¿Cómo hacer para escribir y que te lean?

Si un artista es todo el que quiere exponer lo que hace, ¿cómo se hace para llegar a un público? Nos juntamos con el escritor y editor Sebastián Barrasa para repensar los mecanismos de publicación, las lógicas editoriales y los circuitos no comerciales en los que gira este mundo de letras.

En el entramado impreciso de letras que es la vida de cualquier escritor existe siempre un punto y aparte. Un pinchazo en el estómago, una sed nueva en la garganta, un deseo que se hace carne entre manos impacientes: las ganas de mostrarse. Publicar es hacer público, es exponer lo propio a la mirada del otro, y en este sentido está lejos de reducirse al limitado formato de un libro. “Publicar, por ejemplo, es hacer una performance con mis textos. Publicar es hacer una muestra mural de mis textos combinada con artistas plásticos. Publicar es también poner mis textos en un blog. Publicar es poner mi libro en un pdf y subirlo en alguna página de libros digitales. O publicar es ponerlo en mis notas en Facebook, o grabarme leyendo los textos y ponerlos en YouTube, o publicar es también agarrar mi material y llevarlo a un libro”.

Así dice Sebastián Barrasa, poeta, coordinador del Grupo Literario Cruzagramas y director editorial de Ediciones Artilugios, que en esta nota reflexiona con nosotros acerca de los diversos mecanismos posibles de publicación, las diferentes lógicas editoriales y los circuitos alternativos en los que se mueven y se muestran los autores no consagrados.

En el campo literario, es una asociación prácticamente natural la que une la idea de publicación con la de un material escrito, en desmedro de otras formas de manifestación de lo poético vinculadas a la oralidad. Más específicamente, la concepción de publicación imperante en el imaginario social remite de modo casi directo al libro sin atender, por ejemplo, a los múltiples soportes digitales existentes. “Convengamos que el libro en papel es una tecnología vieja, por más que todavía esté presente esa cuestión romántica de querer el libro, tocarlo, mirarlo, tenerlo”. Al margen del orgasmo que para la gran mayoría de los autores puede significar sostener el propio libro en las manos, debe destacarse que se trata de una tecnología sumamente cara (baste con considerar que más del 50% del costo de producción de un libro consiste en el papel y la tinta).

Como contrapartida, Internet ofrece soportes digitales de publicación con costos prácticamente nulos. Las redes sociales y su flujo constante dejan entrever la naturaleza creativa del hombre: en la web interactiva el sujeto dejó de ser un receptor pasivo, como en la televisión, para participar y exhibir ante los otros las propias creaciones. Sebastián arriesga que quizás se deba a la masividad y simplicidad de estos mecanismos el hecho de que los propios autores los consideren como canales menores.

Lo cierto es que el material en circulación es cada vez más abundante, y este fenómeno, aunque definitivamente positivo desde el punto de vista cultural, genera ciertas dificultades para aquellos autores que desean vivir del arte, en tanto enfrentan una competencia muchísimo mayor. “Ahora cualquier pibito con una computadora hace un poema, y un poema que capaz está mucho mejor que el que hago yo elaborándolo y pagando cinco o siete lucas para imprimirlo en un libro, y capaz el pibito lo puso en el blog y tiene cien mil visitas”. Tal vez con el tiempo, aventura Sebastián, los espacios digitales adquieran una mayor legitimidad como lugares posibles de publicación, en los que el propio público validará quién es el verdadero artista  (y no una academia, una editorial o el propio Estado). “De alguna manera, gracias a Internet estamos entrando en una especie de anarquía natural, utilizando el término anarquía en un sentido más que positivo, no como el caos, sino como la expresión mayor del orden, del auto-orden”.

