Operación Cardenal: represión de la “Revolución”

El segundo golpe de Estado en la historia de Argentina, el de la “Revolución Libertadora”, trajo la violenta represión contra trabajadores, organizaciones, salarios, medios de expresión. La Operación Cardenal fue la clara muestra de que a pesar de las promesas de democratización que el presidente de facto Aramburu prometía, las acciones contra el movimiento obrero eran parte fundante de su proyecto político.

“En un mundo en que la dignidad de la persona, sus derechos fundamentales y los valores espirituales de la humanidad están gravemente amenazados por fuerzas totalitarias ajenas a esa tradición de nuestros pueblos y sus instituciones, declaramos ser el baluarte de la libertad del hombre y de la independencia de las naciones (…) Pueblos americanos: la República Argentina muestra en su pasado cercano una dolorosa experiencia. Hoy entre las sombras y la luz, entre el despotismo y la libertad, los argentinos continuamos la lucha… y el monstruo que deshonra al continente no volverá a esta tierra”[i]. Estas palabras fueron emanadas en un discurso del presidente de facto Pedro Aramburu, mostrando cuáles eran los enemigos de las clases dominantes que bajo la cruz y la espada estaban llevando a cabo su vasto experimento represivo contra las ideologías foráneas, el “marxismo internacional”, junto con el peronismo, encarnado en “el monstruo que deshonra el continente”, el “tirano depuesto”. Pero tampoco fueron casuales sus alusiones en este discurso en la capital de La Pampa, tan solo un día después en que se llevó a cabo la Operación Cardenal, donde dos centenares de militantes del Partido Comunista fueron encarcelados y llevados a diferentes prisiones del país.

La Resistencia y el P.C 

El golpe de Estado de 1955 trajo inmediatamente una ofensiva contra la clase trabajadora argentina, coherente con las necesidades de aligerar el poder que ésta había logrado al interior de las fábricas mediante las comisiones internas –que poco podían ser controladas por los sindicatos y la CGT-, como también para romper con los beneficios que los obreros habían adquirido desde 1945, y que desde la desaceleración económica que aconteció a partir de 1952, afectaba las ganancias de los empresarios. Con la asunción de Aramburu en 1956 se decretaron numerosas leyes en este sentido: la prohibición de participar políticamente en los sindicatos a todos aquellos dirigentes de primera y segunda línea que lo habían sido desde 1952, la nulidad de la ley de Asociaciones Profesionales, la suspensión de la reglamentación laboral vigente y la ilegalización de la CGT.

Estas medidas eran justificadas por el propio primer mandatario en estos términos: “La Revolución busca el renacer de la personalidad individual que es embrión de la libertad y corrige a las estructuras que atenten contra ella (…) A mayor producción, mayores ventajas (…) Productividad es casi sinónimo de paz social. En nuestros días, mayor productividad es voz de orden. No debe extrañar entonces que el Estado use de los medios para obtenerla con la seguridad de que con ello cumple su propio deber superior, velando por el bienestar y la seguridad de la nación”[ii]. Con la ruptura de los beneficios y la represión del movimiento obrero organizado, las ganancias volverían a fluir hacia los bolsillos empresarios.

Pero bajo la niebla en que se sumió la política, empezaron a emerger movimientos que lentamente irían resquebrajando el velo que se había puesto al peronismo y a las organizaciones de izquierda. Así nació la Resistencia, alejada de los grandes líderes sindicales que ya empezaban a acomodarse a las nuevas estructuras de poder, uniendo a trabajadores, organizaciones de base fabriles, grupos comunistas y trotskistas, ex combatientes de la Guerra Civil Española e incluso anarquistas, crearon aquel movimiento de impugnación político-social, que nucleaba en el sabotaje, pequeños atentados y pintadas ese rechazo al nuevo régimen.

Bajo este contexto, el rol del Partido Comunista para la reorganización obrera fue determinante. En febrero de 1957 los gremios bajo su gestión –químicos, aceiteros, prensa, entre otros- conformaron la Comisión Intersindical, que en poco tiempo ganó más y más adherentes, tanto que tan solo dos meses más tarde reunió cerca de treinta y cinco sindicatos y cinco federaciones, ya en buena parte, peronistas.

