OCUPA TODO


Movimiento ocupa brasilero: cómo es desde adentro una experiencia de resistencia propia de los tiempos latinos y neoliberales que corren por nuestras venas abiertas. Historia y presente de un movimiento que presenta los rasgos de una época y de una región con método y con ideas. (Imágenes: Delegación NINJA)


La imagen del triunfo

Y en ese momento, mientras la Mujer-Ocupa lee una carta y todxs gritan “Fora Temer!”, se vive una fiesta victoriosa.

La Mujer-Ocupa enuncia:

“Somos todos los presos condenados por un sistema excluyente y racista, somos las jóvenes estupradas, somos todas las mujeres víctimas de violencia, los niños asesinados por policías militares en la puerta de su casa, somos lxs gays, lesbianas y travestis golpeadxs y muertxs todos los días, somos las personas agredidas por la intolerancia religiosa, somos los 23 activistas presos y procesados, somos la gente de la calle, somos las favelas, somos los sin tierra, somos los indígenas, somos los locos, somos los expatriados, los desertores, los refugiados, los removidos, somos todos los excluidos: somos los que luchan. Felices tres meses, ocupantes.”

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Las banderas colgadas con la cara de Temer hecho un demonio son la fachada de la nueva casa del movimiento ocupa: el antiguo estadio Caneo de Rio, rebautizado “Casa de la Democracia”; “Procuramos uma nova época, uma nova ética, uma nova estética”, es el cartel de bienvenida; las escaleras con gente de cualquier belleza son el preludio del gran salón; y en el salón, las culturas perseguidas festejan el triunfo de bailar y resistir en un mismo acto.


Ocupar es resistir

“¡Ocupa tudo!” es el grito que se multiplica en Brasil.

Tudo es todo.

La calle.
Una plaza.
Un estadio.
Un Ministerio de Cultura, también.

Se grita “¡Ocupar es resistir!”. Una  consigna que en Argentina resuena desde las más de 400 fábricas recuperadas: ocupar, resistir, producir.

“Porque una ocupación es, ante todo, eso mismo: combatir la desocupación.” (un ocupante)


Quiénes son y qué pasó

El movimiento OcupaMinc de Rio de Janeiro es un colectivo de artistas y activistas que, ante la eliminación del Ministerio de Cultura (MinC) dispuesta por el presidente interino Michel Temer, decidieron disputar el espacio público del propio ministerio, tomando el Palacio Gustavo Capanema. Luego de 73 días, los desalojaron. El movimiento tomó entonces un nuevo predio: el estadio Canecão, un símbolo de la cultura popular brasilera, abandonado desde hace 9 años por la universidad pública.

28647007161_3a63fbd919_oEl mismo jueves 12 de mayo en el que Dilma quedó apartada, Temer tomó la presidencia y disolvió el MinC. Pasó sólo un día para que las ocupaciones florecieran: el sábado en Curitiba, el domingo en Belo Horizonte y el lunes en Río. La acción se multiplicó:  San Pablo, Salvador, Caerá y más. 27 predios culturales estuvieron ocupados en Brasil en los últimos tres meses.


El método ocupa se hizo eje de la resistencia en Brasil a partir de la “primavera secundarista”, a fines de 2015, cuando los estudiantes tomaron más de 600 escuelas por el recorte educativo.


Artistas y productorxs de la cultura independiente, integrantes de organizaciones sociales y estudiantiles, militantes de base de diversos partidos políticos y una cuarta parte de personas que se denominan autónomxs y anarquistas, decidieron ocupar el Palacio Gustavo Capanema, edificio del Ministerio de Cultura de Brasil.

La amplísima diversidad de Movimiento OcupaMinC RJ planteó el primer escenario: ¿cuál sería el punto de consenso que genere al movimiento? La respuesta se confirmó en la primera asamblea oficial de la ocupación, minutos después de ingresar al palacio.  

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“Fora Temer!” sería la consigna que uniría a los primeros 50 ocupantes.

Con el tiempo y con el espacio significaría mucho más que la salida de un mandatario.


Cómo se ocupa un lugar:  escenas de un acto primario.

Carioca, tres meses después, sentado en las escaleras de entrada del Canecão, recuerda el día en que Felipe llegó a la casa luego de la reunión decisiva. “Vamos, preparemos todo: es mañana”, les dijo. Todxs empezaron a organizarse: acababan de tomar la decisión y el momento era ese.

Felipe y Carioca llegaron aquella mañana de lunes a eso de las diez. Esperaron muchos minutos en la entrada de un fino café que está enfrente del Palacio Gustavo Capanema. “En Rio, cualquier cosa que organices va a empezar por lo menos 40 minutos tarde, aunque sea una ocupación”, explica Carioca. Esperaron nerviosos.

Y al fin fueron llegando: 30, 40, 50 personas…

El momento de actuar se decidió por energía colectiva:

“¡Vamos, vamos, ahora, vamos!”

La idea era entrar como visitantes, sin alboroto, y una vez adentro del edificio empezarían a montar el campamento con paz y naturalidad.

No fue así.

Cruzaron la calle con las carpas escondidas en las mochilas y con la cámaras listas para transmitir la ocupación en vivo por las redes. Pero, uno de los guardias privados del MinC vio mucho gente y se asustó. Entonces corrió hacia la puerta del edificio y empezó a cerrar el portón de entrada.

Felipe no logra ocultar la sonrisa cuando cuenta el primer triunfo de la ocupación: “Uno de nuestros compañeros, antes de que el guardia logre cerrar las puertas, le dio un empujoncito, un rugbycito, sabes, nada muy violento.”

La ocupación luego de esa pequeña primera disputa física se convirtió en un hecho.

