El olvidado infierno de Avellaneda

Esta es una de las tantas historias del fútbol argentino que empiezan con poder, siguen con violencia, parecen terminar con muerte, pero no: culminan con injusticia. Esta es la historia de Christian Leonel Rousoulis, un pibe de Independiente que sólo fue una vez a la cancha.

Nada podía quitarle la convicción. Eran sus gestos. Porque incluso mientras masticaba ese último choripán en la feria de Villa Domínico, no abandonaba la sonrisa que siempre tenía pegada al cuerpo. Era parte de él: no importaba cuándo ni cómo. Por eso, ese domingo 22 de diciembre de 1996 en el que el calor pesaba como suele pesar cada fin de año bonaerense, no dudó cuando un amigo del barrio lo invitó a dar una vuelta. Tampoco titubeó cuando supo, desde un comienzo, que al compañero de aventuras le faltaría plata y que debería pagarle el almuerzo. Tan sólo, una vez más, pensó en la fenomenal alegría de pasar un rato con un socio del barrio.

Y a nadie que lo conociera le podía resultar raro: la felicidad era argumento constante en la vida de Christian.

Así vivía, así respiraba. Christian era parte de los que se animan siempre a favor de la existencia. Tenía 26 años y vivía en una Argentina que cada día iba quebrándose más y más los tobillos en el desempleo y en la pobreza del neoliberalismo. Como un visionario de todo lo que podría llegar a suceder, había decidido dar un salto hacia un nuevo vuelo que lo llevaría a trabajar a una ciudad que quedaba a una hora de Atenas, en la Grecia donde se enclavaban los orígenes de su historia familiar. Imaginó que era un cambio necesario. No porque ya no se divirtiera en el segundo piso de esa enorme casa que sus padres habían construido en Villa Domínico. No porque se hubiera aburrido de esos amigos que había encontrado en Avellaneda y no en Congreso, donde sus días transcurrían con intensidad antes de irse para el Gran Buenos Aires. No, tampoco, porque hubiera dejado de querer tanto como quería a su hermanita menor. Era, tan sólo, porque viajar a Europa el 2 de enero que se venía tenía que ver con seguir soñando: con ir a conquistar otro mundo con su alegría.

Christian no había terminado el secundario. Apenas le quedaba un puñado de materias que rendir, pero la posibilidad de irse a Grecia junto con sus abuelos paternos lo seducía mucho. La primera idea era que viajara unos días antes de que terminara el año, pero se negó: no quería dejar de pasar las fiestas con su hermana y con su mamá. Total, algunos días más no iban a moverlo de ese proyecto que lo atrapaba con una emoción profunda. Una que latía tan fuerte como para dejar de lado los estudios o la enorme amistad que sostenía con sus amigos del barrio, esos a los que se había asociado sin importar la diferencia económica que siempre los separaba: como sucedió el 22 de diciembre de 96, Christian solía financiar el alimento de sus compinches sin pedir que le devolvieran algo.

Algo de nómade tenía aquel muchacho que había pasado de Congreso a Villa Domínico con muchísima felicidad y que ahora planeaba irse bien lejos, a un lugar que sólo había conocido en alguna vacación familiar. Algo que suelen llevar adentro los buscadores de dulzuras. Algo que, quizás, sus papás habían pensado para él desde el momento en que decidieron ponerle Christian Leonel. Un nombre que en cada detalle tenía una explicación: Christian, por el corazón valiente de Cristo y Leonel, por la potencia inapelable que suele tener el león en el centro de la selva.

Christian, entonces, se lanzaba a ese recorrido solitario. Al menos, en un principio. Porque su papá era un embarcado que solía recorrer el mundo y que pasaba mucho por Grecia. Y su mamá y su hermanita también planeaban irse con él a armar los días en la tierra de Platón y Aristóteles. Todo era parte de un proyecto que se había construido con la sigilosidad de un cálculo combinado perfecto, todo era para encontrarle otra puerta a la felicidad.

Pero en el medio, poco más que una semana antes, pasó el infierno.

Todo un infierno que llegó sin ninguna explicación.

Porque ni con el pulmón diciendo basta. Ni con el intestino grueso hecho migajas. Ni con dolor constante de dos puñaladas puestas a flor de piel. Ni con el cuerpo recostado contra una camilla. Ni con el comienzo de una madrugada que no lo dejaba volver a casa. Ni con los sueños que se le iban derrumbando a la vista, Christian tendría la oportunidad de entender la infinita desgracia que podía suceder en un lugar que, hasta ese día, desconocía.