Paralelamente, el PC también fue aliado al peronismo cuando en abril se conformaron las “62 Organizaciones”, organismo que aunó a los sindicatos normalizados no aliados al gobierno. Por estas razones, que las miras de Aramburu se posaran sobre este grupo para desatar la gran represión policial que llevó el nombre de Operación Cardenal.

 

Operación Cardenal

En pleno fervor de la Guerra Fría, cualquier tipo de rechazo al gobierno era visto como una provocación, un accionar ya sea de agentes infiltrados de la URSS o de miembros ligados a aquél Juan Domingo Perón exiliado. La Resistencia no hacía más que perturbar la inestable paz que esperaban tener los golpistas, quienes creían que con un golpe de mano, todo volvería a la situación previa a 1945, fecha vista como el origen de todos los males. Entonces, el gobierno, luego de un sesudo planeamiento efectuó la encarcelación de 204 militantes comunistas, junto con el cierre de 24 de sus locales.

El Contraalmirante Dellepiane pronunció a los medios: “El Poder Ejecutivo Nacional, después de un período de atenta observación y análisis ha llegado a la conclusión de que dirigentes y activos adherentes de esa ideología de extrema izquierda estaban actuado contra la seguridad del Estado y atentando contra el decidido propósito del gobierno de normalizar el país”[iii]. Figuras como el poeta chileno Pablo Neruda y el músico Osvaldo Pugliese fueron las caras famosas de esta redada. Sus destinos: la Penitenciaría nacional, el Buque “París” y otras tantas cárceles dispuestas en largo territorio nacional.

Estas masivas detenciones estuvieron cubiertas por una generalidad de políticas anticomunistas, que desde ese momento ya se estaban empezando a arraigar en Argentina: tan solo tres días más tarde de estos sucesos el país participó del III Congreso Anticomunista Latinoamericano, que entre otras cosas votaría como Día del Anticomunismo Mundial al 23 de octubre.

Entonces, la Operación Cardenal materializó un conjunto de tendencias que desde 1955 se hacían a la vista: la represión contra las organizaciones obreras, la represión y la organización, progresiva y sistemática del accionar anti-comunista, que en las décadas siguientes habrán de sumergir las Fuerzas Armadas a la nación.

 


[i] El Litoral, 14 abril 1957.

[ii] Schneider, A. (2005) Los compañeros: trabajadores, izquierda y peronismo (1955-1973). Buenos Aires: Imago Mundi. pg 86.

[iii] La Nación, 13 de abril 1957.

“El antisemitismo iba por derecha y por izquierda”

Si hay algo que fue la Argentina en la primera mitad del siglo pasado fue el ser un país multinacional y multicultural. Dentro de este marco, el judaísmo significó una marca identitaria a la hora de mantener las tradiciones y costumbres de la colectividad, como también con su convencido desarrollo ideológico y de resistencia, siendo de gran aporte para la formación de la clase obrera argentina. Por esto, nos juntamos con la Dra. Nerina Visacovski, al frente del seminario Historia de la izquierda judía en Argentina. Identidad y pedagogía (1920-1970); que se iniciará en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.  Acá una entrevista sobre identidad, resistencia, racismo y knikes.

 

-En el seminario que está por arrancar planteás una existencia de corrientes al interior de la colectividad judía, y algunas de ellas, de carácter socialistas…

Imágen: NosDigital

-Mi inquietud nace cuando arranco a estudiar la historia de la educación judía argentina. Entonces al ver las fuentes, noto una historia centrada en el sionismo –que también va a de izquierda a derecha-; pero también hay una historia por fuera del sionismo que la marginaron del mapa de la colectividad judía. Y este no-sionismo fue muy importante para la historia de nuestro país, principalmente en la primera mitad de siglo. Muchas de estas corrientes estuvieron bien ligadas a partidos de izquierda, principalmente al Partido Comunista; y que por ser más proclives a integrarse a la sociedad argentina produjo sus propias desapariciones. Cumplió, entonces, sus objetivos, es decir, integrarse. Con el sionismo, esto es más matizado, ya que promueven una colectividad más cerrada y menos integrada.

