Descenso de la vida

En la promoción del 2007 entre Tigre y Chicago fue asesinado Marcelo Cejas. La causa está en la nada, ni siquiera se sabe si fue la policía o hinchas del verdinegro. A la familia la apretaron para que no pregunte y los vínculos políticos casi no pueden esconderse.

Lo habíamos esperado tanto y lo soñábamos como una fiesta inigualable, pero terminó como una batalla campal incontrolable y un recuerdo horrible dentro de un pequeño momento de alegría. El día del ascenso, ese mismo día que anhelábamos todos los hinchas de Tigre durante 27 años, mataron a Marcelo Cejas, que venía siempre con nosotros a la cancha.

En ese lunes 25 de junio de 2007, todos sabíamos que por cómo venía la mano el partido se podía suspender, pero nadie imaginaba que pasara algo como lo que pasó. Tigre, que había ganado en el primer encuentro de ida de la promoción en Victoria 1 a 0, tenía un penal a favor, ganaba 2 a 1 y el ascenso estaba a sólo un pasito. Pero no había nada por festejar: el ambiente en la tribuna de Nueva Chicago estaba cada segundo más complicado. Rompieron el alambrado, estaban a punto de ingresar al estadio y la policía empezaba con los gases lacrimógenos. No podíamos dudar: le dije a Marcelo que había que irse ya.

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-Negro, vámonos que se puso picante la cosa.

-Sí, sí, rajemos que se está por armar.

Tanto Marcelo Cejas como yo salimos primeros, un instante antes de que se colme el estadio de hinchas enfurecidos de Chicago. Afuera de la cancha el clima tampoco era amigable: la barra brava del equipo local había quemado varios micros y nos esperaba para atacar. Llegamos hasta los micros, que estaban en la plaza principal de Mataderos, pero Marcelo apenas subió, se bajó: lo había visto a su sobrino Nahuel, de 17 años, en el medio del tumulto.

-No seas boludo, no te bajés que la podés ligar vos también.

-Está el pibe ahí, no lo voy a dejar. Lo agarro y arrancamos, quedate tranquilo.

Pero no me cumplió la promesa: no lo pudo alcanzar a Nahuel por el vallado policial y a los pocos minutos recibió un piedrazo en la nuca que lo tumbó. En el piso, en una cuestión de segundos, le empezaron a pegar patadas que le quebraron el tabique. Ya inconsciente, le dieron otro piedrazo sin piedad en la cara que le rompió la cabeza.

No lo vi, ya estaba lejos del micro, pero dicen que un veterinario que estaba ahí le hizo los primeros auxilios y su estado mejoró, pero la policía lo quería llevar en una puerta de baño hacia la cancha, para echarnos la culpa de todo a nosotros, los hinchas de Tigre. Tras 25 minutos de espera, apareció la ambulancia que lo llevó al hospital Santojanni, pero después de salvarse de un paro cardíaco, falleció a las 17.30, en el mismo día que había soñado tanto: el del ascenso de Tigre a Primera.

A más de seis años, la causa quedó archivada y en ningún momento se encontró a los responsables de su asesinato y ni del ataque a los otros 14 heridos.

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Marcelo Cejas tenía 41 años y trabajaba de carpintero en el pequeño taller que había armado en el fondo de su casa. Durante toda esa semana de junio estuvo pensando únicamente en ese partido tan importante para su Tigre, ese equipo por el cuál iba a la cancha desde los diez años. Ese mismo lunes por la mañana había conseguido dos entradas después de tanto insistir: le había dado la plata a su sobrino Nahuel para que se las saque y lo llamó durante cuatro días consecutivos para saber las novedades. Sabía que no iba a ser un encuentro tranquilo y por eso no dejó que fuera Nadia, su hija menor, pese a que siempre lo acompañaba.

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“Mi vieja le decía a él que tampoco fuera, pero en el fondo sabía que era todo inútil porque para él era el partido de su vida. Desde que un vecino lo empezó a llevar a la cancha cuando todavía estaba en la primaria que dejaba todo por ir a ver a Tigre, era su vida”, cuenta Horacio, su hermano.

Al mediodía Marcelo se subió a uno de los micros que salía en caravana desde el estadio de Tigre hacia Mataderos. Antes de llegar, la policía los detuvo y en los cacheos previos reprimió con palos el avance de la hinchada visitante.

Durante el partido, la alegría por los goles de Tigre resultó efímera: en el entretiempo todos se enteraron que la barra brava de Chicago dejó el estadio y empezó a quemar los vehículos de Tigre, pese a los 350 policías que custodiaban la salida.

Con Tigre ganando 2 a 1 y a punto de patear un penal, en la tribuna de Chicago comenzó el caos. Con el alambrado roto y sin policías a la vista, el grueso de los hinchas locales ingresó a la cancha. Adentro, los jugadores de Chicago y de Tigre se escapaban como podían de la marea de gente que venía hacia ellos. Les sacaron la ropa, los golpearon y tomaron por completo el estadio, mientras agredían con palos a los de Tigre que intentaban huir de la escena. Afuera, tampoco había paz: corridas por General Paz y piedrazos entre la policía y los hinchas. Mientras tanto, la gente del Matador trataba de escapar cómo podía de los gases lacrimógenos que había arrojado la policía.