“Viste lo que me pasó, es la primera vez que vengo a la cancha”, le dijo a un señor que también estaba herido, mientras lo entraban al hospital Fiorito de Avellaneda, donde los médicos pasarían las horas siguientes tratando de hacer lo imposible para sanar todo lo tremendo que había quedado del partido del domingo que Independiente le había ganado a River. O, mejor dicho, todo lo terrible que había dejado un sector tan específico como violento de hinchas que había ido el 22 de diciembre de 1996 a transformar una cancha de fútbol en espacio para una masacre.

Era de tarde, era todo una humedad y, sobre todo, era una locura que centraba la principal de sus sinrazones en un solo punto: la mirada sedienta de quilombo de la barra de River. O en su estampida, que al salir de la cancha de Independiente había vuelto tierra de nadie la intersección de la avenida Mitre y la calle Italia. O en el saldo que todo eso había dejado: un bar destrozado, gentes escondiéndose en todo lo que encontraran para que no les robaran, montones de pequeños afanos, un padre y un hijo apuñalados dentro del estadio, un pibe con la cabeza destrozada a golpes y un chico de 26 años con dos heridas mortales. Un chico que era Christian.

Apenas le quedaban a Christian dos domingos en Buenos Aires. Apenas algo más de una semana para despedirse de toda su banda de amigos. Por eso, aquel penúltimo domingo agarró su bicicleta y decidió partir cerca del mediodía con un amigo para disfrutar el cierre del fin de semana. Estaba soleado, así que salió con un short, con una remera y con una gorrita que le servía para acomodar uno de sus rasgos más distintivos: un descontrol de rulitos que servían para que cualquiera lo reconociera desde lejos. Aunque ese domingo lo que lo complicó no fueron los pelos, sino eso que los cubría: esa visera roja que tenía un diablo dibujado en el centro.

A Christian el fútbol no le interesaba. Tampoco Independiente. Es que a su papá nunca le había atraído el planeta de la pelota y nadie iba a encontrar en su casa esa imagen clásica de domingo a la tarde en la que padre e hijo se sientan al lado de la radio o enfrente de la televisión para ver algo de deporte. No le interesaba ni se le ocurría hacerlo. De hecho, era hincha del Rojo por una cuestión barrial, ya que en Villa Domínico –donde el club tiene un predio grande donde se entrena el plantel profesional- todos sus amigos simpatizaban con la camiseta de ese color. Es más: nunca había ido a una cancha a ver un partido.

Hasta esa vez.

Ese 22 de diciembre vio que el mediodía pedía salir a recorrerlo y pedaleó hasta la feria del barrio. Aprovechó que su mamá iba a estar ocupada haciendo las compras  para las fiestas, buscó un amigo que lo acompañara en la gira y se fue de excursión por las calles de Villa Domínico. Terminaba el año, terminaba el campeonato de fútbol y su amigo le propuso ir a la cancha a ver un clásico que, por condiciones naturales, parecía que iba a ser lo bastante tranquilo como para no preocuparse: Independiente, que venía haciendo un gran torneo de la mano de César Luis Menotti, jugaba de local contra River, que de la mano de Ramón Díaz ya se había consagrado campeón fechas antes. Es decir: un partido que se jugaba solo para completar las diecinueve fechas del torneo.

Nadie supo dónde, pero en algún lugar de su Avellaneda dejó la bicicleta y se fue a la Doble Visera para estrenarse en una popular. Pagó su entrada y la del amigo porque su compañero no tenía plata siquiera para el colectivo. No le importaba: la experiencia de ir a una cancha es algo que encandilaría hasta a un extraterrestre. Y ahí fueron. Y ahí vieron un gran partido, en el que Independiente desplegó un estilo de los más bonitos y ganó 3-1. Y ahí Christian gritó cada uno de los goles. Y ahí, también ahí, al salir del estadio, pasó todo eso que sólo puede llamarse, una y otra vez, el infierno.

Al menos, su mamá, Nora Tarraga de Rousoulis, lo sigue pensando así, aunque ya haya pasado mucho tiempo. En ella, en definitiva, vive el relato de todo aquello que pasó ese día y que muchos, muchos que lo vieron, se negaron a contar. En ella, entonces, vive todo lo que tiene que ver con Christian.