Distinto a lo planeado entraron todos desaforados, gritando y gritando “Fora Temer!”.

¿Qué se hace en una ocupación?

Carioca lo explica mejor que nadie, con la naturalidad propia de un ocupante: “Una ocupación es, ante todo, eso mismo: combatir la desocupación.”

La mujer victoriosa, la que leyó el documento de los tres meses de ocupación, aquella vez, desde el escenario, también enumeró con precisión lo que se hace en el espacio:

Somos decenas de personas compartiendo el desayuno, almuerzo, cena, conversaciones, encuentros y desencuentros, lavando platos, barriendo el piso, haciendo comida, escribiendo textos, creando videos, fotos, produciendo shows, debates, teatro, cine, performances, poesía, haciendo actos, ocupando las calles, combatiendo cotidianamente el machismo, el racismo, la homofobia y toda forma de preconcepto, conviviendo con las diferencias, aprendiendo a construir un espacio democrático, horizontal, errando, reconociendo yerros, errando más, errando menos, creando consensos, peleando, entendiéndose, reinventando espacios, reinventándonos, descubriéndonos, construyendo un otro mundo, un otro yo, un otro nosotrxs.”

En una ocupación no sucede cualquier cosa y hacer nada no está permitido.

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“Los ocupantes deben estar necesariamente ocupados, porque de eso se trata ocupar: hacer, hacer y hacer”, dice Carioca. “Por eso en pocos días la ocupación se organizó, y al cabo de las primeras semanas ya teníamos una estructura que cubría todas las áreas fundamentales: articulación, infraestructura, seguridad, comunicación y creación.”

Los espacios ganaron sus lógicas, sus funciones, su movilidad. Los jóvenes trabajan intensamente y con éxito en resguardar los sectores del Palacio con obras de patrimonio. Los ocupantes produjeron un sinfín de eventos y actividades. Y se terminó por formar un inmenso público de minorías que encontró en el Capanema un espacio de libertad y resistencia.

Todo eso es trabajo.

Como lo reconoce Neia, una de las más de 15 vendedoras ambulantes que tiene las puertas abiertas de la ocupación para poder ir a trabajar: “Es un trabajo hermoso y grandioso, y yo me siento agradecida de poder estar en un lugar donde no me persigue la Guardia Municipal por querer trabajar”. “Y no nos cobran ni un real-agrega-, si entre los vendedores después hacemos una pequeña colecta para los ocupantes es porque estamos agradecidos.”


Palacio Gustavo Capanema: cuando lo público es popular.

El Palacio Gustavo Capanema fue el primer proyecto modernista de Brasil. El diseño del edificio tenía el fin de juntar personas en los espacios abiertos: grandes convocatorias públicas. Desde su construcción en 1930 nadie lo hizo mejor que el movimiento OcupaMinC RJ.

Felipe dice: “A partir de la ocupación fue que sucedieron las cosas”.  ¿Qué cosas?

El mismo día de la ocupación 200 personas se reunieron en Capanema, para abrazar al edificio y a los ocupantes. La comunidad artística se movilizó de inmediato. A pocos días Caetano Veloso tocó y al Palacio se acercaron 20 mil personas. Cada día y cada noche, desde la ocupación, el conjunto de la sociedad de Rio de Janeiro gozó de una agenda cultural independiente y diversa en un Palacio emblemático, que siempre había sido público pero nunca popular.

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André, un ocupante autónomo que se sumó a la tercera semana de ocupación, logra explicar el fenómeno del espacio público mientras hace guardia en la puerta un martes a la tarde: “Hay una crisis simbólica: no se sabe más qué es lo público y qué es lo privado. Porque lo privado es privado y lo público muchas veces también es privado”.

El manifiesto del movimiento lo explicita: “El espacio público es el lugar para dar la lucha política”.

Por eso el grito: “!Ocupa tudo!”.


Cómo se vence una desocupación forzada

Manuel se despertó por los gritos. “En cinco minutos todo el mundo afuera”, se escuchaba desde su carpa. Agarró el celular y eran como las seis de la mañana. No tuvo duda de qué estaba aconteciendo. Sin embargo esperó acostado 20 minutos, resistiendo un poco más.

Cuando escuchó las órdenes más cerca y más autoritarias asomó la cabeza. Sus compañeros estaban desmontando las carpas y arrumando los bolsos como podían. Los oficiales seguían de cerca la acción de cada uno de los ocupantes, recordando a cada segundo que solo iban a esperar cinco minutos. Manuel no se desesperó. Se tomó un tiempo más para maquillarse y salió. Sabía desde hace algunos días, al igual que el resto de sus compañeros, que los iban a sacar del Palacio.

Estaba sucediendo.

Y fue pensando en aquel momento que pudo sintetizar de qué se trata OcupaMinc para él: “Si los órganos públicos no hacen lo que el pueblo demanda, la gente debe organizarse y empoderarse para disputar la gestión de los espacios públicos”.

28724594185_a1f7ec366f_oEl 25 de julio ,por decisión de Gobierno de Temer, la Policía Federal ordenó desocupar el Palacio Capanema con armas y palos en la mano. Luego de sacar al último ocupante levantaron un muro en la entrada del edificio: es conocido como “el muro de la vergüenza”.

73 días de vida cultural inédita habían quedado en la historia del Capanema.

La respuesta de los ocupantes fue íntegra y victoriosa: salieron pacíficamente y empezaron otra ocupación.


Movimiento OcupaMinc RJ toma el Cane

El Caneo es un lugar central en la historia de la Música Popular Brasilera (MPB). Un estadio de recitales mítico de los años 70 y 80, donde proliferaron Caetano Veloso y compañía. Luego de estar casi diez años cerrado, con la amenaza latente de ser privatizado, el Caneo renació.

