La Comunicación hace la fuerza

Los socios de Comunicaciones se mandaron una gesta tremenda: aguantaron el interés que tenían Daniel Hadad, Mauricio Macri y Hugo Moyano para quedarse con su club, un pulmón estratégico de la geografía porteña. Ahora el club revivió: se disfruta en las parrillas de la primavera, que arrancó con un triunfo sobre Barracas Central, el club de Moyano.Y cuatro chicas nos cuentan por qué el barrio entero salió a poner el pecho por Comu: “Si te sacan el club te borran la historia de tu vida. Es una cuestión de identidad. Es como si te sacaran los años de la infancia”.

Entrar al club, ahora, es distinto.

Hay pelotas rodando, botines chillando contra el cemento, remeras transpiradas, gritos de gol de un montón de nenes y nenas que disfrutan de una tarde de sol en un club. En su club. De repente, es fácil perderse. Comunicaciones con gente es otra cosa. La imagen de la desolación ya no existe y, a veces, cuesta un poco recordar cómo eran esos caminos vacíos con tanta pelota y tanta gente yendo de aquí para allá.

Incluso, piden los carnets. No se ven sonrisas más grandes que cuando los relucen, los muestran y dicen sin decir: “Sí, soy socio, este club es mío y voy a pasar”.

El miércoles 22 de Agosto hubo un fallo a favor de la apelación de Asociación Civil. El club no va a ser de Moyano, como se había sentenciado a fines del año pasado. Vuelve a ser de los socios por tres años más. El salvataje llegó: consiste en una prórroga para levantar la maldita deuda y terminar con la angustia de una buena vez.

Por la senda victoriosa de un club con gente alegre que juega a la pelota se ve a los costados de ese camino, y bajo la luz del día que todo lo refleja, un pasto desbordante y verde furia se encima sobre el paso. Si se sigue por esos parques crecidos y descuidados, pruebas materiales de lo hecho por el fideicomiso en los últimos doce años, se encuentran las mesas, también rotas. Sobre una de ellas hay un montón de cosas: un termo, algunas mochilas, un par de bolsos, cartas, juegos de mesa, comida. En unas reposeras, a los pies del mate y el bizcocho, disfrutan de su momento cuatro mujeres. Cuatro socias.

Laura Díaz, de 25 años, morocha, piba de club, hermosa y pasional. Socia desde que nació. Va a la cancha todos los domingos. A la popular, nunca platea. Cristina Bulcano, la mamá de Laura, socia de “toda la vida”, la verborragia por Comu casi que no la deja hablar. Nadie pregunta su edad. Se muestra contenta y satisfecha. Marta 1, no quiso decir su apellido, socia desde los 12 años. Ya es abuela. Nadie, como corresponde, pregunta su edad. Al principio no quiere hablar mucho pero luego se abre y dice lo que sintió en los últimos años. De pelo rubio y bien arreglado no deja el termo en ningún momento. Marta 2, tampoco no quiere decir su apellido. “Nosotras somos las Martas de Comunicaciones”, dicen. Pelirroja. Sus nietos también van al club. Amante de las charlas y juegos en esas reposeras, en esos pastos, en esas mesas pero, sobre todo, en ese club que es Comunicaciones.

Contestan todas juntas, se interrumpen. Van construyendo todas juntas la misma respuesta: Comu es de sus socios.

¿Cómo vivieron los últimos doce años de quiebra y fideicomiso?, les preguntamos.