Marcelo Cejas fue de los primeros en abandonar la cancha. Con el celular en la mano, intentó en todo momento comunicarse con Nahuel, su sobrino, a quién había perdido de vista cuando comenzaron los incidentes. Se subió a uno de los micros que estaban ubicados sobre la plazoleta en Mataderos y lo vio correr, por lo que se bajó, pese a los consejos de los que estaban con él. “Tenía alma de padre, no les recrimino nada a los que lo dejaron irse, porque si le pasaba algo a Nahuel él no se lo iba a perdonar”, apunta Horacio.

En ese momento ya habían comenzado los piedrazos entre la policía, los hinchas de Tigre y los de Chicago. Uno de esos impactó en la nuca de Marcelo Cejas. En el piso, recibió patadas que le quebraron el tabique y un piedrazo en la cara que lo dejó inconsciente, con pérdida de masa encefálica. “Lo dejaron tirado en el piso, la policía lo quería llevar con una puerta de baño como si fuera una camilla hasta el estadio para que todos piensen que fue un enfrentamiento entre los hinchas de Tigre”, dijo Horacio, que lo relata como si hubiese ocurrido ayer.

“Hasta el día de hoy dudo si fue la policía o si fueron barras bravas de Chicago, porque las heridas que tuvo se pudieron haber hecho con el bastón policial, pero de algo estoy seguro: no fueron los de Tigre y mi hermano no era un barra como quisieron hacer parecer los medios cuando salió a la luz el hecho”, recuerda con dolor su hermano, que veía cómo acusaban a Marcelo de ser un integrante más de la barra del Matador y no un hincha que quería festejar el ascenso. “A Chicago después le sacaron 18 puntos y no pudieron ir los visitantes al ascenso, esa solución no me devolvió a mi hermano”.

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Ese día, Horacio – que al igual que su hermano trabaja de carpintero – estaba escuchando en la radio el partido y se imaginaba la alegría interminable de Marcelo. Era su único hermano, tenía seis años menos y lo seguía para todos lados. “Siempre fue mi ejemplo a seguir porque hacía todo con mucha convicción y a pasos agigantados”, relata Horacio, que agrega que Marcelo había terminado el secundario hacía pocos meses y que había comenzado el CBC para estudiar Derecho. “Lo terminó tarde porque fue papá de muy joven, pero tenía mucho orgullo: decía que aunque tenga 66 años se quería recibir”, agregó.

Ya enterado de los incidentes, se paró en la casa de su primo a ver las imágenes y pensó cómo podía ser que los hinchas de Chicago no se bancaran un descenso futbolístico. Llegó a su casa, que estaba al lado de la de su primo, y recibió el primer llamado: “a tu hermano lo llevaron de urgencia al hospital Santojanni, lo lastimaron”, le dijeron.

DSC_2396No pensó que fuera nada grave y le fue a avisar con tranquilidad a su mamá, a dos de los cuatro hijos de Marcelo y a su ex esposa – que estaban todos reunidos- del llamado. Por la televisión ya se hablaba de un muerto, pero él mantenía la calma, mientras su madre se volvía loca de los nervios. “A él le pasaban las mil y una, un mes antes se había cortado la yema de la mano con una máquina. Yo pensaba que como máximo le había pegado un palazo la policía, pero lamentablemente me equivoqué”.

Se pidió un remise y se fue desde San Fernando hasta Liniers. Con él viajaron Nadia y Héctor, los hijos mayores de Marcelo. Ya por Mataderos se seguían viendo los gases lacrimógenos y Horacio pudo comunicarse con el celular de su hermano. Ahí se empezó a dar cuenta que todo podía estar un poco peor de lo que imaginaba. “Hola amigo, estoy en el hospital con tu hermano, pero me estoy yendo porque acá está todo podrido. Me llevo el teléfono, después te lo doy. Me voy, perdón, tengo miedo, pero lo vi mal”, se escuchó del otro lado de la línea.

Llegó al hospital y se encontró con todas las cámaras de televisión en la puerta. Se presentó como familiar y el médico lo llevó por un largo pasillo.

-“¿Cuál es el misterio?”, se apura a decir Horacio ante tanto tumulto.

El médico le respondió lo que no que no quería escuchar: “hicimos todo lo posible, pero falleció antes que pudiéramos hacer algo”.

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Horacio empezó con la investigación para saber qué le pasó a su hermano esa misma tarde y encontró demasiadas irregularidades. En la comisaría 42 de Mataderos, donde hicieron la denuncia, estaban los mismos policías que estaban a cargo del operativo. Con él y su familia sentados, contaban cómo les pegaban a los hinchas de Tigre. “El comisario los insultó por hacer eso, pero escuchamos claramente cómo contaban que les pegaban a la gente con una suerte de orgullo”, contó Horacio, que recuerda que en esa misma comisaría había plaquetas y agradecimientos para todo el club Chicago. “Uno de los policías después nos enteramos que era dirigente del club y que fueron ellos los que llevaron adelante el primer mes de investigación. Eso nos dolió mucho porque ese primer mes es el más importante de todos porque lo que no arranca bien después se diluye y se borran las evidencias”, y agrega que algunas videos de la cámara de seguridad del estadio se perdieron y que los mismos policías les aconsejaron que no investiguen mucho porque “iban a ser los primeros en caer presos”.