El 1ero de agosto, a menos de una semana de ser desalojados del Capanema, el movimiento OcupaMincRJ ocupó el espacio, que pertenece a la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ)

¿Qué pasará entre OcupaMinC y la UFRJ?

Se está disputando en muchos niveles.

Por lo pronto hay una cosa importante que ya le explicó Paulo, un joven ocupante de madre indígena y padre negro,  a un grupo de docentes de la UFRJ que fueron a apoyar y a ver cómo se podía articular el movimiento ocupa a la lucha universitaria:

“Aquí tenemos de todo- empezó Paulo, que siempre luce polleras hermosas-. Necesitábamos construir pluralidad y por eso dijimos “Fora Temer!”. Pero a partir de eso se empezaron a construir movimientos: indígenas, feministas, de negros, rastas, LGTB , ecologistas, anarquistas… Esto que se está generando es, sobre todo, antimódico: cada vez que nos damos cuenta que algo está mal construimos sobre eso y lo incluimos al “Fora Temer!”. Es orgánico y total. Es un movimiento que apuesta a todos los derechos. Integral. Por eso quería decirles que siempre nos preocupamos por la educación en nuestra lucha, pero por una universidad libre y del pueblo: no de la academia. El movimiento lo comprende y lo trasciende: porque luchamos por todos y cada uno de nuestros derechos.”


¿Qué incluye hoy “Fora Temer!”?

Primero que nada: a los ocupantes.

Incluye a Josué, que el hip-hop de la favelas lo salvó, y que hoy a través de ese lenguaje artístico puede aportar sus raíces culturales al movimiento. El encuentro de culturas que tiene la ocupación para Josué es único en la historia de Brasil. Lo define como “una escuela de vida, arte y cultura” y como un “movimiento político sin partido”. Piensa que el golpe “unió a las culturas de los desfavorecidos”. Y plantea que “si la dominación es institucional y compleja, la resistencia debe ser orgánica”. “Para eso –dice Josué- hay que aprender, y eso empieza desde abajo, lavando los platos, limpiando el baño, sabiendo cuál es la esencia de lo mínimo, lo que te enseña la calle: una de nuestras culturas”.

Incluye también a Larisa, que también aprendió todo en la calle. Ella es indígena, artista callejera y malabarista. Dice con firmeza que “la permacultura es revolución”. “Dentro de eso está todo lo que la sociedad necesita: un paradigma de vida, de sustentabilidad.” Permacultura: la cultura de lo que no muere, lo sustentable. “El genocidio de las comunidades indígenas a manos del agronegocio y las enfermedades por los alimentos venenosos y transgénicos son parte central de este cambio, por eso la permacultura es un área de trabajo central de la ocupación”, dice Larisa. Para ella el “Fora Temer!” es más que tirar a un presidente: es una reforma política y cultural de bases. “Es participar de una revolución activamente, cambiando uno mismo y econtrándose con otros.”

Incluye a la mujer de este video, que toma el micrófono en los recitales para advertir que se viene la revolución de la mulher preta:

Se incluye: todo se incluye.

Lavar los platos sin desperdiciar agua corriente. Cultivar alimentos.
Combatir el machismo con uñas y dientes. Transforman los géneros.
Disputar comunicación libre.
Crear cosas. Cosas nuevas, inventadas, diseñadas, significantes, novedosas. Crea arte. Crear respuestas, soluciones, formas.
Buscar el origen indígena.
Ser mujer. Ser negra. Ser madre. Ser pobre.
Expulsar machistas. Expulsar racistas. Expulsar clasistas.
Deconstruir. Construir. Disputar. Articular. Y trascender.
Arreglar. Limpiar todo, todas las mañanas.
Enseñar experiencias. Aprenderlas. Gestionarlas. Presentarlas.  

Producir arte.
Resistir golpes.
Ocupar espacios.

Por eso, antes que nada, siempre se grita:
“¡Primeramente, Fora Temer!”

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Imágenes: Delegación Mídia Ninja

Boom inmobiliario popular

Para poder tener sus casas, ocuparon los terrenos que un empresario decía suyos. La policía los reprimió mientras dormían. La Legislatura de la Provincia de Buenos Aires aprobó el proyecto de ley presentado por la Asamblea de Legítimos Ocupantes para expropiar esas tierras. Para que se promulgue solo falta la firma del Daniel Scioli. Aún a la espera.

Él es Rene Ramos Flores.

Rene Ramos Flores.
Rene Ramos Flores.

Y ahora va a tener su casa en los terrenos que Alberto Mattioli, mejor conocido como El estafador, El dueño de la mitad de La Plata, El que le roba hasta a los muertos, alquilaba ilegalmente.

Es que Alberto Mattioli, al frente de una “empresa familiar dedicada a emprendimientos inmobiliarios donde cuenta la persona como centro de atención con sus necesidades, deseos y requerimientos” -según lo indica su página web-, es en realidad una persona que se apropia de tierras que no son suyas, las alquila, y cuando vecinos de la zona intentan recuperar esas tierras para construir sus casas, los denuncia.

Así pasó en la localidad de Abasto, La Plata, en los terrenos ubicados entre las calles 520 a 530 y de 213 a 217.

Esas tierras fueron adquiridas en los años 60 por Zelindo Lentini, presidente del club Estudiantes de La Plata en la década del 80. Allí fundó y radicó la empresa Texlen, que quebró en el 2001 y empezó a contraer una deuda con el Estado. Lentini falleció en el 2007 y Mattioli, mediante un supuesto poder que Lentini le dejó y nunca presentó ante la Justicia, se declaró administrador de esos terrenos ociosos. Cercó el lugar y lo empezó a alquilar a quinteros.

Los terrenos desalojados.
Los terrenos desalojados.

