Quieren fiesta

La Delio Valdez enfiesta los jueves de febrero con su ciclo “Historias de cumbia” en Niceto. Con todo el cuerpo se viven los momentos claves del género que echó raíces en todo un continente. 

– Lo más importante es que la gente baile y se divierta. El sustento tiene que ser que te mueva. Y no es fácil. Tal vez necesitás pocas notas, cosas repetitivas, por como son las personas. Y eso justamente va en contra de lo que la música occidental europea te dice: que varíes todo lo que puedas, que muevas los dedos rápido. Acá lo que importa es que llegue.

Imágenes: NosDigital
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Es un golpe. O casi un latigazo en la parte posterior de las rodillas que obliga a la flexión. El chasquido mágico de unos dedos invisibles que se acompasa con el propio latido. Es como un piolín imaginario que tironea de la cadera y provoca un quiebre. La pelvis dibuja un ocho. Es cumbia. Es cadencia. Es ritmo. Y se lleva bien adentro. Desde el interior, de los cuerpos y de la noche, la música llega. En Niceto, con sacos naranjas vibrantes y pantalones negros, la orquesta mueve el cuerpo hacia el escenario abriendo paso desde el seno del público. Y contagia.

– Hay una sabiduría muy grande en las músicas populares. Es más importante que te mueva el culo a que te quedes pensando “uh, mirá el acorde que armó, la armonía que metió ese”.

– ¿El estigma de dónde viene?

– Entre los músicos, la cumbia, y las músicas bailables en general, están estigmatizadas porque se piensa que son fáciles de tocar. Nosotros le damos bola a los arreglos, pero eso es la superficie, la frutilla. Lo importante es que sea algo bailable, divertido, que la gente se enganche, se encuentre, se despeje. No lo pensamos en función de lucirnos o de un mercado. Sino en función de lo que realmente va a gustar. Incluso si hablamos técnicamente, no es tan fácil sostener un discurso con tres notas durante cuatro minutos. Requiere tener un swing que en otros géneros no necesitás. El jazz por ejemplo, que se asocia con la complejidad, en el fondo es música bailable, porque originalmente lo es. Se trata de no perder la raíz, que muchas veces por el exceso de armonías, sustituciones y todo un rebusque sonoro se olvidan de que es música que tiene que sonar, tiene que mover.

– Y ese movimiento del otro lado, ¿qué les genera?

– Para nosotros es un placer enorme tocar música para que la gente baile, porque la devolución es hermosa. Yo disfruto mucho más de ver a una persona que se le nota en el cuerpo lo que vas tocando, lo ves en una sonrisa, en unas manos levantadas, en una pareja bailando un tema más tranqui y ves el cortejo ahí. Es hermoso. Te comunicás con algo más crudo. Hay algo en la cumbia que va más allá de lo social, que genera un efecto en la gente muy primigenio. Nosotros tocamos en cualquier tipo de escenario y siempre se da el mismo efecto, con distintas edades, situación socioeconómica, contexto, región. Hay algo en la gente que es lo mismo.

La Rueda del Cumbión (2014) y La Delio Valdez (2012).
La Rueda del Cumbión (2014) y La Delio Valdez (2012).

La Delio Valdez es una orquesta de cumbia que desde sus primeros latidos en 2009 marca el ritmo de una movida que no para de crecer. De una banda de amigos que se juntaban a tocar a una orquesta de 14 integrantes, con dos discos editados – La Rueda del Cumbión (2014) y La Delio Valdez (2012) – y más de 70 fechas al año. Reconocen influencias de la cumbia de la costa caribeña de Colombia, pero se inscriben definitivamente en la tradición cumbiera argentina. “Nosotros nos sentimos parte también, si bien el repertorio que tenemos es mayormente colombiano, nosotros nos criamos escuchando la cumbia de acá y bailamos eso, somos de acá. Hay una cosa de Buenos Aires… Y en ese sentido nos remitimos también a las orquestas de tango, nos sentimos parte de esa tradición”.

– ¿Cómo es la dinámica de la orquesta?

– Al ser una cooperativa, somos todos dueños. En el último tiempo algunos de nosotros asumimos que íbamos a hacer cosas por fuera de lo musical. Intentamos tomar las decisiones grupales, porque todos nos sentimos parte, no puede haber alguien que no esté de acuerdo con una decisión estética o de producción. Con el tiempo nos dimos cuenta que lo mejor es no tironear nada, que cada uno ocupe el rol y el lugar que puede y quiere, siempre cumpliendo con lo necesario. También está bueno ser muchos porque te permite rotar en los roles y no desgastarnos ni aburrirnos.

– ¿Hay una relación entre el formato y la organización cooperativa?

– No, de hecho acá las orquestas eran de “tal persona”, con el resto de los músicos atrás. Aparecen hoy en día orquestas de tango más modernas que funcionan de otra manera. En realidad la histórica es la de Pugliese, que sí inventa una cosa cooperativa. Si bien el tipo era el director, estaba encargado de que todos cobraran lo mismo, que tuvieran una obra social, que estuvieran bien… Es un poco el precursor. En nuestro caso la decisión pasa por otro lado, no tiene que ver con el formato orquesta. Va de la mano de que la banda siempre fue autogestiva y todos venimos de experiencias así, de una camada de músicos que tenemos una cosa de “si querés tocar, tocás”. Tenemos mucho la idea de hacer movida, de hacer red, de invitar gente a tocar, contactarnos, generar lazos. Al no tener una discográfica, es lo que hay hacer porque si no, te quedás solo.

En el impulso de crearse el camino propio, “La Delio” es una orquesta sin director. Son una cooperativa, en la producción y en la música. Frente al grabador, levantando la voz para gambetear la presencia arrolladora de la orquesta en el escenario probando sonido, Pablo Broide (saxo tenor) y Santiago Moldován (clarinete) le ponen la voz el cuerpo a un discurso que se sabe colectivo y consensuado: “Nos, los representantes…”, juegan. En la previa al escenario, ensayan cómo van a abrir la noche, comparten pizza y cerveza en los sillones negros, el primer piso del lugar se llena de risas, mientras la planta baja espera con gente dispuesta al disfrute. Se nutren de la fusión colectiva de miradas y sonidos y encuentran en ese ida y vuelta su identidad:

Reflejos de fiesta y cumbia.
Reflejos de fiesta y cumbia.

– Es muy pesado dar cada paso porque te cuesta un huevo llegar a un consenso, pero cada vez que lo damos es muy firme, se va con todo y se labura hasta el final. Hay como una especie de unidad por encima de cada uno. Te hace crecer como persona, porque tenés que aprender a correrte un poco de tu ego. La figura es la orquesta.

– ¿Cuál es la intención detrás del ciclo “Historias de la cumbia” en Niceto?

– Era algo que teníamos dando vuelta hace bastante tiempo. Nosotros tenemos un blog a parte de la página de Internet donde volcamos algunas de nuestras investigaciones sobre el género y veníamos con ganas de reflejar en un show los momentos más importantes y representativos de la cumbia género a lo largo de su historia. Lo empezamos a intentar y finalmente decantó en esto. Que además está buenísimo, porque la propuesta se va renovando, podés hacer que la gente vuelva a la semana siguiente y se encuentre con algo distinto. Nos gusta mucho y nos parece importante y súper necesario ir a la raíz de las cosas. Todos sentimos la idea de llevar la cumbia al frente.

Vientos fuertes, La Delio Valdéz
Vientos fuertes, La Delio Valdez

– ¿Cómo armaron la programación de las fechas?

– Elegimos cuatro puntos que a nosotros nos alimentaron mucho. La historia de la cumbia es vastísima. Es un género muy especial porque surge como el folklore de un país y después se afinca en todo el continente. Entonces en casi todos los países de Latinoamérica tenés más de un tipo de cumbia local. Por esto, lo que al principio pensamos como “Historia de la cumbia” pasó a ser “Historias de la cumbia”, que nos pareció un poco menos pretencioso. El primer día fue la parte más folklórica de Colombia, hubo una rueda de gaitas con músicos colombianos; el segundo fue cumbias con acordeón, vinieron Los Reyes de la Costa; el tercero fue la Era de las Orquestas y tuvimos como invitados a los chicos de San Bomba; y el cuarto es especial de cumbia argentina. Con uno de nuestros padrinos, Coco Barcala, Tambó Tambó abriendo la noche, invitados y algunas sorpresas. Nos quedan miles de historias para contar, así que tenemos material para seguir pensando.

– ¿Cómo sigue el año de La Delio?

– La idea fue meter mucho esfuerzo ahora para tener una cantidad de material que nos permita llevar adelante el año sin aburrirnos nosotros, sin aburrir a la gente, con variedad de propuestas. Vamos a seguir con La Rueda del Cumbión, que lo venimos presentando a pleno. Mientras tanto estamos empezando a madurar lo que va a ser un tercer disco, y la idea es seguir un poco con una propuesta que arrancamos el año pasado, que se llama La Delio Valdez en concierto, más tempranera, otro público, un poco más visual.

El jueves 26/02 La Delio Valdez cierra el ciclo “Historias de la cumbia” en Niceto Club a las 20hs.

La Delio Valdez es: Manuel Cibrian (Guitarra y Voz), Leon Podolsky (Bajo), Tomás Arístide (Guiro y Maracas), Marcos Diaz (Bongó y Tambor Alegre), Pedro Rodriguez (Timbal y Voz), Agustin Fuentes (Congas), Santiago Moldovan (Clarinete), Agustina Massara (Saxo Alto), Pablo Broide (Saxo Tenor), Santiago Aragón  (Trompeta), Pablo Reyna (Trompeta), Milton Rodriguez (Trombón), Damian Chavarria (Trombón). 

Una noche de Totoras

Nos subimos a la combi de la banda de cumbia que rompe prejuicios y no deja a nadie sin bailar. De La Bombonera al Four Seasons, los músicos platenses suben y bajan de escenarios con un profesionalismo vertiginoso y cronometrado. 

Hoy hay cuatro. Mañana hay cuatro. El domingo libre. Alguien festeja, dice ser la noche para coger. El lunes se ensaya. El martes otra vez al escenario. Y así. ¿Se aburren? Todos, de a uno, en un camarín, en medio del show, en la combi, en la calle, responden: ¡No!

*

¿Cómo fue la charla? Un día, en algún lugar se dijo: el 12/12/12 se festeja el día del hincha de Boca, papá. Y seguro escabiaron en honor a eso. Y seguro hubo asado. Y ese humo de olor a chori y porro se repite, dos años después, en la fiesta que por primera vez se hace en el Alberto J. Armando.

12/12/14
12/12/14


Para llegar hay que caminar cuadras con veredas que suben y bajan entre fanáticos, carbones callejeros, gargantas extasiadas, botellas cortadas, cariocas que giran y agites de brazos que quiebran muñeca como solo en la cancha pasa. En el medio de ese mundo excitado, dos calles que llevan Valle en su nombre se tocan la esquina: ahí hay un portón designado para el encuentro que resulta ser mágico: nuestros pies y la combi blanca llegan en el mismo momento. “Arriiiiibaaaa”, se escucha del otro lado de las ventanas. Son las 19.30 horas del viernes, Los Totora llegan a la Bombonera.

Juan Ignacio Giorgetti, tecladista y uno de los fundadores de la banda tiene puesto jogging que parece jean y dice que cuando se aviven, va a ser el gol de la moda. También dice: “Llevamos una vida bailando”. Una vida de 12 años parida en La Plata y vivida en el barrio entre pelotas de futbol y bancos del secundario. Hace cuatro años, a sus ocho, explotó masivamente y eso se llevó todas las burbujas de todas las copas de todos los brindis. ¿Entonces? Tuvieron que profesionalizarse. Juani recuerda empezar a trabajar en la puntualidad, la estética, la prolijidad arriba y abajo del escenario. Un egreso prematuro del ascenso a la A.

