La negra y azul

Déborah Dixon fue una de las voces de la emblemática banda femenina Las Blacanblues, que compartió escenario con Pappo, La Mississippi y Los Redondos en los 90′. De Costa Rica a París y de ahí a Buenos Aires, pasando por Madrid, viajamos por las raíces de su canto.

Como dice el bolero: tenía que ser así.

Déborah Dixon larga esa sentencia sentada en un bar de Las Cañitas, mientras se toma una limonada con jengibre para cuidar su garganta, su herramienta de laburo. La frase casi profética es para graficar una carrera que apareció por sorpresa, gracias a un volante de clases de canto negro que encontró tirado en el suelo porteño, y que luego fluyó como los grandes amores. Porque 40 años atrás, antes de dejar Costa Rica, nadie podía predecir que la mayor de siete hermanos haría pie en Buenos Aires para ser pionera y referente de la movida del blues local. “Cantar no es algo que yo tenía pensado hacer de chica. Para nada. Yo me orientaba a lo humanístico. Estudié francés, me dediqué a las letras. Y artísticamente hablando me gustaba más lo que tuviera que ver con las decoraciones. De muy chiquita me gustaba bailar, ese era mi sueño de chiquitita tal vez”, explica.

-¿Y la voz no estaba ya ahí?

– Estaba, pero no era lo que más me atraía. Cantaba en las guitarreadas, en cuanta fiesta había, cantaba los mismos cuatro temas. Eso en Europa sobre todo, pero en Costa Rica ya algo cantaba. ¿Qué temas? En francés la mayoría. Y después cuando fue el golpe de estado de Pinochet cantaba los Quilapayún, Violeta Parra.

Déborah Dixon.
Déborah Dixon.

– ¿A qué edad te fuiste de Costa Rica?

– A los 18. Me fui a estudiar francés. Yo quería hacer la carrera de Letras. Había hecho el bachillerato en un colegio francés. Como se ve que era medio nerd de chiquita pedimos una beca entera y me la dieron. Me gustaba mucho leer, tenía facilidad con el idioma. Estaba habilitada para entrar a una universidad en Francia. Después no seguí, nunca terminé.

-¿Cómo era estar a los 18 en París?

– Fue descubrir el mundo. Imaginate que Costa Rica es un país muy pequeño. Me encontré con una ciudad. Yo ya era fanática de la cultura francesa. Me encantaba la literatura y creía conocer a los franceses. Pero en París estaba todo. Era un lugar donde uno podía hacer lo que le daba la gana, no un pueblo chico donde todos saben lo que hace el otro. Fue una experiencia increíble. Vivía primero con unos negros de Estados Unidos que venían a estudiar. Eso fue intenso. No es fácil entrar, como turista o como estudiante extranjero. Era más fácil relacionarse con gente de todo el mundo que con los franceses.

De aquellas guitarreadas en las que su voz sólo se oía entre los latinoamericanos exiliados en París, Dixon pasó a un escenario en Gualeguaychú, Entre Ríos, para cantar ante más de 150 mil personas. Fue en abril del año pasado, en el concierto más multitudinario del Indio Solari, en el que cantó el Blues de la Libertad. “Fue tremendo. Muy fuerte. Desde ahí arriba ves un mar de gente, que es mejor no mirarlo porque si no es intimidante. Toda la previa estuve re nerviosa. Pero después fue todo bien. Cuando me sentí sostenida por los músicos y lo ví al Indio arengando desde las bambalinas, ya está. Me daba cosa porque nunca pasó que el Indio dejara el escenario para alguien. Ahora no sólo eso: era una mina encima. Y hay gente que por ahí dice ‘yo vine a ver al Indio, loco’. Y al contrario. Eso se sintió enseguida. Para mí fue una prueba de confianza. Un reconocimiento. Un honor, total”. Blues de la Libertad, el tema que compusieron Solari y Skay Belinson en el disco Luzbelito y al que Deborah le puso el alma en Gualeguaychú, bien podría ser un oxímoron. Es que el blues es el género que representa a los esclavos africanos que llegaron a América del Norte y al Caribe entre el siglo XVII y XIX. Quizás así se entienda porque la voz de Deborah Dixon conmueva: de su garganta salen 400 años de historia.