“Ay, no, no, por favor, no hablemos de eso”, ruega Cristina. Su hija la interrumpe y dice: “Me acuerdo hace 10 años, un verano, vine con la bici, como todos los días, y el club estaba cerrado. Llegué y no había nada. Por un mes y medio estuvo cerrado. Eso para los socios fue terrible. Sin nuestra pileta, sin nada. Tenía 15 años y me puso muy mal”. Los primeros golpes de la quiebra rompieron en los lugares más cotidianos. “Hacía fútbol femenino y danza jazz, esas actividades desaparecieron”, dice la nostalgia de Laura. Las Martas se funden en una sola voz: “Sentimos mucha tristeza. Qué te parece. Todo se iba destrozando, poniendo sucio. Cada vez peor. Pero las reposeras y el mate siempre estuvieron. No nos movieron. Aguantamos acá afuera. Tomando solcito, claro”. Se ríen entre ellas y se festejan los chistes, pero se ponen serias cuando tiene que recordar la razón de tanta resistencia: “Queremos el club para nuestros nietos, para poder seguir viniendo”. Laura vuelve a romper todo con su pasión y deja en claro que significaron los años de quiebra: “Cuando ví Luna de Avellaneda para mi fue Luna de Agronomía. Lloraba desconsolada. Fue tal cual lo que nos pasó. Todavía no puedo creer que ya pueda hablar de esto en pasado. Estos 12 años fueron eternos. Venía al Club porque lo amo. Porque si ves las instalaciones, no hay otra razón más que esa: el amor y la pasión. Vengo y la paso bien: es mi casa, no importa cómo esté”.

Sin importar la cronología de los hechos, rebobinan y se ponen a recordar sus historias de juventud y de la infancia. Cristina toma la memoria: “Yo acá viví mi juventud, desde los 13 años. Hacíamos gimnasia, teníamos amistades, nos metíamos a la pileta…”. Los primeros novios, le insinúa alguien de la mesa. “Yo también fui joven…”, dice, muriéndose de risa. Sigue: “Después asocié a mi marido y mis hijos se criaron acá. Nuestra vida como familia se fundó en Comu. Nací en Agronomía. Pensaba: si me sacan al club qué hago… Ahora, mi hijo me dijo: este verano no nos vamos a ninguna parte, el verano lo pasamos en el club”. Marta 1 toma la posta y dice que es socia desde los 12 años, que siempre usó la histórica pileta, pero que nunca hizo deporte. Se ríe. “No, para nada, deporte jamás”, vuelve a decir. “Siempre mate nosotras. Charlamos con las chicas, hacemos reunión social. Cuando estamos solas jugamos al rummy, jugamos”. Marta 2 no la deja terminar y retoma:” Sí, y al burako también. Charlar y jugar y tomar mate. Siempre juntas. No necesitamos psicóloga nosotras…”. Para qué, si somos las chicas del mate y del burako de Comunicaciones”, dicen las dos en un coro lleno de risas.

Lo que más contentas las pone es hablar para atrás. Sentir que ya están en otro lugar. Pero, ahora, ¿hacia dónde va Comunicaciones? ¿Qué tienen que hacer para no dejar pasar estos nuevos tres años como los últimos doce? De a poco, como pueden, lo van contestando. Empiezan las Martas, otra vez, al unísono: “Recuperamos las esperanzas, estamos muy contentas. Ahora tiene que perdurar”. Laura entiende que se tienen que empezar a arreglar las cosas de a poco: los parques, los quinchos, las parrillas, las mesas, las canchas, la tribuna. Que vuelva danza jazz. “Comu es mi vida, lo quiero ver bien. Es mi casa. Rato libre que tengo me vengo al club. No puedo entender los fines de semana sin el club. Es todo. Acá me siento bien, lo amo. Me siento cómoda”. Laura deja de hablar y piensa y vuelve a decir: “Sí, estamos felices. No saben lo que fueron las últimas semanas. Terribles, muy deprimentes”. Consideran que la toma del club fue clave. “A partir de ahí nos empezaron a escuchar”, dice Cristina.

Agradecen todas juntas los gestos de esos hinchas de otros clubes, que en el fútbol son rivales de toda la vida, pero cuando vieron que lo que peligraba era un club dejaron las camisetas de lado y dijeron todos: “Vamos Comu”. “Muchas gracias a todos”, dicen todas juntas.

