Seis años sin Luciano

Un mediodía de sábado de enero hay miles de personas que caminan por las calles de Lomas del Mirador. Caminan bajo un Sol que quema por este barrio en el que se vio por última vez hace exactamente seis años a Luciano Nahuel Arruga. Este año ya no se marcha por su aparición. En octubre último se encontró su cuerpo enterrado en una tumba NN del Cementerio de la Chacarita, después de cinco años y nueve meses de búsqueda constante. “A Luciano lo mató la Policia y lo despareció el Estado”, dice la bandera principal de la movilización. Por eso acá marchan miles de personas. Caminan desde la plaza Luciano Arruga hasta el destacamento policial donde a Luciano lo fajaron varias veces por negarse a robar para la Bonaerense. Allí, ahora, luego de cinco años de lucha, funciona un espacio para la memoria. El destacamento se mudó a tres cuadras por disposición el Intendente Fernando Espinoza. Hasta ahí también se camina. Camina Vanesa Orieta, la hermana de Luciano, camina y les grita a los ratis que a su hermano lo mató la Policia. Se sigue caminando. Vanesa explica que por donde pasa la movilización ahora, la Comisaría 8va de La Matanza, funcionó un centro clandestino de detención en la última dictadura militar. También caminan, escuchan y cantan que a Luciano lo mató la Policia la madre de Facundo Rivera Alegre y del Kiki Lezcano, la hermana de Walter Bulacio, el hermano de Matías Bernhardt, familiares de Sergio Abalos y Ezequiel Demonty, camina la columna de H.I.J.O.S, camina Pablo Ferreyra, el hermano de Mariano. “Los casos siempre van a estar relacionados por la impunidad policial. ¿Qué importa si no son los 30 mil de la dictadura”, dice Vanesa mientras sigue caminando. Hasta que en Emilio Castro y General Paz ya nadie camina. Ahí, en la colectora de la General Paz donde un testigo vio el 31/1/09 que un patrullero de la Bonaerense estaba estacionado con las luces apagadas a la misma hora que un auto atropellaba a Luciano, que cruzó la General Paz de una manera desesperada, como si estuviera escapando de algo. Algo, para la familia y para todos los que están acá, es la Policia. Acá donde Luciano murió hace seis años ya no se camina. Se habla, se escucha, se piensa, se siente. Se sacan conclusiones. Sin Luciano no hay Nunca Más.

Pablo Pimentel, presidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de La Matanza. [Ver entrevista a Pimentel].

Es importante haber estado acá para mantener la coherencia que tenemos muchos hace tiempo en la Argentina que es reclamar por los derechos humanos de todos, sin distinción de clase ni religión ni edad ni condición social. Hoy recordamos el flagelo que sufrió un joven que representa a muchos jóvenes de la Argentina, de una condición pobre, muy pobre, que no tuvo derechos. No tuvo derecho a ser respetado por los policías que lo reclutaban para robar. Y la familia no tuvo derecho a acceder a los instrumentos que tiene el Estado para que se supiera el paradero de él. El Estado fue obligado por un habeas corpus, que había sido rechazado anteriormente, para poner a disposición de la familia todos los elementos que haya en este caso. Al mes de eso, con las huellas digitales que se tomaron en la primera detención, dieron con el cuerpo de Luciano. Se hubieran ahorrado cinco años de dolor de toda una familia. La figura de Luciano ha crecido tanto que ha pasado su persona, va a quedar en la historia como la bisagra que de vuelta la página para que todos los casos de impunidad que han quedado del pasado, del presente y de los que vengan no exista más. ¿Cómo? Con un pueblo organizado, una familia que reclama y una Justicia independiente de cualquier poder político, económico y mediático que obre de manera justa, en tiempo y forma. Si habría sido así, hoy no estaríamos acá reclamando. Esto es porque el Estado no funciona y porque si bien han pasado 30 años de democracia la Policía no ha cambiado, no se ha formado en una cultura de seguridad democrática basada en la filosofía y el respeto de los derechos humanos de todos, inclusive los de los policías como trabajadores.

pimentel

Viviana Alegre, mamá de Facundo Rivera Alegre, joven desaparecido en febrero de 2012 en Córdoba. [Ver nota sobre el caso de Facundo Rivera]

Hoy somos todos Luciano. Es el ejemplo de la total impunidad, de la connivencia policial, política y judicial. Yo soy Viviana, la madre de Facundo Rivera Alegra, que en febrero va a ser tres años de desaparecido. Nosotros vivimos la misma situación en Córdoba con mi hijo, por eso estamos acá. Y para acompañar a Vane que siempre ha estado muy presente. Y eso es lo más importante: que nos acompañemos, porque esta es una lucha colectiva y de esa manera vamos a salir y a lograr la Justicia que nuestros hijos merecen.

alegre

Vanesa Orieta, hermana de Luciano Nahuel Arruga. [Ver entrevista a Vanesa]

Como hermana de Luciano considero que hoy es importante estar porque estamos hablando de una desaparición forzada, de una muerte que intentó ser silenciada al enterrar a Luciano como NN en el Cementerio de la Chacarita. Tenemos que estar acá porque desde el poder judicial y político, y desde los medios también, se intentó desvirtuar la escena instalando que se había tratado de un simple accidente de tránsito. Tenemos que estar acá porque hay muchos familiares que vienen a denunciar la violencia por parte de las diferentes fuertes de seguridad y es nuestro deber acompañarlos porque están solos, porque no tienen acompañamiento judicial, no tienen acompañamiento político porque los grandes medios lo que hacen es ensuciar la figura de la víctima. Esta problemática es grave, ya se han llevado la vida de muchos pibes por gatillo fácil, ya se han desaparecido muchos pibes y cada vez son más. A medida que podamos entender el significado de esta lucha vamos a empezar a entender el riesgo que corremos en esta democracia sino abrimos los ojos y nuestras bocas para gritar que no queremos más casos de violencia institucional en manos de la Policía.

vanesa

Tamara Bulacio, hermana de Walter Bulacio, joven asesinado por la Policía en 1991 después de un recital de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota.

Es importante estar hoy acá porque es un chico más que desapareció. Como sociedad tenemos que reflexionar en eso. Más allá de tener un hermano que pasó por lo mismo, que murió a causa de gatillo fácil hace más de 20 años, lo tenemos que hacer para que el sistema cambie, para denunciar estos casos. Si no salís a la calle para denunciar esto que pasa, ellos aprovechan el silencio. No hay que callar. Hay que salir y luchar. Hoy otra no queda.

tamara bulacio

Iara Carmona, 20 años, víctima de abuso policial desde los 11 hasta los 15 años por el exmarido de su madre, un policía de la Bonaerense. [Ver entrevista a Iara] 

Me parece importante porque todas las causas son importantes, más allá de la mia. Y la manera de sostenerla es esta. Hay que estar, participar, pedirle a la gente que se sume. Es más que nada hacerse escuchar, que se difunda el caso. Es una manera de hacer justicia, justicia social. Desde cantar, acompañar, o darle un abrazo a la familia es una manera de contener a los seres queridos como el Estado y la Policia no lo hacen. Está bueno sentir el respaldo de la gente. El caso de Luciano me moviliza en especial. Es un pibe como yo. Yo bailo en la murga de La Matanza, donde hay compañeros que eran amigos de Luciano. Si bien todas las causas son importantes me llega desde un lugar especial, aunque la impotencia y la importancia es la misma en esta como en todos los casos de violencia policial.

iara carmona

Angélica Urquiza, madre de Jonathan Kiki Lezcano, asesinado el 7/9/09, a los 17 años, junto a Ezequiel Blanco (25), por Daniel Santiago Veyga, exagente de la Federal. [Ver nota sobre el caso de Kiki Lezcano] 

Es importante porque se cumplen seis años de la desaparición de Luciano. Hay que apoyar a la familia para que este caso sea visibilizado. A mí también me mataron un hijo, tres meses después que a Luciano. Por eso me mueve estar acá también. Porque es la manera de solidarizarse de corazón a corazón con la hermana, con la madre, con todos los que han sufrido como me tocó a mí.

kiki lezcano

Nora Cortiñas, presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo (Línea Fundadora), madre de Carlos Gustavo Cortiñas, desaparecido el 15 de abril de 1977.

Es importante porque la memoria es la que nos lleva a que busquemos toda la justicia. No hay que perder la memoria, hay que estar en la lucha permanentemente, eso es lo que nos va a llevar a la verdad y a la justicia. Hay que seguir. Esta es otra etapa en la que ya sabemos que pasó con Luciano, ya tenemos su cuerpito. Es otro camino el que hay que recorrer, pero con la misma bandera de no a la impunidad, en el caso de Luciano y en todos los casos donde haya una injusticia.

cortiñas

————Mirá más fotos de la marcha acá————

Espacio para la memoria

Por La chica que corre el bondi.