Aunque no suene lógico, a 11 mil kilómetros de su familia, en París, conectó con sus ancestros. “Tenía amigos estudiantes que eran de África. Ahí conocí el racismo más descarado. Hay en todos lados, en Costa Rica también. Pero esa cosa de que te maltraten porque sos de otro país o de otro color ahí lo viví en carne propia. Fue muy fuerte para mí. Yo estaba ávida, averiguaba”, recuerda. A mediados de los 70, hubo un libro que después fue serie y que luego fue furor. Una moda que nació en Estados Unidos y después se globalizó. La novela se llamó Raíces. Narraba la historia de un personaje africano que nació en Gambia, África, en 1750 y que fue llevado como esclavo hasta Estados Unidos. “El libro contaba toda la historia de cómo un negro estadounidense volvió sobre su identidad hasta saber cuál era su origen. Fue una revolución. Todos empezaron hacer el camino de regreso para llegar a África y saber de dónde venían. Mi familia también se dedicó eso, pero llegó hasta un punto, hasta las islas del Caribe. De ahí en más tenés que tener mucha suerte para saber desde dónde llegaban. En Brasil se sabe que los negros llegaban de tal lado. Pero en Centroamérica era más complicado, llegaban de todos lados. Yo sé que tengo una tatarabuela que venía de Bahía, de Brasil, que después apareció en Cuba y se casó con un jamaiquino y vinieron a Costa Rica después”.

De limonada con jengibre.
De limonada con jengibre.

-¿A vos qué te cambió conocer tus raíces?

-Me apasiona. Mi mamá es muy cultora de eso. Nos intercambiábamos cartas larguísimas hablando de eso: lo que escribía, la música, libros, lecturas, lenguas, todo. Es como que nos dábamos cuenta de algunas cosas. Ah, esto debe venir de tal lado. También descubrís las desgraciadas diferencias entre los mismos negros. Si tenés la piel más clara, más oscura. Eso es histórico, más en Francia: si viniste de la Martinica o la Guadalupe sos más claro entonces no se llevan bien con los africanos más puros.

-¿Y el blues también tiene que ver con eso entonces?

-De antes. El jazz, el blues, toda esa música tiene que ver con lo que se escuchaba en mi casa. Era mucha música en inglés porque en Costa Rica los negros, que somos minoría en la población, llegamos de Jamaica. En Costa Rica no hubo esclavitud, los norteamericanos trajeron a fines del Siglo XIX a los negros para construir el ferrocarril. Eran asalariados, una especie de semiesclavitud. Llegaron a la costa del Caribe por las plantaciones de las bananeras y a construir el ferrocarril. En todo América Central pasó algo parecido. Por eso toda la costa tiene poblaciones negras instaladas. En nuestro caso, como llegábamos de Jamaica se hablaba ese inglés jaimaiquino que, mezclado con el español, arma un patois, como un dialecto. Inglés como lo habla alguien cuya lengua materna es yoruba, vas aprendiendo lo mezclás con el idioma del lugar, en español o portugués o francés. Eso lo metés en la coctelera y sale el patois. Mi papá, que era panadero, solo hablaba en eso. “Un vigilante ese wachiman”, como que te diga eso, imposible de entender para alguien que no es de acá.

Deborah Dixon llegó a Buenos Aires en 1984, en plena primavera de la democracia. No vino hasta acá buscando la ruta de sus ancestros. Lo hizo persiguiendo un amor, el mismo que ya la había llevado ya por Madrid y por Bogotá. “Fue muy fácil convencerme de venir a Buenos Aires porque todos los argentinos que conocí hablaban con mucho amor de Buenos Aires. Los argentinos en cualquier lado del mundo que estén no dejan sus costumbres: toman mate, hacen empanadas, cantan sus canciones, todo. Yo nada que ver. Ustedes no se desarraigan. Yo no tenía que estar comiendo arroz y frijoles para sentirme bien. En esa época que yo vine era muy fácil llegar para un extranjero. No era como ahora que está el quilombo con los países limítrofes, si sos bolita y todo eso. Yo estaba feliz, todos me preguntaban de dónde era, qué hacía acá”.