Y, entonces, hay una idea que empieza a surgir en ese mismo instante. Laura es la encargada de exteriorizarlo en las palabras más barriales y simples y bellas: “Después de esto empecé a entender. Entendés que un club es más que un equipo de fútbol. Es esto: el mate, la parrilla, el parque. Las amistades, también la familia. Esto debe ser un inicio porque si le pasa a Comu le puede pasar a cualquiera. Hay que solidarizarse siempre con el socio de otro club que pasa por estas situaciones. Agradecemos mucho a los que nos apoyaron. Si le pasara a otro club, ahora, yo estaría tan mal como si fuera Comu. Los apoyaría, lucharía con ellos. Porque ahora lo entiendo: lo que hay que defender es la idea del club. Si te sacan el club te borran la historia de tu vida. Es una cuestión de identidad. A mí me sacás todo, los años de mi infancia. Es el sentimiento. Los colores, el nombre. Estuvimos por perder el club entero”. Las palabras dejan mudos a todos. Después de un silencio, su mamá retoma la palabra: “El club es para los socios. No para empresarios. El socio se tiene que involucrar, defender sus derechos y solidarizarse con los demás clubes de barrio. Fijate que a nosotros nos querían cambiar los colores… No, pará, estamos todos locos, no jodamos. Querían poner verde y blanco: de Excursionistas, encima, una locura”. Laura se ríe.

Imagen: NosDigital

¿Y cómo pudieron confiar, entonces, alguna vez, en el salvataje que prometía Macri, un símbolo de la lógica empresarial en los clubes? “Estábamos desesperadas”, arranca primero Laura. “Nos desilusionó mucho, nos traicionó. Pidió que lo votáramos, lo votamos y después desapareció del mapa. Nos dio mucha bronca. Jugó con nuestra pasión, con nuestro sentimiento”, dice Cristina. Al poco tiempo de aquel engaño el juez de la causa, Fernando D´alessandro, le dio el club a Hugo Moyano, para hacer la Mutual de Camioneros. Laura arremete contra él: “Moyano decía que acá no había socios. Que era un club fantasma. Nos dieron por muertos. Y la gente de afuera lo pensó, se lo creyeron. Pero los socios siempre estuvimos. El símbolo fue la toma”.

Otros de los símbolos sucedió el primer sábado de septiembre. El Cartero jugaba su primer partido de local después de la gloriosa noticia del salvataje. ¿Contra quién? Contra Barracas Central. Sí, justo el club que maneja Moyano, el equipo al que le dicen el Camionero. Es decir: un club que iba a ser el futuro de Comunicaciones. Las banderas y los cánticos se tornaron lucha. Durante todo el partido se escuchó: “Comu es de su gente, la pasión no quiebra”. Ganó Comunicaciones. Fue 1-0. Algunos dijeron que fue la victoria simbólica más importante de la historia. Lo que sí todos dijeron fue que el triunfo había sido otro, semanas atrás, cuando Comunicaciones siguió siendo de su gente y de nadie más.

Las chicas lo disfrutaron más que nunca. Estuvieron ahí, por lo menos Laura y Cristina. “Las que vamos somos cuatro o cinco mujeres. Nunca platea, jamás. Siempre popu, al lado de los trapos y los bombos. Nos encanta ir juntas. Recuerdo un montón de cosas. Desde los tres años hasta ahora.” Es como ir al lugar en donde las cosas pasan, dicen madre e hija, con la sonrisa del triunfo grabada en el rostro. ¿Y las Martas? ¿No van a la cancha? “Noooo, estás loco. No nos importa el fútbol. A nosotros nos interesa algo mucho más grande: ser socias”.

Mientras se toman las fotos se generan los diálogos más insólitos. Las Martas son un estallo. El fotógrafo empieza a dar indicaciones y el show empieza.

-Agarrá el mate, Marta, cómo vamos a salir sin el mate- dice Marta 1.

-Bueno, qué se yo, Marta, nunca nos sacaron fotos a nosotras-

responde Marta 2, aunque a esta altura ya se confunden.

-Sentate, Martita- dice Laura.

-Esperá que agarró el burako. Es un símbolo- dice una de ellas.