Media cuadra después del portón, estamos bajando de la combi. Una chica reparte cintas naranjas para las muñecas que habilitan bajar escaleras de cemento y entrar por una puerta que tiene pegada una hoja A4 y anuncia con marcador: Camarín.

En una mesa: galletitas, varios sabores de té, café y leche. Contra la pared, una heladera llena de bebidas frías: ninguna con alcohol. Algunos se cambian de ropa. La grilla del día está encastrada con pre-ci-sión. Hay que subir: todos están listos. Diez minutos antes de las ocho de la noche, Los Totora entran a un pasillo de paredes blancas y escaleras. Bajan, caminan, vuelven a subir. ¿Algo va a sonar más fuerte que la tribuna? Lo que no es amarillo y azul es piel desnuda. Cuando las zapatillas pisan el césped, se avalanchan los gritos por inercia. Salen a la cancha y juegan como viven. Pasaron cinco minutos de las ocho de la noche. El cielo se oscurece. Los Totora suben al escenario en manada, toman por asalto los instrumentos y agitan: “Vamos a bailar cumbia”.

En la Bombonera.
En la Bombonera.

La cancha: estallada. Los periodistas: filmando con sus celulares. La hinchada: enfiestada. Ari Paluch: agitando abajo del escenario. Chechu Bonelli: también. Cacho Laudonio, el ex boxeador que con su traje murguero en los partidos recibe a los jugadores, palpitando bandera en mano. Las boquitas: moviendo las caderas entre los músicos. La letra canta que alguien se vuelve loco y parece ser horóscopo del momento. Los doce músicos bajan y vuelven a subir para tres temas más.  Son las 20.40 horas cuando Los Totora dejan definitivamente el escenario igual que subieron: sus cuerpos están intactos, todo alrededor está encendido. Juani aclara: “No es por fríos, es intentar ser lo más profesionales”. Caminan otra vez el césped. Desde el otro lado del alambrado le piden fotos y pasto. Cinco minutos después otra vez la mesa con té y galletitas.

Nicolás Giorgetti sube a la combi con un té recién hecho. Se sienta entre los últimos asientos. Hasta allá llegan todos los chistes que se pueden inventar con el trío: té – 30° grados – viernes a la noche. Él dice: “Soy como Mirta”, entre risas. Es rubio, como la señora de los almuerzos, está encargado del bajo y dice tener hambre. Son las nueve de la noche. Fantasea con un pastel de papa en el catering del próximo show. Claro: no sucederá. Nico es hermano de Juani y de otro de los Giorgetti: Santiago, al mando de los timbales. En el garaje de su casa fueron los primeros ensayos. Luego vinieron los discos; los primeros tres editados de manera independiente: “Nunca vas a dejar de bailar” (2009), “Encontrándonos” (2011), “Y ahora Vivo” (2012); y el último bajo el sello de Warner Music: “Sin Mirar Atras” (2013).

El tráfico hace lenta la llegada a una fiesta empresarial en la otra punta de la ciudad. En el camino, los músicos, el manager y el conductor hablan de futbol, de redes sociales, del Chavo, de los Simpson y se pasan de asiento a asiento videos bizarros de esos que se viralizan por internet. Nada los hace más grupo de amigos como cuando llegan las anécdotas que relatan cómo se enteraron que Papa Noel no existe. Uno vio al tío cambiarse y se lleva los: “Naaaaaa” de la noche.

Juan Quieto dice: “Esto sigue siendo un juego, pero terminamos económicamente redituados”, y recuerda que desde sus 7 años, también jugando, se sentía cantante.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

El viaje duró 45 minutos. En los camarines no hay pastel de papa pero sí comida y bebidas: acá tampoco hay alcohol, todavía queda mucha noche que bailar. A las 22.30 horas, vuelven a subir al escenario. El público es totalmente diferente. Las mujeres están de vestiditos y tacos sacándose selfies. Los pibes de camisa piden tragos en la barra. Los Totora ponen en práctica toda su profesionalidad, salen a escena sin que nada ni nadie los perturbe y aceitan uno tras otro los temas con precisión mecánica. “Son años de ensayos y conocernos”, dirán más tarde. Luego el ritual que se va a repetir en la noche: suben chicas a cantar y al tema siguiente suben los muchachos. No hay un público que les guste más que otro, aclaran y eso hace, para Juan, que no se aburran: “Todos los shows son diferentes y todos los públicos también”.

Otra vez en la combi, el tema de charla es la comida y fantasean: “Cuando seamos famosos vamos a pedir en los camarines hamburguesas con queso y un microondas”. Estamos camino a un lujoso hotel. ¿Les cabe la etiqueta de cumbia cheta? Nico cree que el rótulo llegó en los últimos años, antes ya habían recorrido muchos escenarios. “No entramos en el circuito de la bailanta”, dice e intuye que quizás por ahí viene la mano. No entraron porque en el propio circuito que armaron, ese donde diciembre estalla de noches con shows uno tras otro, se sienten más cómodos.

De combi.
De combi.

Diez minutos antes de la media noche entramos al Hotel Four Seasons. Lo cheto desaparece cuando tienen que discutir con el encargado de la entrada, en la piel solo les queda el barrio. “Somos esto, pibes re normales”, va a decir Juani en el ascensor mordiendo puteadas, y a eso le atribuye generar empatía en todos los escenarios. Directo al segundo piso salimos a la cocina, Los Totora saludan a cada uno que se cruzan, desde el dueño de la empresa que los contrata y más tarde viene a pedirles una foto, hasta el señor de limpieza que dice que piensa llamarlos para el festejo de los 15 años de su hija. “Obvio, papá” responden.

El camarín sí es cheto. El catering abundante y variado incluye jamón crudo, panes ricos, empanadas, quesos, y por primera vez en las heladeras hay alcohol, pero las gaseosas ganan otra vez, nadie abre más que una birra chica.

Media hora más tarde caminan la cocina entre los postres que llevan pistacho y llegan al salón de sillas recubiertas de blanco y mesas llenas de copas de diferentes tamaños. El promedio de los que esperan es de 50 años. Los hombres bailan sin dejar sus sacos y corbatas. Las mujeres mantienen la pose con vestidos hasta el piso, tetas paradas y dolorosos taco aguja. El ritual de compartir el micrófono se repite y como por arte de magia la fiesta se enciende. Contra el pronóstico prejuicioso, es el lugar que más se enfiesta de la noche. Cuando quieren despedirse desde abajo le piden a los gritos “Márchate Ahora”, el tema propio corte de su último disco. Se lo piden varias veces, a la banda que también supieron etiquetar como la de los covers. Los prejuicios –no siliconados- se vuelven a caer.

Faltan minutos para la una de la mañana, otra vez están en los camarines. Se abre un champagne por primera vez y se comparte. Tienen que hacer tiempo. El grupo de amigos les sale por todo el cuerpo: se tiran chistes y papelitos molestos de silla a silla, hablan de la fiesta que se acaba de armar del otro lado de la cocina, y uno de los músicos se arma una cama sobre la alfombra.

“A todos en algún momento de nuestras vidas nos gusta la cumbia pero algunos no quieren admitirlo. Es nuestra música popular como antes era el tango. En todo el país se escucha cumbia”, asegura Juani. Eso hace que bailen en la bombonera, en el evento empresarial y en el Four Season. ¿Por qué con ellos lo menean? “Porque somos pares”, contesta.

Mientras en la puerta del hotel algunos fuman un pucho, otros se sacan fotos para las redes sociales, Juan le pregunta a un chofer por el modelo de auto que maneja y la madrugada sigue bailando. Hace más de ocho horas que empezó su noche. Vuelven a subir a la combi. Nos vamos, nos vamos acostumbrando a hacer el show más largo…

El misterio de Dancing Mood

Hugo Lobo, creador del fenómeno musical Dancing Mood, entiende que parte de la magia está en ser y buscar ser diferente en la expresión artística. La historia y el espíritu de la fusión de géneros que da baile y ritmo semana a semana a un público que se renueva y se multiplica sin por qué.  

IMG_4612Tiene puesta la camiseta de Atlanta, lentes negros y gorra. Chivita y un aro grande que le cuelga del lóbulo izquierdo. Pantalón de jogging y una cinta en la muñeca izquierda, de esas que te dan libre acceso cuando levantás y mostrás el brazo. Es jueves y, como desde hace meses, del otro lado de Ciudad Cultural Konex, en la vereda, la calle Sarmiento al 3100 está repleta. Hay fila para entrar y hay también muchos panes rellenos, heladeritas con bebidas y pibes esperando a otros pibes que vienen a la fiesta.

El cielo amenaza pero el patio al aire libre está colmado. Una pareja cercana a los cincuenta años se abraza bajo el paraguas cuando empieza a garuar. El público explota y casi a modo de ritual los brazos se agitan hacia el cielo. Dancing Mood está en el escenario: 14 músicos toman forma de fusiones ahí arriba.

*

Hugo Lobo es creador y trompetista de Dancing Mood, la orquesta que desde 1999 propone el baile. De familia de músicos, sus primeros pasos musicales fueron a los cinco o seis años, aunque recuerda estar con la música al lado desde que nació.

IMG_4771–       ¿Está bueno que los pibes entren a la música de chicos?

–       La música a los chicos los ayuda en todo sentido, en la coordinación, en la atención. Motrizmente hablando también, el ejercicio de dominar un instrumento y leer una partitura a la misma vez. El sentido de proyección y de grupo. Escuchar, ser parte de un ensamble y de una orquesta, tiene un montón de factores que a un niño le sirven para toda la vida, más allá de que quiera ser músico o no. Desarrolla muchísimo intelectualmente a los pibes.

Hugo está convencido de esto: forma parte de la orquesta infantojuvenil “Vamos los pibes”. “Está enfocada en ayudar a los pibes con problemas en todo sentido. Laburamos con 15 colegios de Villa Crespo. Nos mandan chicos que tienen problemas de conducta, de educación, problemas en la casa, problemas con la alimentación, económicos. Es gratuita. Funciona en el Centro Cultural Osvaldo Miranda, en el Club Atlanta. Los pibes meriendan y tienen clases de música todos los días, del instrumento que ellos elijan, y ensayo de orquesta y de lenguaje musical una vez por semana”, cuenta.

–       Más allá de la orquesta, desde tu programa de radio o redes sociales también compartís música, libros, películas.

–       Me gusta compartir ese tipo de cosas, tanto la música como la lectura, y lo hago con el programa de radio. Poder enseñar a los chicos y a pibes grandes también. Me parece copado. Tuve la suerte de que mucha gente lo pueda hacer conmigo. Maestros con los que aprendí: ellos me mostraban música, cine, de todo un poco. Creo que compartir lo que a uno le gusta, el conocimiento que uno tiene o una emoción, o algo que te puede transmitir una película, un libro o un disco está bueno. Calculo que algunos flashean con eso, a mí me gusta que lo hagan conmigo y está bueno hacerlo con la gente.

–       ¿Cómo te sentís cuando te toman como referente?

–       Desde mi lugar, para mí es un flash, pero tengo los pies sobre la tierra. Sigo estudiando y compartiendo los conocimientos que aprendo. Primero me da vergüenza, me causa gracia, pero por otro lado, cuando miro para atrás, el calendario, la carrera de Dancing Mood, mi carrera como músico, creo que sin querer uno fue haciendo un montón de cosas y que un pibe joven te tome como referente se va dando solo. Ahí uno lo toma con un poquito más de seriedad, pero siempre la primera impresión es rara.

