extraños para desplazarte, paso por paso. A  3650 metros sobre el nivel del mar las pendientes ascendentes atentan hasta contra esos que se creen príncipes del fitness. La Paz es ruido y desorden; a cada recoveco de calma lo saturan puestos sobre las veredas que forman ferias en donde se lo propongan y muchachos a gritos invitando a subir a cada buseta, transporte público básico.

La Paz te recibe calurosa más allá de un frío que se cree invernal también en verano. Te acompaña esa convicción de encontrarte en la capital del país que mayores conquistas sociales ha conseguido en los últimos cinco años. La Paz es movimiento y usanza. Cada noche, cuando los puestos comerciales se han guardado ya, te devuelve una imagen distinta de cada esquina diurna que creías conocer tan bien.

Salir del mercado de Lanza, uno de los más grandes de la ciudad, colarse entre la exagerada multitud para cruzar la San Francisco por un puente moderno y colorido para llegar a la Comercio, peatonal que a las pocas cuadras desemboca en la plaza central, la Murillo. Esquivando puestos de “todo lo que quieras” y algún músico callejero argentino, unos metros más y me junto con Cristian. Habla poco, tiene que volver a trabajar, le robo unos minutos. Remolcando cada una de sus respuestas, arrancamos una charla que de seguro tiene mucho más valor para mí que para él.

Va de irremovible pasamontañas azul, jogging y campera, con una caja de madera de donde surgen ruidos a metal cuando caminamos hasta un cordón que nos servirá de discreto asiento. Cristian es un lustrabotas de veinte años que conocí hace unos diez minutos ahí mismo. Es uno de esos anónimos que todos los días recorren las calles del centro trabajando. Siempre llevan el rostro tapado. Casi una ley. “Hace cuatro años ya estoy. Antes trabajaba de campo. Sí, en el campo. Aquí, más tranquilo. Esto me da comida, me da ropita, para eso está esto. Dignidad de trabajo”. Repite estas tres últimas palabras al final, como convenciéndose por enésima vez: “Dignidad de trabajo”.

Laburan y laburan. Esforzándonos los dos, entrevistado y entrevistador, capturamos sus palabras en ese grabador al que tanto mira Cristian chequeando cuánto llevamos grabando: “Trabajando, estudiando, triunfando en la vida”. “Empiezo, digamos a las ocho, hasta cinco y media, seis. A la noche también estudio, terminando el colegio para entrar en la universidad, para medicina”. “Yo compré la caja, pero hay también para alquilar, todo completo por cuatro o cinco bolivianos. Y cada día hay que comprar cremas”.

La pregunta por la cara cubierta no podía tardar en llegar, está claro que es el distintivo general de los lustrabotas paceños, que se ha convertido en una suerte de emblema. Respuesta sencilla: “Es porque el olor de la crema afecta, y también como una imagen”.

Unos días antes, también por las calles del centro de La Paz, me crucé con Fabián, un lustra de diez años. Aunque con pocas ganas de hablar, me vendió por cuatro bolivianos ($2,50 pesos argentinos) el último ejemplar de Hormigón Armado, el número 34. Se trata del periódico cultural de los lustrabotas que se viene publicando bimestralmente desde noviembre de 2005. El trabajo en la confección del Hormigón es voluntario, mientras para que un lustra pueda también ser un hormigón, o sea poder distribuirlo y hacerse con el dinero de la venta, están obligados a concurrir a talleres sobre alcoholismo, derechos humanos y educación sexual, entre otros. Todos los ingresos que genera por venta y publicidad se vuelcan en forma directa e indirecta –mediante los diferentes talleres- a los hormigones que los venden.

No hay edad que restrinja la posibilidad de trabajar lustrando zapatos, me lo cuenta, en medio de La Murillo, Jaime de El Alto con treinta y cuatro años. Sorprende con un amague a sacarse el pasamontañas, pero se conforma con descubrirse tan solo la boca para hablar más cómodo. Él es quién me explica que lo del diario está organizado solo por una de las asociaciones que los nuclea. “A veces voy, a veces no. Los menores de edad reciben del periódico, los mayores ya no”.