Al tiempo se le acercó la gente de Salvemos al Fútbol y empezó a hablar con los testigos del hecho. Uno de ellos, el principal, un joven de 16 años que se había escapado de la casa para ver el partido, le aseguró haber visto cómo lo golpeaban a su hermano. “El problema es que era menor, pero nos aseguró ver a cuatro hombres encapuchados que lo golpeaban y que uno de ellos tenía puesta una remera de Argentina”, dice Horacio, que añade que esa persona fue identificada en uno de los videos de ingreso al estadio y que tal cual cuenta el joven tenía un tatuaje de una virgen en su pierna.

Esa persona que menciona es Ariel Pugliese, más conocido como “el Gusano”, líder de la facción Los Perales de Nueva Chicago, que al día siguiente del asesinato se fue al interior del país y no volvió por tres meses. “Le pedimos al juez que lo investigue y nunca nos hicieron caso”, relató Horacio. Ariel Pugliese viajó al mundial de Sudáfrica, fue guardaespaldas de Lionel Messi en sus visitas al país y trabajó para el Secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno. Hoy no forma parte más de la facción que lidera la barra de Chicago.

Ese mismo chico que en ese momento tenía 16 años nunca pudo declarar: cuando llegó la citación, los policías lo sacaron de su casa como si fuera un delincuente y el padre le ordenó, por temor, que no dijera nada. “Ahí murió todo lo que habíamos cosechado, fue una vergüenza”, dice Horacio, que cuenta que la causa quedó archivada en 2011 y que van a luchar para que no la cierren.

La familia Cejas está en juicio con el estado, con el Gobierno de la Ciudad, con el ex CoProSeDe, con la policía y contra la AFA. “Alguien se tiene que hacer cargo, a mi hermano no lo tengo más y no voy a parar hasta que se haga justicia”, grita Horacio, que no volvió a ir a la cancha y que desde el día en que mataron a su hermano no pasó nunca más por el barrio de Mataderos.

“Somos muy tramposos para vivir y para jugar”

Leo Madelón se suma a la lista de los que creen que se juega como se vive y asegura: “todas las adversidades que tenemos como sociedad nos llevan a la trampa, a sacar ventaja como sea”. El ex entrenador de San Lorenzo, que le tocó dirigir varias promociones con Gimnasia y Rosario Central, dice que se agotó de andar sufriendo con la ruleta rusa del descenso y da su receta para motivar en esos casos: “No me gusta regalar cosas materiales: autos, LCD, lo que fuere. Si podés regalarle una frase o un libro, es mucho más capital eso. Un televisor lo compra cualquiera. El jugador no se motiva solo con lo material. Eso es mentira”

Fotos: NosDigital

Leonardo Madelón es un tipo que habla despacio. Sabe que lo que dice lo oye alguien más y que llegará a otros tantos. Como en este momento no trabaja en ningún club, no tiene que representar a nadie más que a él mismo pero aun así, y acaso por eso mismo, sigue pensando antes de contestar. Lo hace para poder enseñar algo, el mayor desafío que tiene su profesión, según él. Un verdadero caballero de la angustia, siempre vivió con la metralleta del descenso en la yugular: en San Lorenzo, en Rosario Central y en Gimnasia. También lo supo disfrutar: ascendió con un Olimpo que les ganó a todos. Aprendió a seguir pensando tranquilo en esas circunstancias. Y en el medio de un oasis de inactividad se sienta a contestar lo que venga.

-Dejaron de existir las promociones…
-Estuvo bien terminar con eso, era muy agresivo. Demasiado vértigo y presión. Era terrible. Mucha tensión. Me tocó vivirla desde arriba. Sentís que el de la B te quiere robar algo. Y bueno, nos fue bien. En la última perdimos con All Boys, en Arroyito. Mucho nerviosismo. Y el que está en la A no entiende lo que es una promoción hasta que la juega. Es una manera de sacar presión, está bien. Y ahora tenés tres descensos, o sea que tampoco es fácil. Pero sacás esa locura de andar fijándote contra quién te puede tocar. Hay que pensar que en el fútbol moderno se podrían haber dado promociones como River vs San Lorenzo. Imaginate… Mucha violencia, mucho riesgo. No se tiene idea ni dimensión de lo que puede llegar a pasar. Se vio en el descenso de River: una catástrofe nacional. Ahora, si te vas te vas, no hay cruces de ese tipo.

-Quedaste en la historia de las promociones por la levantada con Gimnasia Vs. Atlético Rafaela, ¿cómo hiciste para convencerlos de que se podía remontar un 0-3 en ese contexto de descenso y caos?
-Nosotros pudimos revertirlo porque tuvimos un gran año de fútbol. Nos fuimos a la promoción quedando a dos puntos de las copas. Fuimos confiados a Rafaela y nos comimos tres. No entendimos la cancha ni la situación. Nosotros habíamos ganado en la Bombonera, en la cancha de Racing, en todas partes. Y fuimos con la chapa de haber tenido un buen torneo. Y Rafaela estaba afilando el cuchillo desde hace 15 días. Y sufrimos la cancha chiquita, no pudimos jugar y caímos en la trampa. Cuando terminó el partido nos volvimos en avión a La Plata. Y cuando estábamos por aterrizar el piloto dice: “Prepárense para comenzar el descenso”. En serio, eh. Y los jugadores lo querían matar. Y ese fue el primer empujón para entender que teníamos que darlo vuelta. Y sabíamos que podíamos, ya habíamos ganado partidos importantes. Y ellos me creían. Y yo decía lo que fuere, que si no ganábamos estaba dispuesto a sacrificarme en el medio de la cancha junto a mi familia. Mirá lo que uno hace. Y bueno, esa confianza hace que puedas meter dos goles faltando cinco minutos. Si vos pensás, River suspendió el partido y estaba a la misma distancia y faltaban diez minutos. Nosotros confiamos, aún en el minuto 44. Y después llegó el otro en el 47. Es suerte, sí. Pero es confianza también. Dos goles de cabeza de dos enanitos. Fue lo más emotivo de mi carrera.