Mirar para atrás. Implica 15 años de carrera de una banda independiente que apuesta a las fusiones y transita por diferentes costados de la música. “Me gustan los diferentes estilos, yo escucho desde Iron Maiden hasta Los Carpenters, pasando por Mozart. Creo que al que le gusta la música, le gusta la música, en general. Todos los estilos tienen algo bueno. No soy de la idea que se tiene que escuchar un solo estilo. Al que le guste un solo estilo quizás sea un estilista y no le gusta la música. Todo tipo de música tiene que ver con otro estilo siempre. Se influencian mutuamente”, dice Hugo.

–       ¿Te enfrentás con resistencias a la hora de mezclar jazz y cumbia?

–       Sí, de pelotudos. Está lleno, uno tiene que lidiar con eso. Al principio me enojaba, después me cagué de risa. Charles Mingus tiene un disco que se llama Cumbia & Jazz Fusion y es del año 78. Hay muchos músicos ignorantes también. A la cumbia se la encasilla en un solo género: la cumbia villera. Es lo mismo decir que el jazz es Walter Malosetti y nada más. Te puede gustar Walter Malosetti o no, o te puede gustar Damas Gratis o Los Corraleros de Majagual. Si vos sos tan boludo de tener un horizonte musical ahí nomás, para solamente pensar que la cumbia es Damas Gratis y a partir del 2000, bueno, veremos cómo te va con lo que hacés.

–       ¿Siempre pensaste a la música desde esa apertura?

–       Mi viejo es y fue músico y tocó con un montón de géneros diferentes. Siempre en mi casa hubo discos de todo tipo. En un momento tuve una cosa barrabrava de escuchar Ska, pero muy de chico, adolescente, y todo lo que tenía que ver con los Rolling Stones y el rock and roll estaba mal. Hoy en día tampoco me agrada mucho, pero gran parte de mi vida estuve abierto a diferentes estilos. Tuve la suerte de conocer a los músicos que admiro. Los músicos de ska, los músicos de reggae, no escuchan reggae ni ska, escuchan otro estilo de música. Eso hay que dejárselo a los fans y a las bandas, que se arman siendo fanáticos de un estilo y que se parecen entre sí por eso mismo, porque todos admiran un solo género. Esa es la diferencia de la banda que quizás hace ese género pero escucha otras cosas y tiene otras influencias.

–       Desde el público siempre fue aceptado el fenómeno Dancing.

–       Ahora quizás está como de moda que no te guste la cumbia, en vez de estar de moda que te guste. Es cool que no te guste, sos copado si no te gusta, pero bueno son modas que van pasando. Pero nunca tuve mayor problema con eso y de última me chupa un huevo, siempre fui contra la corriente.

–       ¿Ir contra la corriente es una cuestión musical o es así tu vida?

–       De todo un poco. Mi vida tiene que ver con la música, todo está relacionado con eso. En la ideología que usamos en este proyecto también, dentro de la música es bastante inusual que la banda sea independiente, que trabaje como una cooperativa, que cuide los precios de las entradas, de los discos y tener control absoluto de todo. Es ir contra la corriente de los colegas de uno, que están desesperados porque venga alguien y les salve la vida con un sello discográfico, salir en la tele y ese tipo de cosas.

–       ¿Vos crees que Dancing Mood es una banda popular?

–       Popular hasta donde se deja ser. Hasta donde se puede ser, desde la independencia. Popular es Marcelo Tinelli.

–       Más allá de la masividad, decías que Dancing cuida el precio de las entradas, de los discos…

–       Desde ese lado sí, totalmente. Yo me refería a popular masivamente hablando. Para mí es increíble todo lo que pasa con Dancing Mood dentro de la música, con lo que estamos acostumbrados a escuchar y con lo que nos tienen acostumbrados. Sin desmerecer nada, ni a palos, pero Dancing es una propuesta diferente y desde ese lado también, desde el lado de la gente, de lo que es uno mismo, de ir a recitales y saber lo que es pagar una entrada. Darle la oportunidad a la gente de tocar todas las semanas también

–       Pensando en la popularidad como masividad, también hay algo que hace que se sostenga todas las semanas

–       De una, yo siempre digo que el día que se junte toda la gente que viene a todos los ciclos, tocamos en River. Es un fenómeno extraño, porque después tocas en el Luna Park y lo llenás, cagando aceite pero lo llenás, y van ocho mil personas. Y en un ciclo metés veinticinco mil. Tiene su misterio.

*

La lluvia es cada vez más intensa. El último tema termina con los músicos al borde del escenario estrujándose los pulmones porque el sonido tuvo que apagarse. Dancing Mood tiene su misterio. La fiesta de torsos desnudos y baile bajo la lluvia le hace de marco.

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Tango y amor cumbiero

La banda Amores Tangos prepara festejo tras otro en cada recital. Demostrando que la fusión de estilos y ritmos no precisa límites.

Hay que ser agayudo para adobarse de tango y salir de la conga feliz. ¡Garufa querido, qué tristeza ni tristeza!

Las palabras no sonaban así en la puerta del Club Atlético Fernández Fierro; aunque la propuesta era la misma, sonaban más acá en el tiempo. Sonaban a un tango feliz.

*

IMG_2405La banda Amores Tangos prepara un festejo.
¿Amores tangos? José Teixidó, director de la banda, despeja las dudas:

-Para mí, representa dos palabras muy importantes porque el tango es la música que yo elegí tocar desde hace muchos años y quería que la banda tuviera la palabra “tango” en el nombre. Después cuando apareció la idea de que se juntara con la palabra “amor” me encantó, porque a veces nos parece medio cursi hablar de amor y que esté ahí es como poner al amor en primera plana. Quedó así, “Amores Tangos” y es como ponerlo ahí de frente, decir nos gusta el amor, nos importa el amor y nos re hacemos cargo.

Decíamos, Amores Tangos prepara un festejo. Un rato después, cinco velas coronarán una torta a la mitad del show, interrumpido por un entusiasta “feliz cumpleaños”. En el escenario junto a José, Nicolás Perrone (bandoneón), Gerardo De Mónaco (contrabajo), Juan Tarsia (piano), Augusto Argañaraz  (batería) y muchos invitados, arriba y abajo, serán todo sonrisas.

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Con la mano corrés la cortina de finitas tiras de colores inmóviles; no sopla el viento. Un pasillo largo repleto de gente te recibe. Esperan que se abra la puerta, todavía falta para el show. La fila es para sentarse en las mesas cercanas al escenario, ahí donde se arma la fiesta ¿Fiesta? ¿No estábamos hablando de tango? “De alguna manera si podemos terminar con la asociación de que el tango es melancolía, bajón, tristeza, se van a generar otras cosas y está bueno que uno pueda ir a ver un recital de tango y salga re contento, está genial, a mí me encanta”.

– Decías que hace muchos años decidiste tocar tango, ¿en ese momento pensabas que era posible fusionarlo con cumbia?

– No, para nada. Todo lo que ha ido pasando con la banda surgió de los ensayos, de probar en vivo, de tener muchas ganas de divertirse haciendo esto. Creo que por el hecho de que nosotros trabajáramos en otros grupos, con cantantes, entonces cada vez que tocaba Amores era una fiesta y así se fue desarrollando ese perfil. Después con una búsqueda musical que nos fue llevando a ese lado. Decir esto con esto queda bien, no desentona y que el público lo reciba también.

Esas otras cosas se generan durante la noche. Amores Tangos presenta “Altamar” su nuevo disco, hijo de una fusión de ritmos. De a ratos reconocemos milonga, cumbia, candombe, tango, todo junto y más. Todos ritmos que nos suenan cercanos, los reconocemos fácil en el oído y en el cuerpo, parecen estar en la misma sintonía. “Hay una cosa del tango, de sus comienzos, donde el tango era un ritmo más dentro de otros y había orquestas que hacían música bailable y mezclaban de todo, tango con foxtrot y ritmos con paso doble y nadie decía: ‘si tocás tango no podés tocar lo otro’. Era lo más natural del mundo. Nosotros lo sentimos de esa manera, como algo natural. El tango, el candombe, el milongón, la milonga, están todos alrededor del Río de la Plata, por ejemplo. Las diferencias las hacemos nosotros, las personas, la música no tiene diferencia”.

Los ritmos populares aunque de diferentes generaciones parecen ser espejo del público. El lugar esta colmado y entre los que están parados o sentados hay desde niños chiquitos hasta abuelos. Las combinaciones que surgen en el escenario atraviesas todas las edades.

– ¿Creés que los límites de los estilos se están esfumando?

– Por ahí son épocas y después es el gusto de cada uno. A mí hay grupos que son súper tangueros y me encantan y también grupos que mezclan el tango con otras cosas. Creo que también es cómo se siente cada uno haciéndolo y está bueno que haya gente que por ahí guarde como un tesoro preciado esa cosa de la tradición y otra gente que se ponga a innovar y que le busque la quinta pata al gato, porque las dos cosas son lindas y creo que son necesarias.

*

IMG_2445José es de Mar del Plata y esos aires cargados de sal se colaron en el nombre de su segundo disco, sucesor de “Orquesta de Carnaval”, nominado a los Premios Carlos Gardel en el año 2011. Pero en realidad, esta segunda obra se iba a llamar “Viva la alegría”, hasta que vieron los temas que iban surgiendo: “Tormentosa”, “Tango de altamar”, “Lo que dejo la marea”. “Las canciones tienen mucha inspiración y letras que tienen que ver con el mar”. No pudieron escapar a las olas y decidieron navegarlas hasta “Altamar”.

*

Mientras la fila se acumula en la entrada, frente a la barra con empanadas y cerveza hay una mesa donde apoyamos el grabador. Spinetta suena de fondo mientras José, sonriente, nos habla de tango. Proponemos un juego, unos peces de colores decoran el escenario, simulamos subir al barco de Amores Tangos y navegar.

– ¿Desde dónde salimos y hacia dónde vamos?

– Salimos de un puerto, de Buenos Aires o Mar del Plata y vamos a Altamar, un lugar para nosotros que vivimos sobre la tierra muy extraño, no hay límites, es todo agua y cielo, las fronteras no están claras, sopla el viento, deja de soplar…

– ¿Hay lugar en el barco para los piratas?

– Si, pero piratas buenos. Son piratas alegres, que no hacen maldades. Sabés que pensábamos qué representan los piratas para nosotros y no son piratas que roban, son otros piratas, no sé muy bien qué hacen, pero son buenos.

– Suponemos que estos piratas van en búsqueda de un tesoro, ¿qué encuentran?

– Primero el arcoíris, donde está el tesoro es donde llega el arcoíris, hay colores.

– Si hay un arcoíris y un tesoro, tenés que pedir un deseo.

– El que quiera, todos los deseos posibles. TODOS.

– Si subimos al carajo, ¿qué vemos?

– Yo creo que también hay colores, hay muchos colores, muchos matices. Se ve el trabajo, si uno mira de lejos ve mucho trabajo. Desde el carajo se ve todo el camino andado que está bueno.

-¿Y desde abajo?

-Desde abajo ves todo más en primer plano, ves lo lindo, lo feo, lo inmediato. Pero también eso es una consecuencia de todo el camino que tiene la banda.

– En la playa tenemos que poner una bandera que indique cómo está el mar, ¿cuál ponemos?

– La calma, bueno, no tanto. Pero peligroso no es. Calma, pero abajo hay movimiento.