-¿Y qué hacías acá?

-Venía a seguir a mi marido, sin ninguna vocación a desarrollar. Trabajaba como secretaria, en oficinas. ¡Un tiempito fui secretaria de Moyano! Me anotaba en las agencias de empleos y encontraba rápido trabajo porque hablaba tres idiomas y tenía buenos antecedentes. Y uno de los trabajos temporarios fue ahí en el Sindicato de Camioneros. Habré estado dos meses. Hasta que me salió otro trabajo mejor, creo. No me acuerdo. Pero después cuando lo vi por televisión a este señor que devino en un tipo súper importante de la política argentina me di cuenta de que trabajaba para él. ¡Me hubiera llenado de plata! En un momento me cansé de ser secretaria: los tipos te gritan, mandonean, es feo. Me pelée con un tipo en una empresa, me fui y decidí terminar el profesorado de francés en la Alianza Francesa. Di clases, hice traducciones.

Del francés no tuvo tiempo de cansarse. Los tiempos se aceleraron al máximo hasta que la empezaron a llamar la Dama del Blues. Es que desde que dejó salir su voz, Deborah no sólo compartió escenario con el Indio (con quien además grabó la Piba del Blockbuster, en el primer disco solista del ex redondo): también con los Ratones, Dancing Mood, Fito Paez, Pappo, La Mississipi, Joaquín Sabina y más. “Ese apodo me lo puso una vez un periodista. A mí me tienen encasillada con el blues, pero yo canto de todo. Menos folclore y tango, que me encanta pero no sé cantar. Te tiene que pasar algo. Como los japoneses que vienen acá y son más tangueros que los tangueros. Y eso que muchos de los tangos los conozco desde chica como boleros. Cuando vine acá me enteré de que son tangos”. El camino para llegar hasta allí parece haber estado trazado por el destino –“si uno cree en los destinos”, aclara-. Una tarde de fines de los 80, al salir de su trabajo, encontró un volante que anunciaba clases de canto negro. Ahí conoció a Cristina Guayo que le presentó a su propia voz y también las de Cristina Dall, Mona Fraiman y Viviana Scaliza. Juntas formaron Las Blacanblus, una banda pionera, con sello femenino, que deslumbró en la época en que el blues estuvo de moda en Argentina, junto a Memphis, la Mississippi y otras bandas.

Imágenes: NosDigital.
Imágenes: NosDigital.

-Yo creo que nos favoreció. No era común. Pero yo pienso que el tema del machismo existe en todos los aspectos de la vida, en la sociedad. Lo que yo sé es que se valoraba lo que hacíamos artísticamente y porque de alguna manera nos ayudaron a mostrarnos gente como la de La Mississipi, que nos hacían tocar delante de ellos. Ellos tocaron todos en nuestro primer disco. Pappo siempre nos contaba que la que lo hizo descubrir a Las Blacanblus fue una novia que tuvo. Y él decía que fue la primera vez que lo hicieron llorar. Cuando nos presentó dijo “ahora cállense y escuchen a estas chicas”. Y todo eso fue respeto. La Negra Poly también nos ayudó. Tocamos con los Redondos en Huracán. Después las cosas normales de la vida de cualquier mujer: yo además de todo eso, tenía que criar a mis niños. Los llevaba al colegio a la mañana temprano y todos me decían “qué vida que tenés”. Como con mala onda. Sobre todo los padres, los tipos me lo decían. Mi marido viajaba y yo llevaba a los niños. Entonces como me acostaba tarde se me notaba. Y me miraban como “vos vivís de noche”. Hasta que una vez en el colegio me defendió otro padre: “a ver si entienden que ella trabaja de esto, que al público le gusta lo que ella hace y aparte está ahora trayendo a los hijos al colegio. A ver si ustedes se bancan eso”. Hay mucho prejuicio. Mucho: “Ah, sos músico. Qué bueno. ¿Y de qué laburás?”.