Nora lo cuenta. No tiene problemas en hacerlo aunque el alma se le retuerza en tristezas. Pero lo dice sin ningún temor. Es más, lo hace ofreciendo unas facturas y todo el cariño del mundo. “Nora Tarraga de Rousoulis, la madre de Christian, nunca ha cesado en su demanda por justicia y castigo a los culpables de la muerte de su hijo”, dice un ejemplar del Diario Popular que ella muestra sentada en el living de su departamento en Congreso. Su casa es la misma en la que vivió antes de irse a Villa Domínico, ese lugar al que –según cuenta- desearía nunca haber ido. De alguna forma, regresar a Congreso. De otra, fue escaparse de la casa donde nació el infierno. O, también, es una manera de seguir recordándolo en todas las horas: esa propiedad sigue estando a nombre a Christian. Varias veces él le había sugerido a su mamá que la pusiera a nombre de su hermanita –que apenas tenía quince años- porque estaba convencido de que él iba a poder construirse su propia casa.

A esta altura, el relato de Nora parece el de una experta. O, en realidad, no parece: es una experta. No lo era la tarde en que asesinaron a Christian, cuando todavía no sabía que existían las barra bravas, estaba enterada de que podían existir dirigentes que se manejaran con matones, cuando desconocía que los jueces podían desacreditar pruebas sin razón alguna, cuando pensaba, incluso, que no hacía falta poner un abogado que le pidiera a la policía que investigara por qué una madrugada la habían llamado para decirle que su hijo estaba internado en el hospital Fiorito.

“Yo esa noche no podía dormir. Eran las dos de la mañana y Christian todavía no había llegado. Yo sabía que él solía irse, pero no lo veía desde el mediodía. No llegaba y no llegaba, hasta que sonó el teléfono”, relata Nora que, todavía, se acuerda de cada detalle de ese día, incluso que había dejado en la cocina un pollo comprado en la rotisería para que Christian tuviera para comer.

Esa noche, ella no era la única a la que el insomnio le intimidaba el sueño. Desde la ventana, podía ver cómo Perla, la perra de Christian, daba vueltas en el aire y ladraba sin parar. Como parte de ese sexto sentido maldito, tanto ella como la ovejero alemán sentían que algo raro estaba pasando. “Sonó el teléfono y del otro lado me dijeron que fuera acompañada de alguien al hospital Fiorito. Me explicaron que Christian estaba internado. Yo estaba desesperada. Mi marido estaba en un barco, la nena era chica y mi mamá era ya una señora grande como para que yo la llevara. La situación era terrible”, cuenta con los ojos cerrados Nora, como si no quisiera ver nada de lo que va saliendo de su boca.

Todo en la cabeza de Nora era incertidumbre. Lo último que sabía de Christian era que había agarrado una bicicleta y que se había ido con un amigo a comer un choripán a la Feria de Villa Domínico. No tenía idea, ni se le pasaba por la cabeza, que su hijo hubiera viajado a la cancha a ver a Independiente. Mucho menos que a la salida del estadio, la barra de River iba a copar la avenida Mitre, iba a ver a su hijo en la parada del colectivo e iba a apuñalarlo por la espalda.

Llegó al hospital con una cantidad de esperanzas que se iban desmoronando en el paso de las horas. La madrugada del 23 de diciembre la recibía con lo que sería por siempre el peor día su vida. La espera en el sanatorio, la policía tomándole declaraciones, la falta de certeza de qué es lo que había pasado, la prensa intentando averiguar algo y la falta de conocimiento sobre todo eso que sucedía eran desesperantes. Estaba convencida de que todo podía llegar a salir bien, pero cerca de las 19, salieron y se lo dijeron: “Su cuerpo no pudo soportar más. Falleció”.

El dolor y el vacío le abrieron a Nora otra puerta de su vida: la de entender dónde había arrancado y dónde había terminado el infierno. Tres días después del asesinato, salió a recorrer Avellaneda para buscar testigos. Fue el domingo siguiente para verificar cuáles negocios estaban abiertos. Quién podía haber visto qué fue lo que pasó. Y aparecieron posibles voces: un abogado que estaba sentado en el café García Lorca donde la barra de River había entrado a robar, un guardia y los empleados de una estación de servicios del Automóvil Club Argentino.