-¿Te jode que se hable de ayuda del árbitro en ese partido histórico?
-De ninguna manera. Cero beneficio. Escuchaba a periodistas decir que fue misterioso… Si hubiéramos arreglado hubieran llegado los goles antes. Además Rafaela lo pudo haber ganado: en las contras quedaban tres contra uno. Gimnasia ganó bien.

-Igual, a los que fuiste salvando se terminaron yendo…
-La promoción es la ruleta rusa. Vos seguí jugándola… No vas a zafar siempre. Podés zafar cinco veces, pero la sexta sale. Como Gimnasia o Rosario. Y la culpa es de la dirigencia. A propósito o no, te exponen a esa ruleta rusa. No se asesoran y no consultan especialistas. Ellos se asumen como tales y no se dejan orientar y después, bueno, pagan la cuenta.

-¿Cómo motivas a tus jugadores?
-A mí me gusta mucho el psicoanálisis. Mediante frases y por mi forma de ser contagio buena onda. Soy un tipo positivo. Es mi manera de motivar y generar buenos climas. Lo que vos creas es lo que después vas a hacer. No me gusta regalar cosas materiales: autos, LCD, lo que fuere. Si podés regalarle una frase o un libro, es mucho más capital eso. Un televisor lo compra cualquiera. El jugador no se motiva solo con lo material. Eso es mentira. La plata no es todo, la plata no es prestigio. Te van preguntar qué y cómo ganaste lo que ganaste, no cuánta guita tenés en el banco.

-¿La experiencia de pelear el descenso qué te enseñó?
-Me fortaleció como persona y profesional. Ahora quiero parar, tratar de agarrar un equipo sin tanta urgencia, poder armar y planificar. La única vez que lo pudimos hacer salimos campeones dos veces: con Olimpo en el ascenso. Los últimos años siempre agarramos a equipos que se estaban ahogando en altamar. A algunos los sacas y a otros no. Uno tiene coraje y mucho huevo a la hora de tomar decisiones.

-¿Cómo es dirigir al club del cual sos hincha?
-Que yo fuera hincha de San Lorenzo valía mucho en la situación. Son las cosas que uno tiene que manejar como profesional, también. Uno lo hace con el corazón y con el pensamiento, las dos cosas. Y la gente pedía que agarráramos. Y uno se convence. Aunque fue el peor momento de la historia. Y el club estaba dado vuelta: todo al revés. Un despelote. En la época de Abdo. Se querían ir todos: Botinelli, Ortigoza, Salgueiro. Era muy duro. El equipo por suerte despegó. No de mi mano, pero eso no importa. No estoy arrepentido, dimos lo que teníamos y salió bien. Terminó bien, con o sin mí. Fue algo muy especial. Quedé muy bien con la gente.

-¿Cómo te cayó la vuelta a Boedo?
-Estoy muy contento. Mi pibe está muy entusiasmado. Es lindo para la gente. El hincha no se siente cómodo en la cancha de ahora. El menor problema va a ser juntar el dinero, porque el hincha está muy comprometido. En el Viejo Gasómetro yo entrené de joven. Pero ya estaba muy abandonado, venido abajo. Así que estoy ansioso por volver a ese lugar y verlo bien, en ese barrio tan lindo.

-¿Qué tiene de particular nuestro fútbol?
-Somos tramposos y mañeros. Y jugamos igual en la cancha. Todas las adversidades que tenemos como sociedad nos llevan a la trampa, a sacar ventaja como sea. En Inglaterra, en un córner, el que salta más alto gana y cabecea. Acá para cabecear tenés que matar a uno, terminás todo rasguñado, es una batalla campal. Somos mañeros para vivir y se juega totalmente igual. Y los árbitros son iguales. Pero acá es difícil hasta dirigir un picado. Te piden todo y no te dejan en paz. Es tremendo.

-¿Te cansaste de todo eso?
-No, no. Me cansé estar durante 200 partidos en descenso constante. Siempre al borde de lo que se denomina fracaso. Necesitaba un poco de tranquilidad.

-¿Cómo tenés pensado sacarte el mote de técnico para luchar el descenso?
-Nosotros siempre quisimos jugar bien. Tenemos ese mote porque les decíamos que sí a los clubes. Pero la idea siempre era jugar, no sacar puntos a los pelotazos. Ahora hay que esperar, tratar de elegir y no desesperarse.

-¿Hay buenos técnicos en Argentina?
-Hay de todo. Hay chamuyo, marketing, acomodo y elecciones por nombre. Pero también están los de mucha capacidad. Y ahora apareció el que deja de jugar y asume inmediatamente. Hay todo un empresariado que se encarga de promocionar también. El famoso lobby, al que yo no he recurrido nunca. Jamás. Cada uno sabe quién es y lo que hace. A mí siempre me vinieron buscar. Nunca entré por la ventana.

