Noventa años de Maravillas

El Almagro Boxing Club cumple nueve décadas. Por allí pasaron desde Bob Dylan y Pascual Pérez, hasta pibes y pibas que todos los días se entrenan. Detrás del fin de semana donde a los argentinos los emocionaron los guantes, una fiesta de las más porteñas.

Los sonidos que se escuchan en este gimnasio podrían ser la envidia de cualquier director musical. Los ruidos de los 18 guantes que chocan contra las bolsas son algo así como las bases de la banda, acompañados por la estridente respiración de los nueve muchachos que durante tres minutos seguidos se entrenan tirándole piñas sin parar a un saco que pesa casi 30 kilos. Los frena la chicharra, que suena cada tres minutos simulando un round y les da 60 segundos de descanso a las veinte personas que transpiran en este galpón caluroso, en apenas unos 200 metros cuadrados. Ese timbre también aporta lo suyo en este grupo. Las tres sogas que golpean seco contra el piso –tac, tac- marcan el ritmo mientras los saltarines se miran al espejo para atender su destreza. Los bajos son los sonidos que llegan desde el ring, donde los pasos y las trompadas de los dos boxeadores que simulan una pelea resuenan como si estuvieran amplificados. La voz de la banda es la de Fernando Albelo, el Profe, que canta al grito de ‘así se boxea’, secundado por una veintena de coristas que entonan en forma de exhalación atronadora. Es la orquesta del Almagro Boxing Club, el club de boxeo más antiguo, que este martes 30 de abril cumple 90 años de trompadas.

A ninguno de todos los que sudan durante tres horas todas las mañanas, en pleno horario laboral, le llaman la atención todos estos sonidos. Están más atentos a seguir perfeccionando su técnica y a escuchar las indicaciones del Profe. Cada tanto, entre descansos y tragos de agua, paran la oreja para escuchar las cumbias que salen de un grabador noventoso. ¿Por qué boxean? Algunos porque sueñan ser campeón del mundo, otros porque es un buen entrenamiento físico y muchos dicen que es simplemente porque les gusta. Sí: les gusta pelear. Fuera de este pasillo largo y este tinglado acalorado que es el Almagro Boxing Club lo que pega es el sol y el gentío camina apurado para llegar a laburar. Pero acá adentro, en este gimnasio de Díaz Vélez y Yatay, la mañana se pasa así: entre piñas, saltos, espejos, sonidos y cumbias.

Fotos: Nos Digital
Fotos: Nos Digital

Aunque el grabador no lo demuestre, el boxeo en Argentina tiene un origen ligado al tango. Surgió, como el fútbol, a mediados del 1800 en los parajes cercanos al puerto de Buenos Aires, donde portuarios y marineros se agarraban a piñas entre apuestas y el ritmo del dos por cuatro de fondo. Carlos Gardel, incluso, grabó Nocaut de amor, una letra que Augusto Martini le dedicó al deporte de las orejas arrepolladas: “Frente a frente, en el ring nos pusimos / cada cual abrigaba una ilusión / vos querías entrar con desprecio / y dormirme, nena, el corazón”. También le contó Gardel, con letra de Martini: Almagro, barrio de tango, luna y misterio. Y además de boxeo.