“Los hormigones trabajaron duro intentando comprender mejor los derechos humanos especialmente lo referido a su propio trabajo, porque aunque queramos con todo nuestro ser no ver un niño o niña trabajando en la calle, la realidad es que aún este sueño como país no se ha logrado alcanzar. Por ello, nosotros abogamos porque nuestros niños sean respetados y puedan desarrollar su trabajo protegidos por la sociedad, por todos nosotros.” (Fragmento extraído de la Editorial de Hormigón Armado del número de enero y febrero 2012).

Los proyectos a largo plazo no nublan las necesidades más urgentes. Cada hormigón que retorne a la escuela será siempre una conquista estupenda. La idea más grande del proyecto va en paralelo por un doble camino hacia una única construcción: la formación y consolidación del valor de la dignidad como persona a través de su trabajo, de cada uno de los lustras que patean y patean las calles cada día con su caja de madera a cuestas. Para esto es necesario la convicción sobre la noción de decencia de la propia ocupación; y, de la misma forma, que la sociedad adopte una representación positiva sobre los lustrabotas y su capacidad de ganarse la vida trabajando dignamente.

Qom aguante

Los días pasan y nadie los atiende. La vergüenza de hacerlos noticia solo cuando cortan una avenida sí se hace presente, cuando desde el Estado se los desoye. Entre amagues de represión, una ceremonia en el asfalto de Buenos Aires.

La tensión quedó atrás. Los camiones hidrantes de la policía se fueron y la alarma de represión pasó tan rápido como había llegado. Los Qom decidieron levantar el corte total de la avenida 9 de Julio aunque se mantuvieron cortando la mitad de una de las manos, acostados sobre el asfalto, con mantas, rodeados de botellas, envueltos en cadenas. Un improvisado cerco, hecho con maderas los protegía de la furia de la calle, la bronca, los insultos. “Vayan a laburar”, gritaba, en un momento de ridícula valentía, un taxista. A laburar, claro: cómo esperar que ese tipo evidentemente sordo de tantos bocinazos y ciego de tanto Radio 10 entienda que no, que no laburan bajo un patrón, que no cobran un sueldo a fin de mes ni que tampoco están ahí, viviendo en la calle, cagándose de frío, de calor, de hambre sin esperar un plan social o un subsidio. Están allí reclamando las tierras –

sus tierras- ancestrales, las mismas que Insfran, gobernador de Formosa permite apropiar a grandes terratenientes firmando los títulos de propiedad con la sangre de Roberto López, derramada por la policía formoseña el año pasado. Obvio que no va a entender que existe un pueblo en el norte argentino que produce sus propios alimentos, que caza y pesca y que vive según sus costumbres. No lo sabe, ni tampoco lo entiende. Como tampoco lo entiende el personaje de reducción estremecedora que les gritó: “A Bolivia se tienen que ir, ésas son sus tierras”. Afortunadamente los Qom hacen caso omiso porque además saben que esos son los menos, esos vestigios de personas que creen y esperan vivir en el progreso de una sociedad occidental y cristiana, dos características que no son más que propias del conservadurismo de épocas e ideologías que no tienen fotos a color.

De vuelta a los Qom. Uno de ellos empieza a vociferar: “Vamos a empezar la ceremonia, por favor armen una ronda, un hombre, una mujer, un hombre, una mujer”. Los periodistas presentes se sintieron sorprendidos cuando los invitaban a formar parte. A este cronista no le dieron tiempo a vacilar: un joven de un look similar al de los hippies yanquis de los sesenta le agarra la mano y dice: “No vamos a poder ser varón, mujer, varón, mujer por la cantidad de hombres que somos, así que por ahora dame la mano a mi”, y tomó la mano y la alzó un poquito, las dos apretadas, como un gesto de estar o bien rezando o esperando algo con mucha ansiedad y nerviosismo. Esto por el lado derecho, por la izquierda estaba una joven reticente a tomar la iniciativa de dar la mano, parecía haber quedado enganchada en la ceremonia y ya era tarde para irse, pero no podía o le daba vergüenza seguir la corriente y dejarse llevar. Finalmente, creo que cuando se pidió silencio o quizá un momento antes, las dos manos se juntaron.  La ronda estaba formada y era enorme, ocupaba la mitad de la 9 de Julio cortada y gran parte de la vereda donde está el campamento Qom.