-Bienvenidos al espacio para la memoria, ex ESMA. La idea de la visita es que se pueda construir entre todos. Cuando quieran me paran, preguntan, comentan. Esta bueno que sea dinámico. Vamos a visitar el Casino de Oficiales que funcionó como centro clandestino durante la última dictadura cívico-militar.

Se estima que pasaron 5000 personas, hay 200 sobrevivientes.

 

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Los números tomaron el ambiente. Se hicieron protagonistas. La historia se figuró al ritmo de los pasos que transitaban el recorrido. Imágenes se sucedieron como evidencia de una memoria colectiva que construye identidad de a pares. La chica con la remera que decía “Para todos nada, para todos todo”, apretó los dientes cuando el único nene del grupo preguntó: Pa, ¿dónde están los cuerpos?

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

Estaban ahí, poniendo voz a bloques de cemento silenciados. Estaban con nosotros recreando el momento. La visita se convirtió en disparador de imágenes, que quizás, así sucedieron.

Todo el resto ENMUDECIÓ, se escribe desde los pies.

 

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Algún día, de algún mes, de algún año entre 1976 y 1983.

Av. Libertador 8100, Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires.

Escuela de Mecánica de la Armada.

Medianoche.

Garage ESMA
Garage ESMA

 

Un Ford frena frente a la garita verde de seguridad. La cadena que cruza la calle interna impide el paso. El hombre en el asiento de acompañante baja la ventanilla, lleva casco sostenido a su cara por debajo de la pera, bigote prolijamente recortado, uniforme que termina dentro de las botas de caña más alta que los tobillos y un arma en el cinturón. Con tono marcial repite de memoria una jugada de ajedrez y queda en silencio. La cadena choca contra el asfalto marcado de tantas veces recibirla, el auto se pone en marcha, pasa sobre ella, la ventanilla se cierra.

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 –Los autos hacían este recorrido. Todos estos datos los tenemos por los sobrevivientes. Después de pasar por la garita los entraban al Casino de Oficiales. Aclaremos que casino significa casa. Acá dormían oficiales. 

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En la puerta trasera del casino frena el auto. El hombre sentado en el asiento de acompañante baja, no sólo tiene un arma en su cinturón, del otro costado le cuelga un palo de goma. Abre el baúl y a empujones y dalehijadeputasalídeahí saca a una chica. No se le ve la cara, está encapuchada, se le ven las esposas en las manos, apretadas contra la espalda, y en los tobillos, descubiertos por una pollera que le llega a las rodillas. Está descalza y cuando la entran al hall del edificio el frio que sube desde los pies le encoje los hombros.

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-Es este hall también funcionaba la central de inteligencia donde confeccionaban los legajos de cada detenido, con foto, datos personales, de las organizaciones a las que pertenecían. Eran tratados como casos. ¿Notaron el frío que hace acá adentro?

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La piba camina obligada cruzando el hall. De ahí escaleras la llevan directo a un sótano. Un cartel en la puerta anuncia que se trata del sector 4. Sigue sin ver, no sabe que está caminando por el “pasillo de la felicidad” que la lleva directo y sin escalas a la tortura. A sus costados otros compañeros encapuchados, esposados, amontonados, una imprenta, taller audiovisual, un baño, algunas camas con oficiales, otras varias salas de tortura, no se puede ver nada más, conectaron algo que hizo saltar la luz. El espacio, impresionantemente chico para entrar tanto dolor, queda a oscuras.

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-Acá les decían que les iban a inyectar vitaminas, para que estén fuertes y mandarlos a la cárcel a afrontar un juicio. En realidad, lo que sabemos por sobrevivientes, es que se les inyectaba pentotal que los adormecía, los llevaban a aeroparque y aún vivos los arrojaban al mar. Si no, después de la tortura eran llevados al tercer piso. Ahí funcionaba Capucha y Capuchita.    

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La radio está prendida. Suena a todo volumen, ininterrumpidamente, del Plata. La luz está prendida, también ininterrumpidamente. Esto debe ser lo más cercano al infierno, susurra alguien. Pero nadie lo llega a escuchar. Están todos encapuchados dentro de sus cajas de maderas que no superan los 75cm de ancho x 2mts de largo. Las cabezas apuntan al pasillo dónde los oficiales caminan y los pies, inamovibles, pesan con una bola de cañón enganchada a los tobillos.

Desaparecidos de la última dictadura cívico militar
Desaparecidos de la última dictadura cívico militar

Desde la punta de la L, la forma que tiene Capucha, se escuchan botas avanzar. Sacaron a un pibe de su cajón. Lo empujan a la puerta en el extremo opuesto del lugar. Lo suben por una escalera que lleva al altillo. Lo vuelven a acostar, esta vez, en Capuchita.

No hay una lógica que diga quién sube y quién baja, no parece haberla, pero Capucha está colmado de cuerpos acostados. Capuchita es más chico y en el centro del cuadrado tiene el tanque de agua del edificio. No suena la radio, suena el agua que se mueve, todo el tiempo. El frio se siente más, no hay ventanas, la luz también está prendida pero nadie ve. Siempre, las capuchas ennegreciendo todo.

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-En Capucha y en Capuchita también estaban las embarazadas, creemos que hasta el octavo mes recibían el mismo trato. Si aun así lograban continuar con el embarazo las llevaban a maternidad, esta acá también en el tercer piso. El que se llevaba los bebas le decían Pedro Bolita.

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Sol y sombra
Sol y sombra

Se escucha un llanto, un llanto gritando que hay vida ahí dentro. Un bebe acaba de nacer en el tercer piso. Dos compañeras ayudan a la madre. Terminó de dar a luz hace minutos, pero está obligada a limpiar el lugar. Termina y no parece sentir todo ese dolor, le dicen que el bebe va a ser entregado a su familia. Un oficial trae una lapicera, arranca una hoja de un cuaderno y la madre escribe. Quiere que su hijo se llame Marco, le pide a su familia que lo cuiden.

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-Después de dar a luz, en general, la madre era enviada en el próximo traslado. En este piso había dos espacios más funcionando: El Pañol, un depósito con todas las cosas robadas de las casas de los detenidos, y La Pecera donde se hacía trabajo esclavo.

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Pedro Bolita baja más de 60 escalones hasta llegar al hall de entrada. Un oficial también baja los más de 60 escalones, junto a una mujer esposada y encapuchada siguen bajando, llegan al sótano, entran a la enfermería, la inyectan, ella se queda dormida. Pedro Bolita lleva un bebe en brazos, está envuelto en una manta celeste. Sale del Casino y sube a un auto. Marco, que aun no se sabe Marco, se aleja. Es pleno invierno, pero el sol le gana al frío. La vida, siempre ganando.

 

“Si no hay justicia, hay escrache”

Julieta Colomer es una fotógrafa argentina que militaba en H.I.J.O.S y era parte activa de la Mesa de Escraches Popular. Por las imágenes de este mecanismo de pedir justicia, expuso en el Museo Reina Sofía, de Madrid, y participó de charlas sobre la resignificación del espacio público. A su vuelta, invita a la reflexión sobre nuestra historia reciente y la compara con la realidad española.

Para la mayoría de los turistas que llegan a Madrid, el Museo Reina Sofía es lo segundo que se ve de la ciudad. A no ser que te subas a un taxi o a un auto particular para ir hasta donde te alojes en la capital de España, lo más probable es que – hayas viajado en avión o en tren o en colectivo – termines en la estación de trenes de Atocha, en pleno centro madrileño. Enfrente de Atocha está el Reina Sofía, uno de los museos más famosos y modernos de Europa. Allí duerme el Guernica de Picasso –la obra en la que el pintor español ilustra la salvajada de los bombardeos a esa ciudad durante la Guerra Civil – y varias otras joyas de Salvador Dalí y Joan Miró, entre otros. Mientras se recorre el primero de los cuatro pisos del Museo a las apuradas, porque la cita con la piel de gallina para ver el Guernica no se puede posponer demasiado, se pueden encontrar montones de obras seductoras que demoran el encuentro con Pablo Picasso. Exposiciones inesperadas. Por ejemplo: fotografías de los escraches que inventó H.I.J.O.S –Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio- en la década del 90’ para generar condena social en los vecinos de los represores, que sacaban a pasear su impunidad por los barrios mientras los amparaban los indultos, la leyes de Obediencia Debida y el Punto Final y, también, su apariencia de ancianos vecinos. “Si no hay Justicia, hay escrache”, era la consigna.

Negativos positivos.
Negativos positivos.