Pero por el momento la fascinación por el objeto-libro persiste, y la aspiración de la gran mayoría de los autores continúa puesta en él. Sin embargo, debe considerarse que el enérgico deseo de ver la propia obra en papel pierde sentido cuando los lectores escasean. En este sentido, apunta Sebastián, el primer motor de cualquier libro debe ser su autor, quien tiene que trabajar para que su material circule y construya progresivamente un público, de modo que cuando ese material se encuentre impreso en papel, cuente con un conjunto inicial de lectores cautivos. “Esto es lo que hacen los músicos. Los autores literarios lamentablemente son un poco menos curtidos en la vida under, están como esperando que venga el señor editor y diga: yo soy el Señor Planeta y vengo a publicarlo a usted porque sé que usted debe ser muy bueno, así que le garantizo que lo voy a publicar y lo van a leer cien mil personas. Y eso no ocurre, y no tiene por qué ocurrir”.

Momento entonces de sumergirse en los intersticios del mundo editorial. Para comprender su funcionamiento deben considerarse las principales tareas de la editorial al momento de encarar una publicación: la selección del material, su revisión y corrección, el diseño de interiores (distribución del material dentro del libro, tipografía, estética de las páginas, etc.), el diseño de tapa y el proceso legal de registro del libro (que implica fundamentalmente registrarlo en la Cámara del Libro, conseguir así el número de ISBN, y cumplir con la entrega de cuatro ejemplares destinados a la Biblioteca Nacional, la Biblioteca del Congreso, el Archivo General de la Nación y la Dirección Nacional de Derechos de Autor).

Resulta evidente que existen editoriales que manejan diferentes recursos, y que poseen por ende lógicas editoriales variables. “Las editoriales grandes, que están en la industria editorial y que después te venden sus libros a 150 pesos, y que aparte te imprimen 50.000 libros, y tienen toda una cadena de distribución, y saben que van a poder recuperar esa inversión, tienen equipos de selección, de corrección, una infraestructura que las editoriales pequeñas, las que se llaman independientes, no tienen”. Por este motivo, las pequeñas editoriales se ven impelidas a reducir los costos, descuidando para ello algunas de las instancias del trabajo editorial. Así, por ejemplo, se delega el proceso de selección del material en el propio autor, se corrigen solamente los errores frecuentes sin realizarse una lectura completa del material, o se prescinde de un verdadero trabajo de diseño de interiores, lo que muchas veces da como resultado letras muy pequeñas o márgenes demasiado estrechos que dificultan la lectura. “Son decisiones de cada editorial, y son respetables. Porque a la larga, si el objetivo era publicar al autor y yo pude abaratar costos y hacerlo, también es válido”.

En Argentina, la Cámara del Libro reconoce tres niveles de edición: las ediciones de autor (en las que un autor independiente se autopublica sin conformarse como editorial), las ediciones eventuales (editoriales independientes que publican libros ocasionalmente) y las editoriales-empresa (las grandes editoriales, que pueden costear la afiliación a la Cámara). Lo que varía entre ellas, básicamente, es el rango de números ISBN (suerte de “número de documento” del libro). Para ingresar en el circuito de distribución comercial, explica Sebastián, ese número es fundamental, y en general las librerías demandan además un sello editorial y un código de barras. “Porque también está todo muy industrializado, y hoy las librerías son como supermercados”.

También existe, por supuesto, la posibilidad de autoeditarse sin previo registro en la Cámara del Libro. “Hay muchísimos autores del under que se editan a sí mismos para abaratar costos: van a una imprenta, se compran una engrampadora, arman el libro por su cuenta y así se abaratan mucho los costos en plata, aunque no en tiempo”. Entonces, Sebastián hunde su mano derecha en la biblioteca, y entre dos cartoncitos verdes aparece entre otras muchas la historia de Leo Capucci, que “agarró dos cartones, una cinta de enmascarar, imprimió, cortó y abrochó todas las hojas y recortó cosas de revistas viejas que tenía por ahí, uno de los hijos las pintó con témpera, otro pegó pedazos de cómics y cosas por el estilo.” Así, todos los ejemplares son distintos y originales, y el libro deviene también un objeto en sí mismo. Para asignarle un valor, cuenta Sebastián, el autor encara a su potencial comprador diciendo algo así como “este libro cuesta tanto, ¿para vos cuánto vale?”.