Pero la voz más importante no apareció ahí. El 2 de octubre de 1997, algo menos de un año después, Rito Ramón Barrios, un barra de River, se presentó a declarar al Departamento Judicial de Lomas de Zamora contando la historia con más datos que se haya escuchado sobre este caso. Según lo que atestigua, al salir de la cancha, la barra de River se cruzó con la de Independiente y se empezaron a tirar piedras. Frente a la agresión, uno de los jefes de la hinchada de aquel entonces, Luis Pereyra –conocido como Luisito- (el otro era Edgardo Daniel Butassi, conocido como El Diariero), juntó a todos y les dijo que “había que hacer quilombo”, Barrios señaló que se encontraban Adrián Rousseau y Alan Schlenker –quienes años después llegaron a la tapa de todos los diarios al estar involucrados en una pelea por el mando de Los Borrachos del Tablón que derivó en el asesinato de Gonzalo Acro, un joven de 29 años también metido dentro de la disputa por el manejo de la hinchada-. Y, más allá de eso, aseguró que quien asesinó a Christian Rousoulis fue alguien llamado Gustavo.

Un Gustavo al que la Justicia nunca llamó a declarar.

Nora va abriendo páginas de la historia poco conocida de quién asesinó a su hijo. Asegura que no hubo un enfrentamiento con la gente de Independiente. Que el problema fue interno de River. Que hinchas del club de Nuñez ya habían sido agredidos dentro de la tribuna por gente de la barra. Que el que dio la orden fue Pereyra, quien tiempo después estuvo prófugo y, luego, volvió a la institución como entrenador de inferiores. Que el asesino de su hijo –asegura Nora- fue un medio hermano de Albino Saldivia, a quien apodaban el Mono y quien se encargaba de repartir las entradas entre la barra. Que lo mataron entre dos: uno le pegó y el otro le dio los dos puntazos. Que igual nada de eso tiene sentido porque la Justicia en la que ella creía antes de que pasara todo, en realidad, no existe.

Y no hay modo de refutarle lo que dice. Porque la causa del asesinato de aquel pibe soñador hoy prescribió, aunque en 2008, luego del asesinato de Acro, la reabrieron para que todos los acusados, en un careo, aseguraran haber olvidado todo. Porque tuvo tres abogados y no logró nada en ninguno de los casos. Porque una tarde apareció un celular que tenía un mensaje que apretaba a Alfredo Davicce, amenazándolo con vincularlo con el crimen, pero el expresidente de River apenas se acercó a declarar. Porque tras montones de años del horror no hay ni un solo detenido.

Nora se agarra todavía la cabeza, afirma que ya no le interesa saber más nada y cierra todavía los ojos esperando que todo lo que relata no haya sucedido. No hay dudas: su marido, su hija y ella  todavía lo extrañan. Lo extrañan en cada paso. Piensa en Christian, piensa en lo que habría sido de él y piensa en aquello que su hijo siempre sentía. Ahí, tras recordarlo, no lo duda y dice: “Ahora me importa ser feliz”. Y en su voz no laten solo sus cuerdas vocales sino las del chico lleno de sueños. En sus palabras aparece la aventura, el sueño. En su mirada está el mismo argumento de Chiristian: la búsqueda felicidad constante.

“El hombre es un ser político”

Para Claudia Piñeiro, la escritura es una necesidad vital, aunque el arte no siempre fue un universo posible. Hoy, tras numerosos premios y publicaciones exitosas, su nombre se volvió una referencia ineludible de la narrativa argentina. En encuentro con NosDigital, habló sobre el proceso de escritura de una novela, la difusión y las lógicas editoriales, y de su último libro, “Betibú”.  Por los intersticios de las palabras, se fue colando el género policial, esa lupa sobre las dinámicas de violencia que engendra cada sociedad, y sus particularidades en la región: “En la mayoría de los policiales latinoamericanos a los escritores nos cuesta encontrar la figura del detective o del policía. Porque sospechamos inmediatamente del policía. No vamos a creer que va a investigar y que nadie lo va a coimear”.

Foto: Alejandra López

Las chicharras cantan fuerte y el sol colorea los hombros en esta tarde de sábado, mientras algunas hojas se bambolean al compás del viento y doy los últimos tres pasos que me separan del timbre. “Uno camina por este lugar, a la sombra que dan sus árboles, oliendo el perfume de las flores y del pasto recién cortado, y puede soñar que nada malo le podría pasar estando aquí, detrás del muro.” Y sin embargo, escribe Nurit Iscar, protagonista de su última novela, en este paisaje bucólico “cuando la serenidad gana la escena y el espectador desprevenido al fin comienza a relajarse (…) la muerte irrumpe inesperada.”