Las fotos son de Julieta Colomer, una fotógrafa argentina que militaba en H.I.J.O.S y era parte activa de la Mesa de Escraches Popular. “Es groso tener las fotos ahí. Son fotos que han estado en la calle, en centros sociales comunitarios, en predios que tomaron las asambleas post 2001. Han estado en La ideal en Villa Urquiza, en la casa de Cucha Cucha, que fue la casa que tomó la asamblea de La Paternal, en la olla de Callao y Corrientes. Post 2001, en la etapa de los cacerolazos, se había armado una especie de colectivo grande que unió a fotógrafos y documentalistas que se llamaba Argentina Arde. Y ahí hicimos muestras de fotos en la calle”, cuenta Julieta, a su regreso de Madrid, luego de pagarse el pasaje para ver sus fotos colgadas en las paredes del Reina Sofía y participar de distintas charlas. Las fotos estaban ahí porque formaban parte de una de la exposición que armó Marcelo Expósito, un español artista y activista social. A la muestra se la llamó Playgrounds,  porque trataba la resiginficación del espacio público, y se exhibió hasta finales de septiembre pasado. “Las fotografías de Julieta muestran la experiencia de los escraches desde dentro, a diferencia de otras visiones de tipo más periodístico o reportajista, constituyen documentos excepcionales de esa experiencia histórica vista desde su interior”, explica Expósito desde Barcelona.

-¿Cómo eran esos escraches de H.I.J.O.S?

-Los escraches apuntaban a la condena social. Fueron en su mayoría entre el 98’ y el 2006. Se laburaba dos meses en el barrio para construir ese consenso y esa condena social en los vecinos. Tenía diferentes partes. Primero una situación más cerrada, en la que H.I.J.O.S investigaba los legajos que conocía de militares y ahí empezaba la averiguación de si la dirección que figuraba en los legajos era actual. Después de ahí –cuenta Julieta Colomer- se trataba de pensar cómo sacarle la foto, porque lo interesante era hablar con el vecino pero también mostrarle que el tipo al que escrachábamos ya no era un joven, sino que la mayoría de los genocidas ya eran personas mayores, que pasaban como vecinos de tercera edad, y en muchos casos ya no se reconocían porque los legajos de la CONADEP son de hace mucho tiempo. Y al final, una vez que ya estaba el operativo hecho, se invitaba a la gente al domicilio para hacer el escrache al represor.

Los escraches de H.I.J.O.S fueron el instrumento para combatir la impunidad que encontró esta agrupación formada en 1995 por hijos e hijas de las víctimas del Terrorismo de Estado de la última dictadura militar argentina. En la Mesa de Escrache, además de militantes de H.I.J.O.S, había gente que se acercaba por las suyas: grupos de arte callejeros, alumnos de centros de estudiantes de los secundarios, gente del Sindicato de Motoqueros, o asambleístas de los barrios que estaba por pasar o por los que ya había pasado el escrache post 2001. Todo el laburo que le ponían a marcar la casa donde vivía un genocida con su familia, ante la indiferencia y el desconocimiento de la gran mayoría de los vecinos previo a que el escrache pasara por allí, tenía su fruto una vez que dejaban la zona. “Nos enteramos de varias situaciones en las que se tuvieron que mudar después de que pasamos, porque la familia no soportaba la presión de ser marcados. Sobre todo las esposas de los represores. Nos enteramos de algunos que se suicidaron. También hubo algunas reacciones de vecinos que acompañaban. Me acuerdo que en Villa Urquiza hicimos un escrache a un médico y laburamos con un jardín maternal. Al otro día del escrache, desde el jardín fueron y le tiraron pañales todos cagados. Nos encontrábamos ese tipo de reacciones”, cuenta Julieta, comunicadora social y fotógrafa de la Cooperativa La Vaca, para la que también realizó junto con Graciela Daleo, sobreviviente de la ESMA, un noticiero radial quincenal sobre los juicios de lesa humanidad que se están desarrollando en los tribunales federales de todo el país.

Imagen: NosDigital
Imagen: NosDigital

Además de testimoniar con su cámara el momento en que el escrache se hacía carne, o sea cuando se realizaba la movilización de vecinos a la puerta del escrachado, Julieta junto a otros compañeros de la Mesa de Escraches se encargaba de la inteligencia previa para generar ambiente y conciencia en el barrio. Así lo cuenta: “El operativo de sacarle la foto al represor era bastante complicado porque no podía abrirse demasiado. La mesa de escrache era un espacio heterogéneo y esa información la manejaba solamente H.I.J.O.S. Era un momento tenso el de la foto. Hubo uno que nos paranoiqueó mal. Habíamos ido con cinco compañeros en una especie de operativo clandestino que armábamos y ya de por sí era todo muy raro. Vivía en un pasaje muy chiquitito, tuvimos que pasar varias veces para ver cuál era la casa, eso ya nos botoneó un poco. Pero hicimos toda la movida para lograr que el tipo asomara la cabeza a la calle, porque necesitábamos sacarle la foto. Por lo general lo que hacíamos era llevarle una carta disfrazados, la idea era que saliera él, no su mujer ni un hijo ni ningún otro. Y no era fácil. Logramos que este tipo saliera y cuando le estoy por disparar la foto desde adentro de un auto, veo que me sacan una foto a mí desde la casa, de un piso de arriba. Entonces ahí fue como no entender nada. Fue decir dos palabras y subirnos todos al auto y nos fuimos. Mucha paranoia porque no sabíamos cómo se había filtrado. Nos dio miedo. Nunca nos había pasado”. La anécdota sirve para entender el laburo previo que había detrás de esos escraches y para comprobar que eran necesarios no sólo para construir condena social por la memoria de lo que esos genocidas habían hecho 30 años atrás con sus padres, sino porque muchos de los escrachados seguían en actividad. Y con poder. “El escrache ese se hizo dos años después. Fue muy raro porque era a un tipo que seguía en actividad, fue médico, obstetra de la brigada de San Justo, entregó bebes. El tipo nos jodió durante varios meses todo el laburo. Apenas llegábamos al barrio, la Mesa de Esraches hacía un mapa y durante los dos meses previos al escrache organizaba cine debate, charlas, volanteaba las plazas, todo para informar. También escribíamos una carta que la repartíamos por debajo de la puerta a los vecinos, para explicar por qué el escrache, quién era el escrachado en cuestión que vivía en ese barrio. A las pocas semanas el tipo escribió su propia carta, hablando bien de él a sus vecinos y diciendo que nosotros éramos violentos, vengativos. Hicimos pintadas y las encontramos al otro día todas tachadas. Eso fue una pelea en el propio territorio. Y una muestra de que el tipo seguía activo, operando. Hasta el momento uno no se imaginaba eso: que todavía mueve groso, que no es ningún boludo, que tiene su aparato. Para nosotros eran todos viejos que estaban retirados”.

El último escrache de H.I.J.O.S fue hace ocho años, en 2006. “Fue el más difícil que nos tocó hacer: a un comisario que estaba en actividad”, recuerda Julieta. Pero el final no tuvo que ver con eso, sino con el momento histórico que se vivía en la Argentina. En 2003, al asumir Néstor Kirchner, lo primero que hizo fue anular las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. “Fue un paso necesario e importante. La primera vez que un gobierno constitucional daba respuesta al reclamo histórico de los organismos de derechos humanos. Por ese entonces en la Mesa de Escrache se agudizó una discusión que había surgido años antes y que nos interpelaba a pensar qué entendíamos por Justicia. Existía una diferencia muy sutil pero tajante entre la idea de concebir el escrache como herramienta capaz de presionar para lograr el juicio y castigo y había otra idea que lo entendía como una construcción desde abajo y entre los vecinos: la construcción de condena social. A mi modo de ver ambas propuestas podían convivir pero no fue posible llegar a un acuerdo y la discusión terminó con la salida de H.I.J.O.S de la Mesa de Escrache. Esta situación complicó los mecanismos para seguir investigando a los genocidas. Por eso, ya a fines de 2006, se hizo cada vez más difícil la construcción de los escraches”, explica Julieta, de 40 años. Fue ahí cuando los inventores del escrache dejaron de hacer escraches. Una modalidad que replicó rápido en varios puntos de Sudamérica. Y que el año pasado migró a España. Acaso por eso también estuvieron esas fotos colgadas en las paredes del Reina Sofía. “Los escraches han migrado a España en los últimos años, no como una reivindicación de la memoria, sino como una herramienta de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), con un apoyo social amplísimo. De hecho, los escraches practicados a los políticos responsables de la violencia sobre la población resultante del estallido de la burbuja inmobiliaria y la emergencia habitacional, han contribuido a señalizar con nombres y apellidos a los políticos cómplices del genocidio financiero, provocando con ello su fuerte deslegitimación”, cuenta Marcelo Expósito, el artista que armó la muestra en el Reina Sofía, quien divide su tiempo entre Barcelona y Buenos Aires.