El domingo 19 de abril vecinos de Abasto ingresaron a esos terrenos unidos en la Asamblea de Legítimos Ocupantes. Más de 300 familias entraron pacíficamente al predio, que no tenía alambrado, y empezaron a construir casillas improvisadas, algunas cerca de las tierras cultivadas por los quinteros pero sin afectar su producción. Mattioli, alegando que las familias estaban destruyendo la cosecha de sus inquilinos, denunció la ocupación.

¿Qué hizo el Poder Judicial con la denuncia de Mattioli? El Juzgado de Garantías Nº 3, a cargo de Pablo Raele, ordenó desalojar el predio. El juez Raele no le exigió a Mattioli los títulos de propiedad, ni contempló que las tierras no estaban alambradas y que la ocupación había sido pacífica, ni mucho menos reparó en que la vivienda es un derecho al que todos los habitantes de la Argentina deben acceder. No hizo nada de eso, sino que utilizó la fuerza, esa que la Constitución reserva sólo para el Estado, para preservar los negocios ilegales de un individuo. Resultado: la represión de 300 familias que intentaban recuperar un predio usurpado por este empresario.

El domingo 3 de mayo llegó a los vecinos la orden de desalojar el predio, dictada por el Juzgado de Garantías Nº 3. A pesar de que el juez Arias, a cargo del Juzgado en lo Contencioso Administrativo Nº1 de La Plata, había dispuesto una medida precautelar mediante la cual le ordenaba al Poder Ejecutivo de la Provincia que “se abstenga de llevar adelante la orden de desalojo”. Mientras todo el barrio estaba militarizado por centenas de gendarmes de la bonaerense, hasta el vicegobernador de la Provincia de Buenos Aires, Gabriel Mariotto, se hizo presente en el lugar el miércoles 5 de mayo y afirmó que “en estas tierras no va haber represión y se construirá un plan de viviendas para todas y todos”.

Adalberto, miembro de la Asamblea, relata lo que pasó ese día luego de la visita de Mariotto: “Para nosotros el miércoles fue un día de celebración, terminamos la asamblea decidiendo qué nombre ponerle al barrio, muchos chicos volvieron porque habíamos decidido que el día de la posible represión no haya chicos, ni madres, ni ancianos. Esa gente volvió y a partir de las 5 de la mañana del jueves comenzó la represión”.

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El acampe de la Asamblea de Legítimos Ocupantes.

Ingresaron los efectivos de la policía Bonaerense: unos 600 oficiales. Más del doble de la cantidad de gente que dormía en ese momento en las casillas, algunas más improvisadas, de lona y plástico, y otras mejor plantadas, con paredes de madera. Ingresaron sin dar voz, ni pedir que abandonen la zona de forma pacífica. Pisaron a la gente que dormía, la patearon, dispararon. Asesinaron a los perros, prendieron fuego las pertenencias de los vecinos. A los que lograron escapar los persiguieron por entre los campos linderos. Hubo más de 30 heridos y trece personas terminaron detenidas, incluyendo al abogado que defiende a los legítimos ocupantes

Víctor, también miembro de la Asamblea, cuenta junto con Adalberto lo que pasó esa madrugada: “La zaña que tuvieron con nosotros no se puede explicar, hasta chicos lastimaron. Y no fue que entraron y nos desalojaron, nos corrieron hasta Ruta 2 y por el medio del campo. Como si fuéramos salvajes. En esta época es algo inentendible que hayan tratado a la gente así”.

Adalberto remata, categórico: “Lo principal acá en Abasto es la necesidad de vivienda que hay. La gran cantidad de gente que ocupó los terrenos trabaja y alquila, todo ese dinero volcado a la especulación inmobiliaria, volcado a la construcción de la propia casa. Se acaba el negocio de unos cuantos”.

Mirá bien estas caras, porque todos ellos juntos, le ganaron a la especulación privada, esa que no vive sin una mano del Poder Judicial.

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Ganaron porque después de los palos no se abatieron. Se reunieron y acamparon una semana sobre la calle 212. Hicieron asambleas, reuniones, festivales, marchas. Sostuvieron la lucha que venían llevando a cabo hacía meses, lucha que tiene como eje central el derecho a la vivienda digna.

Le ganaron porque agrupados en la Asamblea de Legítimos Ocupantes presentaron un proyecto de ley en la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires para expropiar esas tierras. Y lo lograron. El proyecto se aprobó el 13 de mayo. Ahora los terrenos que antes explotaba ilegalmente Mattioli “serán destinados al desarrollo de planes de vivienda, teniendo en cuenta a sus actuales ocupantes (…) Los bienes expropiados por la presente ley se destinarán a la vivienda única, familiar y de ocupación permanente de los actuales ocupantes”.

Para que esta ley se promulgue necesita la firma del Daniel Scioli, que tiene diez dias para hacerlo, contando desde el 21 de mayo pasado. Mientras tanto los vecinos esperan. Algunos ya no tenían un lugar donde ir desde que empezó la toma, y aún no lo tienen. La Asamblea de Legítimos Ocupantes está acampando frente al predio. Las tierras siguen custodiadas por la policía. Por ahora las carpas del acampe son la casa de muchos vecinos del Abasto, y aunque el viento las vuele y el frio se cuele por las costuras, siguen plantadas firmes ante los terrenos que la Asamblea logró recuperar.

Sur, desalojo y después

¿Qué pasó con las 700 familias que el desalojo del barrio Papa Francisco en agosto dejó sin vivienda? 

Es miércoles, es una bala y es Melina López. Es sábado. Es 2014. Es 23 de agosto, más de 2000 efectivos de fuerzas estatales de seguridad desalojaron el barrio Papa Francisco. Es narco, es política. Es narcopolítica. Es el triángulo de la avenida Fernández de la Cruz y Pola, en Lugano. Es el sur de la Ciudad de Buenos Aires.