-Esas diferencias se vieron en lo que te pasó con Caruso…
-Hay un paredón muy grande que nos divide como entrenadores y como personas. Yo no haría de ninguna manera lo que hizo él. También es cierto que nunca los dirigentes salieron a aclarar las cosas. Y ante cualquier resultado adverso sucedían ese tipo de apariciones mediáticas. Pero ya está.

-Y vos, ¿cómo te manejas con los medios de comunicación?
-El protagonista necesita de los medios de comunicación, de la difusión. Después está el periodismo agresivo, está en uno saber quién es quién. Sé donde no hay buenas intenciones. Sé donde no hay una intención genuina de informar. Es una filosofía de vida. Hay que ser inteligente y saber cuándo utilizarlos, de manera estratégica, para lo fines de uno, del protagonista. Para mi gusto hay muchos periodistas que dicen lo mismo. Repiten y repiten todo el día. Es agotador.

Leo, como le dice la gente, sigue reflexionando sobre sus experiencias. De repente, por la esquina del bar en donde se desarrollaba la charla pasa un viejito conocido: Carlos Timoteo Griguol. “Miralo a Timoteo, qué grande. Está tan viejo, qué lástima. Fah, qué docente tremendo. Seguía enseñando técnica aún en primera división, qué ejemplo.”

-¿Y qué es la técnica hoy?
La técnica es la virtud que tiene cada uno, ni más ni menos. Desde saber hacer un lateral a saber cabecear o saber patear. Si recepcionás bien de un toque valés el doble que si necesitás dos tiempos.

-¿Te gustaría laburar en inferiores?
-Me gustaría agarrar, por supuesto. Pero falta mucho apoyo dirigencial. No hay proyectos hoy. Tienen que tocar la misma guitarra todo el mundo, tienen que tener la misma línea. El presidente, el responsable de fútbol, el coordinador, los técnicos. Es un proceso que lleva mucho, pero es necesario. Y es muy difícil que te acompañen en eso. Por eso busqué el lado del vértigo, la primera división. De última te arreglás vos solo: ganás seguís, perdés te vas. Vélez, Lanús y Belgrano están trabajando muy bien. Y van a ser los próximos clubes top si siguen así. Pero es muy complicado, porque ya te exigen ganar en inferiores. Una vez el Checho Batista dijo que había que jugar sin puntos en inferiores. No es mala idea, pero en este fútbol no se puede. Somos muy tramposos para vivir y muy tramposos para jugar.

-¿Estás para volver a dirigir en el Nacional B?
-Agarraría un equipo de ascenso con aspiraciones a ascender. Sí, claro. Si es de punta, sí. Cómo no. Lo importante es mantenerse activo mientras uno no está trabajando. El peor enemigo es el ocio. Trato de hacer mucho deporte y de leer.

-¿Qué lees?
-Me gusta mucho la historia francesa, leo sobre eso. Leer es muy bueno porque te abre un panorama de dicción, más juego de palabras. Si tenés más herramientas para expresarte tenés más chances de seducir a alguien con tu propuesta. He regalado libros en los vestuarios, a los jugadores. Varias veces. Es muy difícil. Cuando se trata de un futbolista joven no le suele interesar. Los más grandes, más cansados del ambiente, sí piden y leen. El libro no se presta, se regala. Ni me acuerdo a quién le di. Es parte de la docencia de esta profesión. Y a mí enseñar me gusta mucho, poder dejarle algo bueno a alguien más es lo más importante.

“Si le das bola a todo, necesitás un psicólogo”

Con apenas 22 años, Facundo Affranchino ya pasó dos veces por la cornisa de la Promoción, con River y San Martín. Eso parece haberle dado las herramientas suficientes para analizar un poco este ambiente. “Ahora se corre más de lo que se juega. Y, además, dejan ir a todos los jugadores desde las inferiores. Ya no hay tanto nivel en los jugadores porque se prioriza lo económico”, dice. Su admiración por Ortega, Cappa y los Redondos. Y cómo bancó a Chichizola en su primer departamento a espaldas de su representante.


Facundo Affranchino esperaba sentando en un bar de las finas esquinas del barrio de Cañitas. Recién llegado de Ezeiza, con los músculos cansados y con ganas de una siesta, se guardó un rato de su tarde para reflexionar sobre su corta y agitada carrera. Un botín plateado y en miniatura colgaba de su cuello en forma de cadenita, alguna pulsera en su mano izquierda, otros dos aritos en las orejas y un anillo en mano derecha completaba un kit de accesorios que lo dejaba a tono con el barrio. Canchero y relajado pidió su agua con gas y afrontó al revuelto mundo River.

-¿Siempre jugaste de 8?
-No siempre. Jugué en todos los lugares del medio campo. Hasta de enganche. Es más, llegué a River como enganche, pero nunca pude jugar ahí. No la veía ni cuadrada en los entrenamientos.

-¿A qué edad llegaste a River?
-A los 14 años. Tuve muchos problemas para adaptarme. Incluso me volví a Paraná. Al principio era un paraíso, los primeros dos o tres meses, porque siempre fui hincha de River y era un sueño para mí. Mi vieja no quería dejarme ir de casa tan chico, pero cuando llegó la opción de River no pudo decirme nada. Salir de la pensión y ver el estadio era muy emocionante. Después empecé a extrañar mucho mi casa. Me dejaron ir para allá dos semanas, para que lo piense. Volví solo en unos días.