La PAH es un movimiento social surgido en 2009, en Barcelona, que agrupa personas con dificultades para pagar la hipoteca o que se encuentran en situación de ejecución hipotecaria. En España, la subida del precio de la vivienda acompañada de un buen pasar económico, en lo que se conoció como burbuja inmobiliaria, provocó que sacar una hipoteca para vivienda fuera casi tan sencillo como ir al quiosco. Pero la burbuja un día explotó: desde la crisis económica que se desató en 2008, con el aumento del desempleo a más del 25%, se ha vuelto imposible para más de 350 mil familias pagar las hipotecas. Son los desahuciados, como se los llama en España, donde a los desalojos se los conoce como desahucios. Son los que se quedan sin la vivienda pero continúan con la deuda con el banco a cuestas aunque no disfruten del calor del hogar por el que deben pagar. “Los escraches efectuados por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca están estrechamente vinculados a los escraches argentinos, aun con las diferencias sustanciales en sus objetivos. También en el Estado español –cuenta Marcelo- se apela a la sociedad civil, se le reclama a la gente tomar posición. Son una apelación a la justicia desde abajo, sin ejercicio de violencia ni venganza, pero contundente en su condena social de los cómplices de violencia contra la sociedad civil”.

Durante su estadía en Madrid, Julieta Colomer dio una charla en el Patio Maravillas, un colegio que llevaba siete años cerrados hasta que se lo ocupó para transformarlo en el centro comunitario más grande de la capital española, junto con miembros de la PAH. “Ellos tuvieron la experiencia del 15M que fue similar al 19 y 20 de acá. El escrache que replicó allá, o que ellos tomaron, no es de víctimas de del franquismo sino que tiene que ver con un motivo económico. Tiene esas diferencias. Para algunos de allá, para otros no, pero sobre todo para las víctimas del franquismo que siempre remarcan que en España no se mira nunca al pasado, que no se ha hecho nada por esas víctimas, son importantes esas diferencias”, cuenta.  Marcelo Expósito retoma esos contrastes: “Aun así, desde hace quince años se desarrolla en todo el Estado español un potente movimiento por la recuperación de la memoria histórica, que si bien no ha hecho uso de la herramienta de los escraches, sí lo ha hecho de acciones contundentes con la continuada localización y exhumación de tumbas NN donde se encuentran todavía los más de cien mil desaparecidos fruto del crimen de Estado en los primeros años del franquismo. La influencia que el movimiento histórico por los derechos humanos argentino ha ejercido sobre este movimiento por la recuperación de la memoria histórica en el Estado español, ha sido enorme”.

El escrache español tiene el mismo fin que el que inventó H.I.J.O.S pero una impronta bien distinta. “Tiene que ver con la época también. Es una situación un poco más virtual. Hay mucho tuiteo, redes sociales. Pero ellos han logrado con los escraches frenar algunos desalojos. Y el tema de los desalojos es bestial: hay gente que se quedó sin la casa pero además tiene la deuda por 20 años. Es tremendo –cuenta Julieta- eso generó mucha rabia y canalizó en el escrache. Allá se señala a los diputados que frenaron la ley que ampara los desalojos. Lo que pasa es que la sociedad española no logró calar el escrache porque no les gustó eso de señalar con el dedo, de buscar condena social. No está bien visto a nivel social. Por supuesto que sí en los jóvenes. Y hay algunas excepciones: cerrajeros  que les tocaba ir a desalojar y se negaron”.

Este asesino vive en nuestro barrio. Julieta Colomer.
Este asesino vive en nuestro barrio. Julieta Colomer.
Frente a la casa del torturador. Julieta Colomer.
Frente a la casa del torturador. Julieta Colomer.
En el barrio. Julieta Colomer.
En el barrio. Julieta Colomer.
Conozca a su vecino. Julieta Colomer.
Conozca a su vecino. Julieta Colomer.
Condena social. Julieta Colomer
Condena social. Julieta Colomer
Juicio y castigo. Julieta Colomer.
Juicio y castigo. Julieta Colomer.
Redoblante. Julieta Colomer.
Redoblante. Julieta Colomer.
Stencil en la calle. Julieta Colomer.
Stencil en la calle. Julieta Colomer.
Torturador suelto. Julieta Colomer.
Torturador suelto. Julieta Colomer.
Verdad justicia memoria. Julieta Colomer
Verdad justicia memoria. Julieta Colomer
Volante. Julieta Colomer.
Volante. Julieta Colomer.

Generación Arruga

Nos quieren sacar a Luciano Arruga para tapar los más de 4 mil casos de gatillo fácil desde que volvió la democracia, como si invisibilizándolos taparan también la pobreza.
Luciano fue depositado en un barrio pobre, carente de todos sus derechos, fue instigado a robar y fue torturado por pobre.
Su familia lo tuvo que buscar cinco años y ocho meses porque es pobre.

Como a Luciano, a Kiki Lezcano y Ezequiel Blanco los tuvieron desaparecidos durante meses porque eran pobres.

Habían sido perseguidos por policías por ser pobres.

Kiki había sido introducido en las peores drogas, que llegan a los barrios pobres.

Fueron encontrados muertos, como NN en Chacarita, como Luciano, habían sido asesinados por policías por ser pobres.

David Vivas y Javier Alarcón fueron asesinados por un subcomisario. Habían discutido y el subcomisario decidió resolverlo a los tiros. Los diarios hablaron de “delincuentes pirañas”. Pueden mentir así porque sus víctimas son pobres.

A Diego Núñez lo fusiló un policía. A su hermano Francisco lo metieron preso durante un año y tres meses, lo torturaron, lo drogaron y lo absolvieron. No tenía nada que ver con el homicidio por el que cayó. Lo pueden hacer porque son pobres.

A Braian Hernández lo mató el policía que manejaba las drogas en el barrio. Al testigo clave lo mandaron a matar el día después de que declarara. Sus familias siguen amenazadas, por ser pobres.

Los cuatro mil pibes pobres asesinados por la policía merecen la verdad y la justicia. Toda la generación de pibes pobres merece el derecho a vivir con dignidad.

“No podía cagarme en la historia de mis viejos”

En 2008, Pablo Gaona Miranda sintió que podía ser hijo de desaparecidos. Su apropiadora le confirmó que era cierto, pero que por favor no lo dijera porque podían ir presos. En 2012, se animó a ir a Abuelas y supo que era el nieto 106. Aunque no se lleva mal con sus apropiadores, fue a juicio. Su testimonio fue determinante para que fueran declarados culpables. “¿Qué harías vos si te roban a tu hija?”, plantea cuando le preguntan si no le da pena. 

A fines de 2008, fue, se sentó y preguntó: ¿soy o no soy?

Ella, su apropiadora, se largó a llorar.

-Yo creo que podés ser hijo de desaparecidos, pero por favor no digas nada porque vamos a ir presos.

Desde ese día, Pablo pensó.

“Vamos a ir presos”.

“Vamos a ir presos”.

“Vamos a ir presos” “Vamos a ir presos” “Vamos a ir presos”.

Desde ese día, Pablo pensó y pensó.

Recién en agosto de 2012, tres años y medio después de saberlo, se acercó a Abuelas para dejar de ser Leandro, para saberse hijo de los desaparecidos Ricardo Gaona Paiva y María Rosa Miranda, para asumirse como parte de la historia argentina más horrenda, para enterarse de que su cumpleaños ahora sería el 13 de abril: para ser el 106.

Desde ese día, Pablo pensó y pensó y pensó: “Vamos a ir presos”.

Desde ese día, hasta este día, sentado en una habitación de la Casa de Abuelas, mientras Estela de Carlotto pasa por la puerta y él ya no la mira sorprendido porque ella es parte de la escenografía de su nueva vida, mientras sonríe con lo bien que juega el River del Muñeco Gallardo porque esa es una herencia que no va a sacarse de su anterior vida, Pablo pensó, piensa y pensará: “Es lo justo”.

Por eso, el 11 de agosto, aunque el pensamiento digerido no pudiera ganarle del todo a los nervios, se volvió el testigo clave del juicio por su apropiación que terminó con la sentencia de 8 años a Salvador Norberto Girbone –su padrino, el militar que lo entregó-, de 8 años a Héctor Girbone –su apropiador- y de 6 años a Haydée Raquel Ali Ahmed –su apropiadora-.

 

***

Pablo piensa todo el tiempo y no es que por eso sienta menos. De hecho, todo su ejercicio de ajedrez lo define de una manera hasta divertida: “Tenía la cabeza hecha un despelote”. Tres años y medio estuvo pensando: ¿qué es lo correcto?, ¿qué está bien?, ¿qué está mal?, ¿está bien que desaparezcan a unos papás y les roben su bebé?, ¿está mal que a ese bebé, durante 30 años, no le digan realmente quién es?