La Policía Metropolitana y la Gendarmería Nacional llegaron bien temprano al barrio, con argumentos de allanamientos por el asesinato de Melina López, para expulsar en menos de dos horas a 700 familias que allí tenían su casa. El plan de desalojo no tuvo reparo alguno en qué hacer con la situación habitacional de toda esa gente.

Luego, las topadoras. Las fuerzas de seguridad, garantes del espectáculo de destrucción de todas las pocas pertenencias materiales de las familias. Arrasaron cada casa con lo que había dentro: heladeras, documentos, materiales de construcción, ropa, principalmente todo.

El Hotel Pavón en Constitución funciona desde hace años para Nación alojando a chicos y sus familiares que por tratamientos médicos complejos necesitan permanecer en Ciudad de Buenos Aires por tiempos prolongados. Allí mismo llegaron el día posterior al desalojo dos familias a ocupar habitación.

Tina en su habitación del Hotel Pavón.
Tina en su habitación del Hotel Pavón.

“Es tranquilo aquí. Pero es un hotel, no una casa. No es la solución”. Tina explica su situación, la de tantos: “Me negué rotundamente a recibir subsidio habitacional. Eso puede solucionar nada. La asistente social del gobierno nacional que viene a visitarnos es una presión constante. Nos ofrece de todo para que nos vayamos del hotel. Subsidios habitacionales de $1200 a $1800 por familia, planes de ayudas urgentes, asignaciones por hijo. Todo para que nosotros pasemos a alquilar algo afuera. Con esa plata no se puede conseguir ningún alquiler, cualquiera lo sabe. La asistente llegó a decirnos que si aceptábamos, además de los planes, hay ocho mil pesos más para nosotros que iban a ir a las familias de los niños que están en este hotel. Niños que esperan operaciones de corazón, enfermedades graves. Fue lo que más me molestó, es absurda esa propuesta. Me mato trabajando, y no es para esto. Así que no, muchas gracias”.

Carlos, el marido de Tina, el día del desalojo cayó preso por intentar recuperar pertenencias de su propia casa. Empleado de construcción y padre de dos hijos tiene un historial largo de piezas y piecitas desde que llegó de Bolivia hace dieciocho años: “Antes de Lugano, alquilaba una pieza en Pompeya. Siempre alquilé. Tengo mi hermana que tiene su casa, pero no puedo ir a construirle arriba. Tengo que poder ser independiente. Estuve en el Indoamericano, donde nos dieron folletos del Instituto de Vivienda de Ciudad de Buenos Aires, presentamos todo y nada. Acampamos en el IVC. Dicen que solo a casos especiales pueden darle. Que tiene que quemarse tu casa –pero casa no tengo le digo- o tenés que estar muerto vos, para que tu familia realmente lo necesite. ¿Me suicido y ya está?”.

Carlos, a la espera de su vivienda.
Carlos, a la espera de su vivienda.

Tina interrumpe en un momento clave para responder al discurso de manual que suele atacarlos: “Lo único que pedimos es una facilidad para comprar nuestra casa en cuotas, no pido nada de regalo. Eso lo pueden hacer, pero no está la voluntad política. En Papa Francisco estuvimos 6 meses, habíamos empezado a construir. Yo compré el terreno ahí con la ilusión de que estaba consiguiendo donde iba a estar mi casa. Por fin tengo mi casa creí”.

Me dice Carlos que la muerte de la chica fue parte de un juego sucio para sacarlos. Que no fue un robo. Que el PRO usó a los narcos, que ya conocían a la chica, que fue para tener un motivo para el desalojo de toda esa gente.

Son palabras comprometedoras, complejas: vínculo narco de la política argentina con el asesinato de Melina. Palabras difíciles de comprobar. Igual de difíciles de desestimar.

Hotel Pavón, Constitución, Ciudad de Buenos Aires.
Hotel Pavón, Constitución, Ciudad de Buenos Aires.

Es una historia. Es solo un capítulo de una historia. Es sistemático. La falta de una vivienda digna para estas familias -que claro que no son las únicas- es algo viejo, lleva mucho tiempo. Cinco décadas. Es medio siglo ya. Es el derecho constitucional ignorado. Es ignorar e ignorarlos.

El desalojo fue consecuencia de la ley 1.770 de urbanización sancionada en agosto de 2005 por la legislatura porteña que “afecta a la urbanización de la villa 20, el polígono comprendido por la Av. F. F. de la Cruz, eje de la calle Pola y línea de deslinde con el Distrito U8”. Los vecinos se arreglaron entre casas de familiares, el acampe en el boulevard, subsidios habitacionales que no alcanzan, hoteles como el Pavón, presiones, nuevos alquileres de piezas más caros –con 700 familias desalojadas, la demanda aumentó de golpe, así los precios se dispararon- y paradores nocturnos.

Los terrenos deben ser urbanizados según la ley. Hoy están tapiados con unas grises chapas altas con puteadas pintadas de todos los colores. Solo una máquina trabaja en el predio. La cuestión viene lenta.

Los terrenos desalojados. Imágenes: NosDigital
Los terrenos desalojados. Imágenes: NosDigital

Es un boulevard repleto de desalojados. Es invierno. Es noticia por 3 días. A lo sumo 4. Sin baños: es plástico, intemperie y lluvias. Una semana. Dos. Tres. Y unos días más.