*

El movimiento aparece desde nuestras espaldas, la banda llega tocando, vienen vestidos de piratas con sus instrumentos que suenan a carcajadas. “Viva la alegría” también hubiese sido un nombre adecuado, concuerda con el espíritu que les mantiene la sonrisa fija en la cara. Hay siempre dos bandas de sonidos sonando simultáneamente, Amores Tangos y la de risas y aplausos que no cesan. Ambas suenan toda la noche, juntas hacen vibrar el aire de forma deferente.

La noche arranca con “Tango de Altamar”, no podía ser de otra manera. Le siguen casi veinte temas más y termina bailando cumbia mientras suena “Amores como el nuestro”. Todo parece guionado. Amores Tangos, un amor como el nuestro, no debe morir jamás.

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Pensaron que estaba muerto

“Estuve ahí al límite un par de veces, pero a pesar de lo que piensan no soy tan mala fama”. Hernán fue y es el líder de la mítica banda de cumbia. Escucha a Elton John, le gustan Calamaro y Iorio como compositores, y disfruta de la música árabe y de la judía. La dura vida del tropical.

– ¿Ustedes van a ver a Hernán?
– Sí
– Síganme

Es el último trayecto que nos queda antes de llegar a lo de Hernán. Hasta acá llevamos un poco más de dos horas de viaje. Tres colectivos. La SUBE en negativo. Un paquete de galletitas encima y varios puchos. Cuando bajamos del 60 en la esquina acordada de Beccar, lo único que nos recibe es una estación de servicio. Desde ahí, lo llamamos. Atiende diciendo “Amigueeeeeros” y pide que esperemos en la panadería que tenemos en la vereda opuesta. La luna llena nos distrae. Un pibe que pasa, nos mira y nos reconoce por estar sacando fotos al cielo. Sigue caminando, frena en un quiosco a un par de metros, compra un paquete de papas fritas y vuelve a buscarnos.

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“Mi barrio es nuevo, la calle no tiene ni nombre, ni número”, explica Hernán por handy a alguien que tiene que pasar a buscarlo para ir a un show dentro de unos días. “Esperá ahí que mando a alguien a buscarte”. Dentro de unos días, alguien va a esperar en la misma panadería. Un pibe que camina mirando el celular lo va a guiar. Doblando a la izquierda son dos cuadras para adentro. El barro testifica que el día anterior llovió demasiado. Una perra nos recibe en la esquina grafitteada con el nombre de la banda que anticipa que llegamos. Pasamos la reja, un patio, una puerta y subimos la escalera con pared mitad crema, mitad blanca. Desembocamos en la habitación donde Hernán nos espera. Está sentado en la computadora. Al lado: un teclado, una conga, una mesa, algunas sillas. En el otro extremo: la cocina, una olla con agua esperando hervir, la letra de una tema de Mala Fama colgada en la pared, una estantería con libros, fotos y un poco de todo.

*

Otro día.

Es viernes de madrugada en el boliche de Palermo que se hace eco de pura cumbia. En el escenario, un rato atrás, sonaba en vivo Mala Fama. Una cinta y un señor corpulento delimitan los espacios del público y los artistas. Desde mi lado, le ofrezco un trago de la birra que tiende a calentarse. Me mira y sale. Un brindis y un abrazo demuestran que a Hernán le interesa un carajo esa cinta, va y viene corriendo los márgenes todo el tiempo.

*

Hernán Coronel, desde siempre, en algún lugar de San Fernando, imaginó una banda. Tenía un par de canciones y el pelo largo, igual que ahora. En el 98, sus ganas tomaban forma bajo el nombre de Mala Fama y él le ponía la voz y las composiciones, también igual que ahora. Enmarcados en lo que por entonces surgía como cumbia villera, llegaban en el 2000 a su primer disco de estudio “Ritmo y Sustancia”, después de que grabando en una sala del palo llegue el material a oídos de varios productores. La necesidad musical que había experimentado desde siempre empezaba a materializarse en los escenarios.
Cuenta que los primeros recuerdos que tiene de él mismo cantando son a los 2 o 3 años, en el patio de su primer casa, donde inventaba temas para su hermano. Casi como un presagio, un amigo que se mudaba del barrio, a los 7 años, le dejó de regalo una guitarra. Todo empezó desafinado mientras le cantaba serenatas a una piba que vivía a la vuelta. El amor y la música se improvisaban. Hoy las cosas son diferentes. Aprendió cómo usar el instrumento con el que debuto y sumó el teclado, el bajo y la percusión. Puede armar una banda solo si consigue un par de manos más. Ya recorrió Argentina de punta a punta más de una vez y varios lugares de Latinoamérica. Soñaba una banda y hoy vive de ese sueño.

*

– ¿Quieren un chupetín?

Tiene campera y pantalones deportivos, una gorra y por debajo el pelo atado con una colita a la altura de los hombros. Nos convida de su vaso para ver si logramos adivinar qué está tomando. No lo hacemos, se ríe y nos prepara dos tragos de aperitivo y naranja. Lava unos ceniceros y los apoya en un parlante que queda en el centro como mesa. El pibe con el que llegamos se para en la ventana. Hernán gira la silla de la computadora, un banderín decora la pared a su espalda.

– ¿Vas a la cancha?
– Ahora no tanto, porque los fin de semana canto y de día descanso y si vas a la cancha te vuelven loco. Se viene toda la vagancia encima: dale que es tarde, mandale mecha, si tenés vamos a llenar el tanque y de acá para allá. Volvés a tu casa destrozado y por ahí tenés que cantar a la noche. Es un desgaste mental muy grande porque yo la escucho mucho a la gente cuando me habla, la entiendo, las comprendo, trato de alegrarlos, de alentarlos o de cantarles o lo que sea. Que la foto, que esto, que el otro y llego con mucho dolor de cabeza. Quedás con todo, muy cargado.

– ¿Te pasa mucho que te pare la gente en la calle?
– Por día. Hay días que mucho, hay días que nada.

– ¿Y acá en el barrio?
– Acá en el barrio somos todos amigueros. Nos saludamos, nos alentamos. ¿Pero qué te pasó en la cara? Todo eso. Hola basuuuu y así, pingui, pingui, japishh, japishh, nos vemos en la terminal boludo.

– ¿Y cuando salió el rumor que estabas muerto qué pasó en el barrio?
– No vivía en este barrio en ese tiempo, pero en la casa de mi vieja llamaba todo el día la gente. Algunos llorando, algunos alegrándose, algunos diciendo por fin bolu. Por lo menos hice la canción: “Pensaban que estaba muerto, pero yo sigo cantando y bailando…”

Toma lo que dicen y lo que siente para transformarlo en canción. Así funciona, casi naturalmente se nutre de lo que lo rodea: la gente, el barrio, él mismo. Después el proceso se hace a la inversa, todo lo que canta no para de colarlo en la conversación, lo devuelve al entorno. Los amigos que entran y salen de la casa se ríen, así es siempre Hernán, no hay una pose montada en entrevista. Prende un pucho, llena todos los vasos nuevamente y se vuelve a sentar.

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– ¿Vos te considerás una persona pública?
– Sí, siendo realista sí. Nunca estoy consciente de eso yo, pero sé que si lo tengo que decir es así. Pero nunca estoy pensando en eso ni pendiente de eso.

– ¿Para vos ser una persona pública significa ser famoso o exitoso?
– Las dos cosas por ahí porque lo mío se mantiene con la buena música que hago. Para muchos soy famoso porque soy buen músico, para otros porque salgo en la tele o sueno en la radio, es muy variado el sentimiento de la gente.

– ¿Y el éxito con qué tiene que ver?
– Para mí, primero en principal con las canciones que hago, después con mi personalidad en segundo término. Pero la música es lo más sagrado, lo que nos acerca a la gente, nos abre puertas y nos da tantas cosas lindas que podemos vivir.

– ¿Y es también lo que te mantiene vigente?
– Las canciones y también ser una persona un poco inteligente que se mantiene viva en todo sentido, o en casi todos.

– ¿En qué casi todos?
– Por lo menos, seguir grabando y cuidándome porque tranquilamente me podría haber muerto ya con todo lo que viví en estos años.

– ¿Es dura la vida de un cantante de cumbia?
– En algunas partes, sí. Es muy duro viajar, aguantar el ritmo, cantar muchas noches seguidas, descansar poco. El otro día llegué al sur, a Ushuaia, y ya estaba gente esperándome en la puerta del hotel. Un montón de gente con vinos escondidos en la campera, con champagne, con regalos, con esto, con lo otro y yo todavía no había ni dormido porque la noche anterior había cantado.

– ¿Y por qué otra cosa es dura más allá de descansar muy poco?
– Y lo que es muy difícil es sobrellevar la euforia de la gente más lo que te ofrecen. Los vicios, la noche, la música, las mujeres, el quilombo: tenés que tener un control mental muy claro para no caer en la ola de los vicios, de los quilombos que te llevan a la muerte o a decaer en cualquier sentido, a perder todo. Estuve ahí al límite un par de veces, pero a pesar de lo que piensan no soy tan mala fama. Tranqui, hay que usar y no abusar.

– ¿Siempre entendiste que era mejor actuar así?
– Siempre, yo hasta los 18 años ni siquiera puteaba. Siempre fui una vida bastante tranquila. Después de los 20 años, desde que canto en Mala Fama, recorrí otros caminos.

– ¿En qué cambiaste?
– En que empecé a tomar vuelvo. Antes estaba bajo el ala de mis padres como casi cualquier hijo. Después empecé a tomar vuelo, a recorrer los barrios, hacerme amigos en todos lados, hacer música, conocer a un montón de gente, a moverme y ahí aprendí a ser libre y a conocer todo, desde la gente humilde a las peores sanguijuelas. La diversidad de la vida me fue haciendo lo que soy hoy, pero moviéndome, estando, yendo, viniendo, probando.

– ¿Hay una clave en mantenerse en movimiento y no dormirse en una pegada?
– Yo no catalogo los éxitos, los discos. Yo hago canciones cada vez que me nacen y las grabo. Nunca pienso en vender un disco o si la gente va a levantar las manos, van a aplaudir, o si voy a tener muchos shows. Solo uso mi sentido musical cuando me nace, me surge una idea o una situación que me inspira y pingui, la plasmo, la grabo. Y las que se me han perdido en mi mente, millones.

– Entonces, ¿no cambió nada en tu forma de ser?
– Mi naturalidad sigue siendo la misma, más vale que con el tiempo cambié porque cambiás en base a los demás y a las circunstancias. Vas adaptándote: depende con quien estas y yo qué sé. Por ahí del prójimo aprendí más, de lo que es la vida en general, de lo que son las mañas de la vida, pero mi esencia es siempre sentir y expresarme nada más, no especulo en nada.

El handy no para de sonar. Hernán atiende a todos con las mismas ganas. Esta vez es de la oficina de producción donde ultiman detalles para una gira de fin de semana. El agua en la olla ya está hirviendo, mete algunos trozos de pollo. “¿Se quedan a cenar?”, nos pregunta. Aprovecha la llamada para pararse y para caminar un poco por la habitación. Las manos y los pies difícilmente se queden quietas. Vuelve a llenar los vasos, esta vez algunos más: llegaron otros amigos. Se vuelve a sentar.

– ¿Pensás que el camino de un cantante de cumbia es diferente al de un cantante de rock?
– Sí. No te digo “obvio”, porque no sé, pero sí. Más que nada en la ejecución del trabajo, la ejecución musical, de grabación, pero en términos musicales a la hora de hacer una canción todos nos tenemos que conectar con los sonidos, los ruidos y adentro, si sentís algo, hacerlo. En eso, no se escapa nadie, todo esto está por la música. En todo segundo, todo momento está la musiquera y eso es lo único sagrado, después todos le damos cosas distintas.