“Yo vivo a diez cuadras de acá. Al principio venía con unas amigas del colegio. Me gustaba, tenía ganas de empezar pero me daba vergüenza. Arranqué a los 16, porque el Profe me daba confianza y me motivaba para que viniera”, cuenta Karen Carabajal, una de las tres chicas que se pasan seis mañanas por semana entrenando acá, intercambiando sopapos pero sin descuidar nunca su estética, entre maquillaje, guantes y cabezales. El Profe es Albelo, que nació en La Boca pero hace 17 años encontró acá su segunda casa, cuando lo trajo a boxear el medallista olímpico Eladio Herrera. Albelo confiesa que vive para el boxeo. Se puede deducir que aunque tenga más de dos mil videos de peleas, ahora, para él el boxeo son dos cosas: sus pupilos y este club. Bruno Sarmiento tiene 18 años y pesa 48, 100. Llegó hasta acá porque Julio Domínguez, ex campeón sudamericano, vive a un par de casas de distancia de la suya, en Almagro. Albelo no sólo se tiene que ocupar de la técnica de Bruno. “Hay pocos boxeadores de mi peso, -dice el chico- por eso tengo que subir de peso. Estoy metiéndole a una dieta que me dio El Profe”. “Un amigo me trajo acá hace cinco años. Me gustó el Profe y el gimnasio. Y me quedé. Fernando me ayuda en la vida misma, con consejos, todas esas cosas para el boxeador también suman. Algún día todo va a terminar, pero la gente que conocí acá va a seguir. Eso me lo inculcó él”, explica Juan Velasco, el pichón del club, que ya se entrena con la Selección Nacional y vive del boxeo, después de haber trabajado varios años “de lo que venga”. Velasco viene todos los días a entrenar detrás de un sueño: “Todos los boxeadores tienen un sueño. Cada uno tendrá el suyo: el mío es ser campeón mundial. No es muy lejano, trato de vivir el día a día y ser el mejor ya”. Todas las mañanas comparte las ansias de ser campeón mundial con colegas y con aficionados que llegan sólo para entrenarse.

00-095Todos acá adentro hablan bien del Profe, que también está dentro de la Comisión Directiva del club. Él es uno de los engranajes que lograron que un club como este llegue a cumplir 90 años, justo en la época de moda de pilates y del Gym y del Megatlón. Por eso al Almagro Boxing Club se lo considera mítico. El mito, según la RAE, es una narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Y eso es el ABC. Quizá por eso Bob Dylan decidió pasar la mañana del 15 de marzo de 2008 en este tinglado, aunque a la noche tocara para casi 30 mil personas en la cancha de Vélez. Dylan, cuentan, no quiso entrenarse en el gimnasio del Four Season y pidió a su mánager que lo llevara a un verdadero gimnasio de boxeo. En el Almagro hizo tres round de bolsa y saltó la soga. Sus oídos entrenados sí deben haber sentido esos compases únicos que se escuchan en este galpón, imposibles de imitar hasta para un músico como él. Además del artista yanqui a estas bolsas también le pegaron Alfredo Prada, el histórico rival del Mono Gatica, el olímpico Alberto Barenghi, medallistas dorados como Carmelo Robledo y Oscar Casanovas y Pascual Pérez, el primer campeón mundial del país. El Almagro Boxing Club también es cuna de campeones. El Profe dice: “No se si hay una explicación para que hayamos podido llegar a los 90 años. Debe tener que ver con la pertenencia. Con la identidad. Con todo lo que ves acá. Ahora remodelamos el gimnasio. Algunos habían dicho que hiciéramos el frente vidriado para que se vea el club desde afuera. Pero optamos por mantener el mural, que es lo que le da la identidad al club. Además, lo que importa es cómo nos vemos acá, no lo que vean desde la calle”. El ABC se financia sólo con los aportes de las cuotas de sus socios, aunque cada tanto llega algún subsidio del Estado que se invierte en material. “Creo que un club así llega a los 90 años por la gente que forma parte del club. Por los profes, los directivos y porque estos últimos años los socios se pusieron el club al hombro. Lo sacamos adelante: lo pintamos y ayudamos con la remodelación”, dice Karen Carabajal, que también es miembro de la Comisión Directiva y vive de lo que gana en cada pelea –tiene 50, sólo nueve derrotas- además de cobrar unos pesos por darle una mano al Profe con la planificación y los entrenamientos. Unos 200 hombres y mujeres que practican boxeo –o boxean- pasan por acá cada día. La cuota es de 120 pesos. Y este es el momento de mayor concurrencia. “Se dice que es por Maravilla y el boom del boxeo, pero –analiza Albelo- la verdad es que acá viene más gente porque hay más población. Nada más. Es como con la Bombonera: dicen que está quedando chica y no es porque haya más hinchas de Boca. Hay más de todo en todos lados.”