“Fui la última en irme del boulevard. No aguanté más”. Resignada, relata Pinky sentada ahora en la estación Pola del Premetro de frente a los terrenos desalojados. “Ahora estoy alquilando a cuatro cuadras de donde era la toma. Dos habitaciones sin baño, porque todavía no lo terminaron, por tres mil pesos. Losa, ladrillo y nada más. Venimos al baño a la casa de mi suegra. Yo tuve que agarrar el subsidio de 1800 por diez meses porque otra no me quedaba y no tenía donde ir. Estoy con mi nene y mi marido, que se la gana con changuitas igual que yo, que limpio casas de familia”. Después del boulevard pasamos tres días en lo de mi suegra. Que éramos como veinte, estaba la familia de mi cuñada Romina, desalojada también”.

Pinky en la estación Pola del premetro porteño.
Pinky en la estación Pola del premetro porteño.

“En Papa Francisco teníamos una casilla de madera y chapa. Antes, alquilaba por acá también. Mientras dormíamos, nos rompieron la puerta diciendo que era un allanamiento. Preguntándonos sobre Melina. Que saliéramos mientras continuaba el allanamiento. En una hora vuelven a entrar, nos aseguraron. Solo agarramos a los chicos. Estando afuera supimos que era un desalojo. Que no podíamos volver a entrar”.

Martín Caparrós en su último libro viene a explicar el hambre. Y explica un país: “La Argentina se caracterizó por ser, durante la mayor parte del siglo XX, un país donde los pobres tenían un lugar: eran trabajadores. El capitalismo más o menos industrial los necesitaba para operar herramientas en sus fábricas, talleres y servicios, y esa necesidad hacía que los necesitados pudieran imponer algunas condiciones: mejoras -siempre insuficientes- en su forma de vida. (…) En la Argentina actual sobran cinco o seis millones de personas. Los más pobres sobran: su exclusión completa –su falta de necesidad- es relativamente nueva y nadie sabe bien qué hacer con ella: qué hacer con ellos”.

Ese verbo sobrar duele, repulsa, y no puede dejar de estar ahí. Para el sistema económico social argentino –más sencillo: nuestra sociedad- sobra gente.

“Estamos vendidos”

Tienen fecha de desalojo para el 11 de noviembre. Son 32 familias a las que no se les permite pagar por su habitación y se las obliga a irse sin dónde ir. En pleno Almagro, la Ciudad no escucha. Su Gobierno la quiere hacer sorda.

Dos chicas llegan a su casa. Llevan guardapolvo y una mochila cada una. “¿Entran?” Invitan a pasar con cordialidad natural. Adentro habrá alguien que cuente cómo es que ese caserón del Abasto no les pertenece. Que ese gesto tranquilo es en verdad desesperado. Entren: adentro habrá alguien que cuente el miedo a quedar afuera.

casatomadagallo-1435Lucrecia, abuela joven, saluda en el zaguán interrumpido por una moto de delivery. Prende una luz que deja ver el cuarto: cuidadísimo. Paredes recién pintadas. Los marcos de madera, brillantes. “Esto lo cuidamos entre todos”. Lucrecia se enorgullece, y al instante se avergüenza. Su vida y la de su familia, y la de la familia de su familia, lleva la contradicción de la incertidumbre. “¿Sabés lo que es no saber dónde vas a vivir mañana?”. La familia de su familia: los bebés.

Hace 2 años, 32 familias alquilaban una pieza en este hotel familiar, desde hace más de 10 años todas, algunas hasta 20. Hace 2 años, a sólo dos días de haber pagado el mes, los sentenciaron: se tienen que ir.

No se saben las razones, qué se hará con este edificio, ni tampoco el por qué de la desaparición de la dueña poco antes de la noticia del desalojo. Desde entonces, desde diciembre del 2011, las familias dialogan con una “intermediadora”. Esta figura híbrida, incolora, es una abogada que dice responder a un solo mandato: desalojar la vivienda. Las familias siguen proponiendo pagar mes a mes el alquiler de las piezas, como lo hicieron siempre, pero no hay caso. “Quieren a toda costa dejarnos afuera”.

 

El 6 de julio tuvieron el primer intento de desalojo, y lo evitaron. Lograron junto a organizaciones, partidos políticos y otras familias que habitan en casas también amenazadas de desalojo resistir a las guardias de infantería y los grupos de choque. Los desalojos, muchas veces, son cuestión de número: quienes son más, se quedan.

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Imagen: NosDigital

La casa se mete hacia adentro y cada pasillo va dando entrada a las piezas. “Acá vive una familia con 5 nenes. Acá vive un señor con un nene. Acá el abuelo. Acá viven dos chicos. Acá vivo yo con mis dos nenas”.

Desde que les dijeron que tenían que dejar la casa, de un día al otro, sin alternativa, de las 32 familias quedaron 22. “El resto, por la cuestión del desalojo se fueron yendo para asegurarse otro lugar”.

 

¿Dónde? El Gobierno de la Ciudad parece salirse con la suya: “En Provincia”.

 

Los hoteles familiares – que albergan familias con niños, personas mayores y discapacitadas- parecen ser una especie en extinción en capital. Esos grandes caserones de principio de siglo, de techos altos, puertas de chapa, persianas de madera, pasillos chorizo y cuartos grandes, van cambiando su funcionalidad al ritmo del termómetro inmobiliario. Y son tiradas abajo para construir coquetos edificios, o son compradas para hacer hoteles pero boutique, o simplemente vendidas a precios módicos, con familias adentro.

El desalojo concretado el 25 de agosto en Independencia 2969 es un espejo de esta historia: otro hotel familiar vendido por los dueños, de un día al otro, y las familias sin alternativas más que su propio rebusque.

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Lucrecia: “Nosotros salimos a buscar en Capital pero con el tema de que tenemos chicos en ningún lado te reciben, no quieren saber nada”. Su vida y su rutina, que transcurre desde hace 20 años en Capital, deberá trasladarse varios kilómetros. “Mis nenas van desde jardín al colegio de Mario Bravo, y ahora van al mismo colegio a la secundaria”.