Hernán tiene varios cuadernos llenos de letras que van a servir para armar pronto dos bandas nuevas. “Las voy a producir yo, nombre, música, canciones, letras. Con gente que creo que también ama la música y creo que vale la pena armar algo que nos de vida a todos y alegría”. Hasta ahora, no había experimentado laburar con otra gente pero siente que las cosas están dadas para hacerlo: “Lo podría haber hecho mucho tiempo, pero como nunca pensé así comercialmente o en hacer plata como hacen otros. Es jodido, para mí cada canción es como un hijo y armar un grupo tenía que ser con gente muy especial y es por eso que no lo hice antes, porque no conocí la gente tan especial”.

– ¿Es un negocio jodido el de la música?
– Hoy por hoy es una inmundicia el negocio de la música con los tipos que manejan la movida. El sistema vendría a ser la gente que maneja la televisión, la radio, los bailes. Es bastante jodido. Pero también saben con quién. Si vos te manejás bien, ponés tus pautas y hacés algo que valga la pena, la gente también se va a adecuar a vos.

– Y más allá de esto, ¿cómo ves la movida musicalmente?
– Ahora es el mundo cover. El mundo de usar el sacrificio de los demás. Hacer la más fácil: bajar una canción por internet, copiarla y listo. Hace mucho que estoy esperando que salga una banda buena. Que diga: qué bueno esto para escucharlo, mirá qué bueno que está. De cumbia. Es lamentable pero se está empezando a limpiar un poquito, ya la gente se está avivando, está volviendo a ser más valorada la cumbia de autor.

– ¿Esto es porque la gente lo elige o porque el mercado lo impone?
– Por los empresarios, por los que manejan las cosas. Los tipos que no hicieron ningún sacrificio para tener un grupo no les importa ganar dos mangos, quieren fama y a la mierda.

– ¿Dónde es que fallan estas bandas?
– No es que fallan. Es que se metió en el sistema musical gente que no tiene naturaleza musical, que tiene naturaleza empresarial y hay mucha gente que tiene naturaleza de hacer lo más fácil. Les gusta la música, pero quieren hacer lo más fácil en vez de cultivar su talento, porque el talento se cultiva. A muchos, por ahí, les nace, pero si no lo cultivás de tu mente no va a surgir lo que hace una escala musical o lo que hacen un montón de cosas que tiene que ver con la música. Quieren lo más fácil, pingui, bajar un par de covers, de otro país o viejos de acá y a la mierda y dale que es tarde y encima no pagan derechos de autor, ni piden permiso. Están haciendo un descuartice con la música de autor.

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Hernán no se imagina haciendo otra cosa que música. “Le quedan un par de años más”, dice, aunque tenga 35 mil, ya. Durante toda la charla no deja de remarcarla como lo verdaderamente importante. Podemos hablar del mercado, del negocio, de instrumentos, hasta mismo de los músicos, pero siempre todo termina en la música. En la pantalla de la computadora se asoma un reproductor.

– ¿Qué escuchás?
– Cumbia hoy por hoy no escucho nada. Cuando quiero ponerme alegre a veces me pongo a escuchar Los Palmeras o alguna de esas viejas. Ahí me regalaron un compac, mirá. Bah, se lo vi a uno en el auto y me lo regaló, Grupo Mantekilla, Dulzura, Granizo Rojo y Los Dinos. Ahí hay cumbias cumbias. Los Chicos Malos tienen un par de canciones re buenas también, un grupo viejo. Este compac me lo compré ayer, mira lo que escucho.

Agarra un disco, estira el brazo y nos lo alcanza. Elton John aparece en la tapa del album Biggests Hits. Antes de que lleguemos a decir algo su espíritu inquieto sigue hablando.

“Como compositor, al que más admiro es a Calamaro, después Ricardo Iorio me gusta mucho también. Hermética, arriba la vagancia, más vale que Los Redondos, como a todo el mundo. Después todo, lo que sea. El piano bien puesto, un bajo bien tocado, en cualquier estilo te va a gustar. Una música bien armada, un rompecabezas musical lindo no tiene límite de estilo. Yo escucho todo, escucho unos tangos de la puta madre que te re estremecen. Hay unas músicas árabes, judías que están buenísimas. Ni hablar de la música colombiana, de las cumbias. Yo escucho toda la música en general, como todo el mundo, te llega algo a tus oídos y lo adoptás si te gusta pero yo le presto mucho sentido a la composición, a los arreglos musicales, son esenciales. A los que no abusan de la rima, ya cuando una frase te lleva a la otra y a la otra, es como que al chabón se le ocurrió una frase y en base a esa frase fue rimando y va forzando una letra que en realidad no tiene alma, termina siendo una canción insulsa y pingui, pingui, pingui.
*

– A mí no me gusta mucho posar para las fotos.

Dos minutos después se relaja con el lente. Sugiere hacer algunas con una flecha que está colgada en la pared y se sube a una silla para llegar hasta allá arriba. Alguien pide que ponga música. El parlante, que fue mesa durante la charla, no funciona. Parte de los conectores quedaron adentro porque se desenchufaron de un tirón. Preparamos algunos vasos más. El pibe que nos llevó hasta la casa charla de la luz que hay en la calle para hacer fotos. Otro de los amigos nos sugiere formas de viajar hasta Capital. Hernán enumera posibilidades para hacer funcionar el parlante y todos opinamos. Apagarlo y volver a prenderlo, no. Desenchufarlo, no. Conectar el USB a ver si lo lee, no. Ponerle pegamento a un palito y juntarlo con el conector para ver si se pega y se puede sacar, no. Destornillar la tapa de atrás, sí, vamos por ahí. Destornillador, no. Cuchilla, no. Cuchillito, sí. Saca la tapa, todavía los conectores están adentro. Pinzita, no. Aguja, sí. No para hasta lograrlo. Cuando termina, vuelve a atornillar todo, se festeja como un logro, el parlante es nuevo.
Pide perdón por todo el tiempo que le dedico a los conectores atorados. Se preocupa por cómo vamos a viajar. Todos se ofrecen para acompañarnos hasta la parada del colectivo y empezar el viaje a la inversa, tres bondis, la SUBE en negativo, los puchos. Es demasiado tiempo perdido nos dice. Lo mejor es un remis hasta la parada de un bondi que nos trae derecho a casa, pero no tenemos plata y la idea se diluye. Bajamos por la escalera, pasamos el patio en la entrada, la reja y hacemos las últimas fotos en la esquina grafitteada. Un auto toca bocina. “Les pedí un auto”, dice Hernán. No importa la insistencia: no deja que nos vayamos en colectivo. Nos da un billete de $50 “¿Qué importa la plata?”, argumenta. El pibe guía se sube con nosotros.
– No los vuelvas loco, no les hables mucho que son amigos míos.

Le dice al remisero. Nos saludamos un par de veces más y el auto arranca. Para Hernán no existen los límites que diferencien banda, público y amigos, ya lo había demostrado un tiempo atrás con un brindis y un abrazo en un boliche de Palermo que se hacía eco de su cumbia.

El ritmo entre los cuerpos

La música latina, y la cumbia en particular, cada vez se expanden por más escenarios y se contagian hacia nuevos públicos. En los últimos años, se multiplicó la cantidad de grupos y hoy lideran la noche porteña. Salir de fiesta, escuchar música en vivo, bailar sin prejuicios y recuperar las raíces musicales del continente son las distintas aristas que exhibe la cumbia hoy. NosDigital se metió en el detrás de escena y charló con Tom Viano, de Cumbia Hasta El Lunes, y Matías Jalil, de la Orkesta Popular San Bomba.

Noche. Un sábado cualquiera de esos que anticipan el verano. El reloj dice que aún es pronto para arrancar y hay quienes todavía ni cenaron. Pero en algún barrio porteño, tras unas puertas macizas que en unas horas se abrirán de par en par, se está amasando una joda. Afuera, la calle y sus historias de siempre; adentro, la previa de una noche para sacudirse la semana del cuerpo, encontrarse, reírse y bailar. Bailar con él, con ella, de a tres, en ronda o solos. Y los preparativos arrancan temprano, porque la música que sacudirá los cuerpos, los ritmos que nos harán vibrar, se tocarán en vivo desde ese escenario de ahí, ese en el que ahora los grupos están probando sonido. Nada de pistas ni temas enganchaditos. Esto es música. Y hoy va a ser una fiesta.

Para decirlo con un poco de glamour, estamos en el backstage de la cumbia, ese ritmo que se contagia y se expande cada vez más por los escenarios y el público porteños. Es candente la polémica que discute si se trata de una “nueva moda” o es solo una etapa más en la abultada historia de este género musical que ha trascendido las fronteras de un continente y se ha ramificado hasta el infinito. Quizás convenga hablar de un resurgir, de fusiones originales o de nuevas búsquedas. Como sea, no hay duda de que acá algo está pasando. Mientras terminan de acomodarse los equipos, de afinar una guitarra y de hacer sonar algunas congas como para que ya vaya temblando el piso, nos sentamos un ratito a charlar con Tom Viano, voz de Cumbia Hasta El Lunes (CHEL), y Matías Jalil, director y compositor de la Orkesta Popular San Bomba. Estas dos formaciones diversas y con acercamientos distintos hacia el género nos permiten una mirada múltiple hacia el abanico de posibilidades que alberga la cumbia hoy.

Tom Viano, voz de Cumbia Hasta el Lunes. Foto: NosDigital.

Cumbia Hasta El Lunes empezó hace tres años, con otra formación y como una banda de covers. Después de un año y medio por ese sendero, sus integrantes comenzaron a sentir la necesidad de consolidar la identidad de su música desde la composición de canciones propias. Durante el 2012, hicieron el ciclo “Cumbia hasta el lunes, en serio” en Uniclub, y la rompieron. Hoy son 9, y este fin de año los encuentra en los preparativos para el lanzamiento de su primer disco, con 9 temas propios, en un repertorio que indaga sobre la cumbia con violas distorsionadas y melodías rockeras. Orkesta Popular San Bomba surgió en el 2008 por iniciativa de su director que, tras su trayectoria como músico y docente en talleres de música latinoamericana, comenzó a buscar nuevas experiencias y lo sedujo la idea de la orquesta. El camino arrancó con un concepto amplio de la música popular, con la interacción de diferentes niveles musicales y un laburo colectivo que engrane las partes para que se arme el conjunto.  Este año, estuvieron presentando su primer disco “Sal de tu cuerpo”, que invita a un recorrido por los ritmos de la región, y no pararon de tocar. Hoy son 22 integrantes y ya están entrando a grabar su segundo trabajo de estudio, que promete más fusión.

Se arma el baile

Matías Jalil, director y compositor de la Orkesta Popular San Bomba. Foto:NosDigital.

“La gente quiere celebrar, quiere bailar, quiere levantarse minas o levantarse chabones, la gente quiere usar el cuerpo. Las fiestas son de los pocos espacios sociales destinados a usar el cuerpo, a dejar de hablar un poco y empezar a bailar”, así entiende Tom Viano (CHEL) la movida que se viene armando desde hace algunos años. Matías Jalil, de San Bomba, reconoce que a la hora de seleccionar ritmos del amplio abanico de música latina, la elección por la cumbia vino de la mano de la posibilidad de generar baile: “Siempre tocamos cumbia, pero hoy estamos en un momento de resurgir del ritmo, y de una apropiación para hacer una cumbia propia. Y para nosotros, la mejor sensación es la de estar en el escenario y que la gente esté bailando abajo, ese ida y vuelta, hay algo ahí que se arma entre todos. No es que nosotros les bajamos las melodías, sino que viene de ellos también”. En eso parece coincidir Viano: “Nos gusta mucho hacer bailar a la gente, es algo muy único y creemos que siendo cada vez más sinceros con lo que somos musicalmente, más power va a tener la banda.”