Es difícil no romper en carcajadas. Pero, lo más lindo, quizás, sea que se note a leguas que están contentas, están disfrutando de su club justo en ese instante. Empieza otra vez.

-¿Tienen lectores mayores, che…?- dice la loca del burako.

-En una de esas tenemos suerte, Marta, y embocamos algo- le responde su amiga.

– Nooooo, que mi marido me va a decir: ¿dónde te metiste, Marta?

Se mueren de risa. Ya es imposible distinguir cuál es cuál, pero siguen con su diálogo. Con el monólogo de las Martas.

-Ay, basta, Marta.

-Marta, agarrá el carnet.

-Bueno, dale.

-Pero dejá el burako, Marta.

-Lo dejo o no lo dejo, no te entiendo, Marta.

-No, tenés razón. No lo dejés: nosotras somos las chicas del burako y del mate.

Entonces, vuelven a juntar sus voces: “Somos las chicas de comunicaciones y con esta producción de fotos vamos a competir con Paparazzi”.

Para conocer más sobre toda la resistencia de Comunicaciones:

http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2011/05/el-sentimiento-no-se-remata/

http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2011/11/la-misma-basura/

http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2012/07/club-tomado-por-sus-duenos/

¿Por qué los clubes?

Por el Dr. César Francis fundador junto al Dr. Claudio Giardino de la Asociación Todos Por el Deporte.

Los clubes en la Argentina representan y constituyen un fenómeno singular como espacios comunitarios. Si bien son entidades privadas su accionar es de naturaleza esencialmente semipública ya que constituyen pilares ineludibles de toda política de Estado en áreas tan aparentemente disímiles como concomitantes tal como lo son educación, salud, obviamente deporte, cultura, acción social, derechos humanos, inclusión e integración, y seguramente muchas más.

Los clubes, además, representan y ejercen una maestría digna de culto respecto a lo que representa el voluntariado como acto de compromiso social en pos de acercarnos al tan declamado bien común.
Y ese voluntariado se representa en el aporte diario, silencioso de miles de argentinas/os que con su accionar contienen a otros tantos miles por no decir millones de habitantes de nuestro país en especial a chicos/as, jóvenes que tuvieron y tienen, gracias a los clubes como asociaciones civiles sin fines de lucro, una alternativa a la calle y por ende una gambeta al desamparo.

Puede que muchos crean que soy un romántico nostálgico, empedernido al leer mi inalterable reconocimiento a los clubes, empero mi defensa de los clubes obedece a la convicción de que la Argentina estaría unos cuantos escalones más abajo de no tener un club o varios clubes en cada pueblo, rincón de nuestro extenso territorio.

Soy consciente y realista de los problemas que atraviesan las entidades deportivas, lo deficiente de algunas administraciones, la falta de rigor técnico, las desprolijidades y la corrupción. Hay una frase de mi psicólogo que se aplica a la perfección a esta situación como atenuante a los déficits que muchas veces afloran en estos espacios comunitarios: “La culpa nunca es guacha, tiene padre y madre”. Y muchos de nosotros debemos asumir nuestra cuota de responsabilidad ante los déficits que generan los clubes en su funcionamiento, que los lleva a estar a algunos al borde del abismo ante el siempre riesgoso estado de orfandad al cual los supimos someter.

Pero mas allá de errores, omisiones, los clubes demuestran una fortaleza moral, de valores, de solidarismo, digno de nuestro mayor respeto y consideración, como lo demuestran con muchos ejemplos a lo largo de su existencia. Como cuando en los tiempos más oscuros de dictaduras, muerte e ilegalidad era en los clubes donde se preservaba la vida democrática, el sobre cerrado y la boleta de candidatos continuando con la elección de sus autoridades. O en la nefasta década del 90, esa que se caracterizó por ser un tsunami que arrasaba ante cuanto ámbito comunitario se le cruzara por su camino a fuerza de billetes y pseudos negocios con empresarios disfrazados de yuppies; pero con los clubes no pudieron.