 Y es que el country, comentará Claudia Piñeiro un rato después, cuando ya acomodadas en los sillones de su casa desmembremos juntas las minuciosidades del policial, funciona a modo de cuarto cerrado. “En el policial clásico venían Poirot o Dupin, y si esto estaba cerrado, y todos los que estamos acá somos los únicos que estamos, y aparece un muerto, entonces uno de nosotros lo mató.” El country, sostendrá ella, funciona de esta misma manera, “porque si es tan complicado entrar, si hay tanta gente vigilando por todos lados y sucede algo, ineludiblemente fue uno de los que estamos acá adentro.”

 Pero retrocedamos veinte, quizás treinta minutos, y regresemos a esta puerta, a la alfombrita que da la bienvenida y al timbre que suena una sola vez bajo mi dedo índice, porque los ojos de Claudia ya están invitándonos a pasar. Esta mujer de pelo oscuro y ojos que en las solapas de los libros no parecen tan claros, que se ríe con todos los dientes mientras cuenta que a partir de Las Viudas de los Jueves se convirtió para el mundo en una suerte de especialista en countries, mujer que después de esa novela escribió sin embargo muchas otras, y que con la última, Betibú, se animó a regresar a este espacio con el que se la vincula pero de un modo enteramente diferente, esta mujer, decía, nos invita a caminar junto a ella su extenso recorrido por el universo de las letras.
“Yo escribí siempre, desde que sé escribir escribo”, sentencia con seguridad, y en su boca esas palabras suenan a una verdad conocida de memoria. Cuenta que al terminar el secundario su intención era estudiar Sociología, pero como la dictadura había cerrado todas las carreras humanísticas, terminó optando por Ciencias Económicas, carrera que sus padres habían comenzado pero que ninguno de los dos había podido terminar. “En mi familia no había escritores, ni gente relacionada con el arte, entonces a mí no se me ocurría que fuera un universo posible dentro de la elección de una carrera, como que tenía que elegir una carrera, trabajar de otra cosa, y además escribir.” Claudia tiene la voz dulce y habla muy rápido. Teje con soltura la frase que busca y no vacila, con la seguridad del oficio, como si el sabor de cada palabra le resultara familiar.

Tras optar por otra carrera la escritura siempre continuó latente como un submundo necesario dentro de su vida, y se formó en múltiples cursos y talleres. “No era esparcimiento, en el sentido de que no lo hacía ni para divertirme ni para esparcirme, sino que era una necesidad vital, una cuestión ontológica.” Hasta que los dos mundos se reunieron, al menos parcialmente, cuando ella ya contaba alrededor de treinta años. “Me formé como guionista de televisión, y ahí encontré un lugar para trabajar de algo más relacionado con la escritura. Aunque en realidad lo que yo quería escribir quedaba en segundo plano, porque me la pasaba escribiendo todo el día y cuando llegaba a mi casa no tenía ganas de seguir escribiendo, porque había estado todo el día, y te quema la cabeza.” Mientras trabajaba como guionista de televisión, ya había podido publicar en España un libro para chicos. Y aquí Claudia hunde la mano en el bolsillo y desenvuelve la curva de un paréntesis: algunos se confunden con esa publicación, dice, y afirman que ella comenzó escribiendo para chicos. “En realidad no es así. Ocurre que para chicos se publica mucho más que para grandes, entonces muchas veces hay autores que publican para chicos antes, porque tienen la posibilidad de publicar. En una novela para adultos, en cambio, a lo mejor hay que esperar más tiempo.”

Corría el 2005 cuando Claudia, que ya había quedado finalista en concursos de las editoriales Planeta y Tusquets, y que ese mismo año había publicado Tuya, ganó el Premio Clarín con su novela Las Viudas de los Jueves. “Fue una oportunidad muy grande, básicamente para publicar, para que los lectores te encuentren y vos te encuentres con los lectores. Hay un montón de gente que está escribiendo y que no consigue cómo publicar, entonces un camino son los concursos.” Claudia destaca la importancia de estos premios como verdaderas oportunidades para el escritor, y aclara que son útiles tanto para autores desconocidos que desean publicar como para quienes ya poseen una obra, porque les brinda popularidad acercándolos con un gran número de lectores.