Cuando los reflectores enfocan a la pista, la cosa se vuelve todavía más clara, y Tom Viano agrega: “Es usar el cuerpo para un montón de cosas, en principio creo que usarlo por usarlo, para sacarle un poco el óxido al cuerpo. Después, es hombre-mujer, o bueno, hombre-hombre, mujer-mujer, relación sexual digamos, atracción sexual. La cumbia como toda Latinoamérica es súper sensual. Hay gente que le pasa lo mismo con la música punchi, pero es cierto que la música latina tiene mucha cadera. Por suerte, nos tocó vivir en un lugar en el que para bailar hay que mover la pelvis y eso no es cualquier cosa.” Y viene a cuento el nombre del primer disco de la Orkesta Popular, “Sal de tu Cuerpo”: “Salió de ese juego de palabras de salirse del cuerpo para cualquier expresión y de la sal del cuerpo, de transpirar la camiseta.”, cuenta Jalil.

En ese condimento, en esa cadencia, en la curva de una cintura o en el vaivén de una pelvis, empieza a resonar en esta charla la referencia obligada que abraza a la cumbia: América Latina. Es que este género, con su patrón rítmico se convirtió en la pasión de un continente. Y si hablamos de resurgires de esta música, no podemos dejar de mirar a la región. Matías Jalil señala: “Es un contexto histórico muy latinoamericanista. Acompañado de ese envión, hoy hay un montón de grupos de música latinoamericana. Hace diez años éramos cuatro o cinco y hoy está lleno, y también hay otra aceptación, la gente empieza a venir.”

Fusiones degeneradas

Si hay algo que permiten vislumbrar Cumbia Hasta El Lunes y Orkesta Popular San Bomba, es que a lo tradicional siempre le redoblan la apuesta. Basta recordar los orígenes rockeros  y la búsqueda de una sonoridad propia de la CHEL, y la formación atípica de la Orkesta, que incluye acordeones, cuerdas, vientos, percusión, bajo y guitarra eléctricos, y una cantante.

Estamos de acuerdo. La convivencia de ritmos dispares se da hasta en la lista de reproducción de cualquier mp3, las fronteras de los géneros son cada vez más difusas y ya son pocos los que se categorizan determinantemente debajo de un rótulo. “Hoy por hoy te diría que el rock y la cumbia, hasta el punk y la cumbia están codo a codo, hay  un montón de movidas cumbieras punk-rockers, y yo vi a un montón de punkies bailar cumbia como locos, sin ningún tipo de prejuicio. En el fondo, lo que está es la música. Te podrá gustar más o menos, pero cuando uno puede sacarse el prejuicio, disfruta.”, afirma Tom Viano. Es que hoy en día, una misma persona va a un recital de Divididos, escucha folklore y el sábado va a bailar cumbia. Matías Jalil comparte: “Nosotros crecimos con el rock y había como un público muy marcado de ese género, hoy está como más mestizo. Uno puede ir a un recital de rock y puede ir a ver a una orquesta, como parte de diferentes públicos. Se va armando otra cosa”.

Cuando se insiste demasiado en la transición que hicieron del rock a la cumbia los integrantes de CHEL, Viano aclara: “Nosotros venimos del rock y seguimos un poco en el rock, no es que nos fuimos. Aunque nos gusta mucho, no somos folklóricos. Estamos en un escenario, tocando cumbia y haciendo a la gente bailar, pero seguimos haciendo música. En realidad, vamos atrás de la canción. La cumbia es un género que nos atraviesa y que también nos ayuda en la búsqueda de esa canción.” Matías Jalil larga enseguida que, aunque le encanta la cumbia tradicional, para él cuanta más variedad de sonidos haya mejor. Durante este año, la Orkesta trabajó con un Dj: “Fue una experiencia re copada, porque justamente intentamos trabajar esa convivencia. Pero no con los instrumentos subidos a una base, sino el Dj como otro instrumento, mezclado en un montón de ritmos de cumbia. Está buenísimo”.

Problemas transgénero

En los nuevos circuitos que van abriendo la cumbia y la música latina, cada vez pesa con más fuerza la música en vivo. A la hora de salir, por ese intercambio entre el abajo y arriba del escenario, la tendencia es elegir lugares donde toquen grupos. Y con esta dinámica, se reaviva el viejo problema de las condiciones de los lugares. Tom Viano afirma: “Hay muchas orquestas dando vueltas, muchas bandas, mucha música en vivo. Eso es espectacular. Pero hay que lograr que sea cada vez en mejores condiciones. Nos debemos una revalorización de lo que es la música en vivo, hay mucha gente todavía que se llena mucho los bolsillos invirtiendo muy poco. Para mí había dos posibilidades después de Cromañón: cerrar todos los lugares o laburar con los lugares para que puedan existir de una manera que cuide a la gente. Y todavía no se tomaron decisiones políticas serias de valorar los espacios de la música”.

Ya con las puntas de los pies tocando el fin del 2012, año de puro crecimiento para la Orkesta Popular San Bomba, Jalil denuncia problemáticas similares: “Ningún escenario está preparado para nuestra formación, excepto en festivales grandes con más infraestructura. Este año armamos algunas fechas, pero para tocar todos los meses no podés armar todas las fechas solo, así que también nos estuvieron llamando bastante de fiestas. Tocamos en el Konex varias veces que nos invitaron, y al final hicimos ahí una fecha nuestra, que fue un poco como el cierre del año. Es difícil porque mirá, fueron 600 personas al último Konex, y si te digo la plata que nos quedó a nosotros… no nos quedó nada. Hay algo entre lo que hacemos y lo que pasa… el señor konex, en este caso, o no sé quiénes se quedan con mucha plata. Entonces, vemos que va creciendo el público, pero pasa que hay pocos lugares para esa cantidad de gente, y los que hay, obviamente te abrochan mal.”

Quizás este sea un buen momento para volver a poner el tema en la agenda y revitalizar el reclamo. Mientras tanto, los grupos que hoy están en el centro de la escena son conscientes de las problemáticas que los atraviesan y se empiezan a pensar como un colectivo: “Todo lo que sea la movida que se está armando en capital son espacios que nosotros proponemos como espacios de crecer, y de crecer también con otras bandas. Ya pasó la época de pisar cabezas para llegar, ya no va más, está científicamente comprobado que no funciona, no trae la felicidad. Tratamos de verlo como una movida más grande, de vernos a nosotros como parte de una movida más grande.”, dice Viano.

Sonido muy propio

Otro de los puntos de conexión entre la Orkesta Popular San Bomba y Cumbia Hasta El Lunes es su producción independiente. La Orkesta trabaja de forma autogestionada, se pagan como músicos, a partir de una subdivisión según las tareas. Jalil aclara que no en forma de cooperativa tradicional, pero sí colectiva. La misma búsqueda se replica en la producción de los discos: “Para el músico independiente, hacer un disco es plata, si tiene más canciones son más horas de grabación. Un poco con la orquesta lo que hicimos con el primer disco y vamos a seguir en el segundo, es un formato más simple, con menos canciones. Es una forma que nos permite ser contemporáneos de lo que vamos tocando y haciendo. Me parece que para las bandas independientes que tienen esa manera de autogestión, todo el tiempo hay que estar viendo cómo grabar. Por eso, también le dimos como un valor al arte del objeto disco, que sea algo lindo, que se quiera tener y escuchar, y te den ganas de escuchar el próximo. Así y todo sale carísimo, 40 mil pesos es el presupuesto que hicimos para el que viene. Se trata de buscarle la lógica al mercado para poder trabajar desde la autogestión. Nosotros con este experimento que hicimos en este año ya reeditamos y estamos por hacer la segunda reedición, y se vende en los shows y en algunos lugares nomás.”, cuenta Matías.

Tom Viano define a CHEL así: “Somos una banda independiente, grabamos nosotros, mezclamos nosotros, componemos nosotros, y eso es lo que se escucha y lo que sale.” Por su parte, la entrada viene de los shows: “La entrada es el show, es tocar en vivo. Este año nos fue muy bien con el ciclo en Uniclub. Y veremos que pasa con el disco ahora, el año que viene presentaremos.”

Imagen de portada: The soul for Creativity / PH: Manuel Padilla

Cumbia Hasta El Lunes: www.facebook.com/chel.cumbiahastaellunes
www.cumbiahastaellunes.com.ar

Orkesta Popular San Bomba: www.facebook.com/orkestapopularsanbomba
http://orkestapopularsanbomba.bandcamp.com

Como bailan los pobres

Sexo, drogas y no, no es rocanrol, es cumbia villera. Un modo de performar el día a día en el cuerpo. Otra forma de producción. Decir 2001 es decir crisis  y con el fin del menemato la marginación encontró su canal de expresión. “Le dicen gatillo fácil / para mí lo asesinó / a ese pibe de la calle”. ¿Es la cumbia más machista que el rock u otros géneros musicales identificados con la clase media? ¿La cumbia se transformó a sí misma? Pablo Semán aporta su mirada desde la antropología para NosDigital.

Hace alrededor de un año, cuando se cumplían diez del estallido, la rebelión y la bronca (y la rabia, sí, esa rabia que hoy está tan vapuleada, pero que es capaz de mover sujetos, aunar masas y conducir la lucha por un país mejor), se multiplicaron los análisis y los balances de la década que parió aquella crisis. De estudios estructurales a lecturas más micro, de palabras “expertas” a charlas de café, parece que hubo de todo. Y sin embargo, no fueron tantas las voces (o al menos no tan estruendosos sus ecos) que centraron su mirada en la vida cotidiana y en los fenómenos más constitutivos de la persona. Quizás fueron muchos los cuerpos que lo presintieron, pero no fueron tantas las mentes que se permitieron encontrar en la música las claves de una época. Todos escuchamos música y ésta atraviesa nuestra vida, llega a nosotros de forma mucho más directa que la mayoría de los discursos. Nuestro cuerpo mismo, caja de resonancia del pulso más embrionario, tiene ritmo y responde a una sonoridad. En la entonación de nuestras frases, en el tiempo de nuestros pasos y en el timbre de nuestra voz, somos música. ¿Cuántos recuerdan mejor una época de su vida por la banda que escuchaban antes que por las fechas del calendario? ¿Cuántas personas quedan evocadas para siempre en una melodía y cuántos sueños se engendraron en la frase de una canción? ¿Cuánto de nuestra piel está teñido de la danza que creamos para el ritmo de moda? ¿Cuántas películas recordamos mejor por su banda sonora que por el nombre de los actores? Entonces, en vez de marginarla a una práctica secundaria de la vida social, preguntémosle a la música por el tejido de una época y preguntémonos cuánto de esa época es generado por la propia música.