En aquellos años vivimos el intento de Granillo Ocampo y Macri, con algún guiño cómplice desde el rancho de Grondona en la calle Viamonte y que alguna vez fue conocida como la AFA (y quien quiera que me lo venga a discutir y daré el debate, quiero que esta parte de la historia se escriba con rigor sobre cómo fueron los hechos y las conductas humanas ) todavía deben sentir el amargo sabor de no haber podido apoderarse de la presa más codiciada por lo esquiva: Los clubes, para transformarlos en sociedades anónimas deportivas.

Fueron tiempos difíciles para los clubes y para quienes sostuvimos la necesidad de preservarlos como asociaciones civiles. Pero es esfuerzo valió la pena y merecen ser reconocidos quienes pusieron el cuerpo. Entre ellos debemos mencionar al ex Canciller Rafael Bielsa, a Carlos Heller, al actual Secretario de Deportes de la Prov. de Bs As. Alejandro Rodríguez , al subsecretario Juan Manuel López, también a periodistas como Ariel Scher, quien tuvo el enorme valor periodístico de escribir nota que tituló “Los clubes no son anónimos” -la cual debería difundirse nuevamente, habiéndola escrito en el mismísimo diario Clarín y publicándola en el momento preciso y justo en el cual aquella nota debía escribirse y publicarse para así sacudir de la pachorra a muchos y lograr que salieran de la anestesia hipnótica de “un peso un dólar-one peso one dólar”- . También hay que recordar al periodista Gustavo Veiga, con sus informes de investigación en el Diario Pagina 12 denunciando lo que el monopolio de discurso único y de tres letras ocultaba, al mejor periodista deportivo de los últimos 20 años, Ezequiel Fernández Moores, diciendo lo que sucedía desde cada conferencia, charla debate a las que no dejaba de concurrir para difundir lo que el discurso único imperante silenciaba y a Raúl Gámez un hombre que deberá quedar en la historia de la dirigencia deportiva por su coraje y compromiso.

Pero aquellos gestos individuales tuvieron su correlato en lo colectivo y como mero ejemplo no podemos olvidarnos de dos hinchadas que protagonizaron dos gestas conmovedoras : Una es la de Racing para no resignarse a la desaparición logrando el milagro de seguir vivo y para luego sobrevivir al respirador artificial del (des)gerenciamiento de Blanquiceleste S.A. Y el otro ejemplo es el de la hinchada de San Lorenzo que sufrió y enfrentó la represión policial para impedir que la asamblea de su club vote un contrato de entrega a la tristemente célebre empresa de la FIFA, ISL.
Sin temor a equivocarme en esta profecía considero que los clubes proseguirán haciendo magia en la Argentina. Es como si estuvieran condenados a hacerla hasta el día final y si alguien sobreviviera a ese día final llamado el Apocalipsis estoy seguro que una de las primeras decisiones que adoptarían por estos pagos sería la de fundar un club, porque está tan inmerso en nuestros genes que ni el final del mundo podría extirparlo, esta en nuestro ADN cultural, en nuestra esencia del ser humano, en nuestro DNI del alma o sea en nuestra identidad individual y colectiva y fundamentalmente porque son una herramienta inequívoca e irrefutable de permitirnos transformarnos día tras día en mejores mujeres y hombres, atreviéndome a decir que ejercen ese Don de hacernos mejores “tipos/as” por osmosis por el solo y mero hecho de decidirnos a cruzar el umbral de las puertas de un club cualquier en un lugar cualquiera de nuestra tierra .

Los clubes son escuelas de solidarismo, de compañerismo, de pensar en el colectivo y no en lo individual, docentes en el arte de ejercer el pensamiento desde la primera persona del plural y no desde la primera persona del singular apostando a ser mas todos y menos uno. Por todas estas razones no podemos ni debemos claudicar en la búsqueda de un mayor y mejor cuidado de los clubes, una mejor asistencia y ayuda, en darle un mayor protagonismo en la agenda de políticas públicas nacionales provinciales y municipales para que finalmente sean los escenarios que eleven al deporte a la consagración de un derecho esencial en la próxima reforma de la constitución nacional y a que sea considerado un ministerio al igual que educación o salud o justicia.