En este sentido, Claudia hace hincapié en señalar la importancia de la difusión en la obra del escritor. “El libro tiene que tener la posibilidad de que la gente sepa que existe. El boca a boca es muy importante, que se vaya contando. Pero que aparezcas en algún lado también te ayuda mucho. Si no, hay muchos libros que desaparecen inmediatamente. Están apoyados sobre el mostrador, y al mes siguiente fueron al estante y la gente ni se enteró de que salieron. Y a lo mejor valía la pena.” De ahí deriva la necesidad, en el circuito literario actual, de que el escritor transite por varios escenarios junto a su obra, cuestión impensada hace unos años, cuando la única imagen que se conocía del escritor era una foto pequeña en la solapa de un libro. Pregunto cómo se lleva ella con este tipo de exposición y su respuesta, por algún motivo, me sorprende. “Es siempre estar como rindiendo examen, en una exposición que para los escritores no es natural, porque nosotros lo que hacemos es escribir. Pero si vos sacás un libro y no hacés nada más, es muy probable que no vaya por los lugares por los que tiene que ir y que no llegue a los lectores. Es como que hay que apoyarlo.” Y aquí dibuja una pequeña pausa, casi llego a ver la idea que le cruzó los ojos y que ahora, mientras habla, le curva apenas la sonrisa. “O eso por lo menos nos dicen los editores. Entonces nosotros vamos y lo hacemos”.

Entonces esta mujer hunde la espalda en el sillón mullido y toma aire para hablar, ahora sí, de su escritura. Comento que en algún lugar leí que el puntapié inicial de sus novelas es por lo general una imagen. “Sí, en mi caso siempre hay una imagen que es la disparadora: aparecen unos personajes y empiezan a hablar entre ellos, se empiezan a mover, yo empiezo a entender quiénes son y me imagino más o menos hacia dónde van y cómo van a terminar. Después, como la escritura de la novela es tan extensa, van cambiando, y a veces ese final que yo me imaginaba no es el adecuado y tengo que ir hacia otro lado.” Esa imagen primigenia surge de algún recoveco que ella no busca comprender, y aunque Claudia valora el papel de esta suerte de inspiración a la hora de escribir, es ante todo una defensora del trabajo. “La posibilidad de una novela aparece por lo general inconscientemente, como un sueño. Pero una vez que aparece esa semilla, lo demás es mucho más trabajo que otra cosa. Es sentarse todos los días, trabajar todos los días, corregir. Sin trabajo no lo lográs, aunque en el origen de eso que vas a escribir haya probablemente algo de inspiración, algo de secreto, en el sentido de no saber de dónde apareció.”

Esa imagen inicial, cuenta Claudia, queda macerando en su cabeza el tiempo necesario. Hasta que no se transforma en una escena ella no comenzará a escribir. Esperará paciente, en cambio, dejando que las ideas decanten, que se consoliden, que esos personajes comiencen a moverse, hablen, planteen un conflicto. Entonces se largará la escritura, y el consiguiente desafío de comprender quiénes son y a qué problema se enfrentan. “Para mí, lo más importante de la novela son los personajes. La trama en realidad es una excusa para ver quiénes son ellos. Me parece que lo que uno hace todo el tiempo es poner a los personajes en situación de abismo. Les ponés una situación límite y ellos tienen que definir qué hacen. No importa si es alto o bajo, rubio o morocho, sino qué decisiones toma ante determinada situación límite.” El profundo trabajo en la construcción de los personajes se deja traslucir entre las páginas de sus libros como una investigación consciente, a través de los microcosmos latentes que definen el universo de cada uno. “Intento hacerlo no sólo para los protagonistas, sino también para los secundarios. Saber quiénes son, a pesar de que quizás en la novela no cuentes mucho de lo que sabés. Lo importante es que ellos no van a actuar de la misma manera si son una persona o si son otra. Si no, terminan siendo maquetas funcionales a los personajes principales. A mí me gusta que tengan una vida, aunque esa vida no haga a la historia.”