-¿Y en Paraná dónde jugabas?
-Salí de Toritos de Chiclana, un club de barrio muy chico de la ciudad. Empecé a los 5 años. Quiero mucho a Toritos, pero está muy mal. Ojalá algún día pueda ayudarlo, es un objetivo que tengo. Pero primero tengo que pensar en mi familia.

Recuerda a su familia cada dos reflexiones. Cuenta que con su primera guita les compró un auto a ellos para que puedan venirlo a ver más seguido. “Antes tenían una carreta que se les recalentaba cada una hora, lo necesitaban más que yo el coche.” Al toque piensa en River, su otra familia. Piensa en su futuro y sueña: “Me quiero quedar a vivir acá y ganar 50 campeonatos”. Aunque hasta ahora siempre le tocó bancar las paradas más caóticas.

-Te tocó jugar el partido del descenso…

Fotos: NosDigital
-Sí, Jota Jota me puso 7 minutos el primer partido de campeonato, no jugué más y me volvió a poner de titular contra Belgrano en el Monumental. Fue muy difícil. El técnico te pone y te saca cuando quiere y vos no sabés en qué está pensando. Fue lo peor que me pasó en la vida. Insoportable. No lo podía creer. Mucha tristeza porque no me lo esperaba. Además siempre me tocó jugar en los momentos difíciles. Jugué los últimos tres partidos del campeonato en el que salimos últimos. Me tocaron las complicadas y las afronté. Me dio mucha experiencia. Pero no hay que olvidarse de lo que pasó porque es una herida que no va a sanar nunca. No sé a quién le toca cargar la cruz del descenso, pero yo necesito tener revanchas. Tampoco sé a quién condena al hincha. Trato de no tener redes sociales y estar al tanto de todo el tiempo de todo porque si estás pendiente para jugar en Primera tenés que vivir con un psicólogo al lado. Fueron meses de luto.

-¿Qué confianza tenían en dar vuelta ese partido en esas circunstancias?
-En la semana previa al descenso pensábamos que lo íbamos a remontar. Me tenía toda la fe. Confiaba en que íbamos a quedar en la historia para bien. Cuando pasó todo caes y te das cuentas de un montón de cosas. Cuando empezamos en la B era todo muy raro. River, para el periodismo, es el Barcelona o es el peor equipo del mundo.

-¿No te molesta que siempre se justifique todo diciendo “River es River”?
-A veces, por ahí, que te lo digan tanto te molesta un poco, pero al fin y al cabo es así: hay que ganar en cualquier cancha. Que se guíe todo por los resultados jode cuando uno puede jugar bien y no consigue los resultados.

-¿Con qué técnico te sentiste mejor?
-Vos sacás algo bueno de todos, hasta de los que no te gustan como proponen el juego. A mí me gustaba jugar con Ángel Cappa porque me daba más libertad cuando tenía la pelota. Era buenísima la idea de juego, lamentablemente no la pudimos llevar a cabo. Fallamos. A mí me gusta jugar a tener la posesión de la pelota. Algunos no lo hacen porque no es su fuerte. El fútbol se mueve por resultados y cada uno va aspirar a ganar. No importa si bien o mal. Al único equipo que se le critica el modo es a River. Es un club grande.

-La promoción la tuviste que jugar dos veces consecutivas, ¿te pesó?
-Cuando me tocó jugar la promoción de vuelta en San Martín de San Juan pensaba “siempre lo mismo”, “por qué me tocará a mí”. Son cosas que pasan. Lo bueno es que no me fui a la B de nuevo. Fue muy distinto, igual. No soy hincha de San Martín. No tenía los mismos nervios, nada que ver. No era el mismo sentimiento. Pero por la gente de San Juan y por lo personal sabía que teníamos que ganarle a Rosario Central.

-¿Fue la primera vez que te asumiste como un trabajador fuera del fanatismo?
-En realidad, juego al fútbol porque me gusta. Más allá de la plata. Jugaría en cualquier club, menos en Boca, porque me va a gustar y voy a querer ganar. Son sentimientos que no van a cambiar nunca. A mí me encanta y nunca voy a querer perder. También lo tomo como un trabajo, pero sé que trabajo de lo que me gusta.

-¿Qué pasó con el River de los ´90?
-El fútbol en general de los noventa no existe más porque ahora se corre más de lo que se juega. Y, además, dejan ir a todos los jugadores desde las inferiores. Ya no hay tanto nivel en los jugadores. Se prioriza lo económico, los equipos traen jugadores más aguerridos y se pierde un poco el fútbol.

-¿Qué tipo de jugadores se perdieron?
-Tipos como mi ídolo, Pablo Aimar. Qué jugador. Me encanta. Una vez, la selección iba a jugar un partido en el Monumental antes de irse para el mundial del 2006 y pedí poder estar de alcanza pelotas para poder verlo de cerca. Cuando termina el partido me acerco para pedirle la camiseta. Pablo me miró y cuando se la estaba sacando viene una chica de la tribuna corriendo, lo abraza, se lo lleva para un costado y le saca la camiseta. Me quería matar. Por suerte, un amigo en común le contó la historia y me mandó su camiseta del Benfica. La tengo encuadrada en mi casa.