Para ello debemos continuar ganando con mayor ímpetu y convicción la batalla cultural de la necesidad de preservar a los clubes como asociaciones civiles sin fines de lucro, debemos fomentar la participación y un compromiso mayor de los socios como dueños de los clubes, pregonar la necesidad de que quienes puedan se asocien a uno, dos o tres clubes.

Si salvamos a los clubes estamos protegiendo piezas únicas de nuestra historia , de nuestra raíz nacional. Los clubes vendrían a ser nuestros osos pandas en versión ecologista, y así defendiéndolos estaremos y estamos honrando a nuestros antepasados y dejando una posta con ribetes de legado a nuestros descendientes, en definitiva estamos protegiendo espacios únicos e irrepetibles , un espíritu amigablemente fantasmal que solo habita en ellos, y lo encontramos en su aire, en sus ladrillos.

Por algo las entidades deportivas son centenarias en un país donde casi nada lo es y una de las razones obedece esencialmente a que no tienen como finalidad el lucro ni la ganancia, ya que esos parámetros desvirtuarían muchas o casi todas las acciones que se emprenden desde los clubes porque muy pocas son redituables en términos económicos pero si lo son en algo intangible para la bolsa de mercado o de acciones como lo es hacer una sociedad mejor.

El sueño y el desafío es que los clubes sean ya no centenarios sino milenarios y estoy convencido que, si el recalentamiento del planeta lo permite y afloja con los deshielos, inundaciones, terremotos y volcanes al borde de la crispación, lo lograrán. Debemos , eso sí, cuidarlos un poco mas. Desde el Estado en cualquiera de sus niveles debemos hacerles fácil el día a día no acosándolos con impuestos como si fueran empresas comerciales, ayudándolos a reacondicionar sus instalaciones que pudieron quedar vetustas por el paso de las décadas, incorporarlos a campañas de salud, educación, cultura, capacitación, acción social. Así, tal vez, entre todos logramos cambiarle el final a la película “Luna de Avellaneda” y que sea Daniel Fanego quien deba pensar cómo hacer un nuevo negocio en otro lugar y no Ricardo Darin en cómo hacer un nuevo club, por no haber sabido ni podido defender el suyo.

Meta balas en vez de goles

Los socios del Club Español conviven con la Policía Metropolitana. Así lo quiso Macri, en lugar de levantar allí un centro deportivo. Los muchachos que patrullan la Ciudad no saben cuidar la identidad de un club que pasó de tener 25 mil socios a 400, que está por descender a la D y por desaparecer.

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Sin fondos, con la deuda apretándole el cuello y con el riesgo de descender a la Primera D, el Club Social, Deportivo y Cultural Español está a punto de desaparecer. Ya no es la institución que llegó a ser la más importante de la colectividad española en Buenos Aires, que tuvo medallistas olímpicos en patín artístico que se criaron en el club. No queda casi nada de ese establecimiento modelo que albergó a 25 mil gallegos. Ni siquiera quedan esos socios: ahora son apenas 400. Son las consecuencias de tres instancias de quiebras, de remates incesantes, del ojo esquivo de la AFA que nunca quiso salvarlo. Es lo que queda de un club que perdió por completo su identidad y que tiene al enemigo cerca, muy cerca. Tiene al macrismo adentro del predio.

Cuando por fin logramos que nuestros pies pisen el club, nos cuesta creer que sea eso. Sólo se ven tres canchas auxiliares de fútbol, otra de baby, un estacionamiento, la histórica confitería donde los fundadores del club juegan a las cartas. Es la resaca que les quedó a los gallegos de ese predio de 14 hectáreas sobre la calle Santiago de Compostela, en el Bajo Flores. Las cinco piletas, una de ellas olímpicas, y sus canchas de tenis, béisbol y sóftbol ya no están. El hockey sobre patines, pese a haber sido subcampeón metropolitano, fue borrado del mapa. El básquet también dejó de existir, porque todas sus categorías perdieron su plaza en la Federación. Los quinchos fueron eliminados, los gimnasios también.