 

– ¿Cómo fue el juicio?
– Yo fui el primero al que le tocó declarar. Fue el 11 de agosto. Después del juicio, los abogados y el fiscal de la causa me decían que había sido muy importante la declaración. Si yo no hubiera declarado, ellos estarían en libertad. Impunes. Porque no hay testigos del momento del secuestro. Y el militar que me entregó a mí no tenía ninguna denuncia. Es más, estuvo trabajando hasta el 2012 como militar. Si yo no hubiera ido a declarar y a contar el momento en que me pidieron que no fuera a Abuelas porque podían ir presos, ellos no iban presos.

– Pero declaraste igual.
– Yo lo hice por una cuestión de responsabilidad y por no cagarme en la historia de mis viejos. Por ahí, para mí era más cómodo no declarar, evitarme el sentimiento de culpa y que mis apropiadores estuvieran libres. Pero no hubiera sido lo correcto. Lo que yo sentía como correcto.

– Para el momento del juicio, vos ya habías contado tu historia muchas veces, ¿cambió contarla ahí?
– Estaba muchísimo más nervioso porque estaba en un tribunal. Estar en un tribunal es una cosa espantosa. No es cómodo. En muchos juicios los abogados piden que los acusados no estén y hacen lugar a eso y los acusados no están: estás en el tribunal, hablás con los jueces, respondés a los fiscales, a los abogados de la querella y a los abogados de la defensa. Pero en este caso, no: ellos estaban en frente mío. Eso me tenía un poco tenso.

– ¿Vos sabías que iban a estar?
– Me dijeron: “Posiblemente estén”. Es más: me hicieron un dibujo, una especie de croquis, explicándome el lugar donde ellos iban a estar. Pero, bueno, me dijeron que me hiciera a la idea de que posiblemente iban a estar. Y estaban.

– ¿A ellos los seguís viendo?
– Los seguí viendo hasta una semana antes de que arrancara el juicio y después ya no los vi más porque todo se ponía más incómodo. Después del juicio, bueno, ya veríamos. Pero ellos sabían perfectamente lo que yo iba a hacer. Yo a ellos los veía cada quince días y tengo una buena relación, a pesar de todo. Pero el acuerdo para seguir viéndonos era que ellos sabían que yo iba a hacer esto. Yo no iba a mentir para hacerlos zafar.

– ¿Y ahora?
– Ahora sí los iré a ver. Cuando se acomode todo, iré.

– Dentro de todo tu relato, queda muy claro que vos tenés una visión de qué es para vos lo justo.
– Nosotros buscamos justicia. Ni venganza, ni odio. Dentro de esos parámetros, yo me puedo parar en un lugar de lo que considero justo. Después el tema de las penas ya me excede. Pero yo me fui conforme del juicio porque los abogados me dijeron que no estaba mal la sentencia. Me decían que lo importante era que me creyeron. Que mi relato lo creyeron los jueces. Pero lo bueno es que ellos ya están condenados. Que hubo un juicio y que hubo una sentencia. Nosotros decimos que el robo de bebés es un delito de lesa humanidad y nos creen los jueces y eso es importante.

– Esto de lo justo que te digo exhibe una manera de pensar el “deber ciudadano”.
– Entiendo este punto que planteás y lo entiendo, sobre todo, porque, cuando estoy con mis amigos, a veces ellos me preguntan: “¿Y vos cómo te sentís con estar haciéndoles un juicio?”. Muchos de mis amigos conocen a mis apropiadores hace muchos años porque son vecinos. Y a veces se ponen más en el lugar de ellos que en el mío. Me pasa también en las charlas que lo primero que me preguntan es qué relación tenés con la gente que te crió. Esa es una manera de ponerse en el lugar de los apropiadores en vez del mío. Al principio no sabía cómo responder. Pero después fui pensando la manera. Es más sencillo con los que tienen hijos o con los que tienen nietos. Porque vos les decís: “¿Qué pasaría si viene alguien ahora y te saca a la nena? ¿Qué pensarías de la gente que te la robó, así la críen bien o mal? ¿Qué querrías para esa gente? Y me responden: “Y que vayan presos”. Entonces ahí se terminan las dudas. O me preguntan qué pienso de los años que les dieron y yo lo único que puedo decir es que ellos eran adultos, que sabían bien lo que hicieron y que tienen que hacerse cargo.

– Tu respuesta suena con toda la lógica.
– Sí, ojo que igual es chocante. Siempre la primera pregunta que hacen es si me da lástima que ellos vayan presos. Es duro. Yo siempre digo que pregunten lo que sea. Y es muy loco porque a ellos les dan lástima mis apropiadores. Les dan más lástima los apropiadores que yo. No piensan en mi historia porque ellos piensan que mis apropiadores son mis viejos, pero porque ellos no conocieron a mis papás. Creo que eso se da por desconocimiento. Por no leer casos como estos y pensarlos.

– ¿Cómo fue escuchar la sentencia?
– Estábamos citados a las 9.30, que era cuando la querella y la defensa decían las últimas palabras. La sentencia era a las 14. Entonces yo decidí ir directo a la sentencia porque tantas horas era demasiado. Ahí volví a ver al tribunal porque, después de declarar, yo decidí no ir a escuchar otros testimonios por una cuestión de salud mental.

– ¿Cómo fue esa mañana?
– Di vueltas, fui al gimnasio porque ese día no fui a trabajar y después fui a Tribunales. Había intentado dormir, pero no pude. Me acosté a las dos de la mañana y a las tres y media ya estaba despierto.

***

– Antes de este juicio, ¿alguna vez habías ido a un juzgado?
– Antes de que me devolvieran mi verdadera identidad, no. Después, sí. Yo recuperé la identidad en agosto de 2012 y en septiembre quise ir a presenciar un juicio. Fui el día en que declaró Catalina de Sanctis Ovando en los tribunales de San Martín. Quise ir por esta cuestión de decir: “Esto me va a pasar a mí”. Cuando yo la veía declarar, que lo hizo con mucha valentía, yo pensaba: “Ojalá yo pueda declarar así”. La veía muy tranquila, aunque ella no estaba nada tranquila, pero a partir de ahí fui a un par de juicios para acostumbrarme.

– Debe ser muy loco ese ejercicio de ir a ver algo tan fuerte que ya sabés que te va a pasar a vos.
– Yo me enteré que era hijo de desaparecidos a fines de 2008. Mi apropiadora me pidió que no dijera nada porque si no ellos iban a ir presos. Yo ahí dije: “Bueno, me voy a tomar mi tiempo para pensar”. Porque tenía un montón de dudas de lo que iba a ser mi vida después de ir a Abuelas. Entonces, yo lo que hacía era mirar todas las cosas que aparecían de los nietos para ver cómo ellos hacían llevar su vida adelante. Me compraba los diarios cada vez que había algo nuevo. Y ahora eso me atraviesa a mí.

– Una vez, en una entrevista, dijiste: “Yo quería saber cómo era la vida de la gente que iba recuperando su identidad”. ¿Cuánto de todo lo que imaginaste que podía pasar, pasó?
– No sé si imaginé bien las cosas, pero se dio todo lo esperado. Yo, cuando veía de las restituciones, por ejemplo, sabía que te daban una carpeta con todas las cosas de tu familia y de quién eras vos y, después, venían algunos otros nietos, los que querían, a hacer un brindis ese mismo día. Y eso pasó y yo pensé: “Bueno, me tocó a mí”.

– ¿Y vos ya te imaginabas buscando más nietos?
– Mi vida, más allá de otros aspectos que no cambiaron, apunta a seguir buscando a los que faltan. Antes de venir a Abuelas, mientras tenía la cabeza hecha un despelote, atrapado entre la culpa y la manipulación afectiva, sobre todo de mí apropiadora que me había dicho que no viniera, yo ya admiraba a la gente que se había podido animar. Yo pensaba: qué bueno que recuperan su identidad y al poco tiempo se ponen al hombro la búsqueda de Abuelas. Yo pensaba: quiero hacer eso, colaborar de esa manera.

– Hablás de la cabeza hecha un despelote, ¿cómo fue, después, encontrar la calma?
– Calculo que es un trabajo personal que lleva años. Desde ese momento en que me sentía manipulado afectivamente hasta el momento en que me asumí como una víctima. Es difícil asumirse como víctima. Yo no tengo la culpa si yo voy, me hago un análisis y ellos tienen que ir presos. Es una consecuencia judicial y yo no tengo la culpa de eso. Yo soy la víctima y es difícil, aunque parezca una obviedad, entender eso. Con el tiempo, sabiendo que yo no soy el culpable de esto, se atraviesa el tiempo de un juicio, de una sentencia, de ir a hablar nuevamente ante la Justicia, que obviamente no es lo mismo que ir a contar tu historia a un colegio. Pero había que cerrar una etapa. Yo celebro que a partir del 2003, gracias a Néstor Kirchner, se juzguen a los culpables y que no puedan andar caminando libres por la calle. Es una situación difícil, pero necesaria. Ahora, después del juicio, pienso que la justicia al fin un día llegó y que mis viejos deben estar contentos.