-¿Qué otros jugadores te inspiraron?
-El Burro Ortega. Pensar que lo miraba por la TV desde Paraná y después Jugué con él. Fue increíble. Disfrutaba de solo verlo caminar en los entrenamientos. Y en el vestuario era un gran tipo, un personaje, te hacía morir de risa. Además siempre fue muy cercano a los pibes de inferiores, muy humilde. Siempre hubo muy buena onda con él. Sabíamos que tenía un problema, pero nunca se me ocurrió juzgarlo. Conmigo fue un fenómeno y se portó de 10. Jugué bastante con él, con Cappa sobre todo. Siempre me retaba -se ríe-. Pero para bien, para atacar. Me pedía que encare. Cuando te hablan esos jugadores les hacés caso.

-¿Qué otra cosa te regaló el fútbol?
-En la pensión me hice muy amigo del Chichi -como le dice al arquero de River, Leandro Chichizola-. Éramos la banda de Quinteros con algunos más que se fueron yendo. Parábamos ahí en una esquina en la que había un quiosco. Para no mandar al frente a nadie, comíamos panchos nada más -se ríe-… La pasábamos bien. Con Chichi estuvimos juntos en la pensión mucho tiempo. Después cuando yo me fui a vivir solo, porque me habían hecho contrato, le pregunté a él si quería venir conmigo para que no se quede solo. Y estuvimos viviendo juntos un tiempo, hasta que a él le hicieron contrato también. Encima todo tuvo que ser a las espaldas de mi representante para que no le pida la mitad del alquiler y se pueda seguir quedando. Todavía no está blanqueado, nunca le dijimos nada a nadie. Me acuerdo que cada vez que venían los dueños de mi pase a casa tenía que ordenar todo y tenía que mandar a Chichi un rato al Shopping.

-¿Son raros los arqueros?
-Sí, por algo se visten diferente. Son medios locos o calentones o pavos. Te das cuenta al toque.

-¿Por fuera del fútbol qué disfrutás?
-Me gusta mucho el rock: los Redondos, Callejeros, La Renga, Los Piojos, La Vela Puerca. Voy mucho a verlos.

-¿El estudio o la lectura? ¿Nada?
-Lo último que leí fue el libro de Callejeros por el tema Cromañón. Muy fuerte. Y el colegio no me gustaba para nada. No pude terminarlo. Hasta el día de hoy me llaman del nocturno que abandoné para que vaya a rendir las materias. Se lo prometí a mi mamá, pero la veo difícil. Negocié con ella cambiarlo por un curso de inglés. Quiero aprender.

Tu grato nombre

Por Luis Santucho.

A pesar de los constantes acontecimientos históricos de provocación porteña contra el Interior de su propio país, el futbol aparece como uno de los nexos culturales que nos convierten en pueblo de la Nación Argentina. ¿Qué explicación racional puede haber para que un club del barrio de Nuñez en Buenos Aires, sea la manifestación del alma de grandes mayorías de este país? La ciudad que se hizo portentosa con la creación del Virreinato del Río de la Plata miró siempre con desdén a los pueblos originarios y las culturas ancestrales con sus territorios sagrados. Las guerras de la independencia se hicieron a pesar del pensamiento eurocéntrico de las elites porteñas y posteriormente, la Guerra de la Triple Infamia como la denominó el tucumano Alberdi, fue el genocidio de la política centralista contra los pueblos indoamericanos, un trauma que aún chicotea el cerebro de los vivientes de la región. Los revolucionarios norteños de la década del 70 la apodaron “Saigón” para simbolizar el lugar de las grandes traiciones. Buenos Aires es ahora nada y River es todo, un grito indignado con un profundo contenido de religiosidad popular, con sus colores y sus vestimentas, sus héroes y villanos que se parecen a Dios y otras veces al Diablo.
En mi historia personal River vino de la mano de un tío que se pareció mucho a mi padre, por boca de él escuche La Maquina y los nombres de Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Lostau…. Interminables días de mi infancia jugaba en el patio de mi abuela con la ilusión de estar en ese Monumental que aún era una herradura. Tenía 7 años cuando ví a River por primera vez en mi vida, justamente en mi ciudad natal enfrentando a Central Córdoba. Aún recuerdo un inominado olor a perfume cuando la banda roja con botones pisaba el césped y las lágrimas de mi tío se iban con el viento del poniente. Estaba ahí cuando Ermindo Onega puteaba en perfecto porteño y la Gorda Matosas acariciaba mi cabeza. Escuché el primer campeonato de River a través de una radio Tonomac que me regaló mi padre y nunca olvidaré las voces de Yiyo Arangio y los comentarios de Oscar Tipito durante ese inolvidable 1975. Lloré esa noche cuando un niño llamado Bruno convirtió el gol que nos hizo campeones después de 18 años. Casi al mismo tiempo se fueron los sueños de jugar en River junto con la tragedia familiar que también fue social, y un Monumental que pudo llegar a ser un anexo de la ESMA.
Y por fin llegamos a esta época digital de nuevos colores e imágenes que transformaron profundamente la cultura popular, y el futbol que comenzó a ser de todo el pueblo argentino, gracias a la decisión política de un gobierno que enfrenta como ningún otro a las grandes corporaciones del poder mediático.
Ayer viendo el increíble descenso de River, mientras mi hijo lloraba desconsolado, buscaba volver a ser definitivamente el niño que jugaba entre los árboles. Sacudió mis hombros un estremecimiento de frío y la tarde se iba haciendo noche en el corazón del sentimiento popular. Las calles están desoladas, solamente vuelan papelitos de colores de una tarde gris, hay un niño dormido en el subte, que no quiere despertarse. Buenos Aires es mas nada que nunca y River Plate tu grato nombre una totalidad que nos hace libres para siempre.