En la casa se respira tranquilidad. “Están todos trabajando”. Alguna puteada por el partido de Arsenal, no más. “Yo porque no puedo trabajar, estoy con licencia porque me operaron de la columna”. Lucrecia siente que tiene que excusarse. “Me siento muy mal, porque el único sostén de la familia es mi hija de 29”. Su hija tiene dos hijas, sus nietas. Entre las dos familias son 10. “¿Quién nos va a tomar para que vivamos?”.

La nueva prórroga de desalojo les da hasta el 11 de noviembre. “La oficial de justicia nos dijo que nos iba a sacar aunque seamos 500 personas”. Así los trata el poder judicial.

Así el poder ejecutivo: “Lo único que nos ofrecen es un subsidio por seis meses. La idea es juntarnos entre todos para pagarle a los propietarios por seis meses más”. ¿Y después?

Lucrecia no responde, pero sintetiza en una frase la impotencia, la incertidumbre y la negociación de la vida que significa esta historia:

“Estamos vendidos”.

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Techo para todos

La resistencia de cuarenta familias en el edificio ex Padelai. En plena Buenos Aires el derecho a la vivienda digna es justicia por mano propia.

“El Estado otorgará los beneficios de la seguridad social, que tendrá carácter de integral e irrenunciable. En especial, la ley establecerá: el seguro social obligatorio, que estará a cargo de entidades nacionales o provinciales con autonomía financiera y económica, administradas por los interesados con participación del Estado, sin que pueda existir superposición de aportes; jubilaciones y pensiones móviles; la protección integral de la familia; la defensa del bien de familia; la compensación económica familiar y el acceso a una vivienda digna.”

Artículo 14 bis, Constitución Nacional Argentina.

Fotos: NosDigital

El artista Roberto Jacoby fue invitado por el gobierno a hacer una muestra llamada “Peronismo”.

Motivaron la convocatoria una serie de declaraciones de Jacoby en las que manifestaba cierta afinidad por el kirchnerismo. Parecía un buen momento para capitalizar su enorme trayectoria al servicio de una causa política.

Sobre este tema, es decir, sobre arte y política, Jacoby ya había dicho demasiado. Lo había dicho todo. Fue en Brasil cuando lo invitaron a una megaexposición que se llamaba, justamente, “arte y política”. Corría octubre del 2010 y la veda electoral por elecciones presidenciales.

La intervención de Jacoby fue una foto gigante: una foto de Dilma Roussef gigante.

La obra fue tapada con un manto negro por los organizadores, cumpliendo la restricción de la veda.

Jacoby lo había logrado. Su obra estaba terminada.

Con una mediasonrisa, parado al lado de la foto tapada, dijo: “Esto es lo que pasa con el arte y la política”.

Para la muestra “Peronismo” Jacoby pidió usar el Congreso Nacional. Le dijeron que por supuesto. Entonces hizo otra ampliación: una ampliación del artículo 14 bis de la Constitución nacional, incluido por Perón en la reforma del ’57, donde se consagran muchos derechos sociales básicos. Uno de ellos, el acceso a la vivienda digna.

Jacoby empapeló el Congreso con la letra del artículo 14 bis completo.

Duró pocos días. Del gobierno no lo llamaron nunca más.

Otra vez Jacoby, su arte, lo había dicho todo.

00 537La historia del edificio del ex Padelai, actualmente ocupado, es un caso emblemático de cómo se generan las políticas de exclusión en la Ciudad de Buenos Aires.

Desde los ’90, la ocupación del edificio oscila entre vecinos agrupados en una cooperativa, con problemas de vivienda irresueltos, y la concesión del predio por parte de la Ciudad; la diferencia la explica un contrato de propiedad del edificio que cada parte asume a su favor.

La carga social del ex Patronato de la Infancia se remonta a 1892, cuando nace como una institución filantrópica dedicada a dar auxilio a niños desamparados y en situaciones de riesgo y vulnerabilidad. Allí funcionaron un hogar, una escuela, un jardín, un hospital hasta 1970 cuando fue abandonado el lugar.

Ocho años más tarde los edificios fueron cedidos a la Municipalidad de Buenos Aires y, sin dárseles uso, fueron ocupados en la década siguiente por familias del barrio sin vivienda.

Durante la intendencia de Carlos Grosso se inició una gestión con una cooperativa para que las familias que vivían en el Padelai pudieran poseer la propiedad de los edificios.

La versión más pornográfica del tironeo sucedió en 2003 cuando, con la excusa del no cumplimiento del contrato, sesenta familias fueron desalojadas a palazos y gases por el gobierno de Aníbal Ibarra.

Seis años más tarde, durante la gestión del PRO, ocurriría algo no menos violento: la cesión de uso gratuito por treinta años del predio al Centro Cultural de España en Buenos Aires que la Legislatura votó en tiempo récord: seis días. La única condición que establecieron, que presentaran plazos para realizar las obras y la línea de la programación cultural, nunca se cumplió. Al menos fueron consecuentes: la actividad que le dio el CCEBA al centro cultural fue nula. Todavía hoy pueden verse gigantografías del lado de afuera que intentaron barnizar la vacuidad del lugar, nunca remodelado.

A principios del 2012 el CCEBA sinceró que no podrían construir y sostener el centro, argumentando deficiencias presupuestarias, aunque lo que desnudaron fue el sinsentido mismo de la cesión.

00 519“Con los ocupas no podemos”, ampliaba un comunicado emitido desde la embajada, aunque se desconocen los misterios semánticos por los que los españoles nunca fueron signados con el mismo mote por los medios masivos de comunicación.