00-114El boxeo se volvió popular en Argentina en 1923, gracias al furor después de que Luis Ángel Firpo, el Toro Salvaje de las Pampas, animara la llamada Pelea del Siglo con Jack Dempsey, en Nueva York. Aquello fue unos meses después de que se fundara el Almagro Boxing Club en uno de los tantos potreros del barrio, en la calle Yatay entre Bogado y Sarmiento. Un grupo de chicos que les gustaba tirar al box –como se decía en esa época- fundaron allí un club de boxeo, considerándose los dueños del terreno por derecho de frecuencia. Pero en sus inicios criollos el arte de la defensa propia fue un deporte aristocrático. A principios de siglo pasado, cuando el deporte estaba prohibido por las apuestas, los combates clandestinos se armaban en las casonas de Belgrano ante un público privilegiado, con apellidos pesados: Roca, Sáenz Peña, Rodríguez Larreta, Newbery. Después del éxito de Firpo, el boxeo se volvió masivo. Y popular: la mayoría de los campeones argentinos llegaron desde los márgenes de la sociedad. En la época de Jorge Newbery nadie peleaba por guita. En 1908, luego de una pelea en la Sociedad Sportiva de Palermo, el diario La Nación escribió: “Si un extranjero hubiese asistido al match esperando ver un público de baja estofa como el que asiste a los grandes matches en San Francisco, Nevada o Los Angeles se habría equivocado de medio a medio. Lo que había allí eran maestros de armas que encuentran que el boxeo es brutal pero no se pierden un sólo encuentro”. En ese mismo diario se pudo leer: “Si un psicólogo analizara los diversos deportes, acaso hallaría que quienes gustan del espectáculo del boxeo son espíritus sportivamente anormales”. Después de 105 años, entre tanto sonido y transpiración y trompadas, la sensación para cualquier que venga de afuera. Pero acá adentro, entre tanta bolsa y soga y piñas, hay una psicóloga. Es Karen Carabajal, que además de vivir de los guantes estudia psicología en la UBA. A fin de año se recibe, cuenta, aunque no cree que ejerza porque esto –el boxeo- le gusta más. Pero igual, con la experiencia de haber pasado sus mañanas durante ocho años en este gimnasio, incluso a escondidas de su familia, analiza como una profesional: “Siempre hubo prejuicios, aunque ahora se está entendiendo un poco más. Se asocia al boxeador con el hombre pegador. O algunos lo relacionan con eso. Pero no creo que tenga nada que ver. Tampoco tiene que haber tenido una vida difícil, como se piensa, para que le guste pelear arriba de un ring. Yo no tuve problemas y acá estoy”.

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Garrafa, ojalá estuvieras acá

Carta abierta al máximo ídolo de los hinchas y vecinos de Banfield: José Luis “Garrafa” Sánchez. La historia de amor de un club con un barrio. Y la de una dirigencia que no tuvo complejos para quebrar ese vínculo de identidad y pasión.

Querido Garrafa:

Cómo y dónde estarás, José Luis. Ahí arriba, suponemos, tirando caño y contracaño a todos los santos, engañando a Dios en los penales y metiéndole sombreritos al cielo. Se te imagina feliz, Garrafa, como siempre, como se te veía por el barrio: sencillo, con la gente, auténtico. Y no es la intención entristecerte, para nada, sino poder contarte que las cosas que hacías vos en la cancha se están volviendo nostalgia por las forradas que se mandan los de saco y corbata en los escritorios. Nunca te gustó meterte en esa parte, ya sabemos: mucho número, documentos, firmas y eso que no tiene nada que ver con la pelota. Pero, vos sabés, cuando los dirigentes hacen mal las cosas a propósito terminan lastimando al fútbol también. Y a la gente, claro, que solo quiere que tipos como vos les vayan robando sonrisas. Y, sobre todo, se daña al club, o sea, al barrio. Por eso, con el cariño que se hace cada vez más grande, y con el lagrimón que implica recordarte entre nosotros, desde acá abajo te tiramos esta carta, hecha un avioncito de papel, para que puedas leer qué le hicieron al club que te vio brillar y que tanto quisiste: Club Atlético Banfield.