El silencio que se pedía era relativo ¿qué silencio se puede pedir en la 9 de Julio, entre los bocinazos de los coléricos conductores? En conversación con el hippie de la derecha, este curioso pudo enterarse de que era la Ceremonia al Sol y que el agua que se tiraba al suelo y la coca que se incendiaba era un sacrificio para la Pacha. Cuando vertieron el agua  al frío cemento de la avenida se quedó ahí, quietita, en el charquito, por lo que duró la ceremonia, tiempo después el viento empezó a llevársela. La coca quemadas y sus humos, trágicamente convertidos en una mezcla rara con el smog. No nos encontramos en el lugar usual de estas ceremonias y se nota. Pero solo es porque tuvieron que venir hasta Buenos Aires a reclamar, y aún así no quieren escucharlos.

“Ayaya”, gritaba quien presidía la ceremonia. El hippie explica que era un vocablo de agradecimiento, dudo que sea el significado exacto. No supo tampoco decirme cómo se escribía. Todos respondían: “Ayaya”, aunque las primeras voces eran pocas, la mayoría de los Qom y de algunos que evidentemente habían asistido a otra ceremonia. Los demás quedaron en offside, en el límite de no saber si gritar por fonética lo que entendieron o quedarse callados, quizá, en ese contexto, pasando la misma incomodidad.

Los conductores miraban incrédulos el ritual, quien precedía la ceremonia ofrecía el agua y la coca a los cuatro puntos cardinales. De a poco la gran mayoría se fue yendo, muy probablemente a sus casas. Los Qom, mientras tanto, esperan, un día más sobre el asfalto, durmiendo en carpas y, ahora, además, sin comer, esperando un llamado, una invitación, una recepción o por lo menos un oído del gobierno nacional que los escuche.

***

Por una orden de desalojo presentada por la comisaría cuarta el 30 de abril, los Qom levantaron el corte parcial de la avenida 9 de Julio.

El 2 de mayo finalmente el gobierno nacional los recibió a través de su ministro del Interior Florencio Randazzo. En la reunión, de la que participaron también el Centro de Estudios Legales y Sociales, la Madre de Plaza de Mayo Linea Fundadora Nora Cortiñas y el premio Nobel de la Paz Adolfo Perez Esquivel, resultó, para las dos partes en disputa -el gobierno y La Primavera- “muy positiva”. Los principales pedidos giraban alrededor de la recuperación total de las tierras apropiadas por el gobierno formoseño y la garantía de seguridad debido a los ostigamientos por parte de gendarmes y policías en su territorio.

La huelga de hambre continua.

Notas relacionadas:

La eterna espera de los Qom 1 de abril de 2011
No podrán detener La Primavera 1 de marzo de 2011

Las promesas y después

A casi tres meses de muertos, loteos, represión, disparos, y muchos intereses políticos jugando con la crisis habitacional de Buenos Aires, volvemos al Parque Indoamericano a contar lo que hoy pasa y lo que no.

Nuestra visita al Parque Indoamericano arrojó una primera inesperada noticia: El domingo 27 de febrero, 10 de la mañana, una asociación de vecinos inauguró el “Paseo las Malvinas”, un recorte verde del gigantesco Parque Indoamericano. Se izó una bandera argentina en recuerdo del día “en que se creó la bandera”, y en símbolo de “mejorar el espacio público”, según  palabras de la asociación.

En el facebook que crearon como Asociación vecinal J.J Náguera, dicen: “si no empezamos a utilizar NOSOTROS VECINOS el parque INDOAMERICANO despues no nos quejemos, VOLVAMOS a caminarlo el PASEO DE LAS MALVINAS aun no esta totalmente arreglado pero…… tiene el cesped cortado y hay vigilancia”.

No se duda de las buenas intenciones de estos vecinos de Lugano, pero el banderazo y las palabras en mayúscula nos están diciendo algo…

¿Qué significa izar una bandera argentina en el lugar donde fueron desalojados cientos de familias bolivianas? …donde se discriminó y corrieron a tiros al grito de “vuelvan a su país”… ¿Son esos mismos vecinos indignados que sacaron “por cuenta propia” a los ocupantes?…Donde mataron a un boliviano…

El Paseo las Malvinas, efectivamente, tiene cortado el pasto y está vigilado por unos cuatro perros que ladran a quien se acerque. Dentro pueden verse unos senderos llamativamente numerados (¿Por qué?), unos pocos árboles que nada cuidan del sol y unas callecitas por las que, en casi tres horas, vimos pasar tres ancianos (¿Son esos los vecinos autoconvocados?).