Si decimos 2001, decimos crisis, y eso en música se dice así: cumbia villera. Con rallador y con teclado. Cuando el menemato llegaba a su fin (pero sus consecuencias se sentían cada vez más duras), empezaron a sonar los primeros discos de Yerba Brava, Guachín y Flor de Piedra. Pablo Lescano, creador de esta última y luego de Damas Gratis, fue bautizado por los medios como el padre del género y fue perseguido por las cámaras con una mirada entre inquieta, circense y temerosa. En julio de 2001, declaraba en una entrevista para la Rolling Stone: “Cuando armé Flor de Piedra, me trataron de loco, me dijeron que estaba tirando abajo a la cumbia, con lo que nos costó adornarla, ponerle volados… Nadie me daba bola. Entonces ahorré hasta que pude formar un grupo y grabar una producción independiente. Me pagué el estudio de mi bolsillo, produje a Flor de Piedra y le di el master a un pirata para que lo editara él… Recién cuando vieron que vendía, las compañías se empezaron a calentar…”. Y que sirva de respuesta para la crítica berreta que acusa a la cumbia villera de ser un invento de la industria discográfica y bailantera. Ahora, que con los “negros villeros” se llenaron de guita, nadie lo duda. Para el 2001, se calcula que la venta de discos trepaba las 300.000 copias, sin contar el número arrollador de ediciones piratas y la otra mina de oro que se explotaba a varios shows de cada banda por noche. Con el éxito comercial llegó la masividad espectacular, y, en palabras del sociólogo y doctor en antropología Pablo Semán, compilador, junto a Pablo Vila, del libro “Cumbia. Nación, etnia y género en América Latina, en el centro de la escena estaban “jóvenes, pobres, desempleados, con mucho tiempo libre, con presencia de las drogas y de los medios de comunicación en sus vidas cotidianas, con la posibilidad de hacer música, dijeron: ‘nos dicen que somos esto, nos vamos a cagar de risa de lo que dicen que somos nosotros, y esta va ser nuestra manera de devolver una imagen desafiante’. La cumbia villera fue una música de protesta en tanto consistió en mostrarle al mundo que los miraba la mierda en que se había convertido”. En ese primer disco de Flor de Piedra sonaba: Le dicen gatillo fácil / para mí lo asesinó / a ese pibe de la calle / que en su camino cruzó. / Vos / sos un botón / Nunca vi un policía / tan amargo como vos. (“Gatillo fácil”, Flor de Piedra).

Pero son muchas otras las cosas que sugiere Lescano en esas palabras. En principio, dice mucho de la forma de producción que se entrelaza con la cumbia. No puede pasar desapercibido, y es parte del contexto de surgimiento del género, que un pibe del barrio “La Esperanza” de San Fernando, con poco más de 20 años, pueda juntar unos pesos y grabar su propio disco. Esos 90’ de flexibilización laboral, de desempleo, de retraimiento de lo público, de economías informales y de la pobreza más acérrima, fue también la década del abaratamiento de los instrumentos y de la posibilidad de producir música a bajos costos. Semán afirma: “Cambió la dinámica de formación de grupos, de organización de la música, era posible hacer música y ganarse unos pesos, aún en sectores populares”. En esta historia de rupturas, también se inauguró una nueva estética, que se cagaba en los pelilargos – carilindos de guitarras sin enchufe y gargantas de playback de la bailanta de los años anteriores, y remplazó el raso por el jogging y las zapatillas de marcas truchas. Que los pibes que se subían al escenario se vistieran como todos los días tenía que ver con que la cumbia villera trataba, justamente, de lo que pasaba todos los días. En ese sacarle “los volados y los adornos” a la cumbia, la cumbia villera se distanció del estilo prexistente, como señala Semán: “Para nosotros – alude a la clase media -, cumbia, chamamé, música tropical es más o menos lo mismo, y todo la misma mierda. Para esos pibes producir cumbia villera fue más o menos como para Spinetta producir el rock nacional en contraposición al Club del Clan. Ellos generaron un nuevo estilo musical”. La cumbia villera mandó al traste a los representantes de la cumbia de la patria de la “pizza con champagne” que, prolijos para que las clases medias altas los reciban en sus fiestas, cantaban edulcoradas canciones de amor. Richard, el guitarrista de Damas Gratis, lanzaba en la citada entrevista para Rolling Stone: “A mí me parece que Damas Gratis y la cumbia villera son a la cumbia lo que el punk es al rock. Fijáte: cualquiera puede tocar, no hace falta saber música para tocar esto. Si sonás para la mierda, no importa. Lo esencial es expresarte. Eso es el punk y eso es Damas Gratis.”

La cumbia villera o el neo-punk del conurbano, no tardó en ser tildada de apologética de mil demonios. En julio de 2001, el COMFER emitió el documento “Pautas de evaluación para los contenidos de la cumbia villera”, que enuncia: “Las letras de los temas musicales de la denominada cumbia villera hacen referencia, entre otras cuestiones, a la realidad social imperante en los barrios marginales –tal como la delincuencia, la persecución policial y la escasez de recursos–, al rol de la mujer y al consumo y tráfico de sustancias psicoactivas”. El informe está firmado por el grupo de investigación de Sustancias Tóxicas del Comfer, y cierra con las pautas de infracción y un pintoresco glosario de terminología callejera, que despeja dudas lingüísticas como “Cocaína: merluza, merca, lady, dama, polvo blanco, piedra, Blanca Nieves” o “Descontrol: sinónimo de un situación de diversión exacerbada por el consumo de alcohol o drogas que en algunos casos se presenta con fiesta de fondo” (http://www.elortiba.org/pdf/cumbia_villera2.pdf). Al año siguiente, con el pueblo en llamas que Duhalde intentó apagar a escupitajos, el Ejecutivo decidió hacer pagar las infracciones a los canales que dieran espacio a los grupos de cumbia villera. Así, cuando Damas Gratis obtuvo el premio Clarín como revelación de la canción testimonial, los programas de televisión Pasión Tropical y Siempre Sábado dejaban de difundir a estos músicos. Semán invita a la reflexión: “La cumbia se hizo acreedora a todas las acusaciones, incluso en nombre de motivos legítimos, porque la cumbia podía ser el prototipo de la pobreza de la cultura pobre porque era repetitiva teóricamente, y encima era muy poco defendible porque aparecía como machista. Pero frente a la idea de que es repetitiva, uno se permite decirlo de la cumbia, pero no de otro género. La repetición es un elemento constitutivo de la música y un elemento constitutivo del placer. Y, por otro lado, todos podemos autorizarnos a escuchar a Los Auténticos Decadentes y no tenemos ningún problema si dicen ‘entregá el marrón’, o nuestra generación, de ninguna manera nos cuestionábamos si en el rock había elementos hipermachistas desde canciones de los Beatles, hasta el Blues del Levante de Sui Generis. ¿Por qué ver el machismo en los sectores populares y en los géneros que ellos escuchan, y no en el nuestro?”

Con esa caminata no precisas bailar / Tu mueves esa cola de aquí para allá/ No muevas esa cuna que yo me pongo gede / No muevas esa cuna me despertás el nene (“Berretines de Verduga”, Los Gedientos de Rock). Y sí, la cumbia villera es, ante todo, baile y sexo. Hay algo del deseo encarnado, del placer hecho sudor en un boliche, y para hablar con propiedad, de las ganas de coger performadas en una pista de baile. Y la cumbia la bailamos todos, y unas cuantas nos levantamos la pollera y movemos la pelvis más de lo que nos gusta admitir. La cumbia villera está también en relación dinámica con un cambio cultural respecto de la sexualidad, en el que ésta se enfatiza, se vuelve tema de revistas especializadas y cambia lo que se puede decir y hacer del propio repertorio sexual. Como señala Semán, hay una activación, otra manera de vivir la sexualidad, tanto de parte de hombres como de mujeres: “El baile se desnormativiza y se vuelve más posible, mucha más gente puede bailar, cada uno como se le ocurre. Y entra la sexualidad de una forma mucho más que metafórica e indirecta, en una relación bastante polémica y despareja con la reproductividad y la matrimonialidad. Una sexualidad que no es necesariamente la del amor y la de la pareja se abre de una manera clara y legítima para los hombres, pero no diría que no se abra para las mujeres.” Con el intento de ir un poco más allá del mote que cayó más inmediata y fuertemente sobre la cumbia, el del hipermachismo, Semán intenta poner en juego cuál era la experiencia popular, en toda su fragmentariedad, incluso del punto de vista de las mujeres que bailan cumbia. Sonaba por aquellos años: Ay Andrea vos si que sos ligera / ay Andrea que astuta que sos / ay Andrea te gusta la fija / ay Andrea que astuta que sos (“Andrea”, Los Pibes Chorros”). No se trata de negar el componente violento, ni que son los hombres los que cantan el deseo de las mujeres, sino de señalar que quizás la cumbia expresa nuevas feminidades y una activación sexual por parte de las mujeres que a los hombres se les escapa y los hace sentirse amenazados. Pero claro, como dice Semán: “Con un repertorio limitado de categorías no hay muchas opciones: las mujeres son pasivas o, si se activan, se masculinizan. Es como decir que las letras de cumbia son machistas porque dicen que las mujeres les chupan la pija a los hombres, pensando que a las mujeres no les gusta. Es cierto que toda la cuestión del placer, del deseo y la sexualidad aparece en marcos de largo plazo androcéntricos, pero al mismo tiempo, porque se están modelando nuevas sexualidades, esos mismos marcos pueden empezar a ser cuestionados.”

Esta “música de pobres / musicalmente pobre” fue la música de una generación y de un momento, la música de la joda como trasgresión, donde entraron el alcohol, la droga y el sexo, con sentidos producidos e interpretados de formas múltiples al interior de los sectores populares. Estos jóvenes se apropiaron de su tiempo y encontraron en la cumbia el espacio donde ensayar y constituir experiencias disímiles en relación a la familia, la autoridad, la sexualidad, el placer y las sustancias. Y el cierre es de Semán, que agrega: “Todo lo que hacía a la cumbia como música de protesta tuvo una duración limitada, porque cambió la situación social en la que emergió. Al mismo tiempo, la cumbia villera ayudó a consagrar a la cumbia como el espacio del baile privilegiado, y en su éxito rehabilitó a todas las cumbias juntas. Después vino un largo período de normalización de la cumbia, porque se transformó en la música de un grupo social y de una generación, casi como en los 80 el rock para los sectores medios. La cumbia a partir del 2004 se abrió plenamente a otras sonoridades, reggaetón y música electrónica, la cumbia villera se transformó a sí misma.”

La fiesta de las palabras rompemuros

Salió el nuevo número de ELBA (En los Bordes Andando), revista – fruto del trabajo del taller de expresión que se realiza en la Unidad 26 de la cárcel de hombres de Marcos Paz y la Unidad 31 de la cárcel de mujeres de Ezeiza. El lanzamiento de la edición dedicada al tango y el lenguaje fue motivo de fiesta. Esos mismos bordes por los que andamos fueron escenario para explorar juntos los límites del adentro y del afuera .

Nuevo número de Elba

Lo de afuera es real. Lo de adentro también. Lo único irreal, quizás, sea la reja. Si adentro existen barras de hierro es porque afuera existieron y existen rejas de razones. Y, entonces, la prisión se transforma en ese único lugar en el que el poder puede manifestarse desnudo, en sus formas más pornográficas,  y al mismo tiempo justificarse como poder moral.

La mezcla entre algún Foucault, algún Paco Urondo y algún anónimo disertante puede sonar a chamuyo. Pero algo, sólo un poco, de todo lo que se junta en el vago concepto  de una cárcel, de un encierro, se hizo materia un día de lluvias y relámpagos gracias a un taller de culturas.

El taller literario “En Los Bordes Andando” es mucho más que eso. Entre otras cosas, también, es ELBA. La revista anual que se edita con las creaciones de quienes pasan por el taller, piensan, aprenden, leen, se expresan, critican y escriben. Ellos son los chicos y muchachos de la Unidad 26 del Complejo Federal de Jóvenes Adultos de Marcos Paz  y las chicas y señoras de la Unidad 31 del Centro Federal de Detención de Mujeres de Ezeiza.  Su 5to número, dedicado al tango y su lenguaje, se celebró en el salón de educación física del penal de Ezeiza. A la hora de dar las primeras pisadas, el lugar nos hizo levantar las miradas con sus techos altos, pero de límites bien presentes; donde suele haber un arco se montó el sonido para una tarde de fiesta. Una sola mesa, de las que se sostienen con taburetes, atravesaba el espacio de pared a pared. En una de las puntas nos esperaban los y las protagonistas: los cuerpos, los rostros, las mentes, las miradas y los espíritus de quienes hacen ELBA. Ellos eran el centro de la jornada de lectura, festejo y estrenos. Por algún motivo, corrían el foco e insistían en agradecernos a nosotros por estar ahí.