“Ser ídolo es jugar e intentar jugar siempre bien al fulbo”, eso lo dijiste vos, ¿te acordás?, cuando recién empezabas a asomar en las primeras divisiones. Qué manera de jugar, Garrafa. Y qué manera de entender los que otros no: para que la gente te quiera hay hacer bien las cosas, o por lo menos intentarlo siempre. Lo tuyo era en la cancha y cumpliste. Lo de otros fue en la gestión de un club de barrio como el Taladro y la cagaron entera.

Si caminaras hoy por el barrio… Es un monumento al club. Y vos aparecés en cada manzana, pintado y presente, con alas, con la pelota en los pies, con la sonrisa pegada en la cara ¡Con una aureola! Y ahí nomás lo entendés, Garrafa. Banfield, el barrio, es Banfield, el club ¡Son lo mismo! Se respira así, y la gente lo siente así: pintan sus propias casas, los cordones de las calles, las plazas, los negocios ¡Todo!  ¡No sabés lo lindo que está! Cuánto te quiere la gente, Garrafita. Cuánto quieren al club. La identidad se palpa en la calle, en los vecinos, en los socios y en los hinchas: todo es verde y blanco.

Pero Banfield sangra, Garrafa. Volvió a la B Nacional, de donde vos lo rescataste en el campeonatazo del 2000/2001, cuando volvió a Primera. Pero eso no es lo peor. El resultado deportivo va y viene. De hecho, se consiguió el primer título de la historia en el 2009. Hace poquito. Y se festejó como loco, obvio. Pero qué tendrá eso que ver con la idea de club, con el concepto comunitario de una gestión deportiva. Nada. El título llegó como también llegó el descenso: jugando bien o mal, teniendo culo o no teniéndolo. El problema real es que Banfield tiene un pasivo de 120 millones de pesos. Y que en los últimos 15 años se quiso cubrir todo con el fútbol profesional. Y vos sabés que el barrio es más que eso. Pero, viste cómo es, si ganás lo tapás con los resultados, si perdés te quebrás para adentro.Portell

Banfield tuvo el mismo presidente 14 años, Garrafa ¡14 años! Del 98 al 2012. En ese entonces, cuando asumió Carlos Portell, el club estaba en la B. Había fracasado el proyecto deportivo de Atilio Pettinati (presidente del 96 al 98), que consistió en conformar un equipo para ascender, con altos salarios que no se pudieron ni pagar. Pura ambición. Quisieron ascender rápido y corto, y les salió mal, porque no se ascendió y el club quedó hasta las tetas. Ahí nomás gana Portell y empieza su reinado. Apenas asumió dijo que Banfield no tenía agua, luz ni teléfono. Se llegó a pensar en vender la sede social, donde ahora se impone tu estatua. Bajísimos ingresos y mucha deuda. La consecuencia era cantada: concurso de acreedores. Y se llamó nomás a concurso. Banfield quedó al borde de la quiebra.

Pero, de repente, un tipo pelado y desfachatado llegó al club, sin mucho bombo y platillo, se calzó la 10 y le hizo ganar el título de la B Nacional al club. Vos ascendiste a Banfield, Garrafa. En una cancha de fútbol. Que nadie se confunda: el éxito deportivo no es éxito institucional. Llegó de casualidad, porque vos no eras un tipo de renombre. Se había armado un plante tranqui. Pero la rompiste toda, viejo, qué querés que te diga. Con tus gambetas quemaste todos los esquemas. Y el logro deportivo llegó casi sin querer. Pasó al revés que en la gestión del 96. Y ahí nomás la pelota anduvo derecha y los éxitos se sucedieron. Se logró, es cierto, estabilidad futbolística. Que conllevó estabilidad económica: se vendieron muchísimos jugadores del club. El circuito virtuoso empezó a funcionar. Pero, ojo, no hubo crecimiento social, los socios no aumentaron. El estilo de conducción de Portell no fue incluyente con el barrio y la familia, es decir, con Banfield. Pero el fútbol escaló y eso copó todo. La gente lo eligió en cuatro oportunidades. Aunque la última fue con un fraude escandaloso. La pelota escondió incluso lo que era obvio: un esquema político que no se sustentaba en la idea de club original, sino en vender jugadores al exterior por millones y millones. Y si de eso depende un club entero estás al horno. Porque en algún momento dejás de vender: no es una variable regular. Frenan los ingresos, pero vos seguís pagando. Y te quebrás. Se vendió apresuradamente, los jugadores no completaban ni un torneo en el club. El único que jugó más de una temporada como titular fue Darío Cvitanich, que terminó siendo la venta más abultada de la historia: 11 millones de dólares. De los cuales solo quedaron 6 para el club. El resto lo mordieron los impuestos y mediadores innecesarios (ñoquis, amigos de Carlitos).