A propósito del regreso de River a Primera División, Luis Santucho, el sobrino del Robi (http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2012/07/llamarse-santucho-es-un-honor/), nos acercó este texto que escribió desde Santiago del Estero, con el dolor del descenso y la pasión de un hincha sesudo.

Ojos que no ven, corazones que sienten

Marcelo Lanzzavechia es ciego desde su nacimiento. Desde hace ya varios años va a alentar a River, una pasión heredada, cada vez que el Millonario juega en el Monumental junto a sus dos hijos, Carolina y Diego. ¿Cómo hace para ver a su equipo alguien privado de la visión? Acá, la historia.

Fotos: Nos Digital.

Seguramente uno de los pilares fundamentales en los que descansa el fanatismo por el fútbol sea lo que se genera alrededor de este deporte, por fuera de la pelota en sí. Las hinchadas, las banderas, los papelitos, el color. Parte de esa sensación inexplicable que inunda al hincha de cualquier club surge en torno al escenario que se despliega en cada partido. ¿Puede una persona acostumbrada a ver las jugadas, los toques y la pelota pensar qué pasaría si todo eso lo tuviera que imaginar?
Marcelo Lanzzavechia es ciego desde su nacimiento. Hace ya muchos años asiste domingo tras domingo (ahora “sábado tras sábado”, bromea) a la cancha para sentir a River Plate. Su asiento no se negocia en plena Belgrano baja del Monumental, como así tampoco los de sus dos hijos, Carolina y Diego. El único lugar que a veces queda vacío es el de su esposa Adriana, también ciega, porque dicen que es mufa. “Los chicos vienen porque les gusta, no están obligados porque saben que puedo venir solo perfectamente. Pero son fanáticos del fútbol en general, entonces compartir con mis hijos todos estos momentos es algo muy especial. Es un poco repetir la historia que empecé con mi viejo”. Su pasión por River llegó por herencia familiar, con un padre muy fanático se fue afianzando el sentimiento con el paso de los años y las anécdotas. Se considera un tipo que las pasó todas con su club, desde alegrías con los goles de Funes en aquel equipo del 86, que todavía recuerda, hasta la depresión más profunda una vez consumado el descenso.
La rutina previa a los encuentros es siempre la misma. Ahora que el equipo juega tarde, después de una merienda, se ponen la camiseta de la banda y se toman un taxi hasta la avenida Udaondo, de ahí solo restan algunas cuadras hasta el acceso a la tribuna. “Me encanta caminar al lado de los hinchas, me siento protegido. Me ven con el bastón blanco y enseguida me ayudan, lo mismo a mis hijos, porque son muy chicos”, reconoce. Al Monumental lo define como el living de su casa. Se siente cómodo, le gusta hablar con la gente y se saluda con cuanto vendedor de gaseosas o golosinas pase por la platea. Se obsesiona por aprenderse todos los cánticos de la hinchada, se divierte.
“Viví pegado a la radio desde que tengo uso de memoria”, cuenta Marcelo, que sigue los partidos a través de los relatos. De chico escuchaba a Víctor Hugo, ahora ese lugar lo ocupa uno de sus máximos ídolos: Atilio “Lito” Costa Febre. Es que además de Enzo Francescoli, el Beto Alonso y el Burrito Ortega, Costa Febre e Ignacio Coppani integran el pedestal de sus figuras del mundo millonario. Para poder entender el porqué de este cariño hacia estos nombres, que no son los de jugadores, hay que escuchar sus palabras: “No me gustaría morirme sin conocerlos. No por cholulismo, sino por agradecimiento, por ayudarme a imaginarme las jugadas. Es muy difícil hacer que un ciego pueda emocionarse, que pueda tener imágenes tan concretas de lo que está pasando en una cancha o en una hinchada, el sentimiento, los colores. Si tuviera que decirle algo a Costa Febre sería ´Gracias por hacerme ver un partido de fútbol´”.
Como a cualquier otro hincha de River, el tema de la segunda categoría se le dispara solo. También su descontento porque se avecina un campeonato de Boca. Recuerda perfectamente lo que fue aquel partido contra Belgrano que determinó que su equipo jugaría la próxima temporada en el Nacional B. “Sabiendo lo que podía pasar, ese día no fui a la cancha. Estaba en casa con mi compañera, la radio, y escuchaba cómo después de ese gol tempranero que nos ilusionó a todos, la pelota no entraba ni a partir de un penal. Dentro de mi cabeza pasaban un montón de imágenes, de recuerdos. Yo creo que uno sale siempre fortalecido de las experiencias adversas, espero que este sea otro caso de esos”.
Marcelo es un tipo que reflexiona constantemente. Sabe que todo aquello que no puede percibir con sus ojos lo puede suplir con imaginación y con sus ganas de estar cerca de su equipo. La pasión que despierta el fútbol, nos demuestra, trasciende esta aparente barrera de no poder ver.