Pero, a pocos metros, todo cambia.

Lo que supo ser parte del complejo deportivo, hoy es el lugar de entrenamiento de la Policía Metropolitana, que pareciera ser más un cuartel militar.
Es la política macrista: de un club social a un centro de formación policial.
Hace años que Mauricio Macri está detrás de los males de Deportivo Español. Exactamente desde el primer pedido de quiebra. Fue en 1998, dictada por el juez Juan Gariboto, debido a los grandes problemas económicos. ¿Quién había hecho el pedido? El actual Jefe de Gobierno. Al poco tiempo de asumir como presidente de Boca, Macri faltó a todos los códigos: su equipo fue el primero en más de 100 años en pedirle la quiebra a otra entidad deportiva. Todo por una insólita suma de 80 mil dólares. Esto surgió después de que les cedieran a préstamo sin cargo y sin opción a jugadores que no eran tenidos en cuenta en 1996 por el xeneize, como el arquero Sandro Guzmán, o el goleador Silvio Carrario, entre otros. Por todos los jugadores que llegaron desde Boca, los gallegos pagaban 500 mil dólares mensuales de contratos, una locura increíble para el club, que lo dejó al borde del abismo económico y que fue el puntapié inicial para su debacle deportiva.

En el año 2000 llegó la segunda quiebra, después de descender a la Primera B Metropolitana. El juez Juan Garibotto decidió el cierre definitivo del club. En ese momento, el reclamo de los socios e hinchas se hizo oír: se encerraron una semana dentro del club para que no se remataran las instalaciones. Por esos días, en los que Racing transitaba una senda parecida, se dictó la Ley de Fideicomiso en Argentina, una ley que indica que los bienes de las sociedades civiles sin fines de lucro no se pueden rematar por un plazo de diez años. Español seguía resistiendo.

El tercer intento venía con un remate inminente de las instalaciones del club. Luis Tarrío Gómez, perteneciente a la peña “La Furia” y uno de los máximos responsables de que el club al día de hoy siga con vida, relata un poco la desesperación que tenían por salvar su club. “Fui a una presentación en la que se juntaba gente importante de los clubes supuestamente para defenderlos de las sociedades anónimas deportivas. Ahí no se mencionaba a Español, que estaba a días de poder morir. Hablé, peleé y a partir de ser escuchado ahí se pudo hablar con el por entonces Jefe de Gobierno (Aníbal Ibarra) y nos salvamos del cierre definitivo”.

En 2003 se salvó la ejecución de los bienes, incluido el Estadio España, por la redacción de la ley de expropiación temporaria, que transformó al club una personalidad jurídica. Así, pasó de llamarse Deportivo Español a Club Social, Deportivo y Cultural Español de la República Argentina. Con la nueva ley se ganó tiempo. Era como sobrevivir, ya que la institución mantenía sus instalaciones embargadas y cerradas hasta la llegada de un nuevo comprador con el que deberían negociar.

Y otra vez apareció Mauricio. El cambio de gobierno en la Ciudad modificó el mapa. El club había sido comprado por la Corporación del Sur, entidad dependiente de la Ciudad por 7 millones de pesos, con competidores como Marcelo Tinelli, empresas vinculadas con Hugo Moyano y el ex presidente de River José María Aguilar, quien tenía pensado armar un complejo deportivo anexo en el predio del Sur de la Ciudad.

La Corporación se había comprometido a absorber la deuda y hacer del club un ámbito abierto a la comunidad. Pero con la llegada de Macri a Bolivar 1, la idea de armar la primera institución deportiva para la zona más humilde de la Ciudad quedó en la nada. Al ex presidente de Boca no le importó que ese haya sido el centro de reunión de la comunidad más numerosa de Argentina durante 50 años, menos le interesó que los vecinos de zona sur tengan un espacio modelo para la recreación y la práctica del deporte. Lo que la Coproración del Sur había comprado para que funcione un centro deportivo, el gobierno del Pro lo convirtió en un espacio destinado al Ministerio de Seguridad de la Nación. Todas esas hectáreas a las que hace un año le apuntaron las cámaras cuando fue la toma del Parque Indoamericano, están destinadas a ser sede de la Policía Metropolitana.