Las cifras son contundentes, Garrafa. Hubo ingresos por 200 millones de pesos en la era Portell y se registraron gastos de solo 15 millones de pesos (entre la platea nueva, el colegio, el predio de Luis Guillón y el gimnasio techado). Nadie entiende cómo, entonces, el pasivo de hoy es de 120 millones. Se esfumaron 185, que no aparecen, y no hay con qué pagar los 120 de la deuda.

Portell quiso cambiar la esencia del club, Garrafa. Eso es lo nefasto. Con un modelo personalista y de superficialidad deportiva. Amigo de Duhalde, se manejó con las reglas de la política vacía: cuando los resultados son buenos todo es un viva la pepa, cuando son malos la gente reacciona, pero suele ser tarde. Tipo el menemismo, Garrafa. Tal cual. Años de lujos futbolísticos fundados en ninguna estructura real. En nada sólido. Con contrataciones infladísimas que el club no podía pagar. Con planteles que no se correspondían a la capacidad del club. En ese tole tole llegó el título. Alegre, pero manchado de irresponsabilidad política. Y después, cuando el agua baja y la euforia también, todo vuelve a su lugar: la realidad. Banfield estalló en su propia crisis, se partió en mil pedazos y siguió optando por presupuestos inflados e irreales. Pero los resultados no acompañaron y todo se evidenció. Hay un dato que es muy gráfico, Garrafa, como para entender el título y el posterior descenso en tiempo récord: en la campaña que Banfield se termina yendo a la B todavía contaba el torneo de campeón en el promedio. Increíble. Incluso con el puntaje de campeón la verdad lo atropelló.

El club es de los sociosBanfield es el barrio desde siempre. A la sede iba la gente después del trabajo, había bailes, actividades de vecinos, de interés social. Eso cuentan los viejos. En la década del 60 había 16 mil socios. Hoy hay menos de 10 mil, cuando la estructura podría sostener a 25 mil si se quisiera. Pero hace años que la perspectiva social y comunitaria del club se desprecia desde la gestión. Por suerte el sentimiento de la gente siempre fue el mismo. Aunque los resultados a veces marean la esencia no cambia: Banfield siempre se recupera a partir de la base, de los socios. Y esta vez no fue la excepción, porque cuando Portell y los suyos renunciaron en masa ante el estrepitoso descenso, porque al parecer si el fútbol no va bien las ratas huyen del barco, el club quedó acéfalo. Y la cabeza la pusieron los socios. Bancaron la parada más difícil en el peor momento. Con la tristeza del descenso y con la contundencia de los números rojos. Se llamó a elecciones y ganó el histórico rival de Portell: Eduardo Spinosa, de la agrupación Unión Banfileña. Quien rápidamente reestableció el lema del club: “El club es de los socios”. Desde la nueva gestión, que no lleva más de un año, se está haciendo una auditoría. Cuando termine Portell va a tener que dar muchas explicaciones acerca de los billetes que desaparecieron. Hubiera sido bueno, Garrafa, que la AFA hubiese actuado como un organismo de control serio. Ya que en el club oposición no había. Grondona pone muy pocas reglas. Y poco claras. No hay castigo ni control para los planteles profesionales sobrevaluados. Se planifican presupuestos fantasiosos, se gasta más de lo que se tiene y la AFA hace vista gorda. Así sale campeón cualquiera, pero después el club queda en coma. Dicen que van a castigar, que los clubes con deuda van a tener sanciones, pero después se aplica el siga siga. Si la AFA no controla, las gestiones empresariales de los clubes se descontrolan. Y si dejamos librada la identidad de un barrio a la honestidad de los dirigentes del fútbol, que son casi todos empresarios, olvidate Garrafa. Estamos jodidos.