-¿Cómo fue que te animaste a cantar? De tu primera clase hasta que te subiste al escenario fueron un par de años.

– Blues, Gospel, todo eso empecé a cantar. Yo era la única que no me dedicaba a la música de las blacanblus. Ellas la tenían clarísima y querían eso. Surgió la posibilidad de empezar a tocar aquí y allá. Y aparecieron unos padrinos grosos que nos ayudaron. Cristina es la culpable de todo, es quien hizo que yo me diera cuenta de la voz que tenía. Yo no lo sabía, para nada. Yo pensaba que no, pero de a poco te vas liberando en las clases de canto. Yo estaba feliz. Le empecé a hacer caso, ella me recomendaba tomar clases de técnica con una mina del Colón que hizo que si yo tenía una voz así (hace un gesto corto con los dedos) pasara a tener una así (ahora el espacio entre los dedos es mayor). Cristina de entrada me decía “vos tenés que dedicarte a cantar”. Y fue así

“Chaco es un lugar estratégico para EE.UU.”

En un período de gran discusión acerca de la soberanía en Argentina, nos preguntamos, ¿cuán presente sigue estando Estados Unidos en nuestro continente y en nuestro país? Constantes son las fuertes declaraciones antiimperialistas de ciertos mandatarios para con la potencia, pero, ¿cuánto es discurso, cuánto es realidad? Nos juntamos con Leandro Morgenfeld autor de Vecinos en conflicto para desentrañar esta relación tan antigua como compleja entre el poderoso Imperio y América Latina, donde los golpes de Estado, las bases militares, las presiones bilaterales y hasta el espionaje siguen tan vivos en el siglo XXI.

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-Bases de Estados Unidos en Colombia, Perú, Paraguay, Argentina ¿Cuán profunda es su presencia en América Latina?

-Es bastante grande la presencia de Estados Unidos y de la OTAN aquí. Según últimos estudios muestran que hay 47 bases militares extranjeras en el continente, incluyendo las inglesas en Malvinas y en las Islas Georgias del Sur. Mismo, está encaminado el plan de abrir una base humanitaria muy controvertida en el Chaco. Estados Unidos está tratando de reposicionarse en el continente. En el 2008 el gobierno de Bush reimplantó la IV Flota de Comando Sur, destinada específicamente a América Latina. Durante 50 años la flota estuvo desactivada porque Latinoamérica no es un continente donde haya ningún tipo de conflicto militar, pero esta medida indica que hay una necesidad de Estados Unidos de reafirmar que, lo que históricamente fue su patio trasero, lo sigue siendo. Esta necesidad se explica por qué en los últimos años hubo un proceso de reintegración de los gobiernos latinos sin su tutela, aumentando las relaciones con otras potencias, como Rusia y China. Y esto les preocupa.

-¿Las bases están presentes en todos los países de América Latina?

-No, no están en todos los países, e incluso hubo algunos que avanzaron en el proceso de desactivarlas. El más importante es el caso de Ecuador, que durante el gobierno de Correa desarticuló la base de Mantra, mostrando que sí se puede avanzar en este tema. Entonces, Ecuador ya no tiene más bases.

-Ya hablamos de Correa, pero también Chavez y Evo Morales han sido los que públicamente más mostraron sus diferencias con Estados Unidos. ¿Cuánto hay de discursivo y cuánto se manifiesta realmente esto?

-En América Latina hay que hacer una distinción entre tres grupos. El Eje Bolivariano, que tienen una política exterior que discursivamente es antiimperialista o simplemente antiestadounidense, como el caso de Cuba, Venezuela, Bolivia y los demás miembros del ALBA. Su discurso se manifiesta con ciertas prácticas: denunciar la injerencia de la Embajada norteamericana -incluso la expulsión de embajadores-, el cierre de bases militares. Mientras en el punto de vista comercial siguen manteniendo relaciones pero también hay una búsqueda de diversificar los intercambios con otros países. Hay una política interesante que discute esa pretensión  de hegemonía estadounidense. Después está otro grupo, el de los alineados al Norte que son el Eje Pacífico, donde podemos contar a Costa Rica, Panamá, Chile y Colombia. Finalmente el Eje del Mercosur, que tienen una política intermedia, a través del mismo Mercosur o el UNASUR. Pero estos países, que al mismo tiempo hablan de una inclusión latinoamericana, sostienen una relación oscilante. Así, en Argentina mientras el año pasado se fueron dando distintos roces bilaterales y un mayor discurso antiestadounidense, después de las elecciones hubo una política de acercamiento.