Al entrar allí, a esa especie de guarida militar en donde 500 cadetes se egresan cada año, es difícil imaginar que funcionó una sede deportiva. La pileta olímpica del club está desmantela y utilizada “para entrenar a los cadetes como si fuese una situación de calle”, según la voz de uno de los propios responsables del lugar. Las canchas de tenis pasaron a ser guarderías de perros policías. Las canchas de fútbol, ya sin arcos, son utilizadas como pistas.

Desde allí, desde el mismo predio en donde los cadetes entrenan de marzo a diciembre sin poder prácticamente salir ni siquiera a visitar a sus familiares, se puede ver parte del estadio Nueva España. Se puede ver el dolor de un club que perdió la identidad y que ya no enseña que es más fácil transitar la vida entre gambetas y amagues y gritos. Ahora se puede ver cómo unos tipos vestidos de azul instruyen a otros para ser futuros policías, para detener gente, para apretar el gatillo y después preguntar, para usar las pistolas Taser. Para meter balas en vez de goles. Las instalaciones pertenecen al Gobierno de la Ciudad y Macri tiene la potestad de hacer lo que se le antoje con ellas. Y lo que se le canta al jefe de gobierno es eso: formar agentes para su Policía Metropolitana.

“Hoy el Club no representa a la comunidad gallega, lo que antes era un lugar de fiestas y reuniones para los que somos descendientes de gallegos o gallegos, quedó en la nada”, cuenta Luis Tarrío Gómez. Manuel, uno de los pocos socios que quedan de Español, agrega: “Para nosotros un club es más que lo que representa a nivel deportivo, es un lugar de encuentro, y eso lo perdimos íntegramente de la noche a la mañana”. Hacia adentro del Club, las opiniones con respecto a las decisiones que se tomaron están muy divididas. Están quienes se reprochan haber terminado como terminaron y están los más optimistas, que plantean que al menos se pudo resistir al remate y que se pudieron salvar algunas hectáreas, de donde salen los únicos ingresos del club: de la cuota social y de las Inferiores. Uno de ellos es Tarrío Gómez, que afirma que de no haber sido por la buena voluntad de alguno de ellos, el club estaría totalmente desaparecido.

No desapareció, es cierto, pero agoniza. La Asociación que preside Julio Grondona mira para otro lado mientras hay un club que hace 13 años estaba en Primera, que este año bajó a la C, ahora está por descender a la D y va camino a la desafiliación. Un club que en estos años quebró tres veces a causa de malas administraciones –se recuerda a Francisco Río Seoane, quien está acusado de en 1994 haber quemado vivo a su competido en la elección a presidente el mismo día de los sufragios- y que ahora funciona como sede policial. “A Racing la AFA le dio una mano enorme para que no fundiera, a Español sólo logró mantenerla como afiliación”, cuenta César Francis, director de Todos por el Deporte y uno de los máximos responsables de que Español hoy siga vivo. Grondona vio cómo moría lentamente un club y no hizo nada para evitarlo. “Podría haber comprado el club, el predio y dejar que lo siga usando Español y que mientras se vaya pagando en un préstamo largo, como muchas veces ha hecho, pero no fue el caso, a la AFA se le desapareció un club en las narices”, agrega Francis.

El Club Social, Deportivo y Cultural Español grita ayuda, grita un cambio de timón para que no se pierda lo poco que queda. La frase de César Francis quizá resuma la respuesta de cómo puede cambiar el rumbo para el equipo gallego. “Quizás con otro Gobierno de la Ciudad que comprenda lo que es un club, lo que es la identidad de un club, se pueda salvar a Español”.

Acaso así entiendan el mensaje de que los clubes son de los socios. Y de nadie más.