 

-¿Cómo se da la convivencia entre grupos con proyectos de izquierda y la adscripción al judaísmo?

-Cuando llegan a la Argentinase empiezan a agrupar por idioma y por lugar de nacimiento, tanto los sefardíes –provenientes de la península ibérica- y los asquenazí –de Europa Central y Oriental y de origen árabe-. Muchos de estos últimos venían de las llamadas zonas de residencia, que eran una parte del Imperio Ruso zarista, donde vivían en forma de ghettos por lo que no podían salir de ahí. Eran ciudadanos de segunda. Solamente podían trabajar en esas zonas y no podían tener tierras, por eso se conformaban como artesanos u obreros a partir de la industrialización. Por esto, en las ciudades se empiezan a establecer en estos ghettos, donde la diferencia no radicaba en si se era o no judío –ya que todos los eran-, sino en si se era más o menos socialista o capitalista. No estaba esta dificultad del antisemitismo al interior de las aldeas, el antisemitismo venía desde el Estado. Cuando los judíos vienen al país lo hacen con ideas socialistas revolucionarias que no iban en contra de su adscripción judía. La contradicción la empiezan a vivir acá, cuando tanto el patrón como el obrero son antisemitas. Entonces, cuando empiezan a sentir esta contradicción se asienta el sionismo de izquierda, muchos marxistas e incluso miembros de la Tercera Internacional, que hablaban de la necesidad de establecer el Estado de Israel y allí hacer la revolución socialista.

 

La diferenciación, ¿se da entonces en cómo construir el judaísmo en el territorio, ya sea hacerlo en el nuevo lugar o la búsqueda de la conformación del Estado de Israel?

-A ver, el judaísmo desde lo religioso es muy amplio. Tenés a los ortodoxos que funcionan como secta con tradiciones que se pueden rastrear del siglo XVIII, hasta laicos que respetan ciertas tradiciones como el Shabatt, las festividades, el templo, algunas relacionadas con las comidas o rezos y no mucho más. Hay un abanico muy grande, una gran heterogeneidad. Incluso muchos no están institucionalizados, no van al Templo. Yo estudio a los judíos por ejemplo del ICUF (Federación de Entidades Culturales Judías), que nacen en los ´50 en oposición a los postulados de AMIA y DAIA, alineadas con Israel y EE.UU. El ICUF se encontraba más cercano a las lógicas del PC y de la URSS. Ahí hay una separación institucional. Pero hay mucha gente que no pasó por ninguna institución, ni por un lado ni por el otro. El 60% de la colectividad judía argentina nunca pasó por una institución. Entonces, ¿qué conocemos de la colectividad judía argentina? Hoy por ejemplo AMIA está en manos de los ortodoxos, que son unos sectarios increíbles, entonces… ¿son representativos de la colectividad? La línea que yo trabajo es ver fuera de las instituciones, para poder comprender la historia completa del judaísmo.

-¿Se articula un antisemitismo vinculado con el binomio judío-comunista desde las clases dominantes?

-El antisemitismo se da tanto por derecha como por izquierda. Vos fijate que muchos de los anarquistas allá por 1910 acusaban a los judíos de ser los grandes dueños de los frigoríficos ingleses. “Los judíos con su dinero y frigoríficos que vienen a sacarnos lo nuestro”, decían. Así que el judío era bolchevique o empresario.

-¿Cómo se da la integración entre el judaísmo socialista y la clase obrera nacional?

-La cuestión idiomática fue la gran barrera para la integración, pero también las elites partidarias del PC y el PS les empezaron a pedir que abandonen su particularismo y se integren a la nación y a la lucha internacionalista. Hay una resistencia que arranca más después del Holocausto, ya que el postulado “todos los obreros somos iguales” ya no se aplica, no son todos iguales, un Hitler puede aparecer en cualquier momento. Y allí hay como un retorno a la defensa y la recuperación de las tradiciones judaicas, incluso entre los comunistas, que en este caso se ven reforzados debido al apoyo dela URSS a la creación del Estado de Israel.