***

Pablo piensa. Pensó tres años y medio en el medio de un despelote. Después pensó más rápido porque los últimos dos años le fueron a ese ritmo: recuperó su identidad, se volvió un militante, empezó a llamarle hermanos a los otros nietos y aprendió a dar charlas contando su historia. Todo eso forma parte de su pensamiento.

Así como forman parte de su mente Teófilo Gutiérrez y Rodrigo Mora, sobre quienes siente el mismo misterio que el resto de la argentinidad: ¿cómo hizo Gallardo para volverlos a hacer jugar bien?

River, sin dudas, es parte de su identidad.

Por eso, cuando hace unas semanas entró al Monumental, antes de que arrancara el partido, a dar una vuelta con una bandera de Abuelas, se emocionó mucho.

– ¿Cómo fue eso?
– Fue hermoso. Muy lindo. Además, otra de las cosas que yo pensaba, mientras estaba ahí, es que el mismo año que desaparezco yo Argentina levantaba la Copa del Mundo y en la platea festejaban esos tres genocidas. Es impresionante que, de ese a este momento, 36 años después, tenés un presidente como D’onofrio que quiera cambiar esa etapa de la historia, salir de ser un club que tenía esas prácticas en ese momento y comprometerse con la lucha de Abuelas.

– ¿Y qué decía la gente cuando ustedes pasaban?
– Dar la vuelta en el Monumental con la bandera tiene una llegada tremenda. Yo me quedé muy sorprendido porque caminábamos a paso normal y, cada vez que pasábamos, la gente se paraba y aplaudía. No era una o dos personas. Eran casi todos. El tema de la identidad y el tema de los nietos es cada vez más conocido y la gente se sorprende. Y eso es muy importante porque en la cancha puede haber alguien que tenga dudas sobre su identidad. Mismo leyendo esta entrevista, capaz, haya alguien con dudas como las que tenía yo.

Derechos inhumanos

La historia desopilante del abogado policial que denuncia a los organismos de derechos humanos, la fiscalía que lo avala y la sentencia en suspenso de tres policías que torturaron y mataron a Gabriel Blanco en una comisaría.

Comisaría 2, Barrio San Carlos, La Matanza.

Shhhhh. En la celda de al lado están cagando a piñas a un pibe. Podría ser yo. Hace un rato vino la mujer con la hija. La madre también. Ya le estaban pegando; y él, que quiero ver a mi familia, que quiero ver a mi familia… Por los gritos, en cualquier momento lo matan. Lo metieron esposado y no parece que se las hayan sacado.

No puede más, grita. Lo van a matar. Hay que hacer algo. Nos van a matar a todos.

¿Qué más me pueden hacer?

Le siguen dando, ya no grita, lo van a matar.

¿Qué habrá hecho?

Silencio.

El cuento

“Te vamos a detener y no vas a contar más el cuento. Vas a aparecer en una zanja”, lo callaron a Gabriel Blanco, que tenía entradas en la comisaría por robo. Ya no quería afanar; iba también a un grupo de rehabilitación de adicciones. La policía lo perseguía para que sí siguiera robando: para ellos, con zona liberada.

El 1 de marzo de 2007 convirtieron la amenaza en hechos. Lo detuvieron cuando estaba con su pareja, después de comprarle un regalo a su hermana, que lo había hecho tío. Lo paró la policía, lo puso contra la camioneta, le pegaron a ella y lo metieron en el patrullero. A la medianoche su metro ochenta y sus ochenta kilos aparecieron ahorcados en el calabozo oscuro, sin algunos dientes, cagado a piñas, con un cable de luz que apenas resistía 50 kilos. Como demostraron las pericias, lo ahorcaron ya muerto, para simular el suicidio.

Justicia lenta, justicia rápida

Seis años después del asesinato, el juez de Garantías Raúl Ricardo Alí pidió las detenciones del subcomisario Rubén Darío Suárez, del suboficial Ariel Emiliano Gómez y del oficial Pablo Balbuena por torturas seguidas de muerte. Se hicieron pruebas y contrapruebas, se cambió de fiscal y todavía estaban en actividad.

Las detenciones, cuando llegaron, se hicieron efectivas en el mismo lugar donde trabajaban.

Además se procesó por encubrimiento al comisario inspector Claudio Horacio Javier Ilundayn y el capitán Daniel Omar Dos Santos.

La causa sucia

Alguien dirá: cuánto avanzó la causa. Pero no termina ahí. Cuando se trata de policías, siempre hay un plan b: el abogado de los detenidos denunció que referentes de la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos de La Matanza visitaron a los presos que habían testimoniado en la causa sobre la muerte de Gabriel; y que les habían insinuado que debían señalar a la policía como responsable. Corroboró esto con una nueva declaración de los presos que habían testimoniado 6 años antes, que cambiaron de opinión.

El abogado de apellido Fernández radicó la denuncia contra la APDH, en septiembre. La Fiscalía General donde recayó le dio entidad a la causa y la derivó a una fiscalía descentralizada: esta notificó a Pablo Pimentel, titular de la regional de APDH Matanza, que estaba denunciado por armar una causa contra tres policías. “A los seis meses el fiscal entiende que la denuncia no tenía ningún sentido y la eleva a la Fiscalía General para que le den lugar a la desestimación; pero la Fiscalía se lo rechaza diciendo que era temprana la decisión, y eso es lo que realmente nos preocupa”, cuenta Pimentel.

La otra marcha

La APDH organizó el 28 de mayo un acto y marcha hasta la plaza San justo, frente a la Municipalidad. Reunieron entre 100 y 150 personas. “Contra la impunidad judicial, policial y política”, decía la consigna de esta primera marcha de la APDH-La Matanza en 30 años de historia.

Antes de empezar, un periodista se acercó a Pablo Pimentel y le preguntó si estaba al tanto de la otra movilización.

¿Cuál?

La de los familiares de los policías, al mismo lugar, a la misma hora.

Los gritos

-Todavía no llegó- le mentían a la madre, mientras en la celda le pegaban, esposado.

-Se suicidó porque tenía miedo de volver a la cárcel después de haber recuperado la libertad- argumentó la defensa al juez.

-La Asociación (sic) Permanente por los Derechos Humanos y el Comité Provincial por la Memoria (sic) buscan “obtener declaraciones falsas y agravar la situación procesal” de los oficiales- plantearon en la causa que abrieron contra la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y la Comisión Provincial por la Memoria.

-Sr. Pimentel deje de manipular causas judiciales obteniendo peritajes y declaraciones falsas para lograr la detención de policías y así réditos económicos del Estado que debemos solventar todos- denunciaban los volantes que repartían en la contramarcha.

-Los policías también tienen derechos humanos- culminaban.

 Silencio.

El grito recuerda a Luciano Arruga, Kiki Lezcano y más de 200 desaparecidos en democracia.

 

Las sombras no esconden

Situada en la Argentina del 78’, la ópera rock de Mariano Cejas se adentra en la herida de una familia oprimida por el silencio. “Los restos de la memoria” enfrenta la impotencia de representar la ausencia y de narrar lo impensable de la desaparición.

La memoria opera según parámetros difíciles de medir y comparar con variables lineales como el tiempo. Recorre otros caminos, deja otras huellas y recrudece su actividad a partir de impulsos insospechados. La memoria colectiva, por su parte, se alimenta exponencialmente del amor y la resistencia de las fuerzas vitales contra la muerte; el amor también es político. Como construcción social, la memoria se mantiene activa, cada día edifica un nuevo puente entre el pasado y el presente y resignifica sus sentidos. La memoria es caliente. Entrelaza manos, abraza sueños y da abrigo.

El hierro, en cambio, es frío y punzante. Refracta una luz gris que te sumerge en la más cruda soledad y te deja atrapado entre sus filos.

¿Puede un recuerdo hueco, ausente de cuerpo, quebrantar la cárcel paralizante que impone el hierro? ¿O es justamente esa falta la que potencia el deseo de seguir encarnando el lugar de ese otro arrebatado?