Hoy Banfield se está reconstruyendo. La quiebra, por suerte, no es un peligro, porque el concurso de acreedores ya venció y hay que esperar un largo plazo para volver a convocar. Pero el socio tiene que meterse de cabeza, debatir, hacer de Banfield un club plural. La esencia que nunca van a poder matar los dirigentes tiene que ser el alma del club también. Desde la gestión, desde la tribuna, desde la calle: un mismo sentir.

Sería bueno que estuvieras acá y pudieras explicarle a la gente de la oficina qué significan los colores para su gente. Porque no lo entienden. No les importa.

Acá todavía vemos tus videos por youtube. Incluso te hicieron un monumento. Y un documental. Y un montón de pintadas. Y la estatua de la que ya hablamos. Para poder cuidar la sonrisa, viste.

Un fuerte abrazo, Garrafa.
Siempre gracias.

 

 

“No somos un museo, ni una calle: somos un club con compromiso e ideales”

“Acá la camiseta se transpira con contenido”, explica Monica Nielsen, la fundadora del Deportivo Che Guevara, un club de Jesús María, Córdoba. Un club que no termina en lo deportivo y que no lleva ese nombre por casualidad: “Nosotros creemos en la teoría y en la acción. Con las conductas que adoptamos, la teoría se hace carne sin siquiera mencionar al Che. Yo les hablo del renunciamiento, del trabajo en equipo, de la solidaridad, de que todos tenemos que tener lo mismo y trabajar en consecuencia”.

En una mesa de bar, un grupo de filósofos de la pelota buscan aunar criterios. Algunos dicen que lo que está arruinando la cosa es la falta de identidad. Otros exclaman que lo que sobran son ‘huevos’ pero falta juego en equipo. La mayoría se empecina en contrastar esta época con las anteriores, hablan del 4-4-2, del 4-3-1-2 y demás números telefónicos que son un llamado a la nada. Lo cierto para cada uno de los comensales es que así no va, que todo está perdido.

Mientras tanto, en Colonia Caroya, Jesús María, Provincia de Córdoba, Argentina, el Mundo, un grupo de jugadores levantan el perimetral de la cancha del Club Colón, donde hace las veces de local el Deportivo Che Guevara. Y el nombre no es casualidad. “Acá la camiseta se transpira con contenido”, explica Monica Nielsen, presidente y fundadora del club que transita los pasos del Che.

“Seamos realistas y hagamos lo imposible”. Palabra más, palabra menos, eso se escuchó a comienzos de 2006 en una charla entre “compañeros guevaristas”, según describe Nielsen. Y agrega: “Arrancamos sin un horizonte concreto. Comenzamos a cimentar desde bien profundo de bajar el conocimiento del Che a los jóvenes e incluir a los pibes de zonas vulnerables a la práctica deportiva, que para mí debería ser un derecho del niño”.

Pero mucho antes de que el Deportivo Che Guevara comience a surcar las canchas de Córdoba (lo hace desde la temporada 2007, desde escuelita a Primera), la idea se arremolinó en la cabeza de su fundadora hasta dar con el pensamiento justo. “Los años 90 me decidieron. Veía la remera caminando por la calle hasta que le pregunté a un pibe si sabía a quién tenía en el pecho y me contestó: ‘un rockero’. Esa bronca se combinó con la que tenía Claudio Ibarra, que renegaba de forma itinerante en los clubes locales porque no le daban ni un ‘fulbo’. Entonces le propuse que formáramos un club propio. Con una condición: sólo iba a participar con este nombre y este pensamiento”, rememora en perfecto cordobés.