De un modo u otro, entonces, entre engrampadoras, cartones y papeles a veces torcidos, hoy muchos autores se publican a sí mismos. “Y una vez que armaron sus libros, se encontraron con otro tema: cómo hacer para que ese libro llegue al público. Entonces empezaron a buscar sus canales: fueron a leer a algunos lugares, o empezaron a vender sus libros en bares, o en plazas, o en eventos. Se empezaron a cruzar entre ellos. Y un poco así nace la Feria del Libro Independiente”.

La FLIA reúne editoriales, escritores y artistas independientes en una organización horizontal y asamblearia, que realiza recurrentemente ferias en las que todos ellos muestran y ofrecen al público sus producciones. La Feria del Libro Independiente no se realiza una vez al año, en una fecha determinada. Se organiza, por el contrario, cuando se la considera necesaria. Generalmente tiene lugar en situaciones de contracultura, que ponen al descubierto el alto contenido sociopolítico existente detrás de esta organización. “Por ejemplo, estaban cerrando un centro cultural, hacemos una FLIA. Una fábrica recuperada, hacemos una FLIA en su apoyo. La Facultad de Sociales recupera el estacionamiento que le corresponde, pero que había sido privatizado por el Decano en la época de Menem, la FLIA se hace en ese lugar. Se hizo en Sala Alberdi cortando la calle, se hizo en el Parque Centenario en el primer intento de enrejado, se van haciendo siempre en situaciones contraculturales”.

El proyecto fue creciendo de modo notable: no solamente participan cada vez más autores, sino que además la FLIA experimentó una gran expansión al realizarse en el Conurbano, en el interior del país, e incluso en varios países de Latinoamérica. La Feria del Libro Independiente, apunta Sebastián, casi recuerda las antiguas ferias medievales, lugares de encuentro a los que los productores llegaban con el excedente del tributo que pagaban al señor feudal. “Cuando uno la ve dice: ah, esto es una feria. Es el autor, es el editor ahí al lado tuyo, vos estás yendo a hablar con el autor y él mismo te vende su librito, impreso más o menos, o impreso muy bien, porque que esté en la FLIA no implica que sea de mala calidad”.

FLIA también es familia, y esta reminiscencia no es casual: se trata de una organización que funciona de modo horizontal y autogestivo. El debate en torno a la “A” de la sigla deja traslucir la dinámica de un espacio en el que todos son creadores de significados e intenciones. “Cada uno le pone a la ‘A’ el significado que quiera. Entonces algunos dicen Feria del Libro Independiente y Alternativa, y otros dicen Autónoma, Autogestiva, Anarquista, Afectiva, Amorosa. Cada uno construye su propia FLIA. A diferencia de la Feria del Libro oficial, que es un lugar de desencuentro, en donde cada uno está en su lugar y de hecho hay una competencia casi desleal con los de alrededor, la FLIA es un canal de difusión del material, y a la vez un lugar de encuentro de toda esta gente. Una verdadera feria.”

http://talleres.cruzagramas.com.ar
http://www.edicionesartilugios.com.ar/

editoriales

nuestros surcos

Por Florencia Baliña
Vamos pedaleando
contra el tiempo,
 soltando amarras.