Para ajusticiar esa interpretación, la Cooperativa de San Telmo aclara que tiene las escrituras y el certificado de dominio, nacidas de ese preacuerdo con la intendencia de Grosso.

En mayo del 2012 las familias volvieron a entrar al edificio, que había sido abandonado otra vez más.

Sus intenciones no son caprichosas: ofrecieron entregar la escritura a cambio de las viviendas necesarias. La burla del gobierno porteño fue proponer diseminarlos por algún lugar de la provincia de Buenos Aires; la cooperativa no aceptó: “Los chicos van a la escuela acá en el barrio, a una cuadra hay un centro de salud integral, no nos pueden sacar del lugar de donde somos”, explica Teresa, vecina. También aclara que su historia no le enseñó a confiar su fe a las promesas de los gobiernos de turno.

Hoy se mantiene latente una orden de desalojo que busca sacarlos del edificio.

Pero ninguna propuesta atiende las necesidades de las familias, que van proyectando su vida ahí adentro. Hasta van arreglando al edificio del tiempo y proyectan una feria cultural a cargo de organizaciones sociales del barrio.

Hoy viven más de cuarenta personas agrupadas en una cooperativa, y veintitrés chicos.

Pablito o el chico que quería salir

Pablito tiene once años y una fantasía: salir; atravesar la puerta y salir a la calle.

Si Pablito anda dando vueltas cerca, hay que estar atentos. La salida no se puede descuidar. Si no lo sigue la madre, el que está por ahí nomás le tira del brazo. Pablito, no.

Pablito agacha la cabeza y vuelve (hace que vuelve), y apenas puede gira y corre hacia la puerta de nuevo. Pero todos conocen el número.

Pablito no puede andar solo afuera. Tiene un retraso madurativo.

Y si bien nunca salió solo, no se sabe qué misterio lo atrae.

Quizá sea el reflejo de las corridas del día de la represión, la imagen de la violencia, cuando todavía era un nene.

Quizá sea un trastorno provocado por la vigilancia permanente en la puerta, a cargo de la Policía Metropolitana, que de noche duerme en el zaguán del edificio.

O por ahí es que Pablito, simplemente, todavía, no se siente en casa.

00 531El sueño de Verenice o la niña que contaba amaneceres

Verenice, nueve años, duerme sólo de día. De noche no pega un ojo.

Verenice va al colegio sin dormir, vuelve a almorzar, hace una tarea, juguetea y a la hora nomás le agarra sueño; se duerme a la tarde y se levanta a eso de las diez, once de la noche. Y así.

Son las seis de la tarde y tiene cara de cansada. Su madre se asombra que no esté durmiendo, pero dice “mejor, así duerme un rato a la noche”.

Le pregunto cómo hace ella para dormir y vivir. “Trabajo a la noche, entonces intento dejarle la puerta cerrada si se queda sola, pero ella sale igual, no sé cómo”. Verenice nos lanza una mirada desobediente.

Ríe. Tararea una canción y se pone a bailar bajo la sombra que aporta la galería.

“Le encanta estar acá y en el jardín”, cuenta su madre. Cuenta que Verenice, cuando se escapa del cuarto, viene al jardín. Se queda bajo la luna sola. “Le gusta ver el amanecer”. Y se va al colegio.

Psiquiatras, médicos y psicólogos no han podido corregir su sueño. Según los especialistas, Verenice sufre una extraña patología. “Todo un tema” prefiere definir su madre.

Este cuento dice que Verenice cuenta amaneceres. Un, dos, nueve años de amaneceres. Cuenta uno más cada día porque no sabe cuántos más habrá. Ahí, en ese patio que tanto le gusta.

La mirada de Teresa

A Teresa también le gusta el patio. “El fin de semana me gusta ir ahí”, señala un cuerpo del edificio, “bien arriba, y sentarme a ver el jardín”.

Lo dice y miramos como reflejo. Miramos el jardín. Pablito, Verenice y otros chicos corretean. Más allá se ven dos piletas pelopincho. Dos arcos de futbol que imaginan una cancha. Y mucho verde.

“Me encanta mirarlo cuando estoy tranquila, es lo más lindo que tiene el lugar. Imaginate que yo nunca tuve esto”, dice Teresa. Me imagino. La veo en una habitación, una, con sus cinco nenes. La veo sin marido. Imagino una televisión prendida, o una radio.

Y me corta el pensamiento el canto de un pájaro.

Teresa no lo dice por confort. Sólo que no está acostumbrada a los hidromasajes, un sillón vibrador y no consigue la última versión del ipod touch. Entonces lo dice para trazar la paradoja que define su vida: su miedo a que un día la echen, le peguen y la dejen en la calle, sin jardín.

Donde los destinos van

Apoyados por organizaciones barriales y eventualmente por partidos políticos (“estaban los del Movimiento Evita pero se fueron porque los ascendieron de puesto a los chicos, y no podían venir más”), las familias resisten.

Resisten en el silencio que hay un día de semana cualquiera y bien de día, mientras los grandes trabajan y los chicos estudian.

Resisten la noche y el frío. El invierno.

Viven resistiendo desde que los gobiernos de turno eligieron no hacerse cargo de los más carenciados y a) patear ese problema a las provincias, b) dar soluciones provisionales, c) pegarles, d) regalarles un edificio a los españoles, e) no hacer nada.

Todo eso sucedió con las familias que viven en el ex Padelai y muchas otras que se ven obligadas a ocupar espacios abandonados para hacer justicia el artículo 14 bis y poder desplegar eso que los fundamentalistas llaman “vida” y a lo que el peronismo agregó “digna”.

No sabemos bien qué es, pero tiene la sonrisa de un niño.