-Dentro del Eje Mercosur, ¿estas diferencias se dan por posiciones ideológicas o son de carácter coyuntural?

-Hay una cuestión ideológica y otra de la cohesión del discurso interno. Argentina permanentemente se queja del proteccionismo norteamericano, lo cual está bien, ya que éste y la Unión Europea establecieron sanciones contra el país por este tipo de medidas. Esto es algo histórico argentino, que viene de los gobiernos conservadores incluso, porque la economía nacional tiene una relación más competitiva que complementaria con la norteamericana y los productores agropecuarios yanquis tiene una capacidad de lobby muy grande que generan estos choques. Esto se ve a lo largo de la historia, más allá de que sean gobiernos conservadores, radicales o peronistas. Hay una actitud ambivalente del gobierno argentino. Desde las elecciones que busca reencauzar las relaciones con Obama, pero no lo hace como en los 90’con las relaciones carnales. Cuando vemos el tema de YPF, Argentina toma una política que desde puntos de vista nacionalistas hacía tiempo se venía pidiendo. Pero cuando se busca la forma de buscar inversiones, una de las grandes apuestas es buscarlas en la Mobile o la Exxon, las dos grandes petroleras de Estados Unidos.

-Con la explosión del neoliberalismo en los ´90, diferentes actores sociales y políticos han salido a la luz con una gran movilización y visibilidad pública: movimientos estudiantiles, campesinos, ambientalistas, etc. ¿Cómo entiende Estados Unidos este proceso?

-Sin dudas creo que hay una nueva etapa: mayor integración regional, cambio de gobiernos muchos de ellos luego de rebeliones populares importantes, hizo que la sujeción estadounidense se halla en parte revertido. Entonces, reacciona de diversas maneras. Algunas formas fueron las tradicionales: intentando en el 2003 un golpe de Estado en Venezuela que fue vencida. Pero contra los distintos procesos aplicó diferentes formas de desestabilización, como en Bolivia mediante el intento de ruptura de la unidad territorial alentando la separación de la Media Luna. También lo mismo apoyando el levantamiento policial en Ecuador, el golpe en Honduras que acabó con el gobierno constitucional de Zelaya, que sin ese acompañamiento norteamericano no se hubiera sostenido. Así, hubo una gran decepción de algunos sectores con Obama, que apoyó este golpe en Centroamérica, mantuvo Guantánamo, sigue la IV Flota.

– También hablaste de la base que se está instalando en Chaco…

-Si, se trata de una base teóricamente “humanitaria”, pero financiada enteramente por el Comando Sur, o sea el Ejercito estadounidense. Cómo operará, no se sabe. Pero hay que verlo según cómo Estados Unidos ejerce su intervencionismo a lo largo del planeta. Tiene bases, cárceles ilegales en las que puede aplicar violaciones a los Derechos Humanos que su propia legislación no le permite, siendo Guantánamo el gran ejemplo. Y después la forma de intervención se puede ver de otras maneras. En Venezuela, por ejemplo, financian una cantidad enorme de ONG, que es una forma de penetración, espionaje, buscan trazar contactos en la sociedad que se está trabajando. Otra puede ser bajo la ayuda humanitaria, planes de vacunación.  Ahora, ¿por qué en el Chaco? Habría que ver si es una base humanitaria, porqué está financiado por el Comando Sur, que es la encargada de establecer las relaciones militares con este continente, con un pasado con la Escuela de las Américas bastante nefasto. Uno podría pensar por qué en esa provincia, y se da porque es un lugar estratégico para Estados Unidos, muy cerca de la Triple Frontera, con recursos naturales muy importantes, a la vez que se la suele ver como un lugar de paso del contrabando y a la vez de células terroristas.

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