En los bordes caminan varios y diversos. Hay que aclararlo de entrada. No sólo los negros villeros y de mierda.  Se encuentra, también, una señora elegantemente vestida, de esas que por Palermo son una pieza más del fino decorado. Entonces, ojito, a no generalizar: no todos encajan en el basureado estereotipo de pibes y pibas chorros y chorras. De repente, como si un martillazo golpease el tablero haciendo volar miles de fichas de distintos colores y formas, se encuentran mujeres de Europa Oriental: Polonia, República Checa y Hungría. También de Asia: Filipinas y Tailandia. Y no se descuentan las mulatas ni las trenzas de Centro América: Puerto Rico, Honduras y República Dominicana. Es que la Unidad 31 de Ezeiza es para mujeres de buena conducta, madres y extranjeras. Es allí donde nos reunimos en torno a la necesidad de expresarse desde los márgenes, y pronto nos admiramos de la capacidad de tender puentes entre mundos distantes en situaciones extremas.

Los autores y autoras de la revista esperaron a todos desde el principio del día. Estaban sentados a la guarda de que lleguen los invitados de la fiesta. Los  anfitriones del propio encierro recibieron a invitados varios: artistas, intelectuales, alumnos y alumnas de la UBA, periodistas, músicos y tangueros. Saludaron a todos uno por uno. Se presentaron. “Nosotros escribimos en ELBA.”

Al principio, en el ambiente reinó cierta tristeza y bronca: diez de los chicos de Marcos Paz no habían sido habilitados y autorizados para la salida transitoria. Luego de todo un año de trabajo no pudieron presentar el estreno de la revista junto a sus amigos. “Pero si es casi un traslado, tampoco es que queríamos ir a un parque de diversiones”, se quejó uno de los compañeros. “De todas maneras, vamos a leer sus textos, para que estén acá de alguna manera.” La tarde tuvo que seguir con esa pena.

En esa foto ficticia donde los unos podían ser los otros y donde todos parecían sentados a una misma mesa en cualquier lugar del mundo se dieron a conocer las palabras que evidenciaron lo múltiple y lo complejo. “Hola, soy señora de las cuatro décadas y estoy de vacaciones en el penal”, “I´m from Filipinas and i´m here for droug traffic”, “Yo ser de Polonio y vengo aquí por drogas”, “Hola, cómo va, para mí no importa por qué estás acá, gracias por haber venido a compartir esta tarde con nosotros”, “Buenas tardes, ustedes vieron cómo es, a veces si cometés un error lo pagás y, a veces, si no lo cometés, también”, “Hola a todos, me alegra que hayan venido a conocernos para que puedan entender que estar preso no es simplemente patear rejas”. Los colores de las voces desbordaban cualquier paleta. No solo por los idiomas varios, ni por sus distintas edades, ni por sus ropas diversas, ni por sus lenguajes siempre complejos, sino porque el cuadro de la vista se veía desbordado ante la intención de hacerse conocer, de querer mostrarse y relacionarse con quien quiera comprender que estar preso no es lo mismo que ser preso y que lo múltiple nunca debe reducirse a lo único.

Como para que quede más claro:

María Rowena Villaruz, una mujer filipina y muy joven, después de haber intentado un aparatoso castellano pidió hablar en inglés, aunque nadie la entienda, “solo para sentir que se expresa sin barreras”.

María Ferreyra de Caseros, una madre de cinco hijos que recuperó su libertad luego de tres años por haber sido declarada inocente del motivo de su encierro. Leyó un poema en público dedicado a su nieta fallecida. Se quebró. Todas sus ex compañeras del penal se levantaron y la abrazaron. Nos diría también que ahora, desde afuera, lee lo que escribió mientras estuvo presa y le asombra la oscuridad, la angustia y la bronca que destilaban sus letras.

Carlitos de Soldati se paseó por el penal de mujeres con su camiseta de San Lorenzo. Recordó cuando volvió a la cancha después de 3 años y medio de cárcel sin salidas transitorias y se emocionó. “El futbolero lo entiende”, dijo. Luego, recitó su poema en voz alta para su querido Ciclón: “Te conozco desde el nacimiento del sol y de las lluvias”.

Leíto Jara es de su “hermoso Lugano”. Un galán verdadero. Tiene todos los accesorios: remera al cuerpo, aritos, reloj grandote, jean piola y zapatillitas de futbolista. Las chicas lo relojearon sin pausa. Las más osadas le suspiraron. Pero, él le se limitó a leer un poema a su hija Keyla y hacer llorar hasta a los más peludos y grandotes.

María Hidas es húngara. No habla casi español. Sólo húngaro. Leyó su poema en frente de todos en su propio idioma. Nadie entendió absolutamente nada. Pero todos pensaron y lo sintieron lo mismo: qué lejos queda Hungría de Ezeiza.

Veronika Horackova nació en República Checa y vivió en Ámsterdam. Ahora está presa en Ezeiza. Es la única checa detenida en el país. Es hermosa. Decidió leer su poema en tres idiomas: castellano torpe, inglés perfecto y checo inentendible.

La tarde transcurrió entre sonrisas y mates. El adentro y afuera se puso difuso. Sin los barrotes del prejuicio todo era ambiguo. Estaban los que interactuaban, los que se fundían y los que se cerraban ante todo. Los polos, alguna parte de ellos, resistían, pero sin signos ni esposas.

Desde un costado, detrás de un vidrio, miraban los vigilantes. Los uniformes oficiaban de un gran Gran Hermano detrás de un vidrio algo espejado. Una clase de tango dejó algunas parejas que se sonrieron y se miraron a los ojos por más tiempo del pensado alguna vez. El afuera y el adentro era solo una indicación para los pasos de baile: para poder hacer una “C”, un ocho adelante o un ocho hacia atrás. Hubo abrazos toscos, apretados, amistosos, calientes, aparatosos, distantes y fraternales; entre risas nerviosas y miradas profundas, nos encontramos y nos fundimos en una ronda que siempre volvía sobre sí misma reafirmando el sentido de comunidad que empezaba a emerger.

En esos instantes de tanto tango llegaron desde las celdas algunas madres con sus bebés y otras tantas embarazadas. Ezeiza es el penal donde hay un jardín maternal, donde muchos pibes y pibas nacen y se crían junto a sus madres y sus compañeras de pabellón. Se cuidan las criaturas entre unas y otras y se cuidan también entre ellas. Entre llanto y llanto se animaron a tirar algún pasito de 2X4. Quienes no se lanzaron al abrazo, permanecieron alrededor de la ronda y se encargaron de circular lo que habían cocinado para la merienda.

Luego, llegó la música y algún bandoneón resultó un poco ajeno para algunas miradas. Se sumó una flauta piccolo y otros tangos más. Aplaudían al unísono y los que sabían los temas se animaban a cantar desde los bancos. Después llegaron las guitarras y la cosa se puso más movida. Canción va, tango viene, dos chicas se pararon y se animaron a practicar unas piruetas que habían aprendido recién. De a poco se fueron acercando al cantante.  De lejos lo miraban y él se sonrojaba. Mucho chiflido y grito bien agudo como para hacer sonrojar a los muchachos. Una de las chicas se fue a su banco. Quedó bailando Moira solita, alias “Shakira”. Remera flúo amarilla, shortcito de jean, medias de red y zapatillas plateadas. Una reina. Se acercó meneando mientras las guitarras marcaban el compás final de algún candombe. Sin preguntar ni tropezar se sentó a upa de quien cantaba y lo abrazó con ambas manos por sobre su cuello. El tipo quedó rojo como un tomate. Ella le pidió respetuosamente el micrófono y lo apuró: “Ahora, la pregunta es: ¿vos qué tocas?”. La sala estalló de risa. “Las cuerdas vocales”, contestó él con algo de rapidez. “Ahhh, entonces puedo ser tu instrumento…” La sala rompió en un único rugir de ovación: “¡Shakiiiiiira! ¡Shakiiiiiira! ¡Shakiiiiiira! ¡Shakiiiiiira!”.

En el descontrol de las bandas llegó más gente y más gente. Desde la puerta que dividía las cárceles del cuarto intermedio de igualdad salieron tres chicas agarradas del brazo. Dos de ellas de Tailandia, la otra de Puerto Rico. Hablaban en inglés, claro. Se sentaron detrás de unos estudiantes de la UBA que presenciaban la actividad. Ellos tomaban mate y no tuvieron mejor idea que ofrecer.

-¿Quieren un mate, chicas?- dijo uno

Las dos tailandesas miraron a la traductora puertorriqueña y le dijeron: “What´s that?”.

-¿Qué es eso?- preguntó la morena de trenzas

Los chicos alcanzaron a responder: “Mate”.

Entre idas y vueltas las terminaron convenciendo. Una de las chicas de Tailandia agarró el mate y no supo que hacer. Sacó la bombilla y todos le gritaron “¡Nooooooo!”. Ella se asustó y dejó el matienzo. La volvieron a convencer. Con mímicas muy claras, juntando los labios y frunciéndolos, le indicaron que debía chupar, sin más, de la bombilla. Lo hizo. Su cara medió entre ser educada y evidenciar que le había parecido un asco. Se rieron todos. Luego pasaron por el ritual las otras dos muchachas. También tuvieron una eterna duda e indecisión con la bombilla. Tampoco les gustó.

Los músicos habían terminado. Las chicas cantaban: “Una más, si no, no se van” ¿Será que en la cárcel no se jode? Antes de enfundar sus guitarras, agradecieron y dijeron que nunca habían tenido un público tan entusiasta.

Cuando la comida ya escaseaba y todo tomaba un matiz final la cumbia se hizo escuchar. Desde algunos parlantes empezaron a sonar esos ritmos que hacen mover las carnes. Todas bailaban, eh. Las de Europa Oriental, las de Lugano, las de la 31, las de Filipinas, Tailandia, las de UBA. Y los pibes también, claro. Aprovecharon y se metieron en el baile. Entre meneo y meneo, cuerpo a cuerpo, se divertían y la pasaban bien. Sí, aunque resulte difícil entenderlo y creerlo: la estaban pasando bien. También volaron algunos besos y abrazos. La cosa se puso, hay que decirlo, algo cachonda. Y con un golpe de cadera, alguno se habrá puesto a pensar si en este encuentro no estaremos liberando nuestros cuerpos, moviendo un poco el culo alrededor de tanto barrote (las de la cárcel y las que aprisionan desde adentro). Entre las danzas, sentimos que algunas posiciones de dominación se inviertían, que desafiábamos las lógicas del encierro y realmente experimentamos en la propia carne la fiesta de expresarnos desde nuestra libertad más honda. Entre tanto cachengue la música cesó. Se escucharon algunos insultos. Pero, no había más remedio que irse ¿A dónde? Depende. Y sí; la realidad suena a reja que cae con un golpe seco.

Algunos se despidieron con mayor efusividad. Otros dejaron números de teléfono de algún pabellón o de alguna casa. Se volvieron a saludar y se fueron. Las puertas eran iguales, pero no: no eran las mismas. Una dejaba a esos seres mirando hacia los bordes a través de las rejas de siempre. La otra indicaba el camino hacia la cárcel.