Cuenta Claudia que a partir de esa escena primigenia se inicia el proceso de escritura y que entonces, siempre, aparece en su historia una muerte. Recuerda que Rosa Montero le comentó alguna vez su creencia de que todo escritor ha vivido una experiencia temprana que lo acercó a comprender la finitud de la vida. Quizás tenga que ver con esto. Como sea, la pregnancia de la muerte y la consiguiente búsqueda de la verdad han tendido frente a nosotras un puente, que cruzamos gustosas para introducirnos de lleno en el universo del género policial. “Yo nunca me senté a escribir un policial en el sentido de: bueno, voy a encuadrarme en este género. Siempre sentí en las novelas anteriores a esta última, Betibú, que la trama policial estaba en un plano secundario con respecto a otras cosas que se contaban. Me parecía que eran novelas que tenían elementos del policial, pero no una trama policial lo suficientemente potente como para que uno dijera que son policiales.” En Betibú, en cambio, la intención fue desde el comienzo construir un policial, y que esa trama tuviera la misma importancia que las pequeñas historias de cada uno de los personajes. De todos modos, señala la autora, los géneros a la larga no son más que categorías colocadas a posteriori, sobre todo para poder ubicar el libro en el estante de la librería que mejor le corresponde.

Entonces Claudia desliza una pausa, y aprovecho para preguntar acerca de las particularidades del policial de acá, de Latinoamérica. Esta vez sí se detiene a masticar las palabras antes de responder, y esboza una distinción fundamental respecto a la figura del personaje principal. “En la mayoría de los policiales latinoamericanos a los escritores nos cuesta encontrar la figura del detective o del policía. Porque sospechamos inmediatamente del policía. No vamos a creer que va a investigar y que nadie lo va a coimear. Eso hace que muchos escritores terminemos buscando otro tipo de detective: un periodista, que es lo más típico, un escritor, un ama de casa (Tuya), o la mujer que maneja una inmobiliaria (Las viudas de los jueves). Siempre estás buscando algún otro que investigue y que cubra ese bache que la institución encargada deja libre.” Para la autora, por otra parte, otro componente clave del policial latinoamericano es un tipo particular de violencia, “mucho más visceral”. Claudia sostiene que cada núcleo social engendra un tipo de violencia diferente, y es imposible que esta no se filtre y engendre variaciones diversas en los policiales que se escriben en cada cultura (a modo de ejemplo, menciona el narcopolicial mejicano).

En este sentido, es posible repensar el atravesamiento político de la mayoría de sus novelas. Formulo la observación y Claudia, tras reflexionar apenas un instante, habla de la imposibilidad de omitir el propio ser-político al momento de escribir. “El hombre es un ser político y me parece que en el caso de la escritura eso se vuelve muy evidente. Esto no quiere decir que vos tengas que hablar de partidos políticos: yo puedo tener un montón de ideas políticas, sin necesariamente manifestar adhesión a un partido concreto. Es muy difícil que un escritor no muestre su cuestión política en los asuntos que a la sociedad le competen.” Y sin embargo, aclara, al momento de escribir ella busca conscientemente evitar bajadas de línea que operen como divisorias entre el bien y el mal. “Me parece que el escritor puede manejar la cuestión política a partir del punto de vista: yo propongo un punto de vista y a partir de él miro una situación.” Es decir, hay un ojo que mira y nos invita a mirar. Y a partir de esa situación que nos es desvelada somos nosotros, lectores, quienes tenemos la responsabilidad de formular nuestro propio juicio de valor al respecto.

No caben dudas de la especial relación con el lector que propone el policial, y quizás a esto se deba el profundo amor de muchos autores por el género. A Claudia no se le cae la sonrisa mientras explica que “se trata de una relación muy cómplice, porque el lector está siempre como mirando por encima del hombro del narrador para ver si se puede adelantar un poquito y descubrir antes que él qué es lo que sucede. Es un lector activo, que participa. Muchas veces el que está leyendo sabe más que los protagonistas y se preocupa, porque sabe que les puede pasar algo.” Y tiene razón. Quién no jugó alguna vez a saltear de dos en dos las páginas para llegar a la resolución del misterio, a leer la última frase del libro, a trazar múltiples hipótesis mientras caminaba entre las letras.

Los ojos de Claudia y yo nos despedimos en la puerta. La alfombrita que hace un rato largo me dio la bienvenida sigue justo donde la dejé, medio torcida, como susurrando un chau lleno de barro seco. Las chicharras no cantan, pero el sol ahora más bajo todavía calienta la piel. Camino entre los robles eternos de esta pequeña ciudad levantada entre muros de piedra. Voy con cuidado, claro. No sea cosa que, pensando en su próximo libro, esta mujer con piel de palabra haya olvidado algún cuerpo entre las hojas.