El murmullo de las moscas se pierde entre las paredes de esta casa inmensa y el beso dulce de mamá todavía me late en el cachete. La abuela desteje un naranjo en puntas de pie y mientras tanto me grita que suerte, que por favor andá con cuidado. La mermelada tibia hierve en la cocina y ya casi da ganas de volver. Pero papá espera en el portón, sentado a la sombra de un árbol frondoso, y las ruedas de mi bici dibujan medialunas en el pasto húmedo mientras me acerco despacito hasta él. Las rejas se abren con un quejido sutil y papá me mira los ojos tan abiertos y me dice tranquila, que pedalear es más o menos como caminar las nubes, como patinar por las cuerdas finas de un violín. Y entonces sí la calle de tierra y este miedo bobo, el terror del raspón en la rodilla y el barro en la boca. Un gorrión cierra las alas y descansa su vuelo urgente en la mitad del camino. Adelante papá dibuja surcos con las ruedas, y en sus huellas juego a leer mi cuento preferido. La malla mojada se me pegotea entre las piernas y mis ocho años de muñecas y libros viejos se me pierden entre los poros. Un roble abre las hojas y se sacude la noche fría. Un auto rojo se acerca a los tropezones y nos envuelve en un nubarrón de tierra mientras nos pide el paso. En la orilla del sendero el barro es más denso, los mosquitos bailan sobre el pasto y me muerden las piernas descubiertas. El sol arde en la nuca y una oruga verde y gigante se mezcla con la primavera. El sudor es una gota gorda y espesa que serpentea en mi espalda cuando pasamos esa casona linda e imponente que a mí me parece casi un castillo, y entonces le digo papi cuando sea grande me gustaría vivir acá. Entre las ramas de los arbustos bajos resuenan los gritos de una pileta llena de niños. Una comadreja caprichosa atraviesa la calle sin tocar bocina y se apresura a hundirse en las profundidades de un pozo oscuro. La sonrisa bigotuda de papá se da vuelta y desde lejos me señala una nube con forma de flor. Las lágrimas de un sauce me despiden mientras paso y con papá seguimos pedaleándonos, contándonos la vida, riéndonos de los tambaleos y las lomas de burro, con este olor a fruta madura que nos tiñe la alegría, con este verano tibio que se nos seca en el pelo. Y entonces la cabina amarilla, el cantar de las chicharras y unos metros después el puente, este puente de autopista, donde la tierra desaparece y las ruedas zumban cómodas acariciando el asfalto, y ahora él y yo somos más livianos, las bicicletas se deslizan con la suavidad de un trazo y empiezo a entender mejor esto de patinar sobre las nubes y los violines. Cuando estamos del otro lado sé que llegó el momento de pegar media vuelta, de cruzar otra vez el puente, con un hasta pronto que se me deshace en el paladar como esas pastillas ácidas que nos gustan tanto, y entonces de nuevo la cabina, la casona, la oruga que sigue quietita justo donde la dejé hace un instante, la tierra que me espolvorea los pies, que me mancha esta infancia de caramelo, y con confianza ahora me animo y pedaleo más rápido, siento el viento que me despeina las escamas. Le grito a papá que el que llega primero gana, y así el camino de vuelta siempre parece más corto, el perro del vecino nos corre algunos metros silbando contentura y nosotros nos reímos con ganas hasta que el portón nos frena en seco. Bajamos de las bicis y entre los dos empujamos, papá sonríe y me deja creer que sin mi fuerza no puede, sabemos que detrás de estas rejas nos espera el calor, la pileta y la mermelada de naranja, y mientras él me bordea los hombros en un abrazo que me parece una caricia del sol, los dos caminamos juntos hasta la casa donde ya nos esperan para el almuerzo, hasta este descansadero del mundo que es casi un nido, rincón de recreos donde por un rato no hay celular ni oficina ni cigarrillo y todos jugamos a ser los nenes que en realidad somos.

Florencia Baliña camina con las palabras con el mismo cuidado y la misma ternura que con la vida.  Publicó cuatro piezas literarias con el grupo literario Cruzagramas en los libros BLA y Coma. Su mirada literaria no se detiene en lo superficial, sino que viaja por las venas de los sentimientos de la gente. Para leer y apreciar su manera de contar, todos pueden entrar al blog del que es autora http://a-la-perinola.blogspot.com/