***

_DSC4535“Esta es una obra a favor de los derechos humanos. Me interesó representar y transmitir sensaciones, más allá de la literalidad de la violencia”, expresa Mariano Cejas, director de Los Restos de la Memoria. En esa búsqueda, la obra nos asoma a la vida cotidiana de una familia argentina en 1978, cuyo padre ha desaparecido. Desde esa perturbación absoluta de cada espacio de la intimidad, desde el desgarramiento del día a día, se reflexiona en torno a los efectos corrosivos del silencio y la incertidumbre sobre los vínculos familiares y los lazos afectivos entre los que quedaron. “Decidí centrarme en una familia porque creo que siempre se va hacia el desaparecido, hacia la violencia más literal. No he visto cosas que se centren en una casa, desde el punto de vista de la persona que se tuvo que quedar en la incertidumbre de no saber qué va a pasar. Que a la vez es súper dramático. La gente se va reflexionando porque la obra es fuerte desde el contenido, por el sufrimiento de la familia. En la temporada anterior, se me acercó gente a decirme  ‘contaste la historia de mi primo…’. La verdad es que no nos basamos en ninguna historia en particular, aunque por supuesto hubo mucha investigación”, cuenta Cejas. De hecho, la obra deja la sensación de que podría ser cualquier otra familia y por eso es tan fuerte la identificación con la propia historia. A partir de esta ficción mínima, “Los Restos…” interpela, atraviesa al público con un espejo de la época y lo deja en carne viva. “No queríamos representación de una casa en sí, sino que tuviera una sensación fría, de soledad y de encierro. Que tiene que ver sobre todo con el personaje principal, que es una mujer que se queda estancada en el tiempo, no sale en la búsqueda. La mujer se estanca en un estado de desolación. Por eso, la escenografía de cubos de hierro que manipulan los bailarines tiene que ver con una cárcel”. Para Cejas, “el punto de partida es cómo se transforma la vida de una persona, de una familia, y cómo se van adaptando a eso”.

La obra está escrita por su director, Mariano Cejas, junto a Norberto Helmholt, y la composición e interpretación musical en vivo está a cargo de la banda “Muelles, colores y libertad”. La música genera climas de angustia y oscuridad y permite adentrarnos en la vida emocional de cada uno de los personajes. “La música tiene un rol muy protagonista, no es secundario o de fondo. Elegimos el rock porque fue un género muy censurado durante la última dictadura, y es como nuestro pequeño homenaje para todos los músicos que se tuvieron que exiliar”, aclara Cejas. El elenco también se está compuesto por un cuerpo de baile con coreografía de Leandro Bustos. Los bailarines, presente durante toda la obra y con una estética desgarrada y brutal, expresan las vivencias del horror de los distintos personajes. “Nos interesó trabajar a partir de distintos lenguajes, la música, el teatro, la danza, el diseño de luces… De todas formas, más allá del desarrollo de cada uno y de las distintas interpretaciones que se pueden hacer, siempre sostuvimos la importancia de ser conscientes de la historia que se está narrando y, sobre todo, la época en la que se enmarca”. Para esto, el equipo de la producción y el elenco leyeron el Nunca Más, vieron películas y leyeron artículos de investigación sobre el impacto psicológico de “tener” un desaparecido, justamente como aquello arrebatado, que nunca más se tiene. “Es una gran incertidumbre. Es no saber. Es alguien que se lo llevaron, no sabés dónde estuvo, cómo murió, ni qué le hicieron. La obra abarca más o menos cuatro años… y el tiempo ayuda, pero no es algo que se pueda superar, porque no hay un cuerpo que te permita una clausura. No hay adónde ir a llorar”.

La idea de “Los Restos de la Memoria” surgió en 2012, pero no aspiraba a tener el despliegue que finalmente tuvo, sino que esperaba una puesta más modesta. Sin embargo, el encuentro entre Mariano Cejas y “Muelles, colores y libertad” fue decisivo para dar rienda suelta al desarrollo que la historia demandaba. Los ensayos comenzaron en 2013; la banda, el cuerpo de baile y los actores trabajaron sus partes por separado hasta que en agosto del año pasado comenzó el proceso de ensamble, cuando la obra comenzó a mostrar su espesor. Finalmente, con el auspicio de la Asociación Civil Abuelas de Plaza de Mayo y declarada de interés por la Secretaría de Cultura de la nación, se estrenó en octubre de ese año en el Teatro Sha, con tres únicas funciones. “Es como una tranquilidad tener el apoyo de Abuelas, como un permiso para habar sobre el tema”, confiesa Cejas. Con buenas repercusiones y críticas, ese primer estreno le sirvió a Mariano para ver la obra desde otra perspectiva y comenzar a trabajar sobre algunos elementos a mejorar. En este marzo de 2014, horas antes de que se conmemore un nuevo Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, “Los Restos de la Memoria” se reestrena en el Teatro Sha. La obra, que se puede ver los domingos a las 20hs, seguirá en cartel hasta el 11 de mayo.

“Hemos hecho trabajos fuertes con los actores. La obra empieza con el padre desaparecido, y en uno de los ensayos recreamos como una escena previa, un festejo del cumpleaños con el padre presente, porque la ausencia solo puede inscribirse donde hubo una presencia. Entonces durante un ensayo hicimos un corte de luz y asistentes de la producción entraron de una forma violenta, tirando toda la escenografía, agarraron a los intérpretes y se llevaron a ese padre. Sin que ellos supieran que eso iba a suceder. Terminaron en un estado de angustia muy grande, sobre todo porque no esperaban que eso pase”, cuenta Cejas. Este ejercicio que puede pensarse simplemente desde la dirección de una obra de teatro, simboliza esa imposibilidad, ese espacio límite para el pensamiento que constituye una desaparición. Esa ausencia de hueco, ese vacío descarnado e infinito, ese horror abismal que rebasa a la muerte misma, que condena a una herida sin sutura. “De alguna forma, esas pequeñas cosas contribuyen a la verdad que puede transmitir la obra. Incluso como incentivos para que los actores se involucren con esa realidad. A veces no basta con ponerse en el lugar, hay cosas que es necesario hacérselas vivir de alguna forma. Fue una obra fuerte para ensayar. Por la historia que contamos, era necesario poner mucho de lo emocional de cada uno”.

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Sáhara: el desierto ocupado

Dos mujeres de Aragón entregan esta colaboración a NosDigital. Crónica e historia del pueblo saharaui, luego de 35 años de ocupación, desaparición y tortura marroquí. Un viaje a las entrañas del terrorismo de Estado que cuenta con el silencio y el encubrimiento de las potencias mundiales.

Primer encuentro con el Sáhara

Al Sahara se puede entrar de varias maneras, o porque leés algo en una revista como esta, o porque te cuenta alguien que ha estado o – como es mi caso – porque desde pequeña en los veranos de 1996 y 1998 tuve la visita de hermanas pequeñas. No hablaban castellano y vivían en el desierto. Es entonces cuando me enteré de la situación del pueblo saharaui y de la responsabilidad que el Estado español tiene en ella. Durante aquellos veranos, algunas ONGs organizaban vacaciones para niñas y niños saharauis en España. Recuerdo la primera noche de Yamila en casa, tenía 7 años y no sabía una palabra de castellano, estaba sola entre gente, clima y ciudad extraños y echaba de menos a su madre. Mis padres me contaron la historia del Sahara Occidental. De cómo es un territorio ocupado y su población está dispersa y gran parte de ella vive en campamentos de refugiados en mitad del desierto.

Pero ¿qué es esto del Sahara?

Durante siglos los saharauis fueron nómadas del desierto. En 1884, en la Conferencia de Berlín, los europeos se repartieron África. España obtuvo la región conocida hoy como Sahara Occidental creando unas fronteras artificiales que dividieron al pueblo saharaui y lo sometieron a una autoridad colonial. En los ´60, más allá de la presión de las Naciones Unidas, España no realizó el proceso de descolonización. Así se inició el movimiento por la liberación del Sahara y en 1973 se creó el Frente Polisario con el fin de obtener la independencia por medio de la lucha armada contra la ocupación española. Los enfrentamientos armados se sucedieron, resultando en muertes saharauis y españolas.

El destino de los casi trecientos mil saharauis que viven hoy sometidos en su tierra o  refugiados se forjaba. Lo que estaba en juego –y nunca ha dejado de estarlo – era la libre autodeterminación de un pueblo, enroscado entre los intereses de las potencias colonialistas.

En 1975, España traicionó el acuerdo con los saharauis y con la ONU de realizar un proceso de descolonización apropiado y justo y un referéndum de autodeterminación. Unilateralmente entregó el Sahara a Marruecos. Así el Sahara fue ocupado por su vecino Marruecos enviando a miles de civiles y soldados en la Marcha Verde por el norte, mientras Mauritania ocupó los territorios del sur. La mayoría de los saharauis huyeron de las aberraciones y los bombardeos y se refugiaron en los campamentos de Tinduf, Argelia. En 1976, el Frente Polisario – único representante legítimo del pueblo saharaui – proclamó la independencia y creó la República Árabe Saharaui Democrática (RASD).