-¿Cómo le transmite el pensamiento guevarista a los pibes?
-Nosotros creemos en la teoría y en la acción. Con las conductas que adoptamos, la teoría se hace carne sin siquiera mencionar al Che. Yo les hablo del renunciamiento, del trabajo en equipo, de la solidaridad, de que todos tenemos que tener lo mismo y trabajar en consecuencia. Entonces, alquilamos el predio de Deportivo Colón a cambio de trabajo voluntario, por ejemplo. O los padres cocinan para los chicos que no tienen contención de su familia; hacemos eventos para costear los viajes, las fichas de los jugadores, la policía, los árbitros, la ambulancia y demás requisitos que solicitan desde la Liga Local…

-¿Cómo se mantienen?
-En base a la solidaridad guevarista que, indefectiblemente, empieza a aparecer. Hay que revisar un médico, tenemos un médico que nos ayuda porque admira al Che. Si necesitamos un abogado, tenemos un conocido. Si precisamos un contador, lo mismo. Todos de onda, desinteresadamente y de forma gratuita nos prestan sus servicios. Acá nadie cobra un mango y jamás tendremos un sponsor, nunca mancharíamos esta camiseta.

-¿Tienen algún tipo de ayuda externa?
-Ninguna, al menos desde los entes gubernamentales. Nunca vinieron con una colaboración del Estado, todo lo contrario. Tampoco queremos que hagan propaganda con nosotros. Eso sí, músicos, escritores, antropólogos nos dan una mano siempre. Hace un tiempo vino Rally Barrionuevo e hizo una peña de forma gratuita. Eso nos llenó de oxígeno a los pulmones por todo 2011.

-¿Los pibes preguntan por el Che?
-Sí, la mayoría me piden libros o que les cuente historias. Yo les digo que no es un tipo barbudo que está en una remera con un habano y una boina. Fue un tipo muy comprometido en su práctica y sus ideas. El Che no quería este mundo que tenemos, peleaba por otro mundo.

“Hasta la victoria siempre”, reza una de las banderas que acompaña al Deportivo Che Guevara a cada paso. Paradójicamente, el club menos resultadista del planeta. “Nosotros no buscamos salir campeones, ni vender jugadores. El deporte no puede ser una empresa y los futbolistas no son mercancías. El que se quiere ir a otro club, tiene vía libre. Nunca vamos a recibir un peso por eso”, explica Nielsen como declaración de principios. Y, profundiza: “Mi sueño es que, en el futuro, los jugadores del Deportivo sean dirigentes políticos que no se dejen coimear con el sistema burgués. Que de aquí nazca un dirigente revolucionario y del pueblo. Yo veo muchos chiquitos con personalidad de líder”, subraya.

En ese periplo que es sostener una institución sin el más mínimo vicio de lucro, el Deportivo Che Guevara ya cuenta con su primera presencia internacional. “Fue la Copa Hombre Nuevo – abre a la confesión la madre del club-. Se jugó en enero de este año y tuvimos tres equipos de Brasil (NdeR: Autónomos FC, Pelada da Esquerda y Lado B), uno de Lituania (NdeR: FC Vova), un equipo mixto de Inglaterra, de Bolivia (NdeR: Real Tarija) y de distintos lados de Argentina. Todos marxistas, comunistas y, principalmente, guevaristas”, relata Nielsen con el mismo orgullo que contará la vez que desfilaron ante “la Sociedad Rural y todos los grupos de sectores dominantes con la bandera Anarquista y la camiseta del club”.

En el mismo mundo, quizá en otra dimensión, la borra del café marcó las páginas del deportivo matutino. La charla se hizo espesa en el bar. Uno saltó con el 4-4-2, el otro retrucó con el 3-4-1-2 y se armó una de números telefónicos que son un llamado a la nada. En definitivas, no se hablará del Che, ni de cómo la lógica capitalista hizo pata ancha en el mundo de la pelota embarrando los clubes y puliendo a las Sociedades Anónimas del fútbol. No se pondrá en tela de juicio el vaciamiento de los clubes, el futbolista (que es una persona) como propiedad privada y mucho menos los organismos que arman el circo y pagan los monos. No, es una cuestión de la modernidad: “Los pibes no te miran un partido si no es de la Play Station”, dice uno.
Mientras, cuando parece que todas las flores fueron cortadas, un pibe alambra la cancha para jugar el domingo y parece que la primavera todavía existe.

Monica Nielsen también estuvo en el programa Vámonos de Casa. Acá podés escucharlo: http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2011/10/el-ascenso-comenta-el-futbol/