(El pesimismo de este cronista no logra superar la tristeza del Paseo las Malvinas, juro). Hay también bancos y flores y rejas. No es todo más de media manzana de un Parque Indoamericano de casi diez.

Sobre las rejas de afuera, sobre Escalada, un vecino que elonga está seguro que el Indoamericano tiene  canchas de fútbol, juegos y todo lo que un parque. Nunca entró. “El 27 de febrero van a inaugurar todo”, dice y es verdad a medias, porque a inauguraron nada. Muchos tienen el buzón de “que algo se hizo y está haciendo”, y lo cierto es que lo poco depende de esos vecinos organizados que cortaron el pasto y pusieron de vigilancia (A tres perritos).
El facebook de la asociación vecinal también cuenta que la administración del Parque cambió de manos a raíz del conflicto: pasó de La corporación Sur al propio Ministerio de Ambiente y Espacio Público de la Ciudad.

Otra vigilancia, esta vez de un coqueto centro de “Información y formación ambiental” que el gobierno porteño tiene dentro del parque, dice que se hará un estacionamiento y canchas de fútbol.

¿Cuándo?

Todos hablan y repiten que habrá, que se hará, que vendrá un Parque Indoamericano renovado, con juegos, fútbol, estacionamiento propio…

Está por ahora enrejado en su perímetro, y nada más. Ah, cierto: ¡cómo olvidar el gran Paseo las Malvinas! Pero aquí la gracia no tiene lugar. Estamos en Lugano, rodeados de cientos de monoblocks, de la vía, de Soldati, de la Villa 20. De un innegable problema de viviendas, y de vida. (Ya desde el premetro, a un costado de las vías, las familias se protegen del sol con sus cartones, sus maderas, su casa).

Y sobre esto operan Los Oportunistas. Uno de los vecinos que por allí pasaba, comenta la teoría: que hubo gente que ocupo el terreno para lotear y después vender, es decir, para hacerse un par de pesos. Esto no es nuevo, es cierto, y seríamos ingenuos de creer que no puede pasar. Quizá haya sido el lugar, la nacionalidad o las elecciones por venir lo que hicieron de una ocupación (porque ocupaciones las hay, y seríamos ingenuos de creer que no pasara), un desalojo violento,  xenofobia y muerte. (Sigo leyendo el facebook de la Asociación vecinal. Ahora auguran un ¡Paseo de los Derechos Humanos! Y en cada post hablan de “la vigilancia…”): “el proyecto se divide en etapas, la primera es la instalacion de juegos infantiles en el area de Castañares, el PASEO DE MALVINAS Y EL DE LOS DERECHOS HUMANOS, y porsupuesto la seguridad del parque, las reuniones se seguiran realizando en forma periodica seguiremos informando por esta medio”.

Entonces: el Parque Indoamericano es un gigantesco predio verde, sin árboles, juegos, canchas ni uso. “Antes, cada tanto, se armaban unos partidos con bolsos que tiraban por ahí”, cuenta la vigilancia de otro insólito hallazgo dentro del parque: detrás, al fondo y en límite con las vías y Villa Soldati, un cartel del gobierno de Ibarra (naranja, borroneado) promete la construcción de 600 viviendas en un plazo de 180 días.

Hay entonces 6 edificaciones a medio terminar (sin ventanas, puertas ni pintura) que según el mismo vigilante “avanzan a pasos tortuguescos”. El cartel también aclara montos y contratistas: la obra está a cargo de Las madres de Plaza de Mayo y tasada en más de 32 millones de pesos.

No sé qué quiere decir todo esto. Pero algo retumba cuando el mismo parque que fue ocupado, promete 600 viviendas hace casi 2 gobiernos porteños.

Ahora volvemos, solos y a pleno sol, por una calle infinita que nos saca del Indoamericano.

Fue todo y fue nada.