La guerra de Marruecos con el Polisario duró hasta 1991 (Mauritania abandonó la contienda en el 79), tras la firma del alto al fuego con la única condición de realizar un referéndum de autodeterminación auspiciado por Naciones Unidas. Hasta hoy, el referéndum no se ha producido y se mantiene a parte de la población saharaui en los campamentos de refugiados en Argelia, y a la otra gran parte en los territorios del Sahara Occidental, bajo la ocupación marroquí. Hoy el Sahara Occidental es la última colonia de África.

¿Y cómo entramos en el territorio?

A mis dos compañeros de viaje y a mí ya nos han contado cómo funcionan los controles hasta llegar al Sahara. Desde que compramos el billete a El Aaiún, tenemos policía secreta siguiéndonos y escuchando nuestras conversaciones. Casualmente el personal de la estación nos abrió una de nuestras maletas. Nosotros estábamos nerviosos, lo que no podía ayudar. En el viaje en autobús, el conductor preparó unas 8 fotocopias de nuestros pasaportes. En cada parada, en el control se quedaban una. Acercándonos a El Aaiún, la policía marroquí empezó a hacer más preguntas y a ser más incisiva. En el último nos hicieron bajar del autobús y entrar en la garita. Allí, más preguntas: profesión, por qué íbamos a El Aaiún, a quién iríamos a ver, si nos quedaríamos con amigos. Con una compañera se ensañaron más pues la confundieron con otra chica que había estado antes. La acusaban de ser periodista. Somos turistas y vamos a un hotel, nos lo llevábamos bien aprendido. Desde el último control nos pusieron una furgoneta que nos siguió para confirmar si era cierto nuestro destino. No parecían haberse creído que fuésemos a hacer sólo una noche en un hotel de El Aaiún. Por fin, nos dejaron ir. A las horas de llegar a la ciudad nos vinieron a buscar para hacer el traslado a casa de una familia saharaui. Todos los nervios y la tensión, la rabia y la impotencia se convirtieron en otra sensación aún más grande. Empezamos a experimentar la dignidad de la resistencia, en cada instante.

¿Qué es vivir en un territorio ocupado?

La ocupación es sostenida por las fuerzas armadas marroquíes. El seguimiento es constante, la presencia policial y militar es visible en cada calle, en cada plaza, incluso hay barrios de mayor presencia saharaui donde las furgonetas policiales permanecen fijas en puntos estratégicos para frenar cualquier atisbo de rebelión repentino. En la Avenida Smara las furgonetas son incontables. Hay policía secreta que te vigila y te sigue constantemente. Caminando por el Zoco, el mercado de la ciudad, te das cuenta de que hay un hombre pegado a ti, que no parece tener más objetivo que ese. Es un secreta. Los ves en cada esquina. Te acostumbrás a su presencia.

También es común oír sobre los chivatos. Una familia nos contaba sobre la paliza recibida por su hijo de 15 años. La policía le dio duro en la calle durante una manifestación de esas que ocurren a diario; no suelen ser grandes, sino muestras cotidianas no violentas de descontento y de deseo de un Sahara libre, protagonizadas por grupos de estudiantes. No fueron al hospital porque allí espera siempre la policía para controlar y hacer seguimientos de las personas heridas. Tampoco se atrevieron a ir a ningún profesional saharaui porque no se fían de quién pueda ser un informador de la policía marroquí. En cada conversación, corroboramos que todas las familias proceden de la misma manera, se llevan a sus familiares heridos a casa.

Said Dambar fue asesinado por la policía marroquí en diciembre de 2010. Su muerte aún no ha sido investigada y su cadáver sigue en paradero desconocido. Tras ser informada de su muerte, a la familia sólo se le permitió ver el cuerpo de su hijo en el hospital desde la distancia, pudiendo distinguir que tenía un orificio de bala entre los ojos. Desde el principio se ha exigido la autopsia y una investigación sobre lo realmente sucedido. Tras 17 meses en la morgue, las autoridades marroquíes decidieron enterrar a Said sin decir dónde. Meses más tarde, la salud del padre de Said empeoró. Aunque fue atendido en la ciudad de Rabat, no pasaron más de unas cuantas semanas para su muerte. Durante ese tiempo la familia fue chantajeada con el tratamiento de su salud y con los procedimientos con el cuerpo. Si se rinden y cesan en su empeño de investigar el asesinato de Said, tendrán facilidades; si no, se les hará la vida imposible. Se verán obligados a velar el cuerpo en su casa ya que se les niega el acceso a la morgue. A los familiares que se hallaban en Rabat se les dificulta conseguir cómo viajar al entierro en El Aaiún. Esta familia se ha movilizado mucho y ha denunciado el crimen de su hijo a nivel internacional. Para forzarles a cesar su lucha, unas veces les han ofrecido viviendas y trabajo, otras les han amenazado con desenchufar la luz de la morgue. La casa de la familia, las hermanas y la madre de Said Dambar han sido atacadas de manera brutal. El caso de la familia Dambar y el chantaje realizado a su familia nos cuenta, y resalta por su sadismo, hasta dónde llegan las autoridades marroquíes.

Las asociaciones funcionan en clandestinidad, ya que  son ilegalizadas por Marruecos. Incluso se ha rechazado la legalización a asociaciones de defensa de los derechos humanos reconocidas internacionalmente como la ASVDH (Asociación saharaui de víctimas de graves violaciones de derechos humanos cometidas por el estado marroquí), que lleva desde el año 2005 constituida siguiendo la ley marroquí y ha ganado varios juicios que reconocen su legalidad.

No hay libertad de movimiento para la saharaui. Simplemente para ir a un pueblo costero a 35 kilómetros de El Aaiún con nuestro compañero saharaui, pasamos dos controles, uno de la policía y otro militar. Omar paró el coche para indicar adónde iba. Nosotras permanecíamos calladas en los asientos traseros. Pero esto es un hecho menor comparado con lo que sufre una persona saharaui. A una saharaui activista se le dificulta y hasta prohíbe la salida al extranjero. No sólo es la libertad de movimiento la que se ve atacada. Todo saharaui tiene a su familia dividida por el Muro de la Vergüenza, ese conjunto de muros defensivos de más de 2.700 kilómetros, y zona militar repleta de búnkeres, campos de minas y defendida por más de 100.000 soldados marroquíes. Parte de la población saharaui vive en Tinduf, Argelia, en los campamentos de refugiados, y la otra parte bajo la ocupación marroquí en los territorios ocupados. Familias separadas más de 35 años por un conflicto que no se resuelve.

Tampoco hay libertad de manifestación ni de ningún tipo de actividad política. Los intentos de la libertad de este pueblo en el territorio ocupado son respondidos brutalmente. Las manifestaciones saharauis son reprimidas, los allanamientos y las detenciones arbitrarias están a la orden del día. “Sales de casa y no sabes si vas a volver”. “Es un estado de alerta continua, en cualquier momento puedes ser tú o tu hermana, tu primo, tu amiga”, ” tras las manifestaciones, la policía va a las casas de la gente saharaui, rompiendo y haciendo daño a todo lo que encuentran por delante. Tienes que quedarte en casa detrás de la puerta a esperar a que vaya la policía, sólo podemos cerrarla y esperar”.

La represión no distingue de edades, ya desde la escuela se reprime a los niños saharauis por hablar su idioma, el hassania, ya dentro de las escuelas se socializa dentro de lo que la represión permite. La marroquinidad del Sahara es incuestionable, empiezan los castigos por ser saharaui, pero por contraparte es el momento en el que se reafirma más la identidad saharaui. Lo mismo pasa en los institutos. Hay profesores saharauis, pero son una minoría. No tienen más opción que adaptarse al currículum marroquí si quieren conservar su trabajo y no acabar en la cárcel.

Marruecos impone su fuerza para castigar y sembrar el miedo entre la población saharaui, y en alianza con sus estados hermanos España, Francia y EEUU, se encargan de tener limpia la imagen mediática del Reino Alaui, de silenciar que Marruecos ocupa un territorio y tiene construido uno de los muros más grandes del planeta. Se silencia la represión y la tortura que se suceden día a día en el territorio, se silencia la ocupación y se silencia a una población que lleva más de 35 años resistiendo desapariciones, secuestros, tortura y chantaje.

Este texto está escrito desde el corazón y desde la rabia que genera que la situación del pueblo saharaui se mantenga luego de décadas mientras el mundo le da la espalda. Somos dos chicas aragonesas que creemos en el internacionalismo como forma de entender los procesos de lucha de los pueblos. Nos gusta conocer luchas y difundir las nuestras. Este es el resultado de seis viajes a territorios ocupados. Son solo pinceladas de lo que ocurre en el día a día saharaui.